Rito de Iniciación

Capítulo 25

«Quedarme dentro de tu amor»

(Sakura)

Tac, tac, tac, tac. La punta y el extremo opuesto de mi lápiz iban y venían, chocando alternativamente contra la mesa, en un intento desesperado por distraerme. Apenas podía considerar el blanco de la hoja frente a mí, u oír el golpeteo de la lluvia al otro lado de la ventana.

Sentía sus ojos clavados en mí desde hacía horas.

Y he de aclarar que jamás conocí a nadie, en toda mi vida, que tuviera el poder de hacerte sentir como si te atravesaran el cerebro con sólo mirarte.

—Quedan siete minutos.

La voz de la profesora me sobresaltó, pero pronto volví a mi mundo, olvidando por enésima vez las cuestiones de números. En mal momento se le había ocurrido a alguien cambiar el dichoso examen de matemáticas para dentro de cuatro días; es decir, precisamente hoy. Precisamente un día en el que yo podría concentrarme menos que nunca.

Un trece de julio cualquiera.

Señor¿por qué tenía que estar viva un día como éste? Y, aclaro, no es que tenga nada en contra del número trece, ni tampoco en contra del mes de julio. Es simplemente un tema de asociación de ideas. De saber que, un día como hoy, dieciocho años atrás, quien acabaría siendo el peor de mis sufrimientos acababa de nacer.

Suspiré, todavía sintiendo los cuchillos de hielo en la nuca.

Por favor¡que deje de mirarme!

Desesperada, me levanté de mi asiento y agarré las dos hojas que había necesitado para la prueba. La primera, con los ejercicios sacados directamente de la fotocopiadora; la segunda, llena de mis propios mamarrachos y operaciones probablemente sin sentido. Hoy ni siquiera me quedaba la estúpida esperanza de otras veces, en las que permanecía hasta el último momento licuándome el cerebro, intentando sacar alguna conclusión acertada a la pila de ejercicios para resolver. Hoy lo único que quería era huir de allí lo antes posible.

La profesora me miró con algo de resignación cuando yo le tendí mi pobre examen, pero, afortunadamente, fue sensata y no me insistió con los típicos comentarios acerca de que aún me quedaba algo de tiempo para corregir los errores, o si de verdad había revisado bien todo. En lugar de ello, me permitió dar media vuelta y dirigirme otra vez a mi pupitre, tan sólo para agarrar mis libretas, mi estuche y el papel que había usado como borrador y tendría que tirar antes de salir.

Fui lo suficientemente cuidadosa como para no echar ni una sola mirada hacia el pupitre detrás del mío durante todo el proceso, y, en cuanto me cercioré de que tenía todo, rápidamente salí de la clase, volviendo a cerrar la puerta tras mis pasos.

Una corriente de alivio me recorrió el cuerpo, haciéndome suspirar, pero no me detuve a relajarme. No me convenía bajar la guardia, quedarme tan cerca de la zona peligrosa y confiar en que el dolor de cabeza era como un certificado para impedir cualquier catástrofe, porque sería correr un riesgo exagerado.

Nerviosamente crucé los pasillos, dirigiéndome a la cafetería. Necesitaba calmar un poco los latidos dentro de mi cabeza, así que pediría una aspirina o un té, con la esperanza de que aquello me aliviara un poco…

Si es que sacudirme de encima el recuerdo de una mirada tan penetrante como la de Shaoran resultaba tan estúpidamente sencillo.

Grande fue mi desilusión al encontrarme con aquel anuncio colgando de la puerta de la cafetería, y hubo otro tanto de mí que me reprochó no haber recordado que, como estaban haciendo reparaciones, permanecería cerrada hasta al menos la semana siguiente. Por supuesto, yo ya había leído el mismo cartel un mínimo de cinco veces en el mismo día. Y supongo que no es necesario explicar que mi despiste crónico había aumentado hasta límites insospechados, de aquí a poco menos de una semana para atrás.

Mis pasos se volvieron pesados cuando tuve que resignarme a la idea de soportar la jaqueca al menos durante un buen tiempo más, e intenté distraerme con las imágenes sombrías al otro lado de las ventanas del pasillo solitario. El cielo continuaba tan gris que hasta pasaría por negro, y el agua no dejaba de caer, abnegando el patio y haciendo que los estudiantes que recién ahora se iban tuvieran que marcharse corriendo, refugiándose como podían bajo paraguas o incluso bajo mochilas y maletines.

Como yo me había dejado el paraguas en casa, preferí esperar hasta que la tormenta cesara, o al menos cediera y amainase un poco. La verdad, no resultaba muy alentadora la idea de tener que volver a casa mojada de pies a cabeza, por… milésima vez.

Sin saber muy bien adónde ir, pasé junto a las puertas de todas las aulas del piso de abajo, junto a la sala de informática, las escaleras de emergencia, la enfermería y la biblioteca, que estaba tan vacía como todos los demás rincones del instituto.

Y fue justo al quedar junto a la puerta del salón de actos que oí unas voces familiares, y me detuve en seco, sin acabar de entender lo que veía. Incluso parpadeé varias veces, para sacarme la duda de si era o no cosa de mi imaginación, pero ellos siguieron ahí, tan cercanos el uno al otro.

Para que no me descubrieran, en caso de que a alguno se le ocurriera darse la vuelta y mirar justo en mi dirección, pegué la espalda contra el marco de la puerta abierta del salón de actos, asomando apenas un poco la cabeza por encima de mi hombro.

—Deberías habérmelo dicho antes —oí susurrar a Tomoyo, probablemente, gracias a lo solitario del paraje. Ella acarició la mejilla masculina, y él cerró los ojos antes de dejar caer el peso de su cabeza sobre aquella mano. Por mi mente cruzó la pregunta de si estarían ambos aquí desde el momento en que habían entregado sus respectivos exámenes, mucho antes que yo o que cualquiera de los demás—. Siempre estabas tan distante que yo no podría haberlo adivinado. Me evitabas tanto que… llegué a creerme tu papel. ¿Por qué no hablaste conmigo¿Por qué esperaste tanto?

—Tenía miedo. Después de lo que te hice, no creí que fueras capaz de perdonarme. Te mentí tantas veces que…

Tomoyo lo acalló arrastrando el dedo índice hasta sus labios, y él abrió los ojos instantáneamente.

—Ya he pasado mucho tiempo dolida por esas cosas, Eriol —interrumpió suavemente. Por su tono, no me costaba saber que no estaba enfadada—. Pero no me atrevería a llamarte mentiroso. —Él la miró con asombro, y mi prima amplió un poco su sonrisa—. Entiende que cada cosa que hiciste no fue ningún misterio para mí, y que, si decidí involucrarme contigo, no fue ilusionándome con tonterías. Sabía lo que esperabas a cada momento, y, cuando te lo di, tampoco confié en que te transformaras de repente en un Príncipe Azul. Únicamente tendría el derecho a considerarte un mentiroso si yo no fuera consciente de ninguna de tus intenciones.

Yo me negué a bajar la cabeza y ahogarme en el dolor que me provocaría pensar demasiado en la razón que Tomoyo tenía al definir a un mentiroso, y continué escuchando secretamente, desde mi puesto, a unos cuantos metros de ambos. Sentí a Eriol suspirar muy levemente, y luego responder:

—Incluso sin haberte mentido, no me porté de la mejor forma.

Tomoyo parecía demasiado paciente y feliz, incluso hablando de algo como aquello. Me pregunté de dónde sacaría la fuerza de voluntad, y si no tendría un poco de más para prestarme a mí.

—Ciertamente, no —dijo.

—Por eso quería pedirte perdón —continuó él—. No me di cuenta de lo que te había hecho hasta bastante después. Fui un…

—Insensible. Lo sé.

—Y te traté casi como a una…

—Puta.

—Además de que nunca te dije que…

—Me querías.

—Porque…

—No lo habías pensado siquiera.

Él parpadeó, pero insistió una vez más:

—Y me acosté con un montón de chicas, incluso cuando estaba saliendo…

—Conmigo.

La expresión relajada del rostro de Tomoyo era completamente increíble, tanto que dudaba si estaría siendo completamente sincera. Es decir¿de verdad podía estar ella incluso al borde de las risas, en un momento como éste¿Por qué todo parecía apuntar a que sí?

Hasta Eriol estaba pasmado.

—¿Y te crees que no son motivos suficientes como para tener miedo a hablar contigo, para pedirte perdón, o para lo que sea? —preguntó—. ¿Por qué no te parece que es normal haber tardado tanto?

—Porque todo eso es agua pasada, y porque estás siendo sincero. ¿Qué motivos puedo tener yo para rechazarte ahora? —Para el completo asombro de los dos, ella acabó abrazándolo, enterrando el rostro en su pecho—. Si me hubieras contado todo esto antes, me habrías ahorrado mucho dolor, porque me pasé demasiados días convenciéndome de que no ibas a quererme nunca y que me convenía desenamorarme de ti para no sufrir más.

—Lo… lo siento —tartamudeó Eriol.

Tomoyo negó con la cabeza.

—Ya no tiene importancia —dijo, tan bajito que casi no la oí—. Te he estado echando muchísimo de menos. ¿Puedes abrazarme también? Y después quiero un beso.

En cuanto vi que las manos temblorosas de él se separaban de ambos costados de su cuerpo, para dirigirse a la cintura de Tomoyo, me percaté de que era todavía menos apropiado que antes estar espiándolos. Fue por eso mismo que me escabullí al interior del salón de actos, entornando la puerta con el menor ruido posible, intentando no alertarlos, y me acerqué al lado opuesto de la habitación para encender las luces.

Dejé las libretas encima de una de las tantas sillas que había frente al escenario, y miré todo aquel panorama con nostalgia, recordando todas esas obras de teatro en las que había participado, y la cantidad de trajes que mi prima había confeccionado para mí, en cada una de esas ocasiones.

Como un pequeño rayo de sol colándose por una rendija, recordé la sonrisa de Tomoyo y me encontré a mí misma sonriendo levemente, tanto como me era posible. Y no dejé de sentir aquella agradable sensación en el pecho, el primer atisbo de alegría en tanto tiempo, mientras tomaba asiento y mi vista ahora se perdía en el cristal salpicado de la ventana.

Me alegro por ti, mi querida Tomoyo. No te mereces menos que ser feliz.

(Shaoran)

—¿Se encuentra bien, Li?

La pregunta me hizo parpadear con algo de desconcierto, y recién entonces me percaté de que continuaba, al igual que cinco minutos atrás, con la mirada perdida en la puerta y el lápiz inmóvil entre mis dedos, sobre la hoja del examen. Lo cierto es que hacía mucho que estaba a punto de terminarlo, pero nunca acababa de darle el remate, porque mi mente volaba hacia otras cosas.

Miré a la extrañada profesora y procuré asentir con la cabeza.

—¿Por qué no debería de estarlo?

—Es que —dudó— generalmente no tarda tanto en terminar los exámenes, y, como nos avisaron de que estuvo ingresado en el hospital hasta ayer… ¿Está seguro de que no quiere pasarse por la enfermería?

Suspirando, me levanté de la silla, firmé las hojas con lo que había podido resolver, y se las entregué.

—No se preocupe —pedí—, no es nada. Si me dieron el alta es porque ya estoy mejor.

Dibujé una sonrisa que a mí se me hizo falsa, pero la profesora, una chica que no sobrepasaría los treinta años y que se encargaba de suplir a nuestro acostumbrado educador desde hacía unos dos meses, no pareció notar el detalle. En vez de reclamarme ser un poco más sincero, o algo por el estilo, se le encendió el rostro, desvió la mirada y luego acabó dándose la vuelta y avanzando hacia su escritorio, desde donde jamás volvió a mirarme.

Yo aproveché para guardar mis cosas en la mochila y salir de allí tan rápidamente como pude, echando un último vistazo a un aula en la que tan sólo quedaban cuatro alumnos, muy concentrados, y una docente un tanto sensible todavía al asunto hormonal.

