El sol brillaba con fuerza en lo alto de un cielo claro. El profundo mar azul estaba calmo, y aun así, el Perla Negra se balanceaba suavemente sobre las aguas caribeñas. El calor era sofocante pero una fresca brisa que corría lo hacía más soportable.

Una chica, y ha decir verdad, la única fémina en aquel barco, aprovechaba cada soplo en el puesto de vigía, que durante su estadía allí siempre estaba desierto. Pensaba en muchas cosas, algunas menos importantes que otras, sin embargo habían dudas volvían con fuerza a su cabeza. Debía, de alguna u otra manera, resolver el asunto pendiente con el petulante capitán Jack Sparrow, después conocer el porqué de su estadía en aquel siglo pasado y por último, aunque no por eso menos importante, el saber como podía regresar a casa. ¡Si es que puedes!, le reprochaba su conciencia en cada descuido. Algo que sí sabía, era que no tenía ni la más mínima idea de cómo hacerlo y eso le enfurecía enormemente, pues ella siempre se desenvolvía muy bien en cualquiera que fuese la situación, pero todo eso estaba mucho más allá de todo lo conocido para ella.

Suspiró frustrada, cuanto más se calentaba la cabeza para encontrar posibles soluciones a sus problemas menos parecía haber repuestas así que, por un rato, dejaría el tema para después. Bajó lentamente del mástil, como si aquella acción le agotase de sobre manera y llegó a cubierta de un salto. No había nadie. Husmeó unos minutos obteniendo el mismo resultado y de pronto, un recuerdo irrumpió su mente como si pasase en ese instante.

Flash Back

-¡Tierra a la vista…! –escuchó gritar ella. Seguramente a alguien de la tripulación, pero no le era importante en ese momento así que lo ignoró olímpicamente. No se encontraba en la vela principal pero pretendía subirla, sin saber que por el lado opuesto el vigilante bajaba del mástil dándole paso inconscientemente.

Fin Flash Back

-No era un buen momento para pensar... ¿verdad? –preguntó la chica queriendo que alguien le respondiera, para su desgracia, nadie lo hizo.

Un fuerte deseo de pisar tierra firme se apoderó de ella. Corrió plancha abajo, una amplia tabla de madera habilitada para el ingreso y descenso del navío, esquivando a un par de piratas conocidos que dormitaban en el suelo, y ellos no fueron los únicos. El puerto bullía de piratas, bucaneros, corsarios y toda clase de persona que podría haber en un lugar como ese. También barriles, cajas con las que estuvo apunto de tropezar, y caer. La mayoría de los barcos descargaban la mercancía que comerciarían, los demás permanecían allí, al igual que el Perla Negra; mas ninguno tan admirable.

-¿Por qué todo lo relacionado con ese pedante es tan... tan... ¿tan magnífico?... tan él? –masculló con cierta irritación, porque no sabía como definirlo. Arrogante, eso es lo que es, intentó auto-convencerse fallando estrepitosamente. Antes de marcharse, su vista recorrió el largo muelle hasta fijarse en la figura del navío recortada contra el horizonte lejano.

En cuanto puso un pie en el pueblo su mente viajó a aquel bar que había visitado por primera vez allí, en ese mundo; sólo que comparándolo con el ambiente reinante en esta otra isla era cien mil veces peor. No había ni un solo lugar en el cual mirara y no hubiesen hombres gritando, cantando, disparando, luchando, bebiendo o besuqueándose con mujeres.

Bufó armándose de valor para conseguir un lugar en donde estar a salvo. Escapaba de ciertas botellas voladoras cuando se sintió empujada, sin darle tiempo siquiera de insultar a quien quiera que fuese. Y atravesó una puerta, estuvo segura; después del impacto inicial, se encontró en un bar de sucias paredes, donde la situación no era mejor. Soltó un par de maldiciones mientras pensaba en que si la mejor idea hubiese sido quedarse en el barco, por la seguridad de su integridad física.

Suspiró, alcanzando una silla en el único rincón que parecía inmune a toda esa orgía. Y una voz dura le hizo dar un respingo.

-Me sorprende que una señorita tan linda como usted se pasee por estos lados –la voz pertenecía a un anciano carcomido por el pasar de los años. Tenía el cabello cano y una nariz ganchuda. Sin importarle su encorvada espalda o la falta de dientes a su sonrisa, el viejo se veía feliz.

-¿De verdad? Pues si tiene algún problema, se va y listo. Todos felices y contentos –indicó ella con voz áspera, más áspera de lo que hubiese querido. Sus almendrados ojos irradiaban la desconfianza que sentía y, aun así, había "tratado" de ser lo más educada posible. La expresión amable de él cambió por una fracción de segundo a una irritada, volviendo velozmente a aquella ligera sonrisa sin que la chica lo notase.

