Antes que nada, (para los de México) ¡¡feliz maratón Guadalupe-reyes!!... (Para el resto) ¡¡Felices fiestas decembrinas!!. Para quien cumplió años ¡Felicidades también! Por cierto… ¡¡Ya tengo 16!! Yay por mi

En otros temas:

Vaya que tarde, de nuevo, y me siento mal, otra vez. Agradezco los reviews del capitulo pasado (sobretodo el de alguien que me dijo "no seas mala, actualiza pronto" o algo así) yo estaba consciente de que había tardado, pero la escuela, exámenes, vacaciones, etc.… me habían dejado sin tiempo (e inspiración), aunque el capítulo ya estaba mas que planeado.

He de confesar que me moría de ganas de poder escribir varias de las escenas de esta entrega (sobretodo la penúltima, que sin duda pensé que sería más difícil. Pero con ayuda de un poco de buena música /"BSO The prince of Egypt" y algunas canciones de System of a down/ pude escribirla en menos de media hora).

No hay N/A al final del capítulo por lo que pondré más comentarios en mi LJ (link en el profile -.-) y quizás notitas adicionales (además de que estaré subiendo pequeñas viñetas de EDDR, por si alguien gusta leer). Además, por mi falta de entusiasmo he decidido cancelar el concurso que hacía, PERO si alguien tiene alguna sugerencia de alguna historia (o tema) del que quieren que trata mi siguiente fic (claramente después de que termine EDDR) avísenme en el LJ.

Sugerencia: Si tienes el Soudtrack de "House of Flying daggers" escúchalo durante el capítulo. Y si tienes la película… ¡préstamela por que la quiero ver, por favor!!! XDDDDDDD

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Capítulo 11.- Luna

Le quitó el grueso abrigo con delicadeza, le retiró sus otras ropas poniéndole unas más cómodas para dormir. El niño veía a su abuela con sus grandes orbes doradas.

-¿Ya va a volver mamá?- dijo de repente el pequeño, interrumpiendo la labor de su abuela.

-No, Kaytto. Todavía faltan muchos días- contestó impasible la mujer.

El niño se quedó callado mientras Gran-gran lo acomodaba en el mullido saco de dormir. Kaytto se quedó mirando el techo de la casa de hielo, aunque por dentro no se notaba que estaba hecha de ese material, ya que las paredes, piso y techo del lugar estaban recubiertos por tibias pieles que brindaban la calidez necesaria a la casa.

El castaño suspiró con nostalgia mientras pensaba en su madre, ya se le estaban olvidando los abrazos, besos y mimos que ella le regalaba, era cierto que a veces se quejaba de todos esos cariños, pero ahora se sentía triste al no tenerlos.

Limpió unas pequeñas lágrimas que empezaba a brotar de sus ojos.
-Los niños no lloran, lloral es para débiles- Susurró en voz baja, luego se acomodó de lado para que su abuela no viese que las lágrimas caían de sus ojos.

Kanna observaba a su bisnieto. Se le hacía tan difícil de creer que su pequeño era hijo de aquel antipático príncipe, que había llegado por el avatar años atrás. Ella no vio a su nieta embarazada, ni al hijo de esta cuando acababa de nacer. La primera vez que vio a Kaytto, fue cuando el tenía unos cuatro meses de edad.

Recordaba haberse asombrado demasiado al ver que el bebé no se había enfermado por el cambio de temperatura entre el reino Tierra y el Polo Sur, pero ahora lo había comprendido al saber quien era el padre: un maestro fuego.

Si Katara no fuese hija del jefe de la aldea seguramente hubiese sido desterrada por haberse embarazado sin estar casada, además de que su hijo fuera de un enemigo, aunque esa era la parte que no todos sabían. Bueno, ahora si lo sabían, gracias a la demostración de fuego-control que el pequeño había hecho. Realmente hubo muchos rumores por la piel y los ojos del Kaytto, pero sólo rumores, que ahora eran hechos.

Una persona más entró a la estancia, Kanna salió de sus pensamientos y observó a su hijo parado en la puerta.