Me encontré con todo un enrevesado de pasillos como posibilidades, y no pude evitar desesperarme un poco, preguntándome en dónde, en cuál de todos ellos, podría estar Sakura. Tenía el presentimiento poco racional de que ella continuaba rondando los alrededores, en lugar de haberse marchado a su casa, y yo no podía dejar pasar la oportunidad al igual que lo había hecho durante toda la semana, una y otra vez, cuando no estaba tan decidido y alterado como ahora.

Ciertamente, estuve ingresado en el hospital hasta ayer, domingo, y Sakura pasó cada una de las tardes conmigo. Cada vez que el reloj pegado a la pared blanca marcaba las cinco, a mí comenzaban a sudarme las manos y mi impaciencia empeoraba progresivamente, hasta que la veía entrar a la habitación y tomar asiento en una silla que siempre colocaba a los pies de mi cama. Normalmente, sin hacer nada más que mirar a la nada o entretenerse leyendo algún libro.

Su actitud siempre era seria, serena y callada, y me instaba a hacer lo mismo, incluso cuando, en algunas ocasiones, a mí me daba el impulso de comenzar alguna de las conversaciones que me inundaban la mente, o al menos empezar a pelear otra vez. Sin embargo, como sabía lo poco que me convenía eso, y como también reverberaba en mi cabeza su petición de no hablarle más sobre el problema que todavía no se solucionaba entre nosotros, me esforcé por respetarla y guardar silencio.

Guardar silencio, hasta que ella ya no se sintiera acorralada en un hospital y con el «deber moral» de cuidarme. Porque Sakura únicamente podía haberse referido a que yo no la incordiara con el tema durante sus silenciosas visitas¿no? Al menos, así me gustaba interpretarlo a mí. No era como si me resultara alentador creer que no contaba con la posibilidad de que ella me escuchara, aún sin estar presionada por las circunstancias y creyendo que yo me aprovechaba de su preocupación.

Paseé rápidamente por el camino que probablemente Sakura habría hecho —dudaba que estuviera escondida en algún rincón remoto—, revisando tras cada una de las puertas cerradas, topándome con el mismo panorama desierto.

La había estado buscando todo el día, pues ella se había molestado lo suficiente en esquivarme y huir de mí como de la peste. Pero yo estaba decidido a intentarlo una vez más, aunque fuera la última, y soltarle todo lo que pensaba incluso si ella se emperraba en querer hacerme creer que no le interesaba, o si me tomaba cien años encontrarla entre los oscuros pasillos del instituto.

Fue justo cuando abrí una de las puertas entornadas, en el piso de abajo, que me la encontré a ella, Sakura, la chica que amo, de pie, con la espalda apoyada contra la ventana y los ojos cerrados.

Preparándome, tomé aire. Los puños se me apretaron prácticamente solos, y los martillazos dentro del pecho se volvieron tan fuertes que me pregunté si de verdad sería el único capaz de oírlos. Temblaba de miedo.

Pero era hora de la verdad.

(Sakura)

Habían pasado unos pocos minutos de paz cuando, de repente, me sentí observada en una certeza que me advirtió de lo peor, y que se confirmó en el mismo momento en que me atreví a abrir los ojos y lo descubrí allí, en el umbral de la puerta, inmóvil y con los ojos de hielo ardiente clavados en mí. Igual que dos cuchillos revolviéndome las entrañas sin ningún tipo de piedad.

Al igual que durante toda la mañana.

Tiritando, me esforcé por ignorarlo y decidí que lo mejor sería continuar huyendo, de modo que separé la espalda de la pared y caminé a paso seguro y rígido hacia la misma silla en donde había dejado mis libretas antes. Procuré fingir tranquilidad en todo momento, pero mi teatro se vino abajo de la misma forma en que lo hicieron, literalmente, la mitad de las cosas que intenté sostener y llevarme de allí.

Aquello aumentó enormemente mi nerviosismo, y el siguiente movimiento fue del todo involuntario: necesité saber si él se había percatado, así que moví la cabeza en su dirección.

El peor error del día. Shaoran debió de haberse sentido poderoso.

En menos de lo que canta un gallo, lo tuve frente a mí, imponiéndose con todo su porte magnánimo y mareándome con la ausencia de su sonrisa. Porque fue en ese mismo instante que me di cuenta de lo mucho que la echaba en falta.

—Vete —conseguí murmurar—. Sabes que no quiero tenerte cerca, a menos que sea por algo importante e inevitable.

Esto es importante e inevitable —refutó, aparentemente tranquilo. Quizá días atrás, yo habría pensado que, por la forma en que me miraba, o por cómo apretaba los puños, en realidad no lo estaba tanto. Pero ahora mismo yo lo único que podía saber era que no había llegado a conocerlo nunca—. Quiero que me escuches.

Yo me defendí.

—Ya he escuchado mucho.

Pero él también.

—No lo suficiente.

No quiero escucharte.

No pude evitar que me tomara por las muñecas, ni que lo poco que aún sostenía entre mis brazos cayera al suelo estrepitosamente, llenando con sus ecos todo el salón de actos. El cuerpo de Shaoran estaba tan cerca del mío que nuestros pechos se tocaban con cada porción de respiración entrecortada.

—Suéltame —pretendí exigir.

Pero aquello fue un ruego. Y él tuvo que saberlo.

—No —dijo—, hasta que pueda darte mi versión. No he vuelto a tocar el tema, durante todos esos días en el hospital, porque me pediste que te respetara y dejara de humillarte. ¿Crees que me aprovechaba de que estuvieras allí para hacerte sentir peor? Pues créelo, si te da la gana, pero ahora que no estás obligada a cuidarme y yo no puedo sacar partido de ello y burlarme de ti, me oirás. —Su tono autoritario consiguió amedrentarme, y me encogí cuanto pude, deseando interiormente que me soltara. Shaoran agudizó su expresión todavía más, y se acercó otro poco—. ¡Maldita sea, no tienes por qué tenerme miedo¿Cuándo te he hecho daño?

Antes de poder controlarme, le respondí con todo el dolor acumulado en mi corazón:

—¡Te parece que no me has hecho daño! Y ¿cómo le llamas a usarme así y a mentirme?

Su rostro se transformó, suavizándose. Yo evité interpretar la sombra en sus ojos y el tono casi quebradizo de su voz cuando volvió a hablar.

—Es cierto lo que les oíste decir a Eriol y a los demás —declaró. Yo intenté zafarme de su agarre. ¡No quería oír nada sobre eso¿Qué esperaba, que lo aplaudiera¿Por qué demonios tenía que insistir tanto, si ambos sabíamos ya lo que había ocurrido?—. Hace como dos meses, hicimos una especie de apuesta para estrenarme, y te elegimos a ti como blanco. Fue por eso que intenté acercarme a ti la primera vez, y todas las demás, de aquella forma. Te coqueteé como pude, esperando poder conseguir lo que quería cuanto antes, y cuando me rechazaste la primera vez me encapriché todavía más. Supongo que no habría llegado tan lejos si no estuviera tan furioso contigo. ¡No, por favor, estate quieta! No voy a dejar que te vayas. Tienes que saberlo. Cuando fuiste a vivir conmigo esos seis días…

—Cambió todo —ironicé, en medio de una carcajada amarga. Que no me dejara irme me estaba sacando de mis casillas, y me prohibía guardar silencio—. Te diste cuenta de que estabas equivocado, y de que me amabas locamente…

Shaoran me interrumpió con una ligera sacudida.

—Fue entonces cuando empecé a enamorarme de ti realmente. Antes de eso, no sentía mucho. Le habías dado un buen golpe a mi orgullo, y quería vengarme por eso. Me gustabas físicamente, te deseaba otro poco, pero no te conocía ni pretendía hacerlo. No significabas nada para mí, aparte de lo que mataría mi curiosidad por el sexo. Algunas veces tan sólo me creabas remordimientos, y otras era simple pena. —Sus palabras me lastimaron tanto que tuve que morderme la lengua, buscando sentir algún dolor diferente. Y, como no tuve fuerzas para sostener su mirada ansiosa, mis ojos escaparon hasta el suelo—. Pero nos hicimos amigos cuando lloraste en casa por culpa de Yukito y yo me di cuenta de que no iba a seguir intentando conquistarte. Me encariñé contigo y quise cuidarte de todos, incluso cuando todavía me creía capaz de hacerte daño. Pero no era cierto. Ya no podría haberte hecho nada. El rito, apuesta o como quieras llamarlo, dejó de importarme. Empecé a fijarme más en quién eras realmente, y fue cuando te vi. Te vi, Sakura. Y me gustaste demasiado.

Los ojos me ardían tanto como la garganta, y sentía como los arañazos en el pecho sangraban más y más, abriendo heridas nuevas y viejas. No podía entender ni mucho menos aceptar lo que me estaba diciendo.

—Cállate —supliqué—. No quiero que sigas…

—¡Basta, tienes que creerme! —acució—. ¡Sabes que te digo la verdad¡Me conoces más que cualquiera, no puedes pensar que te estoy mintiendo! Sakura —pareció serenarse un poco, y sentí su boca rozar mi piel al hablar—, por favor, créeme. Te quiero de verdad. Y ¿quién va a poder verte como lo hago yo? Fuiste mía. —Su rostro descendió unos cuantos centímetros, y su boca tanteó hasta dar con la mía en un montón de besos breves que a mí me hicieron cerrar los ojos por instinto. Sabía que eso estaba siendo demasiado para la pobre fuerza de voluntad que me restaba—. Sigues siéndolo —añadió, y sus manos liberaron mis muñecas para colocarse en mis mejillas y alzarme la cara. Supuse que podría verlo, pero no abrí los ojos—. No puedo… dejarte ir…

—¡No soy… tuya! —protesté, con los ojos inundados de lágrimas y la sensación de impotencia descalabrándome. Su calor me estaba haciendo demasiado débil. ¿Por qué de pronto ya no sabía escapar?—. ¡He estado con otro chico hace…!

No conté con que Shaoran aprovechara que yo hubiera abierto la boca para quejarme, pero pronto sentí el sabor de su lengua invadiéndome, en lo que era un beso real. De aquel modo que recordaba; el mismo que hacía mi alma flaquear y mi cuerpo querer derrumbarse entre sus brazos.

Y, en un arrebato de sincera estupidez, yo sólo pude corresponderle.

Capturé sus labios y tiré de él, pasando mis brazos alrededor de su cuello. Lo sostuve contra mí, después de y entre tanto dolor, mientras no dejaba de saborear el Paraíso. Y recordé, sin que hiciera auténtica falta, que ningún otro beso se le podía comparar, porque ningún otro beso era suyo.

Aún sabiendo que se estaba apasionando más y más, me permití deslizar mis manos por su cuello y su espalda, entendiendo por qué, cada vez que repetía ese gesto, yo me sentía en las nubes.

Y si era mentira la forma en que lamía tan amorosamente mi interior, no me importaba.

Pasaron demasiados segundos hasta que nos separamos para respirar, pero cada uno se me hizo vitalmente necesario. Su mirada vidriosa se encontró con la mía cuando decidí abrir los ojos, y el corazón me dio un vuelco en el pecho.

—Te quiero conmigo —susurró, con la voz ronca. Yo no pude controlarme y nuevamente me permití delirar con el calor de su boca, en cuanto mis labios la reclamaron con urgencia. Shaoran llevó, no sé cuándo, sus manos hasta mi cintura y me aferró con fuerza mientras continuábamos devorándonos el uno al otro. Rompió la unión tan sólo lo suficiente como para poder volver a hablar—. Te necesito conmigo. No me importa que hayas estado con alguien más. Sé que no significó nada.

¿Por qué no podía dejar de tener razón?

—¿No te das cuenta de que nos pertenecemos? —insistió.

Y volvió a incendiarme con un beso.

Me hizo retroceder hasta que choqué con las sillas, y acabé recostada sobre una hilera de ellas, con Shaoran encima. Cuando su pierna estuvo justo entre las mías, incitándome a separarlas y su rodilla acariciando cuanto encontrase a su paso, yo enredé los dedos en la chaqueta negra de su uniforme, enferma de pasión y necesidad.

Sus manos treparon por mis muslos, subiendo la falda. Nuestras caderas entraron en contacto cuando se agazapó completamente, e incluso subió una de mis piernas hasta la altura de su cintura, sujetándola con fuerza.

