Inuyasha le pertenece a Rumiko Takahashi.

Capítulo 1: Ilusiones

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El galope de los caballos resonaba en la distancia y el polvo que levantaban hacía ver a lo lejos como si una nube hubiese bajado del cielo y se moviera a gran velocidad sobre la tierra. La comitiva llevaba largo rato en la carrera, sin embargo no podían detenerse, debían llegar a su destino antes de que la noche cayera, y considerando que el sol comenzaba su descenso tras las montañas, el tiempo se les agotaba.

El grupo de jinetes, estaba conformado por al menos 12 hombres, los cuales lucían sus barbas y cabellos, sucios y desordenados, sus armaduras no estaban en mejor estado y se notaba que sus caballos estaban siendo forzados más allá de sus fuerzas, sin embargo, lo que realmente llamaba la atención de quienes los vieran pasar, no era la calidad de las vestiduras de los jinetes, que aunque dañadas mostraban estar hechas del mejor material disponible y tampoco la obvia buena crianza de los caballos que montaban.

No, lo que llamaba la atención de los aldeanos eran dos cosas: la insignia real visible en las armaduras, escudos y sillas de montura pero sobre todo la joven mujer que uno de los soldados guardaba celosamente en el centro de la formación.

La chica, iba empolvada, cansada, pero sobre todo incómodamente sentada de lado en el regazo de su guardián, quien la mantenía en balance dentro de la protección de sus brazos. A pesar de la cercanía que mantenían sus cuerpos, no había intimidad en la acción. Para él era solo un trabajo y para ella. . . ella definitivamente parecía querer en estar en otro lugar.

Sus hermosos ojos azules centelleaban con cada débil rayo de luz que lograba colarse por entre las montañas, su cabello color azabache ondeaba con el viento, casi golpeando el rostro del hombre que montaba tras de ella. Una delgada tela de sudor recorría su rostro y cuello, lo cual hacía parecer que su piel brillaba de un tenue dorado. Era una mujer joven y hermosa, su vestido manchado de polvo y de lo que parecía sangre, hacían más difícil el viaje, pues el calor la sofocaba, pero el tenue color azul pálido del mismo, resaltaban la belleza de la chica. No cabía duda de la clase de cuna que la había visto nacer. A pesar de su posición y cansancio, mantenía el rostro en alto y la espalda recta. Después de todo, debía conservar su pose de alcurnia. No por gusto era una Princesa.

El joven jinete la sujetó con más fuerza. Debían moverse con mayor rapidez. Ya la luz del sol comenzaba a morir. El tiempo apremiaba, pero a lo lejos podían notarse los portones de la ciudad. Con un suspiro más de resignación que de alivio, la Princesa también los vio. Su protector fustigó con más fuerza el caballo en que montaban y los demás que los acompañaban, hicieron lo mismo.

Con gran velocidad pasaron las puertas de la ciudad dirigiéndose de inmediato al castillo, el cual se encontraba montado sobre la colina más alta del terreno y mantenía su portón principal abierto, el cual solo se cerraba en caso de ataque. Los guardias que custodiaban la entrada, al ver acercarse a los viajeros, les saludaron a grandes voces, corriendo tras los jinetes y dando la bienvenida a su Princesa. La comitiva atravesó el patio principal y se detuvo frente al graderío que daba pasó a la puerta de entrada al gran salón.

Los hombres desmontaron de inmediato. Luego de haber bajado de su caballo, el guarda de la Princesa, se apresuró a ayudar a la Princesa a hacer lo mismo. Ella no se molestó en agradecer al joven. Después de todo era uno más de los siervos de Palacio. Ya en el suelo, ella levantó el rostro y con paso lento pero seguro, se encaminó hacia dentro del gran salón, donde la esperaban tras de la puerta, un Rey impaciente y una Reina preocupada. Los soldados iban con ella.

"¡Kagome!" exclamó la Reina, quien al verla entrar, se levantó de la silla real y corrió hacia su hija para abrazarla.

Los soldados se hicieron a un lado para darle espacio a su Reina, quien tomó a la joven entre sus brazos y la sostuvo fuertemente durante varios segundos.

Por su parte, la Princesa solo le sonrió a su madre amablemente y le regresó el abrazo, sin verdadera emoción.

"Estábamos tan preocupados" susurró la Reina, a punto de romper en llanto.

Zafándose de la prisión de sus brazos, Kagome miró a su madre a los ojos y en forma calma y honesta respondió "Lamento haberles causado pesar, mi señora, pero como verá me encuentro perfectamente"

La Reina iba a decir algo más, pero la voz de su esposo la interrumpió "¿Que fue lo que ocurrió?"

El Rey también se había puesto en pié, pero no se movió de su lugar, si no que observaba a todos desde la altura de su posición, haciendo notar que era a él a quien se le debía toda la atención y no a la niña mal agradecida y la mujer emocional que se encontraban con las manos entrelazadas en el medio del gran salón. Al menos eso le parecían a él.

