Una chispa salió del cubito, y lo que normalmente debió ser un muñeco con una horrible mueca, supuestamente para asustar/hacer reír, se transformó en una llama.

– Un muggle se hubiese infartado– dijo Hermione mirando el fuego devorar su mano, sin realizar un verdadero daño.

A cierta etapa de la vida, uno ya sabe que los sortilegios de los gemelos pelirrojos de apellido Weasley no causan un daño... intencional. Quizá en este nuevo truco de bromas si el hechizo hubiese fallado, le hubiese provocado una quemadura de primer grado, y no ese extraño cosquilleo. La verdad que hacer ese tipo de magia requiere cierta destreza. La cuestión es que Fred y George siguen empeñados en pasar a la historia del mundo mágico con unas carcajadas de fondo musical.

Harry se colocó las manos entrelazadas en la nuca, arrimándose al mismo tiempo al borde de la pared, queriendo reír. O gritar. Lo primero que le viniera.

Su cerebro desde hace mucho tiempo que se ha negado en salir del punto en el que se encuentra en la actualidad.

Y por centésima vez en aquellos meses, Hermione le miró, arqueando una ceja, para hacerlo aterrizar al mundo de lo real.

Harry parpadeó, luego sacudió la cabeza, como si por dentro revolviese sus ideas y entonces, por arte de magia, ese cúmulo de pensamientos se ordenaría, o al menos de ahí saldría la gran solución.

Hermione se mordió el labio inferior. Harry deseó hacer lo mismo.

Dejando a un lado el sortilegio, en una mesita que justamente se suspendía por su derecha, Hermione tomó a Harry del brazo, saliendo del establecimiento W&W.

– Si estás cansado, podríamos dejar el café para otro momento – le dijo Hermione, guiándolo entre la multitud.

Harry inhaló profundamente, más de la que sus pulmones requerían. Y demoró otro tanto en expulsar el aire de su cuerpo. Luego extendió la mano libre y arregló uno de los bucles castaños de su amiga que hasta entonces le caía en el rostro.

–En otro momento no tendrás tiempo – le replicó Harry, con una media sonrisa. Abrió los dedos para liberar a su prisionero, y verlo caer en el hombro de Hermione. – Además aprovecho la prioridad que me concedes sobre tus libros, lo cual es mucho que decir.

–Y tu permiso médico – agregó ella automáticamente.

Harry cerró los ojos unos instantes, los abrió para observar el camino, ignorando a los magos que se cruzan en el mismo.

–Y mi permiso médico – le confirmó Harry.

Sin más palabras en esos instantes, Hermione rodeó la cintura de su amigo, pero casi al instante se apartó un poco de él.

–¿Hay posibilidades de que te arruine la vida por esto? – Hermione preguntó. Harry quiso reír con ganas, aún sin lograr descifrar si ella bromeaba o iba en serio.

–Aún no – contestó Harry.

Hermione meditó algunos instantes, muy pocos para el bienestar mental de Harry, porque él ya sabía a dónde se dirigía esa plática.

–¿Cuándo piensas decírselo? – preguntó Hermione, inclinando levemente la cabeza para enfocar el rostro de su amigo lo mejor posible. Mentalmente ella anotó hacerse cargo en persona de aquella herida aún visible cerca de la oreja derecha. ¿Cómo era posible que una medimaga no pueda aplicar un simple ungüento cicatrizante? O quizá la tipa quiere que Harry vaya a más visitas. ¡Ja! ¡Pobre ingenua!

–Cuando logre entablar el tema sin que se me enrede la lengua y deje de tartamudear incoherencias.

Hermione le dio una media sonrisa.

Harry deslizó el brazo que se interponía entre los dos para darle mayor libertar. Y tonteó unos instantes entre el hombro y la cintura de su amiga, sin decidirse en donde colocarlo. Al final casi rodeó el cuello de ella, sus dedos encerrándose en la curva de su hombro.

Llegaron al poco tiempo a la entrada del callejón Diagon, saliendo del mágico mundo en un dos por tres. Si bien es cierto que Harry Potter dejó hace mucho tiempo de ser noticia, tampoco era prudente tentar al destino.

Por lo que dos viejos amigos, que se conocieron por asistir al mismo colegio de magia, irían a tomar unas bebidas en el mundo muggle.

Por un lado, Harry veía muchas ventajas en la coincidencia en que Hermione y él tuviesen orígenes muggles y fuesen, por unos años, educados bajo ese ambiente. Ninguno de los dos poseía esa horrible vena de ver a los muggles como idiotas o fenómenos, a pesar que la educación que cada uno tuvo fue ciento por ciento diferente.

