Notas: Los personajes de esta historia que aparecen en los libros de Harry Potter no me pertenecen, el resto son fruto de mi imaginación.

EL HEREDERO Capítulo 1

Dentro de una pequeña alacena situada bajo las escaleras de la casa número 4 de Privet Drive, un niño de cuatro años de revuelto pelo negro y ojos de un profundo e intenso color verde permanecía tumbado en un viejo y estropeado jergón. Su cuerpo temblaba visiblemente a la espera de que su tía abriera los cerrojos de la pequeña puerta que lo mantenían encerrado en aquella mísera prisión.

A pesar de su corta edad ya había recibido claras muestras del odio que le profesaba su familia, justo el día anterior había recibido una brutal paliza por decir que tenía hambre y preguntar si podía comerse una segunda tostada de la ínfima ración de comida que le daban y cada día se preguntaba si había sido un niño muy malo para que le trataran así.

Unos fuertes pasos creados por los tacones que usaba su tía le alertaron de que no tardaría en volver a empezar su particular infierno.

-¡Arriba! ¡Despierta maldito inútil perezoso!

La diminuta puerta de la alacena fue abierta y una cara de mujer, que más bien parecía la cara de un caballo muerto de hambre, irrumpió en su interior.

-Sí, tía Petunia –contestó el pequeño niño mientras intentaba mover su diminuto cuerpo, todavía dolorido de la paliza del día anterior.

-¡Arriba he dicho! –gritó la mujer al tiempo que propinaba un fuerte cachete en las pequeñas nalgas del niño logrando que el dolor inundara sus ojos de lágrimas.

El pequeño conocido como Harry Potter arqueó su cuerpo de dolor y se dio prisa para levantarse luchando contra las lágrimas que amenazaban por caer, sabía que si permitía que salieran de sus ojos lo único que ganaría sería recibir otra paliza.

Se apresuró en vestirse con la ropa que más bien parecían haber sido sacadas de un gorila de lo grandes que le venían y siguió a la mujer hacia la cocina.

-¡Haz el desayuno de tu tío y de tu primo! –ordenó la mujer nada más verle aparecer en la cocina.

El aterrorizado niño se quedó mirando a su tía como si le hubieran petrificado, si a duras penas llegaba a la altura del cajón más alto cómo podría llegar a hacer el desayuno en una sartén a la que no llegaba ni estirando totalmente sus brazos.

Con movimiento tembloroso, de uno de los cajones sacó una sartén que casi era más grande que él y la puso encima del fuego que tan "gentilmente" su tía había encendido. Tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar el mango de apertura de la nevera y coger el bacon que en grandes cantidades, tanto su tío como su primo, no comían, tragaban.

Consiguió que toda aquel tocino cayera en la sartén y con una espátula de madera intentó moverlo de la forma en que había visto a su tía hacerlo, pero ocurró lo que era previsible, su pequeña manita rozó la sartén y al quemarse hizo un gesto brusco arrastrándola y cayendo al suelo.

-¡Maldito inútil que no sirves para nada! –gritó Petunia al mismo tiempo que le daba cuatro fuertes bofetadas que hicieron enrojecer la delicada piel de sus mejillas- Esto es lo que le ocurre a los que no saben hacer lo más sencillo – siguió regañando la mujer al mismo tiempo que cogía la sartén del suelo y una de las manos del niño que plantó sobre el metal ardiendo.

Los alaridos de dolor no se hicieron esperar. La despiadada mujer apenas tuvo unos instantes la mano de su sobrino pegada a la sartén pero fue más que suficiente para que una severa quemadura dañara la delicada piel.

Dentro de los gemidos, Harry notó como era arrastrado por el pasillo y encerrado nuevamente en la alacena. Sabía que aquel día no saldría de allí y tampoco le darían nada para comer.

Encogido sobre el jergón, el pequeño niño se sujetaba la gravemente lastimada mano mientras que un auténtico caudal de lágrimas fluía de sus ojos.

-¿Por qué nadie me quiere? –se preguntaba en voz baja, apenas un susurro- ¿No hay nadie que me quiera?

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Un grupo de 15 figuras totalmente vestidas de negro estaban mirando con suma atención lo que su lectora de oráculos estaba haciendo.

La experta pitonisa había sacrificado una cabra y abierto su vientre, esparciendo sus entrañas por el altar donde fue puesta en un ancestral ritual de videncia, leyendo atentamente lo que el oráculo mostraba.

