¡Hola a todos! Este es mi segundo fanfiction y el primero de Inuyasha, y es sobre Rin y Sesshoumaru porque me encantan como pareja, a pesar de que en el manga o anime no se haya visto nada sobre esta posibilidad. Afortunadamente, para eso está la imaginación de los fans y yo soy una más a la que le encanta escribir. Espero les guste y abrazos desde Perú.

Únicamente mía

Capítulo I

Decepción

El poderoso y temido lord de Las Tierras del Oeste descansaba bajo la sombra de un frondoso árbol. Era una cálida aunque no muy silenciosa tarde.

- ¡Niña tonta! Ya quédate quieta, sabes que al amo bonito no le gusta que maltrates tus ropas.

- Solo estoy recogiendo unas flores.

- ¡Qué niña tan testaruda!

- Jaken. - Dijo el lord con su habitual grave e imponente voz. - Silencio.

Sin poder protestar, el demonio sapo se marchó del lugar rechinando los dientes, furioso de haber sido regañado por culpa de la humana.

Jaken se dirigió a la profundidad del denso bosque con el fin de encontrar más provisiones para continuar con su viaje, que debido a la compañía de Rin, le exigía buscar algo decente para comer. Sin embargo, a la joven que iba con ellos no parecía importarle mucho la falta de comida o cualquier otro asunto, pues no hacía más que pasear por el campo que habían encontrado como perfecto lugar de reposo.

Una vez más estaban viajando por las tierras más lejanas del Reino del Oeste, y casi sin percibirlo, habían pasado diez años desde que Sesshoumaru decidiera tener a Rin como su protegida, y desde que Inuyasha destruyera al despiadado Naraku y tomara como pareja a Kagome, quien además se había convertido en una sacerdotisa muy poderosa, y la responsable de la reconstrucción total del brazo perdido del lord.

Después de un par de horas, Sesshoumaru abría los ojos, casi embriagado por el aroma de Rin que yacía descansando a su lado muy tranquila. En la posición en que se encontraba el demonio perro, pudo apreciar perfectamente el perfil sereno de Rin. Su tez era blanca y como casi siempre, un ligero rubor se apreciaba en sus mejillas, sus labios estaban entreabiertos y dejaban escapar su aliento.

Rin había dejado de ser una niña y aunque el lord no estaba seguro de si eso era bueno o malo, se sentía satisfecho de haber contribuido en que se convirtiera en una estupenda mujer.

Abrió lenta y perezosamente sus ojos.

- Señor… disculpe si he dormido demasiado…

- Es normal si todo el día te mueves de un lado a otro. - Su tono era el mismo de siempre; monótono, casi frío, como si nada lo perturbara.

Pero ella sabía perfectamente que Sesshoumaru no era un ser malvado, al contrario, él había decidido protegerla y hasta era una de las pocas personas a la que se le permitía entrar a su habitación, y aunque era humana, se le dejaba estar al lado del demonio más poderoso de todas las tierras.

Rin le regaló una suave sonrisa y de un brinco estaba de pie. Acto seguido, sacó una peinilla de una bolsa que desde que se había hecho mayor, llevaba a todos sus viajes. La peinilla era de plata y tenía unas piedras de colores incrustadas en él, un ostentoso regalo del demonio. Con su tan preciado obsequio, comenzó a desenredar el largo y oscuro cabello. El sol a punto de ocultarse, se reflejaba en su melena y le arrancaba destellos cobrizos, imagen que logró hipnotizar por unos segundos al lord, que no podía creer que la pequeña niña que un día devolvió a la vida, haya dejado de serlo en tan pocos años y ante sus propios ojos.

Inmediatamente salió de su fugaz ensimismamiento y se acercó a su sirviente que parecía estar preparando algo de comer. Después de unos minutos Rin se acercó a Sesshoumaru.

- Señor… ¿puede darme permiso para ir a asearme? hay unas aguas termales muy cerca de aquí, después de comer claro.

- Está oscureciendo.

- Pero están muy cerca… - La joven se ruborizó. - Yo necesito…

- Está bien, después de comer y no quiero que tardes. - Por la forma en la que habló parecía más una amenaza que otra cosa.

