Bebitas!!! hola!! pues bien, aquí les va el siguiente capítulo. De ahora en adelante me establesco publicando una vez a la semana :) Espero que les guste. ANTES DE QUE LEAN, por favor, a las bebitas que me escribieron y que no tienen cuenta en fanfiction net...noté que algunas me pusieron sus mails, es decir, intentaron, porque fanficion net les borró esa parte y no me salió sus mails...para que puedan escribirlos y yo pueda verlos, deben poner así: ejemplo arroba hotmail punto com, es decir, escribir loscomandos de forma literal porque sino fanficion lo borra. Por eso no les he podido responder, pero les dedico entonces este capítulo a ustedes, que aunque no tienen cuenta se tomaron la molestia de escribirme: claudia-malfoy, esmeblack, benqx, antuzzz, mia, a0311, merii, areli uchiha, victoria krum, gabrielle malfoy, athenas, elena, anne.

Por cierto, entren al blog: www punto larevoluciondelasbestias punto blogspot punto com, voy a subir fotos de Pansy, Jack y Zabini.

Ah! y tuve dos incidentes: dos bebitas lectoras me escribieron y sí tenían cuenta, pero al momento que yo puse para responderles, me salió que tenían inabilitado ese servicio, o sea, q no podía yo responderles: una es vivis weasley, y la otra diianaa. Yo les quise responder, pero no pude. Así que les agradezco por aquí, y tb les dedico el chapter.

Ojalá les guste: acepto críticas constructivas :)

Capítulo XVII

El cuaderno de Narcisa

1.-

-Draco…- murmuró Hermione para sí misma de forma inaudible. Allí estaba él, a unos metros de donde ella se encontraba, apuntando con su varita a por lo menos cinco lobos blancos que se mantenían amenazadores frente a ellos. La castaña respiraba agitadamente, casi no pudo ver de dónde apareció un nuevo lobo que se abalanzó sobre la espalda del rubio, sin que él pudiera preverlo.

El animal cayó con todo su peso sobre Draco, haciéndolo rodar sobre la tierra y levantar consigo un manto de hojas secas. El rubio acertó a agarrar al lobo por el cuello y así evitar que la bestia lo mordiera. Sin embargo, su fuerza era descomunal; Draco se debatía en el suelo con el lobo sobre él, rugiendo y mordiendo en el aire, haciendo todo lo posible por acertar y matar a su enemigo de una buena vez. Su varita había caído lejos tras el ataque desprevenido; no quedaba más que defenderse con sus propias manos. Draco lanzó un golpe a puño cerrado en el cuello del lobo, obligándolo a soltar un aullido de dolor. Los otros lobos no se tardaron en llegar, y juntos, se abalanzaron sobre el rubio. Draco sintió garras despedazar su camisa, mas ninguno lograba su meta principal: morderlo. Y no lo hacían porque el rubio poseía reflejos rápidos; conseguía esquivarlos, patearlos, golpearlos…pero siempre al librarse de uno venía otro, y así en una cadena que estaba agotándolo. Justo cuando sintió otra vez unas garras clavarse en su espalda y rasgarle la ropa hasta el coxis, una voz suave pero firme y un rayo de luz dieron contra un lobo que se disponía a atacarlo:

-Avada Kedavra!

El lobo cayó unos metros más allá, tieso como una tabla, con los ojos abiertos y el color blanco de su pelaje tornándose gris. Draco levantó la mirada y vio a Hermione parada cerca de un árbol, con la varita extendida hacia el animal que acababa de matar. Pronto reaccionó y apuntó a los otros lobos, quienes al ver lo sucedido con su compañero entendieron que no tenían oportunidad alguna de ganar, y fueron retrocediendo sin dejar de gruñir hasta que se dieron la vuelta y corrieron lejos.

Draco estaba sentado en el suelo, apoyado con ambas manos en la tierra. Su camisa estaba completamente desgarrada y con manchas de sangre y su cabello rubio caía sobre su frente, mas su rostro no expresaba ningún rastro de dolor; permanecía imperturbable, con sus ojos grises fijos en la castaña. Allí estaba ella, con aquella actitud gryffindoriana que lo llevó a recordar sus épocas en Hogwarts. Sostenía la varita sin titubeos, con una firmeza admirable a pesar de haber estado a punto de ser atacada. Ella lo miraba también, y sus ojos marrones eran profundos, insondables. Su cabello estaba despeinado, su vestido rasgado, en su brazo había un gran hematoma y su rostro estaba marcado por algunos golpes y rasguños. Aún así, Draco no pudo evitar pensar que jamás la había visto tan bella como en aquel instante; es más, nunca la había considerado bella, realmente bella, hasta ese momento en el que sus ojos brillaban con una valentía y fuerza indescriptibles. La castaña caminó lentamente hacia él, su mirada había soltado la de Draco para fijarse en sus heridas. Se arrodilló a su lado y sin decirle nada fue desabotonando la camisa del rubio.

-Te hirieron…- le dijo casi en un susurro.

Una vez que la camisa estuvo abierta, Hermione pudo ver las heridas que los lobos habían causado; ninguna era grave, todas eran superficiales. Esto fue por salvarme, pensó. Y pasó su mano por el pecho desnudo de Draco, esquivando las heridas, acariciándolo. Esta vez, él no la empujó ni la obligó a alejarse. Sus ojos grises estaban clavados en ella de forma intensa, tanto que ella sentía que la quemaban por dentro, que la penetraban y que podían ver todo su interior. ¿Cómo podía él ser su captor y a la vez su único protector y salvador? A veces, junto a él, sentía miedo; y otras, como en aquellos instantes, que sólo podía estar segura en sus brazos. Él la miraba de aquella forma tan intensa y ella no sabía qué pensar; los pensamientos de Draco eran para ella un misterio. Todo lo que tuviera que ver con él era confuso y desconocido. Sin embargo, la había salvado; había arriesgado su vida por la de ella. Tuviera las razones que tuviera para hacerlo, aquello jamás lo habría imaginado de él, Draco Malfoy. Ahora más que nunca se daba cuenta de que no lo conocía para nada, de que había tantas cosas en él que ella no veía, tantas cosas tras esa armadura de hierro, tras el mortífago.

