Wenas! no hay excusa para el retraso aunque ya lo había avisado...Twice Blessed ocupa todo mi tiempo de escritura...así que disfrutad de las de harry mientras sigan atrayéndome.xD


Capítulo 11 – Y llegó la noche


El viento bramaba como si se alimentara de la cólera del Señor Oscuro, que hervía bajo su rejuvenecida piel mientras fulminaba a sus mortífagos con la vista desdeñosa desde su oscuro sitial. Nagini siseaba, serpenteando a sus pies; Draco Malfoy mantenía los ojos fijos en la pared opuesta, lo más cera posible del tragaluz para evitar sentir más escalofríos de los necesarios ante la contemplación de la tortura de los Lovegood. La chica jadeaba quedamente, ya sin fuerzas, pero se mantenía extraordinariamente inmóvil junto al cuerpo sin vida de su padre. Con un bufido de rabia, Voldemort chascó su varita como si fuese un látigo y la muchacha se desplomó sobre la fría piedra del suelo del castillo; entonces, se dirigió a sus lacayos:

-¿Puede alguien darme una explicación de por qué…por qué, después de tanto tiempo tras mi retorno el Ministerio de Magia no es todavía mío, Hogwarts se dispone a abrir de nuevo para contaminar a nuestros niños mágicos con sartas de tonterías y, sobre todo, Harry Potter continúa con vida?- el oscuro nigromante se alzó sobre sus pies, avanzando sibilinamente sobre su mascota en dirección a los mortífagos presentes, que se estremecieron- ¿Puede alguien explicarme por qué esos inútiles traidores a la sangre continúan en posesión de los secretos que por derecho nos pertenecen¿POR QUÉ el viejo Scrimgeour continúa controlando los poderes que deberían ser MÍOS?- de nuevo sacudió su varita, logrando que el suelo se estremeciera al ser sacudido por alguna fusta invisible. Todo el lado derecho del cuerpo de la pequeña Lovegood manó sangre al ser alcanzado y arrojado en el aire algunos metros desde los pies del nigromante, para desplomarse cerca de la pared que estalló estruendosamente para liberar polvo y escombros sobre ella- ¿Puede alguien explicarme y señalar algún modo de arreglar lo que habéis estropeado?

En las tinieblas de la ruinosa construcción, una voz femenina, con cierto timbre histérico aunque impregnada de adoración, llamó la atención de todos los congregados:

-Mi señor…

Las rojas rendijas que Aquel-que-no-debe-ser-nombrado poseía en lugar de pupilas se contrajeron de inmediato, atentas a las nuevas que su sierva prometía; veloz como el rayo, se volvió para dirigir la punta de su artefacto hacia uno de los rincones más lóbregos de la estancia, dónde las tinieblas parecieron rasgarse para perfilar entre las sombras la silueta de un magnífico espejo de pie, rectangular, con un tamaño tan desproporcionado que prácticamente parecía una nueva puerta. Pero, quienes no sabían de su utilidad o existencia pronto descubrieron que aquella suposición era sin duda la más acertada, pues Bellatrix Lestrange caminó hacia ellos a través de la pulida superficie, que sin embargo se estremeció hasta que el último retazo de túnica de la bruja hubo cruzado. La mujer caminó con innata altivez, tratando de emitir afecto y humildad en un obvio intento por apaciguar a su señor antes de continuar, ya a sus pies:

-Mi señor, hemos logrado rodear a Scrimgeour- todos los presentes ahogaron expresiones de estupefacción y júbilo- gracias a la maldición Imperius, he logrado que el miserable de McLaggen someta a sus leales ayudantes…y los que no lo están, son completamente nuestros- prosiguió con evidente orgullo- aguardan una señal, vuestras órdenes- tras lo cuál se inclinó profundamente.

Las rendijas que el Señor Oscuro tenía en lugar de su nariz se hincharon paralelamente a sus ojos antes de que soltara una estruendosa carcajada. Una poderosa muestra de euforia que pronto sus vasallos compartieron con alegría y alivio, aunque los habitantes de los territorios próximos a la fortaleza, y también Draco Malfoy, se estremecieron por completo.


El alba había despuntado largo tiempo después de que el joven Slytherin se retirara a sus aposentos, dónde tres jóvenes brujas despojadas de todo pertrecho aguardaban atadas con una nota, en alguna clase de recompensa que Lord Voldemort había dispuesto para él como pago por su captura de la muchacha Lovegood y el increíble logro de su tía. Entonces yacía tumbado sobre la cama, con las mandíbulas apretadas y la túnica abierta e informalmente descolocada, observando el dosel de su lecho sin prestar atención a los tres roedores en que había convertido a las jóvenes.