La muchacha asintió complacida aunque algo nerviosa, después de tantos años junto a él, sabía perfectamente que no se le debía desobedecer, y mucho menos tratar de engañar, su olfato era capaz de distinguir diversos olores y aromas a una gran distancia.

- ¡Pero qué impertinente eres!… siempre molestando con tus cosas de niña ton… - Jaken no pudo terminar de regañar a Rin porque una misteriosa piedra fue lanzada hasta su cabeza, enmudeciéndolo inmediatamente.

A penas terminó de comer, Rin hizo una reverencia al lord y este movió su cabeza afirmativamente, dándole permiso para que se retirara.

Después de casi una hora, Rin no regresaba, y aunque Sesshoumaru sabía que estaba en perfecto estado, le molestaba muchísimo que no haya obedecido sus órdenes.

- Esa niña, si será torpe y desobediente, deberíamos abandonarla en este lugar…

- Deja de quejarte y quédate aquí, regreso en unos minutos. - Se puso de pie majestuosamente, haciendo que su larga y platinada melena se moviera contra el viento.

- Sí amo bonito. - Jaken se quedó mirando la espalda de su amo hasta que se perdió en el camino. - No sé porque se preocupa tanto por esa mocosa desobediente, si le ha pasado algo malo… el amo bonito va a estar furioso… - Tembló de solo imaginarlo.

Detestaba ser desobedecido, él recalcó claramente que no se tardara.

Ayudado de su agudo olfato llegó hasta donde se encontraba su protegida, y para su sorpresa, aún estaba desnuda y sumergida en el agua, echándose en el cabello un aceite que Sesshoumaru reconoció como uno de sus últimos regalos.

El demonio se mantuvo a una distancia prudente, y es que la imagen de Rin en las aguas termales lo cautivó, y por un instante su olfato y sentidos se centraron en el cálido aroma de la joven, hasta que de pronto, otros olores comenzaron a mezclarse.

Efectivamente, alguien había aparecido de la nada haciendo que Rin saliera estrepitosamente del agua y se colocara su yukata.

- ¿Qué tenemos aquí?... una mujer sola ¡qué gran error! - Su tono de voz era lascivo.

- No se acerque… - Dijo tratando de mantenerse tranquila, rogando a todos los cielos para que Sesshoumaru apareciera y la rescatara como tantas otras veces.

- Lo siento mucho preciosa, pero antes de comerte, jugaré un momento contigo.

En ese momento, el que parecía ser un despreciable hombre, se transformó en un enorme y grotesco demonio. La asquerosa bestia comenzó a acercarse a Rin, que presa del miedo, comenzó a correr cuando de la nada, un destello de luz apareció entre los arbustos.

- ¿Cómo te atreves a acercarte a la protegida del lord de estas tierras? inmundo ser.

- No me interesa quién seas, solo sé que estoy dispuesto a darte lo que quieras por esta humana, tengo muchas monedas… - Sacó una bolsa de entre sus ropas y comenzó a agitarla en el aire. - ¿Lo ves? te la compraré si es lo que quieres, aunque no creo que pidas mucho por una simple humana.

Fue tanto el desprecio que sintió antes esas palabras que una vez más, un último látigo de luz salió de las garras de Sesshoumaru, haciendo polvo al demonio que había osado atacar a Rin.

Pudo sentir unos pasos acercándose a él, y después, unos delgados brazos que rodearon su cintura por la espalda.

- Gracias señor… - Dijo en medio de sollozos, había creído que moriría en ese lugar.

- ¿Ahora comprendes? Es muy peligroso que estés sola, aunque sea en mis propias tierras. Cuando lleguemos al palacio no saldrás de tu habitación hasta que te ordene lo contrario. - Su voz se escuchó mucho más seria de lo normal, lo que hizo que Rin se asustara y retrocediera unos pasos. - Ahora guarda silencio y sígueme, nos marchamos ya, estoy seguro que ese fue el último intruso en mis dominios.

