Dochirasama desu ka?–

¡Hola! Los personajes de esta obra son propiedad de CLAMP, ante todo, pero la historia me pertenece.

Capítulo XIX

Dreaming in the Wind –

Para Sam–Ely–Ember, por obvias razones.


Dochirasama desu ka? – ¿De parte de quién?

Aunque…
Y si fuerais de Jade,
Don del cielo y de la tierra.
Y Fénix inmolado al sol,
pluma preciosa que se quiebra.

Y si fuerais de Jade,
y llama del nimbo del corazón
Paradoja que el destino no disuade
Amor en la muerte y muerte en el amor

~ Meiling ~

En pleno invierno, antes que la nieve se derrita y que las golondrinas retornen a sus nidos, las flores de los ciruelos irrumpen en el yermo paisaje, reforzando así la crudeza del invierno y recordando a toda la gente, que la primavera llegará. La flor del ciruelo es conocida como la amiga del invierno. Tal como reza el proverbio chino, "la fragancia de la flor del ciruelo proviene de la amargura y del frío". Así mismo, las almas de las personas son templadas en la profundidad de la experiencia, creciendo con fuerza interior y con coraje inquebrantable.

Quizás eso quisieron mis padres para mí cuando me pusieron mi nombre, en pinyin: Méilín. Aunque la gran mayoría de personas me conoce con el nombre de Meiling, que en chino tiene varios significados como son: Precioso Jade o Ciruela de Jade. Pero volviendo al tema de las flores de ciruelo, son bonitas sí, huelen bien y ponen un poco de color sobre el blanco paisaje nevado. Pero no son mis flores favoritas. Las que sí lo son, son las flores de Loto. Me encantan. Tan hermosas y entrañables, que son mencionadas y elogiadas en canciones, dibujadas muy a menudo en pinturas muy importantes y plasmadas en decoraciones de los edificios, y en objetos usados en el día a día. Pero a mí me gusta tanto, porque cada noche se encierra en su capullo y se sumerge bajo el agua, y al amanecer emerge nuevamente y vuelve a abrirse. Es una flor que se parece mucho más a mi carácter que la delicada flor del ciruelo.

La pureza de una flor embelleciendo tierras fangosas.

Nací en Hong Kong, en el seno de una familia que pertenece a los altos círculos de la sociedad de mi ciudad. Hasta hace algunas décadas, Hong Kong correspondía a los territorios coloniales de la corona perteneciente al Reino Unido, en un lejano país situado en Europa. Pero fue devuelta a la República Popular China y eso ocasionó desestabilizar la región en la que vivían muchos extranjeros. Mi familia, como ya he mencionado, pertenece a uno de los clanes más antiguos de China, y actualmente posee negocios en empresas de un gran abanico de sectores como telefonía, lujosos hoteles, comercio de exportación con occidente e incluso la banca. A mí todo eso me aburre, aunque estoy siendo cuidadosamente educada para no decepcionar a mi familia Li.

Desde pequeña siempre estuve muy unida a la infinidad de primas mayores que había en mi familia. Como prácticamente vivíamos aislados del mundo, no conocíamos a muchos otros niños de nuestra edad. Más, cuando al cumplir los once años fui enviada a un colegio interno de Londres, junto a los cinco hijos de mi tío, el hermano de mi madre. El primer año que pasé en Londres fue muy triste, echaba mucho de menos a mi madre en Hong Kong y la lengua inglesa se me hacía muy difícil. Sobre todo a la hora de pronunciar ciertas palabras. Pero bueno, siempre he sido una niña muy terca, y finalmente supe salir adelante, valerme por mí misma, aunque tengo que reconocer que no siempre soy una persona fuerte. ¿Qué queréis?, si soy una niña al fin y al cabo.

Me gustaba montar en bicicleta por los jardines de la residencia principal del internado, y solía hacerlo con dos de mis primas mayores, Li Fei Mei y Li Fan Ren. Estaba muy unida a ellas dos, porque aún seguían en la misma residencia que yo. Aunque pronto Fei Mei se graduaría de la senior school y estaría dos años más en el campus de los más mayores que cursaban el sixth form, junto a sus dos hermanas mayores, Li Shie Fa y Li Fuu Tie. Sí, tenía cuatro primas mayores que se llevaban un año entre sí y se llevaban tres años conmigo. Por lo que mi edad, si te la estás preguntando, es de once años.

Como a toda niña de once años, me gusta ver la televisión, jugar con muñecas occidentales y fanfarronear con mis primas, a quienes adoro e intento imitar en todo lo que puedo. También me gustaba aprender cosas de la cultura del país donde me encontraba. Me encantaba la navidad con nieve, la pascua, el día de San Valentín… cosas que no, la lluvia. Nunca me acostumbraré al encapotado cielo quejumbroso y a la lluvia que si bien podía durar horas o cortos minutos, siempre te dejaba con el cuerpo tiritando y los pies fríos. El chocolate caliente de Fan Ren siempre me reconfortaba en esos momentos y me calentaba el corazón.

En el internado estudiábamos con niños y niñas de diversas nacionalidades, por lo que a veces era muy divertido y frustrante a la vez no poder comunicarte bien con tus otros compañeros, y se formaban muchos líos y se mezclaban idiomas con el inglés. En el complejo residencial femenino, las niñas vivíamos juntas, lejos de los muchachos que vivían al otro extremo del internado. Nos separaban por habitaciones según la edad, en grupos de entre dos o tres niñas. Mi compañera de habitación era un poco extraña. Se llamaba Suzume Chiba y era de nacionalidad japonesa. Pese a ser oriental como yo, nos distanciaba el idioma, puesto que ella hablaba tan mal inglés como yo al principio y recelábamos la una de la otra. Pese a ser japonesa, no era mala del todo y convivíamos en casi silencio, por lo que me aburría un montón en mi habitación y huía a la de mis primas en cuanto podía.

Suzume Chiba tenía el pelo tan largo como yo, negro azabache y brillante, y solían confundirnos entre nosotras como si de una misma persona fuésemos. Me sentaba fatal que eso ocurriera, éramos tan diferentes que la duda ofendía. A parte que ella había crecido casi nueve centímetros en los seis meses que llevo conviviendo con ella, lo que me enfadaba más aún. Ella era bonita, alta y se estaba desarrollando antes que yo, por lo que algunos chicos de nuestra clase se fijaban en ella y era objeto de burlas. La jirafa china la llamaban, como si no fueran capaces de reconocer a una china de una japonesa. Me asqueaba tanto, siempre perfecta, siempre callada y tímida, como si nunca hubiera roto un plato. Me quería tirar de los pelos de pensar que tenía que verla todo el tiempo en nuestra habitación.

Una vez, volvía de clases bastante enfadada porque la profesora, Miss Turner, me había regañado en clase delante de todos mis compañeros por mi mala redacción y mi pésima ortografía. Me puse de todos los colores: roja de vergüenza, morada de ira, al ver a mis compañeros reírse de mí por lo bajo; azul por morderme la lengua y finalmente pálida cuando casi me desmayo de pura rabia al verme humillada de aquella forma. Me habría encantado sugerirle a mi maestra, esa señora semejante a una ciruela pasa que debería ser internada en una residencia para mayores, con esa voz tan suave y fría que te helaba hasta las venas… me habría encantado sugerirle, no, mejor, exigirle, que se aprendiese los números del uno al cien en chino, pero no sólo en Mandarín, sino en Cantonés, en Shangai y en Chaozhou… y ya si tenía ganas en Chino antiguo. Entonces sí se ganaría mi respeto, esa urraca ciruela pasa.

Me senté en mi escritorio y me puse a dibujar furiosa la caricatura de Miss Turner, agregándole pico de pájaro, un montón de arrugas, sus gafas de culo de vaso y no contenta con ello la adorné con una escoba y sombrero de bruja. Alcé el dibujo triunfante y me carcajeé por ello. Mi obra de arte era genial, casi sublime. Digna de enmarcar y colgar en unos de los pasillos del hall principal.

