Ni CardCaptor Sakura ni sus adorables personajes me pertenecen a mí, sino a CLAMP. Y me amarga tener que recordarlo con tanta frecuencia...


CONVIVENCIA AGITADA

Capítulo 1: "Dos sorpresas"

Se levantó tarde aquel día, como ocurría normalmente. Solía quedarse dormida demasiado seguido, aunque no fuera por nada en especial ni tampoco porque trasnochara demasiado. Puede que, simplemente, madrugar no fuera lo suyo.

Bajó las escaleras a toda prisa, con el peligro de bajar rodando hasta el piso de abajo y casi llevándose por delante a su regordete y rubio gato de ojos dorados, que maulló de dolor cuando ella pisó su cola.

—¡Lo siento, Kero! —se disculpó ante la bestiezuela, que gruñó por lo bajo ante el despiste de su dueña y lo caro que le costaba eso a veces.

­—Vas a llegar tarde otra vez si no te das prisa, Sakura —reprochó su madre cuando la aludida consiguió sentarse en una de las sillas que rodeaban la mesa de la cocina, para después tomar el desayuno cuatro veces más rápido de lo normal de lo que cualquier otra persona lo haría—. Ojalá no hubieras heredado eso de mi, hija, de verdad.

La mujer de largos y ondulados cabellos negros y ojos verdes y expresivos, también conocida como Nadeshiko Amamiya, le ofreció un vaso de agua al ver que se atragantaba con una bola de arroz que intentó comer de un solo bocado.

—¿Quieres crêpes?

—No, mamá, que voy a llegar tarde.

Sakura levantó rápidamente su maletín del suelo y se encaminó hasta la entrada de la casa, en donde se calzó sus zapatos negros y lustrosos, para luego ponerse el abrigo gris que llevaba la enseña del Instituto Seijô, al que asistía. Antes de salir por la puerta de madera, se volvió otra vez hacia Nadeshiko, como a veces le gustaba llamarla, para decirle algo.

—¿Hoy también llegarás a la hora de cenar?

La mujer se sonrojó levemente. Parecía ser ella quien tenía que rendir cuentas a su hija, como si los roles estuvieran cambiados. Sabía que Sakura preguntaba eso no sólo porque quería saber si preparar ella la cena, sino porque de seguro que notaba que algo más estaba ocurriendo allí.

­—No, cariño. Hoy llegaré temprano. Te tengo una sorpresa.

Sakura abrió un poco más los ojos y luego parpadeó un par de veces, algo desconcertada. ¿Qué demonios ocurría allí?

¿Sería que acaso le había comprado, al fin, aquel caballo por el cual, de niña, tanto había llorado y pedido a Papá Noel en Navidad, para luego desilusionarse al ver que su sueño era reemplazado por algún otro regalo más barato y sin vida en su esqueleto plástico?

Porque, de ser así, se había tardado tanto que ya ni le interesaba tener un estúpido caballo.

—¿Qué clase de sorpresa? —inquirió.

—Si te lo dijera, no sería sorpresa¿no crees?

La mujer sonrió brillantemente y su hija frunció el ceño y en sus mejillas aparecieron unos inminentes pucheros, luchando por hincharlas con aire como muestra de descontento un tanto infantil.

—¡Pues de acuerdo! —Resopló y luego salió de la casa con un pequeño portazo de berrinche, dejando a Nadeshiko con una sonrisa radiante y pensando en que su hija se comportaba como una cría, algo que a ella le encantaba.

Los ojos verdes de Sakura se pasearon por la avenida ancha y con árboles de cerezo a su izquierda. La entristeció un poco que no estuvieran en flor y, en vez de eso, sus ramas estuvieran peladas y se movieran al compás de un viento que ya comenzaba a ser frío. Pero aquel pensamiento tampoco duró mucho.

En cuestión de segundos, volvió a pensar en su madre.

Nadeshiko Amamiya se comportaba de una manera muy extraña desde hacía algunos meses, pero aquello había empeorado en las últimas dos semanas: volvía más tarde de sus sesiones fotográficas en la agencia de modelos publicitarias en la que trabajaba, además de parecer estar siempre flotando en una nube, más distraída de lo que era ya por naturaleza y de sonreír de una manera deslumbrante y casi cegadora todo el maldito día, sin importar que lloviera, Kero se rompiera una pata o un cometa cayera sobre la casa.

