Ninguno de los personajes de este fanfiction es de mi propiedad: por desgracia para mí, todos pertenecen a J.K.Rowling y todas esas cosas...

Esta historia no tiene ningún origen concreto: hace mucho que no escribo nada sobre Harry Potter y, básicamente, me apetecía (además de que mi musa sólo se acuerda de mí cuándo deliro a causa de la fiebre…maldita gripe!). Aunque no tengo mucha idea de lo que saldrá (fuera de que, si sigo con ánimo de terminarlo, quedará casi una novela.xD), está basada en los oneshoots de Historias de Testigos por lo que esto no será más que una extensa síntesis o más de lo mismo...aunque diré en mi defensa que me he arrepentido de un par de cosas y tendrá sorpresas...

Así pues, se lo dedico a Marta (Amidala!), cuyos fics inspiran los míos, y a Tamara (últimamente conocida como Tam Tam), que por otros motivos también se lo merece: espero que os guste…


Capítulo 1 – Vástago de las Tinieblas


Negras nubes tormentosas se expandían por los cielos de aquella olvidada región inglesa. Una calma estremecedora, producto de la fría niebla y la absorbente oscuridad que dominaban el enclave, sumía a los habitantes cercanos en una perezosa modorra próxima al desfallecimiento. La quietud reinante, sin embargo, no se hacía extensible a la vieja fortaleza de las montañas, de dónde parecía proceder aquella opresiva atmósfera. El interior de aquella construcción, fresco y lúgubre, llevaba unos días como poseído por un clima festivo que apenas contrastaba con su aspecto y su ambiente habituales. Aquella noche, no obstante, había algo diferente en el salón principal de aquella morada, invisible para quién no supiera de su existencia…

Un alarido desgarrador atravesó el aire gélido, estremeciendo las entrañas de los mudos espectadores y lacerando los pulmones del responsable: un pálido adolescente de vidriosos ojos grises, firmemente cerrados en una mueca de agonía, y largos cabellos de color rubio platino. Tendido sobre las grandes losas de piedra de la planta, se aferraba con tenacidad el vientre mientras intentaba morderse los labios para no gritar más de lo necesario ante la tortura que estaba enfrentando justo ante los pies de un oscuro personaje que le apuntaba con una varita de madera.

-¡Te ordené que le mataras!- bramó la escalofriante voz del encapuchado desde las profundidades de su embozo- ¿Acaso no me explico con claridad cuándo hablo?- añadió en un peligroso susurro mientras levantaba el artefacto y los lamentos cesaban. Estremeciéndose incontrolablemente, el reo alzó una mirada empañada, pero no dijo nada. La ira de su verdugo pareció incrementarse, pues todos los presentes percibieron el aura de que su constitución emanaba; la reacción fue unánime: todos ellos retrocedieron un paso antes de ponerse a temblar. Solo uno permaneció impasible, tras el indiscutible líder; sólo él, de entre todos los asistentes, se atrevió a dar un paso adelante y quebrar el tenso silencio para hacer una declaración con su voz inexpresiva, suave pero firme:

-Con el debido respeto, mi señor- la luminosidad nocturna bañó su expresión hierática, sobre la lívida piel cetrina de su rostro y los oscuros irises centellearon sobre la ganchuda nariz al captar la vista del atormentado chico- Draco resultó ser un vasallo fiel o, al menos, útil: gracias a él pudieron penetrar en el castillo nuestros mortífagos…Según creo- hizo una breve pausa, temiendo secretamente que un nuevo arranque de agresividad procedente de su amo le impidiera completar la defensa. Pero, aunque las pupilas que se escondían en las tinieblas del negro manto relampaguearon con sendos destellos escarlata, y las rendijas que sustituían a la ausente nariz temblaron con un furioso resoplido, no fue atajado- las artes del viejo tuvieron algo que ver con el hecho de que no pudiese ejecutar la maldición: tengo entendido que estuvieron varios minutos a solas en lo alto de la torre, antes de que el anciano director decidiese hacer prácticas de vuelo…

Snape saboreó su pequeña broma sin alterarse lo más mínimo, con la esperanza de que bastara para aplacar la cólera de su maestro. Se produjo una pausa de deliberación en la que la tensión del entorno no cesó un ápice. La varita de ciprés descendió con cauta lentitud; su dueño, pareció relajarse. Avanzó un par de pasos en dirección al joven que había estado martirizando y se volvió hacia el único vasallo que se había atrevido a dirigirse a él:

-Si¿verdad? Me pregunto…¿qué le haría o contaría el viejo Dumbledore a nuestro pequeño adalid para que no se viera capaz de alzar su varita contra él?- con una mueca de profundo desprecio y crueldad, miró al muchacho, quién le sostuvo la mirada, desafiante, con su mente cerrada una vez alejados de su corazón el miedo, la rabia y el rencor. Tras unos instantes, supo que había pasado la prueba: Voldemort volvió su atención al antiguo profesor de Pociones- Creo que esa parte no me la habían contado… ¿ibas a callártela también, Severus? Conceder tu propia gloria a otros es tan impropio de ti…- comentó con un tono de falsa decepción.