Aquello era algo por completo inesperado y, aparentemente, requería dejar de lado toda sutileza en lo que a Potter y sus amigos respectaba: si el Señor Oscuro se hacía con el control del Ministerio, poco tiempo podría lograr mantener su anonimato y su auxilio a la incauta resistencia que todavía se oponía al mago más terrorífico de la Historia: Bellatrix acababa de partir de regreso a la mansión de su familia para dar las órdenes pertinentes y el Señor Tenebroso se había marchado también a un viaje del que nadie sabía nada, aparentemente…era necesario que actuara rápido pero¿cómo?


Mientras todo aquello sucedía, Harry y Ron acababan de aparecerse a la sombra de un estrecho callejón londinense. Ambos vestían ropas muggles de modo que pudieran pasar desapercibidos en su camino hacia el callejón Diagon. No obstante, tanto uno como otro aferraban con firmeza su varita en el interior de sus bolsillos.

-Todavía no comprendo cómo es que no nos hemos aparecido a las puertas de Gringotts…¡a nadie le importaría vernos salir de la nada allí!- se quejó el pelirrojo.

-Lo sé, pero creo que hay alguna posibilidad de que esté lleno de mortífagos…¿recuerdas lo que les sucedió a Ollivander y a Florean Fortescue?- los dos amigos comenzaron a andar calle abajo, intentando con todas sus fuerzas no parecer excesivamente nerviosos pero sin demasiado éxito, ya que habían aprendido a andar con pies de plomo.

-¡Pero seguro que eso ocurrió durante la noche!- protestó el aludido- Además, Fred y George estarán allí: Hermione me ha enseñado a enviar mensajes usando un patronus, como hacían los de la Orden, así que podríamos pedir refuerzos…

-Claro- le atajó el moreno con sorna- y los mortífagos no tienen ninguna manera de pedir auxilio- resopló, poniendo los ojos en blanco- lo más probable es que haya media docena de ellos espiando por allí y, en el improbable caso de que lográramos resistir lo suficiente como para enviar el patronus a tus hermanos…creo que cuatro no son más que seis.

-¿Cómo estás tan seguro de que habrá mortífagos vigilando¿Has vuelto a ver en la mente de Quién-tú-sabes?- inquirió Ron.

-No, pero sé bien lo que quiere y lo que hace: si es cierto que hay un Horcrux escondido en el banco, no creo que lo haya dejado sin protección. De hecho, me extrañaría que algún duende no estuviera de su lado: quizá chantajeado, amenazado, atado a la maldición Imperius…¡quién sabe!

Estos argumentos parecieron convencer a su compañero, que torció los labios en una mueca y suspiró, doblando la esquina siempre a su lado y aguzando la vista para reconocer, en un par de segundos, toda la calle. De pronto, Harry se detuvo para observar el paso de peatones que había al final de la vía y, con una leve sacudida de ánimo, se lo señaló a su amigo:

-¡Ron mira¿No es tu padre?

El aludido volvió sus ojos al lugar que el primero le indicaba, y su expresión se iluminó en el acto:

-¡Sí lo es! Pero…¿quiénes son todos los que…?

Arthur Weasley parecía nervioso mientras miraba a un lado y a otro, agarrando a su hija Ginny fuertemente de la mano. Ella parecía tan pálida y tensa como él, pero apenas concedía más tiempo a escudriñar la avenida que a contar las cabezas de los chicos que los rodeaban. Harry distinguió a los hermanos Creevey junto a un par de chicos más de Gryffindor con quién nunca había hablado. A su lado, un par de gemelas que presumiblemente pertenecían a Ravenclaw, se mantenían todo lo cerca que les era posible de los otros dos chicos y una chica que debían ser de Hufflepuff. Sólo otros dos magos adultos acompañaban al señor Weasley: el joven Potter reconoció en la mujer a Hestia Jones, pero al otro mago no pudo ponerle nombre.

-¡Son ellos!- exclamó Ron con evidente euforia, y acto seguido echó a correr en su dirección.

-No espera…- Harry trató de detenerlo, pero sin disponer de pedazo alguno de túnica del que agarrarse, le fue imposible- ¡Ron espera!

Pero ya era demasiado tarde: poco después, su amigo había alcanzado a su padre y a su hermana, quién logró que cualquier preocupación abandonase la mente del adolescente moreno.