Rin sabía que Sesshoumaru estaba realmente furioso aunque no lo mostrara del todo, pero tampoco le parecía justo ser tratada así, y menos cuando creyó que iba a ser torturada y asesinada. Se sintió triste de no recibir su consuelo, aunque quizá estaba pidiendo demasiado, ella lo conocía muy bien y sabía que el lord no solía mostrar ninguna clase de afecto.

Lo primero que hizo al llegar al gran castillo, fue encerrarse en su habitación tal y como se le había ordenado. Todos los guardias y sirvientes del palacio se percataron de que la pequeña dama, quien solía regresar muy alegre de los viajes, ahora lo había hecho como alma en pena.

- Discúlpeme amo, pero mi niña ha regresado tan triste… - Moura, la vieja demonio, había sido la encargada de atender a Rin desde su llegada al castillo. La anciana tenía una expresión dulce y bonachona, y ya tenía muchas generaciones en el palacio, ella incluso había criado a Sesshoumaru desde la muerte de su madre.

- Tienes que ser más severa Moura, me desobedeció y estuvo en grave peligro, por eso no quiero que salga de su habitación hasta que yo diga, no la consueles, ni mimes, tiene que pagar las consecuencias de su irresponsabilidad. Un demonio estuvo a punto de lastimarla, si yo no llego a tiempo...

- Usted siempre llega a tiempo.

Sesshoumaru miró a la demonio con una clara expresión de fastidio.

- Estoy segura que no quiso causar problemas, mi pobre niña, sé cuánto se preocupa por ella y tiene razón en darle un escarmiento, pero ¿al menos puedo llevarle algo de comer?

- Solo eso, no quiero que te quedes conversando. Más tarde iré a su habitación y hablaré con ella.

- Sí amo, permiso.

Moura probablemente lo conocía mejor que nadie, así que sabía perfectamente lo que pudo sentir al ver a su protegida en peligro, por eso, tal y como lo ordenó, solo le dejó una bandeja con comida a su niña y se retiró sin cruzar demasiadas palabras.

Rin intentó comer algo, pero no lo consiguió.

La noche se hacía más oscura y siniestra, y era cuando el gran Castillo del Oeste parecía mucho más majestuoso y misterioso.

Habían pasado un par de horas, y Rin miraba tristemente la noche, reprochándose a ella misma por el error que había cometido. Ella solo quería agradarlo, eso trataba de hacer cada día de su vida, de ser buena y retribuirle con atenciones todo lo que Sesshoumaru sigue haciendo por ella.

De pronto alguien dio dos golpes a la puerta y la abrió inmediatamente. Esa era la forma en la que él entraba a su habitación, como si fuera suya.

- Imaginé que aún estarías despierta.

- No tengo sueño… - Dijo Rin avergonzada de que quizás la haya encontrado a punto de cambiarse o algo parecido, y también porque imaginaba que su apariencia en esos momentos no sería la más presentable. Rin solo llevaba puesta una sencilla yukata, se acaba de bañar y ni siquiera le habían dado ganas de peinarse.

- Sabes que detesto que no cumplan mis órdenes, tú sabes perfectamente lo peligrosa que puede ser la noche en estas tierras, te advertí que no demoraras. - Durante unos segundos guardó silencio, mientras la escudriñaba con la mirada. - Si cometes esta falta nuevamente tu castigo será mucho peor.

- No volverá a pasar señor. - Dijo la joven con determinación, aunque el nudo en su garganta se desató y dio paso a algunas lágrimas.

- No llores, sabes bien que eso tampoco me gusta.

- No es mi intensión molestarlo…

- Entonces no llores. - Odiaba cuando Rin lloraba, pero su posición era la correcta ¿a caso ella no entendía que si ese monstruo la hubiera lastimado, él no se hubiera perdonado jamás?

Sesshoumaru no sabía bien qué era ese sentimiento, pero lo que sí tenía claro, es que después de regresarla a la vida cuando era niña, y de vivir con ella durante tantos años, no tenía la más mínima intensión de dejarla ir, ella era una de sus más valiosas posesiones, sí, ella era suya y nada ni nadie se la quitarían. Por lo tanto, se merecía ese castigo, ella había sido la causante de poner su propia vida en peligro.

