Hasta aquí llega esta historia y deseo de todo corazón que les haya gustado. Muchísimas gracias por sus buenos deseos y el gran apoyo que me han dado durante todo este fic, casi 200 reviews, todavía no puedo creerlo, me siento muy feliz y espero que nos reencontremos pronto. ¡Bendiciones!

Capítulo IX

Por siempre, únicamente mía

Sintió como la mano que estaba en su pecho, se deslizaba sin fuerza a un de su delicado cuerpo, cayó tan lentamente, sin vida.

Sesshoumaru ya no podía sentir el aroma de su mujer y solo era capaz de escuchar que el llanto de su bebé se hacía cada vez más fuerte. Ni las oraciones de Kagome ni las de Miroku podían escucharse ahora, era el grito de su bebé lo único que oía, era como si esa pequeña criatura pudiera sentir la pérdida de su joven madre.

Por primera vez en su larga vida sintió eso que todos llamaban tristeza.

Ya todo había terminado y su pequeño e indefenso cachorro parecía saberlo perfectamente, su llanto se incrementaba y rompía el corazón de todos.

Para Sesshoumaru el tiempo se había detenido, sus lágrimas caían, las sentía mojar sus mejillas y caer por su mentón.

¿Alguna vez lloró? ¿Cuándo fue la última vez que lo hizo? Creyó que no había sucedido antes, que por primera vez, esa coraza que siempre llevaba encima se había roto para dar paso a emociones como las que ahora se arremolinaban en su pecho. Sentir a su mujer irse entre sus brazos era demasiado, incluso para él.

¿Quién era él? ¿Quién?

Ahora sentía que no era nadie.

Nada.

Solo atinó a estrechar a Rin entre sus brazos y hundir su rostro en el cuello blanco, más blanco que nunca, tan solo para sentirla un poco más.

¿Realmente lo estaba dejando? Sí, ahora estaba solo y ya podía sentir la desesperación y el dolor inundar su alma por ver a su hermosa mujer morir, por ver morir a alguien que en verdad ama.

Entonces Sesshoumaru recordó algo, quizá tan doloroso como lo que estaba viviendo en ese instante.

Por aquellos días él era un cachorro como todos, lleno de vida que no cesaba de jugar por todas partes, que corría en medio del jardín sin mayores preocupaciones y que ignoraba todo lo que sucedía fuera del gran palacio en donde vivía feliz.

Moura lo veía jugar a lo lejos. Ella estaba sentada en una roca mientras el pequeño que cuidaba desde que era tan solo un recién nacido no se cansaba de revolotear frente a sus ojos.

Lo que ignoraba era que fuera del castillo se estaba librando una verdadera batalla, una verdadera guerra en donde Inu No Taisho y sus hombres peleaban con todas sus fuerzas, una lucha en donde incluso la señora del palacio participaba.

El pequeño Sesshoumaru de pronto se quedó quieto, podía sentir el olor de sus padres cada vez más cerca, pero además, se mezclaba con otro aroma; sangre.

No supo en qué momento su padre apareció llevando en brazos a su madre. Su pequeño y tranquilo mundo se había detenido y desmoronado de pronto. Su madre estaba en los brazos del gran señor del castillo llena de sangre y con los ojos cerrados, y su padre estaba llorando y tenía la expresión más extraña que podía imaginar, le dirigió una mirada a su pequeño hijo mientras Moura corría tras él para alejarlo de aquella terrible visión, pero él se zafó de su agarre y vio como su padre clavaba sus colmillos en el cuello de su madre.

Las lágrimas cayeron por primera vez con plena conciencia de la tristeza, sintió ese miedo que lo ahogaba y angustiaba, ese miedo que le quitaba la respiración, que lo mataba de dolor de solo pensar que se quedaría sin alguien a quien ama tanto, que lo desesperaba con la sola idea de creer que lo perdería todo.

En medio de su llanto silencioso, lo primero que pasó por la mente del pequeño Sesshoumaru fue que probablemente su padre querría darle una muerte más rápida y menos dolorosa con la ayuda de su veneno, pero no pudo ver más, el cachorro fue alejado finalmente por Moura mientras ésta le aseguraba que su padre sabía lo que hacía, y efectivamente, Inu No Taisho había hecho algo que no sabía muy bien qué era, pero que sin duda había dado resultado, su madre seguía entre ellos y estaba en perfectas condiciones.

