La Piedra de la Alianza fue mi primer fanfic (excluyendo ciertas historias que nunca han sido publicadas por sus muchos y variados fallos), escrito hace más de diez años ya y nunca terminado. Aunque nunca lo he abandonado completamente, el cuarto capítulo de esta "saga" permanece atascado desde hace mucho y, hablando con honestidad, no es probable que llegue a terminarlo nunca.

Dicho lo cual, no hay razón para no pegarle un lavado de cara a esta historia y finalmente actualizarla con los dos capítulos adicionales ya escritos que nunca llegué a subir a esta pagina, como para celebrar el décimo aniversario del cuento.


Mientras la sangre violácea de los caodines teñía la tierra resquebrajada del Laberinto, Haplo encontró la fuerza para curarse y sanar también al perro que había aparecido repentinamente y le había salvado la vida. Su cuerpo exigía a gritos sumirse en un trance curativo, pero Haplo no podía permitírselo.

En la distancia podía ver su objetivo, el umbral de la Ultima Puerta. A simple vista, se trataba de un simple arco de roca de gran altura clavado entre dos montañas de increíble altura, pero Haplo era capaz de sentir la siniestra y malévola magia, más concentrada en este lugar que en ningún otro.

Como todas las cosas del infernal mundo-prisión creado por la magia al que sus habitantes (o más exactamente prisioneros) conocían como el Laberinto, la Ultima Puerta era una cosa artificial, que había sido creada y moldeada por las runas de los sartán, los poderosos brujos que habían destruido el mundo antiguo, para contener y mantener encerrados a los patryn, sus mortales enemigos y únicos seres en toda la creación con poderes comparables a los de los sartán.

La malévola inteligencia mágica que gobernaba el Laberinto había hecho un magnifico trabajo en su labor de contener a los prisioneros y poner trabas en su camino hacia la libertad. Quizás incluso demasiado magnífico. Según las tradiciones patryn, los sartán tenían innumerables defectos, pero no el de la crueldad inútil.

¿Qué sentido tenía entonces la insaciable sed de sangre del Laberinto?

¿Qué podían buscar los sartán con el exterminio de un enemigo vencido y caído?

Algunos patryn sospechaban que la inmunda creación que era el Laberinto se les había escapado de las manos a sus hacedores. Haplo esperaba encontrar la respuesta al viejo enigma del otro lado de la Última Puerta.

Este era de acuerdo con las leyendas el único punto en el que era posible abandonar el Laberinto, el final de la "dura prueba" que los sartán habían prometido antes de abandonar a los patryn a su suerte en el corazón del Laberinto. En las leyendas patryn, aunque poco (o nada) cierto se sabía de lo que había del otro lado, la Ultima Puerta era el equivalente a las Puertas del Paraíso en las viejas religiones de los mensch del mundo antiguo. Por lo menos, pensó Haplo con una sonrisa amarga mientras se ponía en pie, difícilmente iba a poder ser peor que cuanto ya conocía.

Aunque la magia había cerrado sus heridas, durante el tiempo que había estado desmayado había perdido mucha sangre y al ponerse en marcha tan pronto, sus heridas se reabrieron. Mientras la vida se le escapaba por múltiples heridas en distintos puntos de su cuerpo tatuado, Haplo siguió andando por la llanura reseca que se extendía hasta las montañas. Cuando las fuerzas le fallaron avanzó a gatas. En un momento dado estuvo a punto de derrumbarse, pero el contacto del frío hocico de su salvador canino le movió a seguir avanzando. Le había arrancado al Laberinto una oportunidad derrotando a los caodines, pero sabía de sobra que la prisión en la que había nacido y vivido nunca daba segundas oportunidades.

Sumamente debilitado por la perdida de sangre, consiguió cruzar el arco de la Ultima Puerta y pasar al Otro Lado, aunque estaba tan cerca de la muerte que casi no se dio cuenta. Al borde mismo de la oscuridad final, vislumbró frente a él una figura alta y borrosa. Oyó al perro gruñir con fiereza, aunque el animal debía de estar casi tan mal como el mismo. Que injusticia, pensó, que la Muerte me llegue cuando acabo de dejar el Laberinto.

