CAPITULO 1 Saldando cuentas

Draco Malfoy supo que había amanecido cuando una débil luz grisácea entró por la pequeña claraboya que había en lo alto de su celda y sintió que le invadía un miedo casi irracional. Agitado, respiró un par de veces con fuerza para tranquilizarse, diciéndose que aquel sentimiento no tenía ningún sentido. Había tenido ocasiones mucho más adecuadas para dejarse llevar por el pánico, sabía todo lo que se podía saber sobre el miedo.

Su celda en Azkaban sólo tenía espacio para un catre incómodo, una mesa y una silla. Después casi dos años allí dentro, la conocía tan bien como conocía su propio cuerpo. También la odiaba. Pero aquella mañana era un lugar seguro y conocido y eso era más de lo que podía decir del mundo exterior.

"Da igual, da igual. Cualquier cosa es mejor que esto. Cualquier cosa."

En aquella cárcel no había gran cosa que hacer. Podías oir gritar a los presos que se habían vuelto locos y reirse a los guardias mientras se burlaban de los dementorizados. Podías observar a las ratas que correteaban de vez en cuando por las celdas y jugar a descubrir qué se suponía que era el grumo gris del desayuno. Si tu magia era lo bastante poderosa, podías aprovecharte de que ya no había dementores patrullando la cárcel y practicar la Legeremancia y la Oclumancia sin varita. Podías dormir durante horas y horas. Podías pensar, sobre todo podías pensar.

Y había pensado.

Severus Snape. Curiosamente, había sido poco después de verlo matar a Dumbledore cuando había empezado a sospechar que quizás su profesor de Pociones no era tan mortígafo como todos pensaban. Draco le conocía de toda la vida, casi había convivido con él en los años de colegio y sabía que algo no cuadraba. Como la mayoría de los Slytherin, tenía una comprensión instintiva de los mecanismos de la traición y sabía que debía de ser muy duro fingir que estaba del lado de Dumbledore cuando en el fondo era leal a Voldemort. Por consiguiente, al matar al viejo director de Hogwarts y abandonar todo fingimiento, Snape habría tenido que sentirse liberado. Y Draco, que le había observado mucho durante aquellos días de pesadilla, se dio cuenta de que, por el contrario, su carga parecía mucho mayor a raíz del asesinato.

Severus había sido quien le había ayudado a recuperarse después de los castigos de Voldemort, quien le había conseguido tiempo diciéndole al Señor Tenebroso que Draco era muy joven aún para la misión que le había impuesto, convenciéndolo de que lo necesitaba como ayudante para preparar pociones, señalando que mientras estuviera vivo y con ellos, no había posibilidad de que Lucius Malfoy, su padre, decidiera comprar su salida de Azkaban pasándose al bando contrario. Durante unos meses, todo lo que había tenido que hacer había sido ayudar a Snape y mantenerse cuerdo en medio de aquel horror, fingiendo que aprobaba los atroces asesinatos y castigos que presenciaba casi a diario. Después había empezado a oir rumores de que Voldemort iba a pedirle que sellara ya su juramento como mortífago y se convirtiera en un asesino. Draco sabía lo que le esperaba si no obedecía-la muerte, si era afortunado-y aun así se había mostrado incapaz de lanzarle el Avada Kedrava al aterrado muggle que le habían puesto delante. Para bien o para mal, el Señor Tenebroso había decidido que podía ser entretenido comprobar cuánto tardaba en romper su voluntad; entonces habían empezado las torturas y Draco había gritado y llorado y suplicado que acabaran con su vida, pero algo dentro de él le había hecho resistirse a matar. Y de nuevo había sido Snape quien, aprovechando la primera ocasión, lo había sacado medio muerto de allí y lo había llevado a un lugar seguro donde pudiera recuperarse, quien había pasado semanas y semanas robando tiempo de sus misiones para curar sus heridas, llevarle comida y prepararle pociones curativas, arriesgándose a ser descubierto cada vez que lo hacía. No podía llevarlo a un hospital: Voldemort tenía espías por todas partes y si lo localizaban, irían a matarlo y antes le sacarían el nombre de la persona que le había ayudado a escapar. En aquel refugio, poco más que una cabaña abandonada de antiguos ganaderos, Draco había pasado dos meses antes de que Snape dejara de esperar encontrárselo muerto cuando entraba por la puerta, un mes más hasta que fue capaz de caminar solo.