– ¿Missu Tarunero…–Se corrigió a si misma–…Missu Taanaa?

Casi me caigo de la silla al ver los tímidos ojos de ratoncito de mi compañera de habitación, Suzume Chiba. Ella estaba allí, sobre mi hombro, escudriñando el dibujo con atención. Cuando me cogió un lapicero de mi portalápices y apoyó suavemente la punta del lápiz y con movimientos cortos le pintó un feo bigote, acompañado de una barba lampiña. Cuando me mostró el dibujo, ambas nos miramos y no pudimos ocultar la carcajada. Las lágrimas se escurrían por mis mejillas a causa de mi risa. Aquel dibujo surrealista y mal dibujado debía guardarse para no perderse jamás.

Suzume Chiba se frotó los ojos rasgados, tan semejantes a los míos, y dejó la bolsa que cargaba sobre su cama. Yo la observé con atención a la vez que intentaba normalizar mi respiración tras semejante ataque de risa, y me llamó la atención que lo que había traído en aquella bolsa eran libros. Pero no unos libros cualesquiera, eran cómics. Cómics japoneses. Me acerqué un poco con mi silla de escritorio y me asomé disimulando el interés sobre el borde de la bolsa. Sí que eran cómics japoneses. Me impulsé de nuevo hacia mi escritorio y volvimos a la rutina de ignorarnos mi compañera y yo. Por el rabillo del ojo espié a Suzume, ya sin el uniforme de la escuela, como se tumbaba de la cama y abría con interés uno de esos cómics que había traído con ella. Y así estuvimos varias horas, ella pasando sus ojos ávidamente por las páginas y yo resolviendo problemas de matemáticas. Hasta que se levantó y abandonó la habitación.

Suspiré cansada y me estiré sobre la silla perezosamente. Estaba harta del día, del silencio de la tarde y un poco atónita por el momento de complicidad que tuvimos la jirafa japonesa y yo durante unos minutos gracias a mi obra de arte. Me extrañaba tanto que por unos momentos pudiéramos compartir un momento de complicidad, que nació en mí un sentimiento que no pude identificar, ni me interesaba. Aquella chica no me caía bien, apenas podía soportarla, que, un único momento de camaradería no nos había acercado. Reí al recordar cómo había llamado a la profesora.

– Miss Tarunero, Taanaa– carcajeé.

En fin, era una chica rara, su idioma y su forma de pronunciar era extraño, y no me llamaba la atención, como tampoco lo hacían esos estúpidos cómics desperdigados sobre su cama. No me hacían querer cogerlos por el color de su portada, ni por su diseño. Por favor, si ni siquiera eran libros de verdad. Y qué decir de su interior, esos dibujos extraños con ojos grandes. Anda, pero si estaban traducidos al inglés y los entiendo. Esta chica, tiene un pelo raro, viste raro y todo es raro.

– Raro, raro, raro.

Pero no lo solté.

Al cabo de cinco minutos ojeando el libro, acabé por buscar la primera página y leer los primeros bocadillos de las escenas. No me di cuenta en un principio que me resultaba melancólico y familiar el hecho de poder leer en el sentido oriental, de derecha a izquierda, y no al revés como se leía aquí en Londres. Y vaya, el chico no estaba nada mal. ¿Acabaría en boda? Seguí leyendo, sin ser consciente de que me había sentado al borde de la cama de mi compañera y completamente ajena a la realidad. La historia me atrapó. Trataba sobre una chica de la edad de mis primas, la cual, su vida acababa de ponerse patas arriba cuando sus padres conocen a otra pareja, deciden divorciarse y los cuatro acaban casados entre sí. Y resulta que la otra pareja también tiene un hijo, de la edad de la protagonista y extremadamente guapo. Y para rematar, todos acaban por vivir juntos.

Interesante.

– ¿Te gusta–desu?

Lancé el libro del susto y torpemente lo recogí en mi propio pecho. El corazón me latía a mil por hora. No sólo me habían pillado con las manos en la masa, literalmente sobre el cómic, sino que le había cogido su libro, sentado en su cama y quedado como una estúpida fisgona. Carraspeé y dejé el libro a un lado, y esperé con altivez los regaños de mi compañera. Éstos nunca llegaron. Suzume Chiba me observaba con sincera curiosidad. Yo me sentía avergonzada y esperaba de algún modo que ella se comportase de la misma forma que me hubiera comportado yo, si ella hubiera cogido alguna de mis cosas sin permiso. Los ojos de Chiba esperaban una respuesta de mi parte.

– S–sí.

– Puedes el manga leer–desu– sonrió.

– Gracias, lo leeré después.

– Cuando quieras–desu– golpeó dos veces la bolsa– aquí hay más.

Le sonreí avergonzada y volví a coger el cómic con emoción. La historia era interesante y sería estúpido negar que me había enganchado. Además me acababan de confirmar que existían más de esos, así que podía leer rápido porque no se acabarían pronto. Suzume se tumbó en su cama a mi lado y abrió otro de los cómics, y juntas permanecimos en silencio leyendo aquella historia de amor entre los protagonistas, hijos de aquellos dos curiosos matrimonios. Pasó el tiempo y al primer libro le sucedió el segundo, la tarde se tornó en noche y yo no me había dado cuenta de nada. Ni siquiera de que la hora de cenar ya había pasado y que solo me quedaba ir a mendigar a la cocina a por un poco de té con leche y algunas galletas.

La puerta nos sobresaltó y a través de ella, distinguí la voz de una de mis primas mayores preguntando por mí. Seguramente se habrían preocupado de que no hubiera aparecido durante toda la cena y habían venido a ver cómo estaba. Me despedí de Suzume Chiba entregándole el cómic con las mejillas y orejas calientes, seguramente mi aspecto era horrible, pero ya era demasiado tarde para no cambiar lo que estaba mal.

– Gracias por el cómic.

– Manga. Se llama Manga.

Ambas sonreímos y me despedí con la mano, quizás cuando volviera ya se habría acostado. De camino a la cocina junto a mi prima, me sorprendí agradablemente y en el fondo deseé continuar con aquella complicidad que había compartido con la jirafa japonesa. Quién nos iba a decir, que tras tantos meses de convivencia, por fin habíamos encajado durante unas horas y compartido una agradable tarde. Quizás, hasta incluso podríamos llegar a ser amigas.

Quizás sí.

– 0 –

– Por Dios Kirin–chan, ¿Vas a hacerme gastar mi poca paga en la tienda de música para que aprendas otra canción? ¡Llevas semanas intentando tocar esa maldita canción en esa doblemente maldita guitarra!

Me estaba volviendo poco a poco loca con esa canción, y es que, si dijeras que fuera capaz de tocar con un mínimo de armonía… pero ya llevaba meses, desde navidad concretamente, que le regalaron ese condenado instrumento. Al principio era divertido escuchar cómo se equivocaba una y otra vez. Después se volvió un tedio cuando se tiraba semanas aprendiendo las notas una y otra vez: Fa, Fa, Fa, FAAAAA. Y ahí estábamos las dos, con el Do, Re, Mi, Fa, Sol, cuando apareció con una partitura que acababa de comprar en la tienda de música. Una canción fácil, eso me había dicho. Pero la tocaba tan mal que no me sonaba, para nada, a lo que debía de sonar.

– No es fácil, se me traban los dedos en los acordes de esa parte, por no mencionar que no siento los dedos y que deberías mejorar tu lenguaje.