Al fondo de aquella sala y no muy separada del grupo principal, una mujer también completamente vestida de negro, con larguísimos cabellos también de color negro que le llegaban hasta la cadera y penetrantes ojos del color de la noche sin luna permanecía atenta a lo que ocurría mientras permanecía sentada en un majestuoso sillón.

Se encontraban en una sala circular de altos techos, lugar reservado exclusivamente para las ceremonias de los oráculos.

La adivina seguía con su lectura hasta que con un gesto afirmativo de su cabeza levantó su mirada hacia la mujer que permanecía sentada

-El oráculo es muy claro, majestad. Debéis tener un heredero.

-¿Estás segura de lo que has visto, Andaya? –preguntó la mujer con voz suave y tranquila al mismo tiempo que se levantaba de su sillón y se acercaba al altar en donde estaban esparcidas las entrañas de la cabra sacrificada.

-Muy segura, majestad. El oráculo nunca se ha equivocado. Son tan claros los signos que incluso contienen la identidad de la persona a la que debéis convertir.

-Mi señora –uno de los presentes en la ceremonia, un hombre de gran estatura, de largos cabellos rojos oscuros que le llegaban a mitad de la espalda y ojos de color azul intenso de mirada penetrante se acercó a la mujer y se inclinó ante ella posando una de sus rodillas en el suelo- Sabemos que no os gusta convertir a nadie sin motivo justificado, pero Andaya tiene razón, si el oráculo ha sido muy claro, debéis convertir a vuestro heredero. Solo dadnos su identidad y nosotros lo encontraremos.

La mujer miró a los hombres y mujeres que eran sus súbditos y asintiendo se acercó más al altar en donde la fiel pitonisa había preparado lo que quedaba de las entrañas para que desvelaran la información requerida.

La mujer abrió su boca de la que brotaron unos afiladísimos colmillos de un blanco tan inmaculado que parecían brillar como si tuvieran luz propia y rasgó con uno de ellos su muñeca derecha, haciendo que varias gotas de su poderosa sangre cayeran entre las preparadas entrañas para luego pasar delicadamente su lengua por la herida abierta y cerrarla sin que nadie pudiera advertir que allí se había producido corte alguno.

La sangre de la Reina de los Vampiros, la más poderosa de todas las sangres vampíricas no tardó en mezclarse con la sangre y entrañas de la cabra muerta.

La mítica y legendaria Rhijal, la más poderosa, temida, y respetada reina de todas las razas de vampiros que existían en el mundo, vio como frente a ella un fuerte rumor se comenzaba a formar a causa de la reacción que su sangre había causado y al poco una fuerte columna de humo comenzó a elevarse y a concentrarse a una altura de 4 metros.

Todas las miradas estaban fijas en aquella nube de humo que cada vez se hacía más espesa y que empezaba a tomar forma para mostrar la imagen del futuro hijo de la reina. Poco a poco las formas se fueron definiendo hasta que por fin un rostro puedo ser claramente definido.

El grupo de vampiros que había presenciado el ritual se inclinó ante su reina y marcharon a buscar a su ansiado heredero.

Rhijal miraba fijamente el rostro de su futuro hijo. Sobre ella estaba la imagen de un pequeño niño de revuelto cabello de color negro y de ojos de intenso color verde.

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Harry Potter caminaba dolorosa y penosamente por el pasillo de aquella casa. Arrastraba su pierna izquierda y mantenía su brazo derecho fuertemente sujeto por su mano derecha. Dos fuertes moretones habían aparecido en su cara, uno a la altura de la mejilla derecha y otro que ocupaba totalmente el ojo izquierdo.

El motivo de su lamentable aspecto se debía a la tremenda y brutal paliza que le había propinado su tío con la ayuda de su primo por tardar mucho en poner la mesa para la comida de su amada familia.

Casi había llegado a la mesa para tomar su miserable ración de comida cuando sin esperárselo recibió un nuevo golpe en la cara que le hizo caer al suelo. Su tía le había golpeado con una de sus zapatillas.

-¡Eres un monstruo inútil! –gritaba a todo pulmón- ¡No has quitado las malas hiervas del jardín!

Penosamente, e intentando sujetarse sus miembros doloridos, se levantó de nuevo para intentar explicar a su tía que había limpiado las hiervas de donde ella le había indicado cuando la puerta de la casa se abrió estrepitosamente dejando a sus cuatro ocupantes completamente estupefactos.