-No hagas ruido, se acaba de dormir- murmuró la mujer, señalando al niño.

Hakoda se sentó junto a su madre sin decir nada. Cada uno estaba perdido en sus cavilaciones, no había nada que decir: sus pensamientos no eran iguales, pero estaban centrados en una sola persona, el niño que dormía frente ellos.

-Siento culpa por haberle regañado… A veces me siento sin derecho a ello… Pero, es que…- murmuró Hakoda rompiendo el silencio. Kanna lo miró esperando pacientemente a que su hijo pusiera en orden sus ideas y prosiguiera. Sin embargo, este no seguía hablando.

-¿Pero qué?- preguntó en voz baja, incitándolo a continuar.

-Pero al recordar quien es el padre de Kaytto, siento que debo mantenerlo a raya para evitar que se convierta en otro de ellos- susurró él.

Kaytto paró de llorar al escuchar la palabra padre en la frase de su abuelo.
-¿Pero cómo demonios se te ocurre decir eso, Hakoda?- cuestionó indignada Gran-gran – ¿Es que temes que un niño que lleva parte de tu sangre, se convierta en un enemigo? Espera, dije enemigo… ¡Ni siquiera hay enemigos en estos tiempos! Y por si no recuerdas eso fue gracias a tus hijos y sus amigos, y en ese grupo de amigos estaba el padre de tu nieto- recriminó la anciana, intentando no alzar mucho la voz.

El ambarino no entendía mucho la plática, sólo comprendía que estaban hablando de su papá. En sus cortos tres años, no había conocido a su padre. Lo más cercano a ello habían sido su abuelo, su tío Sokka, su tío Aang, y por un corto tiempo, su abuelito Iroh. Pero, tenía que admitir que en más de una ocasión se había preguntado quien era su papá.

-No me mal interpretes, madre- respondió disgustado el jefe de la aldea –Es algo que no puedo evitar, estuve durante casi tres años luchando contra maestros fuego, vi lo que hacían… Y me da miedo pensar que Kaytto llegará a ser así- replicó.

-No lo puedo creer- murmuró la anciana, pero no dijo nada más. Ambos se quedaron callados de nuevo, pero una vocecita los sacó del silencio.

-¿Quién es mi papá?- preguntó Kaytto, sentado sobre su lecho de dormir. Hakoda y Kanna se miraron asustados, ambos creían que él dormía, además ellos no estaban listos para hablarle al pequeño sobre su padre… Mucho menos sin Katara presente.

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Tomó el pincel y pintó sus labios con la nueva mezcla. Se miró en el espejo y sonrío de manera sombría. El carmesí en sus labios pareció brillar más.

-Esta noche será especial… Zuzu- murmuró a su reflejo, que le devolvía una mirada asustada.

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"Vaya que este muchacho es un buen anfitrión" pensó Kuei, y no es que él se considerara uno malo, ya que sus fiestas siempre habían sido muy buenas. Pero no podía negar que hubo un tiempo en que fue muy buen anfitrión, pero un pésimo rey. No había sido su culpa, había sido de Long Feng, y eso era algo que Ayame le había hecho comprender.

-Ayame- dijo en un suspiro el rey Tierra mirando a la mujer a su lado, una castaña de ojos verdes y piel morena que miraba al frente con una sonrisa afable. Como amaba a su esposa. Aunque ella no era una noble; solo era hija de campesinos, una chica humilde que se había enamorado de él cuando viajaba con Bosco, después de la caída de Ba Sing Tse.

Ayame le había dado posada en su casa una noche de lluvia, el joven rey se había prendado a la chica por su amabilidad, su pureza, su humildad, que se había quedado ahí hasta que la muchacha se enamoró de él, aún sin saber que era el rey.

La ojiverde volteó hacia Kuei con una sonrisa en los labios.
-Despierta, el Señor del Fuego va hablar- susurró ella, tomó la mano de su esposo debajo de la mesa y mantuvo su expresión. El rey la miró una vez más, y estrechó la mano de su reina. Luego miró a Zuko, se extrañó de no encontrar a la esposa de este junto a él, pero no dijo nada al respecto.