-No he querido incomodarla –aclaró el viejo con la mirada fija en ella, como examinándola.

-Bueno, disculpe... No lo estoy pasando muy bien, y no debería haberlo tratado así –manifestó ella con cierto pesar, agachando la cabeza y advirtió que sobre la mesa había... ¡estaba su salvación!

-Disculpe, pero ¿Qué es eso, es suyo? –preguntó con mucho mejor ánimo, bastante interesada en aquello que reposaba sobre la mesa.

-¿Qué? Oh, esto. Es solo un viejo mapa que tengo. Siempre me he preguntado a donde llevará linda, pero estoy ya demasiado viejo para salir en su búsqueda –dijo el hombre acrecentando más su sonrisa, la cual adquiría cierta maldad. La chica la ignoraba, cegada por la oportunidad de no ver más nunca a Sparrow, porque ella era una mujer de palabra, y aunque él fuese lo que fuese le debía un mapa hacia algún tesoro, aunque en este caso ni siquiera supiera a donde llevase.

-Pues que se conforme, porque a alguna parte llevará –

-¿Y sabe usted, si puedo hacer algo para tenerlo en mis manos? –se acercó más al anciano inclinándose sobre la mesa en una pose bastante provocativa.

-Piensa que es otra persona tal vez como... Jack, no, sería peor, le vomitaría encima al pobre hombre

-Esperen, ¿Yo he pensado eso? Sí, respondió una voz en su cabeza. ¿Es una broma, o me estaré volviendo loca? Pues, a lo primero, no lo creo y a lo segundo, pues hace ya un buen tiempo que estás mal del coco, manifestó su conciencia. Dime algo que no sepa, pensó la chica en un suspiro.

Y sólo por un segundo, durante aquella distracción de la chica de su objetivo, una pequeña chispa de lujuria atisbó a los ojos del hombre. Luego éste se levantó lentamente, ella ahora atenta se asustó mientras el anciano le colocaba una mano en el hombro.

-Niña, no tienes que hacer nada. Pensaba en venderlo, pero creo que es mejor dártelo, por último, en retribución por el mal rato que te hice pasar –

-Oh viejo, no sabes cuanto me has alegrado el día –tomó el mapa de la mesa y después de darle una mirada de profundo agradecimiento con un dejo de solemnidad, se marchó.

-Y tú no tienes idea de cuanto has hecho por mí, estúpida ilusa –señaló el hombre con una sonrisa macabra antes de echarse a reír, con una risa salida desde las profundidades de su malévolo ser, tan siniestra que le helaría la sangre a cualquiera.

...

-¡Este sí es mi día de suerte! ¡Gracias Dios mío, gracias!... Aunque te has tardado ¿eh? –decía la muchacha sonriendo cada dos por tres. Sonreía porque se libraría de la deuda que tenía con Jack y podría averiguar como regresar a su casa, a su queridísima rutina.

Ahora lo extraño era que tenía un presentimiento, desde que había visto al anciano a los ojos, y que se había vuelto más fuerte cuando había cogido el mapa de la mesa, de que algo pasaría. No estaba segura de qué, pero se preguntó si era porque había estado mal intentar seducir al viejo para conseguir el mapa.

-Pero el no se ha dejado, así que no cuenta –intentaba auto-convencerse la chica.

Caminó un rato sin rumbo, intentando comprender el mapa. No se le hicieron conocidos muchos lugares, pero seguramente era porque en esa época todavía no se habían fijado los límites territoriales que habían en la suya. ¿O tal vez sí? Como historiadora me muero de hambre, pensó ella entre suspiros. Y cuando por fin se rindió, aunque no por no poder entenderlo sino porque no podría seguir funcionando mucho más sin comida y un descanso decente, su vista se topó con una casa a un lado del camino, unos metros más adelante. No tenía nada de especial, sólo era una discreta casa de dos pisos entre otros dos hogares algo más anchos. Incluso si ésta no hubiese estado destartalada y pintada de un amarillo pálido y sucio, la chica habría entrado igual.

-Necesito comida, y será por las buenas o por las malas –murmuró antes de traspasar la puerta. Cuando estuvo adentro sólo atinó a articular unas cuantas palabras.

-Esto no está tratando de decirme nada, ¿verdad? –inquirió asustada.

Era un burdel.

Cuando por fin reaccionó pudo observar concienzudamente. Pocas chicas jóvenes se paseaban por el local en lo que eran vestidos muy provocativos, por su gran escote. Y en realidad eso fue lo único que había bastado para que supiera que estaba en un prostíbulo.

Era un lugar angosto. Al fondo de la habitación había una especie de escenario de madera, de donde colgaban largas cortinas de un color vinotinto, y al lado una escalera, que llevaría seguramente al segundo piso. Sin embargo algo faltaba.