Únicamente entonces sus labios dejaron de provocar a los míos, y de nuevo me encontré con sus ojos.

—No sé cómo hacer que me creas —dijo despacio—. ¿Cuántas veces necesitas que te diga que te quiero?

Lo miré fijamente durante un tiempo indefinido, jurándome a mí misma que sería la última vez en que estaría tan cerca de él como para poder sentir el calor de su respiración, o diferenciar todas y cada una de las tonalidades que formaban aquella mirada tan intensa.

Quería confiar en él. De verdad que quería confiar en él, pero ¿cómo iba a hacerlo?

—No hay ninguna manera, Shaoran. Yo ya no puedo creerte.

¿Estás segura de eso?

Luchando conmigo misma más que con su propio peso, conseguí apartarme de un empujón un tanto brusco para conseguir enderezarme, y me acomodé la ropa mientras le daba la espalda.

Rápidamente quise comenzar a andar y luego correr, pero Shaoran me agarró la muñeca antes de que pudiera hacer cualquiera de las dos cosas.

—Deja que te haga el amor, Sakura. —Su aura me rodeó antes que sus brazos, que me encerraron delicadamente contra su pecho. Tuve que hacer un esfuerzo por no derretirme allí mismo, ante sus palabras, y lamenté miles de veces que él tuviera tanto poder sobre mí. ¿Había aprendido dónde y cómo golpear para que doliera más, luego de pasar tanto tiempo conmigo, o era algo que le salía natural?—. Quizá sea ésa la forma correcta de demostrártelo. Cada una de las veces en las que te quito la ropa —enterró la nariz en mi cuello y una de sus manos comenzó a trepar por mi abdomen, subiéndome la camisa—, cada una de las veces en las que te acaricio —gemí cuando esa misma mano se cerró en torno a uno de mis pechos—, cada una de las veces en que te hago mía, te estoy demostrando lo mucho que te quiero. Que te necesito. —Me besó el cuello—. Que quiero cuidarte y que quiero tenerte únicamente para mí, porque nadie va a quererte, necesitarte o cuidarte tanto como yo.

—Por favor —rogué, y me di cuenta de que estaba llorando—, permite que me vaya.

Él me abrazó con más fuerza.

No me dejes.

A mí se me quebró el corazón. Jamás lo había oído decirme…

—Me estás matando.

No entendí muy bien de dónde había sacado yo la fuerza para confesar, aunque fuera apenas un lamento disfrazado de palabras, aquello. Pero supe que había dado justo en el clavo, porque los brazos de Shaoran dejaron de hacer presión y poco a poco me fui librando de su agarre.

Sólo intentas escapar del dolor. ¿Qué crees que le estás haciendo a él?

Me separé de Shaoran apenas me vi capaz, en una distancia de seguridad, y entonces me llegó su murmullo:

—Es… tu decisión. Si de verdad es lo que quieres, yo…

Sequé las lágrimas de mi rostro con el puño de la camisa, y me giré a mirarlo. Descubrí que, aunque estaba de pie, se desmoronaba en sí mismo. Sus ojos…

Me obligué a detenerme.

—No es lo que quiero —aclaré—. Es lo que necesito. Que te alejes de mí. Que no vuelvas a buscarme más. Sólo consigues lastimarme con las cosas que dices.

Él se quedó inmóvil, pero finalmente bajó la cabeza.

—Entiendo —dijo.

—Lo siento por los dos. —La voz me salió tan resquebrajada que tuve que esperar unos segundos más para tomar aire y tragar saliva—. Nos estamos jodiendo de verdad con todo esto. Y ya no hay nada que hacer.

Lo último que vi, al salir y echar una casi inexistente mirada desde el pasillo, fue a Shaoran sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una de las sillas, y la cabeza tan gacha como antes.

Pero no volví atrás.

(Shaoran)

—Te digo que la comida que preparan aquí es buenísima, drugo —insistía Yamazaki alegremente, señalándome la puerta del local.

Yo, aun bajo la gruesa cortina de lluvia, me quedé mirando sin prestar atención realmente aquella especie de bar, restaurante, cafetería, posada o lo que fuera. Varias familias y grupos de amigos se reunían en torno a las mesas para charlar con ánimo y reír a carcajadas, justo como una broma de mal gusto para el primer imbécil pasado por agua que trajera la cara más larga del mundo de visita. Quizá hasta me mereciera un premio. ¿Cuántos sujetos más infelices que yo podrían entrar ahí hoy?

—No tengo hambre —dije.

—No me importa, Shaoran. —Yamazaki tiró de mi brazo, arrastrándome como podía, y yo me dejé llevar porque no tenía ánimos ni para resistirme—. Vamos, entremos.

Al cruzar el umbral nos recibieron el aire cálido y el aroma a café, pero yo no pude hacer nada por sentirme a gusto, ni siquiera así. Lo único que conseguí fue suspirar con resignación y lamentar mi mala suerte, recordando la forma en que Yamazaki había pasado por el salón de actos sólo para encontrarme a mí hecho una piltrafa, en el suelo, después del rechazo de Sakura.

De su último y definitivo rechazo…

Dios, me quería morir.

Ya estábamos sentados a una de las mesas en cuanto quise darme cuenta, y Yamazaki me tendió el menú. No había mucho para elegir, salvo los distintos tipos de sándwiches, hamburguesas y demás, y yo particularmente no me sentía quien de pasar siquiera un trozo de pan por mi garganta sin tener que escupirlo o vomitarlo al segundo siguiente.

—De verdad que no tengo hambre.

Mi amigo suspiró.

—Pero…

—No, Takashi.

Como no suelo llamarlo por su nombre, él debió entender que le estaba hablando en serio, y bajó los hombros con desilusión. Incluso su sonrisa permanente acabó desapareciendo, y su expresión se volvió preocupada.

Le había costado sangre traerme hasta aquí, pero no conseguiría hacerme probar ni un solo bocado de nada. Eso seguro.

—De acuerdo —se rindió—. Pero al menos pide algo para beber.

En el mismo momento en que él ojeaba el amago de menú sobre la mesa, una chica en patines se acercó a nosotros, libreta en mano. Parecía en edad de ir todavía a los primeros cursos de instituto, y el par de coletas que alzaban el pelo castaño oscuro, junto con el vestido rosa, ayudaban mucho a crear esa imagen.

—Yo quiero una cerveza —le dijo Yamazaki, y ella se apresuró a apuntar el pedido en la diminuta libreta—. ¿Y tú qué vas a…?

—Que sean dos.

Yamazaki parpadeó.

—Shaoran, tú no sueles beber.

Yo me encogí desinteresadamente de hombros ante lo que pareció casi una acusación.

—Pero me apetece —justifiqué.

—No sé si será bueno después de lo que te pasó. Estuviste ingresado y…

—Oye —interrumpí—¿quieres que beba algo, o no? Además, una cosa no tiene que ver con la otra. Fue un atropello, no una enfermedad, por si no te enteraste del todo. —Volví mi atención a la chica, que nos miraba con cara de circunstancias y golpeteaba el bolígrafo contra la libreta nerviosamente—. Tráeme esa cerveza, por favor.

—Sí, sí —aceptó rápidamente—. Enseguida.

Un rizo cayó sobre su frente antes de girarse e ir hacia la barra, y yo me quedé con la imagen de aquellos ojos verdosos durante tantos pequeños fragmentos de segundo que no pude evitar suspirar.

Cada pequeño detalle…

—Parece de nuestra edad¿no?

—Yo diría que algo más joven —maticé el comentario de Yamazaki, apoyando el rostro sobre mis nudillos y el codo en la mesa, sin dejar de mirar la espalda de la desconocida conforme ella se alejaba—. Ahórrale dos o tres años de los nuestros.

—Pero es muy mona.

Supe por dónde iban sus tiros instantáneamente, así que se me hizo necesario aclarar un poco lo que se estaba cociendo en su cabeza.

—No me gusta.

—¿Y por qué te la quedaste mirando?

Yo apenas moví los ojos hacia él. El resto de mi cuerpo permaneció igual que antes.

—Porque me recordó un poco a Sakura.

Pude oír el suspiro silencioso de Yamazaki, y también la fricción de la tela húmeda cuando se cruzó de brazos.

—Vale. Creo que lo capté.

Guardamos silencio hasta que la chica regresó, y yo me ocupé de vigilar sus movimientos nerviosos mientras ella dejaba, como podía, los dos vasos altos sobre la mesa y las latas a un lado.

Cuando se fue, el único comentario que me llegó fue uno de mi amigo sobre que solía poner a la gente nerviosa si la miraba así, pero luego de que yo no contestara nos sobrevino el silencio.

Durante todos esos minutos que demoramos acabando el contenido de nuestras respectivas latas, yo permanecí con la vista clavada en el reflejo del cristal de la ventana, o, cuando no, en la propia lluvia y el cielo oscuro, o todos esos transeúntes bajo los paraguas, yendo de un lado a otro como si, en vez de agua, cayera mierda del cielo.

Me imaginé que habría pasado alrededor de media hora cuando la voz de Yamazaki volvió a arrancarme de mis pensamientos, y mi pequeño sobresalto fue involuntario.

—Bueno —había empezado él, como titubeante—¿qué tal estás?

Yo dejé de recorrer una y otra vez la circunferencia del borde del vaso con el dedo índice, y, en vez de ello, me concentré en mirar a mi amigo fijamente. Su cara era alguna especie de mezcla entre no saber qué decirme y los intentos por morderse la lengua y no hablar más de la cuenta.

—¿Tú cómo me ves?

Su respuesta no tardó nada en llegar.

—Hecho un pedazo de mierda sin vida.

—Pues así —confirmé.

Yamazaki apoyó los brazos, aún cruzados, sobre la mesa. Quedó apenas más cerca de mí que antes, y me imaginé que pretendía sermonearme. O que al menos dejaría de estar tan callado y condescendiente como durante los últimos días, en los recreos o en el propio hospital.

—¿Has estado con Sakura antes?

Sin pensarlo, asentí a su pregunta.

—Me ha dejado claro por última vez que no me cree —recordé, esforzándome por ignorar el nudo en mi garganta—. Que se acabó y que no va a cambiar de opinión. Que «ya no hay nada que hacer». ¿Cómo esperas que esté, después de una cosa así? Lo de ser una mierda sin vida es casi demasiado poco…

—Vamos, drugo —interrumpió Yamazaki—, tampoco tienes que tomártelo tan a pecho. Conoces el dicho¿no? Hay muchos peces en el mar. —Yo le di una mirada significativa. ¿De verdad pensaba solucionar algo con eso?—. Sí, Sakura te gusta en serio, pero…

—No es que «me guste en serio» —refuté—. Tú mismo se lo dijiste a Ryuu el otro día; la amo. Creí que lo habías entendido.

Él suspiró.

—Por supuesto que lo entendí, Shaoran. Sólo intento facilitar un poco las cosas. ¿O qué es lo que esperas que te diga¿Que vayas y te suicides? No es una idea que necesites que nadie te dé, estoy seguro de que tu cabeza funciona a miles de revoluciones por segundo, pensando en cosas que pueden ser de todo salvo buenas. —Hizo una pausa incómoda, para luego agregar—: Creo que deberías intentar olvidarla.

Apenas acabó con su frase, yo solté la risotada amarga del día e incluso eché la cabeza hacia atrás. Me cubrí los ojos con una mano, mientras que la otra daba un golpe en la mesa.

¿Intentar olvidarla?

¿Intentar olvidarla?

Sakura era la primera chica con la que había estado, y la única que me había interesado conocer. De hecho, la única por la que he sido capaz de sentir algo más que un poco de simpatía. La única de la que me había enamorado sin remedio.

Y, la verdad, no sabía si pasaría siempre igual; si eso se debía a que era lo que se conoce comúnmente como el intenso «primer amor», o si de verdad ella era lo que en algún arranque de irónica comicidad podría realmente considerar el «amor de mi vida», pero daba lo mismo.

A fin de cuentas, los motivos o las denominaciones no iban a cambiar lo que pudiera sentir yo, y tenía más que clara una cosa: El hecho de que, por lo que fuera, tener a Sakura conmigo se había vuelto una necesidad vital para mí, tanto como respirar a diario, y que todavía no se me ocurría cómo me las iba a arreglar para soportar verla a partir de ahora, sabiendo que ya no era para mí.

