Mira el mar, enamorado, buscando, entre la espuma de las olas unos ojos que no encontrará allí. Suspira, se mueve, intentando encontrar la postura perfecta para pasar toda la noche en vela, vigilando el horizonte nublado. Apenas puede ver lo que hay delante de ellos, a pesar de que la luna de vez en cuando se desviste de los largos jirones nubosos que utiliza como ropajes, dejando que el muchacho pueda ver algo más allá.

No hay tempestad, no atruenan los rayos, ni ciegan los truenos, no sopla un viento fiero, ni siquiera se bambolea el barco con violencia, pero a pesar de todo… encalla… sobre feroces rocas en punta, que atrapan la madera como si quisieran devorarla. De poco le ha servido al vigía la espera y el desvelo, el barco ha naufragado.