Observó como el joven se levantaba de su asiento para darles la bienvenida.

Kuei ponía atención a cada palabra del discurso de Zuko, no es que este fuese extenso, pero si lleno de significado. Hablaba sobre el arrepentimiento que su Nación sentía con respecto a la pasada guerra, la restauración de los pueblos y sobre aquella alianza de una pronta paz.

Durante unos momentos, el gobernante del reino Tierra observó todo el lugar, fijó su atención en esa chica, la amiga del Avatar; Katara, ese era su nombre. Notó las pequeñas miradas que eran dirigidas a alguien, más no sabía a quien, también se dio cuenta de los casi imperceptibles sonrojos de la maestra, pero no entendía la razón de ellos.

Al acabar su oratoria, Zuko tomó asiento, y justo en ese momento los tambores, que se hallaban al fondo de la estancia, comenzaron a sonar. Todos voltearon a ver a la orquesta, incluido el Señor del Fuego, que se había sobresaltado por la música.

Unas jóvenes ataviadas con lujosos vestidos rojos entraron por las puertas del comedor bailando con gracia; pero la que más sorprendió fue la que entró en medio de todas las bailarinas.

La mujer bailaba con tal gracia que dejaba anonadados a la mayoría de los presentes, sobretodo a los hombres; los movimientos que ejercía iban al compás de las llamas que la otras bailarinas producían con fuego-control. A cada giro que daba, parecía que su liso cabello negro flotara en el aire y detuviera el tiempo. El fuego daba a su piel un tono brilloso, y sus ojos se teñían de un anaranjado que dejaba hechizados a muchos.

La mujer se acercó con un caminar sensual a la mesa de invitados, con la vista fija en alguien. Una sonrisa se formó en sus rojos labios.

Zuko sintió la mirada de ella sobre él, no entendía como esa mujer podía ser la misma que él conocía…Era como si ella se hubiera esfumado. Realmente nunca se había dado cuenta de lo atractiva que era, ni en lo blanca que era su piel y que parecía tan tersa al tacto; mucho menos en los rojos y suaves que se veían sus labios.

Ella seguía acercándose, y el Señor del Fuego estaba inmutable, aun entendiendo las intenciones de la mujer. Llegó hasta él y acercó su rostro, separados sus labios por escasos centímetros. Zuko sintió un peculiar olor, uno intoxicante y adictivo; luego ella unió sus labios a los de él. No era un beso calido, no había amor, solo era un beso frío y simple; sin embargo algo extraño sucedía en su cuerpo, lo notaba en su piel, en su sangre, su cuerpo y su mente. Acercó sus manos al rostro de ella y profundizó el gesto.

Todos los presentes veían aquel suceso con sorpresa, sobretodo cierta morena que no pudo evitar abrir los ojos totalmente sorprendida.

-Zuko- murmuró aun impactada.

El Señor del Fuego se separó de la bailarina y la observo embelesado.

-No sabía que bailabas así, Mai- Dijo en el oído de la pelinegra. La mujer sonrío con malicia y contestó con picardía

-Y hay muchas otras cosas que no sabes- le dio una pequeña mordida en el lóbulo –Pero que podrás descubrir si lo deseas- añadió alejándose de él. Empezó a caminar alrededor de la mesa para llegar junto su esposo, al pasar junto a Katara le dirigió una mirada de desden y una cínica sonrisa. La respiración de la ojiazul se detuvo un instante. "Ella lo sabe" era el único pensamiento que rondaba en su mente.

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Entrelazó sus manos con las de ella durante toda la cena, le murmuraba cosas al oído haciendo que la mujer soltara pequeñas, aunque frías, risitas. Zuko sintió de nuevo aquella extraña sensación, miró a su esposa y notó algo distinto en sus ojos, algo que él conocía, y que en ese momento sentía… "Deseo".