A caso… ¿Aún había tiempo?

Sesshoumaru, repentinamente, se soltó de sus recuerdos para acariciar el rostro de Rin, esta vez ya no escuchaba nada, ni si quiera el llanto de su pequeño, solo era ella frente a sus ojos, su rostro pálido, sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos, la mujer que tanto amaba.

Él tenía que hacer algo, no importaba qué, lo que fuera, y entonces ese algo en su mente se comenzó a gestar. Quizá su linaje le permitiría hacer lo mismo que su poderoso padre. Sesshoumaru tenía que proteger lo que amaba y conservarlo por siempre a su lado ahora que lo había encontrado, quizá podía controlar su veneno de tal forma que ayudara a Rin… pero… ¿Cómo? Si él jamás había intentado hacer algo como eso… ¡No importaba, tenía que confiar en sí mismo, él era el gran lord de las Tierras del Oeste!

Y entonces y para sorpresa de todos, Sesshoumaru acomodó a Rin entre sus brazos y clavó sus colmillos en su cuello sin mayores preámbulos.

Kagome dejó de emitir su grandioso poder espiritual mientras era rodeada por los fuertes brazos de su esposo. Inuyasha tuvo el impulso de acercarse a donde estaban su hermano y Rin, pero Kagome lo detuvo, ella tenía el presentimiento de que lo que hacía Sesshoumaru, fuera lo que fuera, era lo correcto y de que sus poderes espirituales solo serían un estorbo.

Miroku también se detuvo y se acercó a Sango que aún tenía al bebé en brazos, aunque la pequeña criatura ya se había quedado profundamente dormido después de tanto llorar.

Shippou miraba estupefacto la escena… ¿Qué era lo que Sesshoumaru trataba de hacer?

Cerró los ojos, trató de concentrarse y con cuidado iba vertiendo su veneno. Tenía que funcionar, trató de sentir el aroma de Rin nuevamente y podía jurar que volvía a aparecer poco a poco, que volvía a sentir esa exquisita fragancia, aunque fuera débilmente. Se enfocó en hacerle sentir a Rin todo su amor y desesperación, en todo el deseo que tenía de tenerla a ella y a su hijo juntos, y aunque no rogó a ningún dios para que eso sucediera, invocó a todas las fuerzas de su linaje, a su padre y a la naturaleza para pedirle desesperadamente su ayuda, para tener la certeza de estar haciendo lo correcto, para realizar a la perfección aquello que vio y que sin duda salvó la vida de su madre en esos tan lejanos tiempos.

El cuerpo de Rin seguía completamente quieto, pero su aroma se hacía cada vez más fuerte. Sus colmillos seguían prendidos de su piel, justo en el mismo lugar en donde estaba marcada. El tibio líquido seguía pasando por todo su cuerpo, mezclándose con su sangre y entonces él abrió los ojos. Rin volvía a tener color.

Todos estaban quietos, esperando el resultado de eso que estaba haciendo Sesshoumaru.

Finalmente, y luego de lo que para él fueron varios minutos, Sesshoumaru retiró sus colmillos. Acomodó a Rin una vez más en sus brazos y esperó a que algo ocurriera, algo muy bueno ¡Por favor!

El cachorro de ambos comenzó a llorar nuevamente, y sin más, Rin abrió los ojos. Sesshoumaru emitió un fuerte suspiro, como si hubiera estado conteniendo la respiración todo ese tiempo. La apretó contra su pecho mientras su mujer le respondía el tierno gesto. Se veía cansada pero feliz.

- ¿Qué pasó? - Rin hablaba muy bajito pero con la misma ternura con la que siempre se dirigía a su demonio.

- No lo sé preciosa, no lo sé… - Sesshoumaru sintió que Rin se desvanecía pero ya no importaba porque estaba viva. Besó su frente y la arrulló entre sus brazos.

Había logrado, aún sin saber bien cómo, que uno de sus mayores tesoros permaneciera a su lado.

Instintivamente volteó a observar a su cachorro.

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- No sabía que algún demonio en realidad pudiera hacer eso príncipe. - La hanyou de cabellos rojos meditó un momento. - Fue un error no comentarle, pero hasta ahora, había creído que era una simple leyenda, y ciertamente confiaba en que nada malo sucedería. Le ofrezco mis disculpas, usted acudió a mí y debí darle toda la información.