Puse los ojos en blanco y cerré el manga que estaba leyendo, o intentando leer, hasta que ella decidió que como había terminado estudiar, podría perder el resto de la tarde hasta la cena practicando con aquel instrumento del demonio. Suzume abría y cerraba las manos adolorida, seguro que le dolían muchísimo los dedos, estoy segura de ello. Pero era tan estúpidamente terca que no dejaría de practicar ni aunque se le cayeran los dedos a cachitos. Suspiré aliviada cuando se levantó y comenzó a guardar la guitarra en su funda. Por fin, paz, gracias.

– Meiling–chan, he decidido apuntarme a la academia de música.– Me dijo a la vez que guardaba las partituras en una carpeta.

– ¿Ah sí? Ya has dejado de insistir en eso de aprender por tu cuenta, por lo que veo.

– Así es, allí me enseñarán todo lo que necesito aprender para ser la mejor.

Sonreí con alegría. Era terca como una mula, pero al menos podría descansar de tanto Fa y tanto La, rasgueo por acá, acordes de cejillas por allá. Y un millón de cosas que hacía mal. Me levanté y golpeé animosamente su hombro para prestar mi apoyo.

– Así me gusta, Kirin–chan. Esa es la actitud.

– Deja de llamarme jirafa en mi idioma– se rio.

– Y tú no me decepciones y aprende rápido.

– Hecho.

– 0 –

Ya habían pasado dos años desde que llegué al internado en Londres, y acababa de volver a Hong Kong después de pasar las vacaciones de verano en casa junto a mi familia. Li Fuu Tie y Shie Fa se habían quedado en China porque ya terminaron sus estudios en el extranjero y ambas se preparaban diligentemente para su futuro en alguna de las empresas que dirigía la familia. Fuu Tie quería casarse con un empresario rico, al contrario que su hermana, que, según ella, no quería casarse jamás y llegaría a la dirección de una de las grandes empresas de la familia Li. No por ello eran hijas del cabeza del Clan, aunque últimamente sabía muy poco de mi tío, pues llevaba unos meses enfermo y estuvo desaparecido durante mis visitas a la Mansión Li.

Mi vida en el internado a los trece años de edad no se distinguía mucho de la vida con once años. Seguía sin poder salir del recinto en ningún momento por mi cuenta, aunque era verdad que me apuntaba a casi cualquier actividad que se organizara fuera del internado. En los dormitorios, sigo compartiendo habitación con Suzume Chiba, alias, jirafa japonesa. Había crecido otros siete centímetros más en estos dos últimos años, así que me veo cambiándole el apodo por el de dinosaurio. Yo en cambio, aunque había crecido un poco más desde los once, seguía siendo pequeñita, delgada, y el pelo negro y brillante me llegaba casi por la cintura. Estaba orgullosa de mi cabello, el cual dejaba al aire, sin atar. Precioso como él solo.

Una tarde, mis dos primas Fan Ren y Fei Mei, se reunieron conmigo en el comedor. Parecían un poco desanimadas, así que me preocupé nada más verlas. Me senté frente a ellas en una de las largas mesas de diez, y me peiné el pelo con los dedos. Li Fei Mei jugaba con sus manos nerviosa y no sabía si mirarme o no. Lo cual hizo que me contagiara su estado y explotara.

– ¿Qué pasa? El tío…

– No, no… no tiene nada que ver con lo que te estás imaginando…– hizo una pausa Fan Ren–… estamos aquí porque te tienes que cortar el pelo.

– ¡QUÉ!– exclamé exaltada.

No, no, no, no… TODO menos mi pelo. Lo recogí todo en una milésima de segundo y lo protegí con mis manos temblando de pánico. ¿Pero por qué?, acaso hacía algún daño a alguien.

– Nosotras no queremos que te lo cortes, o no del todo.

– No voy a cortarme el cabello– sentencié.

– Fue idea de tu tutora, dice que lo tienes demasiado largo. Habló con nosotras ayer y aunque discutimos con ella porque tampoco queremos que te lo cortes, nos dijo que te abrirían un expediente.

– Pero es mi último año en la preparatoy, el año que viene estaré como vosotras en la senior shcool y… no quiero cortarme el pelo, lo cuido mucho.

– Pensaremos en algo, no te preocupes.

Aquellas palabras no me tranquilizaron. En mi habitación, frente al espejo, miraba mi pelo como si estuviera condenado a muerte. No entendía por qué habían ido a mis primas con el cuento del corte de cabello y no me lo habían dicho a mí directamente. Me resultaba absurdo. Quería a mi pelo, largo, negro, brillante, bonito. Me cuesta mucho mantenerlo así. Y demonios, ya estoy llorando. Dos toques sonaron a través de la puerta y se abrió, Suzume entraba con la guitarra colgada a la espalda y tarareando una canción, despreocupada.

– Ya estoy en casa– saludó.

– Hola.

– ¿Qué te ocurre, por qué lloras?

Preguntó preocupada a la vez que dejaba la guitarra a los pies de su cama. Yo me limpié las lágrimas de las mejillas, pero fue inútil, seguían cayendo sin parar. Seguía agarrando mi pelo como si no hubiera un mañana. Tal vez tendría un mañana, dos, lo dudo.

– Me obligan a cortarme el pelo– logré decir entre hipidos.

– ¿Por qué?

– Al parecer lo tengo demasiado largo.

La jirafa japonesa suspiró y se miró de reojo en el espejo. Teníamos el pelo tan parecido, aunque ella se lo había cortado por los hombros antes del verano.

– ¿Sabes? Quizás tenga la solución.

– ¡No hay solución para mi pelo!

– Que sí, ven y siéntate. ¿Dónde tienes el cepillo?

Me senté llorosa y la dejé hacer. Cepilló con cuidado mi pelo y trajo consigo su neceser, de donde sacó gomillas para atar el pelo. Me dejé peinar por ella, y lo hacía con tal cuidado que hasta logró relajarme. Le pregunté por cómo le iba en la academia de música y me dijo que estaba aprendiendo mucho, que ya se sabía varias canciones y cada vez se equivocaba menos en los acordes. Pero que se le hacía un poco complicado el solfeo. Yo sabía que era cuestión de tiempo que ella aprendiera de sus errores. También le pregunté por sus compañeros y me dijo que se llevaba muy bien con todos, salvo uno, que no se relacionaba con los demás.

– Y me da un poco de coraje, quise hacerle una pregunta pero quedé congelada con la mirada que me echó.

– ¿En serio? Vaya idiota.

– Sí, siempre va acompañado de dos chicos, uno está en nuestra clase y el otro no lo conozco… Mira, ya he terminado.

El corazón me palpitó con fuerza al mirarme frente al espejo. Y lloré de nuevo a pleno pulmón al verme así.

– Es perfecto Kirin–chan.

Me había recogido el pelo en dos partes, había hecho dos coletas altas a cada lado, sobre mis orejas, y separándome el pelo en dos, cardó una parte para darle volumen e hizo dos moños con ellos. Lo cual dejaba una parte recogida y otra suelta. Me gustaba mucho, aunque se me hacía familiar y no sabía de qué.

– Ya te pareces más a Tsukino Usagi.

– Me da igual que te rías de mí, me encanta.

Al día siguiente fui a clase con mi nuevo peinado, y no solo triunfé entre las chicas porque ellas no podían copiármelo por la largura de sus cabellos, sino que ninguno de mis profesores volvió a mencionar sobre cortarme el cabello, ni a mí, ni a mis primas, nunca más.

Había ganado.

¡Já!

~ 0 ~

Entonces mañana quedamos frente a la puerta de la Academia de música.

Y ahí estaba yo, pasando un frío horrible, frente a la puerta de la Academia de música, bajo un cielo plomizo y a punto de explotar. Y el invierno ya se había instalado desde hacía semanas, por lo que la lluvia en ocasiones se convertía en nieve y los grados Celsius se volvían negativos. Londres blanco era realmente hermoso. No me cansaba de verlo, año tras año corría a la orilla del Támesis, bajo la nieve y con el Parlamento de fondo, junto al Big Ben. La nieve me gustaba, y mucho. Pero odiaba el frío. Me causa pavor cada vez que se me agarrotan las manos y no puedo ni cerrarlas. Como no saliera de una vez la jirafa tardona, juro que iré yo misma a por ella a cantarle las cuarenta.