La mayoría de los presentes se hallaban sorprendidos ante la actitud de los anfitriones, aunque lo disimulaban con gran credibilidad.

-Algo no está bien- Susurró por enésima vez la pelinegra, Aang volteó hacia ella y soltó un suspiró.

-¿Qué no está bien?- preguntó hastiado, ya que antes no había querido inquirir.

-La actitud de Zuko, ¿es que acaso no es obvio?

-Sé más discreta- murmuró el monje a su novia.

-Cállate, Pies ligeros- Toph volvió a sentir las extrañas vibraciones que emitía el cuerpo del gobernante. Aang miró exasperado a la chica, tomó su mano y la jaló hacia la pista de baile.

-¡hey, espera! ¿Qué haces?- empezó a quejarse.

-Vamos a bailar, obviamente- dijo con una sonrisa; y aunque Toph puso resistencia, al final terminó bailando con el avatar.

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Se enojaba consigo misma, maldecía el no poder quitar la vista de ese tarado que la hería tanto. Pero no podía evitar mirar como le sonreía a ella, su manera de observarla, era como si en verdad la amara, o la deseara.

-Maldición, sólo me usaste- murmuró apretando los puños en su vestido, mientras intentaba reprimir las lágrimas en sus ojos.

Iroh observó a Katara y creyó verla llorar. Se acercó a ella con lentitud y posó una mano en su hombro, ella volteó sorprendida y una sonrisita se posó en sus labios, aunque su mirada se veía tan triste y apagada.

-Me concede esta pieza, señorita- dijo amablemente el anciano, extendiéndole una mano. Ella murmuró algo, pero luego aceptó y ambos se acercaron a la pista.

Ellos bailaban al compás de la suave melodía, Iroh abrazó a la morena y ella soltó un silencioso llanto en su hombro mientras dejaba que el hombre la consolara, susurrándole frases cariñosas, como si de una hija se tratara. Nadie se dio cuenta, todos estaban tan ensimismados es lo suyo, que el hecho de que Katara llorara en los brazos del amable señor Iroh pasó inadvertido… bueno para casi todos.

-Lo sabía- murmuró Toph enojada aun bailando con Aang. Él la ignoró de nuevo.

-Ya déjate de tus teorías raras, que pronto saldrás con que hay una conspiración y que con seres de otros mundos, que no sea el espiritual, vienen a conquistarnos- dijo el chico soltando un suspiro.

-Baboso- otra exhalación se escapó de los labios del niño.

Se acercó a su oído y le susurró algo, una sonrisa lujuriosa se formó en labios de ambos.

-Sólo un rato más- contestó él. Ella se lo reprochó con un beso mientras seguían bailando.

-Nunca hemos tenido sexo-dijo Mai con tristeza mientras sus amigas volteaban a verla sorprendida. En esos momentos aquella frase le parecía tan falsa, su amiga era un falsa, su aura estaba oscura y llena de una mala vibra, lo sentía claramente… Pero Zuko, él había jurado que amaba a Katara, y ahora estaba ahí, frente a todos besando a Mai como si en ello se le fuera la vida. ¿Es que acaso ambos le habían mentido?

Ty Lee bebió un poco de su copa mientras seguía meditando.

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-¿Quién es mi papá?- repitió enojado el chiquillo. Kanna y Hakoda se miraron de nuevo sin saber que responder. La mirada del niño mostraba un dolor enorme y exigían una inmediata explicación.

-Pequeño, hay cosas que tu todavía no comprendes, y cosas que nosotros no podemos decirte- empezó a hablar su abuela.

-¡Cállate!- gritó exaltado el pequeño –No quelo oíl eso.

-Kaytto, no le hables así a tu abuela- reprocho de igual manera Hakoda, el niño lo miró de una forma que no había visto antes. Se levantó con rapidez de su saco y salió hecho una furia de la casa. Los dos adultos se pararon para perseguirlo, pero al salir de su hogar no hallaron rastro de él. Gritaron su nombre y corrieron en varias direcciones buscándolo.