Hermione apuntó el pecho del rubio con la varita.

-Podría matarte, si quisiera.- dijo la castaña hablando bajo, en un tono suave, delicado, mientras lo miraba fijamente.

-Entonces hazlo.- dijo el rubio sin que su rostro cambiara de expresión. Seguía mirándola de forma intensa, y en él no había ni un rastro de temor.

-Sanatus…- murmuró Hermione, y un rayo blanco salió de la varita cubriendo las heridas de Draco y curándolas hasta que de ellas no quedó nada.

La castaña se incorporó y Draco hizo lo mismo. Los dos quedaron frente a frente, a pocos centímetros de distancia.

-Esto te pertenece.- le dijo ella entregándole la varita.

El rubio la tomó sin cortar el contacto visual. Allí estaba ella. Había podido escapar, matarlo, vengarse por su maltrato en el pasado, pero no; no solo no había intentado herirlo, sino que además lo había curado. Claro, debía ser así; Hermione Granger era demasiado noble como para traicionar a quien acababa de salvarle la vida. Aquello no iba con ella. Nunca le preocupó la posibilidad de un ataque de su parte. Lo que le preocupaba ahora eran otras cosas: todo lo que había pasado aquella mañana, y su actitud de defenderla. Has estado a punto de dejarte matar por ella, pensó. Tenía que ser lo de Narcisa, no cabía duda alguna. Los eventos de aquella mañana lo habían perturbado. Necesitaba descansar.

Draco levantó su varita hacia el rostro de Hermione sin distanciarse de ella.

-Sanatus…- murmuró y las heridas en el rostro de la castaña desaparecieron. – Sanatus.- volvió a decir, esta vez apuntando a su brazo.

El rubio dio dos pasos hacia atrás, alejándose de ella, y silbó tres veces. Un corcel negro apareció corriendo y se detuvo frente a su amo. Draco se montó en él y le extendió la mano a Hermione.

-Sube.- le ordenó.

Y ella obedeció, pero justo antes de partir escuchó un leve canto, casi imperceptible pero claramente reconocible:

"1…2…3…juguemos en el bosque…"

2.-

Tras preguntar en varios lugares de Rewenbel por Rufus Demiens, Ginny, Harry, Ron, George Fred y Luna por fin dieron con lo que parecía ser su hogar. Habían pasado por tres caminos y cruzado algunas bifurcaciones; aquella ciudad en sí misma era mucho más grande que Halt Mich, y era aún más difícil hallar las direcciones. Al igual que todas las casas en Rewenbel, la de Rufus Demiens era elegante, aunque no tanto como otras. Incluso dentro de la realeza había estratos.

-Y bien, aquí vamos.- dijo Fred caminando hacia la puerta y halando una cadena de plata.

Cantos de pájaros sonaron alrededor del lugar. Fue sólo entonces cuando se percataron de que había jaulas plateadas con aves multicolores colgando de las paredes de la casa. Todos cantaban armoniosamente, y Luna los veía embelesada mientras sonreía. George mantuvo un semblante melancólico que nadie pudo comprender.

Cuando la puerta se abrió, los pájaros se silenciaron.

Un hombre apareció en el umbral, era alto, con bigotes negros y cabello negro desordenado. Vestía un pantalón negro y una camisa blanca con una túnica negra. Usaba lentes grandes, mas tras ellos se podían apreciar claramente unos ojos almendrados. El hombre pareció sorprenderse al ver al grupo en la puerta de su hogar. Paseó su mirada por cada uno de ellos, y cuando vio a Harry y la cicatriz en su frente, una sonrisa se le dibujó en el rostro, mostrando unos dientes blancos y brillantes.

-¡Por Merlín! Los he estado esperando con ansias. Pasen, pasen.- dijo ofreciéndoles la entrada.

-Debemos asumir, entonces, que usted es Rufus Demiens, ¿o me equivoco?- preguntó Fred.

-Asumen bien.- dijo Rufus.

Al ingresar los seis amigos se sorprendieron: la casa era mucho más grande en su interior que lo que aparentaba en el exterior, y estaba totalmente llena de libros. Eran pasillos cubiertos por ellos, los gruesos tomos incluso alcanzaban el techo, que de por sí era bastante elevado. En el centro había una mesa grande y larga en la que descansaban papeles, libros y tinteros. Parecía ser que allí, justo en la sala, Rufus Demiens trabajaba.

-Genial.- dijo Ron paseándose por el lugar. – A Hermione le habría encantado.

Todos de repente se entristecieron y nadie se atrevió a decir nada. Era cierto; aquello habría sido el paraíso para Hermione. Pero ella ya no estaba, y no sabían nada de su paradero. Aquella era una herida que no terminaba de sanar en ninguno de ellos, y no lo haría hasta que supieran de ella.

-Por Merlín, Harry, ¿cómo se te ocurre andar por ahí mostrando tu cicatriz, enseñándoles a todos que eres Harry Potter? ¿Es que no te has dado cuenta de en qué tiempos estamos viviendo?- dijo Rufus mientras se sentaba en la silla central de la mesa.

-Todo el tiempo estoy con el sobretodo puesto.- respondió Harry mostrándole su sobretodo negro, con capucha. – Solo me lo quité al entrar a Rewenbel.

-Pues hiciste mal.- dijo Rufus. – No te confíes de las ciudades fortificadas en Tirania. Son como cualquier espacio en el mundo: hay buenas personas, y malas personas. Aquí mismo viven también aliados de Quien-ustedes-saben.

La conversación se interrumpió porque un perro negro saltó de detrás de un sillón y corrió hasta quedar frente a Ginny. Le mostró sus dientes y comenzó a rugir amenazadoramente. La pelirroja lo miró de forma indiferente, casi despectiva.

-No le hagas caso, a veces se porta así.- dijo Rufus llamándolo por su nombre, pero el perro no parecía querer ceder.

-Me odia.- dijo Ginny. – Y todos sabemos por qué.