Para entonces, la Última Batalla parecía inminente y Draco ya había llegado a la conclusión de que Snape no era más seguidor del demente lord Voldemort que él mismo. "¿Les ayudarás a matarlo?", le preguntó, cuando Snape se disponía a abandonar la cabaña. Su profesor había asentido secamente, sin añadir nada más. Y era por él, no por nadie más, por quien Draco se había atrevido a acudir a la batalla y había luchado finalmente contra lord Voldemort. No había sido un momento de gran gloria: estaba lejos de encontrarse bien y apenas había conseguido acabar con cuatro mortífagos y el repulsivo hombre-lobo Fenrir Greyback cuando una maldición rebotada le había dejado inconsciente. Lo siguiente que recordaba era despertar en un hospital expresamente creado para dar cabida a todos los heridos de la guerra, custodiado por aurores. Poco a poco se fue enterando de que Harry Potter había derrotado a lord Voldemort definitivamente, y que Snape seguía vivo y que sus padres habían muerto. Ambos habían caído durante la batalla. Draco sintió ganas de vomitar al pensar que habían estado luchando en bandos opuestos, que quizás había matado a uno de ellos sin darse cuenta.

Snape había ido entonces a visitarlo, aunque él mismo se encontraba bajo investigación. A pesar de las evidencias de que había luchado junto a Potter, liderando un pequeño grupo de Slytherin que se habían infiltrado en las filas de los mortífagos para atacarlos desde dentro en el momento oportuno, lo cierto es que era indudable que había matado a Dumbledore y que su pasado como mortígafo reconocido en la primera guerra de Voldemort no le ayudaba.

-No pueden encerrarte después de todo lo que has hecho-había objetado Draco, demasiado cansado para recordar que la vida no era justa.

Su profesor era consciente de ese cansancio y no le echó en cara su ingenuidad.

-Puedo mantener a raya a esos cretinos. Lo que no entiendo es por qué echaste por la borda todos mis esfuerzos por mantenerte vivo presentándote en el mismísimo campo de batalla.

Draco había bajado la cabeza un poco.

-No lo sé, Severus. Quería... ayudarte a matarlo.

En Azkaban, Draco había tenido tiempo de comprender que, por una vez, la idea de seguir estando protegido mientras todos arriesgaban sus vidas por él le había resultado intolerable. Siempre había dejado que otros le protegieran-sus padres, Snape, incluso el chiflado de Dumbledore-y de pronto, eso se había convertido en una carga insoportable. Allí descubrió que haber sido capaz de luchar por sí mismo una vez era lo único que le habría permitido mirarse a la cara en un espejo si en la celda hubiera habido uno.

Lucius y Narcissa Malfoy. Sus padres. ¿Cómo no iba a pensar en ellos? Ahora la gente hablaría de ellos con desprecio, pronunciando su nombre como si fuera una porquería, atribuyéndoles todos los defectos y pecados del mundo. ¿Cuántos sabrían cómo había disfrutado Lucius enseñándole a volar en su primera escoba, los ratos maravillosos que había pasado con Narcissa cuando ésta le leía cuentos y jugaban juntos al ajedrez? No, sus padres habían sido mortífagos con toda la carga de horror que ello suponía y habían cometido muchos errores, pero a él lo habían querido y él los había querido, y eso era algo que no pensaba olvidar por mucho que ahora fueran sinónimos de basura.

Al principio, las noticias de su muerte le habían sumido en la tristeza, no sólo porque los quería, sino porque sabía que se había quedado solo. Esas semanas, aun manteniendo los ojos secos, se había dejado arrastrar por la pena. Pero después se había empezado a sentir furioso con ellos, furioso porque habían puesto sus vidas y su destino en manos de un psicópata. No podía esperarse nada de alguien como Voldemort porque él no traía un nuevo orden, ni un mundo mejor, sino caos y dolor. Ninguna sociedad podría prosperar así. Draco sólo había necesitado unas cuantas semanas para comprenderlo, y si bien ya había sido demasiado tarde-ya había aceptado la misión de matar a Dumbledore, ya había oído las amenazas a sus padres-al menos lo había comprendido. ¿Cómo era posible que dos magos inteligentes y poderosos como ellos no se hubieran dado cuenta nunca? Ahora estaban muertos y él, sin futuro. Ese era el pago por seguir a un asesino chalado.

