SALMO DEL ÁNGEL CAUTIVO

¿De qué me sirve que hayas creado hermoso el mundo?

¿De qué me sirve que semejante a la miel tu luz se filtre por los espesos pinares?

¿De qué me sirve que los ríos me inviten a la delicia solitaria del baño

y que todas las cosas, en radiante oleada de hermosura, me circunden?

¿De qué me sirve todos, si estás callado, si vuelves el rostro de mí, si no me oyes, si me apagan tu voz, si a mi alma te nublan?

¿De qué me sirven todas las cosas,

si has puesto cautivo, Dios mío, un ángel ciego en mi alma

y van cantando mis labios (sus ojos llorosos, sus tristes pupilas en sombra) un mundo imposible

y mis ojos (sus manos celestes) van acariciando, besando las cosas,

como pétalos de viento suave?

(Ricardo Molina, A orillas del tiempo)

CAPÍTULO III

Allí estaba, como habituaba. Su reflejo lo miraba con ojos distraídos, fijando sin intensidad su hermosa mirada sobre aquellos ojos dorados acuosos, no se sabe si por las lágrimas derramadas o por la lámina de plata sobre la que se estampaba. Lentamente caía el día, como lentamente caía su ánimo, y el áureo crepúsculo iba levantando notas de ternura en el paisaje que se abría tras su reflejo. Eran dos, dos los que se miraban, cada uno a un lado del lago, dentro uno fuera otro, pero como uno sentían. Introdujo la mano en el agua y sintió como la otra los dedos le entrelazaba... A pesar de todo, había abandonado la diferencia. Ahora sus amigos sabían la verdad. Miró por encima del hombro, no había nadie. Había esperado que fueran a buscarlo, que no hubiesen esperado un segundo en ir tras él, a consolarlo, pero allí no había nadie, ni un alma. Sólo una, rota, destrozada, inundada en negras lágrimas. Negras como negra era el agua.

Había sido un tonto esperando que fuesen a buscarlo. Seguirían en la Casa de los Gritos tratando de asimilar lo que les había revelado. Él habría hecho otro tanto, no podía echarles nada en cara. Debió habérselo dicho desde un principio, cuando tuviera oportunidad, cuando los conoció. Cuando comenzó a sentir aquel fuego en su pecho, sí, aquel maldito aullido. Al volver los dorados ojos a la superficie del lago, por un momento le pareció que su reflejo había desaparecido. Pero no, allí seguía, clavando sobre él su intensa mirada. Se sentía incómodo aunque fuese aquél, mismamente aquél, quien clavara sus ojos fijamente sobre los suyos. Sentía los suyos vacilar, llenarse de pequeñas lagrimillas que no vaciaba y, finalmente, se veía obligado a apartar el rostro. No le gustaba que lo miraran, sentirse observado; creía que el resto de la gente lo analizaba en silencio. Por un momento recordó, instantes atrás, cuando Sirius y James lo habían observado mientras hablaba, lo habían observado sin decir nada, con aquellos ojos incrédulos, y su estómago en aquel momento se sintió caer por un pozo sin fondo.

Él lo había taladrado con su preciosa mirada negra, había visto en ella la sorpresa y la duda. Incluso había visto el desprecio antes de desaparecerse. Un desprecio hondo y amargo que se le había quedado pegado al cuerpo como miles de dagas sangrantes. No quería llorar por él, no quería, pero sentía que ya nada importaba, que ya nada le importaba lo que pasara, y se levantó sobre la parte más honda del lago, viendo su decidido reflejo sobre su superficie.

–Sirius...

–Dime, Remus.

El licántropo se volvió contundentemente. Su amigo estaba justamente detrás de él, no lo había visto llegar. Los dorados ojos se le abrieron como platos. ¡Sirius!... A punto estuvo de caer cuando dio un paso en falso hacia atrás, pero el animago lo agarró a tiempo de que se precipitara sobre las negras aguas.

–Has venido...

–¿Qué esperabas que hiciera? ¡Después del modo en que te has ido!... Nos has dejado a Cornamenta y a mí muy, pero que muy preocupados. Ésas no son maneras, Lunático. Te estábamos escuchando.

–Pero...

–Pero ¿qué?

–Yo... Lo que os he dicho...

Sirius aspiró aire fuertemente.

–¿Eres mi amigo, no?... ¿Eres nuestro amigo, verdad? Entonces... ¡Entonces no pasa nada, Lunático! Debiste haber confiado antes en nosotros, sabes. No te voy a mentir que me ha chocado una cosa mala, pero... ¡sigues siendo el mismo de siempre, viejo lobo! Y jamás me arriesgaría a perder un amigo como tú por una tontería como ésa.