- Señor… ¿puedo dormir hoy con usted?

"Ya no es correcto que deje que Rin duerma con usted, ella ya no es una niña, es una mujer, y eso podría fomentar malos comentarios, recuerde que ella es solo su protegida".

La voz de Moura retumbó en su cabeza, ella le había mencionando aquello cuando Rin tenía quince años, y por alguna razón, nunca pudo olvidar esas palabras. Aún así, permitía que Rin durmiera junto a él en ciertas ocasiones, pero la verdad era que a él no le importaba lo que dijera el mundo entero, él sería capaz de matar al que hiciera algún comentario mal intencionado.

De pronto Sesshoumaru percibió otro olor, un poco más penetrante, ya no se trataban de las lágrimas de Rin, sino el de ese aroma que aparecía cada cierto tiempo.

Entonces recordó aquella vez en que dormían juntos cuando ella solo tenía trece años. Él no sabía, pero Rin comenzaba a convertirse en una verdadera mujer. Aquella vez, ese olor lo ofuscó y verla acostada a su lado, tan bella, tierna y a su completo merced, hizo que sus sentidos se confundieran. Aquella vez, al gran lord le fue inevitable acercar sus labios a los de Rin. Aún recordaba lo tibios que eran, y como es que al día siguiente le había recriminado a Moura no haberle informado de ese importante acontecimiento, que sin imaginarlo, lo había afectado hasta el punto de robarle un beso a su pequeña protegida.

Él recordaba que a partir de ese día Rin había comenzado a crecer y ponerse más hermosa y femenina, lo que había hecho que el gran señor tomara sus precauciones. Ya no le era indiferente su presencia y a veces se descubría mirándola por largo rato, como si no hubiera nada más importante que hacer que contemplarla.

No comprendía, o no quería comprender, cómo es que su aroma de alguna manera lo llamaba, lo atrapaba, su belleza lo conmovía y despertaba algo en él como ningún otro ser que haya conocido. Desde ese día ya no era tan común que ella durmiera en su futón, y si eso sucedía, se aseguraba bien de que ese aroma no estuviera presente, solo así podía evitar perder la compostura.

Ese aroma era fuerte, pero tan agradable. Sesshoumaru se perturbó ante ese pensamiento aunque no lo dio a notar.

- Ya hemos hablado de esto, es mejor que ya no vuelvas a dormir conmigo. - Sesshoumaru volvía a sentirse realmente incómodo de tener esos pensamientos hacia Rin, pero se mantenía inmutable, escudado en su fría expresión.

- Pero señor, ha comenzado a llover, y seguro habrá rayos y truenos… déjeme dormir con usted, me siento más segura…

- He dicho que no. Buenas noches Rin.

Salió de su habitación con ese andar tan pausado y majestuoso que lo caracterizaba.

Pobre y dulce Rin, ella lo idolatraba, sabía que él odiaba a los humanos, que le parecían seres débiles e inferiores, pero lo amaba a pesar de que sabía que nunca se fijaría en ella, y ahora, ya nunca podría dormir con él. ¡Qué tonta se sentía! Por su comportamiento irresponsable la terminaría por odiar y eso no podría soportarlo.

No dejó de llorar y lamentarse toda la noche. ¿Por qué era tan tonta? El señor Jaken tenía razón ¿por qué era humana? Ella hubiera preferido nacer demonio y tener la oportunidad de expresarle sus sentimientos a Sesshoumaru. Siempre soñó en crecer y poder ser una mujer que le agradara, que le gustara, que él amara, pero todo eso eran sueños, nada podría ocurrir jamás entre ellos, un día moriría y tendría que llevarse sus sentimientos a la tumba.

Su llanto no pasaba desapercibido para el gran señor que dormía justo al lado de la habitación de la humana.

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Habían pasado cuatro días y Rin seguía sin salir de su habitación. Estaba echada sobre su futón. Permanecía de costado, mirando las nubes grises a través de la ventana, residuos de una noche lluviosa, otra noche en la que no pudo dormir por culpa de los rayos.

