Disclaimer: ya que no lo he dicho en el anterior...no vamos a romper la vagancia en este, no? Esta vez, Neville Longbottom cuenta su tragica historia. (Y no: en contra de lo que parece, este NO es slash).


Soledad

Siempre creí que, en el fondo, mis padres sí me recordaban…pero ahora sé que no es así: estoy sólo, nadie me quiere, ni se preocupa por mí.

Ni ellos ni mis abuelos me quisieron nunca, ya fuera por que no tuvieron tiempo a conocerme o por que deseaban modificarme por completo sin preocuparse de aquello que yo quería.


Hoy, nada ha cambiado. Siempre fui un patético patoso, un ignorante mocoso…y quizá por eso nunca logré una sola amistad que de verdad sea capaz de entenderme y quererme tal y como soy. Las cosas siempre eran iguales: "no seas infantil", "necesitas una novia", "crece de una vez", "anímate ya, que nos deprimes a todos"…

No importa a cuánta gente envíe mis cartas, no importa a cuántos pida consejo: las lechuzas se van y regresan vacías o con las misivas que portaban, pues muchos de ellos han cambiado de domicilio y no me han avisado…es muy fácil olvidar al inútil, aburrido de Neville Longbottom.


Siete años: he sobrevivido siete largos años desde aquella locura…pero todavía no sé cómo, ni por qué. Mi vida es patética y vacía: vivo en la vieja casa de mi abuela cultivando mi pequeño jardín; no me dedico a ello aunque me hubiera gustado: es uno de los muchos sueños de mi vida que mi familia, directa o indirectamente, ha estropeado. Apenas tengo tiempo para hacer aquello que me gusta pero ya no tengo otra opción pues es demasiado tarde para arreglar las cosas…
Me miro al espejo luego de salir de la ducha y no sé qué pensar. Siempre fui raro; no precisamente guapo, ni común en cuanto a mi forma de ser. Sí: me gustaba el Quidditch pero no tan obsesivamente como a los demás; adoro la música, aunque tampoco la que podríamos considerar "corriente". Me fascinan la magia, las plantas y el baile…Pero nunca fui realmente valiente ni "atractivo"…pero no por que no quisiera ni pudiera hacerlo, si pusiera empeño y me ayudaran: aquél día es la única prueba que se necesita para comprobarlo.
Me gusta recordarlo: me gusta volver a sentirme como un héroe durante unos segundos, cuándo las cosas me van demasiado mal. Es lo único que tengo, es lo único que me queda.

Proteger a los enfermos era el encargo que tenía después de que el Ministerio fracasara al evitar que El-que-no-debe-ser-nombrado asesinara a las personas que había amenazado para que el viejo Rufus Scrimgeour le diera carta blanca.

Mientras Harry y los demás corrían a combatirlo, yo me quedé en casa de los Weasley junto a la madre de Ron y Ginny, ayudándola a cuidar de los heridos…a cuidar de Luna. Todo el mundo pensaba que no podría ser útil, incluso mi abuela me miraba con ojos completamente cegados por la duda…yo mismo creí que no podría luchar por no saber manejar correctamente una varita.

Pero tenía un talento con el que no había contado: mis conocimientos sobre plantas mágicas le salvaron la vida al Elegido después de que volviera hecho una pena a su casa y se desmayara a los pies de Hermione Granger: cuándo llegué a buscarla la encontré junto a su cama lavando sus cortes mientras intentaba bajarle la fiebre. Pero él no paraba de murmurar con débil aunque fiero orgullo que había matado al cobarde…que había matado a Snape.

No podemos quejarnos: después de eso, casi todos los lesionados por la lucha se recuperaron.

Molly Weasley tenía todo un tesoro en su jardín aunque juraría que no lo sabía…pero, incluso con las plantas más raras, Ernie, Colin y yo nos la arreglamos para localizarlas y traer lo más necesario. Por fortuna, muchas de ellas tenían un efecto inmediato: sin un buen mezclador de pócimas en nuestro bando, bueno, quizá las cosas habrían sido distintas.