Echaba de menos el calor de Hong Kong, añoraba los días de frío de allí, ahora no me parecen nada comparados a los de Londres.

La puerta de la entrada se abrió y bajaron en bandadas muchos chicos de diferentes edades. La Academia de Música estaba abierta para los tres niveles educativos que ofertaba el internado, así que no era extraño ver como gente de mi edad hablaba animadamente con gente de dieciséis. La gran mayoría cargaba pesados bultos entre sus brazos, o colgados al hombro. Desde violines, a flautas y trompetas, muchas guitarras. Exhalé vaho caliente para calentarme las manos y di una serie de golpecitos en el suelo con el pie. Me estaba congelando, demonios.

Por fin apareció.

Y no estaba sola.

La acompañaba un muchacho tan asiático como nosotras y hablaban animados entre ellos. La verdad que nunca había visto a ese chico y por un momento me comió el monstruo de los celos, al ver que no era yo la única que la conectaba a su vida fuera del internado. Rechiné los dientes muy enfadada. ¿Por un chico me había dejado esperando bajo este maldito frio? Se lo haría pagar después. Mi venganza sería terrible… ¡Me beberé su chocolate caliente! Ese que tiene reservado para las noches frías mientras lee manga. Ese que no quiere compartir conmigo.

– ¡Hola Meiling–chan!

– Hola– murmuré arrastrando las letras.

– Ven, te quiero presentar a una persona.

Hizo una pausa y se colocó de nuevo junto al muchacho que nos miraba con una sonrisa en los labios.

– Meiling, éste es Kurobara Daisetsu–kun, y es compañero mío en clase de guitarra…

Su voz hizo eco en la distancia y dejé de oírla. Quedé paralizada cuando por la puerta salió una pareja de muchachos, uno con gafas, de aspecto británico y con los ojos azules bastante alegres. El otro era completamente lo contrario a su compañero. Su aspecto era sombrío, casi melancólico. Tenía los ojos marrones, claros y rasgados, de un tono ámbar intenso, carentes de emoción. Aquel muchacho tenía mi edad, aunque le acompañaba un aura casi siniestra, siempre en silencio, siempre metido en sus libros. Era un chico desgarbado, con el pelo alborotado a causa del frío viento. Aquel chico era más bajito que los otros dos muchachos, pero su presencia era tan imponente como el buda gigante de Tian Tian en Hong Kong.

Aquel chico lo conocía, su sangre y la mía son semejantes.

Mi primo, Li Xiaolang

~ 0 ~

– Me da cosa preguntarte Meiling–chan, pero ¿Li y tú sois familia?

Dejé el manga sobre mi regazo y tragué saliva. Aquella pregunta me había pillado con la guardia baja y del repullo, el corazón latía rápido y pesado a la vez. Habían pasado tres días desde que me encontré con mi primo Xiaolang en la Academia de música y la verdad, parecía que hacía años que no le veía, pese a que pasé muchas horas en la mansión Li durante las navidades. La breve estancia en Hong Kong me había recargado las pilas. El ambiente, el clima húmedo y cálido, la familia… bueno, la familia exceptuándole a él, a quién tan poco que me sobran dedos de una sola mano.

– Bueno… sí, él es hijo de mi tía, es el hermano pequeño de mis primas a las que conoces Fuu Tie y Fan Ren.

Se hizo un silencio durante un minuto. Suzume Chiba parecía rumiar mis palabras una a una, y yo un poco avergonzada por hablar de mi familia acabé por hundir mi nariz de nuevo en el cómic.

– No parece que se lleve bien contigo.

– No somos muy cercanos– intenté quitarle hierro al asunto, me sentía incómoda.

– A decir verdad, no creo que se lleve bien con nadie, bueno salvo el chico inglés y Kurobara–kun.

– Li Xiaolang es especial, en mi familia a las personas especiales las apartan del resto… Nunca le he visto sonreír, ni jugar con ningún niño o con sus propias hermanas.

– Me da miedo.

Volví a soltar el manga y miré fijamente a Suzume. Aquella conversación no me gustaba, me incomodaba, por el hecho que a mí tampoco me gustaba mi primo, aquel que era solo unos meses más joven que yo. Me levanté de mi cama y me tumbé junto a Suzume, quien estaba bebiendo de su taza de chocolate. Aquella que quise robarle en venganza por dejarme esperándola durante tanto tiempo. La verdad que no lo hice porque, en realidad, el encuentro con mi primo me había impactado tanto que hasta se me había olvidado poner en práctica mis fechorías.

– Li Xiaolang no es malo, en sí, solo que no es bueno relacionándose con la gente.

– No solo es eso… toca la guitarra que da miedo.

– ¿Ah sí?

– Es de lejos el mejor de la clase, me pregunto qué hace allí. Se sabe todo lo que nos enseñan y compone sus propias melodías cuando cree que nadie le mira… Da miedo competir contra él, hasta el profesor intenta evitar juntarnos.

Aquellas palabras, sin saber por qué, provocaron en mí un sentimiento de lástima y orgullo por mi familiar. Nunca le había escuchado tocar la guitarra, pero si era tan bueno como decía la jirafa tardona, no se merecía que el resto de sus iguales le tratasen de aquella forma. Como si fuera anormal, un monstruo.

~ 0 ~

La primavera había llegado y con ella los exámenes. El paisaje se había vuelto verde y vibrante, lleno de flores, las alergias parecían florecer en cada esquina, por el aumento de polen en el ambiente, y el que llevase casi una semana sin llover acentuaba aquel ambiente cargado. Aun así, la primavera invitaba a salir por fin de las habitaciones o bibliotecas y a estudiar bajo los árboles. Aquella era mi misión en el día, salir, tomar el aire, comerme mi sándwich de atún con limón y estudiar gramática inglesa. Los verbos irregulares iban a acabar conmigo.

Sin embargo, una tímida melodía hizo que me desviase sigilosamente de mi meta, allá cerca de los bancos rodeados por setos. Aquella melodía era suave, vibrante, y a cada paso que daba me hipnotizaba como a los niños del cuento. Provenía más allá de aquellos árboles. Seguí caminando paso a paso, pese que una voz en mi interior me advertía que debía dar la vuelta y correr en dirección contraria. No le hice caso y seguí hechizada por aquella canción.

– ¿Xiaolang?

Mi primo dejó de tocar al instante, y me miró con cierta sorpresa en sus ojos. Dejó la guitarra sobre su regazo y me miró fijamente. No había vergüenza en sus ojos, y la sorpresa inicial se había esfumado. Me miraba como mira un lobo a un conejo antes de saltar sobre él.

– Meiling.

– ¿C–cómo estás?

No contestó.

– Me sorprendió verte aquel día en la Academia de música, no sabía que te interesase tocar la guitarra– hice una pausa– ni que lo hicieras tan bien, la verdad.

– ¿Quieres algo?

Su actitud me irritaba, tan llena de soberbia y orgullo. ¿Es que acaso no podía ver que intentaba acercarme a él amigablemente? A punto estuve de volverme sobre mis talones y dejarle solo, como siempre había estado. Pero entonces le recordé en la cena de navidad del clan Li y algo se removió en mi interior. Se había sentado junto a su padre, el cabeza de familia y le había observado con orgullo cuando tío tocó una pieza de su precioso Guqin tradicional. Se le veía feliz, aunque intentase no exteriorizarlo.

– ¿Sabes? Conmigo puedes bajar la guardia– le dije en nuestra lengua.

