HOMBRE DE AULLIDO MALDITO

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LA LLAVE DE SU CORAZÓN: MUDAS ALMAS

Las ondas que se abrieron sobre las negras aguas desdibujaron sus facciones apenadas y cubrieron de marchitas fronteras las saladas cuencas de sus mejillas. Se secó los ojos con las mangas cuando unos chicos de quinto curso se aproximaron a la orilla del lago para bañarse; no quería que lo viesen llorar. Estaban acostumbrado a verlo solo, meditabundo, pero nunca en tal estado de excitación; sólo dejaba que aquellas corrientes amargas se precipitaran desde sus ígneos ojos cuando, caída la noche, aplastaba su rostro contra la almohada y ahogaba sus estertores, sus tristísimos gemidos, con la suave tela cubierta de lágrimas; estertores que el inocente de James, el último en dormirse, confundía con los suaves y apacibles ronquidos de Colagusano. Aquel rostro se desahogaba ahora sin muro de contención, sin suaves diques de lino y almohadas que morder con rabia, mientras se contemplaba, entre tanto, en el mecido reflejo de las aguas del lago. Aquellos ojos suyos, estrellas solitarias de un universo frío y oscuro, le transmitían la imagen de una realidad, de una realidad física: un aspecto alicaído y una expresión patética, que él ya conocía sobradamente; pues, cuando los cerraba, más mordaz era cuánto veía y sentía: negros prados, yermas campiñas, arrasados montes.

Una última lágrima convirtió en aureolas esféricas el rostro del muchacho, un rostro contorsionado por sus demonios internos.

El tiempo era agradable e invitaba, como hizo, a desprenderse de la ropa y zambullirse entre las negras aguas del lago. Al descubierto dejó un cuerpo atlético y atractivo, viril, extrañamente viril, con el que las chicas soñaban en sus confesiones nocturnas de sábanas mojadas. ¡Pena y paradoja infernal que ninguna fuera a haber en él parte! Se introdujo entre la líquida negrura, sorteando los guijarros, y hundió la cabeza en las entrañas del lago. Muchas noches, antes de que el sueño lo venciera, había pensado en abandonar la fría cama, recorrer el gélido castillo y desembocar en el lago, sobre el cual conduciría sus pasos hasta hundirlos en sus profundidades, muerte más romántica que se le había ocurrido; se convertiría, no sin llanto y desesperación, en una nueva Dama del Lago, una que, cuando un caballero andante solicitara sus servicios, le entregaría su espada mermada. Era en aquellas noches, cubierto de aciagas lágrimas, al dejarse al fin vencer por el sueño, cuando soñaba que sorteaba los riscos nevados y ascendía hasta la lechucería, desde la que se arrojaba, y su cuerpo desnudo e inmaculado caía sobre la blanca nieve; pero, instantes antes del mortal encuentro, brotaban de su espalda angelicales alas y volaba al fin, volaba libre, volaba lejos. Aquellos sueños, aquellos regalos divinos, dejaban en él una inefable sensación de felicidad, una paz en su alma que se desvanecía tan pronto como el sol lo despertaba y la cruda realidad se materializaba en un nuevo día.

Rompió su rostro la calma y dorada por el sol cara del lago. Su cabello corto se le pegó a las sienes y las últimas gotas rezagadas resbalaron por su rostro imberbe, mientras que, con boca entreabierta, apresaba unas últimas bocanadas de la cálida brisa que le erizaba la nuca. Tenía cerrados los ojos. Y detrás de ellos no había nada: sepulcral silencio. Negrura... Demencial vacío... ¡Pausado latido de muerte!, como voces que cesaran sus gritos tras escándalos ininterrumpidos para recuperar aliento y remeter con más dureza. Aquellos instantes de abstracción, de paz hueca, latían en sus sienes como escapadas de su atormentado espíritu, como adelantos anhelados de una muerte prematura y vital. Pero, en volviendo el espíritu, en volviendo a descubrir la mente en su contrario atributos tan erróneamente entregados, regresaba también el feroz latido que devoraba sus inocentes pensamientos. Mascullaba entonces maldiciones sin freno que un nudo en la garganta detenía imprevistamente. En aquella ocasión, como en tantas otras, apoyó el suave mentón sobre su blanco pecho y dejó que aquel fuego lo consumiera desde dentro. Contuvo como pudo las lágrimas que volvían a florecer desde su marchita caverna.

