Sé que han pasado eras desde la última vez que actualizé esto y ruego perdón a quien quiera que lea esto. Trataré de seguirlo a un ritmo decente y acabarlo pronto. Bueno, restan pocos capítulos; éste nunca fue un fic largo.

La secuela (que ya está en la mitad) en cambio si es algo más larga e incluye un personaje involucrado con los X-Men que ni siquiera sale en el comic normal (en inguno hasta donde sé).


Árbol Genealógico:

Ascendente.

Capítulo Cinco.

Un Día Lejano.

Juanes.

A veces me da

Por volver a pensar

En esos días

Que el tiempo borró

Y en las huellas que dejó.

Los mutantes se encontraban en un amplio recinto que a todas luces fungía como laboratorio. Estaban sobre una plataforma, incapaces de moverse debido a la sólida sustancia que los cubría; la similitud con lo ocurrido meses antes, en el ataque del centinela, era abrumadora…

La puerta del laboratorio se abrió y un hombre de edad madura, escoltado por el hombre-cabra y el hombre-tigre, entró.

Llevaba el mismo aro de color azul que lucían sus creaciones en la cabeza. Su rostro no expresaba emoción alguna; de tan estoico parecía tallado en piedra.

Al verlo, el Amo del Magnetismo exhaló un gruñido y se retorció en un vano intento por liberarse de su prisión de cristal.

El Alto Evolucionario mostró entonces un atisbo de emoción: una pequeña sonrisa de cruel satisfacción.

-o-o-o-

Wanda se sujetaba la cabeza con fuerza, luchando por reprimir aquellos nebulosos recuerdos alejados tanto tiempo atrás y que ahora amenazaban con volver y ahogarla. Las lágrimas le escocían los ojos y su propio corazón le oprimía la garganta.

Volvía a ser una niña, pequeña e indefensa, atrapada, sin esperanzas, completamente sola…

Se estaba muriendo de miedo y no conseguía recordar porque.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué le había pasado?

Y lo más importante: ¿en verdad quería responderse esas preguntas?

-o-o-o-

Pietro estaba aturdido. Entreabrió los ojos y alcanzó a distinguir a una chica que se le hacía vagamente familiar.

-¿Wanda? –murmuró.

Su voz fue ahogada por la mascarilla de oxígeno.

Sin embargo, la mujer debió oírlo, porque lo miró brevemente antes de seguir controlando la información arrojada por el feed-back.

El demonio veloz se obligó a sobreponerse a la confusión que embotaba sus sentidos, aunque fuera un instante, y observar a la mujer a la que había confundido con su hermana.

Realmente se parecía a Wanda, pero esta mujer era algo mayor; ambas tenían el mismo cabello negro, pero el de la Bruja Escarlata era más corto y lucí algo de rojo. Sus rostros eran bastante similares, a excepción de una ligera diferencia en la nariz y la línea de los pómulos y la cicatriz en forma de media luna que la mujer lucía en la mejilla izquierda.

Pero la principal diferencia, sin duda alguna, estaba en los ojos.

Mientras que los ojos de Wanda, azules como los de Pietro, siempre eran un fiel reflejo de los sentimientos de su dueña, particularmente dolor y rencor sin dejar de lado la ira homicida, los de esta chica eran grises y fríos, incapaces de mostrar cualquier otra emoción que no fuera melancolía.

La joven finalmente se alejó de la máquina y fue en busca de una hielera portátil, de la que extrajo una bolsa de líquido púrpura opaco.

Era hora de reemplazar el suero.

-o-o-o-

Avanzaban por entre los árboles, la vista atenta al terreno delante de ellos y el oído alerta a la muchedumbre que se acercaba por detrás.

El niño corría sin parar, resbalando en los charcos lodosos y arrastrando consigo a su hermana, poniendo todo su empeño en perder a sus perseguidores y obteniendo nulos progresos.

Si pudiera usar sus poderes con libertad…

Ambos niños sortearon ramas y troncos derribados por la reciente tormenta. Pronto llegaron a un callejón sin salida: un árbol enorme yacía en tierra, impidiéndoles el paso.

El niño miró a su alrededor con verdadero frenesí; tenían que huir, alejarse. Si la gente los encontraba, estaban muertos…

Guió a su hermana hasta el árbol caído y la obligó a meterse en el estrecho espacio que había entre el tronco y la tierra. Una vez seguro de que no la encontrarían fácilmente, se agachó para hablar con ella.

-Quédate aquí y no hagas ruido, ¿de acuerdo? –indicó en un apresurado susurro-. Trataré de despistarlos. Volveré por ti tan rápido como pueda.

Ella tomó su mano y lo jaló.

-¡No te vayas! –suplicó la niña entre sollozos-. ¡Por favor Pietro, no me dejes sola!

-Si no los alejó nos encontrarán –explicó su gemelo, intentando tranquilizarla-. Te prometo que no tardaré.

-¿Volverás?

-Volveré.

-¿Lo prometes?

-Lo prometo, Wanda.

Pasé lo que pasé, no permitiré que nada nos separé. Es una promesa.