Historias de Hogwarts... Y algo más

Por Cris Snape

Disclaimer: Los personajes y lugares pertenecen a JK.Rowling y sus asociados. No tengo ánimo de lucro al escribir estas historias, así que no me demandéis por violar los derechos de autor, por favor.

Resumen: Evan Rosier, Myrtle la Llorona, la profesora Sprout, Ritchie Coote... Los personajes olvidados de Harry Potter se dan cita en una serie de relatos breves. Porque ellos, también existen. Aunque, por supuesto, no podemos olvidarnos de Ron Weasley, Blaise Zabini o Sirius Black. Todos ellos están juntos, pero no revueltos. Espero que os guste.

1

Arabella Doreen Figg

Lealtad animal

El Sr. Tibbles se acercó melosamente a Arabella Figg y se restregó contra sus piernas, pero ella no reaccionó. El gato arrugó su hocico y ronroneó para ganarse la atención de su ama, pero ella seguía llorando con desconsuelo, sentada en la vieja mecedora del rincón.

El Sr. Tibbles no sabía qué ocurría. Normalmente, su ama jamás se olvidaba de darle de comer, pero ese día todo era distinto; el animal aún tenía el estómago vacío y, en la cocina, los gatos más jóvenes se peleaban por devorar la última lata de comida que quedaba abierta sobre la encimera. El Sr. Tibbles tenía hambre, por supuesto, pero un gato atigrado como él jamás se rebajaría al nivel de esos cachorros inconscientes: era mejor esperar elegantemente a que su ama recordara cuáles eran sus obligaciones. El Sr. Tibbles estaba seguro de que, tarde o temprano, lo haría.

Cuando su ama dejó caer al suelo un trozo de ese papel que solía cubrir las cajas de arena de todos los gatos, el Sr. Tibbles lo olisqueó curioso; le hubiera gustado poder leer esas cosas que escribían los humanos para intentar comprender a Arabella, pero él era sólo un animal. Podía ser muy listo si se lo proponía, por supuesto, pero un gato nunca podría interpretar los escritos humanos; eran animales, no superhéroes.

Las tripas del Sr. Tibbles resonaron con fuerza; ya estaba empezando a hartarse de estar ahí parado, mirando a su ama sin hacer nada, y muriéndose de hambre. De un ágil salto, se subió al regazo de Arabella, que dio un respingo como si la hubiera asustado. La mujer miró al Sr. Tibbles algo confundida; se limpió las lágrimas y, cuando descubrió la hora que era, se dio cuenta de que había pasado casi una hora llorando.

-¡Oh, Señor Tibbles...! Mi gatito... –Arabella acarició las orejas del animal, que ronroneó y cerró sus gatunos ojos, disfrutando al máximo de ese momento –Discúlpame... Debes tener hambre.

El Sr. Tibbles maulló a modo de respuesta. La señora Figg se levantó con él en brazos y fue a la cocina, sin dejar de acariciarle el lomo ni un solo segundo.

-Han ocurrido cosas horribles, amiguito –Decía con voz susurrante mientras cojeaba por los pasillos; otra vez se había lastimado la pierna, aunque en esa ocasión todo quedó en un esguince de tobillo –No sé qué ocurrirá ahora... No lo sé.

El Sr. Tibbles pensaba que, mientras a él le dieran su comida cinco veces al día, podía pasar cualquier cosa a su alrededor, que le daría absolutamente igual.

La señora Figg se quedó inmóvil bajo el umbral de la cocina; al parecer, sus gatitos más jóvenes no eran tan pacientes como el Sr. Tibbles y se lo habían puesto todo patas arriba. En otras circunstancias, Arabella se hubiera enfadado, pero después de la noticia que recibió esa mañana, todo daba igual. Suspiró largamente, resignada, y siguió con su camino, pasando por encima de una silla que sus mascotas habían volcado; depositó al Sr. Tibbles en el suelo y sacó una lata con su comida favorita. El animal comenzó a devorar la carne para gatos con avidez y Arabella se apoyó en la encimera con aire abatido.

-Debe estar bien eso de ser un gato, amiguito –Susurró, más para ella que para el Sr. Tibbles –Te conformas con comer, dormir y buscar alguna hermosa gatita de vez en cuando... No tienes que preocuparte por nada más... –Una nueva lágrima recorrió su mejilla hasta la comisura de los labios; Arabella sintió ese sabor salado y se pasó una mano por el rostro con aprensión –Tú no lo echarás de menos. ¿Cierto? Tú nunca sabrás lo grande que fue el viejo Albus...

El Sr. Tibbles alzó la cabeza y contempló con curiosidad a su ama. Parecía triste. Seguramente había ocurrido algo grave y por eso había estado llorando. Miró intermitentemente los restos de su comida y a Arabella, tratando de decidir si seguía con su almuerzo o si ofrecía un poco de consuelo a su ama. Era la carne para gatos la que le mantenía con vida, la que le daba energías y le llenaba el estómago. Pero Arabella le servía esa comida: ella abría esas horrorosas latas, ella cogía su plato azul y ella vaciaba la carne en su interior, rascándole la cabecita con ternura mientras tanto.

El Sr. Tibbles maulló de nuevo y tomó su decisión: se enredó en las piernas de la señora Figg, reclamando su atención de nuevo. Ella le dedicó una de sus sonrisas dulces y lo tomó en brazos. Volvió a llorar de nuevo y el Sr. Tibbles se alarmó. ¿Acaso no era suficiente con su presencia para que Arabella se sintiera mejor?

-¡Ay, amiguito! –Dijo Arabella entre sollozos –Albus era... ¿Por qué, Sr. Tibbles? ¿Por qué ha muerto?

El Sr. Tibbles ronroneó. No entendía nada. Las lágrimas de la señora Figg humedecían su suave pelaje; eso no le gustaba de ninguna manera, pero permaneció quieto, esperando a que pasara el chaparrón.

-Yo lo admiraba. ¿Sabes? –Musitó la mujer, sentándose en una silla repleta de arañazos de los gatos jóvenes y peleones –Albus siempre tenía tiempo para escuchar los problemas de los squibs... Era digno de admiración... Era...

Arabella no dijo nada más durante un rato; para su solícito gato, fue el momento más largo de su vida. Él, que había renunciado a su deliciosa comida para consolar a esa ingrata, se encontraba con que la tonta de su ama no dejaba de llorar. Definitivamente, el sacrificio no mereció la pena y él seguía teniendo hambre... ¡Maldita lealtad animal!