Ginny

Parada en lo alto de la escalera de La Madriguera, con un impresionante vestido dorado, más espectacular y hermosa de lo que jamás ha soñado, Ginevra Molly Weasley se siente desprotegida, sola, triste.

Asustada.

Porque tiene que bajar aquellas escaleras, aquellos malditos, viejos y chirriantes escalones, de uno en uno, y verlo a él. Esperándola.

La breve nota que la cita (Baja a hablar conmigo ahora, por favor. Harry) la ha pillado de improviso. Arreglándose, mirándose en el espejo, sintiéndose fuerte y segura para encararlo, para pasar por su lado y saludarlo y ver como se queda sin habla. Pero en lugar de eso, aquélla nota ha hecho que todos sus sueños, sus esperanzas se vinieran abajo. Porque no dice "Ginny, te quiero, Harry" o "Voy a pensar en ti cada uno de los días" o "He cambiado de idea. Me quedaré contigo".

No.

Es escueta, es fría, es casi profesional. La ha traído Hedwig a primera hora de la mañana, mientras ella aún se arreglaba el cabello. Y ella no ha podido hacer otra cosa que sentarse en la cama, durante al menos diez minutos, mirando la nota fijamente, mientras notaba como toda su seguridad en sí misma se iba al garete.

Y ahora esta allí, en lo alto de la escalera, temerosa. Temerosa del amor de su vida, que la esperaba abajo, como en las grandes historias románticas. Una sonrisa amarga se tuerce en sus labios. Qué irónico.

Así que reúne un valor que no tiene y baja un peldaño. El escalón cruje, terriblemente, y unas ganas horribles de salir corriendo hacia su cuarto para esconderse allí y no salir nunca jamás la invaden. Pero en lugar de eso, baja otro escalón, y luego otro, y otro más, mientras nota cómo su corazón se encoge un poco cada vez que avanza un paso, y se ve de pronto a un solo peldaño del final.

El viejo y gastado pero confortable comedor de la Madriguera se extiende ante ella, inusualmente tranquilo y desierto. Sólo hay una persona allí, sentado en una de las sillas, con la mirada perdida más allá de la ventana. El pelo negro esta desordenado como siempre, y su túnica de gala es sobria y elegante.

Parece maduro, piensa Ginny, y eso la entristece. Tal vez el Harry que sólo pensaba en quidditch y en visitar la Madriguera murió el mismo día en que Dumbledore cayó por la Torre de Astronomía.

-Hola.

Su voz suena mas decidida que ella misma. Baja el último escalón y se queda allí parada. Harry se da la vuelta con un suave movimiento y la mira, directo a los ojos.

-Hola –la voz de él es suave, poco más que un murmullo. La mira durante un rato, en silencio, y después sigue hablando –Siento haberte hecho bajar tan temprano.

-No importa –se apresura a decir ella, agradeciendo la excusa que él le brinda para hablar sin mirarle a los ojos –en realidad estaba ya casi preparada, ya sabes, vestida y eso, porque Mamá nos ha levantado bien temprano. Si ya está insoportable de normal, esta maldita boda la está volviendo loca. A ella y a todos los demás, claro.

Harry sonrie levemente, con afecto y niega con la cabeza.

-Es sólo que está preocupada.

, Harry ha crecido. Y yo no. Sigo enamorada de él como una niña de diez años.

Permanecen en silencio durante lo que a Ginny le parece una eternidad, los ojos de Harry clavándose como dos puñales esmeralda en los suyos propios, sin mirar nada más que sus ojos, sin desviar la vista ni un milímetro.

-¿Quieres... –Harry hace una pausa, y Ginny está a punto de gritar ¡Si! sin ni siquiera escuchar terminar la frase -...quieres que demos un paseo?

-Claro –contesta ella con un hilo de voz.

Él abre la puerta y la deja pasar en un gesto de familiaridad, de cariño. Después ambos salen al jardín y caminan juntos, los hombros casi chocando pero sin llegar a tocarse.

Caminan un buen rato en silencio. Los malditos zapatos la estan matando de dolor, pero casi no lo nota. Su cuerpo y su mente están concentrados en otro dolor, otro dolor sordo y fuerte que nace en su pecho y le impide respirar: el dolor de saber que Harry esta ahí, pero ella no puede tocarlo.

