Vale, aquí otro capítulo: en este sí que hay mejores y más largos textos élficos, prometido. Problema (probablemente para algunos): se desarrolan en mitad de una escena de alto contenido erótico (no-sexual) entre los dos elfos protagonistas. Avisados quedan...A ver si alguien es bueno/a y me deja más reviwews.xDDD! Al margen de lo incómodo/horrible de la historia (pésima, lo reconozco), espero que quienes conozcan la lengua lo agradezcan (incluso aunque sea en silencio.xDDDD)


Los días de cautiverio se sucedieron. La relación entre ambos no cambió apenas nada: el secuestrador permaneció en silencio y el joven príncipe aún intentando saber más cosas de él. Pero no lograba nada, además de aburrirse por la rutina: la mayor parte del día lo pasaba atado y amordazado en el punto elegido para acampar y la otra mitad siguiendo los pasos del que sostenía el otro extremo de la cuerda. Al atardecer, le permitía caminar bajo su atenta mirada y mirar las estrellas en silencio o darse un refrescante baño en cualquiera de las fuentes que hallaban. Y, al fin, Legolas sintió que era esto lo más fastidioso: por algún motivo, se sentía más desnudo que nunca bajo el escrutinio del semielfo, pero no tenía elección y pasaba la mayor parte del momento de relajación con el cuerpo sumergido en aguas demasiado claras como para mitigar la incomodidad. Así, todo ocurrió el séptimo día, durante uno de aquellos instantes: ninguno de los dos emitía sonido alguno, como si ni siquiera respiraran, pues estaban sumidos en la remembranza de la agitada tarde. Y es que, durante el transcurso de la misma, el sueño del joven príncipe fue turbado por una amenaza que desató el pánico que hasta entonces no había sentido: una de aquellas negras arañas que poblaban las partes más sombrías de la floresta le atacó. Por fortuna, el chico medio mortal estaba por los alrededores y cayó sobre el monstruo antes de que tuviera tiempo a clavarle los colmillos. Ambos habían rodado largo tiempo por el polvo del camino antes de que una de sus flechas hiciera huir a la bestia y, tras esto, su salvador, pálido y agitado, le había retirado las ataduras sin decir nada más. El muchacho de sedosos cabellos rubios no tenía muy claro si estaba siendo liberado o si no, pero finalmente decidió quedarse, pues sentía que debía vencer su orgullo antes de abandonarle, le gustara o no. Y decidió hacerlo mientras se hallaba bajo el agua gélida de la cascada, límpidamente agradable en el tibio aire estival, sin mirarle a los ojos:

-Gen hannon (Te lo agradezco)- tragó saliva, como si aquellas palabras le resultaran amargas.

-Glassen (Un placer)- la voz sonó ronca como un graznido y al aludido le sorprendió. El chico no solía hablar y su voz parecía extraña y antinatural; el joven príncipe suspiró, escudriñando sobre el borde de las piedras que conformaban el estanque en que estaba sumergido hasta la cintura y entornó los ojos, en un intento por dilucidar cuál era la expresión que se ocultaba en la penumbra.

Al cabo de un rato se levantó y se incorporó sobre uno de los peñascos cubiertos de musgo húmedo para descender hasta sus ropas y, por su falta de atención, resbaló. Ahogó un grito mientras se precipitaba directo hacia las rocas y jadeó cuándo dos fuertes brazos, que sostenían un largo y grueso lienzo, le recogían antes de llegar al suelo.

Sus cabellos encharcados se pegaron a su rostro y a la piel suave de su torso desnudo, incrementando su desorientación y su mareo. Durante unos instantes, se sintió febril y con la mente espesa, pero entonces encontró aquellos ojos…dos estrellas verdes, como las hojas de los árboles que tanto amaba. Dos luces que centelleaban con un brillo de preocupación y pena. Dos pupilas que lo evaluaban con seriedad desde un rostro de piel clara y sedosa, sólo maculada por el insignificante vello castaño que comenzaba a recorrerlo desde el mentón hacia las orejas, puntiagudas como las suyas. La brisa que le había azotado en su caída le había dejado tiritando, pero el calor lo invadió de inmediato en aquel preciso segundo: al hacerse consciente de los músculos entre los que estaba tan firmemente sujeto. Notaba su poder…pero también su valor y el corazón que latía bajo la piel morena. Sus cabellos continuaban rizándose más y más cada día que pasaba, y su aliento aún despedía aquel aroma a frutas silvestres…no pudo evitarlo: sus labios encontraron los del guerrero; de algún modo, sus rostros habían quedado lo suficientemente cerca como para que apenas tuviera que desplazarse y, tan hipnotizados como estaban en su mutuo reconocimiento, quedaron incluso más aturdidos por el sublime contacto. El sabor del otro llenó sus respectivos seres; Legolas se sintió flotar cuándo su estómago pareció abandonarle mientras el muchacho que le sostenía caminaba hacia el lecho de grandes hojas y mantas que había dispuesto para él entre dos rocas.