"Su majestad" el hombre que había protegido personalmente a la Princesa durante el trayecto se postró ante el Rey. Era un hombre joven, un poco mayor que la Princesa, de cabello castaño y grandes y sinceros ojos color miel, pero la seriedad y firmeza con la que se movía y hablaba daban testimonio de ser alguien que no debía menospreciarse, eran prueba de su estatus de comandante de cuadrilla "Alcanzamos a los secuestradores de Su Alteza en la aldea que nuestro espía descubrió, perseguimos a los perpetradores y todos aquellos a los que logramos atrapar, los ejecutamos en el mismo lugar" Nadie notó el gesto en el hermoso rostro de Kagome, el cual denotaba tristeza y culpa a la vez

"Lamentablemente", continuó el joven "algunos se dieron a la fuga, entre ellos el cabecilla, al cual no pudimos identificar"

"¡Eso es inaceptable!" bramó el Rey

El joven comandante no respondió palabra alguna y se limitó a mantener el rostro agachado. Él sabía perfectamente que le había fallado a su monarca, y no había nada que decir que justificara su error. Se limitó a permanecer de rodillas frente al trono. Si el Rey consideraba propio castigarlo, él lo aceptaría sin protestar. Aunque, en su forma de ver las cosas, haber rescatado a la Princesa ilesa era más que suficiente. Si la joven hubiese sufrido algún daño, no se habría molestado en volver a Palacio. Habría tomado su propia vida como muestra de arrepentimiento por un trabajo mal hecho. Pero afortunadamente, eso no fue necesario. La Princesa se encontraba bien y habían logrado eliminar a buena parte de los delincuentes. Eso debía ser suficiente para el Rey. Al menos, esas eran sus esperanzas.

"¿No pudieron dejar a alguno de esos bastardos con vida, para interrogarlo?"

"Lo intentamos, mi señor, pero los dos hombres que capturamos, decidieron suicidarse, antes que venir con nosotros"

"Ya veo" siguió el Rey "parece que me tendré que conformar con que mi hija esté de vuelta", la forma en que dijo estas últimas palabras, de forma fría y sin denotar cariño, hizo que la Reina le dedicara una mirada desaprobadora, a la que el Rey respondió con una propia que a las claras decía 'no me importa lo que pienses'.

"Está bien, comandante Hojou, usted y su comitiva están libres por está noche. Confío que haya hecho los arreglos para guardar la seguridad de mis hijas en forma más efectiva"

"Sí, Su Majestad. Los soldados que fallaron en proteger a la Princesa la última vez, fueron arrojados a los calabozos, personalmente he escogido a los nuevos guardianes. Confío plenamente en sus habilidades"

"Y yo confío en las suyas, comandante. Pueden retirarse"

Hojou se incorporó y tras hacer una última reverencia, él y sus hombres dejaron solos al Rey y su familia.

"Kagome ¿te encuentras bien?" la pregunta salió más parecida a la que hace un extraño al que le han presentado a alguien por primera vez, y no la de un padre, deseoso de comprobar que su querida hija no tuviera ningún daño.

"Estoy bien, Su Majestad" contestó Kagome, en la misma forma. Cualquiera que los viera interactuar, pensaría que ambos eran solamente conocidos y no padre e hija.

"¿Tienes algo que decir que nos pueda ayudar a capturar a los traidores que te secuestraron?"

"No, Señor. Me mantuvieron aislada en todo momento" la chica se guardaba de mostrar cualquier tipo de expresión, mientras le hablaba a su padre.

"Sin embargo, parece que te cuidaron bien. El vestido que llevas es de muy buena calidad" notó el Rey mientras veía el vestido, que aunque sucio, resultaba hermoso.

Inadvertidamente, la Princesa se encogió, temerosa por un momento, que su padre descubriera el secreto que estaba intentando guardar.

"Pero aún así, tu apariencia no es apropiada para estar frente al Rey. Retírate"

Ante las frías palabras del Rey, su esposa pareció a punto de decir algo, pero no lo hizo, en cambio, decidió tomar a su hija de los hombros y la encamino hacia fuera del salón. "Ven querida, vamos a limpiarte" le dijo. Kagome solo asintió y dejó que su madre guiara el camino.

Ya fuera del salón del trono, se dirigieron hacia los aposentos de las Princesas.

"Habría sido mejor que la cuadrilla del comandante Hojou no me hubiera encontrado" dijo Kagome en forma simple.

"¿Pero de que hablas, mi niña?"

Kagome suspiró ante el tono de alarma en la voz de la Reina. Estaba cansada, con hambre y sucia, lo menos que quería en ese momento era discutir con su madre. Pero su estado de ánimo la había predispuesto a la agresividad, así que casi sin pensarlo, pero en voz baja dijo "Al Rey no le importa mi bienestar. La única razón por la que me quiere de vuelta es para ponerme en exhibición ante la nobleza del país para ver si se puede conseguir otro yerno que esté dispuesto a lamerle los pies"

"¡Kagome!"