Todos callaron y se mantuvieron en silencio durante varios minutos. Rufus logró en ese tiempo sacar al perro al patio trasero. Cuando volvió les sonrió.

-Bien, deben estar agotados. Suban, con confianza, escojan una habitación, descansen. En la noche hablaremos de lo que nos interesa.

Todos asintieron; la verdad era que estaban más que agotados. Luna fue la primera en encaminarse hacia la escalera, cuando una figura juvenil femenina bajó por ellas de forma intempestiva. Cargaba un vestido ligero de color azul, su piel era blanca y su cabello rizado y oscuro. Sus ojos también eran almendrados, igual que los de Rufus. La chica pasó su mirada por los presentes y se detuvo en Ron. Sin quitar los ojos de él, le habló a su padre:

-Papá, no me dijiste que tendríamos visitas.- dijo un poco confusa.

-Ah, cariño, lo siento. Son unos viejos amigos. Se quedarán poco tiempo. Hazlos sentir en casa.

-Claro.- dijo ella, aún sin apartar la mirada de Ron. El pelirrojo le sonrió. – Me llamo Alexis. Síganme, les mostraré las habitaciones y en el camino pueden presentarse…

-Parece que tienes una admiradora, queridísimo hermano.- dijo Fred dándole una palmada en el hombro a Ron mientras subían por las escaleras.

Luna notó que ante ese comentario, el pelirrojo sonrió.

3.-

Los sirvientes se apresuraron en abrir las puertas de la mansión Malfoy para dar paso a Draco, el primogénito. Malina, quien había pasado dando vueltas por la sala corrió hacia él pero se detuvo antes de abrazarlo. Recordó las diferencias que tenía con su primo, y reprimió aquel gesto de cariño y de alivio a su preocupación. Pansy se encontraba sentada en uno de los muebles; estaba siendo atendida por un doctor. Sus ojos oscuros pasaron de Draco a Hermione, quien permanecía a unos pasos se él con el vestido rasgado y sucio de tierra. Malina miró la camisa desagarrada del rubio y se tapó la boca con ambas manos.

-¿Estás bien?- le preguntó angustiada.

-Sí, no te preocupes.- respondió Draco mientras caminaba hacia Pansy. - ¿Todo bien?

La morena esbozó una pequeña sonrisa sarcástica.

-Como siempre.- le respondió. – Veo que se te hizo fácil hallarla.

Draco ignoró aquel último comentario y volteó hacia Hermione. La miraba fríamente.

-Sube y prepárate para entrenar. Has perdido ya demasiado tiempo.- le ordenó con indiferencia. – Y esta tarde no quiero verte. Quédate en tu habitación.

Hermione no comprendía. Hacía poco tiempo, allá en el bosque, la mirada de Draco hacia ella había sido intensa, y ahora era como un témpano de hielo; dura, fría, sólida e indestructible. Era la primera vez que le ordenaba alejarse; siempre estaba buscando tenerla consigo. ¿Acaso está molesto conmigo?, pensó. Debe estarlo, le he causado demasiados problemas en menos de cinco horas, se dijo a sí misma. La había salvado, sí, ¿pero por qué lo había hecho? ¿Por qué tomarse la molestia de ir en su búsqueda cuando lo que más le sobraban a los Malfoy eran esclavas? La respuesta vino a la mente de Hermione de forma abrupta: el cuaderno de Narcisa.

Malina intervino repentinamente.

-Draco, ella necesita descansar; acaba de ser atacada por lobos mágicos no puedes…

-Se hará lo que yo diga.- la interrumpió. Era la primera vez que se dirigía a ella de forma ruda. – Y no estoy de humor para discutir.

Draco dio unas cuantas órdenes más y subió las escaleras. Malina guardó silencio. Ese era su primo, con el que había crecido, el que había sido como su hermano, y sin embargo no podía reconocerlo. No conseguía entenderlo en lo absoluto. Hacía unas cuantas horas había llegado y hallado a Pansy en el salón, herida, y ella le había explicado lo ocurrido; cómo había sido atacada y se había visto en la necesidad de huir, y cómo los lobos habían volteado el carruaje. Draco se desesperó, lo pudo notar porque lo conocía mejor que nadie; ¿pero por qué se preocupó tanto si lo que peligraba era tan solo una de sus esclavas? Malina no conseguía entenderlo. Ella misma lo vio insistir con angustia a Pansy para que le indicara exactamente el sitio en donde el carruaje había sido volcado, y cuando la morena lo hizo, salió velozmente en su caballo sin decir más. Malina fijó sus ojos en Hermione; no, aquella no era una esclava común, ni una chica común. Había algo que su primo le estaba ocultando.

En la sala sólo quedaron las tres: Malina, Pansy y Hermione. Todas se mantenían en silencio. Hermione se dirigió a las escaleras para subir a su habitación y prepararse para el entrenamiento, pero justo antes de que las alcanzara escuchó la voz de Pansy:

-Ojalá hubieras muerto.

Malina miró a la morena con una indignación absoluta, casi no podía creer que aquellas palabras hubieran salido de esos labios rosa pálido. Hermione no volteó a verla, sólo se mantuvo estática, como una pared, y tras unos segundos de recuperarse de aquel golpe se dirigió al segundo piso.

Malina fijó sus ojos grises en los negros de Pansy.

-Al parecer tú también has cambiado.- le dijo de forma distante.

-No te imaginas cuánto.

Malina subió las escaleras sin decir nada más. El doctor aprovechó para dejar sobre la mesa de centro una poción de color rojo intenso. Le indicó a la morena, con nerviosismo, que debía tomarla y que la ayudaría a sanar del todo la mordida que había recibido en la pierna. Guardó apresuradamente sus cosas en un maletín raído y manchado, y se dirigió a la puerta, cruzándose con Jack Spencer.

El viejo doctor hizo una ligera reverencia; era evidente que estaba nervioso al permanecer en casa de mortíos, y desapareció casi corriendo. Jack caminó hasta el centro de la sala y miró a Pansy de arriba abajo, introduciendo ambas manos en los bolsillos de su pantalón negro.