O quizá no fuese coincidencia.

Harry miró fijamente el contenido de su taza, echando humo, tal como él adora.

Hermione, mientras tanto, rompía el segundo sobrecito de azúcar y lo echaba en su taza, para luego revolverlo con toda la calma del mundo.

–¿Y si armas una velada? – dijo repentinamente Hermione, sacando a Harry de sus profundas meditaciones. Harry frunció el entrecejo, provocando que Hermione negara con la cabeza por tremendo despiste. – Ya sabes, para decirle que la quieres.

Harry levantó una ceja mientras se llevaba la taza a los labios, tratando que el humo no le quemase y que la mano dejase de temblarle.

Hermione le miró unos instantes, dejando que la sensación al ver a su amigo completamente despistado por una chica, le inundara. Luego la sacudió, para concentrarse en lo que ella le iba a decir.

– Ya sabes, cosas como... velas a la hora de la cena, flores, música suave, las velas que sean perfumadas – Hermione se rascó la barbilla.

–¿Eso te gusta?

Hermione le miró y parpadeó un par de veces. Luego bajó la cabeza un poco.

–La verdad, me daría sueño – le confesó Hermione, luego inspiró una gran cantidad de aire antes de soltar, encogiéndose de hombros en el proceso – Aunque todo depende de con quién esté. Mira, Harry, lamento no haberte sido de gran ayuda cuando salías con Cho.

Harry rio, bajando la taza en el proceso. Hermione sonrió complacida aunque no entendiese cuál era el chiste. Pero ello no le importaba, lo primordial era escuchar la sincera carcajada de Harry, hace mucho que no lo había escuchado reír con ganas.

–A eso difícilmente se le puede llamar cita – recalcó Harry, dejando a un lado los lentes antes que se le empañasen más con el humo del café.

–No pensaste en eso a tus quince – dijo ella, eligiendo cuidadosamente las palabras. Esa época era delicada para Harry.

–No pensé mucho en ese entonces – respondió Harry, viendo en su mente una delgada y fémina figura caer, una sonrisa que se apagaba. Era tal el impacto que prácticamente la sentía aún entre sus brazos.

No lo había comprendido en esos terribles instantes.

Y le tomó mucho tiempo más el descifrarlo. Quizá por lo complejo que era, probablemente por ello se trababa al querer exteriorizarlo.

O simplemente que Harry vuelve a temer.

–Si al menos me lo dijeses – Hermione le miró, su mirada perdida unos instantes en la nada. Harry aprovechó para grabar en su mente esa imagen, para intentar desechar la de su amiga, cuando la creyó muerta. – ¿Es una muggle? ¿O pertenece al mundo mágico?

En esos instantes él le dio la respuesta que más pudo darle su cerebro.

–Te prometo que pronto lo sabrás.

Y Harry rio por dentro, con muchas más ganas. Él conoce bien el terrible significado que aquello encierra para Hermione.

–Sólo espero que... – Hermione se mordió el labio, y parpadeó un par de veces más, soplando el humo imaginario que estaba en su taza. –... que al menos me deje verte una vez al mes.

Harry le dio otro sorbo a su café humeante, y con una mano se restregó el rostro. Aunque la ausencia de lentes le hacía ver borrosa la silueta de Hermione, él la distinguía a la perfección.

Con cierto temblor, él posó su mano derecha sobre las de Hermione, que aún sostenían su taza.

–Estoy seguro que sí – le dijo Harry, con cierta pizca de valor mezclado con humor que salió desde lo profundo de su ser – Porque si no ella simplemente no vale la pena.

Hermione se pasó una de sus manos por sus ojos, enjugando la traicionera lágrima que se atrevió a liberarse de la prisión castaña.

Ella se obligó a sonreír, para que Harry no malinterpretase su reacción.

–Al menos tienes que decírmelo, Harry. No puedo creer que a estas alturas de la vida, aún tengas secretos conmigo.

Harry se sintió acariciado con sus palabras, pudiendo identificar en ellas el estado de ánimo bromista de su amiga.

–Tú – le dijo Harry.

El silencio inundó el sitio.

El corazón latía a una velocidad impresionante, amenazando con abrirse una puerta en el pecho para escapar. Pudieron pasar minutos, horas, días. El tiempo pareció rehusarse a continuar su curso normal.

Odió haberse quitado sus gafas. Deseaba ver la reacción de ella cuadro por cuadro.

–Tú lo sabrás, Hermione – completó Harry, presionando su mano. –Te prometo que muy pronto, lo sabrás.