"Es cierto madre. A él no le interesamos ni mis hermanas ni yo. Ve lo que le hizo a Kikyo. La entregó a ese mal nacido de Naraku, que lo único que hace bien es presumir de todas sus victorias en las guerras. Y no hay más testigos de esas victorias, por que debido a su gran habilidad, como él la llama, ha sido el único sobreviviente en los encuentros en los que ha participado"

"Naraku es un gran soldado, Kagome" al decir esto, la mayor de las mujeres no parecía muy convencida "A demás, es un buen esposo para tu hermana" menos convencida

"No puedes hablar en serio, mamá" Estando en público, las princesas se veían obligadas a dirigirse a sus progenitores con el mismo protocolo que el resto de la nobleza, pero en privado, tenían más libertad para tratarlos. Al menos a su madre. "Naraku es una comadreja. No me sorprendería que sus victorias se debieran a que es un traidor y en cuanto a ser buen esposo. . ." la jovencita suspiró desanimada "Kikyo comenzó a enfermar poco después de la boda. No resultaría extraño que él le haya hecho algo"

"¡Ya basta!, comprendo que estés agotada. No imagino el trauma por el que debiste pasar" la Princesa giró la cabeza para que su madre no viera como torcía los ojos "pero eso no te da derecho de expresarte de esa forma de un hombre que ha ayudado a mantener este Reinado y sus habitantes a salvo"

"¿A sí?" Kagome puso los brazos en jarras "Si es tan eficiente, como es que pudieron irrumpir en el castillo y secuestrarme. Y ¿por qué no fue él en mi busca? Ya sé. No me digas. Porque ahora Naraku ya no es un simple general. Ahora es yerno del Rey y no puede rebajarse a tareas tan insignificantes" Era obvio que la Reina estaba haciendo grandes esfuerzos por mantener la calma ante el desahogo de su segunda hija "Por eso, el gran general designo a la guarda de la Reina para que buscara a la molesta princesita a la que no soporta"

"El capitán Hojou es alguien de mi entera confianza. Su padre fue uno de los pocos que estuvo dispuesto a dar su vida para proteger la mía cuando mi tío perdió la cordura hace años. El hijo es tan íntegro como lo fue su padre y fui yo quien le pidió que te trajera de vuelta". La Reina fue firme en sus palabras, pero lo que no se atrevió a decir, es que no estaba dispuesta a poner en manos del general la vida de una más de sus hijas. A ella no le fue permitido opinar cuando el general pidió la mano de la mayor de las Princesas, como recompensa de todas sus hazañas. Pero en la medida que pudiera, mantendría a las otras dos tan fuera de su alcance como pudiera.

La mueca de angustia en su madre, hizo a Kagome sentirse culpable de su comportamiento. Ella había desaparecido de palacio durante tres días. No había corrido peligro, algo que por el momento mantendría oculto a sus padres. Pero ese era el caso, su madre no tenía forma de saber que ella estaba bien. Solo Dios sabía que horribles ideas habían pasado por la mente de su progenitora durante su ausencia. Iba a disculparse de una forma realmente sincera, cuando una melodiosa y alegre voz llenó los pasillos.

"¡Kagome! ¡Kagome! ¡Sí! ¡Ahí estas!"

Una hermosa niña, muy parecida a Kagome, pero con el cabello desordenado, ojos castaños que parecían demasiado grandes para su sonrosado rostro y una sonrisa capaz de iluminar el más oscuro calabozo llego corriendo hasta ellas y de un brinco se aferró al cuello de Kagome, quien sin dudarlo había abierto los brazos para recibir a su hermana menor.

"¿Estas bien? ¿Qué pasó? ¿Quién te secuestro? ¿Te lastimaron? ¿Dónde estuviste? ¿Cómo escapaste?" Todas estas preguntas salieron de la pequeña de un tirón, ni siquiera necesito tomar aire.

Kagome sonrió en el cabello de su hermanita y después de darle un abrazo de oso, que fue correspondido con igual fuerza, la bajó. Al verla pudo notar como esos increíbles ojos castaños brillaban aún más por las lágrimas que la niña estaba a punto de soltar.

Kagome pudo sentir como su corazón se comprimía. Realmente no había considerado los sentimientos de su familia y lo que debían haber sufrido cuando ella desapareció. No es que fuera alguien insensible. Claro que no. Amaba a su familia. Pero las obligaciones reales los habían separado.

Hacía mucho que no compartía un rato a solas con la Reina, como solía suceder cuando era más joven. Los problemas internos de la nación habían empeorado, y su madre, siendo la Reina por derecho de nacimiento, era responsable de ver por ellos, aunque quien tomara las decisiones, para bien o para mal, fuera su esposo.

Rin, tan solo con doce años, era muy joven para sostener una conversación seria, aunque no cabía duda que disfrutaba de esas charlas infantiles que se daban cada vez que era necesario vendar alguna de las heridas inflingidas en la chiquilla como consecuencia de su comportamiento hiperactivo. Y Kikyo, quien siempre había sido su confidente, ahora se encontraba enferma. Esto la deprimía aún más. Ni siquiera podía pasar tiempo con ella cuidándola, porque su esposo Lord Naraku, prefería que nadie perturbara a su querida mujercita.