-¿Qué te pasó?

-Larga historia. ¿Me ayudas a levantarme?

Jack avanzó hacia ella y le extendió la mano. Pansy la tomó y de un solo impulso se puso de pie. Ambos quedaron frente a frente, y Jack notó, así de cerca, que ella lo observaba directamente a los ojos de forma detenida, casi precisa.

-¿Por qué me miras así?- le preguntó él sonriéndole, curioso.

Pansy permaneció seria.

-Tus ojos. Acabo de notar que finalmente se tornaron verde oscuro, de un tono casi pálido.

-Y pensar que hace cuatro años tú decías que los tendría como Potter.

-Un verde cualquiera; te dije en ese entonces.- dijo Pansy sin soltarle la mirada. – Pero me equivoqué.

-Como siempre.

-Bueno, cuando eras solo un niño los tenías amarillos; el proceso de transformación fue largo.

-Así es.

-Debo admitir que son cautivadores.- dijo Pansy y cortó el contacto visual para tomar la poción que yacía sobre la mesa. – Odio los remedios.

Jack avanzó hasta el bar y llenó una copa de vino tinto.

-¿Te acuerdas cuando teníamos nueve años y tus padres te dejaron en mi casa por las vacaciones y te enfermaste después de jugar bajo la lluvia (eras una debilucha y sigues siéndolo); y tuvimos que llamar al doctor y te recetaron tres pociones de color rosa espesas que nunca querías tomar?

-Claro que lo recuerdo. Eran terriblemente malas.

-Disfruté mucho de verte hacer todo un escándalo cada vez te tocaba tomarlas.- dijo Jack sonriendo y tomando un poco de vino.

-¿Lo disfrutaste? Si mal no recuerdo, Jack, estuviste tan preocupado por mí que te dio fiebre.

-Porque era un niño y creí que había sido mi culpa.- se defendió.

-Incluso lloraste cuando al segundo día no me recuperaba.- dijo Pansy sonriendo. – Admítelo Spencer; me quieres.

-Nunca, Parkinson.- dijo Jack dejando la copa de vino sobre el bar. – Nunca me escucharás decir eso.

Pansy le sonrió y caminó hacia la salida.

-Hey, ¿a dónde vas?- dijo Jack notando que cojeaba.

-A mi casa, tengo que descansar al menos diez horas, según el doctor de los nervios que casi muere de un infarto hace unos instantes.

-Te llevo. Y así me cuentas qué sucedió.

4.-

Tras bañarse y cambiarse de ropa, Draco bajó al estudio y se encerró. Necesitaba estar solo y pensar. Harry Potter y su grupo estaban en Tirania; lo sabía desde hace algún tiempo, pero sólo aquella mañana después de verlos había caído en cuenta de lo que significaba. Sólo podían estar en el bosque por una razón: la revolución de las bestias. Tenían que saberlo, y seguramente estaban internados en Tirania para impedir que se llevara a cabo, y para destruir a Voldemort. Draco sabía que debía meditar fríamente su siguiente paso; tenía dos opciones, decirle a su padre que los había visto en Rewenbel, o callar. Lo más sensato era advertirle a Lucius para que él se encargara de informar a los mortífagos del hecho; no podía darse el lujo de que Potter consiguiera encontrar a Voldemort y enfrentarse a él. Según la profecía, el único que podía destruirlo era él, y Draco necesitaba de Voldemort, lo necesitaba vivo. No podía permitir que la profecía se cumpliera, no lo iba a permitir.

La puerta se abrió y Lucius Malfoy entró. Dejó su bastón apoyado en el escritorio central y se sentó en el sillón de cuero negro que se encontraba justo frente a la ventana. Sus cristales proporcionaban una clara visión del jardín, y de las esclavas entrenando. A una gran distancia estaban Brena y Hermione. Lucius ni siquiera lo notó.

-Analizaste a Snape y te percataste de lo mismo que yo, ¿no es así?- dijo Lucius mientras clavaba sus ojos en Draco.

-Creo que todo sentido común te desmiente, Padre.- agregó Draco. – Yo lo vi matar a Dumbledore. Estuve allí.

-Pero aún así lo sentiste…sentiste que algo no encajaba.

Draco se mantuvo en silencio. Lucius había dado en el clavo; sí, había sentido algo extraño en la mirada de Snape, algo inexplicable, y que ciertamente, aunque no lo hacía culpable de nada, había sido suficiente para despertar en él una duda peligrosa.

-Bien, pero no vine a hablarte de eso.- continuó Lucius. – Sino de Malina, y su situación.

Draco no reprimió su hastío.

-Malina no quiere colaborar. No es una mortía. No es una seguidora de Voldemort.

-Eso es lo que menos nos importa. No vengo a discutir sobre ello; de una u otra forma, así sea a la fuerza, deberá unirse a nuestra causa. Eso no me preocupa en lo más mínimo.- Lucius sacó de su bolsillo una pipa y la encendió. – Vengo a hablarte de otra situación.

Draco, por primera vez desde que su padre ingresó a la estancia, pareció intrigado.

-¿A qué situación te refieres?

-Creo que desconoces ciertas cosas que rodean a la necesidad de tener a Malina en esta mansión. Pero ya es tiempo de que las conozcas; Malina no sólo fue traída aquí para que podamos tener control sobre sus acciones con respecto a los elfos oscuros, sino también para mantenerla alejada de una aventura inconveniente.

Draco pareció perder la paciencia.

-¿Quieres dejar de dar rodeos y decirme de qué se trata todo esto de una buena vez?

Lucius hizo una pausa, disfrutando el humo que salía de su pipa, antes de dar el golpe final.

-Que Malina, tu querida prima, lleva meses involucrada con un vampiro.