Las demás personas de la villa se levantaron al escuchar el escándalo, rápidamente los jefes explicaron lo que había sucedido con su nieto, aunque omitieron el porque de su discusión. Mientras tanto, el pequeño se alejaba cada vez más de la tribu, buscando el medio de encontrar a su mamá.

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Se escabulleron entre la gente y salieron del comedor sin que nadie se de cuenta. A excepción de los vivaces ojos grises de cierta chica que se apoyaba en una columna y sonreía con sorna.

-Así que te saliste con la tuya, ¿eh, Mai?- susurró a sí misma viendo como los señores del fuego salían sin ser tomados en cuenta. Luego miró la pista de baile, concretamente a la morena que había llevado hasta ese lugar –pobre mujer- dijo con el mismo tono de voz antes de mirar al techo con una gran sonrisa dibujada en los labios.

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Limpió de nuevo sus lágrimas quitando definitivamente el maquillaje, que aunque había sido poco, si le llevo cierto esmero. Iroh le sonrío con ternura y posó una mano en la mejilla de la chica.

-Todo estará bien- dijo en un susurro, y ella asintió, sintiendo un alivio muy grande en su alma.

-Será mejor que vaya a descansar… Me siento débil

El hombre la miró salir rumbo a su cuarto, y en cuanto cruzó el umbral buscó a su sobrino con la mirada, mas no lo halló.

-Sí me permite decirle, él se marchó con su esposa hace unos quince minutos- el anciano se sobresaltó al escuchar la voz de una joven a sus espaldas; volteó con rapidez, encontrando a una pelinegra que le hacía un reverencia. Su uniforme delataba que era una de las damas de compañía para los invitados. Sonrío amablemente, al tiempo que la chica alzaba el rostro dejando ver el gris de sus ojos; la sonrisa de Iroh desapareció lentamente y ciertas imágenes volvieron a su mente, contrayendo su rostro a una mirada seria y pensativa, quizás algo perdida –Sí esta buscando al Señor del Fuego, quise decir… Perdón por mi intromisión- añadió ella volviendo a hacer una caravana al notar el semblante de su señor.

-Si, gracias por la información- contestó de manera ausente el hombre, la joven se dispuso a marcharse pero antes de ello, Iroh la llamó de nuevo – ¿Me podrías decir tu nombre?- ella lo miró con extrañes, repasando las facciones de él en su mente. Porque además de servir desde hacia tanto tiempo en el palacio, había algo en el señor Iroh que se le hacía conocido.

-Umiko, mi señor… Umiko es mi nombre- murmuró aun confundida, se alejó de Iroh con urgencia al sentir algunos recuerdos agolparse en su memoria. Recuerdos que le dolían y que prefería olvidar… Recuerdos de aquella rojiza tarde.

Se alejó velozmente mientras en sus oídos resonaban las suplicas de su madre, el llanto de su hermana, los gritos de rabia e impotencia de su hermano, y también sus propios lloros.

Salió del salón del baile, acompañada de sus recuerdos y su dolor. Llegó a un solitario pasillo, cerca de las habitaciones que ya no tenían uso. Se sentó en el piso mientras los gritos seguían en su cabeza; y luego el silencio.

Alzó la vista y pudo ver al hombre que le había arrebatado la vida a su familia. Sus ojos se llenaron de lágrimas al reconocerlo… Ese hombre era el padre de su compañera, de aquella niña antisocial que siempre estaba con la princesa Azula y la excéntrica Ty Lee.

No podía comprender el porque hacía eso, ella nunca hizo nada malo; y al parecer ya no haría nada mas. Cerró los ojos al ver como el hombre alzaba su espada frente a la niña. Podía sentir el arma venir en contra de ella, y podía escuchar claramente como cortaba el viento, tragó saliva y un estruendo se escuchó.

-Para este horrible espectáculo ahora mismo, Ozai- bramó Iroh haciéndole frente a su hermano menor - ¿Cómo se te ocurre matar a esta familia enfrente de tu pueblo?

-Ellos deben ver lo que pasa al hacer algo en contra de la familia real- contestó de manera gélida el nuevo señor del fuego.

