Pasaron varios meses bastante plácidos en la Sociedad de Almas

– Hoy recibí una llamada muy extraña. ¿Sabes algo?

– ¿Por qué iba a saberlo?

– Porque me han citado frente al Gran Monasterio y si tiene algo que ver con…

– Te prometo que yo no sé nada y pondría la mano en el fuego a que ninguno de nosotros está implicado.

– ¿Seguro?

– Seguro – insistió Augustus. – En cualquier caso haré un par de llamadas e intentaré averiguar algo.

– Está bien – suspiró Gasso al otro lado de la línea. – Te explicaré más tarde qué es lo que pasa. Si es que llego a entenderlo…

– Entendido.

Augustus colgó el teléfono en cuanto escuchó, al otro lado de la línea, que Marco había hecho lo mismo. Si alguien hubiera entrado en aquel momento en aquel santuario poblado de libros hubiera notado una extraña turbación nada usual en el ánimo del profesor, como si hubiera recibido la peor noticia de su vida.

Su pretendida tranquilidad, aquella misma que buscaba como refugio frente a una realidad que no terminaba de convencerle, acababa de presentarse aquella mañana como algo difícil o, quizás, imposible de alcanzar.

Meditabundo, visiblemente contrariado, se dejó caer, casi como si se hubiera desmayado., sobre la butaca, no sin antes haberse acercado al pequeño mueble con bebidas y haberse servido una copa de cognac que sustituiría por un día a las montañas de libros y anotaciones.

Con el primer sorbo, como si aquello hubiera sido el pistoletazo de salida de sus procesos mentales, comenzó a darle vueltas a lo que le había contado o, mejor dicho, insinuado Marco. ¿Es que acaso la Orden había comenzado a abrirse? ¿Querían llegar a algún tipo de acuerdo con él? ¿Estaban cambiando su modo de ser, de funcionar, que tan buen resultado había dado durante décadas?

Un cambio de política de aquella magnitud, entablar relaciones con un hombre, según su punto de vista, tan "peligroso" como Gasso, era algo inconcebible. La Orden no necesitaba ese tipo de movimientos. Nunca se habían movido por nobles preceptos y no se daba la situación para que necesitaran comenzar a hacerlo.

El cuestionamiento a la omnipotencia de la Orden se restringía únicamente a unos pocos, a las élites intelectuales o económicas, pero poco más allá iba. El adoctrinamiento severo al que estaba sometida la sociedad era inmensamente efectivo y hacía que no fuera menester llevar a cabo ningún tipo de lavado de imagen.

Algo no le cuadraba, por tanto, en aquel acontecimiento. Pero tampoco podía dudar de la palabra de su viejo amigo. Marco Gasso había sido su guía espiritual y un muy buen amigo cuando, en tiempos ya lejanos, ambos confiaban aún en la Orden. Ni siquiera había cuestionado o amenazado al joven profesor en los inicios de su disidencia, aún ostentando un cargo de tanta responsabilidad como el de Gran Inquisidor.

Y también había sucedido al contrario. Había sido Augustus quien había ejercido de cicerone en el camino que llevó a la apostasía de Gasso. Había sido su paño de lágrimas después de la profunda crisis interior que le había llevado a saltar de un tren en marcha que circulaba por una vía muerta, cargada de cadáveres.

Lo conocía muy bien. Casi demasiado, como si fuese su propio hermano mayor. Y, de entre ellos, el de entre el pequeño aunque creciente grupo de disidentes que formaban, nadie conocía mejor a la Orden que el que había dirigido su gran Ejército, que el Martillo de los Herejes, Marco Gasso.

¿A quién creer entonces? ¿A su intuición o a su amigo? No era capaz, no en aquel momento, de tomar una decisión acerca de aquello. Pero sabía que era algo que tenía que hacer. Se sentía empujado a ello.

Augustus se levantó y se acercó, con la copa en la mano, la mirada perdida y un paso muy lento, como si siempre le costase dar el siguiente paso, hacia la ventana. Desde allí, observó el paisaje que le rodeaba. En primer término, se encontraban las blancas y lujosas casas señoriales de aquellos que, como él, vivían casi al margen de una ciudad que, varios kilómetros más allá, se extendía sobre la pequeña planicie bajo una de una densa nube de polución que dejaba en penumbras lo que otrora había sido un conjunto luminoso.

Pero algo parecía inmune a aquella neblina. Impasible y majestuoso, sobre la colina sagrada que se alzaba en el corazón de la ciudad, se levantaba el gran monasterio, con sus pétreos muros desafiando a todo lo que le rodeaba. Y coronando todo el conjunto, el símbolo de la Orden, del que parecía emanar una misteriosa luz.

¿Qué hacer? ¿Qué decisión tomar? Su mente le urgía a pronunciarse, a tomar de una vez posición. Y siempre se le repetía la misma duda: ¿Confianza en los demás o la propia intuición? Un largo suspiro fue la única respuesta que logró encontrar mientras hacía girar insistente mente el licor en la copa que portaba.

Fijó casi sin querer sus ojos en el líquido y, con la misma involuntariedad, se perdió en su brillo broncíneo. Y fue allí, en las profundidades abismales de una pequeñísima copa, donde se le apareció la respuesta que buscaba para todas las preguntas que se había formulado desde la un tanto inoportuna llamada de Marco.