La Muerte se le acercó y le cogió con manos firmes por las axilas, levantándolo hasta que sus miradas se encontraron. De pronto, un agradable calor atravesó el cuerpo del patryn, mientras la vida regresaba y su vista se aclaraba. Al cabo de unos instantes, su borrosa visión de la figura que había tomado por la Muerte se aclaró y le permitió ver el rostro de un patryn, el más anciano que Haplo había visto en toda su vida (que con treinta ciclos había vivido mucho para los estándares del Laberinto).

-Se bienvenido, hijo. Soy Xar, el Señor del Nexo. Le has vencido, hijo. Has llegado al Otro Lado y aquí encontrarás la paz y la seguridad –dijo el anciano con voz cargada de amor, de admiración y de un poder mayor que el que Haplo había percibido en toda su vida.

-Le he vencido –murmuró para si Haplo, aún sin entender la enormidad de su hazaña–. He vencido al Laberinto. ¡Le he vencido! –repitió una y otra vez, con creciente alegría–. ¡Le he vencido y estoy vivo!.

-Si, hijo mío. Ahora ven y contempla tu nuevo hogar. Ven conmigo.

Apoyándose en Xar, le siguió hasta unas rocas cercanas. Y allí, desde lo alto, vio el Nexo. Una hermosa tierra cubierta de nubes de aspecto apacible, con un cielo azul. Bosques rebosantes de vida buena y saludable y praderas tan verdes como el mar. Y frente a los dos patryn, algo que Haplo reconoció como una ciudad, aunque solo había oído hablar de ellas en leyendas del pasado semiolvidado. Era la imagen más hermosa que había visto en su vida y supo que allí podría encontrar la paz. Por primera vez en su vida, lloró de alegría.

-Los sartán construyeron esta tierra para nosotros. Un cielo después del infierno para aplacar nuestra ira y reducir a los pocos supervivientes a una decadencia odiosa, hijo mío –dijo Xar a su lado con voz cargada de odio–. Pero no te preocupes. Todo saldrá bien si me obedeces y recuerdas esto, hijo. Nunca olvides que los sartán son nuestros enemigos. Nunca olvides.

De pronto, Haplo se encontró solo en lo alto de las rocas, incapaz de moverse y de ver algo diferente a lo que tenía frente a él. Las plantas enfermaron y un viento fuerte se levantó y se llevó sus hojas. En las colinas peladas y los bosques desnudos aparecieron cientos, miles, millones de patryn armados y con los rostros convertidos en mascaras de odio y eterna venganza, dispuestos a convertir el Universo en un campo de batalla lleno de huesos y alimañas carroñeros.

Los patryn desaparecieron y una cascada de sangre inundó el paisaje. Solo la maravillosa y resplandeciente ciudad permanecía inalterada en el centro del caos. Hasta que un ejercito formado por todos los monstruos del Laberinto emergió de la sangre, destruyendo las murallas de la ciudad y trocando su luz en humo negro y maloliente. Mientras ardía, el Nexo se había convertido en un gigantesco osario en el que los cuerpos de todos los patryn de la historia se pudrían sobre una llanura mientras los seres del Laberinto los devoraban.

-Nunca olvides –volvió a sonar la voz cargada de odio a su lado y al girarse vio de nuevo a Xar a su lado–. Te dijo que no olvidases, hijo mío. Pero olvidaste. Te aliaste con un sartán. Me traicionaste. Traicionaste a todo tu pueblo. Me dejaste morir. Nos privaste de la oportunidad de reinar sobre todo y nos condenaste a un eón de sufrimiento encerrándonos en el Laberinto.

Mientras Xar hablaba, su cuerpo se deshacía en polvo y sus ojos tomaron un llameante color rojo que de alguna manera saltó a Haplo en forma de fuego abrasador. Mientras llamas de pura maldad le consumían, no pudo evitar seguir mirando el gesto de absoluto odio del que había sido su padre adoptivo, señor y maestro.

-Nunca olvides –sonó una última vez la voz en sus oídos–. Todo esto es culpa tuya y nada cambiará eso.

Y tras estas palabras de despedida solo hubo oscuridad y silencio.