La niña abrió los ojos asustada, su familia no había hecho nada malo, estaba segura de ello.

-Ellos mataron a mi esposa.

-Mis padres no mataron a nadie, mi señor- gritó la pelinegra

-Silencio pequeña- murmuró Iroh, dirigiéndole una amable mirada; aun cuando su hermano lo veía enojado.

Se inclinó cerca de la chica y la tomó de la mano.

-¿Cual es tu nombre, niña?- murmuró Iroh, mientras ella comenzaba a llorar levemente

-Mi nombre es Umiko

Abrió de nuevo los ojos, su respiración seguía agitada; el hecho de recordar todo aquello le provocó nauseas, aún cuando sentía un enorme hueco en el estómago por no haber comido nada.

Su mirada se volvió fría y vacía. Se levantó apoyándose de la pared y caminó por el pasillo como un zombi con la mente aún pérdida en sus pensamientos, al tiempo que canturreaba una extraña canción.

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Sus deditos estaban fríos por el crudo viento que chocaba contra su cuerpo y lo hacía temblar, con la poca luz que había vislumbró una cueva y empezó a caminar en dirección a ella. Sus mejillas se congelaban por los rastros que las lágrimas dejaron y sentía los labios morados y resecos. Siguió andando pero flaqueaba por falta de sueño y alimento, vaya día decidió saltarse la siesta para jugar con los pingüinos, y sólo él se atrevía a rechazar la sopa de ciruelas de mar que Gran-gran había hecho para la cena.

El pequeño niño se hincó en la nieve, su cabeza le dolía mucho; se recostó lentamente y su cabecita reposó sobre aquella suave y fría cama blanca. Unas lágrimas más resbalaron por su rostro al ver la imagen de su mamá en su mente.

Se acercó con lentitud a él; una mirada triste se reflejó en sus azules ojos. Llegó hasta el pequeño, se inclinó al lado suyo y tomó su cabeza para acostarla en sus piernas, a modo que estas le sirvieran de almohada. Acarició suavemente la faz del niño con sus resplandecientes manos.

-No dejaré que mueras, Kaytto- susurró con tierna voz, mientras una calida luz envolvía el cuerpo de él.

Despertó y observó frente a el a la joven mujer; su cabello blanco, su piel atezada, sus bella mirada y su tranquila sonrisa. Era una mujer mágica, ella y su calida luz. Él estaba seguro de saber quien era, pero no recordaba en ese momento. El sueño volvió a invadirlo, y para la sorpresa de la dama, él sonrió al poder recordarlo.

-Gracias, princesa Yue- murmuró antes de volver a caer en un placido sueño, ella sonrío también.

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-¡Ahí esta!- gritó un hombre señalando un pequeño bulto tirado en la nieve.

-¡Kaytto!- exclamó espantada Kanna, creyendo que su nieto esta muerto; corrió hacia él lo más rápido que pudo y se echó de rodillas al llegar. Lo volteó para abrazarlo y se sorprendió al sentir el cuerpo del niño tan tibio, como si no hubiera salido de la casa. Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas y apretó a Kaytto contra su pecho.

Hakoda observaba estupefacto la escena, al igual que los demás hombres que le habían acompañado a buscar a su retoño. Sintió una mirada a sus espaldas y volteó buscando con la vista a esa persona; pero no halló a nadie. No satisfecho con esto, se alejó un poco del grupo para seguir buscando; y lo encontró a lo lejos. En lo alto de una colina de nieve, una figura resplandecía… Una mujer.
-La princesa de la Luna- musitó el adulto. La vio mover los labios, y sin embargó, escuchó su voz a lado de su oreja.

-Cuídalo con tu vida, jefe Hakoda- un susurró con un dejo de enojo –deja de dudar y cuida al niño- el hombre estaba paralizado hasta que alguien expresó

-Es un milagro- el moreno salió de su ensimismo.
-Si, lo es- respondió mecánicamente mientras la dama blanca desaparecía en un brisa helada.