5.-

Luna había dormido apenas dos horas, pero ya se sentía recuperada. Su cabello rubio aún estaba húmedo por el reciente baño, y brillaba con destellos dorados que se hacían más fuertes cada día, igual que su piel; se había vuelto excesivamente tersa y porcelánica, y sus ojos habían adquirido un color azul peculiar. Aquellos eran síntomas inevitables, Dumbledore se lo había explicado. Ver a Snape en Rewenbel la intrigó; su ex profesor y ahora aliado estaba actualmente unido todo el tiempo a los mortífagos. Eso significaba que Rufus Demiens tenía razón: en Rewenbel habitaban mortíos. Habría que andarse con cuidado.

Caminó por la habitación y se pegó a la pared. Las voces de Fred y de George llegaban claramente debido a que las paredes no eran muy gruesas.

-No quiero entrometerme, pero me gustaría que me explicaras qué es lo que te pasa.- dijo Fred. – Nunca has guardado secretos conmigo, no me parece que sea tiempo de que lo hagas ahora.

-Fred, es…demasiado complicado.- dijo George. –Es una historia larga y complicada que no te conté a su momento, y ahora no tiene sentido que lo haga.

-Como quieras.

Luna notó que la voz de Fred en aquella última oración había estado manchada por el resentimiento. Se alejó de la pared y caminó hacia la ventana; lo que vio le hizo sentir, de forma inexplicable, un hueco en el centro del pecho.

Afuera, saliendo de la casa, estaban Alexis y Ron. Ambos sonreían y charlaban mientras avanzaban por la calle principal. Luna los observó alejarse poco a poco, hasta que se perdieron de vista.

6.-

Agatha entró a la habitación y vio, como lo había hecho todos los días desde hacía ya algún tiempo, a Elisa acostada boca arriba sobre la cama. Estaba despierta y consciente, pero desde que se recuperó del todo no había abierto la boca ni había intentado pronunciar palabra alguna. Todos los días permanecía en la misma posición, con la mirada a un lado, fija en la ventana, mirando el cielo.

Agatha avanzó y se sentó en una esquina de la cama. La observó: su piel era de un blanco pálido, traslúcido, y algunas venas estaban claramente dibujadas en su rostro, en sus manos, y en distintas partes de su cuerpo. Sus ojos ya no tenían esclerótica, eran dos pepas negras; y su cabello era blanco en su totalidad. La transformación había terminado hacía ya algunos días. Suponía que la experiencia, fuera cual fuere, que había vivido aquella pobre chica, la dejó traumatizada o demasiado agotada para querer hablar. Aún así, siempre la visitaba, e intentaba dialogar con ella. Aquel día no era la excepción.

-Elisa, estoy aquí.- empezó Agatha. – Vengo a preguntarte una vez más si ya estás lista para que hablemos.

La respuesta fue el silencio y la inmovilidad de la joven. Agatha bajó la mirada y se levantó sin más. Caminaba hacia la puerta cuando de repente, una voz la detuvo:

-No necesito hablar, sé muy bien en lo que me han convertido.- dijo Elisa sin moverse, sus ojos seguían fijos en la ventana. – No hay nada que usted pueda decirme.

-Te equivocas.- dijo Agatha volviendo sobre sus pasos. – Para empezar, quiero decirte que me alegra que hayas decidido hablarme. Elisa, sé cómo te sientes…

Pero al decir aquella última frase, Elisa volteó la cara abruptamente y fijó sus ojos negros en la hechicera. Su expresión se había tornado oscura, y sus venas eran más visibles que nunca.

-No; tú no sabes lo que siento, ni cómo me siento. Para que lo supieras, tendría que convertirte; matarte, y convertirte…como hicieron conmigo.

Agatha bajó la mirada por unos instantes pero pronto volvió a sostener la de Elisa, recuperando fuerzas.

-Está bien; tienes razón, nunca sabré lo que es ser un ángel oscuro.

-Una bestia.

-Una bestia de Tirania, parte de un clan; como prefieras llamarlo. Pero Elisa, las cosas no están tan perdidas como tú imaginas.

-¿Ah no? ¿Es que acaso puedes volverme a la vida y convertirme nuevamente un humana?- dijo Elisa en un tono oscuro y severo. Repentinamente se deshizo de la sábana y se levantó: estaba completamente desnuda, y en su cuerpo, por todas partes, se dibujaban venas. - ¿Es que acaso puedes quitarme esto?

Agatha quedó obnubilada cuando, como si nada, de la espalda de Elisa brotaron dos alas negras tan grandes que ocuparon casi todo el espacio a su alrededor; eran, incluso, más grandes que la misma Elisa.

-No, no puedo.- dijo Agatha. – Pero tu estado puede ser utilizado para el bien. Elisa, tú eres mestiza, seguramente eres consciente de lo que está sucediendo en el mundo mágico. Voldemort planea usar a las bestias del bosque para formar un ejército sanguinario. Mis visiones me dijeron que vendrías con información relevante, sin embargo aún no logro descifrar de qué se trata; necesito que me cuentes cómo llegaste a Tirania. Mis visiones nunca fallan: eres importante, y tu participación en el futuro del mundo mágico es inevitable.

Elisa respiró profundamente y lentamente, sus alas fueron regresando al interior de su espalda. Su rostro se contorsionó; parecía ser que sacarlas e introducirlas le causaba un agudo dolor.

-Está bien…Te contaré todo lo que recuerdo de cómo llegué a Tirania.

7.-

Draco no se movía, tenía sus ojos grises fijos en los de su padre. Su mano, que hasta entonces había estado jugando con cosas sobre el escritorio se detuvo abruptamente. Todo él parecía una estatua de marfil; dura, inquebrantable. Lucius continuó.

-No sé exactamente cómo ocurrió, ni desde cuándo. Tampoco sé nada de este…vampiro. Lo único que sé es que esa relación debía ser cortada de raíz, y lo mejor que podíamos hacer era mantener a Malina vigilada.

Draco seguía sin moverse.

-Sabes muy bien la pésima relación que tienen los elfos oscuros con esa raza despreciable que son los vampiros. Si los elfos oscuros llegaran a saber que su princesa está en relaciones con un vampiro, serían capaces de irse en su contra, y al hacerlo, todos nuestros planes de unirlos al Señor Tenebroso quedarían pisoteados, y todo por el capricho de una niña malcriada.- Lucius dijo esto último con desprecio. – Tampoco podemos declararle la guerra a los vampiros; los necesitamos para la revolución, y así me causen desprecio y repugnancia, tengo que admitir que con un clan numeroso y fuerte que no nos conviene dejar a un lado. Como puedes ver, se trata de un asunto delicado.

