Capítulo 1: PASADO QUE RETORNA.

"¡Arisa!" Mi madre me llamó cuando ya estaba a punto de salir de casa. "¡Haz el favor de no olvidarte de tu amuleto!"

"Claro mama." Dijo la chica dando la vuelta para coger su collar de perlas con una enorme perla rosa al final. "¡Adiós!"

Desde que su abuela le dejase el amuleto ella lo había llevado siempre. Según la abuela me contó en su lecho de muerte, debía protegerlo. Nadie salvo yo que podía ver su resplandor de vez en cuando.

Así que ahí estaba ella, llevando el collar de perlas siempre consigo y que creía era estúpido. Hiciese bueno o lloviese.

Lo que no sé de quién había heredado era su forma física. Siempre era la mejor en deportes y tenía la fuerza de un chico, aunque sus formas no dejaban lugar a dudas de que era mujer.

Y su forma física era evidente cuando parecía que llegaría tarde porque había perdido el autobús. Siempre llegaba antes que este cuando corría y saltaba por las calles para esquivar gente y ganar tiempo.

Ese era uno de esos días.

Por otro lado, un chico con el pelo blanco acababa de aparecer en escena también. Aunque este olisqueaba el aire como buscando algo.

"hum… ¿ha vuelto a cambiar su aroma?" murmuró mientras corría a alcanzarla.

Cuando alcanzó a la chica esta le hizo una llave y le tiró al suelo.

"¡Maldito ladrón!" dijo ella hasta que se dio cuenta de a quién había tirado. "Oh, vaya. Lo siento."

De pronto se quedó atónita al ver al chico con pelo blanco y orejas de perro. Su abuela ya le había avisado sobre que talvez un chico apuesto con pelo blanco y orejas de perro vistiendo un antiguo kimono rojo. Ella le había dicho que él era amigo, pero nunca le avisó sobre que él fuese a aparecer así.

De hecho, ella le había dicho que le había dejado sellado al árbol sagrado junto al santuario, a pesar de haberle querido con toda su alma. Pero él perdió la cabeza y no tuvo otro remedio. Por lo que él estaría en letargo por casi sesenta años antes de volver a despertar. Lo que sí le había pedio es que nunca jamás, si le encontraba se fuese a enamorar de él porque él acabaría por romperle el corazón.

Y es que la vieja Kagome, la abuela de Arisa, Isa como le llamaban sus amigos y amigas para abreviar, nunca le había dicho a nadie que se había enamorado de Inu Yasha hasta el punto de conseguir la perla de los espíritus para ayudarle pero él lejos de desear convertirse en humano y compartir una vida mortal con ella había decidido pedir una vida de demonio que la perla no le había podido conseguir y por ello, Kagome se había visto obligada a dejarle ir y sellarle en el árbol con la esperanza de que él no la siguiese nunca más. Eso le había roto el corazón; sobre todo el día que se casó con el abuelo.

"Inu… Yasha?" Murmuró ella.

Al instante el chico la miró al oír su nombre. Aquella chica no era Kagome. Aunque se le parecía mucho, era su viva imagen salvo por el pelo, lo tenía castaño con destellos rojos como la sangre.

"Oye, ¿quién eres?" le preguntó.

"Arisa Kiriyami, descendiente de los Higurashi." Le contestó ella ayudándole a levantarse y poniéndole la gorra de nuevo en la cabeza. "Bonitas orejas."

Higurashi, ese nombre era el apellido de Kagome. Eso fue lo primero que cruzó la mente de Inu Yasha.

"Hey, ¿dónde está Kagome?" Le preguntó él rápido. "¿Quién eres tú?"

"Arisa, ya te lo he dicho." Le contestó ella. "Soy la nieta de Kagome. Ella hace ya unos años que está… mejor te lo enseño. Por aquí, tenemos que coger el tren."

Inu Yasha no entendía nada. ¿A dónde iban a ir en tren? ¿Dónde hacía tiempo que estaba Kagome? Él la amó, aún la amaba un poco a pesar de que le hubiese dejado atrás por años, en letargo...

Después de casi una hora viajando en silencio ella le hizo bajar de aquél monstruo metálico y ruidoso.

Pero si podía ver a su Kagome… entonces no le importaba, ni siquiera le importaría quedarse allí con ella. Ahora no podía volver a su casa porque por algún motivo, el pozo se había sellado de nuevo.

"¿Un cementerio?" preguntó Inu Yasha. "¡¿Tú eres tonta o qué?!"

"Cállate." Le dijo ella. "Ahí." Añadió parando frente a una tumba en piedra.

Entonces Inu Yasha miró a donde señalaba la chica.

Kagome Kiriyami, rezaba la lápida junto al nombre de un hombre.

"La abuela se cambió el nombre de soltera por el de su marido cuando se casó hace mucho." Le dijo la chica un poco apenada. "Si viniste buscándola ya ves que has llegado tarde."

Eso hizo que él se apenase, no quería moverse de allí. Si Kagome no estaba eso era el final. La chica se sentó junto a la tumba a esperar que él se moviese, pero no lo hizo. A la hora de comer ella se alejó un poco y llamó a su casa por su móvil para avisar que no iría hasta la hora de cenar. Después fue a comprar comida y cuando volvió el chico-perro no se había movido de la tumba.