-No se supone que debería estar... bueno, con más personas –comentó ella a media voz extrañada, entretanto pasaba la mirada por aquel lugar nuevamente y recibía algunas miradas de las chicas, entre recelosas y curiosas.

-Las demás chicas no se pasan por aquí hasta tarde, y la gran mayoría supongo que está arriba; ahora que me lo recuerdas, iré a revisar –comentó una dulce voz como si nada pasara. Como si el hecho de haber entrado a hurtadillas a su casa, ella una total desconocida, fuera algo normal y todo por ser algo entrometida. Está bien, muy entrometida.

-Ah, ya veo –respondió la muchacha nerviosa ante la femenina voz que hablaba a sus espaldas.

Una mujer ya entrada en años pasó a su lado y se plantó frente a ella. El largo y liso cabello pelirrojo le caía graciosamente por la espalda y por los costados hasta su delgada cintura. La inspeccionaba con sus ojos castaños, mientras que sus finos labios delineaban una suave sonrisa. Sus delicadas facciones y la pequeña nariz respingada la hacían una mujer muy bella. Y a su cuerpo se ceñía un simple vestido de color verde olivo oscuro y sobre él, un delantal del cual estaba segura de que había pasado del blanco a un color más amarillento.

Y entonces por un momento, la chica se sintió pequeña al lado de ella, insignificante.

-¿Necesitas ayuda? –preguntó la señora al frente de ella.

-He entrado por error –dijo la muchacha como autómata.

-Claro... –Rió ella casi imperceptiblemente.

-Es cierto, no soy una prostituta –replicó ella y la mujer paró de reír al instante. Nuevamente la observó y la muchacha temió haberla ofendido.

-Lo siento, quiero decir, yo no... –

-Entonces, ¿eres una cliente? –inquirió con un semblante completamente serio.

-¡NO! –exclamó la muchacha colorada, y agachando la cabeza ordenó sus ideas para poder expresarse sin ningún malentendido.

-Me he perdido, es mi primera vez aquí en Tortura... –la mujer le interrumpió.

-¡Oh! Nos hubiésemos entendido mejor de haberlo dicho antes, nena ¿no crees? –dijo ella cambiando su expresión rápidamente a una más amigable. La mujer se acercó con cuidado, para no asustar más a la chica de lo que debería estar.

La muchacha prefirió callar. Sus manos, que contenían el mapa, comenzaron a doblarlo y con sigilo lo guardaron bajo el pantalón, en la parte de atrás de éste.

-¿A dónde pretendías ir? –preguntó la mujer en tono amistoso.

-¿Y ésta porque quiere saber eso? –pensó ella desconfiada.

-Has dicho que has entrado por error –agregó la señora al ver que la joven no respondía, como adivinando sus pensamientos.

-¡Ah! Bueno, ahora si me cuadra. Pues tenía hambre y supuse que todas las casas eran bares, como es una isla pirata... ahora veo que estaba equivocada –agregó la chica en un suspiro.

-¿Y te ha gustado Tortuga? –preguntó la mujer sofocando la risa y la chica calló nuevamente. No le hubiese gustado mentirle a aquella mujer que se le hacía una buena persona.

-No te preocupes, no tienes que responder –dijo la señora antes de marcharse y, dejarla sola. La muchacha se removió inquieta, no sabía si había incomodado a la mujer.

-Perfecto, primera persona en este mundo con la que puedo cruzar más de dos palabras y lo he arruinado. ¿De verdad es mi día de suerte?

Echó otra ojeada a la habitación, una gran cantidad de mesas con sillas se ubicaban por todo el lado izquierdo, y del otro una barra. Hubiera mirado más de no ser por la interrupción de la mujer, que en sus manos traía una bandeja. Y fugazmente pensó porque una mujer como ella trabajaría en un lugar como ese.

-No digo que sea malo, pero según lo que yo sé de esta época podría conseguirse un esposo rico con todo lo linda que es... A diferencia de mí, claro

-¿Qué es eso? –preguntó la chica con un dejo de curiosidad.

-Has dicho que tenías hambre. Es comida, si quieres... –contestó la mujer con una sonrisa cordial.

-Es usted muy amable, de verdad, pero no tengo con que pagarle... –la mujer volvió a interrumpirle. Eso de las interrupciones estaba empezando a fastidiarle.

-Hasta aquí llegó mi buen humor. Había durado mucho, pero fue bueno mientras duró...

-No te preocupes, ya encontraremos la forma de que lo hagas... –dijo la mujer tranquilamente, notando que la chica palideció. Sofocó la risa.

-De una forma buena y normal. No te haré daño –la chica dejó salir todo el aire que sus pulmones habían estado conteniendo y la mujer rió suavemente.