–No es una tontería, Sirius, no puedo vivir más soportando esa carga. Me asfixia.

–Lo entiendo –respondió el animago después de un dilatado instante de incertidumbre, como si no lo comprendiera realmente pero hiciese esfuerzos inimaginables por comprenderlo–. Pero ¡no lo entiendo! No entiendo que no nos lo hayas dicho hasta ahora, que lo hayas podido ocultar todo este tiempo. Porque ¿desde cuándo...? ¿Desde cuándo...?

–Desde toda la vida –respondió Remus–. Bueno –rectificó, chasqueando la lengua–, desde que se saben esas cosas. No sé. No es algo que no sepas un día y descubras al siguiente; es algo de lo que te vas dando cuenta. Es extraño, la verdad. No lo sé. Supongo que al mismo tiempo que tú te darías cuenta de que te atraían las chicas –sin atreverse a mirarlo–. ¿Sabes? Una vez a mí también me gustó una chica –riendo–. Parece que haya pasado desde eso una eternidad. Y estaba súper pillado, no te puedes hacer ni una idea. Pero, después, ¡paf!, se esfumó como la nada, la chica y lo que sentía por ella, me refiero, y poco a poco lo otro. –Rio violentado–: Se me hace rarísimo estárselo diciendo, comentándoselo a alguien. No sé, hasta ahora sólo había podido hablarlo conmigo, para mis adentros, y ahora me cuesta hablar con esta... sinceridad. Me cuesta mirarte a los ojos y decírtelo. Es como si me hubiera quedado desnudo.

–Francamente, Remus –comentó Sirius divertido–, ¡a mí también se me hace rarísimo! –Soltó una carcajada–. No te ofendas, pero ¡eres la última persona de la que me lo habría esperado! A ver, es que no se te nota nada de nada. Pero ¡qué actorazo eres, capullo! Es que estoy recordando ahora todas las veces que nos has dicho que te gustaba tal o cual chica. ¡Serás capullo!... ¿Era mentira, no?

Remus asintió avergonzado.

–Lo siento –terminó diciendo–. Sé que... bueno, que no me he portado bien. Nada bien. –Sirius comenzó a cabecear dando a entender su oposición con lo que Remus estaba diciendo, pero éste no le dejó apuntar nada hasta que hubo terminado–. Ya sé que es como si os hubiera vendido una película, pero es que la gracia, lo gracioso es que es como si yo me hubiera vendido a mí mismo, en primera persona, esa película. No sé, raro. Como si me negase a mí mismo lo que soy y me hubiera obligado a creer que soy algo que no soy. Es... complicado de explicar. Sí, un actorazo, porque había fingido ser heterosexual hasta tal punto que yo mismo me lo había llegado a creer. Pero nada era verdad. Era ¡una paranoia! –moviendo la cabeza rápidamente de un lado a otro como si tratase de que aquellos últimos pensamientos que todavía quedaban en su cabeza saliesen volando como una estampida de pájaros aterrada ante el estruendo del disparo del cazador–. La verdad, siento vértigo.

–¿Vértigo por qué? –le inquirió rápidamente.

–Pues no lo sé por qué –volviendo a evitar su mirada, que en sus ojos negros existía un brillo, una vida, que la dorada mirada del licántropo no conseguía atisbar sin abrasarse–. Quizá porque ya nada vuelva a ser como antes; porque me miréis de otra manera; porque sea distinto para vosotros, no sé.

–Eso no va a pasar nunca, y lo sabes –afirmó convencido Sirius.

–Sirius –volvió a devolverle la mirada intensamente–, ¡estoy acojonado! –Riendo ahora–: Es que no me lo puedo creer todavía, que haya salido del armario y que todavía tenga el valor suficiente como para reírme o para... yo qué sé, poder mirarte. Por cierto, odio esa expresión.

–¿Poder mirarme?

–No, salir del armario.

–No, no. Me refería a por qué no ibas a poder mirarme.

–Pues... no sé. Sirius, esto es difícil. Y normalmente te piensas que todo el mundo está en tu contra porque, al menos durante un tiempo, hasta que maduras, tú también has estado en tu contra. No sé si alegrarme por haber sido valiente hoy o sentir miedo por lo que pueda pasar mañana.