Allí, volvió a examinar el rostro níveo del joven príncipe, antes de besarlo de nuevo con renovada pasión. El chico élfico sintió su peso desplazarse sobre él mientras la temperatura de aquel anochecer veraniego se incrementaba, y la lengua de su compañero, suave, cálida y más dulce que nunca, entraba en su boca. Su respiración se agitó, al verse devastado por emociones incompatibles: por un lado, no quería que aquello cesara pero, por otro, sabía que estaba actuando mal. Un escalofrío le recorrió el espinazo cuándo se produjo una nueva pausa contemplativa en la que la punta de la nariz del semielfo secó las gotas de agua que aún estaban sobre su rostro. Sus labios, como dos ascuas solícitas, pasearon por su pómulo derecho hasta su cuello, dónde se hundieron junto con el resto de su cabeza para arrancarle un profundo gemido de goce. Notaba su respiración, también agitada, y pronto escuchó los susurros procedentes del mismo lugar al que pertenecía la lengua que lamía el lóbulo de su oreja:

-Sen ú-garnen ammen aen (No debemos hacerlo)- susurró débilmente- Ú-istach anim (No me conoces/no sabes quién soy yo)

-Trenaro ai ge (Dime quién eres)- jadeó Legolas, embriagado de su aroma. Buscó sus labios en silencio, desesperado por calmar la sed que le oprimía la garganta. No actuaba racionalmente, y lo sabía. Estaba mal, pero no se creía capaz de resistir aquella tentación en concreto.

-Im Elladan, caun o Imladris ah Lorien: Elrond ederin (Soy Elladan, príncipe de Rivendel y Lorien: Elrond es mi padre)- graznó con gravedad el muchacho. El elfo rubio sólo pudo mirarle, estupefacto: sabía quién era Elrond, por supuesto. Todos lo sabían. Maestro de antaño, sabio y poderoso. Hijo de Elwing y el mítico marinero Eärendil, que logró alcanzar las costas del Reino Bendecido para suplicar el perdón de los Valar para los Elfos y para los Hombres…

No había esperado ver en su vida a ninguno de sus hijos y, aún menos, en aquel lamentable estado: sabía quienes eran, pues había oído hablar de ellos. Arwen Undómiel, la Estrella de la Tarde, la más hermosa de las elfas que quedaban aún a ese lado del mar, tenía dos hermanos; en efecto, recordó con pena que el joven varón que contemplaba sus ojos azules con una profunda tristeza, tenía un gemelo llamado Elrohir en algún lugar y que su espíritu inquieto los había conducido a la vida de los montaraces mortales. Si bien, no se había equivocado acerca de su origen demasiado: sobre los hijos del Señor de Rivendel pesaba también la sangre de sus ancestros y, como medio elfos, podían escoger qué vida llevar.

-Bâw…(No…)- susurró el príncipe silvano, como si aquella palabra pudiera cambiarlo.

-Mae (Sí)- le contradijo el otro. Se incorporó, alejándose de él, y caminó hacia el borde del claro, dónde las estrellas comenzaban a resplandecer lejos en el firmamento. Suspiró y continuó- Ú-velam ge (No podemos amarnos) Bâw sui annírach (No cómo quieres)

-Bâw sui anníron? (¿No cómo quiero?)- repitió el efebo güero sin comprender- Ce ú-anníra? (¿Es que tú no quieres?)- indagó, desesperanzado, tragando saliva por la pequeña punzada en el corazón. No comprendía totalmente lo que estaba ocurriendo, pero no le gustaba: por si no fuera bastante duro descubrir un lazo como aquel, tan extraño como reprobado, era un auténtico suplicio saber que no podrían mantenerlo…ni siquiera en las sombras secretas de un exilio voluntario, como la joven mente del príncipe silvano se descubrió pensando.