Pero intentar buscar algún consuelo era algo fuera de discusión. No precisaba un pañuelo, ni otra chica, tan sólo a Sakura. Y siquiera la idea de proponerme buscar a otra persona se me hacía demasiado absurda. Si la quería a ella¿cómo iba a probar, a soportar estar con alguien más? Aquello no me cabía en la cabeza.

—No tienes idea de lo que me estás pidiendo —murmuré, volviendo a enderezarme un poco, aún sonriendo sarcásticamente—, porque no tienes idea de lo que significa Sakura para mí, incluso ahora. ¿Tú sabes lo que es que alguien te influya lo suficiente como para conseguir cambiarte la vida? Y no estoy pretendiendo ser poético.

Los ojos negros de Yamazaki me sostuvieron la mirada apenas unos segundos, porque acabó bajándolos hacia la mesa.

—Me di cuenta de lo que sentías por ella durante aquella excursión que hicimos a la playa —dijo, hablando sosegadamente. Yo me quedé un tanto pasmado. ¿En qué momento de todas esas horas se había percatado de lo que a mí me pasaba?—. Nunca te había visto mirar así a nadie, además de que se te notaba feliz desde hacía bastante tiempo. Apenas entendí el verdadero motivo entonces, y me alegré mucho por ti. Ya no estabas tan serio y huraño, aunque pasabas menos tiempo con nosotros. No te comenté nada sobre que lo sabía porque me pareció que sólo iba a conseguir hacerte sentir incómodo, y algunas veces me preguntaba si ya habrías aclarado las cosas con Sakura o si tenías pensado hacerlo. Sospechaba que todo lo bueno se te iba a acabar en caso de que ella se enterara…

—Ya —interrumpí.

—Sé que no es fácil —insistió él, notando que yo intentaba escapar del tema—, pero me parece que lo mejor que puedes hacer es intentar sacártela de la cabeza de una vez. —Me mordí el interior de la mejilla. ¿Sacarme de la cabeza a la misma persona que me había enseñado a depender de alguien enfermizamente, derrumbar el muro que había conseguido levantar a fuerza de años y golpes para separarme de cuantos me rodeaban, y besar el suelo que ella pisaba?—. Si todo esto hubiera empezado de otra manera, en vez de con engaños, podríamos hacer algo. Pero Sakura es quien decide ahora… y lamentablemente ha decidido no creerte.

Exacerbado, sepulté el rostro en mis manos.

¿Saben lo que se siente estar arrepentido hasta de respirar¿Lo que es desear con fuerza casi inhumana poder volver el tiempo atrás y cambiar todas esas cosas que hiciste, o que no hiciste¿Lo que es estar dispuesto a darlo absolutamente todo por una segunda oportunidad?

Ojalá yo no lo supiera tan bien.

—No aguanto más —vino mi confesión—. Jamás debí haberme dejado convencer por Eriol, o… No lo sé. —Sacudí la cabeza de un lado a otro, como si eso ayudara a aclarar mis ideas—. También pienso que, de no haber sido por su idea, yo no me habría acercado nunca a Sakura, ni me habría molestado en conocerla. ¿Qué fue peor¿Tenerla, saber que era mía, y después perderla… o no haberla tenido nunca? —Volví a negar—. No, no. Lo que debería haber hecho era decírselo, en cuanto cambié. Decirle cómo había empezado todo, en vez de ocultárselo por miedo, y no dejar que se enterase de esa forma… ¡Joder, Yamazaki, iba a decírselo esa misma tarde! Sakura había aceptado que la ayudara a estudiar matemáticas y estaríamos solos en mi apartamento quizá incluso hasta el día siguiente, si se quedaba a dormir. —Los mechones de pelo pasaron tan dificultosamente por entre mis dedos que incluso me dolió—. ¡Si tan sólo hubiera estado con ella cinco minutos antes¡Si la hubiera esperado en donde me pidió, o me hubiera quedado más cerca del patio…!

¡Si tan sólo me diera una segunda oportunidad¿Tan difícil era…?

¿Y tú cuántas segundas oportunidades diste a quien te lo pidió?

Las palmadas que Yamazaki me dio en el hombro consiguieron refrenar mis paranoias mentales, y me detuvieron en el punto exactamente anterior a dejarme llevar por una desesperanza absoluta.

—No puedes hacer que el tiempo retroceda —me dijo cuidadosamente—, por mucho que quieras. Te entiendo, y me gustaría hacer algo, pero no está en mis manos. Lo único que puedo decirte es que dejes de martirizarte con algo que no vas a poder cambiar por mucho que lamentes, y, en vez de eso, trates de buscar una solución definitiva o simplemente dejarlo pasar y esperar a que las heridas cicatricen. —Oí que arrastraba su silla, y apenas alcé un poco la cabeza para ver que se había puesto de pie y me miraba con una débil sonrisa—. Es un poco tarde, y Chiharu me matará si no voy a devolverle su libro de geometría. Y —añadió— sabes que estamos aquí para cuando nos necesites. No hay mucho que podamos solucionar, pero…

—Lo sé. Gracias.

—No tienes que agradecer nada; somos amigos. Ryuu y Kiyoshi también están preocupados. No se enteran mucho de lo que pasa, porque todavía son un poco chiquilines de más, pero respetan tu opinión e incluso me atrevería a decir que intuyen tus sentimientos también desde hace un tiempo. Sólo que no los entienden del todo. Estoy seguro de que no me equivoco si te aseguro que a ellos también puedes recurrir, si quieres hablar del tema o si necesitas ayuda.

No fui muy consciente del momento en que mi amigo se despidió de mí, incluso siguiendo distraídamente sus movimientos; su andar hacia la barra, su breve charla con la chica que antes nos había atendido y la forma en que le pidió la cuenta y pagó por los dos. Hubo un lapso de tiempo que mi cerebro no llegó a procesar, y de pronto me encontré con que él ya no andaba por los alrededores y que me había quedado de nuevo solo.

Solo, con un montón de ideas revoloteando dentro de mi cabeza.

Un rato después también yo estaba levantándome de la silla y largándome de la cafetería, siendo recibido por la lluvia que continuaba cayendo. Casi no sentí la diferencia entre el frío de estar mojado desde antes o éste nuevo, así que me metí las manos en los bolsillos del pantalón y emprendí el rumbo hacia un destino que mi subconsciente tuvo claro mucho antes que yo mismo.

El camino se hizo breve ante la ausencia casi completa del sentido de la realidad, y relativamente pronto me vi frente a aquel enorme portal que sabía daba paso a una casa que era casi una mansión. Busqué el timbre en una de las columnas de ladrillo que había a cada lado, y esperé a que abrieran la verja. Probablemente me vieron gracias al pequeño dispositivo con cámara instalado, y nadie preguntó nada antes de dejarme entrar.

Atravesé el jardín con los pies tropezando con cuanto charco hubiera en el senderito de piedra, pero finalmente alcancé el viejo porche. Incluso el gato negro de siempre me observó con sus apáticos ojos celestes desde su puesto, sobre una mecedora que solía ocupar él siempre, aunque fuera de su dueña, la señora de la casa.

A diferencia de lo que me esperaba, no fue una de las sirvientas quien salió a mi encuentro casi apenas pisé la madera del porche, sino el propio sobrino de la mujer a la que yo había visto algo más que unos cuantos pares de veces.

Hubo una época en que aquel chico, que ahora me observaba atónito a menos de medio metro, y yo nos llevábamos muy bien. Solía venir a visitarlo siempre que podía, junto con mis otros amigos, y nos pasábamos las horas charlando sobre tonterías. Algunas veces incluso me había comentado, en lo que yo consideraba casi lapsus por su parte, lo solo que se sentía cada vez que sus tíos se iban de viaje. Y entonces yo le habría confesado que sabía lo que era el desamparo.

Sí. Hubo una época en la que fuimos verdaderos amigos.

Por los viejos tiempos, extendí lentamente uno de mis brazos hacia él, y le tendí la mano. Esperando.

—Perdonado —dije sobriamente.

Los ojos azules de Eriol me observaron durante largos segundos, seguramente sin entenderme o creérselo del todo. Y no me extrañaba; las heridas que le había hecho todavía se le notaban un poco, y me había resistido tanto y con tanto énfasis a decir esa única palabra, que era de esperarse la sorpresa. Pero no me sentía en calidad de juzgarlo o de poner en dudas su palabra cuando yo estaba en sus mismas condiciones.

Si yo rogaba una segunda oportunidad¿por qué no iba a poder hacerlo él?

Finalmente, su mano estrechó la mía, y murmuró:

—Gracias… Yo… ¿Quieres pasar?

Negando con la cabeza, me solté lentamente y dejé que mi brazo cayera a un lado de mi cuerpo mientras me daba media vuelta.

—No, mejor no. Me vuelvo a casa. —Comencé a bajar los escalones—. Nos vemos.

—Nos vemos —respondió Eriol.

Conforme me fui alejando más y más del porche, la iluminación también se hizo cada vez más tenue, y acabé medio atolondrado en medio de una oscuridad casi absoluta. Fue cuando mis ojos comenzaban a acostumbrarse a ella que algo me arañó el brazo. Desconcertado, me detuve y palpé la herida, sintiendo algo de sangre tibia resbalar y mojarme los dedos al mismo tiempo que un escozor leve me sacaba un poco de mi letargo.

Mis ojos acabaron identificando aquel rosal luego de un rato, y me vi arrancando el trío de rosas rojas antes de salir por el portal de nuevo abierto. Aunque sólo fuera para poder pincharme con sus espinas en el camino y redescubrir que aún era capaz de sentir dolor.

(Sakura)

¿Cómo haces para empezar una nueva vida, desde cero, si en lo más profundo de ti sabes que eso no es lo que quieres¿Si sabes que, en realidad, lo único que estás deseando como loca es que las cosas vuelvan a ser como eran antes de que todo se tambaleara y pretendiera exigirte convertirte en otra cosa diferente? De verdad, creo que hay pocas torturas peores que ésa. Porque me hacía pensar que esa sombra no acabaría de irse jamás.

Y con razón. No podía esperar a que se fuera, si era yo quien la retenía y me aferraba a ella desesperadamente.

Es verdad; estas alturas, ya debería de haberme resignado. Pero algo en mí tiraba hacia el lado contrario, al igual que lo había hecho durante toda la tarde.

Mi cerebro se dividía en dos partes exactas, con una mitad racional y la otra, en la que mandaban mis sentimientos. La primera se pasaba horas y horas consolándome con la idea de que había hecho bien, que él era un desgraciado y que no se merecía nada de lo que yo pudiera darle. La segunda, en cambio, me gritaba que había sido una idiota por dejarlo, cuando todavía lo necesitaba tan enfermizamente como siempre, que el hecho de ser su juguete sexual no era tan malo, y que, si me esforzaba en lo que hacía y volvía sordos mis oídos, él no tendría la necesidad de buscarse a otra.

Y no sabría en cuál de las dos ubicar aquella pequeñísima, oculta y traidora vocecita que me suplicaba confiar en él otra vez.

Había estado tan segura de todo, tiempo atrás, y en un solo segundo hasta esas mismas antiguas convicciones se desmoronaron frente a mis ojos. Antes, yo sabía que Shaoran era sincero y que me quería. Pero ahora no sabía nada, e incluso negaba esa ingenua idea, porque todo apuntaba a que él era un buen actor.

¿Dónde empieza la mentira, y dónde la verdad?

Y ese germen… ese germen que me infectaba con la sospecha de que él podía ser sincero, mientras yo me sentía tan vulnerable y con tantas peligrosas ganas de creer…

Pero ¿de quién te fías, en una situación en que cada cual te cuenta tantas versiones tan diferentes de lo mismo que hasta parecen historias distintas¿De quién te fías, si sabes que alguien te mintió¿Por qué vas a permitirte confiar en que esa persona supo cambiar de opinión y que ahora, a diferencia de antes, ya no te engaña?

Hubo un momento en que te bastaban sus miradas para entenderlo. Dinos, tú¿en dónde queda todo eso también¿Es que de repente te has olvidado de todo tan sólo para protegerte a ti misma?