El argénteo resplandor que se introducía subrepticiamente por las altas cristaleras de aquella sala de la fortaleza, pareció congelarle la sangre; su palidez se hizo más pronunciada, aunque nada asomó a su semblante, y menos aún a su cabeza, con toda seguridad profanada bajo aquel peligroso escrutinio. El aludido permaneció sigiloso mientras el oscuro mago decidía, tenso cada músculo de su cuerpo, y la mano firmemente plantada en torno a la empuñadura de su varita mágica, encubierta bajo los pliegues de su túnica…

-Sorprendente- murmuró el Señor Oscuro, ensimismado. Poco después, volvió al presente, dedicando a Draco su curiosidad- ¡oh…!- se lamentó, con falsedad observando al sumiso adolescente- ¿qué diría tu padre si supiera lo tonto que eres?- suspiró. Cuatro o cinco mortífagos de la fila más próxima rieron por lo bajo compartiendo la burla secreta. Chasqueó la lengua y se aproximó aún más a él, inclinándose hasta tener su rostro a la altura de sus ojos metálicos- Idiota…pero valiente…y útil, al fin y al cabo…- prosiguió con suavidad, acariciando su mejilla con dos dedos largos y finos, tan blancos como el hueso que parecía su mágico artefacto. Pero el aire paternal de su expresión y su gesto desaparecieron tan bruscamente que, durante unos cuántos segundos, el joven abandonó toda precaución, dejando su mente a la deriva, gobernada por el pánico: aquellas falanges de aspecto insano, cadavéricas, se cerraron alrededor de la base de su cuello. El tacto resultó tan glacial, que parecía estar mordiéndole la carne; y el chico trató de gritar, pero no podía siquiera inhalar la décima parte del aire que habría necesitado. Su cerebro pareció inundarse de la espesa bruma nocturna que comenzaba a arremolinarse alrededor de aquel emplazamiento y a punto estuvo de perder el conocimiento. Lo siguiente de lo que tuvo conciencia, fue de los golpes y bramidos que se produjeron ante dos destellos de luz. A través de sus ojos empañados, alcanzó a vislumbrar fugazmente el destrozo que el rayo de algún encantamiento había provocado sobre el enorme sitial de El-que-no-debe-ser-nombrado, justo antes de que los fragmentos se deshicieran en un humo oscuro y espeso, y se recompusiera por arte de magia y propia voluntad. Cayó al suelo, sin fuerzas en las extremidades, una vez que la garra que oprimía su gaznate lo hubo liberado. Mientras una nueva sombra se acercaba a él sin agacharse, escuchó un pequeño tumulto a sus espaldas; gritos y golpes silenciados con dos sencillas palabras procedentes de una siniestra voz cuya autoridad se hizo inmediata:

-¡Avada Kedavra!

La tierra se estremeció levemente con un pequeño relámpago de luz verde y, luego, todo volvió a la tranquilidad previa; pero la piel de su pescuezo continuaba ardiendo como si le hubieran puesto una carlanca al rojo vivo. Su cuerpo entero se estremecía por la enorme dificultad que hallaba en la respiración, y estaba húmedo de sudor. Para cuándo logró apoyar las manos en la fría piedra del piso e incorporarse, Voldemort ya estaba ocupando su asiento y escudriñándolo con una mueca de furia. Sus ojos, resplandecientes de destellos escarlata, se giraron en primer lugar hacia Snape:

-Para ti tengo un presente muy especial, Severus. Es una recompensa por tu…loable altruismo. Más tarde tendremos una nueva charla: por ahora, retírate- el mandato fue cortante y nadie habría sido capaz de no acatarlo; lo que fuera que acababa de suceder a sus espaldas, no había mejorado precisamente el humor del hechicero. Pero Draco, que para aquel entonces apenas era capaz de pensar con lucidez, no comprendió lo que su cerebro registraba mientras observaba a su maestro retirarse; quizá tendría que haber entendido que la decoloración de su rostro, más extrema que nunca antes en su vida, no se debía solo a las palabras que acababa de oír…

-En cuánto a ti,- el joven alzó con dificultad la cabeza- como homenaje a tu potencial, tendrás una segunda oportunidad…y espero que sepas aprovecharla, por que el Señor Tenebroso no perdona.

A pesar de lo mal que se encontraba, física y mentalmente, Draco Malfoy no pudo dejar de estremecerse ante el tono, la mirada y la crueldad de la sonrisa que el nigromante le dirigió. Las fuerzas amenazaron con fallarle de nuevo, pero la orden le llegó clara como el agua:

-Tráeme a Harry Potter.


