Un regular chorro de orina caía aún en el inodoro cuándo escuchó el suave maullido de Artemis junto a la puerta. Totalmente somnoliento, miró de reojo hacia el reloj de pared del pasillo y comprobó con sorpresa la hora que era: marcaba las cuatro de la madrugada…Más extraordinario todavía, si cabe, fue el suave sollozo proveniente…del cuarto de su hermano. Al principio, se quedó de piedra; luego, le venció la curiosidad: cuidándose enormemente de no hacer ruido, se aproximó al gato de oscuro pelaje que olfateaba ocioso la pata de la mesilla. Con sumo cuidado, le acarició el lomo y lo recogió en brazos para asegurarse de que no emitía sonido alguno que pudiese poner al primogénito en guardia y, luego, se acercó a la puerta entreabierta del cuarto de Wyatt.

Allí, todo parecía normal: era una estancia amplia, bastante más que el suyo propio; los cristales de las ventanas daban a la calle principal, lo que no le ponía tan celoso como el enorme armario empotrado con llave en el que podía ocultar sus videojuegos, o su propio cuarto de baño. Las ropas de su cama estaban revueltas y, él, cómodamente sentado en el centro del ancho colchón con las piernas cruzadas en la posición del escriba y la espalda apoyada en la gran almohada y los enormes cojines. Tenía los cascos de su Mp3 puestos y, teniendo en cuenta que lo escuchaba desde su posición, a todo volumen, mientras escuchaba, sin duda alguna, a su cantante favorito: Jesse McCartney. Todavía llevaba lo que, sin duda, eran las galas de la cena que había preparado horas antes con tanta ilusión: unos vaqueros blancos y una marinera del mismo color que realzaban extraordinariamente el dorado de sus cabellos y lo profundo de sus, ahora apagados, ojos azules… ¿habría salido mal¿Habría sido ésa la causa de su silencioso y poco frecuente llanto? Su vista estaba clavada en una hojas de papel que parecían fotografías de tamaño folio manipuladas entre sus temblorosos dedos desde el interior de la carpeta vieja y azulada; sus mejillas, silenciosamente regadas por sendas lágrimas. De cuándo en cuándo, emitía quedos suspiros e hipidos mientras se mordía los labios con una determinación alarmante. Estaba pálido como la cera, aunque el menor no se habría arriesgado a jurarlo con aquella luz…Artemis se crispó entre sus brazos, nervioso; por suerte, Come to me, la canción que el joven rubio escuchaba absorto, no le permitió ser consciente de sus protestas. Asustado, el adolescente moreno lo soltó y, tras echar una fugaz ojeada a su hermano, comprobó asombrado cómo el felino se dirigía hacia él. Alarmado, se agazapó tras la hoja de madera para evitar que su hermano le descubriera al volver la mirada hacia el pasillo; poco después, oyó el angustiado jadeo del chico güero mientras recogía en su regazo al minino.

-Artemis…- su voz quebrada resultaba antinatural. No parecía pertenecerle en absoluto: el Wyatt que Chris conocía era mucho más alegre y atento, mucho más vital…sí: era cierto que, de vez en cuándo, podía vérsele tremendamente deprimido; pero nunca le había visto llorar de aquella manera: no parecía nada forzado ni contenido, simplemente parecía abandonarse a los efectos de una pena cuyo origen solo él sabía.

Aterrado por algún motivo que desconocía, se arriesgó a moverse hasta tener sus ojos de nuevo en el resquicio de la puerta: el gato ronroneaba felizmente entre los brazos cubiertos de seda blanca del muchacho, que le acariciaba suave y distraídamente tras las orejas:

- No ha venido¿sabes?- sollozó él con angustia. Pronunciar aquellos sonidos parecía costarle toda su voluntad; el animal se quedó inmóvil entre sus brazos, aún ronroneando sonoramente, mientras clavaba sus ambarinos ojos rasgados en el húmedo rostro de su dueño. Wyatt tragó y cerró los ojos con una expresión de profundo dolor, estirando su cabeza hacia atrás y mordiéndose los labios. Se dejó caer sobre los mullidos materiales que tenía a sus espaldas, permitiéndole al gato recostarse sobre el vientre plano y poco moreno que se divisaba bajo su camisa abierta:

-Soy idiota- gimió con un inmenso suspiro secándose las lágrimas- pero es que…no puedo vivir sin…necesito ver sus ojos, y oír su risa otra vez…-suplicó-…"la muerte es parte de la vida"- gruñó súbitamente con cierto rencor en su tono. Semejante monólogo estaba desatando en su ignorado pariente unas ganas inaguantables de irrumpir en la estancia gritando "¡Vale¿quién eres tú y dónde está mi hermano?!"; no obstante, permaneció expectante, con la esperanza de descubrir algo más que diera significado a las palabras del LuzBlanca que le había hablado en sueños, las cuáles también se deslizaban por su pensamiento sin permitirle cavilar o atender con la lucidez adecuada- ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí…?- las últimas palabras apenas fueron apenas un débil gemido al huir de sus labios- Dijo que me quería, y ahora me hace esto…¿por qué…?- acto seguido, sus sollozos se volvieron constantes y prácticamente ininterrumpidos. Se volvió, y ahogó sus lamentaciones con la almohada.

Chris no creía que hubiera nada más que fuese a decir aquella noche, de modo que le dejó sufrir en paz, como sabía que a él le gustaba, y no por desearlo así, sino por no importunar a nadie con sus tormentos; no obstante, regresó a su propio lecho con la firme determinación de hacer caso al misterioso visitante onírico: averiguaría de una forma u otra, qué diablos pasaba con su hermano…y encontraría la forma de arreglarlo, costara lo que costara.


Un enorme bostezo sacudió su constitución mientras cerraba la puerta de su nueva taquilla. Tenía un aspecto lamentable, había llegado tarde a la presentación, aparentemente se había ganado ya a un par de compañeras de clase y un par de enemigos; no había encontrado ni una sola cara conocida y, por si no fuera suficiente, se moría de sueño. Por suerte, sin embargo, la inauguración del curso no había durado mucho; solamente habían tenido que tragar media hora de espera y otros cuarenta y cinco minutos de latoso tedio antes de ser nuevamente libres hasta el día siguiente.

Sin embargo, su nuevo instituto estaba bastante lejos de su hogar: habría cogido el autobús si, antes de abandonar el edificio, no le hubieran despojado de hasta el último centavo que llevaba encima. También podría ir orbitando, pero a su hermano no le agradaría nada que apareciera en mitad de su remolino de chispas azuladas si no le estaba persiguiendo un demonio…La tentación de recurrir a la magia había agotado casi todo su autocontrol y, por ello, caminaba por la calle sin preocuparse de nada más. Debería haber prestado más atención a dónde lo conducían sus pies, en su intento inconsciente por evitar en lo posible el agobiante calor del sol por los callejones y atajos más frescos y sombríos, en lugar de obcecarse imaginando qué le habría gustado hacerles a aquellos dos matones de turno justo antes de que encontraran su cartera. No obstante, como bien había acabado por aprender, todas las cosas ocurren por una razón, y quizá por ello no se sorprendió demasiado cuándo, al entrar en aquella vía lateral al pub que solía frecuentar, escuchó inconfundibles sonidos sobrenaturales: pasos apresurados, gritos, gruñidos demoníacos y pequeños estallidos precedidos por fogonazos. Al alzar la mirada, tuvo una sensación extraña que nunca antes había sentido: como si, en aquel insospechado lugar, estuvieran a punto de ocurrir grandes cosas…Con un destello, la pared de su derecha, junto al contenedor de basura, arrojó una figura diminuta e infantil al suelo. Era un niño, pálido y asustado, de lisos cabellos rubios, y profundos ojos azules, vestido con lo que parecía un atuendo más apropiado para alguien que estuviera buscando trabajo que para semejante inocente: una chaqueta marrón de aspecto formal y unos vaqueros azul claro que…

Una bola de energía crepitó al final del callejón, estrellándose ruidosamente contra las cañerías del edificio pertinente. Un hombre irrumpió bruscamente en escena, jadeante y tropezando constantemente. Se desplomó de bruces ante ellos y lanzó una alarmada mirada a ambos antes de poner los ojos en blanco como en una especie de trance y emitir un leve chispazo de cuerpo entero; dos pequeñas esferas de luz blanca emergieron de su organismo, girando sin cesar, y se alejaron por el aire.