Un trueno hizo temblar los cristales de la ventana e iluminó con luz mortecina la habitación en tinieblas. Yo, que me había pasado en la misma posición, sentada sobre la cama, desde que volviera del instituto, me moví por primera vez y hasta mis ojos se esforzaron por buscar una imagen diferente a la de la puerta cerrada.

Sin saber muy bien por qué, me encontré con que estaba abriendo el cajón de la mesita a mi derecha y que sacaba la cámara digital que Tomoyo me había devuelto aquel fatídico día. Y quizá por ese mismo instinto masoquista que me dirigiera en todas esas ocasiones de visita al hospital o que me impedía huir lo suficientemente rápido de momentos que, sabía, me harían sufrir hasta límites insospechados, la encendí y comencé a repasar, una a una, las fotos almacenadas en la memoria.

La mayoría eran las fotos que Tomoyo me había sacado a mí, o las que nos habíamos sacado juntas, durante el largo viaje en la furgoneta hippie o mientras desparramábamos las toallas sobre la arena y revolvíamos el contenido de las mochilas. También estaban aquellas con Chiharu, Naoko y Rika, y unos cuantos videos repletos de risas y payasadas sin control.

No obstante, tampoco tardé demasiado en toparme con lo que inconscientemente buscaba, y en mi retina y en mi alma quedó grabada aquella única foto que había conseguido sacarle a Shaoran. Recordaba haberle prometido un montón de cosas si posaba aunque fuera un poquito, y otro extra de regalos si, además, sonreía. Tomoyo no nos había acompañado hasta aquel acantilado repleto de rocas oscuras, así que no me costó tanto convencerlo de sentarse sobre una de ellas y extender la mano en la que guardaba las caracolas que habíamos ido juntando en el camino para enseñarlas a la cámara. La brisa le agitaba el pelo, y los ojos le brillaban tanto…

Plic, plic, plic.

¿Y no era entonces que me había jurado ser la primera persona que conseguiría hacerlo sonreír para una foto¿No había bromeado con que los favoritismos que tenía para conmigo eran un poco injustos, cuando tantas chicas darían su vida por estar en mi situación?

Sí, y, luego de que yo hubiera conseguido esa toma que me aseguraría de guardar por la eternidad, él había extendido ambos brazos hacia mí en una invitación muy clara que acepté sin dudar. Todo eso antes de acabar sentándome sobre sus rodillas y mirar el océano acurrucada entre su pecho y su cálido abrazo…

Plic…

¿Por qué?

Me llevé una mano a la boca, intentando retener los sollozos, y el rostro se me empapó con el agua tibia de las lágrimas. Algunas de ellas caían sobre mi regazo, con aquel sonidito al que me estaba acostumbrando mucho últimamente.

Plic, plic, plic. Sin parar.

Fue justo en ese momento cuando oí que la puerta se abría, y alcé la cabeza automáticamente, aunque después me lo reprochase a mí misma. No había sido demasiado conveniente, teniendo en cuenta que yo estaba llorando a moco tendido y que quien apareciera tras el umbral no era otro que mi hermano, quien por primera vez no había llamado antes de entrar.

Él me miró con algo similar al reproche en los ojos oscuros, estático en su sitio, y yo me dije a mí misma que Touya tenía que haber subido en el instante preciso gracias a ese maldito sexto sentido suyo para las apariciones.

—Déjame que lo mate —solicitó en tono fúnebre.

Como ambos sabíamos de quién estaba hablando, nadie preguntó nada. En cambio, yo negué con la cabeza muy levemente.

—No —dije—. Por favor, Touya. No soportaría que le hicieses daño. —Recordé su mirada de hoy, cuando habíamos hablado por última vez, y se me encogió el corazón—. Ya suficiente daño le he hecho yo con…

Pero no pude seguir hablando, porque el llanto me lo impidió. Oí resoplar a Touya y luego se sentó, sin invitación, a mi lado. Me abrazó, y yo me refugié en sus brazos desesperadamente, sin dejar de apretar la cámara contra mi pecho, como si no pudiera soportar la idea de desprenderme de esa foto, u olvidarla.

¿Nunca iba a dejar de desear ver su sonrisa otra vez?

—El otro día te advertí que tendríamos una charla, tú y yo —dijo mi hermano, respirando contra mi pelo—. Creo que es momento de que me expliques lo que pasó, Sakura. Estoy dispuesto a escuchar lo que tengas que contarme.

Temblando, cerré los ojos y dejé las últimas lágrimas caer —un plic, dos, y tres de ellos. Aferré la cámara un poco más, y luego exhalé el aire en mis pulmones entrecortadamente mientras me preparaba para unas cuantas confesiones.

Sabía que de esto sí que no habría escape posible.

(Shaoran)

Apreté una y otra vez el estúpido botón, pero me di por vencido luego del que sería el vigésimo segundo intento, comprendiendo, finalmente, que el ascensor debía de estar averiado. Refunfuñando cosas que ni yo mismo entendía, acabé por dirigirme a las escaleras y subirlas a paso rápido, porque cuatro pisos casi a trote me parecían un buen desahogo de frustración y rabia.

No obstante, no conté con que, al llegar al pasillo del cuarto, me tendría que topar de frente con alguien que avanzaba en dirección contraria. El impacto no fue fuerte, pero hizo que me tambaleara y acabé sentado en el suelo, rodeado de un montón de papeles que no eran míos.

—Lo siento, muchacho —dijo inmediatamente una voz de hombre, hablándome desde arriba.

—No, yo lo siento —refuté—. Ha sido culpa mía; no presté atención a dónde iba y…

Yo dejé de sobarme la parte baja de la espalda y miré a mi interlocutor, un tipo de edad avanzada que se inclinaba un poco hacia delante para poder verme mejor. Estaba vestido de traje y tenía un par de carpetas en las manos, por lo que supuse que todos esos papeles serían suyos.

Pero lo más sorprendente no fue nada de eso, sino descubrir a la persona que estaba junto a él y que también parecía sorprendida.

—¿Siempre tienes que ser así de atolondrado? —oí decir a mi vecina, pero, con todo el asombro del mundo, no conseguí identificar su habitual tono despectivo. En su lugar, había ahora uno hasta… nah, no podía ser. ¿Mi vecina resultando simpática y agradable?—. ¿No te habrás hecho daño?

Desconcertado, parpadeé. Pero conseguí contestar un leve:

—No…

¿De qué iba todo esto?

—¿Lo conoces? —volvió a hablar el hombre, dirigiéndose a mi vecina.

Ella asintió.

—Es el niño que vive en el piso de abajo —explicó, con voz menos áspera de lo normal. Ahí se estaba cociendo algo muy extraño—. Se llama Shaoran. —Momento¿desde cuándo la vieja sabía mi nombre¿No era El Mocoso, El Niñato y otras variantes similares, para ella? Casi sentí miedo cuando vi que su rostro ajado se estiraba, como intentando formar algo parecido a una sonrisa—. Me ayudó el primer día que se mudó aquí. Es muy educado y amable.

Creo que abrí los ojos como platos en ese mismo momento.

Bien… ¡Ahora sí que no entiendo nada!

De no ser porque llevaba puesta la misma bata de siempre y sus piernas estaban algo arañadas, no habría reconocido jamás a mi vecina en la piel de aquella mujer escuálida, arrugada y gastada… pero sonriente. Y como con unos cuantos años menos encima, desde la última vez que la vi. ¿En dónde estaba la verdadera anciana molesta y rodeada de gatos que yo conocía?

—Encantado de conocerte.

La voz amable del sujeto me sacó un poco de mi asombro, y más aún cuando me tendió la mano. Yo la acepté torpemente y le permití ayudarme a ponerme de pie, aunque procuré no hacerlo cargar con mi peso, pensando en que podrían resquebrajársele los huesos si hacía demasiada fuerza. No obstante, antes me ocupé de juntar el papeleo regado por el piso.

—Igual… igualmente, señor —correspondí, entregándole sus pertenencias.

—Toshiro —interrumpió mi vecina, supuse que refiriéndose a su acompañante—, se nos hará tarde. No quiero que cierren la tienda, o los pobres se quedarán sin comida. Sabes que Kakyo se pone todavía más agresivo con Kogane si tiene hambre, y no quiero que la lastime.

—Es cierto. —Nuevamente, el hombre me estrechó la mano, aunque ahora a modo de saludo, mientras yo todavía me repetía que quizá me había resbalado en el pavimento, mojado como estaba, y soñaba desde entonces—. Bueno, muchacho, nos vemos otro día.

—Claro —dije yo.

Sin creérmelo, los vi dar media vuelta y bajar las mismas escaleras que yo antes había subido. Él le había pasado un brazo alrededor de la cintura, y ella no se había quejado, ni se volvió a transformar en la persona huraña que había sido siempre para mí. No, nada de eso. Ni un solo golpe llegó, y la puerta de la calle fue abierta después de un rato, así que supuse que se habrían marchado.

Yo preferí volver a lo de antes, así que avancé hasta dar con la puerta de mi apartamento y rebusqué las llaves en el bolsillo de mi pantalón, mientras recordaba que, una vez, había oído una frase de una feminista americana que decía algo así como que «una mujer sin un hombre era como un pez sin una bicicleta». Y, bueno, pensé, esa mujer obviamente no conocía a mi vecina, con su anterior yo y su sorprendente después.

Suspirando, abrí la puerta y tiré las llaves sobre la mesita a mi derecha, sintiendo que el mundo se reía de mí y de mi desgracia.

¡Hasta la vecina estaba menos sola que yo!

(Sakura)

Las manos me temblaban sobre mi regazo mientras esperaba alguna reacción por parte de Touya. No hacía más de veinte segundos que yo había acabado con mi explicación acerca de cómo empezara mi relación con Shaoran, y acerca de todo lo sucedido después. Y cuando digo «todo» me refiero a omitir apenas lo que podría significar un cinco por ciento de detalles, los más personales e incómodos, que tampoco tendría sentido comentarle a tu hermano mayor. Más que nada conociéndolo como yo lo conocía a él.

Viéndolo tan serio y sumido en sus pensamientos, con los ojos más oscuros que de costumbre y la mandíbula apretada, yo habría preferido que se soltara gritando y diciéndome el montón de cosas que seguro le pasaban por la cabeza. Porque casi era mejor que descargara algo de su furia conmigo, en vez de guardarla para muy probablemente ir en busca de un buen blanco…

Continué rezando interiormente por haber hecho lo correcto. ¡No quería que fuera a matar a Shaoran!

—Así que… —habló, al fin, y, por su tono, supe que vendría el comentario que más me esperaba que hiciera— te acostaste con él.

Sintiéndome avergonzada y tonta, fui incapaz de seguir mirándolo a la cara, y mis ojos también quedaron fijos en mi regazo.

—Sí —confirmé, aunque ninguno necesitaba realmente que yo repitiera lo que ya le había dicho antes—. Un montón de veces.

Touya de nuevo guardó silencio, pero no duró tanto como esperaba.

—Sakura…

—Tengo dieciocho años —interrumpí, imaginando la sarta de reproches y su sermón sobre la virginidad y tal y cual—. Ya no soy una niña.

Ni una monja, debí haber añadido. Por mucho que él se empeñase en creerlo. Y probablemente también pese a lo que a mí me habría convenido, en realidad. Casi mejor habría sido no saber de hombres en toda mi vida, si el único resultado que iba a obtener, una vez tras otra, sería alguno parecido a éste o al de Yukito. Incluso «casarme con Dios» tenía mejor pinta que eso.

La voz de mi hermano me sonó cansada cuando me contestó.

—No pensaba decirte nada sobre eso. En realidad, iba a hacer un comentario sobre lo de tu «amigo imaginario», pero me parece que ya no viene al caso.

Recordando mi estúpida excusa de aquella vez, el rostro se me volvió fuego. Y Touya debió de haberlo notado, incluso cuando yo intenté esconderme tras el pelo que me caía en la cara, porque suspiró pesadamente.

—Lo sabía —rezongó.