"Hey, come esto anda." Le dijo ella pasándole un bocadillo y desenvolviendo ella el suyo para darle un mordisco. "¿Piensas estar aquí todo el día?"

"¿Qué te importa?" le contestó él un poco bordemente.

"Como quieras." Dijo ella.

Ya era casi el atardecer cuando ella se movió.

"Si no piensas moverte quédate tú solo aquí." Le dijo ella. "A mí también me dolió, era la persona que mejor me entendía. En fin… si quieres encontrarme creo que ya sabes dónde hacerlo. Seguimos viviendo en el templo."

Inu Yasha no dijo nada, se limitó a verla ir por el rabillo del ojo. Había estado todo el rato allí con él, le había llevado comida y se había quedado a su lado todo el rato, escribiendo y leyendo un cuaderno, hasta que la luz comenzó a escasear y le dijo que se iba.

"¿Qué me importa a mí que se vaya?" se dijo a sí mismo. "Tan solo es una niña apestosa. Nieta de una estúpida que me dejó atrás…"

Cuando Isa llegó a casa su madre no estaba. Su padre había muerto hacía tiempo y ahora solo vivían su madre, ella y su tío-abuelo Sota en casa.

"Abuelo." Le dijo ella mientras su madre cocinaba la comida. "¿Crees que la abuela Kagome tenía razón? ¿Qué sus cuentos de un tal Inu Yasha eran ciertos?"

El anciano la miró pasando hoja del periódico.

"Claro que sí." Dijo él. "Aunque nadie más que nosotros y madre supiésemos la verdad ese hombre existió."

Entonces ella le miró un poco más tranquila.

Durante la cena habló sobre los falsos recuerdos inventados para llenar el día y explicar su falta a la comida.

Cuando acabó de cenar subió al baño y se metió en la bañera tal y como hacía cada noche. Mientras estaba allí pensó en lo que le había pasado en el día, y cuando acabó se fue a su habitación.

Ya en pijama y con la luz apagada, me senté en la ventana con la mirada perdida. Por algún motivo no podía dejar de pensar en el chico del pelo blanco. Cómo se había quedado al lado de la tumba de la abuela todo el día y cómo era un borde incurable tal y como le había dicho su abuela.

"Oye." Dijo entonces él apareciendo frente a mi cara en la ventana. "¿Tienes algo de solomillo?"

Entonces ella se cayó al suelo aunque él la sujetó antes de que se diese con la cabeza en el suelo.

"Pero mira que eres torpe…" le dijo él entonces. "En eso sois iguales tu abuela y tú."

Ella entonces se soltó y se sentó en la cama.

"No tengo solomillos, pero creo que puedo hacerte algo de cena." Le dijo ella. "Pero vamos, siéntate."

¡Paff! Sin saber cómo Inu Yasha se cayó al suelo de cabeza.

"Malditas… mujeres…" murmuró cara al suelo.

"Cuando dejes de hacer el tonto supongo que puedes bajar a coger la cena." Le dijo ella un poco molesta.

Tras esto bajó escaleras abajo y se puso a cocinar un poco de carne poco hecha, tal y como le gustaba a ella, junto con un poco de ensalada para acompañarlo y entonces, cuando ya estaba sirviendo la carne en un plato vi como ponía la cabeza por el hueco de la puerta.

"Vamos pasa y sién…" dijo ella sonriendo.

"¡Ya me siento solo!" dijo él sentándose rápidamente antes de que pudiese acabar ella la frase. "¿Qué es eso?"

"Oh, lo siento." Dijo ella. "Se me olvidó preguntar si lo querías poco o muy hecha… ahora mismo te la paso un poco más."

"Espera." Dijo Inu Yasha sujetándole la muñeca. "Me gusta poco hecha, gracias."

"¿Palillos o cubierto?" preguntó ella entonces.

Entonces él cogió los palillos mientras la miraba.

"O sea, que viniste a buscar a la abuela y ahora no puedes volver ¿no?" le preguntó ella mientras intentaba dormirse.

"Sí." Dijo él. "¿Seguro que no te importa que me quede aquí?"

"No, ya me has dicho que no vas a dormir mucho." Dijo ella. "No me importa. Además, hasta te has dado un baño y todo ahora hueles bien."

Inu Yasha entonces giró la cara. Esa chica parecía una copia casi exacta de Kagome y Kikyo.

"Me parece que vas de sabihonda, enana." Le dijo entonces recordando que según ella era la nieta de Kagome. "¿Cuantos años tienes? ¿Once, doce?" Le preguntó con ironía.

"Al menos yo no soy un abuelo como tú." Le contestó ella dándole un cojinazo. "Calla tu bocaza y duerme. Mañana tengo que ir a clase, tú puedes venir también si quieres."

Era rápida de mente la chica esa. Talvez demasiado. Tendría que irse con cuidado Inu Yasha si quería que todo le saliese como quería y ella le ayudase a volver a su época.