Pero lo más impresionante, al menos para mí, fue cuándo esa tal Lestrange y su marido atacaron el valle de Godric por orden de El-que-no-debe-ser-nombrado

Antes de que nos diéramos cuenta, el tejado de la casa había desaparecido y los mortífagos nos acribillaban a maleficios desde fuera. Ginny, Luna y yo estábamos en el último piso que quedaba en pie: el ático y todo lo que había por encima de nosotros se había derrumbado por la embestida del gigante. Recuerdo el pánico que nos poseyó entonces…y aún no soy capaz de entender cómo pudo ocurrir todo aquello: cuándo escuché el grito de Luna, me volví loco. Todo se volvió frío y oscuro. Ginny maldijo al gigante y logró que se apartara de la vivienda…de hecho, se derrumbó sobre los mortífagos; aunque no tengo ni idea de qué fue lo que le lanzó a los ojos. Pero, cuándo los dementotes se cernieron sobre el reconstruido hogar de los Potter, todo se quedó en silencio.

La hermana de Ron perdió el conocimiento cuando una de las vigas del antiguo ático de la vieja casa se desplomó sobre nosotros y Luna gritó…agarrándose a mí. Recordé que ella también había estado en las clases del ED, y le dije que teníamos que pelear como Harry nos había enseñado. Comenzamos a conjurar el Patronus, espalda contra espalda…y no supe que ella no tenía varita hasta que aquella cosa brillante salió volando de no sé dónde y atacó a los antiguos guardias de Azkaban.


La televisión muggle resulta la cosa más aburrida que jamás he encontrado: apenas logra captar suficiente mi atención como para impedirme rememorar aquellos horribles meses.

Lo cierto es que nunca me consideré capaz de terminar las clases en Hogwarts; de hecho, no me consideraba capaz, ni siquiera, de entrar…incluso en mi casa, toda mi familia de sangre limpia, mientras intentaban forzarme a que demostrara un poco de magia, hacían los adecuados preparativos para que perpetuara mi existencia como todo un squib. Supongo que me alegro de que no haya llegado a ser así, pero tampoco puedo quejarme de la colección de cachivaches muggles que mis abuelos recogieron para mí: incluso la casa está adecuadamente disimulada...

Tengo un gato. Un kneazle albino que perdió a sus padres poco después de nacer, atropellados por uno de esos coches…Me encantan los mechones de sus orejas y la punta de su cola. Es uno de los seres más cariñosos conmigo que he conocido nunca. Se pasea sobre el viejo sofá en busca de un lugar cómodo en el que echar una siesta, antes de decidir que mi regazo servirá.

Pierdo mis dedos entre su sedoso pelaje, distraído, mientras las confusas imágenes de lo que ocurrió aquel año vuelven a inundar mi mente…


Nunca averigüé cómo se enteraban de cuál sería el siguiente movimiento del Señor Oscuro; sabía que Harry tenía sueños extraños y visiones pero…al igual que Ron, nunca creí que fueran premonitorios. Quizá por eso me resultó aún más irónico que el vidente pareciera ser él.

Los últimos magos libres dispuestos a presentar batalla cambiaron de domicilio, ocultándose en lugares particularmente seguros y separados…mi abuela y yo nos mudamos a la Madriguera. Fue allí dónde me enteré de que el hermano de Ginny tenía sueños extraños, dónde Harry comenzó a preocuparse por él. Nos encargó vigilarlo mientras, Hermione y él, salían a hacer largos viajes sin dar ninguna otra explicación, pero él no quiso quedarse atrás y se marchó con ellos.

Todos sabíamos que Harry era la persona que más cerca había estado de Dumbledore…todos sabíamos, de alguna manera, que era la única posibilidad que teníamos de sobrevivir a la guerra…por ello, todos, excepto el Ministerio, nos pusimos a sus órdenes sin cuestionarlas demasiado.

No nos equivocamos: todo salió bien


Bueno, al menos, tan bien como podríamos desear: Voldemort fue derrotado, nadie sufrió heridas graves y permanentes…ciertamente, Harry murió durante el enfrentamiento final…y todos los que intervenimos parecemos malditos en algún aspecto…pero supongo que podría haber sido peor.

Algunos han muerto ya, en diversas circunstancias; otros…bueno, no tengo ni idea. Como antes he comentado, parece que me hayan retirado la palabra.