Y con eso que había dicho de una sorpresa, no hacía más que confirmar sus sospechas acerca de que su madre, la hermosa modelo Nadeshiko, le ocultaba algo.

Llegó hasta la entrada del instituto e ingresó en el patio delantero, donde algunos chicos jugaban al fútbol con una pelota de papel, seguramente hecha de apuntes de matemáticas. Esquivó un pelotazo en la cara con facilidad y, obligándose a no ponerse a pelear con ellos allí mismo, siguió caminando hasta llegar a su clase.

—¡Sakurita!

La aludida frunció el ceño y giró un poco la cabeza, sólo para encontrarse con una chica de aparentemente su misma edad, pero muy diferente a ella en apariencia.

En tanto Sakura era un poco bajita, de tez algo bronceada, pelo entre castaño y rojizo corto por encima de los hombros y grandes ojos verdes, la otra chica le llevaba casi una cabeza, tenía la piel lechosa, el cabello largo, de un negro azabache, y los ojos de un extraño color amatista.

—¡Ya te he dicho que no me gusta que me llames así! —se quejó la primera, algo colorada por el nombrecito que le ponía su amiga desde que estaban en la guardería.

—Pero si es una monada…, además, te sienta genial. Es tan mono como tú. —La amatista sonrió encantadoramente y a la otra le resbaló una gota por la nuca.

—¡Tomoyo!

—¿Ves lo que te digo¡Así, sonrojada, estás más mona todavía!

Tomoyo era un poco extraña, lo reconocía. Le gustaba acosarla con sus tonterías de que era monísima. Se trataba de una chica exagerada y bastante excéntrica. Eran amigas desde la guardería y lo habían seguido siendo siempre, casi como hermanas.

Y recordaba perfectamente ser víctima de sus rarezas bastante frecuentemente.

Por ejemplo, a eso de los diez años, a Tomoyo le había dado por confeccionar trajes extraños y ella era algo así como su maniquí viviente. Muchas veces tuvo que salir por ahí vistiendo trajes de gato, de oveja, repleta de moños, cascabeles y demás complementos que ni quería recordar.

Claro que ahora seguía confeccionando, pero la ropa que hacía era algo más aceptable, aunque no dejaba de tener su toque personal, y hasta era muy bonita en ocasiones.

¡Pero lo que sí la ponía nerviosa era esa manía que tenía de grabarla algunas veces!

—Déjame, Tomoyo, no tengo un buen día —se quejó la ojiverde.

Sakura avanzó hasta su pupitre y ocupó la silla frente a él, para después recostar su cabeza en sus brazos, cruzados sobre la mesa. Tomoyo la siguió y se sentó en su propia mesa, sin molestarse en usar la silla para apoyar su trasero.

—¿Estás enfadada por algo?

—No estoy enfadada…, estoy…, no sé. No sé cómo estoy. Pero no me gusta.

Tomoyo puso cara de no entender.

—Si pudieras ser más clara, te lo agradecería.

—Mi madre está muy rara —explicó luego de un bufido—. No sé qué demonios se trae entre manos, pero esto huele mal.

—¿Sigue llegando tarde a casa?

—Sí.

—Entonces estás preocupada por ella… —intentó Tomoyo.

—Hoy, antes de venir aquí, me dijo que tenía una sorpresa para mí y que por eso llegaría más temprano.

—¿Una sorpresa¿Qué clase de sorpresa?

—Eso es lo mismo que me pregunto yo, Tomoyo. No tengo idea de lo que pasa con ella y cada día me confunde más.

La amatista pareció pensar un momento, para luego apoyar su mano en el hombro de Sakura, que alzó la vista para mirarla.

—No te preocupes ­—consoló—. Después de todo, te enterarás esta tarde de lo que pasa. De todos modos, no puede ser tan malo…, tu madre ha estado contenta¿verdad? A mí no me parece que eso sea una mala señal, así que no te preocupes tanto.