Comenzó a tocar de nuevo, ensimismado en su mundo. Yo me senté cerca de él y abrí mi caja de comida para sacar mi sándwich. El primer bocado me supo a gloria. Permanecimos así durante un tiempo, en silencio, él tocando y yo comiendo. La melodía era muy bonita, pese a todo, misteriosa en algunas partes, melancólicas en otras, pero no alegre. Quizás aquella melodía era el reflejo de los sentimientos de mi pariente. Le di el primer bocado a mi segundo sándwich y justo en aquel instante, antes de tragar, Xiaolang habló por iniciativa propia por primera vez. Su voz sonó clara, como su guitarra.

– Padre se está muriendo.

No volví a comer un sándwich de atún con limón.

En mi vida.

~ 0 ~

¿Sabes de aquellas veces prometes que vas hacer algo y luego te arrepientes hasta lo más profundo de tus entrañas? Así me siento yo. Ahora. En este justo momento. En nuestro inicio del segundo verano como alumnas Senior del internado, los días se me hacían eternos. Aún no sabía si volvería por vacaciones a Hong Kong para ver a mi madre, y echaba mucho de menos mi casa, mis cosas, mi idioma. Pasaba los días paseando por los jardines del internado en bicicleta, yendo a la piscina y navegando en internet en el ordenador portátil que nos habían asignado para nuestra habitación.

Como no, seguía teniendo por compañera a la jirafa japonesa, la cual, por fin, había dejado de crecer. Aunque por los pelos nos separan, al final conseguimos mantenernos como compañeras, lo cual agradezco, porque ella ya conocía todas mis manías, y yo las suyas. No me apetecía volver a empezar con otra persona.

Pero bueno, volviendo a la pregunta, relataré lo que sucedió. ¿A que no te imaginas dónde estamos? Pues bien, estamos en un tren cercanías de camino a Londres. Una de las ventajas que tiene ser alumna Senior, es que durante los fines de semana tenemos permiso para salir del recinto. Y cómo no, teníamos que ir a la ciudad a celebrarlo. Queríamos ir a tantos sitios juntas. Por supuesto una de nuestras paradas principales era la tienda de cómics, la cual visitamos y pasamos casi dos horas. Era enorme. Tenía tantas cosas que no sabía dónde mirar, casi logra marearme.

Suzume Chiba se compró un par de tomos que engrosarían la biblioteca manga que compartíamos, y yo hice lo propio con tres tomos de mi primera colección manga. Sí, por fin tenía mangas propios. Pasábamos las noches debatiendo teorías sobre el futuro de varios mangas, jugando con la nintendo y viendo animes.

Más contentas que estábamos, nos fuimos de tiendas. Visitamos varias, una librería y una tienda de música, después nos fuimos a comer a un McDonalds y acabamos justo donde estamos ahora. Te preguntarás, ¿Pero qué pasa o qué es tan grave? Bueno, cuando le prometí a Suzume Chiba que la acompañaría por la tarde a un sitio quería ir, sin rechistar, ya que por la mañana habíamos ido a los sitios que yo había pedido. Y yo jamás, en mi sano juicio, me habría visto aquí.

En Candem Town Market

Era aquel un barrio londinense… caótico, oscuro como el día y olía a curry Tailandés. Era un laberinto psicodélico con muchísimo bullicio de gente. Había muchos turistas que iban de allí y allá con sus cámaras de fotos en mano o perdidos entre los puestos, que eran bastantes. Las fachadas estaban cubiertas con pinturas bastante macarras, en otras había esculturas extravagantes de zapatos, o pantalones.

– Sin rechistar ¿Recuerdas?

Asentí y tragué saliva.

– Meiling–chan, no irás a morirte de miedo ahora, ¿verdad?

Negué e intenté mantener la compostura. Claro que estaba muerta de miedo. Había gente rara, llena de tatuajes y pearcings, vistiendo de negro. Algunos fumaban en grupo apoyados en los muros de ladrillo de las tiendas, con las cadenas en las caderas tintineando y las cazadoras de cuero. Otros parecían seguirte con la mirada a través de gafas oscuras. Mi corazón latía a golpe de martillo y me temblaban las manos.

– Siempre quise venir aquí, vamos, quiero ir a ver las tiendas de ropa.

En esas tiendas caóticas vendían de todo…

– Hay muchas tiendas que hay cosas que te gustan, mira, ¿Ves?, allí hay sombreros.

– Hay mucha ropa rara.

– No es rara, a mí me gusta– Suzume enarcó una ceja y yo me rendí.

La seguí de puesto en puesto, ojeando al principio con temor. No entendía cómo a la Jirafa japonesa podía gustarle aquel sitio, pero allí estábamos. Me encontraba rodeada de pulseras con pinchos, anillos con pinchos, correas con pinchos, incluso los sombreros tenían pinchos. Aquello era Pincholandia y yo su Alicia, persiguiendo a un conejo que no paraba de probarse cosas, saltando de tienda en tienda. Me paré en seco cuando vi una camiseta con la cara de Goku de Dragon Ball sonriéndome desde una percha.

– Mira Kirin–chan ¡Hay ropa otaku!

– Hay muchas cosas, mira aquí hay una de tu gemela.

Me reí sin ganas. Desde que llevé a cabo la estrategia del cambio de peinado, no solo había logrado contentar a mis profesores, si no que me había ganado un apodo por parte de mi compañera. Me llamaba Sailor Moon cada vez que podía, sabiendo lo poquito que me gustaba aquel apodo. A ella le daba igual y seguía con la broma.

– No me llames así, sabes que no me gusta.

– Bueno, tú me llamas jirafa a todas horas desde hace años y he aprendido a vivir con ello– Se probó unas gafas horribles llenas de engranajes y correas– ¿Qué tal?

– Espantosas. Y no te llamo a todas horas jirafa.

– La primera palabra que aprendiste en japonés fue Kirin. Jirafa.

– ¡Es tu culpa, deja de crecer de una vez!

Me separé de ella y acabé en la tienda colindante. Aquella era una tienda de ropa vampírica que exponía en maniquíes sus negros artículos. Me quedé mirando un cuadro de una mujer bastante hermosa, con el cabello rojo como el fuego y un corpiño que dejaba ver más de lo que yo me atrevía a soñar. La mirada de aquella mujer me hipnotizó.

– ¿Te gusta el cuadro?

Me giré asustada y vi a un hombre que bien podía haber salido de mis peores pesadillas. Blanco como la muerte, vestido de negro como todo Candem, con un semblante amenazador y unos tatuajes que corroboraban aquel adjetivo, el pelo tieso y verde. Una hebilla en el cuello que no era para sacar a un perro. Aquel era el rey de Pincholandia.

– ¡No me hagas nada, tan solo tengo quince años!

– ¿Meiling?

– ¡Suzu!

Corrí a sus brazos nada más que se puso en mi campo de visión, y me dejé proteger por su altura. Aquel demonio salido del averno seguía mirándonos con cara de pocos amigos. La jirafa japonesa tragó saliva y armándose de valor se acercó a Pinchos, le cogió el brazo y…

– Me encanta tu tatuaje de Totoro–san.

Se pusieron a hablar animadamente y yo tomando el aire, acabé por cruzar la calzada. Me sentía como pez fuera del agua, tan fuera de lugar… la calavera de Jack Skellington llamó mi atención y me acerqué a aquel bolso con forma de ataúd. Y por primera vez, algo me gustó. Aquella tienda tenía muchos artículos relacionados con el manga, estampados en camisetas, gorras, pósters y chapas. Por no mencionar los peluches que tenían colgando. Aquella era una tienda donde allá donde mirases, había algo hermoso.

– Meiling, vaya tienda más guay has encontrado, qué pasada.

Decidimos comprarnos a juego un par de adornos para decorar nuestras mochilas. Eran dos gatitas blancas y negras con aspecto como de Sally de Pesadilla antes de naviadad, muy Tim Burton. Al principio no me gustaron, pero les di una oportunidad. Suzume las había pagado y me había regalado una. Y yo que queréis que os diga, un regalo es un regalo, lo acepté. Era el primero que me hacía.

