VII- Paz tras la Tempestad.

Han transcurrido treinta años desde la batalla de Coruscant y su recuerdo sigue despertando poderosas emociones entre los habitantes de la galaxia. En la larga historia de la República ha habido numerosas batallas más feroces, más mortiferas o libradas a mayor escala, pero solo un par tienen la misma importancia histórica. Y para el hombre de la calle, ninguna es ni remotamente tan importante como el choque épico que marcó a toda una generación.

En buena medida, esto se debe a las especiales connotaciones del choque, la participación en el mismo de algunos de los rostros más amados y odiados de toda la guerra civil. Los propagandistas, tanto en el lado de la Republica como en el de la Confederación, pudieron presentar la batalla de Coruscant como el asalto final en una titánica lucha entre el bien y el mal. Para media galaxia fue una audaz estocada contra el corrupto corazón de la moribunda República y el dictador Palpatine. Para la otra mitad fue una puñalada traicionera orquestada por un maniaco genocida que llegó a amenazar con destruir el mundo más poblado del universo. Todo esto ha permitido que incluso los más desinformados sepan que las Guerras Clon empezaron en los desiertos de Geonosis y terminaron sobre los cielos de Coruscant.

En definitiva, el balance de la operación resultó adverso para la Confederación de Sistemas Independientes, militarmente hablando. Aunque el general Grievous logró retirarse con una parte sustancial de su flota y la Republica sufrió perdidas muy superiores tanto en hombres como en material - por no mencionar los cerca de novecientos millones de bajas civiles durante el conato de invasión de Coruscant -, el bando separatista perdió en esta campaña su última gran flota ofensiva. Aunque se alcanzaron los objetivos secundarios de capturar al canciller Palpatine y destruir los grandes astilleros de Coruscant, el fracaso de la invasión impidió alcanzar el objetivo principal de forzar negociaciones de paz.

Incluso la muerte de los dos jefes de estado se sintió de manera diferente. La ejecución del canciller Palpatine, considerado por muchos como el gobernante más popular que la República había tenido en varios siglos, solo sirvió para galvanizar a la ciudadania contra la rebelión separatista. En cambio, la muerte del conde Dooku, carismático y respetado incluso por sus numerosos detractores y enemigos, fue un tremendo mazazo para la tambaleante moral de la Confederación que él mismo había ayudado a crear. Todos sabían que sin Dooku para mantener bajo control los diferentes grupos aliados contra la Republica era solo una cuestión de tiempo el que se produjera una desbandada general o una guerra civil dentro del bando rebelde por la designación del sucesor.

De Fin de las Guerras Clon, tomo IX de la Historia de la Guerra Civil Galáctica, por K. J. Laranee-Kularas.

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Sala de Juntas 06, Acorazado Federal Balance

Espacio Profundo, Región del Nucleo

El siseo de la compuerta neumática al abrirse fue todo el aviso que hubo de la llegada del general Grievous y dos de sus androides guardaespaldas, pero fue más que suficiente para hacer callar a todos los oficiales neimoidianos presentes en la sala. El ligero sonido metálico de los pasos del cyborg y los robots parecía ganar volumen en medio del silencio sepulcral que se había apoderado de la estancia.

Tras atravesar la estancia y alcanzar el extremo de la mesa metálica, Grievous dedicó unos instantes a memorizar los rostros de los presentes y entonces hizo algo inusual. Tomó asiento. Aunque los oficiales del Balance no habían tenido el dudoso placer de tratar previamente con el Comandante Supremo de las fuerzas armadas de la Confederación, todos sabían que el general nunca se sentaba. Su cuerpo droide no se cansaba y siempre, siempre se mantenía en pie para intimidar a sus interlocutores con su impresionante estatura.

-Quiero brevedad, señores. Nos queda poco tiempo antes de que toda la flota de la República caiga sobre nosotros y me gustaría sacar el máximo provecho. Digan solo lo esencial y dejen los detalles insignificantes y la palabreria para los informes completos -dijo Grievous finalmente, secando unas cuantas gargantas al hacer su "petición" y obligando a unos cuantos oficiales a reorganizar apresuradamente sus notas.

La reacción más espectacular, sin duda, fue la de un teniente que había delegado la redacción de su informe en un subalterno. Llevado por un exceso de celo o estupidez congenita, el subalterno había logrado compilar un monstruo de varios miles de paginas de detalles técnicos que su superior casi no había tenido tiempo de ojear. El sonido de su cuerpo cayendo contra el suelo fue el primer indicio para el resto de los presentes de que algo no iba bien.

Grievous se levantó en un silencio casi completo de su sillón y se desplazó hasta quedar junto al cuerpo sin sentido del teniente. Sin prestar demasiada atención al neimoidiano, el general cogió el ordenador de bolsillo que había caido al suelo y sostuvo ante sus ojos la pantalla. Manejando los controles a toda velocidad, tardó menos de un minuto en ver la totalidad del larguisimo documento y dejó que la información fuera transferida en su totalidad a los componentes electrónicos de su cerebro. La maquina se ocuparía de recordarlo todo hasta que las partes biológicas de su mente tuvieran tiempo para asimilar el informe.