- En estos momentos lo único que importa es que ella está a mi lado, y con mayor razón ahora, quiero que la revise y agradezco que haya acudido tan pronto la mandé llamar.

- Será un placer para mí conocer a la princesa y ayudarla en lo que pueda.

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- Mi amor, no seas tan cruel con mamá… - Había comenzado a darle de lactar a su bebé poco después de su recuperación. Al parecer todo estaba a la perfección con ambos, excepto unos detalles que aún no comprendía. Aunque ahora el problema se centraba en que darle de comer a su hijo había resultado algo doloroso.

- Ya te acostumbrarás o él dejará de hacer eso, es un pequeño con muchas energías… - Kagome habló dulcemente mientras hacía lo mismo con su hijo.

- Si no fueran tan hermosos… - Dijo refiriéndose a ambos pequeños. - No valdría la pena tanto sacrificio. - Comentó con una sonrisa. No podía dejar de admirar a ambas creaturas, ciertamente, eran las cositas más lindas del mundo.

- No cabe duda que adoramos a nuestros hijos. - Comentó Kagome, igual que ella, riéndose ante los mil y un halagos que tenían para sus bebés.

- Sí. - Rin comenzó a percibir que Sesshoumaru se acercaba. Eso ya no le causaba dolor en la marca, y además, era muy placentero sentir que estaba cerca, hasta incluso podía jurar que sentía su riquísimo olor. - Kagome, cúbrete, mi hermoso esposo se acerca.

- Por lo visto la adoración también la tiene el padre. - Dijo carcajeándose mientras se acomodaba la yukata.

De pronto, tocaron a la puerta. Ambas mujeres sabían quién era.

- Rin ¿puedo pasar?

- Sí amor, entra.

Sesshoumaru ingresó y alguien lo acompañaba. Kagome y Rin estaban en la antesala del lugar y se sorprendieron un poco al verla.

- Es un gran honor para mí conocer a la princesa y nueva señora de las Tierras del Oeste, al igual que a la princesa Kagome, sé mucho sobre usted y el trabajo que hacía con el príncipe Inuyasha en la aldea que habitaban. - Hizo una reverencia hacia ambas mujeres.

- Gracias. - Habló tímidamente Kagome. Era la primera vez que se dirigían a ella de esa forma.

- Muchas gracias… - Rin terminó la frase con algo de duda, no sabía el nombre de su interlocutora.

- ¡Qué torpe de mi parte señoras! Mi nombre es Eiko y vengo de las Tierras del Norte, soy hija de Doppo, fiel soldado de Lord Basho.

Ambas mujeres hicieron una pequeña reverencia.

- Rin. - Después de las presentaciones, por fin habló Sesshoumaru. - Ella es a quien acudí cuando te hice mi pareja.

- Lamento mucho por lo que ha tenido que pasar. - Habló sinceramente Eiko, ahora dirigiéndose a Rin. - He investigado mucho a cerca de las uniones entre humanos y demonios para poder ayudar a mi gente, pues, como seguramente sabrá, soy una hanyou. Lord Sesshoumaru acudió a mí muy preocupado y me alegro de todo corazón que usted y su cachorro se encuentren en perfecto estado después de todo, pero si me permite revisarla, podré aclararle algunas dudas que deben estar rondando por su mente sin lugar a dudas.

- Ciertamente he notado algunos… detalles peculiares… - Instintivamente miró a Sesshoumaru y éste asintió. - Puedes acercarte Eiko, estaré muy agradecida de que me revises.

- ¿Desea que le ayude? - Ofreció servicial Kagome.

- No es necesario señora.

Sesshoumaru se acercó a Rin antes que Eiko para cargar a su pequeño cachorro que ya estaba tranquilamente dormido.

La hanyou posó sus manos en las sienes de Rin y en varios lugares de su rostro, cuello, hombros y pecho.

Kagome se sorprendió de lo que acababa de descubrir. Aquella mujer era una especie de sacerdotisa, si cabía el término ya que se trataba de una hanyou. Imaginó que debido a sus agudos sentidos y sus investigaciones ella podría saber qué le sucedía a Rin, incluso ella se había percatado de unos extraños detalles.

- Seguramente la princesa Kagome lo habrá notado, sé que es muy poderosa, pero asumo que debido a sus poderes purificadores y espirituales ha preferido no intervenir.