Haplo se despertó aterrorizado, con su cuerpo bañado en sudor, el corazón desbocado y el sueño aún fresco en su memoria. Al incorporarse bruscamente, despertó a Marit, su compañera.

-¿Otra pesadilla, cariño? –le preguntó dulcemente al oído, a lo que el respondió moviendo afirmativamente la cabeza -. ¿Otra vez Xar? Tienes que intentar superar todo eso, mi amor. Ya han pasado cuatro ciclos. Xar te perdonó. Yo sentí como, al final, comprendía todo. Todo por lo que estabas luchando. La magnitud de su error. Te puedo asegurar que si sentía algo malo hacia alguien en sus últimos instantes, fue solo hacia si mismo. A ti nunca dejo de quererte como a un hijo.

-Ya lo sé, Marit. Yo mismo vi su cuerpo, ¿recuerdas? Nunca le había visto tan en paz consigo mismo como entonces. Sé que comprendió, sé que lo que hice tenía una buena razón de ser... pero también sé que traicionar a Xar estuvo mal, muy mal.

Marit sacudió la cabeza con exasperación. Llevaba oyendo la misma historia desde que Haplo empezó a tener pesadillas, casi tres ciclos atrás. Parecía que los remordimientos no concederían tregua a su marido hasta su muerte. Habían probado todos los remedios del saber popular patryn y de las escuelas de medicina sartán sin el menor resultado. El formar parte de los rescatadores le había traído algo de paz, pero la sensación de estar menguando su "culpa" a través del peligro que corría para rescatar a otros de las traicioneras garras del Laberinto para llevarlos a la relativa seguridad del Nexo pronto fue sustituida por renovados remordimientos. Ni siquiera la alegría que le producía el ver crecer a sus ocho hijos e hijas (naturales y adoptivos) parecía surtir efecto contra el mal que se apoderaba de Haplo en cuanto intentaba conciliar el sueño.

-No te preocupes, cariño. Lo que hiciste tuvo buen resultado y eso es lo que importa. Intentaste hacer siempre lo que te pareció mejor y has hecho posible mucho bien –le susurró con cariño en la oreja. De pronto la voz de Marit se volvió más seria y le dijo–. ¿No crees que estas incumpliendo el primer voto de nuestro matrimonio? 'Tu vida por mi vida,' ¿recuerdas? No todo es rencor. No todo es dolor. No todo es violencia. Ni siquiera en el Laberinto. Tenemos el derecho a intentar ser felices. Hemos luchado mucho por ello y nos lo merecemos.

Le sonrió con picardía y le abrazó con ternura maternal y algo más. Cuando Haplo volvió a conciliar el sueño mucho más tarde, no tuvo más pesadillas. En el aire, sobre ambos, relucía la runa que representaba su matrimonio: dos círculos con sus respectivas runas de corazón en el centro, como parte de un círculo mayor y más importante.


-¿Qué estuvisteis haciendo anoche, chicos? –les preguntó a la mañana siguiente y con una sonrisa divertida en su cara poco atractiva Alfred, mientras daba de comer a los ocho niños de la pareja–. Creo que esta tropa sabe que no les enviasteis con tío Alfred para que yo les contase unas cuantas historias de las aventuras que pasamos su padre y yo. De lo contrario no me habrían preguntado qué estabais haciendo vosotros. Además, se han dado cuenta de que esta mañana habéis dormido hasta muy tarde.

-¿De verdad te han preguntado eso? –respondió Haplo enarcando las cejas–. Son muy espabilados para su edad.

-Por supuesto que sí, truhán. Marit y tú tenéis mucha suerte... No solo os tenéis el uno al otro, sino que además contáis con ocho preciosos e inteligentes hijos.

-También contamos con un amigo que es el mejor sartán que nunca haya existido.

Alfred movió la cabeza, aunque Haplo no pudo reprimir una sonrisa al darse cuenta de que su amigo se había ruborizado hasta las orejas. Una agradable ironía, pensó Haplo, su nombre significaba solitario en idioma patryn y durante mucho tiempo había sido así, pero había acabado profundamente unido a dos personas: Marit, el gran amor de su vida, y Alfred, un amigo simpático e inteligente que le había hecho ver el mundo de una manera menos cruel y despiadada que Xar.