Los dos chicos se quedaron callados. Sus miradas se desplazaron hacia el horizonte, hacia el lago inconmensurable que los abrazaba con su parda negrura. Detrás de ellos el castillo se levantaba como un fantasma terrible, con miles de brazos alzados, algunos ojos de luces temblorosas, como si, agazapado, estuviera aguardando por su presa. El animago recogió del suelo un guijarro plano y, doblándose sobre sí mismo, lo arrojó sobre la superficie del lago, en la que rebotó hasta perderse en el infinito. Tras su paso abandonó una sucesión de ondas que crecían, como engullendo el entorno, multiplicándose, creciendo. Sin despegar la vista de la piedra, que parecía que hubiera alzado el vuelo hacia el cielo, Sirius le preguntó:

–¿Y has estado alguna vez con algún chico?

Remus no respondió inmediatamente.

–No... –Más resuelto–: No, no he estado nunca con ninguno. Y me da un poco de miedo –riendo–. Miedo... Bueno, no sé, que no sé si estoy preparado para embarcarme en algo así. –Reía, pero su sonrisa delataba el nerviosismo que, cada vez más, iba apoderándose de su cuerpo–. Una relación y eso. Da un poco de miedo, ¿no? Quiero decir, ¿cómo le dices a un chico que te gusta cuando la inmensa mayoría no suele sentir lo mismo que tú?

–Pues muy fácil, se lo dices, y punto, sin más –concluyó sencillamente Sirius.

El licántropo se lo quedó observando con fijeza. A él le había pasado desapercibido que lo más fácil podía resultar lo más cómodo. Y en sus ojos volvió a nacer el aliento de la valentía, del coraje, y el cobarde lobo, la sombra cuya voz lo había martilleado hasta aquel día, se replegó en sus entrañas.

–Sin más... Sirius, me gustas. –Y el silencio, la imbecilidad que aquella confesión provocó en el animago fue aprovechada por nuestro protagonista para, entornando los párpados cargados de esperanza y de imágenes que la fantasía había forjado en los sueños de tiempos mejores, adelantar su rostro y chocar sus labios contra los de Sirius, quien respondió al beso al principio mecánicamente, pero que enseguida se apartó espantado–. ¡Oh, lo siento! Lo siento mucho –se apresuró a justificarse el licántropo, en cuyas mejillas afloraron rápidamente las amapolas de la vergüenza. Sirius lo tomó de la mano y, aunque pareció forzado en un principio, le sonrió–. ¿Y esto?

–Esto es para que no te largues como antes. No, Remus, yo soy el que lo siento. Yo no... Yo no puedo sentir lo mismo que tú. ¡No puedo!

–Lo sé, no te preocupes, no es culpa tuya –le replicó tranquilamente–. Ni mía tampoco. Espero que no me veas ahora con otros ojos por esto. –Le soltó la mano en ese preciso instante–. Prefiero veinte veces tenerte como amigo que amarte como novio. –Sonrió–: Aparte, estamos acostumbrados a esto, a enamorarnos de tíos desconsiderados que babean detrás de las chicas. Eso hace que la vida sea más interesante.

–Remus –echándole el brazo por encima del cuello–, nada del mundo pondría en riesgo la amistad que siento por ti. Y, aunque te cueste creerlo, tío, me jode no poder corresponder a lo que sientes, porque me jode tela estar fastidiando a alguien que quiero como a un hermano. A alguien que sólo, y nada menos, puedo querer como a un hermano. ¡Ven aquí, viejo lobo! –Se dieron un abrazo.

–Gracias, Sirius.

–¿Gracias por qué?

–Por comprenderme. Por... respetarme y aceptarme.

–¿Qué se suponía que tendría que haber hecho, Remus? Nada en el mundo, ¡nada!, cambiará la impresión que tengo de ti. Gracias a ti por quererme del modo en que lo haces. Aunque yo no pueda sentir lo mismo, me siento halagado. Y a mi manera también te aprecio un huevo. ¡Un huevo y parte del otro! –Rieron–. Y gracias por haber confiado en nosotros y contárnoslo. Te sentirás mejor a partir de ahora, ya lo verás.

–Gracias, Sirius...

–¡Que no hay de qué, leches! –riendo.

–Vayámonos, es tarde.