- Podría jurar que usted tiene poderes espirituales. - Dijo Kagome. Verdaderamente, tenía mucha curiosidad por saber más de aquella hanyou.

- Mi madre era sacerdotisa, pero debido a mi sangre youkai, no tengo poderes espirituales, de lo contrario ya se hubieran sellado mis poderes de demonio, sin embargo… digamos que mi youki lo utilizo también de otras maneras, la práctica durante muchos años me ha llevado a esto. Fue algo que me enseñó mi difunta madre.

- Lo siento mucho. - Kagome se disculpó mientras la hanyou hacía un movimiento con la cabeza indicando que no había ningún problema.

- ¿A caso es muy grave lo que tengo? - Rin ya comenzaba a inquietarse.

- N debe preocuparse, no obstante… - Eiko pensó un momento. - ¿Cómo se ha sentido en estos últimos días?

- Me he sentido bien, pero… - Rin miró a Kagome por unos segundos y después por un largo rato se perdió en los ojos dorados de su demonio que parecía incitarla a seguir hablando. - Me he sentido un poco extraña desde el parto… como si mis sentidos estuvieran más alertas, en especial tratándose de mi bebé y Sesshoumaru.

- Demás está decir que en el momento que usted se convirtió en la mujer del lord, su unión se ha hecho mucho más estrecha, en muchos sentidos, pero, lo que Sesshoumaru hizo para salvarle la vida el día que parió, se trata de un proceso muy extraño, incluso llegué a pensar que se trataba de una leyenda, aunque conversando con su esposo, me enteré que el gran señor Inu No Taisho lo realizó en una ocasión. Es muy difícil que pueda explicar cómo es que su veneno se convirtió en una cura para usted, pero de lo que sí estoy segura, es que mucho tiene que ver la unión que hay entre ambos y el poderoso youki del príncipe. Ahora… - Acarició cariñosamente la mejilla de Rin. - Los humanos que se unen a demonios sufren algunos cambios, en especial tratándose de las mujeres, éstas se vuelven más fuertes en muchos aspectos de la vida diaria y el paso de los años no las afecta a diferencia de las humanas que se hayan unido con seres de su misma especie, por eso usted ahora sufrirá mayores cambios de los que normalmente habrían tratándose de la unión de un demonio y una humana.

- ¿De qué habla? - Rin habló con la voz un tanto alterada y un brillo extraño apareció en sus ojos.

- Justamente a eso me refería. - Se dirigió ahora a Kagome y Sesshoumaru, que ante el brillo rojo de los ojos de Rin se habían quedado bastante sorprendidos.

- ¿Qué es lo que pasa? - Rin agachó el rostro, se sentía algo inquieta.

- Señora. - La susodicha levantó el rostro. - Usted ahora mismo tiene algunos poderes de demonio, producto del veneno del príncipe. Seguramente sus sentidos se agudizarán más con el paso de los años y en especial con su esposo y descendencia.

Rin se llevó una mano al pecho. ¿Poderes de demonio? Ella no se esperaba eso, pero al menos ahora entendía porque de pronto el aroma de Sesshoumaru parecía inundarla cuando se acercaba, mucho más que antes y fuera de lo normal.

Luego de unas palabras tranquilizadoras por parte de Eiko, ésta decidió retirarse despidiéndose de todos muy solemnemente.

Kagome también decidió marcharse, seguramente Sesshoumaru y Rin tenían mucho qué decirse.

El lord miró a su princesa, pero ésta no le prestaba atención, estaba perdida en sus pensamientos. Sesshoumaru depositó a su pequeño en su futon.

Regresó a la antesala de la habitación y vio que Rin seguía en la misma posición, ensimismada.

- ¿Qué sucede pequeña? - El demonio acarició con ternura la mejilla de Rin, haciéndola regresar al mundo real.

- No me esperaba esto... no sé… creo que aún me siento asustada por todo… y… no sabes qué dolor sentí cuando pensé que moriría y que ya no podría estar contigo y con mi hijo… - Acarició con dulzura el rostro de su demonio.

- No quiero volver a vivir una cosa así…- Sesshoumaru recostó su frente en la de Rin. - No quiero volver a creer que podría perderte, aunque eso no sucederá, porque nunca más lo permitiré, además… - Acarició sus labios y los besó con dulzura. - Ahora eres más fuerte que antes. - Sesshoumaru acercó a Rin para besarla más profundamente.