Harry Potter. En medio de todo su desasosiego, Draco nunca se concedió el lujo de culparlo del destino de los Malfoy. Quizás lo habría hecho antes de la noche de la muerte de Dumbledore, pero de algún modo aquello le había abierto los ojos y sabía que Potter sólo había hecho lo que tenía que hacer. Por suerte para todos. Habría sido mucho más fácil odiarlo, pero no le odiaba, ya no. Se sentía demasiado cansado y vencido para odiar.

Cuando el carcelero fue a buscarlo, Draco se puso rápidamente en pie y luchó contra el deseo de retroceder hasta la pared y mostrar su miedo. No, podía haber tocado fondo, pero no pensaba darles el gusto de verlo admitir su derrota. Los Malfoy no hacían esas cosas.

-Es la hora.

Draco dio un pequeño resoplido desdeñoso, como si fuera una desgracia lamentable tener que compartir el mundo con una forma de vida tan inmunda como aquel hombre, y le siguió sin decir palabra, concentrado en no dejar traslucir ni un atisbo de su nerviosismo y, sobre todo, en mantener la vista fija al frente. No quería ver al dementorizado Vince Crabbe, que estaba en la celda contigua, ni cómo uno de los Montague se balanceaba acurrucado en un rincón, totalmente ido desde que lo habían condenado a cincuenta años.

Después de cambiar el asqueroso uniforme de la prisión por su propia ropa y firmar un pergamino oficial, se vio junto al Traslador que conectaba la prisión con tierra firme.

La bruja que tenía que activarlo le miró de arriba abajo con gesto asqueado y se giró hacia su compañero.

-No sé en qué piensa el Ministerio dejando libre a gentuza así-le dijo, sin molestarse en bajar la voz o esconder su desprecio.

Draco fingió que no la había oído y se limitó a examinarse las uñas con un gesto indiferente, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo. Algo irritada por su falta de reacción, la bruja activó el Traslador mascullando un insulto por lo bajo. Draco sintió una sensación familiar en la boca del estómago y se encontró volando a toda velocidad en un tunel mágico sobre el mar de Escocia. Unos segundos después, apareció en el edificio de oficinas de Azkaban, frente a un mago de mediana edad y aspecto cetrino.

-¿Draco Malfoy?-A pesar de su tono neutro y profesional, llevaba la varita en la mano, listo para utilizarla. A raíz de la fuga de Sirius Black, Azkaban había dejado de ser inexpugnable y muchos mortífagos habían conseguido escapar de allí en un momento u otro de la guerra. Ahora las medidas de seguridad eran mucho más fuertes.

-Es obvio-dijo, con una voz que le sonó extraña. No había hablado gran cosa allí dentro. Los guardias se habían cansado pronto de burlarse de él.

El mago murmuró un hechizo mientras le apuntaba con la varita y Draco sintió un hormigueo inofensivo por el cuerpo que indicaba que la magia le estaba recorriendo.

-Sígame y le acompañaré a la salida.

Los nervios que habían acompañado a Draco desde el amanecer se acentuó mientras caminaba hacia su libertad. No tenía ni idea de qué iba a hacer cuando saliera por la puerta. Hasta donde él sabía, todos sus bienes habían sido confiscados por el Ministerio, incluida Malfoy manor, su hogar. El Wizengamot había partido su varita en dos, y aunque fuera un gesto simbólico y le estaba permitido comprar una nueva, no tenía dinero para pagarla. Toda su familia y la mitad de sus amigos habían muerto; la otra mitad había desaparecido o se encontraba cumpliendo penas mayores que las suyas en la prisión que había dejado atrás. Su única posibilidad era Snape, pero sólo aceptaría su ayuda si su antiguo profesor se la ofrecía primero. Aún le quedaba suficiente orgullo como para no ir a pedírsela sin más. Si Severus no le aguardaba fuera, no iría a buscarlo. Ya había hecho bastante por él.