Draco se paró bruscamente de la silla y pegó al escritorio dos golpes. Su cuerpo temblaba de ira que a duras penas podía contener. Lucius permanecía impasible.

-A lo que voy con todo esto es que Malina de hoy en adelante es tú responsabilidad; queda en tus manos obligarla a que colabore, y vigilarla, porque lo que menos necesitamos es a otra chiquilla enamorada de un vampiro.

Aquel fue el golpe final. Los ojos de Draco parecieron incendiarse de algo peligroso y amenazador. Velozmente se aproximó a la puerta y de un empujó la abrió, saliendo del estudio con una rapidez excepcional, y atravesando la gran sala hasta llegar a las escaleras. Fue empujando a algunos sirvientes que se colocaban accidentalmente en su camino, y nadie se atrevió a intentar detenerlo; Draco emanaba un aire de furia desmedida, y quien fuere que estuviera cerca lo podría sentir y temer lo peor. El rubio llegó al tercer piso en un santiamén. Avanzó por el pasillo como si estuviera poseído por alguna fuerza oscura, y al llegar a la puerta de Malina la abrió y dio un portazo al cerrarla. Malina, que había estado sentada frente a la ventana, observando con tristeza a las esclavas entrenar durante horas, se levantó del susto que le propició aquella entrada violenta. Cuando sus ojos se fijaron en los de su primo, su miedo no cedió: algo había en Draco, algo oscuro y terrible, algo que instintivamente la obligó a retroceder hasta golpearse contra el cristal de la ventana.

-Draco…- dijo Malina casi en un susurro, pero el rubio no le permitió decir más.

Draco caminó peligrosamente hacia su prima y la tomó violentamente por el brazo, arrastrándola hacia afuera de la habitación. Malina gritaba por la fuerza que su primo ejercía sobre ella. Estaba asustada, nunca antes Draco se había atrevido a tener una actitud así con ella. Instintivamente, la morena se agarró de las paredes con su otra mano mientras el rubio la arrastraba por el pasillo y la obligaba a caminar hasta el final, a unas puertas grandes negras con dos gárgolas a sus lados. El rubio sacó su varita y apuntó a la puerta.

-Andemus!

Y las dos puertas se abrieron como la boca de una bestia.

Malina no supo por qué, pero sintió miedo. Draco la arrastró hacia adentro, a esa oscuridad por la que no podía ver absolutamente nada. Escuchó las puertas cerrarse y no vio nada más. Estaba en el suelo, y sentía todo frío bajo sus manos. Pronto escuchó nuevamente la voz de Draco.

-Incendio.

Una vela tras otra en cada uno de los muchos candelabros que había en la habitación se fueron encendiendo, iluminando la estancia con una luz cálida pero artificial. Sí, estaba en un cuarto, y pronto entendió de quién…

-Judith…- dijo casi ahogándose, al ver a su prima encadenada a una cama.

Malina se enteró de la tragedia de Judith hacía ya algún tiempo, sabía que por su propio bien la tenían encerrada, pero no la había visto desde entonces. Judith permanecía sentada en el centro de la cama, sus ojos grises estaban fijos en los de ella. Sí, la transformación la había cambiado: su piel era casi transparente, pálida, como la de Dante. Los colmillos asomaban por sus labios rosa, mientras que su cabello dorado caía en ondulaciones perfectas sobre sus hombros y cubría su espalda.

Malina continuaba en el piso, mas sin quererlo y sin poder evitarlo, había empezado a llorar. Judith no parecía reconocerla, simplemente la veía como un alimento, y poco a poco el gris de sus ojos se iba inyectando de un rojo sangre. De repente, Judith se levantó bruscamente de la cama y saltó hacia Malina, pero las cadenas la retuvieron y la devolvieron a la cama, mas ella siguió forcejeando, soltando gritos bestiales.

-¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué me has obligado a verlo?- le preguntó Malina a Draco, bañada en lágrimas.

-No, ¡Tú no te atrevas a preguntarme nada!- gritó Draco en histeria. - ¿Cómo pudiste hacernos esto! ¡Después de lo que esos malditos le hicieron a Judith! ¿Cómo pudiste involucrarte con uno de ellos!

Malina sollozaba en el suelo. Su cuerpo temblaba. Sí, también conocía bien aquella historia. Judith había conocido a un vampiro también, y se había enamorado de él; sin embargo, él la usó como alimento, y al ver virgen, terminó convertida en uno de ellos. Del vampiro nunca se supo nada más, solo que la abandonó a su suerte.

-No todos los vampiros son…

Pero Draco no le permitió terminar la frase. El rubio golpeó la pared con su puño y Malina guardó silencio.

-¡Mírala!- le gritó a Malina. – Mira a Judith, ¡mírala bien! ¿Sabes por qué te observa de ese modo? ¡Porque no te reconoce! ¡No te recuerda en lo absoluto! ¿Sabes por qué? Porque lo que ese vampiro le hizo la transtornó: está loca, no escucha, no entiende, no puede coordinar razonamiento alguno. Judith, mi hermana, tu prima,…ella está muerta. Lo que ves aquí, es el monstruo que ellos hicieron de ella! Y tú te atreves a involucrarte con uno de ellos!

-¡Para!- gritó Malina tapándose los oídos y llorando. - ¡Basta ya!

-¡No pienso parar! ¡Ellos la destruyeron! ¡Y con ella a mí!- la voz de Draco adquirió una oscuridad aún más insondable. Malina lo miró con ternura. Sabía muy bien que aquello le dolía al rubio más que a nada en el mundo.