-Harry, Ron- el señor Weasley parecía incluso más lívido al verlos aproximarse- ¿Qué estáis haciendo aquí?

-¡Lo mismo íbamos a preguntaros a vosotros!- le reprochó su hijo alegremente, ignorando el tono aterrado del que su progenitor hizo gala mientras miraba a su alrededor con profundo temor e intercambiaba breves miradas con sus dos compañeros, súbitamente más tensos.

-No deberíais haber venido- les recriminó Hestia, con el ceño fruncido. Los dos chicos la miraron sin comprender, pero las expresiones de los tres magos eran ahora terriblemente sombrías y la pregunta que chispeó instantáneamente ni siquiera necesitó ser pronunciada:

-Nos vigilan…por eso hemos tenido que dar un rodeo por casi todo Londres- explicó el tercer personaje, con gesto amable pero apenado. La bruja levantó los ojos hacia los altos edificios de la calle principal, cuya silueta se recortaba ahora contra un cielo gris cada vez más oscuro. Su voz sonó extraña cuándo anunció imperturbable:

-Es inútil: lo saben.


La noticia había corrido como la pólvora y la excitación había llenado todo el refugio del Señor Oscuro: los mortífagos apenas si habían tardado en ser convocados a las armas tan pronto como se supo que Harry Potter había sido descubierto en alguna calle de Londres. Draco había estado aguardando aquello del joven que, evidentemente, no podía tener muchas luces: irse del único lugar en que Quién-no-debe-ser-nombrado clamaba no poder tocarlo era un acto estúpido, revelar su posición apareciéndose sin precauciones…no podía ser obra de nadie más que de la persona sobre cuyos hombros descansaba el destino de la comunidad mágica, pensó con rabia.

El Señor Oscuro había ordenado a quién le había dado el mensaje, así como a un selecto grupo de sus vasallos, aparecerse de inmediato en el lugar en que presumiblemente estaba Potter y embrujarlo para impedir las Desapariciones. Una vez cercado, todos los demás debían llegar en sobre escobas, junto a los Dementores, por si acaso al Ministerio se le ocurría intervenir. Aquello le parecía al joven Malfoy algo innecesario, dado que ya se había dado la orden de poner fin a la vida del último Ministro de Magia. No obstante, si hubiera meditado más atentamente los mandatos de su oscuro señor durante la gélida travesía aérea, habría visto lo ingenioso de su plan…pero, para su desgracia, espectrales formas oscuras emergían de las nubes tormentosas que cruzaba como una centella en medio de sus compañeros mortífagos mientras sujetaba el mango de la escoba, y sólo había un pensamiento que latía en su cerebro de manera permanente: Harry Potter debía continuar con vida, así pues¿cómo obraría para lograrlo.


El miedo atenazó la garganta de Harry casi de inmediato¿cómo era posible que supieran dónde se encontraban¿Cómo habían logrado encontrarlos tan deprisa? Sus ojos recorrieron los alrededores a toda velocidad, pero no logró, inicialmente, descubrir pista alguna que condujera a la solución del misterio. Entonces, vio cómo el padre de su amigo extraía la varita:

-Salid de aquí: desapareceos todos y, si no sabéis¡agarraos a alguien que sí sepa!

El chico Potter cerró de inmediato los ojos, tratando de someter los latidos de su corazón para concentrarse mientras las tinieblas se extendían, cada vez más espesas, sobre aquel distrito londinense. Un gemido colectivo se elevó de la multitud de muggles cuándo las sombrías nubes, que se desplazaban a una velocidad sobrenatural, semejaron descender sobre ellos como largos tentáculos; justo en ese momento, cuándo el chico se disponía a completar el proceso, percibió un fuerte golpe en la cabeza que le hizo tambalearse. A su lado, Ron y el resto de los chicos produjeron emisiones similares.

-¡No puedo desaparecerme!- gritó el pelirrojo a su padre, con manifiesto pánico. Sin embargo, aquella nota emotiva en su voz apenas pudo compararse al que impregnó el alarido de una de las chicas de Ravenclaw al levantar la vista al cielo. Cuándo todos la imitaron, cinco varitas se alzaron en actitud defensiva de entre el pequeño grupo mágico.