- Mi amor…

Sesshoumaru simplemente comenzó a desvestirla con delicadeza mientras le demostraba con caricias todo lo que sentía.

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- Será mejor que no corras tanto cariño. - Pero la niña parecía no escuchar nada. ¿Porqué sus hijos tenían que haber heredado el carácter autosuficiente del padre?

Una pequeña de cabellos oscuros no cesaba de correr por todas partes y a una gran velocidad.

- Tengo que aprender a controlar mi rapidez… papá me lo dijo… - Regresó hasta donde estaba su madre mientras sus hermosos ojos se posaban en la mujer. Sus ojos no eran dorados, pero tampoco castaños, se parecía a la madre, pero era tan terca como el padre.

- Está bien, es solo que me pongo muy nerviosa, perdóname… - Rin acarició el cabello oscuro de Takako mientras ésta le sonreía dulcemente y tomaba su mano para besarla con amor.

- Te quiero mucho madre, y entiendo que te pongas así, prometo que seré muy cuidadosa.

- Yo también te quiero mi amor, y prometo confiar más en ti.

Rin cambió de expresión de pronto. Podía sentir el aroma del inuyoukai y de Keishi.

- Eres fantástica madre… - Dijo Takako con admiración. - Ya te percataste de que papá y ese pesado están acercándose.

- No te expreses así de tu hermano. - Regaño levemente.

- Lo siento, pero es que es peor de celoso que papá, ayer vino a verme Shuji y casi lo echa a patadas.

- ¿Qué estás diciendo? - Sesshoumaru se acercó a donde ambas mujeres estaban y cargó de la nada a Takako.

- ¡Papá! - Gritaba la muchachita mientras su padre le daba muchas vueltas. Era tan parecida a su madre, tan hermosa como ella. - ¡Bájame!- Demandó.

Sesshoumaru la bajó delicadamente, como si se fuera a romper. Keishi sin embargo se acercaba a su madre para saludarla mientras le comentaba algo referente al hijo del monje que pretendía a su hermana.

- Papá ¡qué vergüenza!… si ya no soy una niña…

- ¿Ah no? - Sesshoumaru ya comenzaba a preocuparse. Su hija crecía pero él no pensaba dejarla ir tan pronto.

- No, tengo doce años…

El demonio ya no dijo nada más y se percató de su descuido. Había salido con Keishi durante dos días a arreglar un asunto pendiente dejando a esposa e hija bajo la seguridad del palacio y aún no saludaba a Rin como debía.

Se acercó a ella que permanecía sentada bajo la sombra de un árbol, cuchicheando cosas sobre el pretendiente de su hija. Aunque eso en ese momento ya no le interesó mucho; dos días sin su hermosa hembra era demasiado para él.

Con un golpe amistoso apartó a Keishi de su madre y como siempre el muchacho entendió. Él como hombre y hermano mayor siempre acompañaba a su padre a hacer esas diligencias molestas que solo causaban en el lord la necesidad imperiosa de regresar pronto al lado de su princesa.

- Mejor vamónos…- Dijo Takako a su hermano mayor, mientras se percataba del más que cariñoso saludo que se daban sus padres.

- Vamos a buscar a Yuki y los demás para molestar a Jaken un rato.

- ¡Claro! - Dijo cómplice la hermana mientras a ambos se les formaba una risa malévola.

- No deberíamos ser tan malos con Jaken…- Decía Akemi un tanto triste, el sapito siempre le había causado mucha ternura.

- Solo nos estábamos divirtiendo. - Dijo Keishi relajadamente.

- Pero no deberíamos hacerlo a costas de nadie más. - Dijo Akemi nuevamente en defensa del demonio verde.

- Ya, ya, ya… - Yuki ya comenzaba a sentirse mal ante los reproches de su hermana menor. - No es para tanto…

- Por cierto ¿dónde están los gemelos? - Preguntó Takako cambiando de tema.

- Mamá se los llevó a la aldea para comprar unas cosas. - Contestó Akemi.

Los años habían pasado para todos ellos bajo la tranquilidad y protección del Gran Castillo del Oeste.

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- Feliz cumpleaños mi amor. - Shippou abrazó a Yoko lleno de orgullo, no cabía duda que tenía una hija maravillosa. - Esto es para ti.