Desgraciado.

Y él era una de las razones por las que Kagome no se había preocupado por lo que su familia estaba pasando.

Él y su propio padre.

Sí, el Rey. Jirou Iwamoto. El monarca de la nación más grande del mundo. El hombre que contaba con uno de los ejércitos mejor armados y controlaba las ciudades y aldeas más prósperas que se conocían. No importaba que el trono no le perteneciera por derecho. El solo se había casado con la legítima heredera. Pero las leyes, viejas ya, no permitían que una mujer gobernara por sí sola.

La madre de Kagome, Hiromi Higurashi, había heredado el trono a los diez años. No teniendo tutores hombres que dirigieran el reino por ella, durante ocho años el poder estuvo en manos de un consejo de ancianos. Esto fue hasta que ese mismo consejo decidió que ya era tiempo que la Reina se casase.

Para esto escogieron a un hombre uno años mayor que ella, que a juicio de los ancianos había demostrado poder dirigir con puño de hierro. A su familia se le había cedido, en los años del abuelo de la Reina, una porción de tierra, que no prometía ser muy buena, y sin embargo, los Iwamoto la habían hecho progresar de forma vertiginosa y se había convertido en la segunda ciudad más importante del reino, superada solamente por la ciudad en medio de la cual se encontraba el Castillo de los Monarcas.

Los ancianos fallaron en notar que quienes habían levantado el progreso de esas tierras habían sido el abuelo y el padre del hombre que ellos habían escogido. Pero eso no importaba al final. Solamente querían a un hombre al frente del reino.

Un hombre al que solo le interesaba tener más posesiones materiales. Ni siquiera quería poder. Las guerras que se habían peleado y ganado, habían sido promovidas por Naraku, quien decía que mientas más terreno el Rey gobernara, mayor sería la gloria de este último. La gloria no le importaba al Rey, en tanto el botín terminara en las arcas de palacio. Este amor por las cosas inanimadas había tomado el lugar en el corazón del Rey que debía corresponder a sus hijas.

Kagome no recordaba a su padre abrazándola alguna vez. Aunque su madre aseguraba que lo había hecho incontablemente, cuando ellas eran más pequeñas.

Su padre no las amaba ni a ella ni a sus hermanas y era este aspecto al que se aferraba Kagome, lo que la hacía fallar en notar que el resto de su familia sí la quería. Y mucho.

"Perdónenme, Rin, mamá. He sido muy egoísta. No he pensado en ustedes" las lágrimas se asomaban a sus bellos ojos.

"¿De qué estás hablando, Kagome? Tú fuiste secuestrada. Tienes todo el derecho de pensar solo en ti. Mi pequeña, no quiero ni pensar las angustias por las que tuviste que pasar" Kagome volvió a encogerse ante esa afirmación y las palabras de consuelo de su madre la hicieron sentirse aún más culpable. Sí había sido secuestrada, pero esa no era toda la historia.

Se abrazó a su madre y hermanita y por primera vez sintió en su corazón el alivio de estar nuevamente junto a sus seres queridos. "Perdón, es que estoy cansada"

"¿Quieres un baño? Te lo preparo ahora mismo" dijo Rin entusiasmada y se dispuso a correr en dirección de los baños

"Rin, ese es trabajo de las criadas, no tuyo" dijo Kagome entre leves sonrisas

"Pero quiero ayudar" objeto la pequeña.

"Ayudaras más si vas a contarle a Kikyo que tu hermana ya está de vuelta" sugirió la madre.

Rin pareció considerar un momento y luego, dando saltitos exclamó "¡Tienen razón! Voy ahora mismo ¡Se va a poner tan contenta!" y se esfumó.

"Esa niña es incansable" meneó la cabeza Kagome

"Cierto" dijo la Reina "esperemos que Jaken sea capaz de seguirle el paso por unos años más" suspiró "Ven, querida. Vamos a los baños a limpiarte y luego de comer algo, podrás ir a ver a tu hermana mayor" Kagome sonrió agradecida. Comenzaba a sentirse en casa.

Después de un minucioso baño y una deliciosa cena, Kagome se acomodó uno de sus mejores vestidos y se dirigió a las habitaciones de su hermana mayor. Rogaba que ella no estuviera muy cansada y sobre todo que su flamante esposo no estuviera cerca.

Cuando llegó encontró a una muy despierta Kikyo riendo abiertamente por algo que Rin había dicho.

"¡Te digo que es cierto!" chilló la pequeña.

"¿Qué es cierto?" las ocupantes de la gigantesca cama se volvieron a ella. Rin se encontraba cómodamente recostada en el vientre de la mayor de sus hermanas, señal obvia de que no había riesgo de que Naraku hiciera una aparición.

Kikyo exclamó el nombre de su hermana y abrió los brazos. Kagome corrió a ellos inmediatamente y se acomodó al otro lado de Kikyo.