Harry se para, cerca de un viejo manzano al que Ginny trepaba de niña para huir de las bromas pesadas de los gemelos. La mira con sus ojos verdes, profundos y ahora oscuros, y Ginny recuerda aquellos otros ojos verdes que ella había contemplado hacía ya seis años (que lejano parecía), mucho más brillantes, mucho más inocentes.

-Nos vamos.

El corazón de Ginny da un brinco. ¿Nos vamos? ¿Se refiere a ellos dos? ¿Le esta pidiendo que huyan?

-Esta noche, después de la boda. Ron, Hermione y yo. Quería que lo supieras.

Una oleada de decepción la invade, y tiene que volver el rostro a un lado para que Harry no vea las lágrimas que asoman a sus ojos. Él se acerca a ella y la envuelve en un abrazo protector, refugiándola entre sus brazos.

-Lo siento, Ginny. –Su voz suena ronca, como si hablar le costara un tremendo esfuerzo -Nada me gustaría más que estar contigo, y no separarme de ti nunca, pero esto es algo que debo hacer solo.

Sus manos se crispan con furia.

-¿Solo? ¿Y que pasa con Ron? ¿Y Hermione? ¿Es que ellos no te importan? ¿O es que yo soy demasiado débil?

Harry suspira y su suspiro levanta el flequillo de Ginny. La joven se deshace de sus brazos y le da la espalda, apoyada en el viejo árbol.

-Gin, ya te lo expliqué...

No, Harry, no me lo explicaste! ¡No me lo explicaste en absoluto! –se vuelve y lo encara, con los ojos brillantes de furia -¡Te limitaste a decir que sería peligroso, que no podrías concentrarte, que estarías demasiado pendiente de mí! ¿Tienes idea de lo egoísta que me hace sentir que me digas eso? ¿Tienes la más remota idea de lo que es saber que tu hermano, tu mejor amiga y el hombre del que estás perdidamente enamorada se van y tu no puedes hacer otra cosa que esperar? ¡Claro que no! ¡No tienes ni idea! ¡Y no me llames Gin, maldita sea!

El silencio es absoluto después de aquello. Ginny respira jadeando después de dejar salir toda aquella rabia acumulada. Harry desvía la vista y cuando la vuelve a mirar, su expresión es tan triste, tan desamparada, que el corazón de Ginny se encoge.

-No me odies, Ginny. No me odies, por favor.

-¡Oh, Harry! –Ginny lo abraza, casi aferrándose a él como si temiera que escapara –No te odio. Nunca podría odiarte.

Permanecen así, abrazados. Ella apoya su cabeza en el hombro de él y aspira su olor, tan querido, sabiendo que esta es la última vez que hará esto en mucho tiempo. Las manos de Harry acarician lentamente el cuello de la chica.

-No voy a pedirte que me esperes. Ni siquiera sé si volveré. Y no puedes acompañarme, Gin, no puedes porque una vez, hace ya muchos años, una mujer joven e inteligente, preciosa y pelirroja, dio su vida por mí. Y no voy a permitir que eso suceda de nuevo.

Ginny trata de tragarse las lágrimas que la inundan.

-¿Y Ron? ¿Y Hermione?

Apoyada en su hombro, aún sin verle la cara, Ginny sabe que Harry sonríe amargamente.

-Hermione es mi mente, Ginny. Ella es quien conserva la sensatez y quien me guía en la oscuridad que a veces me invade. Y Ron es mi brazo, que hace lo que yo le pido sin esperar nada a cambio, sin pedir nada. Él es la parte divertida que mantiene a raya al cerebro de Hermione. Son el complemento perfecto. Son mis hermanos. Y yo les quiero más que mí mismo.

Ginny se separa lentamente de Harry. Él sujeta su mentón con una mano, y seca sus lágrimas con un pañuelo que saca del bolsillo.

-Volvamos adentro. Molly debe de estar buscándonos –dice suavemente. Ginny asiente, y Harry echa a andar con lentitud. Ella no se mueve.

-Harry –lo llama, con voz queda, cuando él ya esta al menos a diez pasos. Él se para y la mira.

-Qué.

-¿Qué soy yo?

Harry la mira sin comprender.

-¿Qué soy yo? –repite, y esta vez Harry entiende.

La luz del sol se refleja en sus gafas cuando se gira a medias antes de contestar.

-Tú eres mi corazón.

Y Ginny le observa alejarse lentamente hacia la casa.