Y ahora viene lo duro...el choque con la realidad...Pobre Vegeta u.u

¡Espero que os guste!

Perdón

Está fría. Molesta gota de lluvia. Y a ésta primera la siguen millares. El pelo empapado pesa y empieza a perder su forma, cae débil por los flancos, se rinde a la fuerza del agua y la gravedad. Me gusta la sensación húmeda de sus caricias, tan distinta a las suyas, tan ardientes... Pero la lluvia no alivia los fogonazos que revientan el cerebro desde que partí volando y le dejé, profundamente dormido, en esa maldita cueva.

Cada gota despierta un poco más de la realidad, anestesiada por un breve, corto, tan corto lapso de tiempo. Abro los ojos, y no encuentro más que vacío entre las nubes grises sobre mi cabeza. No me explico por qué tuve que romper la rutina, tan cómoda, tan blanda, tan simple...

¿Lo deseaba? Sí, lo deseaba. Deseaba a ese bastardo. Le deseaba desde las puntas del cabello hasta las uñas de los pies. Fue un increíble sueño. Tan irreal...Di rienda suelta a todo lo que guardaba para mí, sólo para mí. Tan remoto en mí que ni siquiera me daba cuenta de que palpitaba con fuerza, latente. Tan recóndito su escondite que ni siquiera lo vi venir, que vino a mí y lo ahorqué, lo ahorqué como si pudiera morir, perder lentamente el calor y doblarse, blando entre mis dedos rojos, como si mis manos no apretaran nada más que las sabanas blancas, nuevas, olorosas, con el logotipo de la corporación capsula en el fino algodón de los bordes...

Entonces...¿Por qué no puedo olvidar que me dirijo de cabeza a mi hogar...mi hogar...el hogar de la familia que destrozaré si pronuncio una sola palabra? Si digo la verdad, si no soy capaz de mentir impunemente como solía, si he perdido toda mi compostura...¿Leerá ella en mí lo que no debe, como si de un libro abierto se tratara?

Soy un auténtico humano...un humano miserable...

Sonrío. Sonrío pero irónico. Siempre irónico. Perder parte de la coraza tiene sus ventajas...pero también sus desventajas.

Todas las desventajas.

No hay camino de vuelta. Sólo la puerta de hierro macizo que se hace a un lado para permitir que mis pies se arrastren, y el robot que, adiestrado en la buena educación, me da una afectuosa bienvenida metálica. La alfombra roja de la entrada resbala más que de costumbre, llevándome al ascensor. El robot programado elige el botón a pulsar por mí. Ha reconocido mi silueta, y ha hecho un escáner rápido (con esa molesta luz roja) de mis irises.

Tan autómata como él espero la sentencia que marcarán ese vacío en la boca del estómago y la apertura de las gruesas láminas relucientes bajo la luz artificial del fluorescente. Mi alocada imaginación ya predice una discusión, una boca salpicando saliva e insultos gravados a fuego en la piel. Insultos tan ciertos, tan acertados, clarividentes...tan merecidos. Te llenaría de besos, sin importarme mostrar tal muestra de debilidad y afecto, si al cruzar el umbral lanzarás toda la artillería sobre mí sin que yo tuviera que incitarte, que contártelo todo, cada detalle de este odioso sueño que se vuelve pesadilla a cada paso que forzosamente debo dar. Y claro está, el número dos ya brilla ferozmente en el panel de lunares negro. Y yo debo cruzar el umbral, debo verte, debo recordar por qué vivo aquí, por qué pasé tantos años de mi vida a tu lado, por qué hice de éste mi hogar¡por qué tuvimos un hijo!...

¡Maldita sea¡Te busco¡Pero todas habitaciones están vacías! De nuevo el trabajo, de nuevo un viaje imprevisto, de nuevo la dolorosa nota de despedida, con los bordes repletos de esos estúpidos corazones redondeados que tanto te gusta dibujar para hacerme rabiar. Y lo estás consiguiendo...siento rabia, una inmensa rabia que me enfurece hasta el punto de retorcer el papel perfumado entre mis dedos y lanzarlo con violencia al incinerador automático de la mesa.

De pronto el murmullo de una televisión y el destello azulado me llegan desde la otra punta del pasadizo. En la última habitación... El niño no ha ido a la escuela. Listillo...debió inventarse alguna enfermedad nueva.

Este pequeño descubrimiento, que normalmente habría ignorado, significa un gran respiro para mí. Esto significa que no estoy solo. El chico está aquí, conmigo. El chico sigue aquí...con su padre...

Una fuerza irresistible me arrastra hacia el corredor, atravesando puertas y más puertas de recámaras oscuras, hasta la última. La luz enfermiza de la pantalla rodea al pequeño de ocho años, tan concentrado en el videojuego, aporreando los botones del mando, que no se da cuenta de la presencia de otra persona en la habitación. El rebelde flequillo se levanta por encima del sofá, orgulloso, cayendo a un lado como una vigorosa catarata, moviéndose de derecha a izquierda junto a la enérgica cabeza del niño, idéntico al de su madre unos años atrás...

La nostalgia invade la estancia. Observo con recelo el sillón, especialmente preparado para mí, solitario, para que pueda aislarme cuando ellos decidan ver una película familiar juntos, o cuando hagan una maratón especial de dibujos animados que quiera ver el niño, o cuando ella decida llorar desconsoladamente con uno de esos seriales dramáticos y tan insoportablemente dulces.

Duele aceptar que estaba equivocado, aceptar de un solo golpe la infinidad de errores cometidos. Quemaría el sillón...pero puedo hacer algo mejor. Me auto convenzo. Soy capaz de darles algo mejor.

Sigilosamente doy un rodeo, hasta encontrar los cojines cuadrados amoldados al mueble de madera. En silencio, me dejo caer a su lado. Al fin se da cuenta de que estoy aquí. Aprieta "pausa" mientras me mira, abre mucho los ojos, sorprendido. Puedo ver una ligera mota de desconfianza en ellos. No puede creer que yo esté sentado junto a él, que aún no haya hecho ningún comentario despectivo acerca de su inactividad, que aún no le haya mandado a entrenar como castigo...Se sorprende de que le observe fijamente en silencio. No sabe leer mi expresión.

¿Qué tendría que decirte, Trunks? Las palabras no sirven para darte lo que tu quieres de mí, de tu padre. En vez de hablar, me agacho y alargo el brazo para recoger el otro mando. Tan silencioso como entré, me preparo para combatir, en la ficción, contra ti. Ahora vas a ser tu quién me reprenda por no saber jugar a luchar.

Y sé que he hecho lo correcto cuando una viva sonrisa ilumina tu cara, cuando tus ojos apagados se ensanchan ilusionados, cuando pareces realmente un niño de ocho años, sin preocupaciones que atormenten tu pequeña cabecita. Algo benefactor vibra en mi pecho, una sensación maravillosa, terriblemente cálida, como la que sentí en mi sueño de anoche...

No, no voy a recordarlo ahora. No voy a hacerte esto, ni voy a hacerme esto.

Je...Esto es más divertido de lo que parece. Y tú estás tan contento que no evitas dar saltitos de alegría cada vez que me ganas en la ficción. Aunque con los años comprenderás, pequeño revoltoso, que también me ganaste en la realidad.

Que los dos ganamos en la realidad...

-¡No papá, así no¡La patada doble se lanza con el otro botón!