De pronto alguien tocó a su puerta, y casi por inercia dio permiso a que pasaran.

- Niña tonta, eso es lo que pasa cuando desobedeces al amo.

- Déjeme sola señor Jaken.

- Levántate.

- Estoy castigada.

- Eso no quiere decir que tengas que permanecer en tu futón sin hacer nada.

- No hay mucho que hacer aquí.

- Ni si quiera te has bañado y el amo quiere verte en media hora.

De un solo brinco se levantó de su futón y le pidió a Jaken que saliera, se dio un baño rápido y se arregló lo mejor que pudo.

Con algo de miedo tocó la puerta. La voz gruesa y potente de Sesshoumaru se escuchó en el interior, dándole permiso para pasar.

- Eres muy afortunada. Acércate. - La miró seriamente, con los ojos ligeramente cerrados, como buscando algo en ella y Rin inmediatamente se ruborizó.

Estaba hermosa. El kimono que llevaba era uno de los favoritos de Sesshoumaru, era de color verde con unas flores de sakura adornándolo, lucía tan bien en ella, pero para su disgusto, su piel estaba más pálida de lo normal. - Veo que no has comido muy bien.

- No he tenido mucho apetito.

- Eres tan irresponsable, pero aún así afortunada. Tendremos visitas en el castillo, así que ya no estás castigada, hay mucho que hacer y necesito que ayudes a Moura.

- Estaré feliz de ayudar señor. - Fue tal su emoción que casi sin pensarlo, acortó la distancia entre ellos y se arrojó a los brazos del demonio. Sin darse cuenta se quedó recostada de su pecho, aspirando su olor.

- Rin… - La separó de su cuerpo con trabajo. Rin era la única persona que poseía esa calidez, eso que hacía que él se sintiera tan tranquilo y lleno de paz. - Se trata del lord del Norte y su familia, unos problemas han surgido con la gente del Sur y el Este, y considero conveniente que discutamos esos temas aquí, así que necesito que ayudes, quiero que toda la casa esté en completo orden para recibirlos, además, también se acerca tu cumpleaños, y no quiero que la pases encerrada.

Era en momentos como ese que desconocía a Sesshoumaru, cuando parecía que sentía un aprecio especial por ella.

- No se preocupe por mi cumpleaños señor… - La verdad era que Rin no sentía emoción por su cumpleaños después de ver la preocupación de Sesshoumaru mientras le hablaba de las próximas visitas. - Lo más importante son esas visitas y lo que deben solucionar, yo ayudaré a limpiar to…

- No. - El timbre de voz de Sesshoumaru pareció alterarse un poco. - Tú aquí no eres de la servidumbre, eres mi protegida Rin, tus deberes son otros, como coordinar todo junto a Moura ¿has comprendido?

- Sí señor. - Lo dijo tan seria y decidida que Sesshoumaru no pudo evitar sentir una gran satisfacción, pensó que sería más difícil hacerle comprender que su lugar en el palacio era privilegiado, que era su protegida, la única mujer importante en el castillo.

- Bien, ahora… - Sesshoumaru tomó un paquete grande y también una botella larga llena de un líquido espeso entre verde y azul, un aceite corporal del que Rin siempre usaba. Estiró el brazo y se los entregó a Rin. - Es otra botella de tus aceites, sé que se terminó el contenido de la última porque hace algunos días ya no lo huelo en ti, y estos… - Dijo señalando el paquete en los brazos de Rin. - … son diez nuevos kimonos que mandé a preparar, quiero que luzcas impecable, más bella y arreglada que de costumbre, quiero que todos en esta casa demos muy buena impresión cuando los de Norte lleguen…

Sesshoumaru seguía hablando, pero el cerebro de Rin pareció dejar de funcionar cuando dijo "más bella y arreglada que de costumbre" ¿a caso había escuchado bien? Rin no pudo evitar sonrojarse y solo atinaba a asentir con la cabeza. Sesshoumaru al notar su reacción se desconcertó un poco, no entendió porqué, pero notaba rara a su protegida.

- ¿Pasa algo?