Entonces, tras dejar con delicadeza el aparato sobre la mesa, fue cuando Grievous bajó la mirada hacia la forma inconsciente a sus pies. Era consciente de que todos los presentes estaban conteniendo el aliento a la espera de la muerte dolorosa y brutal del inepto oficial, pero tras dejar que la tensión creciera durante casi un minuto, Grievous desvió la cabeza para mirar a sus guardaespaldas, que se habían colocado como centinelas a ambos lados de la única salida de la cámara.

-Llevad a este idiota hasta las celdas de contención de la sección Roja. Me ocupare personalmente de él cuando hayamos acabado aquí y pueda pensar algo... adecuado -siseó, recalcando de forma muy expresiva la palabra adecuado. Tras dar la orden se volvió y se dirigió a los oficiales en un tono engañosamente tranquilo-. Y ahora, caballeros, si no hay más interrupciones, desearía poder entrar en materia de una vez. ¿Alguien tiene algún problema?

Como miembros de una especie que habia decidido muchos milenios atrás que la supervivencia era más importante que la dignidad, la decencia, el poder y hasta la riqueza, los oficiales no respondieron a la pregunta retórica de Grievous y la reunión comenzó.

Siguiendo los deseos del general, los informes fueron breves y concisos, si bien se podía apreciar en las voces de los neimoidianos un cierto temblor. Afortunadamente, el cyborg parecía más interesado en la información que estaba escuchando que en intimidar a los oradores, por lo que la reunión terminó al cabo de poco más de media hora. Las conclusiones resultaban bastante desoladoras.

De la poderosa flota que había partido de las bases separatistas del Borde, quedaban menos de mil setecientas naves. Tres de cada cuatro naves perdidas, vaporizadas, reducidas a escombro en orbita sobre Coruscant. Y no es que las supervivientes estuviesen en condiciones de revista precisamente. Los técnicos y los droides de mantenimiento habían determinado que doscientas cuarenta unidades eran simplemente irreparables sin un astillero de buenas dimensiones y varias semanas de trabajo. Otras cincuenta eran dudosas y se temía que alguna pudiese estallar al intentar entrar en el hiperespacio. Para colmo, las reservas de energía y munición de todas las naves estaban casi exhaustas. Se había calculado que extrayendo los depositos de hipermateria de las naves más dañadas había suficiente combustible como para que un millar de naves realizase una travesia hasta los puestos avanzados de la Confederación, pero nada más. Suponiendo que no hubiese que disparar un solo disparo por el camino, por supuesto.

No eran buenas noticias. Y Grievous era conocido por descargar su frustración en quienes le llevaban malas noticias.

-Considero que han trabajado ustedes de forma aceptable. Estoy moderadamente satisfecho. Ahora, vuelvan a sus puestos y continuen. Recibirán nuevas instrucciones en breve -sentenció Grievous tras otro largo silencio lleno de tensión en el que se había podido escuchar el latir acelerado de muchos corazones.

Los neimoidianos intercambiaron miradas llenas de confusión, de duda, de sorpresa por salir vivos de la reunión, pero tras los primeros instantes recogieron apresuradamente documentos y miniordenadores y desalojaron la sala a toda velocidad, dejando solo al general.

Grievous no solía dedicarse a la reflexión. No lo había hecho a menudo cuando era un lider guerrero en Kalee y no lo hacia casi nunca desde su transformación en un engendro repulsivo, mezcla de ser viviente y maquina. Le llevaba a recordar lo que había sido, lo que había hecho y lo que había perdido. El recordar siempre encendía la llama de un odio voraz y furioso que le nublaba el juicio y le hacía cometer errores. Eso no era bueno para un lider militar, por lo que era más seguro centrarse en el presente y dejar que fuera solo el rescoldo de su odio por los Jedi y la hipocresia de la República lo que le diese animos.

Pero ahora estaba reflexionando y recordando, sin que el odio hubiera hecho acto de presencia. Seguía habiendo rabia y desprecio, pero ahora había tambien dolor y pesar. Emociones perdidas, que acababan de volver. No era natural, como tampoco era natural el que sus recuerdos más cercanos pareciesen los de otra persona. Los de un loco sanguinario. Había notado el terror que su sola presencia creaba entre los que acababan de dejarle. Y aunque no tenía a los neimoidianos en muy alta estima, sabía que eso no era natural.