"Estábamos tan preocupados ¿Seguro que estas bien?" Era la quinta vez que le preguntaba lo mismo y Kagome volvía a sentir la culpa remordiéndole la conciencia.

"Ya te dije que estoy bien, y tú ¿Cómo estás? ¿Cómo te has sentido?"

"Estoy mejor, ahora que estás aquí" Kikyo sonrió con verdadera alegría, a la cual Kagome respondió de la misma forma, tomando el tiempo para estudiar la apariencia de su hermana.

Tenía la piel pálida y los ojos apagados, lo que resultaba un gran contraste con la forma que en que Kikyo solía lucir. Era una mujer hermosa, diez meses mayor y tan parecida a Kagome que la gente solía pensar que eran gemelas. Las diferencias eran casi imperceptibles para los que las veían por primera vez.

Uno de los aspectos que las diferenciaba, era el cabello. El de Kikyo era lacio y extremadamente largo, el de Kagome era ondulado y lo usaba a mitad de la espalda. Pero la diferencia determinante eran sus ojos, mientras Kagome los tenía azules, los de Kikyo eran grises. La mirada de Kagome reflejaba curiosidad y calor. La de Kikyo era más reservada y comprensiva. Los ojos de Kagome eran ventanas a su alma, mientras que los de Kikyo parecían esconderla.

Con todo, la belleza natural de la heredera al trono estaba marchitándose.

Kagome no podía evitar sentir rabia contra el esposo de su hermana. Ella estaba segura de que Naraku era el responsable de su estado, pero cada vez que trataba de hablar del asunto con Kikyo, ella solo respondía que Naraku era un caballero quien de ninguna forma la maltrataría. Kagome no le creía.

A pesar de que vivían en una sociedad abierta, las mujeres seguían siendo ciudadanos de segunda categoría y las miembros de la familia real no eran la excepción. Como buena esposa, Kikyo estaba obligada a ser obediente y sumisa ante su marido y sobre todo, no debía divulgar lo que sucedía en sus habitaciones cuando las puertas estaban cerradas.

Esto era precisamente lo que más indignaba a la ojiazul. ¿Por qué su hermana debía apegarse a esas normas cuando otras mujeres no lo hacían?

El palacio era visitado frecuentemente por las mujeres nobles de la ciudad, quienes decían venir a presentar sus respetos a la Reina y Princesas, pero lo que en realidad hacían era utilizar el palacio para chismear. Las habitaciones eran considerablemente más grandes que cualquier gran salón de algunas de las casas más lujosas de la ciudad, lo que daba amplia libertad para hablar sin peligro de que sus comentarios llegaran a oídos 'indiscretos'.

Kagome había sido testigo de más de una de estas conversaciones. Al parecer las mujeres, siendo más experimentadas, deseaban compartir sus conocimientos con las jóvenes Princesas, por lo que no disimulaban el contenido de sus pláticas cuando ellas estaban cerca. En más de una ocasión, Kikyo y Kagome escucharon como algunas de las visitantes habían engañado a sus maridos, muchas de las veces con más de un hombre. O de las habilidades de las que debían echar mano para conquistar al hombre de turno. De hecho, las perpetradoras daban declaraciones detalladas de lo satisfechas y felices que terminaban luego de lograr sus hazañas.

Kikyo nunca se quedaba para escuchar estas conversaciones hasta el final. Muchas veces se levantaba apenas comenzaban a hablar, disculpándose amablemente por su falta de hospitalidad. Ella consideraba a esas mujeres como seres de baja moralidad que no merecían su atención.

Kagome sí las escuchaba. Era joven y tenía curiosidad, especialmente, porque siendo Princesa, tenía muy pocas posibilidades de casarse con alguien a quien amara. Inconscientemente, esperaba aprender de ellas, en el caso que tuviera que buscar su felicidad fuera de la cama matrimonial. Había muchas cosas que no entendía acerca de la intimidad entre hombres y mujeres y quería conocerlas antes de que su turno de volverse esposa llegara.

Pero su hermana era diferente. De las tres, era la que más tiempo había pasado junto a su madre. Ella le había enseñado todo lo referente a ser una 'buena esposa' y una mujer de respeto. No como las cortesanas. Y eran estas enseñanzas las que le impedían abrirse y hablar de lo que pasaba entre ella y su esposo. Esos eran asuntos exclusivos de pareja y una mujer decente no hablaba de ellos.

Kagome no la entendía, pero la respetaba.

"¡Cuéntanos tu aventura!" exclamó Rin, sacándola de sus pensamientos.

Se volvió sonriente a la pequeña, y luego fingiendo angustia dijo "Fue horrible. Allí estaba yo, recogiendo flores, cuando de repente. . . todo se puso oscuro" hizo una pausa para efecto dramático y Rin saltó en la cama.