- Gracias papi. - La mirada esmeralda de la pequeña se posó en el paquete que le entregaba su padre.

Hatsue miraba ambos, eran muy parecidos, aunque su hija tenía el cabello castaño, sin embargo, la forma de ser, esa inocencia y ese toque infantil era sin duda herencia de su padre.

Hatsue aún seguía siendo sirvienta en el palacio, claro que ahora su trato era diferente pues Shippou había pasado a ser nada más y nada menos que el jefe de las fuerzas militares del Oeste. Ahora vivía en una propiedad que se hallaba dentro de los territorios del palacio con su adorada familia.

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Ya era la hora de servir el desayuno y Yoko fue la primera que bajó al comedor para poner la mesa.

En cuanto cruzó la puerta se percató de que todos ya estaban sentados en la mesa y que manjares de gran variedad ya estaban servidos. La primera en acercarse y saludarla fue Rin.

- Feliz Cumpleaños preciosa. - Rin tenía un cariño muy especial por ser la primera y única hija de su gran amigo.

- Gracias señora. - Dijo ella tímidamente mientras un rubor rojo aparecía sobre sus pecosas mejillas. Rin no pudo evitar abrazarla cariñosamente mientras decía lo tierna y parecida que era al padre.

Casi todos la habían saludado, el último en hacerlo fue Keishi. Le entregó un paquetito envuelto que ella muy cautelosamente guardó entre sus ropas.

Keishi se sentía enamorado de ella, pero no se atrevía a confesar sus sentimientos.

Los días y las noches comenzaban a hacerse más fríos, sin embargo, ese frío no se podía comparar con el que habitaba en algunos tristes e indecisos corazones.

- No podemos seguir así. - La voz de su imponente padre sonó muy seria y de la nada detuvo su entrenamiento.

Sesshoumaru estaba enseñándole a su hijo cómo controlar con mayor eficiencia su látigo de luz, pero hace rato que se había percatado de que algo sucedía. - Estás muy distraído y así alguien podría salir herido.

- Lo siento mucho padre. - El muchacho agachó la cabeza. Sesshoumaru se acercó a él.

- Dime qué te pasa de una vez por todas. - Demandó el lord.

- No sé de qué hablas…

¡Estos cachorros pensaban que podían engañar a su padre o qué! De pronto su hijo se puso bastante colorado.

- Ya veo, entonces es una hembra.

- ¡Baja la voz! Alguien puede escucharnos.

- Yo no huelo a nadie cerca de aquí.

Keishi olfateó el ambiente, y efectivamente, nadie estaba lo suficientemente cerca como para escuchar algo.

- Seré directo, ya sé que te gusta mucho la hija de Shippou. - Hizo una pausa mientras veía como su hijo se convertía en un manojo de nervios. - Lo que no comprendo es porque no le dices lo que sientes, además este asunto te mantiene muy distraído y por lo tanto interfiere con el entrenamiento que sabes muy bien que es importantísimo. - La seriedad con que su padre le hablaba lo congelaba. No sabía qué le podía haber visto su hermosa y dulce madre a su padre, estaba claro que el ser frente a él no tenía mucho tacto, sin embargo, debía admitir que había sido muy claro.

- Pues…

- Escucha. - Sesshoumaru se sentó sobre la hierba indicándole a su hijo que hiciera lo mismo. - Cuando me di cuenta que amaba a tu madre también me cuestioné mucho, yo tenía un concepto de la vida, bastante estúpido si he de ser sincero, ella era una humana muy joven y yo un youkai… Solo ella podría verme con otros ojos, el problema estaba en aceptar lo que sentía por ella, todas las estupideces que pude pensar sobre los humanos cambiaron poco a poco debido a la compañía de tu madre. Un día me di cuenta que no solo yo la admiraba, muchos otros la querían a su lado, y entonces me di cuenta de lo que realmente sentía y después de muchos enredos la hice mi esposa, después de innumerables situaciones en donde perderla para siempre, el caso es este hijo, no importa quién seas tú o quién sea ella, lo único que importa es que si en verdad la quieres contigo no habrá fuerza alguna que los separe, y Keishi, tú eres muy evidente aunque me temo que eres más orgulloso que yo, solo te advierto que podría aparecer alguien para quitártela y créeme que cuando eso suceda vas a querer asesinarlo. - Dijo Sesshoumaru recordando la lista de pretendientes que había querido matar en su momento.