No soporto sus falsedades. Me da náuseas lo crueles que podían llegar a ser, tratándose como auténticos camaradas entre ellos y apuñalándose las espaldas unos a otros cada vez que la víctima se ausentaba…no soporto rememorar las miradas cómplices que intercambiaban cada vez que yo movía un dedo, no soporto visualizar una y otra vez sus expresiones de "ya está otra vez con sus estupideces" o "mejor cállate", que guardaban para cualquier ocasión en la que se ocurría abrir la boca. Y es que, en aquellos momentos también tenían muecas particulares para criticar los silencios que me caracterizan…nada de lo que yo pudiese hacer estaba nunca bien, para nadie; excepto para Luna.


Me gustaba esa chica. Diría que era la persona que se me parecía más, la única que me hacía sentir bien…No sé que ha sido de ella: no se dónde vive, ni a qué se dedica…apenas sé nada de ella y, sin embargo…

Ojalá hubiera sido más valiente. Aún ahora, casi catorce años después, no logro entender por qué el Sombrero Seleccionador me colocó en Gryffindor…

Tendría que haberle dicho que la quería cuándo tuve la oportunidad…tendría que haberle dicho que su sonrisa, sus cabellos y sus ojos eran toda la luz que alguien podría desear…Tendría que haberle confesado que no podía soportar estar lejos de ella…

Pero algo me retenía, siempre…había algo que no me dejaba pronunciar las palabras que me moría por decir… ¿qué ocurriría si no me tomaba en serio¿O si comenzara a verme de una forma totalmente distinta¿Qué habría podido hacer yo si, por un atrevimiento como ese, comenzara a odiarme…?

Me quería como amigo, seguro. Y yo a ella: no necesitaba nada más, aunque me habría gustado estrecharla entre mis brazos, y permitir que el perfume de sus cabellos me transportara al paraíso. Me habría encantado besarla… pero sería suficiente con continuar pudiendo verla. Me habría encantado tenerla a mi lado cada vez que salgo a la terraza a ver las estrellas…Esa es una de las cosas que más me gustan, junto con las rosas rojas. Y ahora sé que podría ser completamente feliz si pudiera compartirlas con ella…


Cuando se marchó con Ginny para encontrar a Harry, Ron y Hermione, tuve un mal presentimiento. Y, poco después, el Profeta informó de aquella explosión en los suburbios de Little Hangleton…apenas me paré a pensar qué hacía cuando cogí mi capa y me desaparecí sin decir nada.

No imagino muy bien cómo logré seguirle el rastro. Recuerdo que tuve la ayuda del gato de Hermione, Crookshanks, que siguió la pista para mí a través de las ruinas y los cadáveres. Un anciano muggle me dijo que había visto cómo un hombre viejo y siniestro perseguía a dos chicos, que uno de ellos (que llevaba gafas) le había plantado cara y, después de arrojarse rayos de luz, todo saltó por los aires. Su testimonio no difería demasiado de la versión del Profeta…pero si que resultaba intrigante el énfasis que ponía en dejar claro que habían salido de la ruina de un viejo orfanato, cerrado tiempo atrás.

No encontré nada en su interior, pero sí muchos restos de duelos mágicos…o algo igualmente destructivo: el tiempo jamás habría podido provocar aquellos estragos.

Tampoco logré averiguar quién era el "otro chico": no era pelirrojo, por lo que no podía ser Ron, y estoy seguro de que tampoco era Draco, pues Harry le habría matado si el primero no estuviera presente entre ambos. Así había ocurrido, al menos, cuando poco después de aquello, Ron regresó más tarde que Harry y Hermione, trayendo consigo la más indeseable de las compañías…

Ninguno de ellos dio detalles sobre lo que habían estado haciendo en aquel lugar; e incluso se negaron a colaborar cuándo nos vimos obligados a insistir en cuánto la gravedad del mal que atenazaba al chico Weasley y a Hermione se agravó.


Jamás se me borrará de mis pesadillas la angustia de sus caras mientras lidiaban con las enfermedades que aparentemente habían desarrollado. Me estremezco al pensar qué les habría ocurrido si Lupin, Kingsley y McGonagall no hubieran estado allí para alejar las tinieblas que parecían tratar de despojar a la chica de su mente, dejándola como una muñeca de cera, o lo que fuera que atenazaba las vías respiratorias de Ron, impidiendo que tomara aliento alguno…Y, aún así, no fue más terrible que la noticia del secuestro de Ginny…y de la chica que amaba.

