Hola! soy nueva en esto así que comenzaré presentándome: Mi nombre es Monik, y he escrito fics desde hace mucho tiempo. A mis lectoras, que de cariño les digo "bebitas", les dedico este fic que tantos problemas me ha traído, pero que se ha resistido a permanecer encerrado en mi computadora. Al parecer, este fic quiere llegar a sus ojos...

Espero no decepcionar a nadie.

Para mis bellas:

Capítulo I

Niobe, el bosque y la revolución

Una voz infantil susurraba con el viento:

"1, 2, 3…juguemos en el bosque"

Draco intentaba no escucharla, ahora no quería hacerlo. Cabalgaba con rapidez atravesando gruesas ramas de árboles oscuros, adentrándose cada vez más en la espesura del bosque; tenía que encontrarla, debía hacerlo. Su capa negra de mortío volaba con el viento al igual que su cabello rubio. Sostenía las riendas agitándolas con sus manos cubiertas por guantes negros de cuero. No podía darse el lujo de detenerse; el tiempo estaba en su contra.

-¡Maldita sea!- exclamó mientras su caballo negro aceleraba el trote. Debía encontrarla, tenía que encontrarla.

Pronto paró en un claro. Sus ojos grises se fijaron en ella, que yacía sentada, con su kimono blanco esparcido por el suelo. El cabello castaño cubría su espalda mientras permanecía estática, incapaz de mover un solo músculo. Draco bajó del caballo y su capa negra bailó con el viento. El silencio helado del bosque quebraba toda la historia de muerte que los envolvía. Varios mechones rubios cubrieron su frente mientras avanzaba. La prepotencia, el orgullo y la soberbia no habían desaparecido de su carácter, y por lo tanto, eso era lo que despedía al andar. Paró a unos metros de ella, mirándola inexpresivamente, como siempre; mas en sus ojos se reflejaba con intensidad un hielo implacable.

—Niobe…— dijo con aquella voz fría, mas no pudo terminar.

La castaña volteó mirándolo con odio. Su rostro estaba distorsionado por la rabia y el disgusto. Lágrimas corrían por sus mejillas mientras que sus manos estaban hechas puños contra la tierra.

—¡No te atrevas a llamarme así!— gritó con ira. — ¡No te atrevas a volver a hacerlo! ¡Mi nombre es Hermione! ¡Hermione Granger!

La sangre del rubio se congeló. Su rostro, antes siempre inexpresivo, se había transformado. En sus ojos grises la oscuridad solo se intensificó. Había llegado el momento; ella lo había recordado todo.

Draco soltó un pequeño grito de rabia contenida que provocó que algunos cuervos volaran lejos de los árboles. Sus ojos grisáceos se inundaron de desesperación mientras fijaba su mirada en ella nuevamente.

—¡Lo he hecho todo por ti! ¡Por protegerte! ¡No te atrevas a odiarme! ¡No te atrevas!— le gritó casi exigiéndoselo.

—¡Eres un asesino! ¡Un mortífago! Eres…eres Draco Malfoy ¡Todo este tiempo lo fuiste! ¡Me usaste! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Quiero que mueras!

Draco la tomó por el brazo obligándola a levantarse. Sus ojos fríos se clavaron en los de la castaña. Ella no podía odiarlo, no podía. Si la había arrastrado a esa oscuridad había sido porque la necesitaba. Hermione no podía dejarlo ahora.

—Tú no puedes odiarme y no me podrás odiar nunca.— le dijo el rubio apretando, sin notarlo, la muñeca de la castaña. — Gracias a mí dejaste esa insulsa personalidad que antes te caracterizaba. Yo te formé y te hice lo que eres ahora.

Hermione se soltó de él con ira mientras las lágrimas seguían cubriendo su rostro.

—¿Es eso lo que crees? ¿Crees que era una insulsa sangre sucia? ¡Qué equivocado que estás! ¡Yo era un ser humano! ¿Crees que lo que soy ahora es algo de lo que debería sentirme orgullosa?

Draco la miró incrédulo.

— Te lo di todo Hermione, absolutamente todo. Y te quité el miedo, te hice alguien fuerte.— dijo el rubio mirándola fijamente. — Sin ti, dejaré que todos caigan conmigo. Nada me importa, bien sabes que soy capaz de hacerlo.