—El caso es —repunté yo, intentando cambiar un poco el camino de la conversación— que se acabó. Así que ya no tienes que preocuparte más por lo que yo pueda hacer con Shaoran. Él es historia para mí.

Ante tamaña mentira, no tuve el valor de alzar la mirada para enfrentar a mi hermano. Sin embargo, aun rehuyéndole como lo hacía podía sentir sus ojos fijos en mí, analizando cada gesto y seguramente adivinando gran parte de mis verdaderos pensamientos.

—Si te has olvidado tanto de él como aseguras —dijo bajito—¿por qué estabas llorando cuando entré hace un rato, Sakura? Y no me vengas con cuentos sobre que se te metió una basurita en el ojo justo cuando mirabas la foto en la cámara, porque no me lo voy a creer.

Como supe que me quedaba sin el único pobre argumento a mi alcance, de repente me sentí muy frustrada. Reuní el valor necesario para mirarlo, y me esforcé por hacer como si su comentario de antes me hubiera molestado, en lugar de haberme dejado acorralada ante la verdad.

—¿Te estás burlando? —me defendí hoscamente.

Pero Touya no se inmutó.

—Sakura —insistió—, no tienes por qué hacerte la fuerte conmigo.

Bastaron unos pocos segundos de contacto visual para que yo me rindiera, y se me aflojaron los hombros al tiempo que empezaba con la otra parte de la confesión; quizá la peor de todas, porque era la que más evidenciaba mi debilidad. La misma que poquísimas veces me había atrevido a hacerme incluso en mi fuero interno.

—Me muero de ganas de creerle a Shaoran —revelé—. De hecho, tengo que luchar mucho conmigo misma para no hacerlo, porque con tres palabras que me diga ya me tiene comiendo de la palma de su mano. —Agaché la cabeza y empecé a juguetear con mis dedos nerviosamente—. Hoy mismo estuve a un paso de olvidarme de todas mis convicciones y simplemente dejarme llevar, porque es lo que quiero. —Me mordí la boca—. Pero es que¿por qué tiene que hacerme sentir tan mal? No puedo estar cerca de él sin que la culpabilidad acabe destrozándome. Veo sus ojos y… y casi me convenzo por completo de que en verdad le duele lo que está pasando. Oh, Touya, si tú hubieras estado allí y lo hubieras oído suplicar… suplicarme. Suplicarme que no lo dejara. —Noté el sabor a sangre en mi boca, pero no detuve la presión, porque era lo único que me separaba del llanto. Echar un puñado de sal en las heridas abiertas por milésima vez era justamente lo mismo que yo estaba haciendo ahora—. Si él no estuviera siempre tan solo y cabizbajo… Si al menos se hubiera buscado a alguna otra chica, o me permitiera olvidarlo y no tener más dudas sobre si es sincero o se lo está inventando todo…

Me detuve cuando sentí la pesada mano de Touya posarse sobre mi cabeza, y recordé que aquél era un gesto que no tenía para conmigo desde hacía muchos años. Solía darme palmaditas siempre que me veía triste por no saber freír las croquetas, o dejarla tan quieta como ahora cuando yo me enfermaba y él se quedaba horas sentado al borde de la cama, vigilándome.

—No puedes seguir así, monstruo —dijo—. A mí me has perdonado algo peor. ¿Te parece que es tan… imposible reconsiderarlo y darle otra oportunidad al mocoso ése?

Si lo de antes me había sorprendido, sus últimas palabras hicieron que me quedara casi completamente petrificada y con la boca abierta en un intento de decir algo, sin querer decir nada.

Estupefacta, conseguí girar el rostro de nuevo hacia él, y me encontré con su rictus serio y paciente, con aquel deje de preocupación haciendo sombra en sus ojos castaños.

—¿Qu… qué dices? —tartamudeé.

¡Y es que Touya defendiendo a Shaoran era algo que ni en sueños habría esperado ver!

Él soltó un bufido y rompió el contacto visual, cruzándose de brazos.

—Sakura, sé objetiva —casi gruñó—. ¿Tú te crees que él se pasearía por ahí como un fantasma porque no lo perdonas, o te andaría suplicando que no lo dejaras, sólo por poder seguir acostándose contigo¿O te crees que no se habría buscado ya a otra para reemplazarte? No le importarían tanto tus rechazos si únicamente te quisiera para eso. —Hizo una pausa, y yo continué asombrándome más y más—. Además, me daban ganas de partirle la cara cada vez que se te quedaba mirando como un tonto, porque se le notaba que le gustas. De hecho, ni con amenazas se alejó, e ignoró cada una de las cosas que le dije, ese criajo. —Me miró de reojo—. En especial un punto.

Por varios segundos, a mí me faltó el aire. No podía tener los ojos más abiertos, la mente trabajando más aprisa o los latidos del corazón más acelerados.

De repente, era como si una puerta se hubiera abierto ante mí.

Porque, créanme, una cosa es que esos mismos pensamientos te revoloteen en la mente una y otra vez, aun cuando te esfuerzas en ocultarlos por puro miedo, y otra es que alguien ajeno, y, sobre todo muy inmune a los encantos de Shaoran, te dice exactamente lo mismo que acrecienta tus dudas a la hora de diferenciar las verdades de las farsas.

¿Todas esas cosas no eran simples esperanzas que yo tenía porque eran lo que quería ver?

¿Mis ideas sobre que él no me estuviera mintiendo no eran sólo cosa mía?

¿Existía la remota posibilidad de que…?

Un mareo fortísimo me hizo cerrar los ojos y ver manchitas de luz blanca en medio de aquella oscuridad.

Jo… der. ¡Mierda!

—¿Entonces era cierto? —titubeé, sudando frío—. ¿Shaoran estaba siendo sincero cuando decía que me quería y que todo eso de la apuesta no tenía importancia para él? —Tomé aire, aguantando las náuseas—. ¿No me estaba usando?

—Teniendo en cuenta cómo están las cosas —farfulló mi hermano—, yo diría que no. —Yo no pude evitar volverme loca de felicidad y mirarlo con una sonrisa radiante, a punto de lanzarme sobre él para abrazarlo y gritarle que le debía lo mismo que la vida. Viendo eso, él frunció el ceño y añadió, con tono enfadado—: Aunque todavía le debo una buena paliza por no haberme hecho caso, y por sus intenciones del principio. ¿Quién se cree que es para haberte puesto las manos encima, ese…?

Sin poder aguantarlo más, me lancé en un salto sobre él, y casi lo ahorco cuando le pasé los brazos alrededor del cuello.

—¡Oh, Touya, Touya, muchísimas gracias! —chillé, casi en su oído, ignorando sus protestas cuando intentó apartarme y desparramando un montón de besos sonoros en la mejilla que me quedaba más cerca—. ¡Eres el mejor hermano del mundo!

—¡Quítate de encima, enana¡No me impedirás que lo mate, por muy cariñosa que te pongas!

Separándome un poco de él, me encargué de hacer unos pucheros bastante convincentes y lo miré con reproche.

—No tienes que hacerle nada; ya le diste una paliza por anticipado cuando me encontraste en su apartamento¿o no te acuerdas? —Pestañeé adrede, y mi hermano se puso en pose todavía más defensiva—. Además, me obligarías a estar en el hospital todavía más días, si lo llegas a lastimar, y sabes que odio los hospitales… Por favor, Touya… Shaoran ya lo pasó muy mal con todo esto, estoy segura.

Él masculló una retahíla de cosas que no entendí.

—De acuerdo —aceptó, pero, como me retuvo cuando quise volver a abrazarlo, tuve que conformarme con palabras.

—¡Gracias, Touya, gracias!

Hice una pequeña reverencia, y él puso los ojos en blanco.

—Ya está bien —se quejó, algo rojo de más—. No me molestes, que todavía puedo cambiar de opinión.

Asentí con la cabeza, eufórica.

—¡Sí! No te molestaré más. Aunque —añadí— no sabía que Shaoran te cayera bien.

Como si le hubiera soltado el peor insulto del mundo, mi hermano me dirigió una mirada que bien podría haberme chamuscado en mi sitio.

—¡Por supuesto que no me cae bien! —casi gritó. Yo sonreí nerviosamente—. El problema aquí es que a ti si te agrada ese sujeto (si bien no acabo de entenderlo). Y, sobre todo después de cómo te tomaste tú todo el asunto de Yukito, también quiero hacer algo por ti. —Touya debió notar que estaba diciendo algo demasiado tierno, porque, antes de que yo ignorase cualquier protesta que pudiera soltarme y lo abrazara otra vez, añadió—: Además, no es que a mí me guste verte esa cara de monstruo amargado todos los días, cada vez que vengo del trabajo. ¡Te pones todavía más horrible que de costumbre!

Yo miré con renovado enfado su sonrisita burlona. ¡Ya tenía que salir con algún comentario de ésos!

—¡Yo no soy un monstruo, ni soy horrible! —me quejé.

Pero él no parecía escucharme, porque continuó:

—Y, sí, supongo que tener que volver a soportar a un monstruo como tú debe ser suficiente castigo para el mocoso.

Enfurecida, le di una patada en el tobillo, y él se retorció de dolor.

—¡Que no le digas «mocoso»!

(Shaoran)

Mis dedos tamborileaban sobre la mesa, una y otra vez, mientras observaba en la distancia mi maltratado florero del salón. Parecía tan triste y estúpido como yo, allá solo, con sólo tres rosas rojas clavándole espinas por todo su interior, y también medio resquebrajado por fuera desde que se había caído al suelo aquella vez. No muy resquebrajado, de acuerdo, pero sí lo suficiente como para haber tenido que sellar una grieta para que el agua no se escurriera por allí.

Suspiré.

Fuera, el enorme ventanal me confesaba que continuaba lloviendo de la misma forma deprimente que durante todos estos días.

Suspiré otra vez.

La expresión de «tirar la toalla», según creí siempre, no había sido hecha para mí. En serio, ya lo habrán supuesto, soy tan persistente que puedo resultar hasta pesado. Soy ese tipo de personas que no se rinden ni cuando están encerrados desde cuatro ángulos diferentes, y se dan de topetones contra la pared hasta que ésta se caiga. O al menos confiando en que algún día caerá y que ellos vivirán para verlo.

Aun así, lo he estado pensando mucho, y no encuentro una solución aparte de la retirada. Y puedo seguir dándole vueltas al tema todas las veces que quiera, pero mi parte sensata me ha alertado lo suficiente de que no por ello voy a conseguir cambiar la realidad.

Y, sí, es una realidad triste y jodida, una realidad gris y asquerosa y patética. Pero es la realidad que me tocará vivir, me guste o no, porque ya no hay remedio.

Yamazaki tenía razón. ¿Qué podía hacer yo, si ella había decidido no creerme?

Pues eso; nada.

Volví a suspirar, preguntándome cuántos suspiros llevaría en mi haber. Y luego dejé mi mente divagar otro rato sobre cómo soportaría los días de ahora en adelante. Desde luego, me iba a doler mucho. Pero mucho, mucho, sentirme tan inútil y tan hijo de puta como ahora, porque sabía que me sobraban los motivos para pensar de mí ambas cosas. Pero eso no era algo que tampoco pudiera evitar.

Mis ojos se deslizaron sobre la mesa, e incluso imaginar el frío del metal de las tijeras, que había abandonado sobre ella luego de usarlas para arreglar el jarrón, hizo que me subiera por la espalda un escalofrío terrible.

No había nada que hacer para arreglar las cosas… ¿o sí?

De pronto, el brillo plateado se volvió atrayente, y me vi acercando la mano, tanteando sobre la madera hasta dar con aquellas hojas afiladas. Y se me ocurrió que pasar por la piel un filo tan ardientemente congelado tenía que doler horrores.

Las miré sin observarlas realmente, repitiendo las dudas y las ideas dentro de mi cabeza pero sin reparar en su contenido. Supongo que fue por eso mismo que cerré la mano sobre ellas, y el mismo brazo que había extendido ahora comenzó a plegarse, arrastrando hacia mí aquella carga tan preciada.

A veces, bajo mucha presión, uno se hace preguntas. Preguntas raras o tontas, pero interesantes.

¿El dolor físico podría eclipsar el otro dolor?, era la mía. Y la respuesta automática: Quizá sí, si era uno muy fuerte.