Cuando llegó a la puerta, Draco vaciló un poco, pero se recompuso lo mejor que pudo, la abrió y salió al exterior sin molestarse en mirar al mago que le había llevado hasta allí. Era el mediodía, y la luz le obligó a entrecerrar los ojos durante unos segundos. Al abrirlos, empezó a distinguir una figura situada a un par de metros de él. El corazón le dio un vuelco cuando comprendió de quién se trataba.

-Malfoy...-dijo una voz familiar.

"El, no", pensó Draco, desesperado, mientras sus ojos se adaptaban a la luz del día. "Todos menos Potter. Por favor, no dejes que sea él."

Pero era él, y Draco sintió que moría de vergüenza al pensar que Harry Potter estaba ahí para presenciar su caída. Todas las armas que había usado durante la escuela para luchar contra él-la riqueza de su familia, la influencia de su padre, sus compañeros de Slytherin-habían desaparecido. Ni siquiera le quedaba el consuelo de saber que era más atractivo y elegante que él. Hacía demasiado tiempo que no se miraba en un espejo, pero no se hacía ilusiones sobre su propio aspecto. Azkaban no era precisamente un balneario.

Durante los juicios que habían seguido al acabar la guerra, Harry había revelado que había presenciado la muerte de Dumbledore y que, por lo tanto, podía testificar que Draco había estado dispuesto a abandonar a Voldemort y pedir la protección de la Orden del Fénix. Gracias a él y a los testigos que le habían visto luchar contra los mortífagos en la batalla final, su condena había sido casi simbólica. Y a Draco ya le resultaba bastante duro saber que había evitado pudrirse en la cárcel gracias a Potter, quien siempre le había despreciado, como para encontrárselo entonces.

Su primer impulso fue dar media vuelta y salir corriendo, pero eso habría sido darle un placer demasiado grande.

-Potter...

-Así que es verdad que te soltaban hoy...

Draco alzó una ceja.

-¿Decepcionado?

Harry frunció el ceño, pensativo.

-No, creo que no tendrían que haberte condenado-dijo, con sinceridad, provocando que Draco lo mirara con mal disimulada sorpresa-. Hiciste lo que hiciste porque Voldemort había amenazado con matar a tus padres. Y, al fin y al cabo, en la última batalla luchaste en nuestro lado.

Lo último que Draco había esperado era su comprensión, pero eso no le hizo sentirse mejor. Si Harry Potter simpatizaba con su causa, es que había caído más bajo de lo que pensaba.

-Ahora que sé que cuento con tu aprobación podré dormir más tranquilo, Potter, muchas gracias-dijo, con sarcasmo.

En vez de enfadarse, como habría hecho en los años de Hogwarts, Harry pareció sumirse en sus pensamientos durante unos segundos y después meneó bruscamente la cabeza, saliendo de su ensoñación.

-¿Qué vas a hacer ahora?

Draco apretó los dientes. ¿Qué pretendía preguntándole eso? Como si pudiera importarle.

Quizás era todo un truco para reirse de él. Quizas Ron Weasley y Hermione Granger estaban esperando en algún lado, muertos de la risa, a que Potter apareciera y les contara cómo había visto a Malfoy saliendo de Azkaban arruinado y sin amigos.

-Dudo que eso sea asunto tuyo.

Harry dio un pequeño suspiro y lo miró a los ojos. Draco pensó, súbitamente distraído, que era una estupidez que insistiera en llevar sus ridículas gafas. ¿Es que no había oído hablar de las lentillas¿No sabía que había hechizos bastante eficaces para tratar esos problemas?

-¿Aún no te has cansado de todo esto?

Draco se sobresaltó al darse cuenta de que estaba pensando en los ojos de Potter y se permitió mostrar un ramalazo de irritación.

-Creía que mi condena había terminado ya. No sabía que mi castigo incluía aguantar tu presencia. ¿Por qué no te vas a posar un rato para la prensa y me dejas tranquilo?

"Ah, por fin", exclamó para sí mismo, al darse cuenta de que Harry se tensaba un poco. Sin embargo, su pequeña victoria no le supo tan bien como esperaba.

