Era una mañana calurosa de un verano que pasaba demasiado despacio. El sudor hacía que las sábanas se pegaran al cuerpo y que el sueño tardara en llegar. Marco Gasso miraba al techo fijamente deseando que aquel verano, aquel calor insoportable, se acabase de una vez. Giró su cabeza para ver la hora: los dígitos verdes del despertador marcaban las seis y los primeros rayos del sol se filtraban tímidos entre las ventanas.

Evaluó la situación y decidió darse una ducha. No había conseguido pegar ojo en toda la noche más que pequeños ratos aislados y eso era algo que no se podría solucionar en los cincuenta minutos que quedaban por delante hasta la hora en que sonaría el despertador. Recorrió casi a tientas el camino hasta el cuarto de baño y se metió en la ducha. Acababa de terminar de vestirse cuando sonó el teléfono:

– ¿Quién diablos me llamará a estas horas? – murmuraba mientras se dirigía al teléfono. – Si son las 6 y veinte por el amor de Dios.

Descolgó el teléfono y contestó con un "diga" que no disimulaba nada su enfado. La voz al otro lado de la línea era la de un hombre mayor, de unos sesenta años, o quizá más, era peculiarmente aflautada. Aquel hombre pareció no hacer caso al tono visiblemente de Gasso, pues con toda calma contestó.

– Señor Gasso, ya. Sabía que estaba despierto, nos gustaría verle hoy. Esté a las diez y media en...

– Espere un momento – interrumpió Gasso, indignado. – ¿Quién cojones es usted? ¿Cómo se le ocurre llamar a estas horas?

– A las diez y media exactamente quiero verlo a usted delante del Gran Monasterio. No sé preocupe, yo le reconoceré. Ya sabrá más cuando nos veamos. Y sí no viene, aténgase a las consecuencias.

– ¡Espere! ¿Con qué derecho...?

El grito de Gasso resonó en la habitación, pero fue inútil, al otro lado de la línea ya no había nadie. ¿Quien sería aquel misterioso interlocutor? No conocía de nada aquella voz.

El sonido del radio-despertador le sacó de sus cavilaciones. El sueño le pesaba como una losa, pero ahora no tenía otro remedio que aprovechar el hecho de haberse despertado antes para adelantar trabajo. El montón de papeles que examinar, asuntos que resolver y archivos que clasificar. Demasiado trabajo que ahora se sumaba a la preocupación por aquella extraña llamada. Lo que en ese momento no sabía es que aquella llamada no era la única ni la más inquietante sorpresa que le depararía aquella mañana.

Casi como guiado por un extraño titiritero, se acercó a la ventana y apretó el dispositivo que convertía el cristal en aquella fina capa transparente que permitía que la fresca brisa matutina penetrase en la habitación pero lograba dejar al otro lado la densa nube de polución que amenazaba con dejar la superficie sin rastro de vida.

– La puerta del Gran Monasterio… – murmuró en un susurro casi inaudible, como rechazando todos los malos recuerdos que le inspiraban aquellas palabras. – Y tiene que ser justo ahora.