"¡Te vendaron!" afirmó

"No" dijo Kagome, fingiendo un suspiro de derrota "cerré los ojos por que el sol estaba muy fuerte"

Rin abrió la boca con incredulidad y estaba a punto de reclamar, pero la suave risa de Kikyo la detuvo: "Kagome" la regañó con suavidad "no te burles. Ambas queremos saber qué fue lo que pasó. Temimos que murieras" dijo con seriedad.

Kagome les dio una sonrisa de disculpa "Esta bien. Hablando en serio, no estoy segura de lo que paso. Yo estaba en el jardín y lo que supe luego es que alguien me llevaba a caballo. Posteriormente me encerraron en una cabaña y de allí me fue a sacar el comandante Hojou. Y eso fue todo" Se encogió de hombros, dando por terminado su relato.

"¿Solo eso?" preguntó Rin con el ceño fruncido "¿no te exigieron que les contaras los secretos de nuestro reino bajo amenaza de que te cortarían la cabeza o de que te arrojarían a los leones?"

"¡No!" Kagome hizo una mueca de horror "¿Jaken te dejó leer los libros de misterio otra vez?"

Rin desvió la mirada e inclinó levemente la cabeza "Él no me dejó. Yo me le escapé" dijo con una sonrisita traviesa. Kagome sonrió ante el candor de su hermanita.

"Pues nada de eso me ocurrió. Como pueden ver, estoy perfectamente bien. En cierta forma, se puede decir que mis secuestradores se comportaron como caballeros" terminó afirmando con la cabeza.

"Pues que aburrido" Rin se cruzó de brazos y luego se llevó un dedo a los labios "tal vez si hubieran sido piratas, habría sido más emocionante"

Kagome alzó las cejas haciendo un esfuerzo para no reírse "¿Y dices haber estado preocupada por mí?"

Rin cruzó los brazos nuevamente "si hubiese sabido que tus secuestradores eran unos simples, no me habría preocupado tanto"

"Ya basta" dijo la mayor de las hermanas, una suave sonrisa adornando su rostro "Rin, quisiera hablar con Kagome un rato ¿Por qué no vas a buscar a Jaken para que juegues con él?"

"Pero yo quiero quedarme. . ." se quejó la chiquilla.

"No puedes" dijo la mayor amablemente "vamos a hablar cosas de adultos"

La niña hizo un puchero con el cual resultaba aún más adorable "Tengo doce años y mi mamá dice que tengo que dejar de actuar como una niña ¿no significa eso que estoy lista para ser un adulto?"

Kikyo la miro con dulzura "No. Lo que eso significa es que estás en camino de convertirte en uno" El puchero en el rostro de Rin se hizo más notorio

"¿Qué sucede Rin? ¿A caso tienes prisa por crecer?" Preguntó juguetonamente Kagome

"No" contestó Rin con firmeza "Solo quiero que dejen de echarme de la habitación cada vez que quieren hablar cosas de adultos" Ambas hermanas mayores rieron de buena gana.

"Anda, ve con Jaken ahora y te prometo que más tarde tu y yo tendremos una conversación privada que nadie más tendrá derecho de oír. ¿Te parece?" dijo Kagome sonriendo de forma convincente.

Después de considerarlo durante algunos segundos, Rin suspiró derrotada "Esta bien" y abrazando a sus hermanas, salió de la habitación.

"De acuerdo" comenzó Kikyo, acomodándose en el respaldo de su cama "Confiesa. ¿Qué fue lo que sucedió realmente?" La forma determinante en que hizo la pregunta, hizo sentir a Kagome como si la hubieran descubierto robándose el postre reservado exclusivamente para el Rey

"¿De qué hablas?"

"Sabes de qué hablo" Kikyo mantuvo su mirada fija en los ojos de Kagome.

Después de varios minutos de verse a los ojos, Kagome no pudo más y bajando los hombros, desvió la mirada. Le era imposible ocultarle cosas a su hermana mayor. Era como si le leyera el pensamiento. Si había alguien que conocía a Kagome realmente, esa era Kikyo.

Luego de lo que parecieron horas, durante las cuales Kikyo esperó pacientemente, Kagome se aclaró la garganta. "Está bien. Te diré lo que realmente ocurrió" hizo una pausa y mirando a Kikyo en forma aprehensiva suplicó "pero promete que no le dirás a nadie" Kikyo movió afirmativamente la cabeza con toda seriedad, tras lo cual Kagome se acercó más a su hermana y bajando la voz comenzó su relato:

Estaba en el jardín a mi hora acostumbrada y como siempre me fui a la parte más alejada entre los árboles para tener privacidad. Los guardias saben que me gusta pasar un rato asolas, por lo que ninguno me siguió. Llegué hasta el muro que da al bosque y me senté bajo la sombra de mi árbol favorito a pensar.

Todo estaba muy apacible. El viento soplaba, el sol alumbraba cálidamente y las aves cantaban. Estaba absorta en mis pensamientos y no prestaba mucha atención a mí alrededor, pero aun así, pude sentir que algo estaba fuera de lugar: un canto de ave en particular.