Mientras Alfred acababa de dar de comer a los pequeños y les llevaba a una habitación contigua para que se echaran la siesta, Haplo empezó a pensar en su relación con el difunto Señor del Nexo y arrugó el ceño. Él había sido durante mucho tiempo la persona a la que había estado más unido, un padre para sustituir a su auténtico progenitor, devorado por las bestias del Laberinto cuando Haplo aún no había abandonado la infancia. En buena medida, Alfred había ocupado el lugar de Xar en el corazón de Haplo (después de todo el sartán, con sus cerca de cien ciclos más que duplicaba la edad de su buen amigo patryn), pero había cosas en las que un racional sartán jamás comprendería a los emocionales e impulsivos patryn.

Por lo poco que sabía, los sartán (quizás debido a que no necesitaban de una absoluta unidad para sobrevivir, a diferencia de los patryn) no tenían lazos familiares tan fuertes como los de sus antiguos enemigos y no sentían sus corazones con tanta fuerza como los patryn. Entonces recordó aquel momento ciclos atrás en el que una pequeña parte de las vivencias de Alfred habían llenado su mente, durante el brutal cruce de la Puerta de la Muerte hacia el Reino de la Tierra, el mundo muerto de lava fundida llamado Abarrach.

Casi todo era un recuerdo confuso... salvo una cosa. El momento en el que Alfred recién despertado de su sueño mágico en el mausoleo sartán de Ariano, el mundo de islas voladoras que era el Reino del Aire, se había encontrado solo. Último de los suyos en aquel mundo durante cincuenta largos y duros ciclos. En cierta forma había sufrido una soledad similar a la de Haplo, si bien la del patryn fue voluntaria y la de Alfred impuesta...

-Perdona que haya tardado tanto en dormirlos, pero los muy pesados han querido volver a oír como estuve a punto de caerme de la garra excavadora de la Tumpa-Chumpa que me llevo hasta la Puerta de la Muerte en Ariano la primera vez –dijo Alfred en ese momento, mientras cerraba la puerta de la habitación–. No pongas esa cara, hombre, que están perfectamente seguros. Los dragones protegen el Nexo y además Zifnab nos ha asegurado que existe una tregua. Como Baltazar y Vasu van a jurar alianza en nombre de la Onda Total y tanto el Dorado como el Regio tienen que estar como representantes de los Dos Principios...

-No pongo esa cara por ellos. No me importa dejarles solos por una vez en su vida. Con todos los dragones de Pryan a nuestro alrededor, el Nexo es totalmente seguro. Estaba pensando en Xar otra vez. Ya sabes que no suele resultarme agradable. Es como si yo te preguntara a ti de pronto algo sobre Hannah –respondió un malhumorado Haplo.

Alfred reaccionó como si Haplo hubiera chasqueado un látigo a medio centímetro de su cara. Se paró en seco y miró directamente al patryn con una intensidad que este nunca había visto en el sartán. Tras unos instantes, Alfred abandonó esa mirada escrutadora y volvió a ser el mismo gracioso y torpe hombrecillo de siempre. Sin embargo, Haplo no olvidaría en ningún momento de su vida la desesperada y angustiada mirada de pura soledad, tristeza y melancolía que le había lanzado su viejo amigo.

-Mejor nos vamos ya, Haplo. Esta previsto que la ceremonia empiece en seguida y no pienso ser precisamente yo quien llegue tarde a la alianza entre patryn y sartán –dijo finalmente Alfred en un tono que intentaba ser vagamente jocoso sin conseguirlo en modo alguno.

Sin esperar la respuesta de Haplo, el sartán salió de su casa a buen paso, sin sus habituales torpezas en el movimiento. No obstante, Haplo (más joven y ágil) le alcanzó a los pocos pasos. Pese a lo cual, ninguno de los dos dijo una sola palabra hasta que estuvieron dentro de la recién construida Catedral de la Alianza, el mayor y más bello edificio de la reconstruida Ciudad del Nexo y que ocupaba el antiguo emplazamiento del palacio de Xar, casi completamente destruido en el incendio y posterior batalla producida al poco del cierre de la Puerta de la Muerte y la llegada de los sartán al Laberinto.