Soy consciente de que perdí el control aquella noche; no puedo reprocharle a Harry el puñetazo. Discutir con él en la vieja cocina del nuevo hogar, al que nos habíamos visto obligados a huir, la Madriguera, fue bastante instructivo. Leyendo entre líneas, diría que tenía el corazón dividido: deseaba terminar con el Señor Tenebroso, pero sobre todo poner a salvo a la gente que quería. Me dijo que cuidara de Hermione y de los Weasley…

Nunca supe, y sigo sin saber, juzgar adecuadamente a las personas: no sabría decir quién tiene buenas intenciones y quién no, quién puede hacerme daño o no, quién necesita ayuda o no, quién es fuerte y quién no…pero, juraría que la mirada que tenía cuando pronunció el nombre de su amiga delataba algo más, aunque no sabría decir el qué: no sé si se trataba un rencor, una lástima, un cariño particular…o cualquier otra emoción que no se delataba en su voz neutra.

Y no quise ceder: quería ir con él y matar con mi propia varita a los verdugos de mis padres, que habían escapado después de dejar a mis compañeros sin hogar; quería ir con él y rescatar a la dueña de mis pensamientos…

Y eso fue lo que hice.


Me voy a dormir, la oscuridad me despoja de mi conciencia para arrojarla a las oscuras mareas del sueño…y ella está allí, esperándome en el jardín que siempre deseé tener, bajo la luz plateada del orbe nocturno que se refleja fantásticamente sobre su blusa blanca y su falda a juego; y una sonrisa distinta, acorde con sus ojos soñadores, aunque podría jurar que ahora están risueños por motivos distintos…Me cuesta centrarme en las pocas palabras que dice, pues el sonido de su voz es como un embrujo que alivia todo dolor, malestar o necesidad, excepto la de recoger las más hermosas flores de mi vergel para ofrendárselas a aquella diosa capaz de ensombrecerlas y privarlas de su belleza, o devolverles la gloria con sólo tomarlas entre sus manos y sonreír ante su perfume, apenas comparable al que ella desprende.
La claridad de la mañana me arranca de mi fantasía y dos lágrimas se deslizan por mis mejillas cuándo mis ojos descubren los oscuros celajes que cubren el cielo tras los cristales de las ventanas…y me doy cuenta de que jamás ocurrirá alo similar.

Buscarla es mi deseo; hablarle, mi urgencia…besarla, mi curación.

Pero aún recuerdo la cara que puso cuándo Ginny le comentó que me gustaba…y no estoy seguro de que quiera verme. Si aún mantiene contacto con los demás, tampoco creo que ellos se alegren de verme de vuelta; ni de que, después de tanto tiempo, encuentre ahora el valor de regresar a…No: definitivamente, no saldría bien.

Hay demasiadas cosas que no sé: me he perdido demasiados capítulos de la historia como para arreglar de un plumazo todo lo que va mal en mi vida…


¿Qué es lo que estoy haciendo con ella? Con mi existencia, quiero decir…Siempre quise ser botánico, pues siempre me encantaron las plantas; y, más todavía, desde que descubrí lo bien que se me daba. Pero mi abuela dijo que eso no daba dinero, que para vivir de ello era necesario dedicarse a la investigación…y no me consideraba capaz; pero yo sí lo hacía. Aún así, necesitaba cambiar muchas cosas de mí y a mi alrededor, y sólo se me ocurrió una forma de hacerlo: huir a acabar mis estudios lejos del lugar que siempre llamé hogar…

Así, después de la destrucción de El-que-no-debe-ser-nombrado, me fui a Escocia…no a Irlanda. No entré en el instituto de herbología del prestigioso Tiberius Libagne, tal y como yo soñaba desde mi tierna infancia, sino en la Academia de Sanadores. Realmente no puedo quejarme: aunque no disfruto particularmente con esta profesión y, de hecho, no la ejerzo dado que nadie en su sano juicio contrataría jamás a un Medimago tan deplorable como yo, me sentí aliviado de poder pasar cinco años de paz y tranquilidad en los que sólo tenía que ver a mi familia los fines de semana…no eché de menos nada de lo que dejaba atrás, excepto tal vez alguna de mis compañías habituales; no obstante, no me resultó excesivamente difícil acostumbrarme a mi nueva independencia, ni a la nueva soledad; después de todo, no era tan distinta de la que acababa de huir…


Terminé con más éxito del que yo mismo esperaba, aunque no con el suficiente, los cursos de curación y comencé a buscar trabajo aunque, obviamente, no lo encontré; de modo que me vi obligado a regresar a casa y permitir que mi abuela, una vez más, continuara decidiendo mis actividades como siempre le había gustado hacer. Y no me quejé: nunca lo hago; no importa lo incómodo que esté, o lo mal que me sienta: siempre trago con lo que la vida me arroja, dado que no localizo la fuerza que necesito para tomar las riendas de mi destino…es una carencia grave, en verdad; pero lo único que puede librarme de este mal…no está a mi alcance.