-¡Escondeos!- jadeó. Chris no habría sabido decir por qué razón, pero lo cierto fue que su tono le arrancó un profundo estremecimiento que lo puso en marcha de inmediato: agarró al chiquillo y lo empujó tras el enorme basurero antes de agazaparse él también. Su respiración comenzó a agitarse al sentir, de alguna manera que no alcanzaba a comprender, cómo una nueva presencia entraba en el lugar: algo que emitía alguna clase de aura que helaba la sangre…

Resonó un tenue crujido, como el que emiten los huesos al romperse; el desdichado inocente que no se había puesto a cubierto, gimió. El joven Halliwell, como el corazón palpitándole desagradablemente cerca de la garganta, se atrevió a echar una ojeada…y se le vino el alma a los pies: quién quiera que fuera aquel pobre hombre, no podía durar mucho más pues un anciano de aspecto monstruoso le sujetaba por el cuello con una garra pútrida que no parecía carente de fuerza. Sus harapos ondearon tenuemente con una brisa inexistente, mientras el adolescente espectador concluía que no podía permanecer de brazos cruzados, justo en el instante en que su otra zarpa, afilada y consumida, se hundía en su vientre. Pero, para entonces, el atrapado infeliz ya no podía emitir sonido alguno; el aterrado testigo ahogó un jadeo, regresando a la seguridad de su refugio al invadirlo la conciencia de que ya no podría intervenir; palpó el aire a su izquierda en busca del chico pero, un segundo después de que su mano hiciera contacto con algo, se cerró en el aire entre un pequeño remolino de calidez y un suave tintineo. El extraño fenómeno no pudo captar por completo su perplejidad pues un nuevo grito de ira desgarró el aire justo cuándo el cuerpo ya inerte del malhadado inocente se desplomaba sobre el asfalto: apenas se había parado a comprobar que el niño se había desvanecido, oyó la voz perversa del demonio y se le erizó hasta el último pelo del cuerpo.

-¡Pedazo de idiota! Ha preferido renunciar a sus poderes…se ha separado voluntariamente de ellos y los ha enviado a algún lugar…seguro que a algún miembro de su familia…

El silencio meditabundo que siguió a semejante declaración solo fue quebrado por el lento golpear de lo que, indudablemente, eran tacones femeninos contra el pavimento. Con la respiración agitada y el cardias martilleándole dolorosamente en su torso lacerado, el moreno se atrevió a echar otra ojeada. Comprobó con intriga que una mujer acababa de aparecer tras el desconocido viejo; una mujer de rostro decidido, piel clara ojos grises y cortos cabellos rizados teñidos de rubio oscuro. Vestía algo más normal, y no tenía, ni con mucho, la misma edad que el inconfundible demonio, o eso suponía él, pero transmitía un aura que, en cierto modo, también era perturbadora.

-Encuéntralos- ordenó bruscamente el anciano deforme- encuentra esos poderes. Envía a tu hija: será su última oportunidad…

-¿A Bianca…?- jadeó la aludida- P-p-pero ella no tiene la mano de…

-No seas embustera: conozco muy bien la historia de tu familia. Hicisteis un pacto, recibisteis lo que pedisteis y, ahora, debéis pagar vuestro precio, de modo que no me vengas con excusas: sé muy bien que todos vosotros, Phoenix- escupió la palabra como lo más desagradable que pudiera tener en la boca-, tenéis esa habilidad…y, si no fuera el caso, yo mismo se lo daría- se ofreció con una mueca y un ligero tono de crueldad- Así que…asegúrate de que sea ella quién me los traiga.