—Eso es lo único que sabes hacer. Amenazar. Destruir.— dijo Hermione soltándose de él. — No me toques ¡No quiero que te me acerques nunca más! ¡Prefiero morir antes que permanecer a tu lado! Entiende que te odio ¡Te desprecio! ¡Has puesto sangre sobre mis manos!

El rubio se mantenía firme ante ella. Sus facciones, bajo la luz de la luna, eran tan perfectas como las de un ángel: piel pálida, ojos grises, cabello rubio… era un ángel caído, un ángel enviado desde el infierno. La castaña no podía comprender como no había sido capaz de reconocerlo. Tan mortífero, tan letal; todo aquel tiempo en sus narices y ella no había sido capaz de notar su engaño.

—Lo que hice tuvo un porqué.— dijo Draco penetrándola con su mirada. — Pero ya todo ha cambiado.

Hermione retrocedió unos pasos y sacó su espada haciendo soñar el hierro sin dejar de mirarlo con odio.

—Tienes razón: todo ha cambiado.

La voz infantil volvió a sonar, esta vez con más fuerza.

"1, 2, 3…juguemos en el bosque"


Un año antes

Aquella noche de enero más de 1000 impuros fueron vendidos.

La guerra de los mortífagos había llegado casi a su fin. Lord Voldemort estaba en su esplendor; el poder oscuro llenaba las calles mágicas. Aquel que se oponía a la ley era condenado a muerte al igual que el que la rompía; y la ley era avisar inmediatamente a los comerciantes si veían a un sangre sucia. Estos los encerraran y los vendían a familias puras como esclavos. El tráfico de personas se había convertido en algo legal. Aquellos que tenían sangre muggle en sus venas tenían que vivir escondidos, con el temor de ser descubiertos por algún chismoso que llamara a los comerciantes. Esa era la pesadilla en la cual estaba inmerso todo el mundo mágico, mundo que se estaba transformando en uno oscuro y perverso. Las épocas de persecuciones habían regresado, solo que ésta vez todo parecía aún peor que antes.

Esa noche más de 1000 impuros fueron vendidos, entre ellos, Hermione Granger.

Hacía meses que Hermione no veía la luz del día. Había permanecido escondida en un sótano junto a otros impuros durante mucho tiempo. Ron consiguió el lugar, seguro de que jamás la encontrarían allí. Harry continuaba en busca del Señor Oscuro, pero él se mantenía lejos; sabía que si Harry lo encontraba la profecía se haría realidad. Los días eran más negros para el mundo mágico; había mortífagos en cada esquina, dispuestos a abusar de cualquier persona sospechosa. Hermione se asfixiaba lentamente, sintiendo que la vida se le iba ahí encerrada. Escuchaba junto a los demás por la radio cómo más impuros eran vendidos y obligados a servir a familias puras. Todo se había puesto peor desde la muerte de Dumbledore. El día en el que la encontraron los comerciantes era el de su cumpleaños; ese día cumplía 18.

—¿Qué son esos ruidos?— dijo uno de sus compañeros.

Todos miraron hacia el techo, escuchando las fuertes pisadas de varios hombres.

—¡No puede ser!— gritó una mujer llorando y abrazando a su hijo. — ¡No es justo! ¡No es justo!

—¡Mamá haz que pare! ¡Haz que pare!— gritaba el niño.

La puerta del sótano fue tumbada con un polvo mágico mientras que al menos veinte hombres entraban y, con golpes y polvos, dormían a las personas del cuarto. Los gritos inundaban el lugar y la mente de Hermione. Un hombre alto y barbudo tomó al niño del cuello y lo lanzó al otro lado del cuarto. La madre gritó y corrió hacia él, pero el hombre se lo impidió. La empujó y tomó polvo en sus manos.

—¡Aprende a ubicarte, asquerosa sangre sucia!— le soltó, pero justo en el momento en el cual iba a lanzarle el polvo, Hermione intervino.

No podía pensar en nada, solo sentía la rabia de la injusticia correr por sus venas cuando se lanzó a aquel hombre tres veces más grande que ella. No era justo ¿Por qué tenían que ser tratados como animales solo por un asunto de sangre? ¡Eran seres humanos! Eran niños, eran madres, eran padres, eran ancianos, eran jóvenes. Todos tenían derecho a vivir y aquello era todo menos vida.