Keishi estaba paralizado pero seguramente su padre había analizado mucho su situación. El joven hanyou sonrió para sus adentros, esa era la primera vez que hablaba de asuntos tan delicados con su padre y él tenía razón. ¿Qué pasaba si un mal nacido aparecía y se la quitaba? No, él no quería matar a nadie, aún, pero ese no era el punto, ahora comprendía que no debía tener miedo, que aunque ella lo rechazara o fuera una youkai pura y el solo un hanyou, el amor podía crecer como lo había hecho entre sus padres.

Después de hacer una revisión por los alrededores y de dar algunas indicaciones a los criados se marchó a sus aposentos, no sin antes revisar que sus cachorros estuvieran en sus habitaciones. Su hijo mayor no estaba e imaginaba porqué, así que no había ningún problema.

Abrió la puerta sin tocar. Nadie en la antesala, nadie detrás del biombo, nadie en su futon ¿Dónde estaba su mujer? Tenía que hacerle pagar por haberlo obligado a darle esa charla a su cachorro, quien por cierto ya hace mucho había dejado de serlo.

Se dirigió a la pequeña habitación en donde estaba la tina y ahí la encontró, dentro del artefacto, dormitando. El youkai se quedó observando por largo rato.

- Rin…- La llamó muy despacio.

La susodicha se movió entre las aguas y se despertó. Miró a Sesshoumaru y le regaló una sonrisa.

El lord se acercó y metió una mano en el agua sin dejar de recorrer a Rin con sus ojos.

- Ya se enfrió, puedes enfermarte. – Habló y fijó la vista en los ojos castaños de su mujer,

- Aún no termino de asearme… me quedé dormida… ¿Puedes conseguir más agua caliente para mí?

- Sí, pero… ¿qué me darás a cambio? - La mano que estaba en el agua comenzaron a acariciar los provocativos labios de su mujer.

- Puede que te deje acompañarme aquí. - Dijo con voz sensual provocando un estremecimiento en el demonio.

Sin mucho más que decir y lanzándole una última y atrevida mirada a su mujer, Sesshoumaru se encaminó en busca de más agua caliente para poder disfrutar de un delicioso baño con su hermosa hembra.

- En un momento se calentará… ¡qué extraño! le llevé suficiente agua para su baño. - Dijo Moura con un dejo de preocupación.

- Es que se quedó dormida.

- Eso me recuerda comentarte que la he visto muy agotada últimamente, creo que los chicos le están dando mucho trabajo últimamente, hoy casi matan al pobre de Jaken, como suelen hacer casi siempre que se quieren divertir.

- Supongo que en eso se parecen a Rin. - Dijo recordando a su mujer cuando tan solo era una pequeña niña y causaba tantos dolores de cabeza al demonio sapo.

- Sí, creo que sí… - Una risa maternal adornó los labios de la youkai.

De pronto apareció Yoko, quién llevaba unas vasijas en las manos. Hizo una reverencia para saludar al lord y lo miró por unos instantes. Por el aroma que se cargaba, Sesshoumaru supo perfectamente que había estado con su hijo, además, ésta tenía un brazalete en una de sus muñecas que nunca le había visto. Yoko tenía una expresión bastante extraña en opinión del taiyoukai, era como si ella… ¿Le estuviera pidiendo permiso? ¡Ya caía en la cuenta! seguramente creía que por ser hija de una sirvienta del castillo no podría ser la pareja de su hijo y tal vez en el pasado hubiera un asunto complicado para él pero la verdad era que Rin ha cambiado para bien la vida de todos en ese castillo.

Lo único que pudo hacer el lord para relajar la expresión de la jovencita fue asentir levemente con la cabeza, ella pareció entender su rápido y corto mensaje y se retiró del lugar haciendo otra reverencia para los presentes luego de colocar en su lugar las vasijas que llevaba.

- Ya está lista. - Dijo Moura con cariño.- Dile a mi niña que le deseo una feliz noche.

- Se lo diré, gracias Moura.

Sesshoumaru regresóó a la estancia y se dispuso rápidamente a cambiar el agua. Rin había salido de la tina que para esos momentos tendría el agua bastante fría, y se hallaba contemplando la estrellada noche por la ventana. El aroma de Sesshoumaru la inundó.