Realmente parecía un caos. Draco podía ver girones de las raídas capas de los dementores por doquier mientras estos se abalanzaban sobre los transeúntes; las escobas iban y venían entre los edificios, con los ojos de sus jinetes ocultos por sombras de capucha escrutando el asfalto y las aceras en busca de alguna señal de actividad mágica. Él mismo llegó a tiempo de contemplar los destellos de las maldiciones arrojadas en la lejanía, dónde el joven Potter blandía su artefacto espalda contra espalda con su amigo Weasley y un mago de aspecto enclenque. Sin pensar apenas en lo que hacía enfiló hacia allí su transporte, recurriendo a toda su maña para sostener el mango de la escoba con una mano mientras revolvía en los bolsillos interiores de su túnica con la otra en busca de su varita. La esquina de uno de los edificios más próximos estalló con fuerza muy cerca de él, y esto estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio; la voz sobrenaturalmente amplificada del Señor de las Tinieblas resonó en sus oídos cuándo logró recuperar el control necesario para elevarse sobre las nubes de espectros nocturnos que rondaban la siniestra escena mortal.

-¡Avada Kedavra!- ése era el grito que más resonaba por doquier; y en todas las esquinas, insensibles a los gritos de los pocos supervivientes que todavía trataban de huir, caían cuerpos sin vida uno tras otro ante el implacable avance de los encapuchados nigromantes.


Harry sufrió un vuelvo al corazón cuándo la vaporosa figura de Lord Voldemort emergió de los densos vapores oscuros y le sonrió triunfalmente sosteniendo una larga varita blanca como un hueso descarnado.

-Diecisiete años de vida…Harry Potter- siseó, antes de levantar su brazo hacia el chico, que por instinto levantó su propia varita; pero algo ocurrió mientras luchaba por evitar que esta resbalara entre sus dedos sudorosos: una tenue luz centelleó en la punta justo antes de que se pusiera a vibrar al mismo tiempo que su hermana. El Señor Oscuro entornó los ojos con desdén y rabia- por supuesto…- sus rasgados ojos carmesí escrutaron los alrededores hasta encontrar al mortífago más próximo, hacia el que extendió su mano libre. La varita que este sostenía voló de sus manos hacia las de su Maestro, que apenas tardó en dirigirla contra su presa.

Un fuerte empujón tiró al adolescente moreno al frío suelo de la calle; sus gafas resbalaron y se rompieron en el acto pero ya había manos tratando de izarlo mientras le instaban a huir:

-¡Vamos Harry¡Corre!

Apenas tuvo tiempo de identificar las voces en mitad de semejante acometida cuándo escuchó el rugido de Voldemort a sus espaldas; dos fuertes manos le sujetaban los codos y le obligaban a continuar corriendo pero pudo volver el rostro por encima de su hombro el tiempo suficiente como para alcanzar un par de fugaces imágenes de Remus Lupin, uno de sus guardaespaldas, y de Arthur Weasley, que trataba de rechazar Al-que-no-debe-ser-nombrado sin ayuda visible.

Pero fue otro grito distinto el que verdaderamente le heló la sangre, poniéndolo al borde de lo insufrible mientras seguía corriendo sin poder soltarse de los brazos que le obligaban a correr, tratando simultáneamente de servirle de escudo.


El corazón de Ronald Weasley semejaba igualmente incapaz de continuar sus funciones por más tiempo en un escenario como aquel; pero su desbocado latir se detuvo de inmediato al captar el mismo grito. Su cuello se giró por instinto, pero apenas se detuvo a comprobar la identidad de los caídos que encontraba en su fugaz exploración; no importaba cuán familiares le parecieran: el objetivo era mucho más urgente…y, en efecto, a lo lejos, entre el negro del humo impregnado de polvo de escombros, las capas raídas de los Dementores enloquecidos, y las sombras que las nubes proyectaban sobre la calle, descubrió a su hermana Ginny. Con su brillante melena roja atrapada en la garra de una vieja bruja de aspecto enloquecido, mantenía una expresión de dolor intenso mientras permanecía arrodillada sobre el frío adoquinado urbano. Un par de maldiciones asesinas surcaron el aire volando ante él; pero no pensó en lo que hacía cuándo levantó la mano que sostenía su varita y avanzó dispuesto a correr hacia ella. No obstante, dos cuerpos más cayeron a su izquierda; sintió un fuerte golpe en sus nudillos que le obligó a soltar su artefacto y luego, tras otro destello, todo volvió a ser oscuro.


Lo sé, lo sé: demasiado chungo, demasiado tétrico, demasiado oscuro, demasiado mal...pero es que, otra vez, el capi que tenía pensado no me encajaba aquí todavía, así que tuve que acelerar un poco las cosas...espero que no haya sido tan desagradable; saludos!