Sonaba diferente a lo que se acostumbra oír en nuestros bosques, así que poniéndome de pie comencé a buscar la fuente de ese canto. Fue así como llegué a la parte más baja del muro, en donde las ramas de los árboles del bosque cuelgan. Escuche un ruido que venía del exterior y antes de que pudiera reaccionar, algo – ahora sé que fue alguien – se abalanzó sobre mí y me sujetó con fuerza poniéndome algo sobre la nariz y la boca.

Sé que perdí el conocimiento, porque cuando volví en mí, me encontraba sobre un caballo moviéndose en campo abierto, un hombre iba tras de mi sujetándome con fuerza. Comencé a forcejear y exigir que me dejara libre, entonces le escuché hablar con una voz amable pero firme: "Tranquilízate, nadie te hará daño. Estoy aquí para protegerte" fue lo que dijo

Por supuesto que yo no entendía nada. ¿Cómo iba a protegerme alguien que me había sacado de mi casa?

Comencé a exigir nuevamente. Pedí que se identificara, que me dijera a donde me llevaba y por qué y cuáles eran sus planes conmigo, y él contestó "Te llevo a vivir conmigo"

Entonces entré en pánico y empecé a forcejear con determinación.

"Cálmate" volvió a hablar. Yo no podía verle la cara porque llevaba encima una capa muy amplia que le cubría la mitad del rostro "Si te caes te vas a lastimar. Alguno de mis hombres que nos siguen podría no verte a tiempo y te arrollaría con su caballo" Entonces volví la mirada hacia atrás, tanto como el cuerpo del hombre me lo permitía y alcancé a ver al menos a cinco jinetes más tras de nosotros.

Me di cuenta de que en esas circunstancias, lo mejor que podía hacer era ser paciente y esperar una oportunidad para escapar.

Cabalgamos durante el resto de la mañana y cuando el sol estaba en lo más alto llegamos a un asentamiento. Había tiendas esparcidas en un amplio prado. Un arroyo pasaba justo en el centro de ellas y allí nos sentamos a descansar. El hombre que me llevaba dio órdenes de que me atendieran 'de la mejor manera' y de las tiendas salieron unas mujeres que me dieron de beber y comer. También me dieron agua para limpiarme y un cambio de ropa. Acepté las cosas que me daban por que realmente estaba cansada y tenía hambre. No sabía cuanta distancia habíamos recorrido, pero la zona en la que estábamos me resultaba totalmente desconocida.

De las cosas que me dieron, lo que más me llamó la atención fueron las ropas. Era un vestido muy bien confeccionado, elegante pero liviano. Perfecto para un viaje. Las mujeres me llevaron dentro de la tienda para que pudiera cambiarme y tomar una siesta. Había hombres vigilándome todo el tiempo, por lo que consideré que no era el momento apropiado para tratar de escapar, así que me quedé dentro de la tienda.

Después de un largo rato, escuché fuera de mi tienda la voz del hombre con el que había montado. Estaba preguntándome si podía pasar a verme. Le contesté que siendo yo la víctima, no tenía derecho a opinar. Él se rió y dijo algo como que la vida conmigo no sería aburrida y luego entró. Yo estaba recostada en unos cojines. Me incorporé rápidamente y me obligué a ser valiente. Ese tipo no iba a intimidarme. Le demostraría de qué está hecha una verdadera princesa. Pero cuando vi su gran mano en medio de las cortinas de la entrada, comencé a desear despertar de la pesadilla. No me di cuenta de que había cerrado los ojos hasta que lo sentí frente a mí.

"¿Qué sucede? ¿Me tienes miedo?"

Sin los sonidos producidos por la cabalgata, la voz que me había parecido amable, ahora me resultaba melodiosa.

"Vamos, ya te dije que no voy a lastimarte"

Me puso la mano en la barbilla y me alzó la cara. Lentamente abrí los ojos y me topé con la visión más maravillosa que había podido imaginar.

Sus ojos eran hermosos, grandes, brillantes. Sentí que me perdía en sus profundidades y mi cerebro dejó de funcionar. De lo único que era consciente era de la belleza que encerraban. Él alzó las cejas y ese movimiento me hizo reaccionar lo suficiente como para dejar la maravilla de sus ojos y recorrer el resto de su rostro. Me di cuenta de que sus ojos eran el complemento perfecto para su cara. Era bronceada, con cejas pobladas, nariz recta y una barbilla fuerte. Su cabello largo y sedoso por un momento me hizo sentir envidia. Tenía hombros anchos y cintura angosta. Nunca he visto un hombre tan hermoso como él.

Mis planes para escapar desaparecieron sin dejar rastro.

Se disculpó por haberme secuestrado, diciendo que no había tenido alternativa. Me contó que visito el palacio el día de tu boda y me vio de lejos jugando con una niña, quien supongo era Rin. Me dijo que desde ese momento había quedado prendado de mí. Solicitó audiencia con el Rey y le pidió mi mano. . . pero el Rey lo rechazó. Él pertenece un reino vecino por lo que el Rey lo consideró inapropiado para mí.