El timbre sonó, marcando el comienzo de las clases, por lo que alumnos comenzaron a ingresar al aula. Tomoyo acabó por bajarse de su improvisado asiento y acomodarse en la silla que se le estaba destinada por derecho. Al girarse hacia la puerta, saludó con la mano a dos chicos que entraban conversando.

—Puede que tengas razón —aceptó la castaña, también siguiendo con la vista a los dos recién llegados y como queriendo dar por terminado el tema—. Pero tengo la sensación de que, sea lo que sea que ocurra, todo esto va a traerme un montón de problemas.

—Buenos días —saludó uno de los dos cuando hubieron llegado junto a ellas, el chico de cabello oscuro y ojos azules, aunque algo camuflados gracias a unas finas gafas, quien acabó por dar un corto beso en los labios a Tomoyo que ella recibió jubilosa.

—Y ¿de qué hablabais, chicas? —preguntó el otro, un rubio de ojos aguamarina.

—De nada importante, Koshi —se defendió Sakura, a lo que él respondió sonriendo ampliamente y pellizcando una de las mejillas de la chica.

—¡Qué mal humor traes hoy, cariño¡Eres peor que las malas de las telenovelas!

—¿Sakura está de mal humor? —consultó el ojiazul una vez hubo saludado a su novia adecuadamente—. No lo había notado… —Y rió.

—No seas así, Eriol —recriminó Tomoyo—. Todos podemos tener un día malo. ¡Estoy segura de que mañana llegará a clase tan flamante como siempre!

—Eso espero…

Antes de que pudiera darse cuenta, entre pensamiento y pensamiento, la mañana había pasado y con ella los números, la gramática, las notas musicales, las historias y las clases en general. El camino a casa había estado cargado de reflexiones también, y seguramente por ello se le había hecho más o menos tres veces más corto y rápido.

Tanto, que ahora le sorprendía estar ya frente al porche de su casa, aún sin decidirse a entrar o quedarse fuera un tiempo más, pensando en qué podría hacer un coche que no era el de Nadeshiko frente a su garaje. Un Mercedes plateado, además.

No le gustaba el plateado. Aquello era una mala señal. Muy mala.

Lentamente anduvo los pasos que la separaban de la puerta y giró el picaporte con desgana y hasta casi cierto temor, consciente o inconsciente, de lo que podría estar esperándola a modo de "sorpresa".

Porque no creía que la sorpresa de su madre fuera un Mercedes plateado.

—¿Nadeshiko? —llamó, una vez se decidió a abrir la puerta y entrar. Siempre la llamaba por su nombre cuando estaba nerviosa, tenía miedo, estaba enfadada o alterada de cualquier forma—. ¿Dónde estás?

—¡Estoy en el salón! Ven aquí, cariño. Tengo que presentarte a alguien.

Así que esa era la sorpresa…, presentarle a alguien. Pues vaya sorpresa más aburrida, pensó con desgana, aunque tranquilizándose a su vez.

—¿Tu hija te llama Nadeshiko?

Sakura se puso en guardia otra vez. Había reconocido la voz aterciopelada de su progenitora antes, pero no ésta última. Le era extraña, completamente extraña. Se sintió invadida. En su propia casa.

Además, era la voz de un hombre.

—Algunas veces, normalmente cuando está nerviosa por algo…

¿Qué hacía un tipo en su casa, con su madre, y qué tenía que ver con su sorpresa?

Sin que pudiera darse tiempo a pensarlo siquiera, rápidamente se dirigió hacia el salón, en donde se encontró a su madre sentada en el amplio sofá, con una taza de alguna infusión humeante que podría ser té de manzanilla a juzgar por el aroma que inundaba la habitación. A su lado, también con una taza entre sus manos, un hombre bastante alto, de hombros muy anchos, rostro y expresión afable, con una sonrisa de oreja a oreja, pelo castaño y ojos también marrones.

—Tu hija se parece mucho a ti —comentó el tipo—. Y es igualmente hermosa.

La aludida se sonrojó, pero no de vergüenza, sino de rabia. No le había pasado desapercibido el hecho de que el piropo había ido más para su madre que para ella.