-¿Y qué se yo que es para usted bueno y normal? –preguntó la chica punzante. No había sido su intención, su instinto de supervivencia había hablado por ella.

-Bueno, rectifico. Me pagarás de manera que ambas quedemos contentas con los resultados ¿ahora sí? –inquirió la mujer con una cálida sonrisa.

La muchacha asintió apenada mientras se reprendía mentalmente por haber sido tan desagradable con la única persona que había querido ayudarla. La mujer colocó la bandeja en una mesa cercana a ambas y se sentó, indicándole a la chica que hiciera lo mismo. Ella lo hizo sin chistar y comenzó a comer. Al terminar miró a la mujer con agradecimiento y ésta sonrió nuevamente.

-Y bien, ¿puedo preguntar como te llamas? –dudó la señora mirando fijamente a la chica.

-Ya lo ha hecho –respondió la joven regalándole a la mujer un pequeña sonrisa. Y ahora que lo pensaba bien, muchos en esa época habían querido follársela en cualquier lado, pero nadie en aquel jodido mundo le había preguntado su nombre ni una vez. Se alegró reflejándose totalmente en su sonrisa, ahora de oreja a oreja.

-Mi nombre es Sofía Montero –

-¿Y que te trae a Tortuga? –preguntó la mujer con curiosidad.

-No lo sé... –respondió Sofía con sinceridad. Y todos los problemas de los que había jurado no preocuparse se cernieron sobre ella como una sombra gris y pesada. La mujer se dio cuenta del cambio de actitud en la chica y la preocupación adornó su bello rostro.

-¿Estás bien? –cuestionó la dama, levantándose y acercándose a la joven, que luchaba por reprimir la nostalgia.

Su mirada se encontró con la de la pelirroja por unos instantes y antes de que pudiera hacer algo la castaña se abalanzó sobre ella. Ésta la tomó en brazos sintiendo como la chica la apretujaba contra si, seguramente en busca de un poco de consuelo, cosa de que le daba acariciando maternalmente sus largos cabellos. Decidió no hacer ningún comentario antes de que la joven lo hiciera.

Sofía no lloraba, no recordaba hace cuanto no lo hacía pero no le importaba. Sentía que aquel abrazo le despejaba de todo, se sentía cómoda. Simplemente se desahogaba en silencio. Esa mujer le recordaba a su madre, a quien no había visto ya en un buen tiempo y eso le ponía triste. La extrañaba pero por primera vez, en aquella extraña tierra no se sintió sola.

Se separó lentamente jugueteando con una sonrisa en su boca.

-Muchas gracias... –

-Puedes llamarme Maggie –dijo la mujer también sonriendo.

-En ese caso supongo que quieres una explicación, ¿verdad Maggie? –vaciló la chica, resistiéndose al hecho de contarle la verdad.

-Sería conveniente, pero solo si estas dispuesta a dármela –indicó la mujer llamada Maggie, y algo en sus ojos hizo que la muchacha se decidiera a contarle lo que le aquejaba. Aunque después la tachara de "loca" y la echara del lugar.

Ambas volvieron a sus lugares en la mesa, y la mayor de ellas escuchó con atención todo lo que la otra le relató. Sus expresiones pasaban de diversión a preocupación, de sorpresa a enfado mientras la muchacha contaba desde su discusión con su madre, pasando por la extraña aparición en otra playa que no fuera la de a un lado de su casa, la persecución del hombre gordo y maloliente que no tenía buenas intenciones, por el encuentro con Alexander Smith y Jack Sparrow, que según la mujer eran piratas famosísimos en ese tiempo, hasta la llegada a la isla pirata Tortuga, ese mismo día.

-Ya veo. Sabía que eras diferente. Tienes cierto aire inusual. Lo he notado cuando te vi de entrada y ahora, ya sé porque es –comentó la mujer con un dejo de felicidad, al parecer le satisfacía descubrir el misterio en torno a la chica. Sofía estaba en un estado de estupefacción, no se había imaginado ni por si acaso que esa sería la respuesta a su "odisea".

-También entiendo porque esos hombres, y estoy segura de que muchos más, han querido "follar" contigo, como dices tú. Aparte, eres una chica bonita y simpática –la castaña se sonrojó. Definitivamente esa mujer le recordaba a su madre.

-Sí claro, soy tan simpática como un perro rabioso –pensó la joven mordaz, y determinó que Maggie no tenía porque saber ese pequeño detalle.

-¿Qué te fumaste? –preguntó Sofía, sin rodeos. Era imposible que una persona normal reaccionara de esa manera.

-¿Disculpa? –receló la mujer indignada.

-Perdona, lo siento, se me ha salido –balbuceó la muchacha-Pero nadie reaccionaría así ante semejante situación, ¿te has escuchado?