-Tú estás vivo Draco, y no tienes la culpa de nada de esto…

-Te equivocas; todo es mi culpa. No defendí a mi familia: el bosque se llevó a mi madre, y permití que eliminaran a mi hermana. – esto lo dijo con una frialdad de hierro. - Pero escúchame bien, Malina; no voy a permitir que te pongas en peligro. Así tenga que encerrarte para siempre, voy a protegerte incluso de ti misma.

Draco tomó a Malina nuevamente por el brazo y la arrastró consigo hacia afuera. Mientras avanzaban por el pasillo, la morena escuchó las puertas negras cerrarse nuevamente tras de ellos. Pronto estuvieron en su habitación, y él la soltó con la misma brusquedad que antes, obligándola a caer otra vez al suelo.

-Voy a tener sirvientes en la puerta de tu habitación y te seguirán a donde quiera que vayas dentro de la casa. – dijo Draco recuperando un poco su temple. Pero antes de salir miró amenazadoramente a su prima. – Y si logro averiguar quién es ese vampiro, o si me entero de que ha estado cerca de ti otra vez…no dudes que lo eliminaré con mis propias manos. ¿Entendido?

Y cerró la puerta.

8.-

Hermione miró por la ventana y notó que la tarde se le había escurrido de las manos más rápido de lo que pensó. Ya había oscurecido, y ella ni siquiera lo había notado: toda su concentración estuvo en el cuarderno de Narcisa. Llevaba horas traduciéndolo, y estaba sorprendida con lo fácil que le resultaba comprender aquella lengua. Sin embargo, la traducción era compleja; no se trataba de la extensión, pues el cuaderno era grande mas lo que Narcisa había escrito no debía ir más allá de unas diez páginas. Lo que era problemático era encontrar los términos precisos, aquellos que encajaran con el idioma (cualquiera que fuese) en el que estaba escrito.

Al notar que ya era de noche, Hermione volvió en sí y se percató de que había traducido perfectamente tres páginas. Las releyó:

"1…2…3…juguemos en el bosque…

Esas voces no paran, las escucho siempre dentro de mi cabeza. Me llaman, y sé que en algún momento tendré que acudir. Escribo porque necesito creer que no es cierto lo que Lucius dice, que no es cierto que estoy loca; hay algo terrible allá afuera, entre esos árboles de copas altas, en esa tierra oscura e indomable. No me gusta este lugar; he hecho lo imposible por convencer a Lucius de que volvamos Londres y nos alejemos de Tirania. Sin embargo creo que me he acostumbrado ya a las voces, así como me he acostumbrado a muchas cosas a lo largo de mi vida. ¿Es esto lo que quiero para mis hijos? ¿para mi pequeña Judith? ¿para mi amado Draco? ¿es que acaso quiero que se conviertan en seres que se acostumbran a lo que está mal, a la maldad, y a la infelicidad? Cuando los veo siento que les fallo constantemente, que no soy lo suficientemente fuerte ni valiente para ellos…que Lucius acabará por arruinar sus vidas igual que lo hizo con la mía, y yo no podré hacer nada porque el miedo seguirá dominándome.

Ayer iniciaron a Draco como mortífago. Lucius me obligó a asistir a la ceremonia. Fue repugnante. Al final me acerqué a él, y le pedí en voz baja que me perdonara. Me miró confundido, no entendía a lo que me refería.

Por Merlín, no entendía nada…

Septiempre 5."

"Otra vez me encuentro escribiendo. Las voces continúan. He tenido una pesadilla. Yo corría fuera de la mansión arrastrada por alguna fuerza desconocida y lograba internarme en el bosque. Alguien o algo me perseguía. Yo corría sin parar. Me desperté agitada. Juguemos en el bosque…¿qué juego perverso es este?

Octubre 1."

"Hoy, mientras cenábamos, tuve una revelación: vi a Lucius y noté el ser monstruoso en el que se ha convertido. Si alguna vez lo amé, eso murió con su maltrato y la deshumanización de su alma. En ese momento entró Draco; sonreía, y llevaba consigo un libro de literatura escrito por un muggle, un tal Chejov. Lucius enloqueció. Destruyó el libro. Draco le gritó que era arte. Lucius no lo comprendió. A penas han pasado cuatro meses desde que Draco se graduó de Hogwarts. Entendí de inmediato que mi hijo necesitaba una guía desesperadamente, que estaba en una época decisiva de su vida, y que si no encontraba rápidamente alguien que lo guiara por el camino correcto acabaría como Lucius, por el camino que él mismo le seleccionara. No puedo permitirlo. He decidido actuar.

Todavía no es tarde para Draco.

Octubre 10."

"Sé que debo manejarme con cuidado. Es inútil hacerle ver a Lucius que Voldemort es un ser vil y que las acciones contra esa pobre desafortunada gente mestiza es un crimen abominable. Antes yo también los despreciaba; fui educada bajo esos preceptos. Ahora comprendo que pasé toda mi infancia y juventud despreciando lo que desconocía, actuando sin pensar. Desperté ya de esa enajenación: pienso, pienso y entiendo que nada justifica tanto odio y tanta violencia. Draco es noble, lo sé; conozco su corazón. Le sucede lo mismo que a mí: fue educado para odiar. Yo no tuve nadie quien me abriera los ojos, pero puedo hacer esto por Draco. Él hasta ahora no ha cuestionado los motivos de Lucius, ni los de Voldemort, ni los de esta futura revolución de las bestias de la que tanto hablan. Estoy segura de que en el momento en el que las cuestione, el momento en el que piense al igual que yo lo he hecho, comprenderá la abominación de todo esto, y despertará.

No permitiré que Lucius lo convierta en él: mañana es el día.

Octubre 13."