Elladan se volvió, con sus verdes irises titilando con pena, y negó con la cabeza:

-Sen ú-degitha 'lass cuilem, ú-geritha gelir ammen: er 'rogathach an dartho dholen nedh in näe-'n-thurin. (Esto no traerá felicidad a nuestras vidas, no nos hará dichosos: sólo temeremos por permanecer ocultos en las sombras del secreto)- explicó, con voz quebrada de profundo dolor. Pero el joven príncipe no estaba dispuesto a darse por vencido tan rápidamente, por lo que se incorporó al borde de las lágrimas:

-An boe ammen…(Pero es necesario para nosotros…)- comenzó, alterado. Elladan se volvió, para observar en silencio la moribunda luz del crepúsculo y ocultar así sus verdes ojos velados por las lágrimas. El dolor del corazón del joven elfo rayó extremos insoportables, pues nunca antes habían sido rozados de aquel modo tan monstruoso:

-Abphân i guinannem…ú-vathach unad anim? (después de todo lo que vivimos…¿no sientes nada por mí?)- su melodiosa voz cantarina había llegado a ser casi un chillido- Togo nín dangweth! (¡Responde!)

Al verle en aquel estado, el príncipe de Imladris no pudo mantener su frialdad: corrió hacia el tierno elfo silvano y se arrodilló ante él, para levantar su rostro regado de lágrimas ante su escrutadora mirada primaveral y negó con la cabeza antes de susurrar su contestación:

-Ce vain erin elin (Eres más hermoso que las estrellas)- manifestó el guerrero sin vacilar. Así logró que los ojos apenados de Legolas Hojaverde volvieran a recuperar un atisbo de la chispa que días pasados había residido en ellos, mientras se elevaban con lentitud hacia aquellos dos luminosos astros que lo contemplaban con alarma, a la espera de recuperar la luz de su rostro. Pero la sonrisa se demoró aún un tanto en las sombras de lo inexistente, por lo que el vástago de Elrond el Medio Elfo prosiguió con suavidad- Mín edhil mela chôn i vain: si velon achen apân orën. (Nosotros los elfos amamos lo que es sublime: ahora te quiero con todo mi corazón)- su mano derecha acompañó sus palabras a través de la suave piel de la mejilla húmeda del chico rubio. Sus expresiones, de pura congoja y pena, estaban quizá demasiado cerca como para que el alivio llegara; y su disertación continuó- Ann ce anu ah Im anu: sen bâw i amarth mîn. (Pero eres un varón y yo lo soy también: este no es nuestro destino).

Entonces sí: Elladan calló. Las palabras resultaban más difíciles de pronunciar mientras las estrellas de Elbereth se adueñaban del firmamento y el daño de aquel encuentro lo hacía de sus espíritus. El rostro de Legolas se veía devastado y el príncipe de Rivendel le rodeó con un brazo y lo atrajo hacia sí, esperando que se desahogara en su amplio hombro antes de entregar su oscura corriente de pensamiento a Irmo Lórien

Pero sólo una lágrima resbaló por los azures ojos abiertos del púber personaje, cuyos labios el siguiente susurro suplicante entre una lluvia de sollozos incontrolables:

-Ned Cherveth awarthannen maren, si oren charn ah er 'erich i nestad în…no vilui aním!(En Julio abandoné mi hogar, ahora mi corazón está roto y sólo tú tienes su curación…¡sé clemente conmigo!)

Sus palabras entrelazadas en llanto desesperado lograron conmover al fin el espíritu del semielfo, que lo abrazó con fuerza y suspiró, al saberse derrotado por algo más fuerte que él. Sólo unos segundos le llevó responder, pues la decisión, con todas sus implicaciones, seguía sin ser fácil:

-Harthon anno edraith assan, godref sen iavas. (Espero otorgarle la salvación, durante este otoño)

Y allí, bajo la luz cómplice de una luna nueva rodeada de su corte estrellada, arrodillados junto a los paquetes que constituían sus equipajes, permanecieron abrazados sin decir nada más hasta que despuntó el alba. La decisión estaba tomada, aunque la juventud de sus corazones sabía que aquel amor no estaba destinado a recibir la bendición de ningún otro ser, igual o superior a ellos, y se sintieron perdidos; pero también contentos de estar juntos, aunque fuera sólo por aquella noche.