-Sí, pequeña, se lo que he dicho y es lo que pienso –dijo Maggie suspirando.

-Eso significa que... ¿Me crees? –inquirió la muchacha con ojos brillantes.

-¿Por qué no habría de hacerlo? –respondió la pelirroja con una dulce sonrisa. Y nuevamente, sin que pudiera hacer nada, Sofía se abalanzó sobre ella dándole un gran abrazo, uno mucho más corto que al anterior.

-Gracias –susurró la chica antes de separarse.

-No hay problema, pequeña –Maggie sonrió.

-Quería hacerte una pregunta... –la mujer asintió dándole a entender que la escuchaba-Me preguntaba si... podría tomar un baño, he estado de barco en barco así que te podrás imaginar todo mi sufrimiento –

Maggie rió con ganas ante la ocurrencia de la chica.

-¿Baño? ¿Dé que hablas? –la chica palideció ante estas palabras que calaron profundamente en su cabeza. Resonaron un rato en su mente hasta que decidió ponerles fin.

-Pues eso, Maggie. Un baño, una ducha... ¿no? –agregó viendo que la mujer le miraba con curiosidad. Y echó mano a una perorata sobre el agua, la higiene y el baño.

-Siento decepcionarte pero no –dijo la mujer negando con la cabeza, pero fascinada con todo lo que Sofía le había contado sobre el futuro, uno que parecía impresionante.

-¡¿Y donde demonios cagas entonces?! –chilló fuera de si la castaña. Maggie se sobresaltó.

-En todos los cuartos hay una habitación continua, eso sí, más pequeña que... –empezó a decir la mujer.

-No quiero más información, gracias –se estremeció la chica-¿Alguna tina? ¿Bañera? ¿Una cubeta más grande de lo normal, donde yo quepa? Un barril, por último... –bufó la chica cabreada. Como era posible que aquella época no se pudiera dar una ducha decente. No se lo merecía. ¿Estás segura?, preguntó una voz en su cabeza. ¡Claro que estoy segura! NADIE, repito, NADIE en este mundo se merece no poder bañarse, contraatacó Sofía a su conciencia. Eso es cierto, pero a Maggie parece irle bien, analizó su voz interior. Pues a mí no, y punto final.

-Tengo algo que puede servirte, según lo que me has contado... ¿Lo quieres? –preguntó Maggie con aquella sonrisa tranquilizadora, que por cierto se le daba muy bien. La castaña la observó largamente, la mujer no se merecía como ella la había tratado.

-Sí, muchas gracias. Lo digo en serio –dijo la muchacha con firmeza. La mujer le respondió con una sonrisa antes de desaparecer detrás de la barra.

-Sube la escalera y atraviesa el pasillo, al final encontrarás mi habitación. Ahí estarás a salvo, todas las chicas saben que es mía y no se atreverían ni a entrar, menos con alguien –declaró la pelirroja, regresando con un recipiente grande de metal y profundo. Sofía dio un bote, no se esperaba que regresara tan pronto. Hizo memoria de lo que le habían dicho, y echó a andar hacia la escalera con la bañera improvisada en los brazos.

Subió la escalera y al final de ella se topó fugazmente con una muchacha rubia más joven que ella, por unos cuantos años. Iba en dirección contraria, al llegar a su lado la miró con envidia para después bajar las escaleras. ¿Esta cría cree que estoy aquí para robarle la clientela? Estará chiflada la pobre, pensó la chica mientras avanzaba a través del pasillo, uno lleno de muchas puertas cerradas, y el cual de un momento a otro se acabó. No pudo distinguir una puerta de otra y entonces entró en una de las piezas al final del corredor, en la equivocada pero eso ella no lo sabía.

Era una estancia espaciosa y con un toque de elegancia, pasara lo que pasara allí dentro. Una cama matrimonial con dosel rodeada de cortinas añejas de un marrón claro y amarillento, ahora corridas, yacía casi al centro. A un lado de la cama había una pequeña mesita de noche y al otro una ventana con una fina capa de polvo, por donde se filtraba la luz del atardecer. Y a su derecha un estante con libros viejos, desgastados por el tiempo, y una mesa con dos sillas.

Atravesó la alcoba a grandes zancadas y entró por la puerta abierta al otro lado. Podía aguantar el olor, no era tan nauseabundo. Era una pieza mas bien pequeña. Tenía una ventana en el mugriento muro del al frente y al lado un espejo en el cual solo podía verse la cara, aunque le faltara un pedazo de punta y estuviera casi lleno de polvo. Y a su derecha había un hoyo en el piso. De inmediato supo para que servía, no pudiendo evitar una mueca de repugnancia.

-He olido cosas peores –murmuró colocando su gran tina improvisada en los sucios azulejos del piso. Y se quedo mirando el hoyo porque de ahí provenía el olor.