Las lágrimas corrían por el rostro de Hermione mientras intentaba golpear al barbudo comerciante, pero éste solo se rió y con un puño la golpeó mandándola contra la pared, obligándola a perder el conocimiento.

—¡Asquerosos insectos! ¡Ni siquiera sé por qué se resisten a lo inevitable!— dijo el barbudo tomando el cuerpo de Hermione y juntándolo con los otros.

Esa noche fue encerrada en una pequeña cárcel para tigres y embarcada a un largo viaje durante el cual no despertó. No escuchó cuando el viaje terminó, ni cuando tomaron su cárcel y la bajaron para lanzarla a la tierra. Tampoco se percató de la presencia de cientos de hombres mirando a los cautivos como en una subasta. Esa noche unos ojos grises se fijaron en ella; esa noche fue su perdición.

—Draco, escoge una rápido.— le dijo Lucius. — No soporto el olor que despiden estos seres.

—Algunos llevan meses sin asearse.— dijo un comerciante riéndose y mostrando su diente de oro. — Estos, por ejemplo, los encontramos en un sótano. Muriendo en su propia inmundicia.

Draco ya no escuchaba, sus ojos estaban fijos en una de las pequeñas cárceles. La inexpresión de su mirada se había evaporado por completo y cualquiera que lo hubiera visto en ese instante habría temblado. Su rostro reflejaba el más profundo odio y a la vez, la más profunda satisfacción.

—¿Draco?— dijo Lucius acercándose a él. — Te dije que te apresuraras, no tengo todo el tiempo y bien sabes que hay cosas que necesitamos hacer con urgencia.

Pero él no le respondió ni desvió la mirada de su presa. Se inclinó hasta la altura de la pequeña cárcel y acercó su rostro a las rejas. Ahí estaba; la asquerosa sangre sucia estaba ahí. Secretamente lo había esperado, sabía que como toda impura no podría esconderse por mucho tiempo. Se la había imaginado siendo ya esclava de alguna familia, restregando pisos, encadenada, como el insecto miserable que siempre fue. Pero nunca pudo imaginarse que sería él, justamente, quien la encontraría. Era demasiado bueno para ser cierto.

—Esta es una de las más baratas.— dijo el comerciante acercándose a la cárcel. — Es arisca, atacó a uno de nosotros cuando la capturamos. Por eso haré una excepción y les diré la verdad: no creo que les convenga comprarla. Solo daría problemas. Prefiero vendérsela a gente menos importante, no a ustedes.

Draco miró a través de la suciedad de ese rostro que tantas otras veces había visto en sus años de colegio. Miles de imágenes cruzaron por su mente en ese instante. Podía recordarla paseándose por los pasillos con Weasly y Potter, presumiendo en las clases como una sabelotodo, golpeándolo e insultándolo como si él fuera su igual. Cuánto la odiaba en ese entonces; cuánto la odiaba ahora. Sus ojos grises la estaban penetrando como cuchillas y ella era incapaz de despertar. Draco sonrió, siempre quiso verla así: llena de lodo, con el cabello enmarañado, con unas cuantas prendas sucias que la cubrían del frío como un animal rastrero que pedía clemencia.

Se incorporó sin dejar de mirarla ni un solo momento.

—Está herida.— le dijo al comerciante. — En la cabeza.

El hombre gordo del diente de oro se arrodilló en el suelo y vio la sangre que se había secado en el cabello de la castaña y la que, por supuesto, corría por su frente.

—Le dije señor, que había dado problemas.

—No voy a dar un sickle por una impura problemática y además herida.— dijo Lucius fijando sus ojos en el comerciante. — Debería dárnosla gratis, de cualquier forma, dudo que alguien más la quiera; y en el caso de que la quisieran, sin un doctor que revise esa herida morirá en menos de una semana.

—Gratis, señor, es imposible. — le dijo el comerciante temblando ante la mirada de Lucius. — Al menos dos sickles cobro por ella.

—Quédesela entonces.— respondió Lucius mientras daba la vuelta.

Pero Draco no se movió.

—La compro.

Lucius se volvió para mirar a su hijo incrédulo.

—¿Estás completamente loco? Tenemos más de treinta esclavas en casa y quieres a otra problemática y que encima está enferma.

Draco miró a su padre inexpresivamente.

— Es Granger, papá. Hermione Granger.