Y la luna continuó su avance por un cielo ennegrecido, sobre aquella ruinosa morada de estancias lúgubres pero ricas, aunque mal cuidadas. Poco después de que Amycus y Alecto, los hermanos mortífagos, lo acompañaran de malos modos a su alcoba, Draco Malfoy se encogió contra la ventana cubierta de vaho, sin poder ver ni un atisbo del exterior. Aún temblaba con violencia, a causa del frío y del pánico, más que del dolor que todavía laceraba su torso, ahora desnudo a la luz nocturna para aplicarse una pomada que un solícito elfo doméstico le había traído contra los dolores de la maldición Cruciatus. No había marca visible, no había mácula alguna que delatara la tortura a la que había estado sometido y, sin embargo, la suave piel adolescente ardía como la rabia que consumía su corazón: era la segunda vez en pocos días que le hacían pasar por algo similar. Tras huir de Hogwarts, Snape lo había conducido a su casa y, fuera de sí, lo había castigado por no haber cumplido su objetivo bajo la atenta mirada de su madre, que no cesaba de repetir que había avergonzado a la familia…

Ahogó un gemido mientras extendía el ungüento sobre su hombro derecho y jadeó, cerrando sus ojos a la visión del aliento casi helado que escapaba de sus labios para empañar aún más los vidrios. La luz de las velas titilaba en las paredes y alrededor de su polvoriento lecho, tras él, en una lenta danza hipnótica que acentuaba su debilidad; no obstante, cuándo escuchó los golpes en la puerta, su espina dorsal se tensó como activada por un resorte, su mano voló deprisa hacia su varita mágica y se volvió, apuntando al umbral. Pero, allí, sólo estaba su viejo maestro de Pociones, más lívido que nunca y con aspecto plenamente demacrado y algo desorientado. Sus ojos, gélidamente oscuros y normalmente tan perspicaces, ofrecían una imagen tan penosa, que el chico sólo pudo bajar su varita y fruncir el ceño:

-Draco- graznó el hombre, acercándose un par de pasos- no hay mucho tiempo: escucha- revolvió el los bolsillos de su túnica y extrajo un maltratado libro de hechizos que le tendió con una mano macilenta y temblorosa - el Señor Tenebroso me ha confinado en la Calle de la Hilandera por un tiempo indefinido para que trate otro tipo de asuntos- por su tono, parecía obvio que no tenía ni idea qué asuntos podían ser y que tampoco le entusiasmaba descubrirlo- por eso no podré cuidar de ti…Sé que esto te afectará, pero debes saberlo por que ya nadie queda que pueda velar por ti así que debes recordar tus clases de Oclumancia o de lo contrario, morirás: tu madre ha muerto. Él la mató cuándo intentó protegerte en un generoso alarde de estupidez, hace unas horas…

Aquella información sacudió la conciencia del joven Slytherin como un latigazo: su veracidad y el tono empleado agitaron su respiración y le impulsaron a continuar la conversación a gritos, si bien su voz se había desvanecido tras una segunda inmersión de las manos de su tutor en los bolsillos de su atuendo.

-¡No seas idiota¡Ahora es cuándo debes demostrar que no eres débil!- le apremió este, con vehemencia. Mientras avanzaba un nuevo paso, sus ojos se abrieron en una magnitud alarmante- La única oportunidad que tienes de sobrevivir, es ser capaz de dominarte y jugar bien tus cartas: es ¡lo único que te salvará ahora! Usa este libro e intenta no enfadar más al Señor Oscuro- volvió bruscamente la cabeza al detectar un leve ruido al final del corredor exterior y se apresuró a terminar, alterado- yo no debería estar aquí, así que ten mucho cuidado¡cierra tu mente y buena suerte!- acto seguido, corrió hacia la puerta y se desapareció en las tinieblas.

Segundos después, un nervioso elfo doméstico atravesó la entrada con una bandeja sobre la cabeza:

-La señorita Black le envía la cena, señor- anunció, dejando la parca comida sobre la cómoda antes de hacer una reverencia y desaparecer. Con todo lo que había ocurrido, Draco apenas sí se había dado cuenta de lo hambriento que estaba y, aunque el aspecto de aquellos manjares dejaba mucho que desear, pronto decidió dar cuenta de ello antes de que alguien se percatara, pues algo le decía que cosas como aquella, en aquel lugar, eran todo un lujo.

Sin embargo, entre el pan y la manzana, halló un trozo de pergamino cuyo contenido pronto le tranquilizó, aunque no supo muy bien el motivo:

Draco,

El Señor Tenebroso te ha concedido otra oportunidad. Esta vez, yo velaré por ti y te auxiliaré en lo que pueda. Capturar a Potter será más sencillo que destruir a Dumbledore, pero aún así no debes confiarte: descansa por esta noche y prepárate para mañana.

Tía Bella.

Lo amargo de la fruta que devoraba se detuvo en su garganta hacia la mitad de la lectura del mensaje; sus ojos acerados regresaron, meditabundos, al libro de Snape que, inocente y silencioso, descansaba a sus pies junto a las ropas de su cama. Su aspecto era el de cualquier otro de los libros de texto que frecuentemente había empleado en el colegio, si bien pronto descubrió que valía su peso en oro y, en horas posteriores, fue el impulso que su rabia y su odio necesitaban para poner en marcha su venganza.