-¡Jo! No tengo lo fundamental, agua... ¿Dios, soy tonta o me hago? –preguntó mirando al techo-No me respondas...

Salió de lo que en aquella época era un baño, y cuando estaba apunto de salir de la otra habitación la puerta se abrió. Si no tuviera los reflejos que tenía, la puerta le abría llegado de pleno en la cara. La muchacha, la que había visto antes en la escalera, se asomó por ella.

-Maggie está calentando agua para ti, no debe de tardar –dijo la chica aborrecida, pero sus labios carnosos dibujaban una sonrisa burlesca, como si intentara no reírse. Sofía no sabía que hacer, si agradecerle o pegarle para que tuviera una buena razón para reírse, pues sospechaba que aquella cría se reía de ella.

-También pide que después de... hacer lo que vas a hacer, te pongas esto. Es la forma en que le pagarás lo que le debes –le arrojó de mala gana lo que parecía de un vestido, y se marchó cerrando de un portazo.

-¡Gracias! –le gritó airada la chica mientras observaba el vestido. Era un vestido raído de manga tres cuartos con vuelos alrededor y gran escote, color gris con un tono azulado y ciertos detalles en azul y dorado.

-Bueno, si me preguntaran que me gusta de esta época definitivamente serían los vestidos, aunque yo misma no sea fan de ellos –opinó dejándolo sobre la cama.

No pasó mucho tiempo en que unas muchachas le trajeran un balde de un tamaño considerable, desbordante de agua hirviendo. Estas chicas, que habrían podido pasar por sus hermanas menores, parecían sofocar la risa que les iluminaba la cara. Es como si hubiesen querido echarle la olla encima, con el agua caliente incluida. Sin embargo, lo único que hicieron fue echar el agua en el recipiente en la pequeña habitación contigua antes de salir por la puerta.

-¿Tengo monos en la cara o qué? –quiso gritarles Sofía una vez que hubieron dejado el cuarto.

Se desvistió lentamente tirando la ropa por cualquier parte, no por algo su madre siempre le regañaba diciéndole que era desordenada. Tenía una técnica, la que consistía en asentir dijera lo que dijera, eso sí, había que estar atenta a cualquier orden irregular como tirarse de un puente o algo por el estilo, y recoger lo que había tirado por ahí sin chistar. Casi siempre la ponía de buen humor y no discutían. Aunque a veces se cansara, no hiciera nada y su madre se enojara. La extrañaba.

Se introdujo en la improvisada bañera exhalando un suspiro de pura satisfacción, gracias al roce del agua tibia contra su piel. No le importaba que los brazos y pies sobresalieran de la tina porque aquel baño era demasiado placentero. Se relajó un rato antes de terminar de bañarse y vestirse, con el lindo vestido que le había regalado la singular dueña de aquel burdel.

-¿Se puede saber cómo entran estas pobres mujeres en esta cosa? –dudó ella entre asustada y enfadada, observando el vestido. El machismo en aquella época era indiscutible.

Después de mínimo una media hora pudo colocarse el corsé, con mucho esfuerzo y todo lo demás igualmente. Se sentó en la cama, que disparó una extensa nube de polvo y luego de sobrevivir a ese intento de intoxicación, comenzó a peinarse la larga cabellera con las manos, observando con especial atención la habitación.

Salió de su sosiego al escuchar cierto alboroto. Se levantó y al llegar a la puerta de la alcoba la abrió, detrás de la cual se escuchaban ruiditos agudos y roncos por doquier. Y no estaba preparada para ver lo que vio. Muchas parejas, literalmente de jóvenes hermosas y viejos borrachos, caminaban por el pasillo hasta perderse detrás de una de las tantas puertas de ese piso de la casa, en plan sospechosamente amoroso. Y en una de esas, un par de personas se acercó a la estancia en la que ella estaba.

-¡¿Qué haces tu aquí?! –exclamó ella sorprendida, aunque después de pensarlo por un momento consideró que su pregunta era ridícula, una vez que la persona llegó al umbral.

-Por supuesto que he estado en Bruselas, querida, y he de decir que... –decía esa persona antes de mirar a la chica dentro de la habitación, la cual reconoció rápidamente.

-Bueno Jacky, ella es la chica que Maggie os tiene preparada, eso si, debéis pagarle después –dijo la chica de labios carnosos y sonrisa burlona, que Sofía se había encontrado en la tarde bajando la escalera.

Al escuchar esto, a la chica de ojos miel se le había ido el alma a los pies. Toda aquella amabilidad de parte de la llamada Maggie había sido solo una fachada para venderla después como un buen pedazo de carne. Se sintió estúpida. La rabia nacía en su pecho como un calorcito, que comenzaba a propagarse por todo su cuerpo hasta los rincones más inéditos de su ser. Apretó las manos, al punto de sentir como sus uñas se enterraban en su carne, hiriéndola más de lo que ya estaba.