"He hablado con Draco. Creo que he llegado a su alma. Tuvimos una discusión. Le pregunté si creía que el amor era más grande que el odio, me respondió que sí, que me amaba más de lo que odiaba o creía odiar a los mestizos. Le pregunté por qué los odiaba. No supo responder. Le pregunté si creía que eran intelectualmente inferiores. Pensó antes de responder: dijo que no, que había una chica en Hogwarts a la que detestaba, que era impura, pero que era brillante, la más brillante de su generación. Parecía confundido, admitió que jamás se había cuestionado aquello; que simplemente lo había aceptado porque era eso lo que Lucius y yo le habíamos enseñado. Le pregunté si realmente quería ser un mortífago, si realmente quería matar a tantas personas. Me confesó que no, que no tenía interés alguno en nada de aquello, pero que lo había aceptado al igual que todo lo demás. Le pregunté si tenía sueños, si alguna vez había soñado hacer algo diferente. Draco me sonrió, (por Merlín, cuando lo hace recuerdo cuando tenía tan solo cinco años y era mi niño, mi pequeño), dijo que le gustaba la idea de viajar y conocer el mundo. Dijo que eran solo ideas sueltas, utopías, cosas irrelevantes que jamás consideró seriamente como opciones de vida. Le pregunté por qué. Me dijo: porque eso no es lo que quieren para mí. Me acerqué a él y pasé mi mano por su cabello, tan suave, -ya eres un hombre, le dije, lo que quiere Lucius es que seas un asesino; lo que yo quiero, es que seas lo que realmente eres, y tú no eres un asesino. Pero por sobre todas las cosas, quiero que seas feliz-

Al menos, he sembrado la duda en su mente. Espero que el resto venga por cuenta propia.

Octubre 14."

"Hoy ha sido terrible. Draco y Lucius han tenido una pelea. Draco entró a nuestra habitación justo cuando Lucius intentaba golpearme; se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo. Lucius le devolvió el golpe y le rompió la nariz, pero Draco era imparable, y mucho más joven y fuerte, así que inmovilizó a Lucius en el suelo. Intervine, y logré que lo soltara. Draco lo miraba con desprecio. Gritaron. Draco le dijo que no pensaba unirse a Voldemort, que la marca tenebrosa no podía quitársela, pero que no le interesaba en lo más mínimo convertirse en él. Le dijo que los impuros no le interesaban; vivos o muertos, le daban igual. Ni siquiera los odiaba, simplemente le eran indiferentes. Que tenía otros planes para su vida. Lucius entró en cólera. Draco lo amenazó con su varita y le advirtió que él ya no era un niño, y que haría todo por defenderme, y que ya no estaba más bajo su comando. Lucius salió furioso.

Lo he conseguido. Mi Draco…eres libre.

Octubre 30."

Hermione se vio obligada a detener su lectura cuando la puerta de su habitación se abrió bruscamente, dando paso al joven que hace pocos segundos aparecía en las páginas recién traducidas. Draco cerró la puerta y se apoyó en ella. No parecía fijarse en Hermione, ni siquiera la miraba; simplemente permanecía apoyado, con los ojos cerrados, respirando profundamente. La castaña no se movía, estaba en el centro de la cama con el cuaderno y unas hojas regadas sobre la sábana. No le costó nada entender que algo le sucedía al rubio. En su rostro se reflejaba una preocupación, y a la vez, un dolor profundo. Sin embargo, continuaba con aquella armadura de hierro, impidiéndose a sí mismo mostrar lo evidente. Hermione podía verlo; podía ver a través de él…sí, algo le dolía. Aunque no podía comprender la mente de Draco Malfoy, algo le hacía entender sus sentimientos, o al menos percibirlos. La castaña se sintió de repente, conmovida. Hacía pocos segundos había leído las palabras de Narcisa, palabras que describían a un Draco con ideales, que iba por el camino incorrecto, sí, pero que todavía parecía tener posibilidades de rectificación. Lo que tenía al frente era otra cosa, un ser muy distinto al que Narcisa conoció en ese entonces; era un joven marcado por eventos trágicos que lo habían convertido en lo que era, un ser con propósitos oscuros, frío y distante. Una persona insondable, interpretable, impredecible. Aún así, Hermione pudo ver, por primera vez en Draco lo que Narcisa veía: tan solo un joven que estaba por el camino incorrecto, antes porque había sido educado para ello; ahora porque ya no tenía nada. Su madre estaba desaparecida, su hermana convertida en un vampiro. Hermione sintió una inmensa ternura hacia aquel ser que permanecía como en otro mundo a unos metros de ella.

Draco no abría los ojos. Se sentía abstraído, obnubilado por los recuerdos de un pasado oscuro y doloroso, un pasado que lamentablemente continuaba siendo su presente. Le había dolido hablarle así a Malina, le había dolido recordar la situación de Judith y por tanto, la de su madre. Su vida era aquello, era esa oscuridad interminable, esa que no pudo detener a tiempo.

Al cerrar la puerta del cuarto de Malina, instintivamente, sin saber por qué, había avanzado por el pasillo, bajado al segundo piso, y entrado a la habitación de Hermione. No se preguntaba por qué, simplemente necesitaba paz, no estar solo, no estar consigo mismo y recordar lo mucho que le había fallado a todos aquellos que alguna vez significaron algo para él. Cuando abrió los ojos, notó en dónde estaba, y vio a Hermione caminar hacia él lentamente, sin decirle nada. Draco permaneció en donde estaba, y pronto sintió la mano de la castaña tomar la suya con delicadeza, y llevarlo hacia la cama. Draco no puso resistencia.

Hermione retiró el cuaderno y las hojas de la sábana. Entendía que las palabras en aquel momento eran innecesarias. Lo hizo sentarse, y se colocó atrás de él. Sus manos se colocaron en la espalda del rubio, y comenzó a darle un masaje. Draco cerró los ojos; era la segunda vez en el día que le permitía tocarlo. El rubio echó la cabeza hacia atrás, aún con los ojos cerrados, y mientras Hermione continuaba masajeando su espalda ella pudo ver sus facciones perfectas, casi angelicales, irse relajando. ¿Cómo podía alguien con aquel aspecto, ser un asesino, un déspota, un mortífago? Ahora parecía tan consumido por el dolor que sentía, un dolor que no quería compartir con nadie.

Poco a poco, el rubio fue dejándose caer en la cama, en los brazos de Hermione, y ella lo abrazó, y así, con el rostro hundido en su cabello castaño, aspirando el único olor que ahora podía reconfortarlo, Draco se quedó apaciblemente dormido.