—¿Quién demonios es este tipo, Nadeshiko? —se impacientó la ojiverde. Todo aquello no le estaba gustando nada.

¡Nada!

—¡Hija, no hables así! —le reprochó la mujer. Cuando vio que Sakura parecía haberse calmado un poquito, continuó—: Fujitaka, te presento a mi hija, Sakura.

Él asintió con la cabeza a modo de reverencia, algo que la chica no se molestó en contestar al estar demasiado ocupada frunciendo el ceño, apretando los dientes, manteniendo los puños cerrados y con la mirada fija en el hombre aquel que le caía bastante mal, aunque no lo conociera de nada.

—Sakura, él es Fujitaka Kinomoto… —Nadeshiko tomó aire—. El hombre con quien voy a casarme.

Puede que no fuera el momento más oportuno, pero a ella no se le ocurrió otra cosa. Pese a cualquiera de las posibles ideas que su madre imaginó como reacciones por parte de su hija, lo que hizo sí que no se le había ocurrido. Vio como la chica cerraba los ojos con fuerza y se llevaba una mano al vientre…

Para luego estallar en sonoras carcajadas.

—¿Sakura…?

La chica no paraba de reír, y parecía hacerle tanta gracia todo aquello que los ojos empezaron a lagrimearle y tuvo que apretarse el estómago con más fuerza.

—¡Casi me lo creo! —logró decir, entre risotada y risotada—. ¡Por un momento, cuando entré, creí que de verdad este tipo era tu amante…, o que venía a llevarme a alguna especie de centro para estudiantes problemáticos, o yo qué sé…!

—Sakura…

—¡Pero es que esto es demasiado, mamá¡Me he pasado toda la mañana preocupada por esto¡Por una jodida broma…!

—Sakura…

—¡Ha estado bien, pero la broma ya no tiene gracia¡Vamos, mamá, dime cuál es la sorpresa!

—¡Sakura!

Harta de que su hija no la escuchara, acabó alzando un poco la voz, captando su atención, así como la de un asombrado Fujitaka, que no acababa de saber de qué forma comportarse ante la actitud de la adolescente.

—¿Qué?

—No es ninguna broma.

Sakura se limpió algunas lágrimas e intentó dejar de reírse de una vez. Miró a la mujer sin saber de qué manera asimilar lo que le estaba diciendo.

—Nadeshiko, te he dicho que te dejes de bromas y…

Fujitaka pareció comprender a la chica, que intentaba no creerse aquello con todas sus fuerzas, y apretó la mano de la modelo para llamar su atención. Aunque también llamó la atención de Sakura con aquel gesto.

—Quizás deberías dejar que tu hija se tranquilice, Nadeshiko. Esto debe de ser difícil para ella…

—¡Cállese! —explotó Sakura—. ¡Y no toque a mi madre como si…, como si… usted de verdad fuera a…!

El hombre hizo ademán de quitar su mano, pero la mujer la retuvo con sus dedos finos y largos.

—Sakura, hija, por favor. Te estoy diciendo la verdad. Sé que puede ser complicado para ti, por eso he estado pensando durante estas últimas dos semanas si contártelo o no. Cariño, yo realmente voy a casarme con Fujitaka…

—No vas a casarte con ningún Fujitaka… —repitió ella, transformando las palabras de su madre en las que ella quería oír.

Nadeshiko se levantó de su asiento y se acercó lentamente a su hija, que parecía no salir de una especie de trance, con sus ojos verdes abiertos de par en par y fijos en la nada.

—Cálmate, por favor…

—No puede ser. Dijiste que nunca más…, nunca más ibas a dejar… que…

—Lo sé —interrumpió la pelinegra—, pero las cosas cambian, Sakura, y he tomado una decisión al respecto. Te prometo que todo estará bien, cariño. Por favor, tranquilízate. Todo irá bien esta vez…

Nadeshiko intentó acariciar el rostro de su hija, que ahora estaba bañado por las lágrimas, pero ella apartó sus manos con un brusco movimiento de su cabeza y un paso hacia atrás, como si el sólo contacto de aquellos dedos contra sus mejillas le hubiera quemado.