Quería darle una oportunidad a todo esto. Como al gatito. Por ella.

Hicimos una parada en un puesto de comida y pedimos unos dulces para merendar. Estaban deliciosos y costaron pocas libras. Hablaba con Suzume de muchas cosas, y la encontraba a gusto en aquel lugar, feliz, y ya no veía aquel lugar tan siniestro como me pareció al principio. Comencé incluso a disfrutar de algunos puestos de cosas de segunda mano, o cuadros, incluso vi un vestido negro bastante bonito. Aunque no era para mí.

– ¿Quieres que entremos en aquella tienda?

– Claro.

Era una tienda de antigüedades tan anárquica como las demás. Tan pronto encontrabas una columna de libros que pendían de un hilo, como encontrabas teléfonos antiguos abandonados sobre repisas, o escalas de barcos y coches. Cuadros, jarrones de porcelana, más libros. Y cuando fui consciente de que había perdido a Suzume en aquel caos, decidí buscarla. Pero cuando la encontré, casi muero de la impresión.

– ¿Shaoran?

Sí. Mis ojos no me engañaban. Allí estaba, todo lleno de orgullo, con una media sonrisa en los labios y una guitarra en las manos. Me acerqué al grupo con timidez. Los dos chicos de la otra vez: El japonés y el inglés, estaban allí, rodeando a mi primo, junto a Suzume. Los cuatro encajaban perfectamente, tenían un aura de complicidad un poco extraño para mí, y me entristecí un poco por no pertenecer a aquel grupo.

– ¿Te vas a comprar esa guitarra?– le pregunté a mi primo.

– Es mi primera guitarra eléctrica.

– Es muy bonita, pero tiene las cuerdas de metal.

– Qué tonterías, Meiling–chan, así tienen que ser.

Me quedé observando al grupo y me di cuenta que se veían diferentes que en el internado. El motivo eran sus ropas. Los tres tenían camisetas oscuras, con logotipos de lo que creí que eran grupos de música. Mi primo llevaba una cadena similar a la de Pinchos que tintineaba cada vez que se movía. Y no perdía detalle alguno de él y por primera vez, acepté que aquel estilo le pegaba a Shaoran.

Era oscuro, misterioso, extravagante, tal y como era él.

Durante el anochecer de aquel día, me quedé pensando contemplando la lluvia que terminó por caer, en todo lo que había pasado aquel día. En Suzume, que había cambiado tanto desde que la conocí con once años. Ya no era aquella niña retraída que no hablaba con nadie y se ocultaba tras los libros sin mostrar emoción. Ahora era una chica que reía en voz alta, sonreía de oreja a oreja y le gustaban las cosas oscuras. Aquellas mismas cosas que le gustaban a Shaoran. Ellos tenían tanto en común, que me sentía celosa.

Ippo ippo bokutachi wa nobotewo ni te
ukererarenai mama ni tashikutteku mitai sa

Paso a paso, subimos y bajamos
Quiero tratar de vivir mis años sin estar de acuerdo en todo

– Meiling–chan, tengo un favor que pedirte.

Miré a mi compañera de habitación a los ojos y su mirada cálida traspasó mi alma, calmándola. Tenía en las manos unas tijeras y me las tendía. Las tomé sin entender qué quería que hiciera con ellas y me senté en el borde de la cama.

– Quiero que me cortes el pelo.

– ¡Qué! ¿Estás loca?– solté las tijeras como reflejo.

– Escucha esta canción, te iré traduciendo.

Yume kara samete kara ino yoru genjitsu wa
kantan ja nainda dare datte omou yori wa

Vamos, despierta de tu sueño y observa
Que la realdad que se expande no es tan simple

Ikanai n desu
Nadie puede simplemente hacer solo lo que quiera

– ¿Estás segura?

– Quiero ser yo.

Hundí la tijera en su pelo y corté. Un mechón hermoso, negro y largo cayó al suelo. Respiré hondo y seguí cortando sin tener idea de lo que Suzume Chiba tenía en mente. Cortar mechón a mechón, al ritmo de aquella canción, me relajaba.

smile smile smile sore de wa ii sou senshin de waratte mite hora
smile smile smile kanashii hito kimi warae nobashite yo
smile smile smile dan no muteki no syuozousen hanashite mite hora
smile smile smile mayoreru toki koso jibun wo shiku hare

Sonríe, sonríe, sonríe, ¡Sí, así! Trata de sonreír con todo tu cuerpo y más
Así, sonríe, sonríe, sonríe, ríete de los momentos tristes.
Sonríe, sonríe, sonríe, dele esta inmejorable preinscripción universal ¡inténtalo!
Sonríe, sonríe, sonríe, precisamente porque puedes perder el camino, sé tú mismo en esos momentos.

Reímos juntas, relajadas. Teníamos quince años, si no era ahora, no había otro momento para ser rebelde. Cortarse el pelo, dejárselo largo, escaparse, sonreír, correr, soñar. Aquel tiempo no invitaba a las lágrimas, la dura vida, el tiempo. Reglas, las reglas no estaban hechas para los quince años. Suzume saltó sobre la cama con el pelo hecho jirones, y yo la acompañé como una idiota. No había vida mejor que ésta. Sin presiones.

– Te quiero mucho Sailor Moon.

– ¿Bromeas? Estás horrible.

Ésa era mi mejor amiga.

sekai de boku datte zutto kodomo de itai no de
Incluso yo quiero seguir siendo un niño para siempre.

~ 0 ~

Abrí la puerta.

– ¡Keith Richards es mejor!

– ¿Qué? Ni hablar, es Eric Clapton, no por nada le llaman Slowhand.

– Vamos, es el guitarra de The Rolling Stone.

– Si eso, Jimi Hendrix.

– Pero dije vivo, Hendrix–san está muerto.

Dejé las bolsas junto a la mesa y comencé a sacar bolsas de patatas fritas y palomitas, para vaciarlas en cuencos de plástico. Suzume, que seguía discutiendo con el inglés y Kurobara sobre… ¿guitarristas?, se acercó a mí y me ayudó a poner la mesa sacando las dos botellas de Cocacolas. Desde hacía unas semanas me había aficionado a venir a la Academia de música, no porque me interesase la música en realidad, sino porque como seguía siendo verano, no había mucho que hacer en el internado durante la semana. Tampoco ayudaba el hecho de que más del cincuenta por ciento de los alumnos se hubieran ido a sus respectivas casas. Era un rollo, pero bueno, por lo menos les habían prestado una habitación vacía para que pudieran tocar en verano sin la supervisión del profesor, que estaba de vacaciones. Cuando me aburría solía venir a leer, a escucharles o a pasar las horas muertas.

– ¿Qué opinas Li?

Me giré instantáneamente y quise responder que no tenía ni la más remota idea, pero me di cuenta que había otro Li en la habitación y mi respuesta me picó en mi garganta. Pero bueno, como estaba de espaldas, no se dieron cuenta del rojo en mis mejillas.

– Imai Hisashi.

– ¡Sabía que dirías eso!– Daisetsu Kurobara se levantó y dio un par de golpecitos en la espalda a mi primo, que acariciaba su "nueva" y vieja guitarra eléctrica.

– ¿Quién?– me aventuré a preguntar ¿Un japonés había dicho?

– Imai Hisashi de Buck Tick, es el nuevo ídolo de Li, no deja de escuchar este grupo desde la semana pasada.

– ¿Escuchas música en japonés?

– Y está aprendiendo y todo– dijo entre risas Kirin–chan.