Retozantes, pasaron a su lado cuatro jovenzuelos que, haciendo honor a su entusiasmo y a la algarabía propia de la edad, se salpicaban entre sí y retozaban hundiéndose y alzándose cuales tritones con cuerpos de sirenas; y él, con ánimo ya completamente naufragado, apartó la cansada vista de sus cuerpos lozanos, en los que en otro tiempo tanto se hubiera deleitado, y se marchó apesadumbradamente, camino de la orilla. ¿Qué amor era aquél que sólo se regocija en la vista¿Qué alma era aquélla que permitía a ésta posarse sin disimulo sobre la materia de almas que nunca habían de corresponderle¿Qué Demiurgo, qué sabia Madre Naturaleza lo condenaba a desviarse por senderos tan contra natura? Al alcanzar la orilla, muchas eran las parejas que demostraban su amor con pícaros besos bajo la cortante luz diurna; y él, nuevamente, apartó la vista de ellas, pues no era cáliz que había de beber. Desobedientes, de sus mandatos se apartaban sus ojos y anhelaba con ellos aquella naturalidad tan para él desconocida; deseaba para sí aquellos besos que no se hurtaban de sueños ni de ilusiones dementes sino que provenían de un amor puro, sincero y natural; aquellas manos que se buscaban en el silencio de miradas cómplices y susurros alambicados. Deseaba, en definitiva, cuanto no tenía, y despreciaba, en conclusión, cuanto le había sido dado, ignorando el porqué de atribución tan caprichosa.

Vagó por los lúgubres y en penumbras corredores del castillo y recorrió algún que otro pasadizo secreto, más con ánimo de esconderse que de alcanzar pronto su destino. Lo complacían aquellos instantes a oscuras, en que todo era silencio y ceguera, y soledad absoluta, y su mente, como respetando aquella voluntad suya, callaba también. Toda su vida, ahora que pensaba en ello, había sido un triste pasadizo secreto. Sólo su mente conocía los abismales secretos que lo avergonzaban, y no era tácita en proclamarlos dentro de sus fronteras para conmiseración suya. Aunque sus amigos no lo supiesen, el sobrenombre de Lunático lo calificaba mejor de lo que ellos imaginaban; a menos de que aquellas voces cesasen, cesasen para siempre, una noche de luna llena, cualquiera de ellas, desaparecería: un rasguño daría lugar a otro y un zarpazo a un mordisco, y el cuerpo que encerraba tan mortales pensamientos, pensamientos que pugnaban por salir en aquellas noches de furia sin freno, sucumbiría bajo la enajenación de una paulatina transformación sempiterna. Pero, para evitarlo, sabía bien qué había de hacer. Pero ¿cómo poder?... ¿Cómo desearlo?... Temía el rechazo. No era agradable su existencia, pero infernal sería complicarla innecesariamente.

El sol lo golpeó contundentemente cuando abandonó el pasadizo. «Sólo quería ser feliz. Ser feliz», se dijo para sí.

Apenas parecía él el que se aproximaba al retrato de la Señora Gorda y con dificultad pudo reconocer como suya la acongojada voz que transmitió la contraseña. Transpiraba abundantemente. Allí estaban, era el momento; el momento con el que tanto había fantaseado, en sueños y pesadillas, de la fatídica revelación. Su cuerpo y su mente, tan enfrentados siempre, luchaban por escindirse definitivamente; caminaba pausadamente mientras sus pensamientos habían quedado rezagados más allá del lienzo de entrada a la sala común de Gryffindor. No sentía nada. Las voces habían cesado, sí, aunque dejando tras de sí un mortífero aliento gélido. Aquello iba a ser peor que callar, que callar toda la vida, decía durante una fracción de segundo; y en la otra, ánimo, ánimo le gritaba y lo lanzaba contra aquellos sus enemigos de la estabilidad duradera. Con ojos bien distintos habría de mirarlos cuando lo observaran a él de mal grado. Sirius se giró hacia él y lo descubrió en suspenso, el corazón le dio un vuelco, el animago se acercó y las palabras del licántropo se congelaron en su boca.

¡Era el momento!, se zahirió. ¡Vamos!

–¿Dónde has estado, Lunático? –le inquirió el otro con cierto tono de preocupación.

Balbuceó aquél tristemente. Después fue un tropel de lágrimas lo más que salió del cuerpo del chico. Había llegado la fatídica hora en que los astros todos del cielos, las aves todas del azul firmamento, los peces todos del lago, parecían suspendidos por escucharlo hablar; había llegado la fatídica hora en que todo cambiara drásticamente, en que el verdadero Remus diera la cara, abandonara las tinieblas de la noche estrellada y descubriese su condición. Pero lágrimas, sólo lágrimas, fueron sus primeras palabras.

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¡Ea!, he aquí el final de este primer y muy breve avance. Sí, una pequeña historia psicológica con la que, en cierta manera, pretendo hacer ver a todos los que la leen que los "slash" que por aquí se publican, aunque divertidos y muy apasionados, están todos ellos faltos de cordura y sentido común; que no hay en ellos ni pizca de credibilidad ni de verosimilitud; que nunca nadie puede sentirse identificado con uno de ellos, al menos una persona normal. Y, aunque no sea yo de los que opinen que Remus es homosexual (que me parece muy bien asociado con Tonks), pongo aquí mi grano de arena para contribuir a lavar la imagen de esos "slash" contaminantes y maldecidores. Ahora está en vuestras manos, caros lectores, el determinar cómo sigue esta historia, cómo modifican los acontecimientos el destino de Remus; pues su historia es la mía y quisiera saberlo (¿qué pasará después de nuestra revelación¿de la suya y la mía?). Yo también quisiera saberlo y que las lágrimas dejasen hablar a un corazón marchito.

Muchas gracias.