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Anduvo por el pasillo devastada, tenía un mal presentimiento que no le ayudaba a sobrellevar el problema que ya cargaba. Su cuerpo le pedía a gritos descanso, y su mente un largo sueño para no despertar. La ojiazul bajó la mirada al tiempo que una horrible sensación le quemaba el pecho.

Ardía, pero no dolía, más bien estorbaba. Le quitó con rapidez la túnica mientras besaba con desesperación su blanca piel, arrancándole más de un gemido a la mujer. Ella tampoco se quedaba atrás, despojando al ambarino de sus galas y dejando que estas cayeran al suelo. Así poco a poco cada prenda fue siendo retirada. Desenrolló las vendas de su pecho y la observó con una sonrisa lujuriosa. La pelinegra lo besó de nuevo al tiempo que lo hacía caminar hacia la cama.

Cayeron las lágrimas por sus mejillas, empapando su rostro y su vestido; se llevó una mano a la boca, intentando ahogar los sollozos que salían de ella. Pese a su dolor no dejó de caminar, pero chocaba contra las paredes sintiendo un terrible mareo.

Mareada, así la dejaba todo aquel placer. Cada oleada de él venía más fuerte que la anterior, haciendo que cerrara los ojos en cada embestida y gritando incoherencias, igual que su esposo.

Empezó a acelerar, a correr prácticamente. Huía de si misma, de sus pensamientos, de sus sentimientos y su pasado. Alzó la vista rogando una salvación. Odiaba todo aquello, sólo pudo gritar.

Gritó su nombre, el nombre de la mujer que tanto amaba. Y cayó sobre el pecho de su sorprendida compañera. Se movió de ella y se acostó a un lado de ella; su exhausto cuerpo pronto entró en un estado de reposo, sin darse cuenta de la expresión de odio y dolor de la persona que estaba a su lado.

Su rostro pasó del dolor a la indignación.

-Idiota- susurró con total desprecio mientras volteaba al lado contrario de su marido y se dispuso a dormir.

El hombre observó anonadado hacia la ventana, donde la luna brillaba con todo su esplendor. Sonrío tontamente pensando en una sola persona. Su vista se fue nublando antes de caer en la inconsciencia.

Sus rodillas flanquearon y cayó al suelo sin que estas hubieran podido soportar el peso, no de su cuerpo, más bien de su afligida alma.

Su mente se iba vaciando, su respiración se hacía irregular. Pudo escuchar unos pasos atrás de ella y unas lejanas voces llamando por su nombre; pero no podía reconocerlas, porque se distorsionaban en su mente, tomando otro timbre y tono, haciendo que sonara como él.

Alguien la volteó y la puso sobre sus rodillas; vio a varias personas, pero solo podía distinguir unos ojos dorados.

-Zuko- musitó antes de que las fuerzas la abandonaran completamente.

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El sol se coló por la ventana, golpeando de lleno en su rostro. El pelinegro se despertó con dolor de cabeza, sin poder recordar bien ni ubicar donde estaba. Se le hizo rara la sensación de la tela sobre su piel. Abrió totalmente sus ojos, cayendo en cuenta que estaba desnudo y no precisamente en su habitación. Miró a un lado, encontrándose con la blanca y desnuda espalda una pelinegra. Soltó un corto grito que despertó a la mujer, que le miró y le dirigió una sonrisa, como aquellas que le solía regalar cuando eran adolescentes. Él la observó horrorizado.

Se levanto de la cama y empezó a vestirse con rapidez ante una tranquila ambarina que veía el espectáculo como si fuera algo usual. El hombre salió de la habitación casi corriendo y farfullando cosas que ella no pudo entender, pero que realmente no le importaron.

La dama volteó a ver al tocador, su vista se topó con el espejo y pudo mirar el rostro horrorizado de su imagen en él.

-Calma, Mai… todo va… de acuerdo al plan- siseó con gélida voz, mientras una perversa sonrisa se formaba en sus labios y las lágrimas de su aterrorizado reflejo resbalaron por sus mejillas.

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Continuara…