Cinco hombres elegantemente vestidos con trajes oscuros y enormes capas negras entraron con gran agilidad y rodearon a todos los que allí había. Uno de ellos se acercó a Petunia y le quitó la zapatilla que todavía tenía fuertemente sujeta en sus manos. Cuando vieron que tenían a todos bajo control, el que estaba más cerca de Harry le sonrió con afecto y giró su mirada hacia la entrada. Todos lo imitaron.

Una mujer no excesivamente alta pero de imponente apariencia apareció entrando en el comedor con pasos suaves y elegantes. Los Dursley la miraban con gran expectación y miedo al mismo tiempo.

Llevaba un vestido largo de color negro adornado con un carísimo y elegantísimo collar de perlas negras y una cadena de oro de la que pendía y diamante de gran tamaño. Tenía un cabello muy negro y liso que la llegaba a la altura de sus caderas adornado con una fina diadema de esmeraldas y rubíes. Su pálido rostro era redondo y de gran belleza. Sus ojos eran tan negros que ninguna luz podía apreciarse en su interior.

Sin fijarse en nadie más, la mujer se acercó al pequeño niño lesionado, arrodillándose hasta quedar a su altura y acarició suavemente su magullado rostro y su mano quemada.

-Hola, mi pequeño –susurró al mismo tiempo que le abrazaba con gran cariño y dulzura, logrando que el joven se quedara más que sorprendido ya que nunca en la vida nadie le había abrazado de aquella manera-. No te preocupes, pronto estarás bien. No tengas miedo –dijo al mismo tiempo que amorosamente acariciaba su cabeza- prometo que no te dolerá.

Con gran suavidad, hizo que la cabeza del niño reposara en su hombro dejando a la vista la totalidad de su delgado y frágil cuello.

Con un ágil movimiento hizo salir sus afilados colmillos y los hundió en la yugular del niño, sacándolos mucho más rápido que los había metido y comenzando a beber el rojo líquido que salía del pequeño cuerpo.

Bebió sin parar al mismo tiempo que estaba pendiente del latido del corazón del que ahora era su hijo.

Harry apenas sintió como los colmillos le entraban en su cuello, solo notó la tierna caricia de aquella mujer que le brindaba cariño y protección y se abandonó completamente a lo que quisiera hacer con él. La pérdida de la sangre hacía que un sopor intenso empezara a invadirle. Un sopor que le alejaba de la desesperación y del dolor físico que sentía.

Cuando la vida estaba a punto de abandonar a su hijo, se separó de su cuello cerrando la herida y uno de sus colmillos rasgó su muñeca y la acercó a la pequeña boca para que bebiera el rojo líquido que le daría la vida eterna.

Harry solo notaba una negrura a su alrededor, una negrura que le invitaba a permanecer allí para toda la eternidad hasta que un dulce y espeso líquido empezó a llenar su boca y empezó a beber cada vez con más ansias, deseando que aquella deliciosa bebida no terminara nunca.

Rhijal miraba tiernamente como su hijo se alimentaba. Pudo observar como los cambios físicos del muchacho estaban realizándose con pasmosa rapidez gracias y su poderosa sangre. Cuando vio aparecer en la boca sus pequeños pero afilados colmillos retiró su mano de su boca, pasando su lengua por la herida y haciendo que ésta sanara inmediatamente.

Con los atentos ojos de una madre pudo ver como las diferentes lesiones que su hijo había padecido sanaban a vista de todos los presentes y, con gran dulzura, volvió a apoyar la cabeza del niño en su hombro para luego mirar fríamente al resto de ocupantes de la casa.

-Nadie ataca y lastima a mi hijo y sale vivo de tal osadía –su voz fría y carente de emoción hizo que los Dursley comenzaran a temblar de puro terror- Encargaros de ellos –dijo a los que la acompañaban al mismo tiempo que cogía en brazos el débil cuerpo de su hijo y salía de aquella casa al tiempo que sus súbditos se lanzaban contra los tres aterrados mortales que dentro habían quedado.

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Esta es una nueva historia que me ha venido a la cabeza de la noche a la mañana, espero que os guste.

Los que leéis el resto de mis historias, os pido un poco de paciencia. Mi ordenador expiró definitivamente y perdí todo lo que tenía escrito y, hasta que por fin no he tenido ordenador nuevo no he podido empezar a escribir todo de nuevo. Espero no tardar en actualizar.

Un abrazo