- Es que… me halaga tanto que me regale estas cosas… para verme más bella…

- Así es.

- Es que nunca me lo había dicho…

¿Que nunca se lo había dicho él, a caso eso significaba que otros sí? No fue algo que al gran lord le gustara escuchar, le parecía una insolencia que cualquier otro ser la halagara con ese tipo de calificativos.

- Bueno Rin. - Dijo para apartar malos pensamientos de su mente. - Lleva todo a tu habitación, y si puedes comienza con los preparativos desde hoy, y claro que tu cumpleaños importa, pronto cumplirás dieciocho años, ya te he regalado muchas cosas, quiero que pienses qué es lo que quieres y te lo daré.

Esa parte de la personalidad de su amo la perturbaba. Esas palabras sin duda expresaban su cariño hacia ella, pero ni su voz ni su semblante parecían ir a la par de lo que decía.

- ¿Lo que quiera?

- Te lo acabo de decir Rin. - Habló un tanto irritado.

- ¿Muy seguro?

- Lo que sea. - De pronto se arrepintió de sus palabras, pero era cierto, le había dado ya tantas cosas que no sabía qué más podía desear o necesitar.

- Muchas gracias por su ofrecimiento, a pesar de que sabe que estar a su lado todos los días es más que suficiente y me hace la más feliz. - Casi era una declaración de amor.

Un calor envolvió el cuerpo de Sesshoumaru. Cada vez que ella se sinceraba con él, le brillaban los ojos y es cuando en verdad la creía tan feliz estando a su lado. Maldecía que ella dijera eso, cuando era muy probable que un día se marchara para formar una familia, después de todo era una mujer y algún día se enamoraría… un momento, lo último que quería Sesshoumaru era que ella se fuera, pero mientras tanto trataría de no atormentarse, ya pensaría qué hacer para que nunca se enamorara de nadie, o tal vez lo mejor sería que te enamoraras de mí.

Aquellos, pensamientos y deseos de posesión lo agitaron, pero como siempre, disimular era su especialidad.

Ese tipo de pensamientos iban aumentando con el paso de los años, a medida que ella crecía y se hacía más hermosa, más mujer, y ese hecho era algo que no podía o no quería comprender, porque la verdad era que no estaba dispuesto a conceder la mano de Rin a nadie.

- Solo quiero que usted pase todo el día conmigo, y también Inuyasha y su familia.

- Eso no. - Claro que no, eso para él era demasiado, y más cuando sabía que los cachorros de Inuyasha y la sacerdotisa eran bastante ruidosos.

- Usted dijo que podía pedirle lo que quisiera. - Una sombra de tristeza apareció en su semblante. - Y eso es lo que más quiero.

- Rin, he dicho que… - Rin puso una carita de decepción que hizo que el lord aceptara sin mucho entusiasmo, después de todo, la sacerdotisa era agradable, aunque su hermano fuera majadero e insoportable, ella podría controlarlo y a sus cachorros también. Esta pequeña mujer tiene el poder de hacerme cambiar de parecer y no está bien.

- ¡Muchas gracias señor! - Rin se emocionó tanto que dejó de lado sus obsequios para arrojarse nuevamente a los brazos de Sesshoumaru y plantarle un beso en la mejilla. Hace mucho que no pasaba eso, desde que era una niña y aparecía de la nada para colgarse de su cuello. El demonio rodeó su cintura casi por inercia.

- Rin… - Hizo una breve mueca de desaprobación. - Ya no eres una niña como para colgarte así de mi cuello. - Pero después su expresión cambió. Tenía a Rin tan cerca que podía sentir su respiración sobre su rostro, el olor de su cabello.

De otro lado, Rin estaba sorprendida, Sesshoumaru la tenía cargada y no parecía querer soltarla. El demonio no pudo evitarlo y tomó un mechón de su cabello, era oscuro y sedoso. Por un momento todo pareció detenerse para Rin. El lord sentía placer de tenerla así, tan cerca, tan pegada a su cuerpo que podía apreciar sus formas. Sin previo aviso, la mano que acariciara un mechón de cabello ahora estaba sobre una de sus mejillas.