—¡No! —sollozó—. ¡Prometiste que nadie volvería a lastimarnos, y ahora traes a este… sujeto a casa y dices que vas a casarte con él!

—¡Nadie va a lastimarte de nuevo, Sakura, yo te lo prometí y pienso cumplirlo¡Por favor, dame la oportunidad de demostrártelo, dame otra oportunidad…!

Sin decir nada más, volvió a dar un paso para alejarse de su madre, sólo que esta vez dio otro, y otro más, hasta empezar a correr escaleras arriba.

—¡Sakura! —llamó Nadeshiko una vez más, con los ojos llorosos, a punto de estallar en llanto—. ¡Sakura!

Fujitaka se levantó del sofá y dejó la taza de porcelana blanca con detalles en oro sobre la mesita. Luego, se acercó hasta la mujer y la abrazó, apretándola suavemente contra su pecho en señal de consuelo.

—Tranquila —le dijo—, necesita tiempo para asimilarlo todo. No puede ser fácil para ella.

La mujer asintió débilmente con la cabeza y dejó que él le acariciara el pelo.

Por su parte, Sakura se detuvo frente a la puerta de su habitación, únicamente para secarse con furia las lágrimas y respirar hondo.

No podía entenderlo. De verdad que no.

Abrió la puerta.

No podía entenderlo, de verdad que no podía creer…

Sus ojos se abrieron de par en par ante aquella visión.

¡Eso sí que no podía entenderlo!

¡¿Qué hacía un chico en su habitación?!

Bueno, más bien supuso que lo era, porque estaba de espaldas, mirando por la ventana. Era alto de más para ser una chica. También tenía la espalda demasiado ancha. Y el pelo corto. Y ése no era el culo de una chica. Tenía buen culo, se dijo, pero no era el de una chica.

Sus pensamientos se cortaron en ese momento y se sonrojó por aquello último, pero rápidamente recobró su estado de ánimo normal, recordó que estaba furiosa y recordó que había un extraño en su habitación y ahora mirarle el culo no era, ni mucho menos, lo más importante.

Seguramente debió de haber hecho algún ruido, o respirado muy fuerte, porque él se giró hacia donde estaba, dándole a conocer su cabello revuelto y castaño y sus brillantes ojos del color del ámbar.

—¡Ah, hola! —la saludó de buen humor, aunque un tanto extrañado—. Tú debes ser…

—¡¿Qué se supone que haces aquí, en mi habitación?! —gritó ella, cortando cualquier cosa que fuera a decir.

—¡Vaya con la niña, qué carácter!

—¡No es para menos¡No todos los días me encuentro a un completo extraño en mi habitación, mirando por mi ventana, respirando mi aire e invadiendo mi espacio!

Él la miró como si creyera que acabara de aterrizar, llegada desde algún extraño planeta en el que hablaban otro idioma y gritaban como unos histéricos.

—Bueno, vamos a compartir casa, creo.

—¡¿De qué hablas¡Yo no voy a compartir mi casa con…!

—Deja ya de gritar¿quieres? —solicitó el desconocido, que luego se llevó una mano a los extremos de la cabeza, como si le doliera—. Eres un poco histérica.

—¡No soy histérica!

—Pues créeme que lo parece…

—¡No tienes idea de quién soy ni de cómo soy, así que no te creas con el derecho de llamarme histérica porque…!

Sus palabras fueron interrumpidas por un par de brazos fuertes que la estrecharon con firmeza en un cálido pero extraño abrazo. Sakura estaba completamente tiesa e incluso le pareció que dejaba de respirar.

—Buena chica —le dijo él luego de unos segundos—, así está mejor. ¿Ya te has calmado?

Ella alzó la cabeza para escucharle mejor, pero la visión de su rostro la dejó momentáneamente embobada.

—Ah…, ehm…

El chico rió un poco.

—Antes no te callabas… y ¿ahora te has olvidado de cómo hablar?