«¡Ojalá desaparecieses de mi vista!»

«Me estás matando»

«Sólo consigues hacerme daño…»

O, lo que era mejor: si había algo más que dolor muy fuerte, y conseguía pagar mi culpa de alguna forma… Si conseguía dejar de ser como esas espinas enterrándose en la piel de ella…

¿No merecería la pena un «cambio»?

(Sakura)

La lluvia continuaba cayendo con tanta fuerza que parecía incluso que el cielo se cayera a pedazos. Pero yo corría bajo ella, sin importarme ni un poquito estar mojada de pies a cabeza, o que mis pies pudieran resbalar sobre un suelo tan enlodado e inestable. De hecho, en mi cabeza sólo había sitio para una sola idea. La misma bendita y hermosa idea frustrante que ocupaba mi cabeza, día y noche, desde que algo o alguien había entrecruzado nuestros caminos. Mi idea más preciada, la única verdadera:

Shaoran Li.

Por Dios. ¿Cuánto de mí misma se resumía en ese nombre?

El corazón me galopaba dentro del pecho a la misma velocidad de mis pasos, y estaba segura de haber dejado de llorar. No podía esperar a alcanzar mi destino. ¡Necesitaba decirle tantas cosas!

Sólo esperaba que él supiera ver mi verdad en todo esto. Que me creyera cuando yo le asegurase que no volvería a dudar, y que dejara de estar tan enfadado y dolido conmigo como sabía que lo estaba, por no haber confiado en él y dejado cegarme, aun con todos esos precedentes que me aseguraban que Shaoran no podía haberme seguido mintiendo y haberse portado conmigo como lo hacía, al mismo tiempo. Era consciente de haberlo lastimado una barbaridad al considerarlo incluso una bestia sin sentimientos y capaz de hacer las peores cosas, cuando se había entregado a mí tanto como podía. Cuando se había vuelto tan transparente para que yo pudiera verlo, como nunca había hecho con nadie…

Que él también supiera entender por qué yo tenía tanto miedo a confiar. Ésa era mi plegaria en el camino.

—Por favor —susurré a la lluvia—. Tengo que llegar a tiempo.

(Shaoran)

Un sonido que no reconocí me hizo brincar en mi sitio, y tuve que adaptarme poco a poco a la realidad antes de identificar el molesto timbre del teléfono, resonando en toda la habitación. Sin aterrizar todavía por completo, me alejé de la mesa y avancé hasta el recibidor, en donde levanté el auricular y una conocida voz cálida devoró el aturdimiento.

—¡¡¡Feliz cumpleaños, Xiaolang!!!

Bueno, corrijo: Al menos parte del aturdimiento.

Evitando la pregunta sobre si era de verdad mi cumpleaños hoy y yo no me había ni enterado, preferí saludar:

—Hola, Meiling.

No pude evitar sonreír levemente, agradeciendo por primera vez en mi vida aquel sentido de la interrupción que mi prima tenía. Podría decirse que acababa de salvarme el pellejo. Porque no sé en qué mierda piensas cuando tu mente está perdida a kilómetros de ti, cargas una depresión tan importante que poco te falta para no saber cómo te llamas, tienes un par de tijeras a mano y, simplemente, no sabes pensar.

—¡Hola, Xiaolang! —se alegró ella, y no me costó imaginar su cara al otro lado de la línea: La sonrisa enorme y los ojos rojizos tintineándole, como siempre que estaba con ese buen humor que parecía impulsarla a gritar más de lo acostumbrado—. ¡Ha pasado mucho tiempo!

—Eso creo.

—Pues claro que sí. ¿Qué tal estás?

Yo cerré los ojos, acallando el suspiro que quiso escapar de mi garganta. Qué pregunta tan simple, y tan enrevesada a la vez. ¿Por qué la gente tiene que decir las cosas menos adecuadas en los momentos menos adecuados¿Por qué no pueden simplemente preguntar acerca del tiempo?

—Bien —mentí, intentando sonar natural.

—Eso es genial. —Meiling no pareció notar el tono fingido, así que los hombros se me destensaron un poco con el alivio—. ¿Vas a salir por ahí hoy, a celebrar?

—Puede —me escabullí—. Todavía no estoy muy seguro. Llueve tanto que hasta da miedo pisar una calle.

Sobre todo si hay un montón de coches dispuestos a atropellarte, debí haber añadido.

—¿En serio? —pareció sorprenderse ella—. ¡Y mira que estamos en pleno verano! Aquí no llueve. —Se rió—. ¿No será que la nube de tormenta está sólo sobre tu cabeza, Xiaolang? Con ese humor que tienes, no me extrañaría.

A mí tampoco. Pero no precisamente por el humor.

Carraspeé.

—Da igual.

—En fin. —Meiling exhaló una bocanada de aire tan cerca del tubo del teléfono que me dejó un poco sordo—. Oye, también llamaba para preguntarte una cosa —añadió—. Supongo que te habrás dado cuenta de que hablé con tu madre al volver, y tengo entendido que te invitó a venir aquí. ¿Es cierto¿Vendrás a visitarnos?

Su tono parecía el que usaba de pequeña, cuando me arrastraba de la mano por todos los rincones de la casa, hasta que yo conseguía escapar con alguna excusa o librándome gracias a las peleas. Así que me invadió la nostalgia.

—Sí —aseguré—. En vacaciones, si no es que antes…

Antes…

—Y —continuó insistiendo—¿te va a acompañar Sakura? Sabes que aquella invitación de tía Ielan también va extendida a ella¿no¡Con las ganas que tengo de verla!

Bajando la cabeza, tuve que obligarme a la resignación una vez más.

—No creo que pueda —dije.

Meiling guardó silencio durante un tiempo demasiado largo, y a mí se me ocurrió que mi respuesta había salido demasiado cortante como para no resultar sospechosa. Cosa de la que no me quedó ninguna duda cuando oí su titubeante añadido.

—Oye… ¿de verdad que va todo bien?

—Claro que sí —volví a intentar, esta vez más convincentemente. Incluso la sonrisa pintada en el espejo parecía casi tan creíble como las ojeras bajo mis ojos y aquella palidez enfermiza—. Bueno, nos vemos dentro de algunos meses¿sí? Avísame si pasa algo, y vigila a mi madre por mí mientras no estoy. ¡Que no se te olvide!

Ella bufó.

—Y tú, procura llamar más seguido.

—De acuerdo. Adiós, Meiling.

—Adiós.

Tardé unos cuantos minutos más en colgar el teléfono, aún cuando oía la línea muerta al otro lado. Luego de eso, el espectro reflejado en el cristal distrajo mi atención otro rato, y no fue hasta después de haberme recordado que no tenía remedio que avancé lentamente hacia el salón. Rebusqué en uno de los revueltos cajones del mueble con la vajilla y los libros, y por fin encontré el triste resto de alguna diversión pretérita.

Cuando llegué a la cocina, volví a sentarme en el mismo sitio de antes, coloqué los pies sobre la mesa y me hamaqué en la silla mientras hacía sonar un réquiem con la pequeña corneta recién hallada y me deseaba a mi mismo un: «Feliz cumpleaños, zoquete».

Segundos después me fui demasiado hacia atrás, y finalmente acabé impactando contra la moqueta en lo que me pareció una de tantas bromas de mal gusto sufridas durante mis últimos tiempos.

Oh, sí. Realmente una escena patética.

Pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo, siempre que no ocurriera el milagro de Navidad en pleno verano y me encontrara con que Sakura llamaba a mi puerta y me decía que me perdonaba todo, cualquier cosa resultaría patética. Porque ése sería el único remedio posible.

Riendo mi humor negro, suspiré por enésima vez.

Había que ser muy idiota como para guardar, todavía, semejante esperanza.

(Sakura)

No me molesté siquiera en acercarme al ascensor, y pronto mis piernas estuvieron casi volando por encima de todos esos escalones que precedían la cuarta planta. El sonido de mis zapatos mojados al pisar me llenaba la cabeza entre tanto silencio, y lo agradecí, porque era otra de las señales que me indicaban estar tan cerca de la meta. Eso, como el rellano, como las paredes con el revestimiento de madera, el enorme espejo, las macetas en las esquinas y la luz parpadeante del tercero. Por último, el número cuatro en el pequeño cartel.

Y aquella puerta.

Conocía aquella puerta. Había cruzado su umbral un centenar de veces; la primera tan empapada por la lluvia como ahora, aunque definitivamente demasiado triste como para haber reparado en ella demasiado. Tras esa misma puerta había llorado todo mi dolor una vez, y había empezado a reconstruirme. También tras ella me habían dado el primer beso de amor real, y ni hablar de todo lo que pasó después. Tras ella se podría resumir toda una etapa de mi vida; en el mismo sitio en donde me esperaba el destino que había elegido luego de renunciar a otro diferente. A otro que simplemente no era tan para mí como éste.

Sosteniendo mi alma en mis puños apretados con fuerza, esperé a que alguien atendiera a mi desesperados tres timbrazos.

Y los segundos parecieron transcurrir con inexorable eternidad entonces, pero acabé viéndome recompensada en cuanto el sonido del picaporte girando disparó los latidos en mi pecho hasta lo más alto del cielo, y el nudo en la garganta me dejó muda apenas apareció ante mí lo que era el mismísimo rostro de la tristeza y el asombro en un único ente.

¡Shaoran Li!

—Sakura —casi se atragantó, con los ojos desmesuradamente abiertos. Yo continué chorreando agua fría y jadeando de cansancio mientras también lo miraba—. ¿Qué… se supone que haces aquí?

—Es que… es que yo…

Frustrada, supe que el nudo me había permitido tartamudear aquello, pero no estaba demasiado segura de si la enorme madeja en la que se convirtiera mi cerebro cooperaría también. Mis emociones eran demasiado fuertes como para poder hablar con sentido, aunque quisiera hacerlo.

Así que alcé una mano hasta que el calor de su mejilla se traspasó a mi piel, y dibujé una sonrisa rota.

Shaoran seguía congelado en su sitio.

Bien¿qué esperaban que hiciera el pobre? Después de todo, él no podía saber cuánto lo había echado de menos.

Cerré los ojos, concentrándome en aquel contacto. Podía sentir la corriente eléctrica viajando desde la punta de mis dedos hacia el resto de mi cuerpo, llenándome de recuerdos que no iba a poder enterrar jamás.

Oh, Dios. No vuelvas a separarme de él.

—¿Por qué? —le oí insistir, y me obligué a olvidar un poco mi egoísmo.

Esperaba que me permitiera seguir recordando lo que era tenerle cerca durante mucho tiempo después.

—Quizá he tardado demasiado —murmuré, apartando lentamente la mano—, pero te creo. —Extendí los brazos hacia él, en una clara súplica de bienvenida, y esperé otro poco. El hilo del que pendía mi corazón parecía balancearse de un lado a otro, en el punto exacto entre la resistencia y el último tirón que lo desgarraría—. Vuelve conmigo, Shaoran.

Un segundo, dos segundos.

Tres, cuatro.

Cinco.

¿Seis?

Hasta nueve.

Como él continuó sin hacer nada, me atreví a abrir los ojos y alzar la cabeza.

Y por fin nuestras almas se encontraron, con una mirada.

X X X

De un tirón, haces que Sakura traspase el umbral, y cierras la puerta tras ella. Sus ojos verdes brillan con tanta intensidad que simplemente tienes que enterrar la nariz contra su pelo, escondiéndote o inundándote de su esencia.

De repente, sabes que no necesitas más palabras.

Y que nunca, nunca, vas a permitirle escapar otra vez.

Te ves envuelta en su abrazo asfixiante antes de poder siquiera seguir explicándole nada, y la fuerza con la que te retiene acalla todos tus intentos. Casi literalmente, te desarmas entre aquellos brazos.

Quiero estar así, contigo. Siempre.

Comienzas a andar hacia atrás, arrastrándola contigo. Y supones que os dirigís hacia el salón, pero tampoco te importa. Lo único verdaderamente importante está justo apretado contra ti.

Cedes a la tentación, y osas mirarla de nuevo.

Y es entonces cuando no puedes evitarlo más.