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Parece imposible que haya vuelto. ¿Cuándo fue la última vez que escribí "Hombre de aullido maldito..."? Parece que hiciera un siglo. ¡Cuántas cosas han pasado desde entonces! De sólo intuirlas en el horizonte, como a Remus hace un instante, también a mí me da un poco de vértigo. Sabéis de sobra que en éste, en Remus, he vertido muchos aspectos autobiográficos que hacen de él un personaje especial por varios motivos: a) especial para mí porque es mi álter ego; b) especial, como decía en a), porque, gracias a ello, sus vicisitudes cambian conforme yo cambio, y ya no estoy tan seguro de querer darle el final que tenía previsto para este "fic"; c) especial porque sigue siendo de los pocos "slash" que se encuentran por los lugares que frecuentamos en que reconozco sentimientos, una relación, etc., que de verdad tiene algo que ver con lo que un homosexual siente en verdad; y no voy a hacer una relación –por más detalles extensa– de pésimos "fanfics" en que el "slash" es la categoría atractiva que sirve de anzuelo para despistados lectores que terminan leyendo, por ejemplo, que Remus es un andrógino anoréxico cuya máxima en la vida es satisfacer los autoritarios deseos sexuales de Sirius y que termina embarazo (?) de éste, simplemente porque no deseo concederles más publicidad de las que sus escabrosos y morbosos argumentos ya les proporcionan. Como he dicho en b), muchas cosas han pasado en mi vida que me han hecho madurar y reflexionar (hablo, claro está, limitándome al aspecto de mi identidad sexual, hasta la fecha bastante vejada por mi parte). Tanto así que, con anterioridad a esto, me negaba a suministraros el verdadero nombre que se escondía tras este pseudónimo a pesar de que alguno me lo había preguntado, deseoso –aducía– de leer los "fanfics" que vierto en una cuenta distinta de ésta (ésta sólo es una hermosa tapadera para desahogarme de cuando en cuando). Pues bien, hoy ya estoy pasado de rosca y esas cosas me traen sin importancia, he madurado lo suficiente para aceptarme, y, en consecuencia, no me cuesta nada, o mucho siquiera, confesaros que LingerLupin en realidad es KaicuDumb, el autor de MDUL (Memorias de un licántropo), Adiós y otras historias menores. LingerLupin o KaicuDumb, como diría Valerie (de V de Vendetta), «yo soy yo». ¡Ah!, y desearía agradecer a Helen Nicked Lupin el que haya leído esta historia ya, como me consta ya que la ha leído. Después de esas cuantas cosas que hemos vivido juntos, me siento un poco más valiente y un poco menos gilipollas.

PACEHALLIWELL. Bueno, antes que nada, gracias por haberte tomado la molestia de leerte también el segundo capítulo. Y, en verdad, sólo puedo decirte que me parecen completamente exagerados todas tus opiniones sobre mi forma de escribir o la historia. ¡Si supieras que la escribo de pasada, con un par de neuronas, todas las que le puedo dedicar!..., le restarías buena parte de la importancia. No obstante, agradezco tu interés y tus palabras.

OCEAN LADY. Muchas gracias por regresar a por el segundo capítulo. Y gracias también por expresar que la historia prometa, aunque prometa lentamente, que la escribo de cuando en cuando y parece que me olvidara de ella. Así que quedas completamente disculpada por tu tardanza con el "review": yo la he superado con creces. Tu "review", por cierto, ha resultado muy instructivo. Se advierte que eres inteligente, razonas y realmente te gustan las historias con un entramado psicológico como telón de fondo. Me alegro. Aunque me temo que este capítulo ha resultado un poco menos psicológico que el resto, aspecto que tendré que retomar en los próximos. Un saludo y gracias nuevamente.

MERY CHAN. Mi actitud no tiene disculpa. Debería haberte dicho antes quién era, pero era tan cobarde, y tan miedoso, que temía que pudieras decirle algo a Elena. ¡Absurdo! Pero el tiempo pone todas las cosas en su sitio y te da la importancia real de la realidad, de la verdad. Ciertamente lo siento.

DARKLADY. Muchas gracias por haberte tomado la molestia de leer la historia y de dejar un "review". Supongo que te pasarías por la info de mi perfil y descubrirías sólo esta historia. Bueno, bien, si buscas a KaicuDumb encontrarás unas cuantas más. Me alegro de que existan, como tú, personas que realmente valoren lo pernicioso que puede ser para "fanfiction" la sobreabundancia de malos escritores y de peores relatos sobre este tema u otros. Puede resultar cómodo escribir, en mi caso, algo como esto en que sólo viertes ideas que frecuentemente rondan tu cabeza y que sólo aprovechas para metaforizar sobre ellas, pero en otras muchas ocasiones me he tenido que poner en el pellejo de otros personajes y de otras circunstancias que nunca serán las mías y es sólo cuestión de dedicarle un poco de tiempo, estudiar el contexto y no escribir la primera tontería que se nos ocurra.