Ambos ya estaban en la tina, el demonio perro tomó una tela suave y vertió un poco de aceite en ésta para restregar con delicadeza el cuerpo de Rin.

Ella estaba de espaldas a él, sentada entre sus piernas.

Sin poder contenerse, comenzó a acariciar con dulzura el vientre plano de su mujer.

- Dilo Sesshoumaru… - Rin sentía que… ¿Sería posible?

- Dilo tú.

- No juegues, mi amor… estoy embarazada ¿verdad?

- Sí preciosa. - Tiernos besitos fueron depositados en el cuello de Rin mientras las manos del demonio viajaban hasta sus senos.

- Sessh… - Comenzó a agitarse con las caricias cada vez más ardientes de su demonio.

Las manos de su esposo se posaron en esa zona tan delicada y con mucho cuidado y delicadeza extrema hundió un dedo en las profundidades de su ser.

Rin se sentía morir entre sus brazos, sus sentidos ahora percibían por completo todos los aromas que podía expedir el cuerpo de su amado, estaba excitada y él también y era extremadamente delicioso sentirlo de aquella manera, tan cerca, tan desesperadamente cerca mientras la acariciaba de esa forma tan dulce y apasionada.

Lo amaba cada vez más, si es que eso era posible, estaba completamente enamorada de su esposo y aún le parecía un sueño que estuvieran juntos de esa forma luego de tantos obstáculos.

Finalmente el amor los había rodeado a ambos, habían caído presos del otro irremediablemente y ella se sentía cada vez más cautivada y sabía que él también, habían sido premiados con unión y con sus hermosos hijos y no había nada más que ella quisiera, y así llegaran a parecer las peores adversidades del mundo ante ellos, ambos sabrían enfrentarlos con su arma más poderosa, su profundo amor por el otro.

Rin no pudo evitar que unas lágrimas traviesas cayeran por su rostro a la vez que su placer la inundaba, sentir el amor y deseo de su esposo no dejaba de conmoverla y llenarla de pasión. Tantos sentimientos en un solo ser provocados solo por otro ser; eso era el verdadero amor.

Sesshoumaru jamás terminaría de agradecer a cualquier poder en la tierra que haya puesto en su camino a Rin, sin ella su fin habría sido el más terrible de todos, de eso estaba seguro, pero ella estaba con él, amándolo, entregándose a él de tantas maneras que no podría creer que un ser con esa naturaleza tan perfecta pudiera existir.

Solo ella, por siempre.

Su deseo ya no le permitía jugar más con su pequeña, así que la acomodó rápidamente sobre él comenzando a rozar su entrada.

- Te amo tanto Rin…

Ella quería decir algo también pero su deseo era más fuerte que cualquier cosa así que no dijo nada, solo jadeaba. Se acercó a él para besarlo con vehemencia, se sentía completamente sonrojada, como siempre, completamente suya.

El roce de los cuerpos era cada vez más salvaje y pronto la hombría de Sesshoumaru se hallaba dentro de ella, tan profundo, moviéndose lento y profundo.

- Amo que me hagas el amor así… - Por fin se escuchó la voz de Rin.

- Aún cuando este mundo se acabe, tú seguirás siendo mía…

La semilla del demonio se derramó inagotablemente en su interior mientras los espasmos de la mujer incluso la cegaban.

Rin se hundió en el pecho de su esposo mientras los temblores de su cuerpo cedían. Sesshoumaru salió de su interior delicadamente y en brazos la llevó a su futon.

La recostó suavemente mientras la cobijaba entre las mantas y la abrazaba posesivamente.

- Tendremos otro hermoso cachorro... - Rin habló muy bajito. Sesshoumaru sonrió como solo lo hacía con ella.

- Sí… - Acarició sus labios con una de sus garras. Rin se estremeció con la profundidad de su mirada. - Eres únicamente mía…

Rin sonrió ante aquellas palabras. Quizá para otra persona sería muy molesto pertenecerle a alguien, pero para ella no, esa era su historia, no importaba qué vendría después porque ambos estarían juntos.

- ¿Escuchaste Rin? - Preguntó el lord clavando sus pupilas doradas en las castañas. - Por siempre, únicamente mía… - Y la besó con desesperación mientras comenzar otra ronda de amor.

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Finalizado el jueves 28 de febrero del 2008