Los ojos de Shaoran fulguran en oro y ocres un momento, y luego te devasta aquel escalofrío demencial, cuando sientes su boca robándote todo el aire.

Le respondes como puedes, torpemente, mientras él retrocede y tú avanzas. Así vais atravesando la habitación.

Y sus manos deshaciéndose de cada prenda. Lo recuerdas.

Imparable. Impredecible. Justo como tiene que ser. Es eso lo que piensas.

Te voy a amar como nadie ha llegado a hacerlo nunca. Ni siquiera yo, hasta ahora.

Esta noche.

Esa camisa tuya me molesta, Shaoran. Tendré que quitártela.

Toda tu ropa me molesta.

¿Cuándo hicimos que el florero se cayera?

Ahora las rosas rojas están regadas por el suelo. Cuidado, Sakura, con el…

Tonto¿es que te acaso importa?

No me toques ahí, que me haces cosquillas.

¡Que no me hagas cosquillas te he dicho!

Lo sabes¿no?, que te adoro.

Como hiciste tantas veces, llenas de besos toda su piel, con su calor inundándote los labios y sin dejar de suspirar cada vez que él te acaricia la espalda. Y de repente quieres besar su hombro, pero lo que ves allí te deja pasmada.

Shaoran, dices, con los ojos llenándosete de lágrimas.

Tú, que no entiendes, dejas de devorar su cuello y te separas un poco, porque la sientes temblar y te das cuenta de que está llorando. Te preocupas del mismo modo inevitable de siempre, apoyas las manos en sus delicados hombros y haces la pregunta del millón.

¿Qué ocurre?

Y ella continúa con esa mirada tan repleta de cosas que te mueres por descifrar.

No puedo creerlo, vuelves a sollozar. En realidad, detestas ponerte tan emotiva y pesada con las lagrimitas, porque sabes que estás inquietándolo, pero también sabes que tienes un motivo.

Oh, por Dios. Shaoran¿por qué no me lo dijiste? Te has tatuado mi nombre.

Tú dejas escapar ese jodido suspiro, sintiendo que vuelves un poco a la vida. Se te habían subido hasta la garganta¿eh? Creíste que de pronto se había arrepentido, o algo así. Pero está llorando porque acaba de descubrir el tatuaje.

Y, claro¿cómo no? Si está mirando tu hombro. Siempre tardas tanto en darte cuenta de las cosas obvias.

¿Por eso lloras?, inquieres, casi como un regaño.

¿O es un regaño en toda ley?

Ah, sí. Es que no soportas verla llorar.

Desesperada porque él entienda, te lanzas a sus brazos otra vez y conduces una de sus manos hasta tu cadera. Das un tirón a la gasa, un tirón que te duele un poco, pero no te dejas amainar.

¡Mira!, le ordenas.

Ya no entiendes del todo cómo en tan poco tiempo pudiste haberte vuelto tan ciega.

Obedeces, aunque sea para que se tranquilice. Pero también recibes un impacto igual de fuerte cuando te encuentras con la tinta negra destacando en la piel de ella, justo con una forma que conoces perfectamente.

Sí. Es tu nombre.

Sakura… sólo consigues decir. Tienes la voz demasiado ronca.

¡Perdóname!, casi gritas, aferrándote a él como si de ello dependiera tu vida. Y quizá sea cierto. ¡Perdóname por no haberte creído antes, pero tenía muchísimo miedo! Pero ahora… ahora, yo, te juro que nunca más… Oh, Shaoran, nunca más…

Sabes lo que quiere decirte, así que la acallas con un beso suave. Y es tu turno de disculparte.

Perdóname por haberte mentido así al principio, ruegas. Y por no haberte dicho nada después. Yo también me moría de miedo.

Su lengua busca la tuya con toda el hambre retenida hasta entonces, y la fuerza de su cuerpo os hace rodar por el suelo, un tramo. Pero después se incorpora y te levanta un poco a ti también.

Anda, el cristal de la ventana está frío. Tu espalda se congela unos instantes.

Pero no importa.

Con una sonrisa inevitable, tanteas todo su cuerpo, oyendo sus suspiros entrecortados cuando trazas cada contorno, reexplorando sus caminos. Es curioso ver cómo te los has sabido de memoria desde siempre.

Pero entonces das con su mano.

Y, no, no puedes luchar contra eso, ni quieres. Así que entrelazas sus dedos con los tuyos y empujas un poco, hasta que su mano queda apoyada en el cristal de la ventana.

Sabes que está de vuelta.

Te quiero tanto.

Ssssh.

Y lo sientes, dentro de ti, después de lo que te pareció demasiado tiempo para ser soportado. Entonces descubres que su forma de enroscar tus piernas alrededor de él, prácticamente sentada en sus muslos, es la misma que recuerdas.

Sonríes al tiempo que lo besas con desenfreno.

Nada bueno ha cambiado. Porque es lo auténtico.

Estás desnudo y el agua del jarrón que se desparramó por la moqueta te empapa las rodillas, pero no tienes frío. Ella te abraza¿cómo vas a tenerlo? Es tan cálida.

Te escapas de su beso al primer descuido, para poder jugar. Pero en cuanto empiezas a lamerle el cuello oyes su protesta.

Shaoran, gime. ¡No hagas eso!

Y tú te ríes entre dientes antes de volver a lo de antes.

Y te encanta. Porque te encanta fastidiarla. Y, sobre todo, te encanta que ella siga siendo como siempre. Incluso a pesar de todo.

Y tienes la certeza de que, de pronto, estás en casa.

Es agua golpea los cristales, y las manos de ambos, también. Una vez, tras otra. Con cada lento y desquiciante envite.

Es una tempestad, fuera. Y crees que vosotros sois la otra tempestad.

Y la música.

¿Otra vez la estúpida radio?

Te ríes. Shaoran gruñe.

¿Es que tú no te lo esperabas?

You and me
Meant to be
Immutable
Impossible
It's destiny
Pure lunacy
Incalculable
Insufferable
But for the last time
You're everything that I want and ask for
You're all that I'd dreamed
Who wouldn't be the one you love
Who wouldn't stand inside your love
Protected and the lover of
A pure soul and beautiful

You
Don't understand
Don't feel me now
I will breathe
For the both of us
Travel the world
Traverse the skies
Your home is here
Within my heart
And for the first time
I feel as though I am reborn
In my mind
Recast as child and mystic sage
Who wouldn't be the one you love
Who wouldn't stand inside your love
And for the first time
I'm telling you how much I need and bleed for
Your every move and waking sound
In my time
I'll wrap my wire around your heart and your mind
You're mine forever now
Who wouldn't be the one you love and live for
Who wouldn't stand inside your love and die for
Who wouldn't be the one you love


Notas de Choco-chan:
La verdad, creo que estoy viviendo un deja vù ahora mismo. No sólo por haber terminado otro fic, sino por no tener ni pajolera idea de qué decir al respecto. Esto es; hay tantas cosas de las que podría hablar, que estoy bloqueada. Aunque de todas formas intentaré ser coherente y cohesiva e ir poco a poco, a ver si sale algo.

Empezar por el principio del capítulo es lo mismo que empezar por su final, porque tendría que mencionar algo sobre la canción. Como quizá hayan supuesto (vamos, vamos, hay que practicar ese inglés), se corresponden. El título del tema es originalmente "Stand inside your love", que significa justamente algo así como "quedarme dentro de tu amor". Es una de mis canciones favoritas de los Smashing Pumpkins, y en cuanto la vi me dije que tendría que ser la que cerrase la historia, porque la letra le viene muy bien y porque simplemente siento que debe ser así.

Pasando un poco más al tema de la trama en sí…, veamos, yo espero que hayan quedado conformes. Al menos ese 99,9 que esperaba final feliz. Si de verdad necesito desmenuzar el capítulo, me gustaría empezar por Eriol, pero sólo para hacer el inciso de algo que ya había advertido antes: la imagen que se nos transmite del personaje es demasiado subjetiva, si prestan atención a lo que hace en vez de a lo que los protagonistas puedan interpretar, entonces quizá no noten tanto cambio en él. Al menos, yo no lo veo como el malo de la película xD. Y ya que habló con Sakura, me pareció justo que también lo hiciera con Tomoyo. Pero aclaro, y recuerdo por enésima vez que a mí la pareja que hacen ellos dos me trae sin cuidado, así que ya ven. Si los dejé juntos fue más que nada por eso de que no quería dejar que las cosas fueran lo que parecían.

Después, está el tema de Sakura y Shaoran. Bueno, yo me imagino que todas (o todos) aquellas (os) que en su momento odiaron a Touya por habérselo montado con el ex novio de su hermanita, ahora le tendrán un poco más de consideración. ¿Touya del lado de Shaoran? En serio, pagaría por ver eso. Pero todo sea por su querido monstruo.

Otra cosa es el final, y me refiero a la última parte, en donde irían conjuntos los dos puntos de vista de los protagonistas (mezclando pensamientos con narración y con diálogo, sin separarlos). La letra cursiva pertenece a Shaoran, así que la otra es de Sakura, obviamente. Me pareció un recurso bastante adecuado para dar a entender una auténtica "unión" final, y tengo que aclarar que estoy enamorada de esa parte. Aunque no creo que esté del todo bien que lo diga yo xD.

De corazón, de verdad espero que les haya gustado el fic. Y sino me consolaré sabiendo que hice lo que pude (?).

Quiero agradecer a todas esas personas que, durante el transcurso de la historia, me dejaron sus comentarios. Y esto ya lo dije muchas veces, pero por si alguien no se enteró del todo, mejor reiterarlo: los reviews me dieron muchísimos ánimos e ideas nuevas, y, sobre todo, me alegraron en un montón de momentos. De verdad, infinitas gracias a ustedes por haberse tomado parte de su tiempo para animarme tanto y para darme a conocer todas esas teorías e inquietudes¡me encanta leerlos! También, muchas gracias por haberme permitido sobrepasar los mil reviews. A mí no me quita el sueño superar records de comentarios, aunque como a cualquier autor me encanta recibir la mayor cantidad posible, pero aprecio mucho el detalle que varios tuvieron al aportar su granito de arena para ayudarme a llegar a tales cifras. De verdad, es todo un regalo.

Algunos me preguntaron si haré un epílogo para el fic, y la verdad es que no lo sé. A mí no me molestaría para nada escribir uno, conociéndome y sabiendo que voy a andar llorando por los rincones por haber terminado la historia, pero no sé si se me ocurrirá alguna idea. Me gusta este final, así que supongo que, si le pusiera epílogo, sería algo así como uno no-oficial o un sidestory. En cualquier caso, ya saben que recibiré sus ideas con muchísimo gusto y con agradecimiento. Obviamente, las tomaré en cuenta como ya les dije que hago. ¿Qué dicen, me ayudan? Haré lo posible por exprimirme el cerebro y ver si sale algo bueno y digno de leerse.

Con respecto a si subiré o no más historias, yo estoy segura de que sí, vamos. Tengo varias ideas en mente, algunas empezadas y otras no, pero todavía no di lo que yo consideraría el pie para empezar a publicar cualquiera de ellas (salvo un one shot que después subiré para el sector de TRC). Y quién sabe, a lo mejor con algo de suerte sigan teniendo dosis chocolatosa semanal en cuanto me inspire xD.

Eso sí, vigilen el blog. Probablemente ahí hablaré de lo que tengo pensado hacer con mi vida, además de, claro, los dibujos. Créanme que tengo varios lemons sin publicar, jejeje. Y uno especial por este último capítulo, claro.

En fin, mejor me despido ya, que estas notas casi parecen una nueva entrega. Aunque, claro, antes tendré que pedirles lo de siempre, esta vez como un favor más especial todavía: ¡dejen reviews, por favor! Ya saben, cuanto más largos, jugosos y joroschós, más contenta se queda Choco (creo que eso sonó pervertidamente mal).

Besos con menta (por variar).

PD: Para aquellos que quieran mi msn, sólo vayan a mi profile y agréguenme. Lo digo para que no tengan que andar pidiendo permiso; no muerdo a nadie ni tengo ningún problema con conocerlos, sino todo lo contrario. Así que, almas de cántaro (?), la decisión es puramente de ustedes.