La verdad que me sorprendió un poco escuchar aquello, ni en sueños se me hubiera ocurrido que a mi primo, Li Xiaolang, le interesase la música japonesa y menos que estuviera aprendiendo japonés por su cuenta. Aunque bueno, tenía a dos personas de aquel país que podían enseñarle todo lo que quisiera. Yo misma le había pedido a Suzume que me tradujera algunas palabras, como Kirin, o yo misma había aprendido otras de tantas veces que las había escuchado de ella.

– Un día de estos le vemos con el pelo teñido como a Suzu–chan.

– ¡No os riais de mi obra maestra!– exclamé entre el coro de risas.

Me enjugué las lágrimas de los ojos y casi me echo a reír de nuevo al recordar la escena que ocurrió la semana pasada. Le corté el pelo a la jirafa japonesa, tan horriblemente mal, que al día siguiente cuando la vio pasar una de las encargadas del dormitorio casi se desmaya. Por supuesto, nos ganamos un castigo cada una y un pase de salida del internado, para que fuera urgentemente a una peluquería a que la arreglasen. Si se enterasen los padres de Chiba, pondrían el grito en el cielo. Lo que nadie, me incluyo, nos hubiéramos imaginado es que volvería con un bonito y desenfadado corte de pelo, teñido de rubio platino, casi blanco.

– Nadie dice nada, obviamente, pero sería gracioso ver a Li con el pelo verde o rosa.

– No me teñiré, pero quizás si me ponga lentillas de colores todos los días.

Todos explotamos de nuevo. Sería gracioso ver aquello, mi primo hoy con los ojos azules, mañana verdes y pasado, yo que sé, amarillos. ¿Os imagináis? Aquello era imposible que ocurriera. ¿Verdad?

– Venga, antes que decida ponerse falda, brindemos.

Cada uno cogió un vaso y lo llenó de Cocacola, los alzamos al aire y brindamos cada uno en nuestro idioma. Di un sorbo de mi bebida y miré de reojo a los otros chicos. Todos tenían un aire nostálgico, a Suzume se la veía un poco triste aunque intentaba ocultarlo como podía. Hoy era un día especial porque el inglés se mudaba al día siguiente a Japón, porque sus padres se trasladaban allí por motivos de trabajo.

– Vamos, no lloréis por mí, nenas, esto no es un adiós sino un hasta luego. Además voy directamente a clase perdiendo mi precioso verano.

Suzume le abrazó amigablemente y le revolvió el pelo. Se notaba la confianza que existía, allí Kirin–chan era uno más de ellos. Daisetsu Kurobara enumeró una serie de consejos sobre su país a su amigo, sitios a los que ir y cosas que no se debía perder. Yo me senté al lado de Xiaolang que bebía de su vaso en silencio.

– ¿Le echarás de menos?

Xiaolang me miró de reojo y asintió, era un chico de pocas palabras.

Sabía que lo extrañaría más de lo que llegaría a admitir. Más que nada porque eran compañeros de dormitorio, y si Suzume Chiba tuviera que volver a Japón, sabía que probablemente me moriría de pena, aunque eso tampoco lo admitiría tan fácilmente. Quizás aquello de ser tan estoicos nos venía de familia. Volví a mirar a Xiaolang y le descubrí ojeando hacia la esquina donde estaba su instrumento apoyado en su soporte. La música era su vida, era lo que le mantenía en este mundo en sintonía con los demás. Eso se veía a la legua. Me pregunté si la familia sabía algo sobre Xiaolang y su amor por la música, me moría de pena al pensar que el Clan Li habría hecho planes para él, planes que no podría eludir porque había sentido la llamada del Rock.

– Venga, hagamos una foto para inmortalizar este momento.

Posamos los cinco frente a la cámara de fotos del inglés y tuvimos que repetir de nuevo porque no había apretado el botón, lo que generó una oleada de bromas pesadas y una bonita foto. Cogí la cámara de fotos y miré a través del objetivo el cuadro que tenía delante. Cuatro estudiantes de música llenos de vida e ilusión, cuatro camaradas que no querrían separarse. Chicos que quizás no volverían a verse nunca más. Recordaría mucho este día durante mucho tiempo, sobre todo por la sonrisa de mi primo Xiaolang, que por una vez, le llegaba a los ojos.

Te echaremos de menos, Eriol Hiragizawa.

~ 0 ~

Septiembre llegó, retornando con él todos los estudiantes que se habían ido, y llegaron nuevas caras con el inicio del nuevo curso escolar. Todas las rutinas, los libros, el estudio, habían vuelto a mi vida y me sentía bien. Este año, para variar, había cambiado una cosa en mi vida: Me había apuntado a una actividad extraescolar en la Academia de música, y ahora iba dos veces a la semana al coro. Me había picado el gusanillo de la música, qué os voy a contar, además la profesora que nos daba canto había elogiado mi voz en varias ocasiones. Yo, que no tenía ni idea de que supiera cantar.

Aquel edificio se había vuelto importante para mí, desde el verano. Es extraño, pero me sentía vacía cuando estaba lejos de aquel lugar. Suzume se rio de mí en varias ocasiones por ello, pero sé que es mi apoyo incondicional, además ahora volvíamos juntas a los dormitorios. Vernos tantas horas al día ocasionaba alguna pelea estúpida entre nosotras, pero nada que no se pudiera arreglar después. La jirafa japonesa parecía otra persona con aquel corte de pelo y me gustaba aquel cambio, aunque fuera ahora más contestona.

Por otra parte, también veía a mi primo Xiaolang más a menudo y me enteraba de ciertas cosas, lo que tiene el coro, que parece un gallinero repleto de cotillas. Por lo visto, se había vuelto bastante popular entre las chicas. Yo no me había percatado de los cambios, pero era un hecho que allí estaban. Por ejemplo, se había vuelto un poco más alto y sus rasgos dejaban de ser los de un niño. Desde los once años le había estado cambiado la voz, ya a los quince no le salían tantos gallos como antes. Su voz era cada vez más profunda y a mi parecer, bastante bonita. Aunque nadie consiguiera arrancarle palabra alguna.

Otros chismes que circulaban por ahí eran: que Daisetsu Kurobara, había cambiado de pareja de dormitorio para estar con Xiaolang, y que se había comprado otra guitarra eléctrica. Una Epiphone Les Paul. Sabía hasta la marca porque no paraban de hablar de ello. Por lo visto, tener guitarra eléctrica te hacía muy popular entre las chicas, y ya como los dos eran japoneses aumentaba la fiebre. Me moría de asco cada vez que oía aquello, como si no supieran que China y Japón no fueran dos países diferentes y a veces enfrentados. Daisetsu Kurobara y Li Xiaolang eran como la sal y el azúcar.

Y ya para terminar los chismes, ambos habían sido elegidos como candidatos para representar a la Academia, a nivel local. Y eso les iba a hacer competir entre ellos, aunque ellos seguramente no se lo tomasen de aquella forma. Yo estaba segura que ganaría Xiaolang. Es simple, porque era muchísimo mejor, es mi primo, era obvio que es el mejor.

Salí a la hora del descanso para comer y me encontré al trío de guitarristas compartiendo mesa y bolsa de patatas fritas. Me senté junto a Suzume y saludé a todos con una sonrisa. Me sentía un poco nerviosa frente a Xiaolang, que hoy parecía menos absorto de lo habitual. El pelo castaño parecía más dorado que de costumbre a causa del sol y los ojos parecían ser menos fríos. A pesar de que me saludaron, siguieron con el tema de conversación que tenían antes. Guitarras, cómo no. Comí una patata.

– Se me ha roto una cuerda de la guitarra y tengo que ir a comprar una el…

Me perdí en la melodía de su voz mientras comía patatas fritas como una autómata. No me podía creer cómo no me había dado cuenta de todos los cambios, y al maldito no le había salido ni una espinilla. Cada vez que hablaba de guitarras, o de música en general, sus ojos estaban llenos de vida. Aquello me incomodaba porque hacía que mi corazón latiera rápido sin motivo y necesitara que no dejase nunca de hablar, ya fuera de cuerdas, acordes, pastillas, pedales o amplificadores.