- Se… señor…

- ¿Me tienes miedo?

- No Señor…

- Entonces ¿por qué tiemblas? - El lord de las Tierras del Oeste estaba a punto de sucumbir ante la tentación, y si se ponía a pensar, iba perder la compostura por segunda vez.

- Yo… - No lo pudo evitar, sus labios atraparon los de Rin suavemente, como tratando de descubrirlos, de conocer su sabor y su textura.

Rin creyó que se desmayaría en ese mismo momento. ¡Cuántas veces había soñado con un beso suyo, cuántas veces había soñado que él la amaba como ella a él! Pero sabía que él era prohibido, porque se trataba de un demonio, un ser sobrenatural que jamás posaría sus ojos en ella.

Mil pensamientos se agolpaban en la cabeza de Rin, pero en ese preciso instante ya no importó nada más y solo quería disfrutar de ese beso. Sesshoumaru la colocó sobre el suelo y la apresó más en su abrazo, la tomaba de la nuca para profundizar más el acto que le arrancaba el aliento a ambos.

El brazo en su cintura parecía querer romperla y de pronto sintió su lengua rozar sus labios y ya no pudo más, sus ojos marrones se nublaron y solo pudo sentir que las fuerzas se le iban. Sesshoumaru la sintió relajarse tanto que tuvo que ejercer más fuerza en su agarre para evitar que cayera, pero el momento se rompió cuando uno de sus colmillos rozó su delicada piel, sintió que se rasgaba y el sabor de su sangre lo inundó, y lamentablemente, el lord se apartó de ella abruptamente.

- Maldición… - No podía creerlo ¿qué había hecho? Rin sangraba y todo porque no pudo contenerse. Por instinto comenzó a lamer el labio de Rin.

- Señor… - Rin estaba más ruborizada que nunca por lo que hacía el lord, mil sensaciones atravesaban su cuerpo, sensaciones que descubría por primera vez, aunque pronto comprendió que estaba sangrando y que esa era su forma de auxiliarla, pero en ese momento solo podía pensar en que quería todos los besos de Sesshoumaru para ella, y más si sentía su lengua en esa parte de su cuerpo.

- Rin… ¿qué hice? - Éste parecía ser otro Sesshoumaru, uno que sí sentía y cuyos ojos dorados parecían alarmados.

El demonio pegó su frente a la de Rin como cansado, como tratando de comprender, pero otra vez se perdió y volvió a besarla, a acercarla más. La besó apasionadamente hasta que pareció cansarse de sus labios y totalmente fuera de sí, comenzó a besar su cuello. El cuerpo de Rin tan pegado al suyo lo llenaba de calor y una punzada en su entrepierna dio paso a millones de sensaciones. Rin sintió eso crecer y ensancharse, estaba cerca de su cadera, y ese repentino y marcado cambio en el cuerpo del lord la asustó.

- Señor… no…

- Rin… - Su voz era ronca. Ella se separó y Sesshoumaru la miró con desaprobación.

Pero de pronto Sesshoumaru pareció cobrar la razón.

- Rin, esto no está bien.

- ¿No lo está? - A Rin le dolieron esas palabras. Así que eso no estaba bien, claro, ella siempre sería una humana.

- Tú eres mi protegida.

Solo soy su protegida y no puedo aspirar a ser nada más... ¿Entonces por qué me besó así?... estoy segura que debe sentir algo por mí.

- Siempre seré su protegida.

- Tú me perteneces Rin.

- ¿Qué?

Solo soy un objeto para él…

Rin salió corriendo de la habitación, dejando a un muy desconcertado Sesshoumaru que no entendía por qué de pronto huía, pero estaba mal, todo estaba mal, había sentido deseos de tomarla y eso no podía ser ¿pero en qué situación había caído? Ahora que la había probado de esa manera podía sentir a su cuerpo clamar por tenerla… ¿por qué, porqué tenía que ser ella, por qué ninguna otra llamaba su atención, por qué de pronto quería hacerla suya?

- Rin… - Gruñó ronco, deseoso, pero nuevamente se arrepintió.