Ya sabes lo que piensa nuestro gran monarca: que si su reino va a terminar en manos de un hombre que no sea de su sangre, por lo menos el hombre tendrá que pertenecer a nuestra nación. Como si el reino fuera suyo. Le pertenece a mamá.

Humm. Perdón me estoy desviando del tema. Como iba diciendo, el Rey lo rechazó, pero aun así no se dio por vencido. Si no podía tenerme con el consentimiento de mi padre, me tendría sin él. Y así fue como decidió secuestrarme.

No he oído nada más romántica en mi vida, fuera de la parte del secuestro, claro está.

El resto de la tarde lo pasamos en el campamento. Me habló de él y los planes que tiene para el futuro. Me dijo que es alguien muy influyente con el Rey de su nación y que está preparado para darme todo lo que merezco. Me llamó hermosa y perfecta. Y que después de haberme visto, no podría jamás considerar a otra mujer como digna de él.

Al final del día, yo ya estaba enamorada.

Al día siguiente seguimos con el viaje, cabalgamos durante casi todo el día. No quería dar oportunidad a la guardia del Rey para darnos alcance. Lamentablemente, no consideró la eficacia de la gente del comandante Hojou. Nos quedamos en una aldea esa noche y a la mañana siguiente, cuando estábamos listos para partir, la guardia real atacó.

Eso es lo que en verdad lamento. La gente de esa aldea no tenía nada que ver con lo sucedido, pero estando en el medio, varios de ellos fueron lastimados. Muertos incluso.

Como sea, Hojou fue muy eficiente. Liquidó a la mayoría de mis secuestradores. Afortunadamente, el líder pudo escapar. Pude verlo a lo lejos, prometiendo que volvería por mí.

El comandante Hojou ordenó volver en el mismo momento. Cabalgamos todo el día. Solo hicimos pausa en una aldea para cambiar de caballos y poder llegar aquí hoy mismo.

Estoy feliz de estar de vuelta en casa, pero si voy a ser honesta, anhelo volver a ver a mi secuestrador. Y lo haré. Sé que vendrá por mí.

Kikyo guardó silencio por varios minutos y soltando un suspiro dijo "¡Vaya! Como diría Rin, eso sí que fue una aventura" terminando de decir estas palabras, Kikyo acomodó suavemente su cabeza sobre las almohadas. Comenzaba a lucir muy cansada.

"Una aventura en verdad. ¿Te sientes bien?" sonrió Kagome. Se sentía aliviada después de haber hecho esa confesión. En cierta forma había esperado recibir un regaño por parte de su hermana mayor, pero Kikyo no era de los que critican o lanzan juicios al antojo. Ella entendía y por eso se lo había contado.

"Estoy bien. Es solo mi hora de dormir" sonrió dulcemente "Tu deberías hacer lo mismo después del día que tuviste"

"Sí. Estoy molida" Se estiró y bostezo. Realmente le caerían bien unas horas de sueño "¿No vas a decir nada? ¿A cerca de lo que te conté?"

"¿Qué quieres que te diga? ¿Qué es un criminal? ¿Que realmente no lo conoces? ¿Que estas siendo imprudente?"

"Pues. . ."

"Kagome, yo no fui secuestrada, no conocí a este hombre del que hablas. Yo en tu lugar no querría volver a verlo en mi vida, pero. . . no soy tú"

"Kikyo. . ."

"Como la hija mayor, tengo obligaciones que no puedo evadir, pero tú" tomó las manos de Kagome entre las suyas "Tú puedes tener la libertad de soñar" Los ojos de Kagome comenzaron a llenarse de lágrimas.

"Es tan injusto"

"No digas eso" limpió las lágrimas que comenzaban a caer sobre las mejillas de su hermana "Yo he aceptado mi destino y si al cumplirlo las libero a ti y a Rin, eso me hace feliz"

Kagome no sabía que decir. No entendía como Kikyo podía renunciar a su felicidad sin protestar. Ella nunca podría ser tan generosa de renunciar a su propia felicidad por la de un puñado de gente que ni siquiera le agradecería.

"Escucha a tu corazón" finalizó Kikyo con una triste sonrisa "Ahora sal de aquí antes de que mi marido te descubra" intentó que la frase pareciera broma, pero ambas sabían que era en serio.

Kagome sonrió en la misma forma triste, besó a su hermana en la frente "Te veré mañana" se bajó de la cama.

Con paso ligero se dirigió a la puerta. Giro la manivela y la abrió. Cuando ya había salido casi por completo, la voz de su hermana la detuvo.

"Oye" Asomó la cabeza al interior de la habitación y escuchó a Kikyo preguntar.

"¿Cuál es su nombre?"

Kagome sonrió y justo antes de cerrar con suavidad la puerta tras de ella, contestó

"Kouga"

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N/A: Este fue el primer capítulo de la primera historia que he escrito en mi vida. A ver qué les parece.

Críticas constructivas son altamente apreciadas.

Ciao

Susy