La joven rubia le dio un empujoncito a Sparrow que trastabilló entrando a la habitación. Sofía se apartó para ver como la chica cerraba la puerta. El aludido se enderezó y la miró de arriba a abajo.

-Con que aquí vivís –comentó Jack echándole una ojeada a la habitación.

-¡Por supuesto que no! –exclamó Sofía colorada de toda la ira que sentía.

-No debéis avergonzaros –aclaró el pirata sonriendo de lado, arrogante.

-Eso quisieras –dijo la chica alzando el mentón y mirándole directamente a los ojos.

-Puedo deciros que quiero, pero también puedo mostraros –avanzó hacia ella peligrosamente, con ese afeminado andar de él.

-¡No te me acerques, pervertido! –chilló ella mientras retrocedía involuntariamente.

-He de deciros que esa vestimenta, os queda mucho mejor que la anterior –observó el hombre complacido de lo que veía. La muchacha era preciosa, mucho más que la mayoría de las que se encontraban en aquel putero, por más que lo negara, pero ese carácter de los mil demonios no le ayudaba en nada.

-¡Para lo me que importa si te gusta o no! Además, no eres mi tipo –agregó una vez que el hombre estuviera a escasos metros de ella.

-Oh, querida, eso ya lo veremos –dijo antes de atraer a la chica hacia él, ciñendo sus manos a la cintura de ella. Y cosa extraña, que calzaban perfectamente. Como las de todas las demás, pensaba Jack acercando su rostro al de la muchacha.

-Vaya, así que el gran capitán Jack Sparrow se ha fijado es una chiquilla que ni siquiera llena sus expectativas... –alcanzó a decir la chica con cierto resentimiento, porque él mismo le interrumpió con un susurro en su oído.

-Tenéis suerte entonces, ¿no lo creéis así? –susurró con un tono suave, seductor. Pero la chica se resistía a caer en ese jueguito.

-¿Oh, debería? Creo que por primera vez en tu vida te has equivocado, pues no me mueves ni un pelo –Jack rió lentamente, cosa que le extrañó a Sofía.

-Entonces, esto no debería haceros nada... –aseguró el hombre al tiempo que acariciaba su espalda sin que ella pudiera hacer algo para detenerlo. La chica sintió como una descarga eléctrica que le hacía desfallecer. Sus brazos rodearon el cuello del pirata, como por auto-reflejo, para abstenerse de caer. Por suerte, Sparrow la sostenía fuertemente entre sus brazos mientras que su sonrisa se ensanchaba.

-Pero ha hecho algo, significa que no estaba tan equivocado como decías, querida –dijo arrogante, esperando verla humillada. A cambio la encontró más orgullosa que nunca.

-¿No sabes que la gente puede mentir? Nosotras las mujeres, en especial, somos expertas en ese arte. Pensé que con tu "experiencia" lo sabrías, querido... –le sacó la lengua, burlona, antes de despegarse sin esfuerzo del descolocado de Jack Sparrow. Se apoyó en la mesa, en un gesto insinuante mientras sus labios delinearon una sonrisa de satisfacción.

-Con mi experiencia sé, querida, que a las mujeres no hay que entenderlas, cosa que incluso para mí sería difícil, mas no imposible –manifestó Jack con un dejo de presunción, saliendo de su desconcierto.

-Sinceramente Jack Sparrow, te has ganado el premio a la segunda persona más arrogante que conozco –señaló Sofía acercándose al pirata.

-¿Y quien es la primera? –inquirió el hombre dejando entrever en su tono de voz la más pura curiosidad, de saber quien era, y aparte, el más puro rencor por quien le arrebataba el honor.

-Yo –le susurró la chica al oído.

Jack no sabía como interpretar su tono. Era insinuante pero a la vez no, lo atraía y a la vez pretendía alejarlo. Estaba aventurándose en un juego, en el cual no lo dejaban mandar, y eso le hacía querer imponerse. Restó las distancias tomándola de la cintura y atrayéndola. Sentía que por lo menos así, mantenía el control de la situación.

-Ahora sabremos quien es el mejor, de verdad –dijo el hombre desafiante.

Y el gran capitán Jack Sparrow le besó.

Sí, le besó.

Sus labios la embriagaron en una sensación placentera porque, quisiera aceptarlo o no, Sparrow sí sabía besar, sin embargo, sólo al rozarlos sintió un cosquilleo en los suyos, y se separó en un abrir y cerrar de ojos, tímida. Aun cuando Jack no le dejara alejarse del todo, pues sus brazos alrededor de su cintura la mantenían cerca de él.