-Vale, Malfoy, como quieras-dijo, sin darle más importancia-. Buena suerte.

Mirándole una vez más, Harry dio media vuelta y entró en las oficinas de Azkaban. Draco se obligó a permanecer con la vista fija en el árido paisaje que se extendía frente a sí, y sólo pasados unos segundos se permitió echarle un vistazo a la puerta. La conversación le había dejado casi enfadado, lo cual era un alivio, en cierto modo, y aunque sabía que había algo extraño en la actitud de Potter, su propia situación requería de toda su atención. Snape no se había presentado y si se quedaba más tiempo esperando a alguien que quizás no iba a acudir, corría el riesgo de volver a encontrarse con Potter cuando terminara de hacer lo que fuera que hubiera ido a hacer allí.

El problema es que no tenía ni idea de adónde ir. Después de pensar unos minutos, se encogió de hombros y se Apareció en medio de Diagon Alley. Durante unos segundos, la visión de aquella calle familiar casi le hizo sonreir. Oh, era bueno estar de vuelta. Sus ojos grises pasearon ávidamente por los alrededores, localizando los pequeños cambios. Donde había una tienda de calderos, ahora había una tetería de aspecto acogedor. Algunas fachadas estaban pintadas de modo diferente a como las recordaba. El pelo largo parecía estar de moda entre los magos jóvenes e incoscientemente se tocó su melena rubia, que sin duda agradecería horas y horas de cuidados para volver a recuperar su antigua belleza.

Pero entonces los magos que pasaban a su alrededor empezaron a fijarse en él y ese breve instante de felicidad terminó abruptamente.

-Tú...-dijo una bruja de mediana edad, parándose frente a él y mirándolo con ojos cargados de odio.

Dos magos no mucho más mayores que él, con quienes probablemente había coincidido en Hogwarts, se pararon a mirarlo y musitaron su apellido con asombrado desprecio. Otro mago, corpulento y con una barba parecida a la de Hagrid, el guardabosques del colegio, dio un par de pasos hacia él con el ceño fruncido mientras se llevaba la mano al bolsillo en busca de su varita.

-¿Qué haces fuera de Azkaban, mortífago?

Draco, tenso y con el corazón a cien por hora, retrocedió un paso.

-¡Asesino!-siseó otra mujer, haciendo ademán también de ir a coger su varita.

Un sexto sentido le indicó que acababan de echarle una maldición y se agachó justo a tiempo de ver pasar un brillante relámpago rojo por el lugar en el que había estado su cabeza una fracción de segundo antes. Unos pies calzados en botas polvorientas se acercaron a él, una maldición empezó a pronunciarse y Draco, usando uno de los pocos trucos que aún le quedaban, se Desapareció de allí con un sordo estallido.

Cuando volvió a abrir los ojos estaba en el Caldero Chorreante, pálido, con los ojos desencajados por el pánico, casi incapaz de creer lo que había sucedido.

-¿Estás bien?-preguntó el camarero, con preocupación. Draco se giró instintivamente hacia la única voz amable que había oído en dos años, dispuesto a quejarse de lo que había pasado y encontrar ciertas simpatías, pero en cuanto el camarero le vio la cara, entrecerró los ojos y su tono de voz sonó mucho más frío-. Espera un momento... ¿Tú no eres el hijo de Malfoy?

Draco comprendió entonces que lo de la simpatía no parecía muy probable y se preparó para Aparecerse de nuevo en algún lugar donde no pudiera reconocerle nadie.

-Es el hijo de Lucius Malfoy-susurró una voz detrás de él.

El único sitio así era el Londres muggle.

Sin esperar a que sacaran las varitas, Draco se transportó a sí mismo al centro de Hyde Park. No conocía muy bien el Londres de los muggles, pero había estado allí un par de veces con su madre, cuando era más pequeño y, por alguna razón, le pareció un lugar seguro. Después de mirar a su alrededor para asegurarse de que no había ningún mago alrededor y que ningún muggle le había visto aparecer de la nada, el estrés de los últimos acontecimientos hizo mella en él, las piernas empezaron a fallarle y se sentó apresuradamente en el suelo, apoyando la espalda en un árbol.