Nunca me he sentido peor: no he logrado dedicar mi vida a lo único que realmente me gustaba, no he encontrado un amor sincero y duradero, ni siquiera una simple amistad con tales características y, además, no veo cómo podrían cambiar las cosas a estas alturas. Que mis abuelos hayan fallecido ya no hace que sienta más libre: ocupar el antiguo puesto del padre de Ron, recientemente jubilado, apenas me da para sobrevivir y mi día a día es tan insoportablemente monótono, que parece estar dispuesto de tal manera, con el único objetivo de matar mi pensamiento…

La ansiedad que me provoca la soledad y la aversión que obtengo de mi profesión es cada vez mayor, y no creo que tarde demasiado en alcanzar niveles patológicos. Es como si me hubieran condenado a Azkaban: todo el día escudriñando un mundo frío y gris a través de unos ojos que cada día ven peor, sintiendo un horrible vacío dentro de mi…y perdiendo las pocas ganas de vivir junto con cada disgusto que el futuro me sigue deparando.


Es una noche preciosa. Las luces de la ciudad muggle han dejado de brillar por motivos que desconozco; las estrellas titilan sobre el terciopelo azur que se extiende sobre mi cabeza, lejos, fuera de mi alcance, en los lugares inexplorados en los que Luna Lovegood siempre residirá en mis ilusiones…sé que soy completamente idiota y, de hecho, estoy seguro de que el mundo estará mejor sin mí.

El texto que ahora redacto no es más que una crónica del insufrible tormento que muchas personas, estoy seguro, soportan por doquier: un sortilegio indefinible que nos hace sentir vacíos y solos…que nos priva de excelentes oportunidades, que nos despoja del valor y las ganas de continuar con la lucha perdida de antemano en la que estamos sumergidos desde el momento en que nacemos. Un sortilegio al que estamos sometidos quienes no fuimos bendecidos con talentos sobresalientes, ni habilidades sobrenaturales, ni ingenio, ni intelecto: a los que no somos sino huecas cáscaras cuyo único propósito semeja adornar este jardín de los horrores que parece ser el mundo, como esas feas estatuillas que los muggles colocan en sus patios…

Pero yo me niego a seguir siendo una atracción de feria; me niego a continuar siendo un fracasado sin esperanza ni arreglo, un inútil lastre para los más ignorados capítulos de la fábula: esta noche, el fuego será mi libertador.

Guardaré esta carta de despedida…bueno, junto a lo que serán mis cenizas. Un pequeño hechizo salvaguardará al pergamino de ser devorado por las llamas.


Suspiro, mirando a mi alrededor. Y es que nunca me había fijado en lo bellos que han crecido mis vegetales…aunque quizá otros no pudieran ver lo que yo veo en el rocío que acaricia mis rosales, en la brisa que mece mis sauces, en las flores que se abren para saludar a la cercana nocturnidad. Quizá otras personas no pudieran estremecerse de la misma manera, con igual regocijo y tristeza, al descubrir una maravilla condenada a ser reducida a polvo por el inclemente paso de los años, privada de toda el esplendor que podría llegar a tener…como me ha ocurrido a mi: seguro que las cosas hubiesen sido distintas si hubiera nacido en otras circunstancias, con un hado más compasivo.

--Incendio--

Una llama escarlata comienza a lamer el pequeño montón de inciensos y especias que he dispuesto en el centro de mi jardín. Poco a poco, mientras el somnífero que he ingerido seda mis sentidos y me hace difícil sostener la pluma, las chispas prenden las demás pilas, más pequeñas.

La noche se transforma en día cuándo el resplandor se adueña del que fue mi hogar; y deseo llorar, pero la oscuridad reclama mi sentido…y no puedo negárselo.

Neville Longbottom

D.E.P