Completamente lívida, como el más sutil de los fantasmas, la mujer tragó saliva y se inclinó mansa y levemente antes de desvanecerse en las sombras. Chris pensó que ya había tenido bastante por ese día, de modo que permitió a su orbita extenderse sobre su piel como gotas de agua, raudas y chispeantes, sin preocuparse de si habría o no alguien en el lugar de destino elegido para el ojo de su mente: el salón de su casa.


Por suerte, Wyatt no estaba en la mansión. Mirara dónde mirara, llamara a quién llamara, nadie parecía haber entre aquellas paredes, algo por lo que no pudo dejar de dar gracias: después de tanta excitación, necesitaba desahogar sus frustraciones, y la mejor forma de lograrlo solía ser la magia, particularmente, en aquellas emocionantes tareas de proteger inocentes que conseguían hacerlo sentir tan bien, tan vivo.

Para buscar en el Libro de las Sombras, solo disponía de una pista: Phoenix.

Por algún motivo desconocido, aquel sencillo vocablo de apariencia inofensiva, le provocaba sensaciones curiosas y alarmantes: no era sólo que tuviera la impresión de conocer su significado, de alguna manera, si no que, además, presentía que venía plagado de peligro...pero de un riesgo todavía más difícil de concretar pues, según le decía algo en su interior, tenía mucho más que ver con la influencia que algo que no alcanzaba a definir podría ejercer sobre su persona.

Phoenix.

Su atención estaba centrada en descubrir exclusivamente aquella palabra escrita sobre el amarillo de los pergaminos que conformaban las páginas de tan valiosa herencia familiar, un compendio de la sabiduría de las generaciones anteriores pasado durante siglos de madres a hijas. Al menos, así había sido hasta la culminación del encantamiento del linaje Halliwell en las hermanas Embrujadas que había dado, en apariencia, un giro radical a la historia; algo había ocurrido y, en el proceso, el primogénito de la descendencia actual había sido un varón: Wyatt. Y, luego, él.

De modo que, al parecer, las cuentas se habían invertido y, en el futuro, serían los chicos Halliwell los que recibieran el tomo de manos de sus padres. No era la primera vez que tales pensamientos surcaban la mente del joven brujo; en especial, desde que había leído la historia completa en los textos, cartas y diarios, que su abuela Patty había dejado para ellos tras escuchar en el lecho de muerte de su tía abuela favorita, ignorada de la tradición tras probarse que carecía de poderes especiales, semejante profecía. Pero Astrid Halliwell había tenido el don de la premonición, igual que su madrina Phoebe…

Acarició otro rugoso y cálido pliego, volviéndolo para descubrir, frustrado, que el nombre que buscaba no estaba tampoco allí. Sin saber muy bien por qué, la imagen del niño que había salido de la nada en aquel callejón surcó su pensamiento fugazmente, pero pronto fue reemplazado por un retrato de la joven de la playa…y su mente, rebeldemente aficionada a las ensoñaciones, comenzó a fantasear con ella, mostrándole incluso, la expresión de fascinada emoción que le provocaría el conocimiento de que la magia existía y de que él, Christopher, era un poderoso brujo que protegía inocentes. Un héroe. Mientras sus mejillas se iluminaban con un tenue rubor, la siguiente página cayó sobre las demás acumuladas mientras un ruido en el recibidor le impulsaba a levantar la cabeza.

-¡Wyatt¿Eres tú?- moderadamente alarmado, y también intrigado, abandonó el tratado para dirigirse al piso inferior. Un maullido que no oyó siguió a un pequeño estruendo, causado por el negro felino al subirse a la baja mesilla, que empleaban con frecuencia para mezclar los más complicados encantamientos, y tirar una pequeña fotografía que representaba una bella mujer de cabellos castaños, francos ojos pardos, expresión seria y tez pálida cubierta de casi imperceptibles pecas: una muy joven Piper Halliwell. Una brisa procedente de ningún lugar agitó las hojas del epítome y, al detenerse, las grafías anaranjadas que rezaban Phoenix sobre un gran símbolo rojo oscuro, relampaguearon.