Podía sentir su fragante respiración sobre su boca pero, sin previo aviso, la realidad cayó sobre ella como un balde de agua fría.

Estaba ebrio.

-Estás ebrio –musitó la chica lentamente, intentando comprender el significado de sus propias palabras porque la respiración de Jack parecía querer inundarla, para que ignorara ese pequeño pormenor.

Por suerte, Sofía ganó la confrontación. No abrió los ojos porque temía que si lo hacía, o se echaría a llorar o le daría la cachetada de su vida, e incluso podría ignorar el que estuviese ebrio, pese a que no era lo más probable. Se acercó a Jack y él pensó que iba a por más, haciendo exactamente lo mismo; eso era lo que ella quería, pues había bajado la guardia. Fue así entonces como de un empujón le apartó para darse media vuelta, y largarse a correr fuera de ahí.

-¿Quién podría tomarme en cuenta? Nadie, sólo un ebrio arrogante... y es porque ha bebido... –farfulló la muchacha entre la indignación y la decepción.

Esquivaba manchas que amenazaban con ser personas y ni cuenta se dio, cuando ya bajaba una escalera.

Alguien sorpresivamente la tomó del antebrazo, frustrando su escape. Al identificar una melena rojiza entre todo el jaleo que había en la planta inferior, una ira contenida reapareció por completo, corriendo a través de sus venas por todo su cuerpo. Habría sido capaz de tirársele encima, pero se contuvo con el poco esfuerzo, y dignidad que le quedaba.

-Vuelve a tocarme, y será lo último que hagas en tu cochina vida -espetó arrastrando las palabras, cada una cargada de profundo rencor.

La mano de la mujer que sostenía su muñeca delicadamente la soltó, como si su piel le quemara. Sofía sonrió de lado arrogante, y la mujer pudo notar un huracán llevándose a cabo dentro de la chica.

-Aparte de mentirosa, cobarde; Vamos por muy mal camino, Maggie -dijo ella poniendo énfasis en el nombre de la pelirroja con rencor.

La mujer estaba tan sorprendida como confundida que solo observó como la chica se marchaba, sin detenerla. Y cuando decidió hacer algo, ella había ya desaparecido entre el bullicio y los hombres y mujeres que su local atendía. Una jovencita se acercó a ella, pues la necesitaban en la barra, así reprimió el deseo de ir a buscar a la muchacha y se marchó en otra dirección.

Sofía se movía entre la gente con cierta dificultad, todo debido al vestido y a la gran cantidad de gente en aquel negocio. Toda aquella multitud se dividía en dos grupos: hombres sobrepasados en años y jóvenes que no sobrepasaban los veinticinco años de edad. En su época existían también ese tipo de relaciones, pero con mucha menos frecuencia, o por lo menos ella había visto unas cuatro o cinco parejas compuestas de esta forma hasta ahora, y era por eso que le resultaba tan desagradable la gran cantidad de ellas, por no incluir las arcadas que de momento iban y venían.

Mientras avanzaba en busca de la puerta, se le acercaban hombres que ella intentaba rechazar, aun cuando iban en aumento. La chica no estaba de humor y casi se podía ver el humo saliendo de su cabeza. Un pirata mayor, flaco y desgarbado se acercó sin intuir el peligro inminente y la chica se hartó. Su mano formó el puño que se estampó contra la mejilla del hombre y en cuanto lo hizo, el coraje, dolor y pena que sentía la abandonaron; había sido como quitarse un gran peso de encima.

-Esto es lo que debí haber hecho apenas llegué a este mundo –murmuró alejándose mientras una joven atendía al hombre tirado en el piso con mimos.

Sofía se alegró cuando divisó la puerta y aun más cuando salió. El aire caliente le acarició el rostro, era de noche y el cielo oscuro estaba salpicado de brillantes estrellas. Ninguna nube rondaba por el firmamento y la luna se distinguía en la inmensa oscuridad como una gran mancha blanca.

Y de pronto, sintió un dolor punzante en la parte de atrás de la cabeza y, después, todo se volvió negro.


¡Hola! Bueno, lamento no aparecerme hace un tiempo por aquí. He estado ocupadísima y han pasado muchas cosas, incluso pensé en dejar la historia pero mi mami me alentó en varias cosas así que este capítulo va dedicado a ella, también va como regalo del día de las madres, no pudiendo haberle dado lo que se merecía. (Y para cualquiera que sea madre) Algo atrasado xD pero espero que le guste.

Una buena noticia es que el borrador del próximo capítulo ya esta hecho, sólo me falta traspasarlo al word y listo. Eso no debería tomar muchos días, pero como una autora como yo... quien sabe xD

¡Gracias a todos los que leen este fic y a los que dejan sus reviews!

Esperando que les guste me despido hasta un próximo capítulo. ¡Bye!