El miedo engendraba respeto y eso era bueno. Un buen caudillo debía ser temido y un soldado insolente que se atrevía a cuestionar a su superior merecía la muerte. Pero lo que recordaba haber hecho durante los últimos años, la brutalidad atroz y arbitraria... No, eso no era natural. La conclusión era evidente. Su mente había sido alterada sin su consentimiento o su conocimiento. Los componentes electrónicos que habían sustituido partes de su cerebro después de su accidente seguían funcionando, por lo que la cirugia cerebral no escondía la respuesta al enigma.

Descartadas las alteraciones internas, eso dejaba las influencias externas. Desde el momento mismo de su renacimiento como Grievous, el cyborg había estado en contacto estrecho y casi constante con un individuo con la habilidad de manipular otras mentes por medios incomprensibles para la ciencia. Y sabiendo lo que sabía ahora, que el cambio que había liberado su mente se había producido en el momento de la llegada de los Jedi a la plataforma de observación de la Mano Invisible... Bien.

El general Grievous necesitaba saber donde se encontraba su mentor en el uso del sable láser y deseaba fervientemente que el equipo de busqueda que estaba examinando tornillo a tornillo la torre dorsal trasera de la Mano Invisible descubriese algo. Grievous todavia reservaba un último momento de atroz brutalidad y estaba ansioso por descargarla.

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"En una sorprendente revelación de última hora, la oficina de prensa del Senado ha hecho publica una nota en la que nos informan del fallecimiento del conde Dooku de Serenno, lider del movimiento separatista y, según muchos, el hombre que mantenía unida la autoproclamada Confederación de Sistemas Independientes.

"Según se ha comunicado, el conde murió a manos de los Jedi Kenobi y Skywalker durante el intento de rescatar al canciller Palpatine. Como nuestros espectadores recordaran Dooku fue caballero Jedi y se le consideraba uno de los espadachines más diestros de la historia de la Orden, pero los dos heroes de la Quinta Flota lograron una vez más derrotar a un enemigo aparentemente invencible. Desgraciadamente, la resistencia del lider rebelde hizo imposible capturarlo con vida y el general Kenobi se vio obligado a ejecutarle, cumpliendose así la sentencia dictada por el Tribunal Supremo hace más de dos años. Los dos Jedi, profundamente afectados por estos acontecimientos, se han negado a hacer declaraciones y el portavoz del Templo ha señalado que esto no va a cambiar en el futuro proximo.

"El cuerpo de Dooku, que pueden ver en sus pantallas, ha sido incinerado de acuerdo con la tradición del linaje familiar de los condes de Serenno y sus cenizas descansan por el momento en la cripta familiar de su antigua residencia en Coruscant, a la espera de..."

Obi Wan agitó la mano y la pantalla se apagó, cortando el informativo con más audiencia de la galaxia entera. Al volverse, el maestro Jedi vio que Dooku parecía haber asimilado la noticia bastante placidamente. Aunque el rostro era la única parte del cuerpo que podía mover dentro del campo de retención que le sostenía suspendido a medio metro del suelo, Tyrannus no mostraba mucha reacción para ser un hombre que acababa de ser oficialmente declarado muerto. Ligeramente desconcertado por esto, Obi-Wan Kenobi siguió con el discurso que había preparado antes de entrar en la celda.

-Es usted un muerto en vida, Dooku. Solo sigue respirando porque a bordo de la Mano Invisible hizo ciertas promesas y contra mis recomendaciones la mayoria del consejo quiere saber lo que usted puede revelar. Durante el resto de su existencia, sean diez minutos o diez años, siempre habrá alguien con un sable láser listo para remediar la...

-No, no, no. ¿Esas son las grandes dotes negociadoras de las que tanto había oido hablar? Cuando uno disfruta de una posición de superioridad como la suya, no se llevan a cabo absurdas amenazas de holonovela barata justo después de reconocer que la otra parte tiene cierto valor -cortó Dooku en un tono seco y vagamente decepcionado. Obi Wan farfulló algo mientras intentaba encontrar respuesta, pero el conde siguió hablando, imperterrito-. Conozco las reglas de mi cautiverio y por mi honor y mi vida las respetaré, aunque como todo quedan abiertas a una futura renegociación.

-Maestro no eres, mi antiguo alumno. En tus palabras la verdad oigo, pero en tu corazón la negra mancha del mal persiste -se oyó decir desde la puerta a una voz, casi tan famosa como su propio dueño.

-Saludos, Maestro Yoda -logró murmurar Dooku con una voz en la que había algo de verguenza, algo de colera y mucho respeto-. ¿Quereís hablar conmigo? Muy bien, hablemos.

FIN DEL PRIMER ACTO.

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Notas del Autor: Tras casi dos meses de pausa, acerté a componer este capitulo en el que concluye la primera parte de mi historia. Espero que merezca la pena a todos los lectores que hayan esperado pacientemente este momento. A vosotros os dedico toda la historia de Traidor Traicionado, que espero poder continuar pronto, en cuanto se aclaren ciertos asuntos de mi vida personal.