Movido por aquella revelación, dejó rápidamente la copa sobre el escritorio, derramando por el camino parte de su contenido, y se abalanzó, literalmente, sobre el teléfono, pulsando la tecla de una de las memorias. El teléfono sonaba y sonaba y nadie parecía hacerle caso, hasta que al fin la artificiosa voz de una oficinista contestó al otro lado.

– Empresas Kraug, buenos días – le saludó aquella voz nasal. – ¿En qué puedo atenderle?

– Con Alexander Kraug – indicó secamente el profesor.

– Lo siento – se disculpó la secretaria. – El Señor Kraug está reunido y no pue…

– Dígale que el Profesor Augustus Clermont desea hablar con él – insistió.

– Lo siento – repitió. – Ya le he dicho que…

– ¡Hágalo!

Aquel era su último recurso. Acudir a la ayuda del multimillonario, el hombre más pudiente de toda aquella pequeña organización de disidentes, había sido considerado siempre la última posibilidad. No era bueno que alguien con sus influencias se expusiera más de la cuenta.

Pero era mejor prevenir que curar. Aparte de lo buena o lo mala que fuese su intuición, Marco Gasso iba a exponerse a entrar en contacto con la Orden. Aquello era demasiado peligroso, seguramente no sería capaz de aguantar un interrogatorio de sus antiguos compañeros, y había que hacer lo posible por evitar cualquier tipo de exposición

Mientras tanto, al otro lado de la línea sonaba una musiquita metálica que indicaba que estaban consultando la posibilidad de que Kraug se pusiera al teléfono. Tenía que esperar pacientemente, cualquier paso en falso podría acabar con todo aquello por lo que estaban luchando. Prudencia y discreción. Esas habían sido siempre sus máximas.

– Kraug.

– ¿Es segura?

– Ellos creen que no – rió el empresario. – Pero sí, es segura.

– No te… – comenzó a replicar el profesor. – Bueno, da igual. Tenemos problemas.

– ¿Problemas?

Augustus le explicó a su interlocutor todo lo que había surgido por la mañana. Casi podría decirse que ansioso por "entrar en combate", el multimillonario se ofreció a ayudar y decidió que llevaría por completo toda la responsabilidad de lo que fuera a pasar desde aquel momento, algo que llenó de tranquilidad al profesor.

No era común que Kraug decidiera hacerse cargo de lo que podía entenderse como una acción directa de disidencia. Era más importante, para él en particular y para toda la organización (si es que se podían llamar así) que el empresario permaneciera en la sombra, ajeno a todo lo que podía pasar.

Más tranquilo, aunque sin dejar de estar preocupado e inquietado por la situación, retomó el sitio en su butaca y pretendió empezar a leer uno de sus libros, pero su cabeza se iba insistentemente a la imagen de su amigo y otrora maestro y a lo que le podía ocurrir.

Pasaron así veinte minutos, hasta que sonó el timbre de la puerta. Su mujer y sus niños seguramente aún dormirían, así que se levantó a abrir. Intrigado, pues no tenía relación, al menos no una fluida, con el resto del exclusivo vecindario y conocedor de que aquella clase de gente no solía presentarse tan de improviso y sin avisar, subió los escalones que conectaban su biblioteca-santuario con la parte principal de la casa y se acercó a la puerta.

Sonó el despertador y Celine, la mujer de Augustus, se despertó sin extrañar la ausencia de su marido al otro lado de la cama. Se vistió con una bata de seda que se acomodaba perfectamente a su esbelta figura y despertó a sus dos hijos, Godwyn, de diez años, y la pequeña Claire, de seis.

Mientras ellos se desperezaban, Celine bajó a darle los buenos días a su esposo y preparar el desayuno para los niños. Iba embebida en sus pensamientos, la organización de la casa, las vacaciones… una serie de cuestiones de las que ella se hacía cargo en previsión de la escasa ayuda que su marido le brindaba en ellas, no por su falta de disponibilidad o por un mal entendido concepto del matrimonio, sino por la dedicación de Augustus a su trabajo.

Era consciente de que, para su marido, no bastaba con ser excelente. Además, así ella invertía la gran cantidad de tiempo libre que tenía, trabajando desde casa como la mayor parte de sus vecinos y compaginándolo con la educación de los pequeños. Poco sabía ella de las actitudes revolucionarias del hombre que, seguramente, estaría enfrascado en la lectura de alguno de aquellos enormes tomos que custodiaban fielmente las estanterías de madera de castaño.

Decidió bajar a saludarle con un vaso de zumo de naranja, un lujo en aquellos tiempos, pero que a su marido le encantaba. Exprimía una naranja tras otra, medio somnolienta aún cuando, sin saber bien cómo, notó cierta corriente y una claridad mayor de la esperada a estas horas. Medio alarmada, medio curiosa, miró hacia la puerta. Estaba abierta y había una nota en el suelo.

Se acercó amedrentada a la puerta, sin saber bien qué hacer. Caminaba lentamente, como si esperase que algo pasara en aquel preciso instante, que alguien saliera de detrás de algún sitio y la asaltara… o le dijera que sólo era una broma. Llamó a Augustus a gritos y la falta de respuesta le inquietó aún más.

La nota decía: "No se moleste en llamar a la Policía. No servirá de nada".