Desde tan cerca, ahora podía verlo bien. Tan bien que se olvidó de todo, de su madre, de Fujitaka, de su furia y del resto de las cosas que componían su vida. Tenía los ojos brillantes, de un color ámbar precioso y con reflejos dorados, con luz propia. Gruesos mechones de cabello castaño caían sobre ellos, cubriendo unas cejas pobladas y casi dibujadas cuidadosamente con un pincel. Su nariz era aguileña, de perfectas proporciones, algo que le daba cierto toque de altanería. Sus labios, curvados en una hermosa sonrisa, no eran ni demasiado finos ni carnosos en exceso. Su piel tenía un bonito tono trigueño. Todo su rostro en conjunto le recordó, rápidamente, al modelo de belleza griego.

—La verdad es que casi te prefiero callada¿sabes? Aunque no sé si preocuparme, porque si lo tuyo es gritar y quejarte como hasta ahora, puede que tu silencio sea grave… ¿Te ocurre algo?

Era guapo. Sí, guapo. Muy guapo.

¡Tan, tan guapo!

—¿O es que nunca te ha abrazado un chico antes?

¡Pero tan idiota!

Aquel comentario fue el que, finalmente, la hizo reaccionar. Se separó bruscamente de él, provocándole una risa.

—De modo que acerté.

Sakura tomó aire y entonces puso su mente en orden. Volvió a recordar todo lo sucedido en el día, aquella "sorpresa" de su madre y su furia, todo latiendo en sus venas, quemándola. Lo único que le faltaba para acabar el día era algo como lo que estaba ocurriendo justamente en ese momento.

—¡No sé quién eres, pero no te me vuelvas a acercar! —amenazó, de paso que caminaba en reversa hacia la puerta de salida—. ¡Si lo haces, pienso gritar!

—¿Más de lo que ya lo has hecho? —se mofó él, y como dio un paso hacia delante, la ojiverde giró sobre sí misma y corrió fuera de su cuarto, sabiendo que era perseguida por el desconocido. Bajó las escaleras a la velocidad del rayo y se encontró con su madre y aquel tipo, Fujitaka.

No dudó en abrazarse a Nadeshiko, sorprendiéndola por la actitud tan extraña que había adoptado aquel día.

—Hija¿estás bien¿Quieres un vaso de agua o…?

—¡Hay un chico muy raro en mi habitación! —interrumpió—. ¡De seguro es un ladrón, mamá¡Llama a la policía…!

—Sakura, de verdad que creo que deberías tranquilizarte, no hay…

Unos pasos en la escalera alertaron a la chica de que su perseguidor la había seguido hasta allá, de modo que se giró para encontrarse con la persona que esperaba ver y sin titubear señaló al muchacho con el dedo índice de su mano de forma acusatoria.

—¡Es él, mamá¡Llama a la policía!

—¿A la policía? —se extrañó el chico—. ¿Por quién me tomas?

—¡No cualquiera entra a la habitación de alguien a quien no conoce y luego se comporta como si nada¿sabes¡De seguro entraste por la ventana abierta y…!

—Sakura —interrumpió su madre—, tranquilízate de una vez. Él no es ningún ladrón.

La castaña alzó la mirada para encontrarse con los ojos de Nadeshiko, que tenían un toque de humor.

—¿Eh?

—Es el… hijo de Fujitaka.

—El hijo de… Fujitaka —repitió ella.

El chico dio algunos pasos más, acercándose a todos, alentado por Fujitaka, quien había posado su mano en su hombro y le había dado aquel empujoncito. Luego, el hombre le sonrió con cariño a quien sería su futura hijastra, para luego cederle el honor a Nadeshiko de hacer las presentaciones necesarias.

—Sakura, te presento a Shaoran. Tu nuevo hermano.


Notas de la autora: ¡Sí, sé que dije (o al menos me lo habré dicho a mí misma) que no empezaría a publicar esto hasta que acabara con "Nuestra Historia" (a la que sólo le queda un capítulo), pero es que no pude evitarloooo! T.T Me gusta tanto esta historia que no aguantaba las ganas de empezar a subirla al fanfiction, así que acá me tienen xD. Espero que les haya gustado el capítulo. Seguramente noten los personajes aparentemente cambiados, pero no lo están tanto, o al menos guardan muchísimos aspectos de los modelos originales… o intenté que así fuera n.n. La historia está acabada, así que no voy a dejarla a medias (ni soñando).

¡Por favor, dejen reviews!