Incluso, le había pedido a Kirin–chan que me pusiera en el reproductor de mp3 alguna de las canciones que le gustaban a él… bueno a ellos, en realidad le pedí más música. Y bueno, aunque no me gustaban muchos lo gritos y coros guturales, algunas canciones me habían encantado. También… durante mi última visita a Candem Town Market, me atreví a comprarme una muñequera con tachuelas, como la que usaban Suzume, Kurobara y Xiaolang. Al igual que había aprendido a maquillarme, pintándome la raya del ojo para estar más guapa, como hacía Kirin–chan, claro.

– Por cierto, se me había olvidado, Eriol–kun me mandó un correo ayer. Me contó que le iba muy bien en Japón, que el curso escolar no le resulta más duro que aquí y que había hecho varias amistades…

Perdí el hilo de la conversación observando a Xiaolang, que se había revuelto el pelo despreocupadamente. Dentro de poco se lo tendría que cortar, porque el flequillo casi se le metía en los ojos. Aun así le quedaba bien.

– Imprimí la foto.

– ¿Foto?

Suzume asintió y sacó un folio de su mochila, la extendió sobre la mesa para que pudiéramos verla todos y sonrió.

– Ellas son sus nuevas amigas, creo que le gusta una de ellas al muy pilluelo.

Kurobara y ella bromearon entre ellos, pero no les presté atención. Porque Xiaolang no le quitaba ojo a la foto, concretamente a una de las dos chicas que sonreían en ella. Aquello me revolvió por dentro. Las dos niñas eran bastante guapas, sí, una tenía el pelo castaño y corto; La otra, al contrario lo tenía largo, negro y bonito, como el mío. La piel blanca de porcelana y unos ojos amables. Me recordaba un poco al aspecto que había tenido Kirin–chan hasta hace poco. La otra chica, dolía verla. Tenía la sonrisa más bonita que hubiera visto jamás.

– ¿Y sospechas quién es?

Por dios, que sea la chica que sonríe. El dedo de Suzume señaló a la otra chica, firmando mi sentencia final.

– Creo que se llama Daidouji Tomoyo. Es el único nombre que mencionó.

– M–menos mal, porque la otra chica no es para nada bonita– dije mirando fijamente a Xiaolang.

Él me devolvió la mirada y ésta me traspasó. Las manos me sudaban, y me temblaba todo el cuerpo. No me podía creer que sintiera celos de una foto, que sintiera celos de una niña que estaba a miles y miles de kilómetros de aquí. De una niña a la que no veríamos jamás.

– Ella es como el sol.

Cuatro palabras que me hicieron el corazón sangrar. Me enfadé, muchísimo. Tanto que me levanté, cogí mis cosas y me marché con paso veloz. Me giré por última vez y vi como mi estúpido primo cogía el folio y lo observaba más de cerca. Por mí que se fuera al diablo con esa japonesa, porque jamás podría verla, jamás podría hablar con ella o ponerle un dedo encima. Y si la prefería a ella antes que a mí, era un tremendo estúpido. Un Imbécil.

– ¡Meiling!

– ¡Qué!– grité.

Suzume Chiba resolló a mi lado recuperando el aliento.

– ¿Estás bien?

– Claro, por mí como si se va a Japón a perseguir a esa chica como un girasol.

– ¿Estás enamorada de Li?

~ 0 ~

Octubre moría entre fiestas y risas. Celebrábamos Halloween en el internado, que se había vestido de gala con telarañas, calabazas y luces tenues. Todo para celebrar la más escalofriante de las noches del año. En el comedor habían organizado una pequeña fiesta y lo habían llenado todo con bocadillos, dulces, galletas y bebidas sangrientas. Me hacía mucha gracia el concepto occidental de la muerte, como final de todo. Tan diferente al concepto que tenemos los orientales, que para nosotros, vida y muerte, son dos caminos que van unidos de la mano, así como respiras, expiras; O el gusano que nace, muere como tal y se convierte en mariposa. Halloween era una ventana al mundo de los muertos, el día que la fina línea que separaba lo espiritual de lo terreno casi se desdibujaba. Cuando en realidad, yo creo que son lo mismo. La muerte es tan natural, que no hay que temerla.

Tragué el zumo de grosellas con el que acompañaba mi plato de dulces macabros y observaba con diversión a mis compañeros disfrazados de brujas, momias, gatos y vampiros. Me había disfrazado como la novia de Frankenstein, con un vestido negro que había comprado en una tienda de disfraces, la semana pasada. A mi lado, Suzume vestida de mi marido engendro, devoraba galletas de calabaza como si no las hubiera probado nunca. Ambas habíamos vuelto del jardín donde se había celebrado una Yincana con juegos tenebrosos y ahora descansábamos en el comedor.

– Por los pelos nos ganamos un escobazo por parte de la señora Collins.

– Bueno, a quién se le ocurre comprarse lentillas que se iluminan en la oscuridad.– hice una pausa y simulé pensar– Ah sí, a ti.– reí.

– Son geniales y eso no me lo puedes negar. La señora Collins se asusta fácilmente, sino recuerda el día que me corté el pelo y lo teñí después.

– Te llevaste una buena regañina por eso.

Ambas reímos como dos niñas pequeñas hasta que nos dolió el estómago.

– Mira, allí están los chicos.

Xiaolang y Daisetsu aparecieron juntos. Mi primo no llevaba disfraz, aunque estaba completamente vestido de negro. En cambio Daisetsu llevaba un disfraz de enfermero manchado de sangre. Suzume al verle bromeó mencionando que se había pasado con la salsa de tomate. Yo ya no les prestaba atención, porque cada vez que Xiaolang estaba cerca, me ponía muy nerviosa. Apenas habíamos hablado desde el incidente con aquella chica, ¿Os acordáis? La que era como el sol. Me ponía de los nervios recordarla.

– ¿Cómo van tus clases de canto?

Aquella pregunta me desarmó por completo. Él, o sea, Xiaolang me había hecho una pregunta, directamente a mí. Le miré fijamente y mis pensamientos iban a mil por hora buscando una contestación, tenía que responderle ya o no sé qué pensaría de mí. Seguramente que soy un poco tonta, o mal educada.

– Bien, preparando el concierto de navidad, hay muchos villancicos.– intenté sonar lo más casual que pude.

Mi primo asintió dándome la razón y se quedó en silencio contemplando el comedor. Algunos chicos se habían subido a una mesa y hacían gamberradas a un grupo de chicas disfrazadas de animadoras zombis. Daisetsu y Suzume se habían adelantado y llenaban de nuevo sus platos con dulces a la vez que conversaban animadamente. Mi corazón latía con tanta fuerza, que daba gracias a que la música estuviera alta, ya que estaba segura que mis latidos se escucharían de aquí a Hong Kong. Aquel silencio entre nosotros me incomodaba, pero él parecía disfrutarlo. Éramos tan diferentes que no entendía lo qué me gustaba de él.

Nunca sabía que estaba pensando.

Ya había aceptado que me gustaba, aunque en realidad tenía que darle las gracias a la jirafa japonesa por darme todo su apoyo. Tenía que admitir que yo no tenía una personalidad fácil y me costó lo mío aceptar mis sentimientos por él y que era una persona extremadamente celosa. Desde aquel día no soportaba a ninguna chica que se acercase a mi Xiaolang, a menos de un metro de distancia. Era consciente de que últimamente el amor estaba en el aire y podían arrebatármelo. No podía permitir que él se fijase en nadie.

Recuerdo la noche del día de aquel incidente con la chica que se parece al sol. Cuando nos encerramos Kirin–chan y yo en nuestro cuarto, lloré como una descosida y balbuceaba cosas sin sentido. ¿Por qué no puedo ser cómo el sol? Había repetido una y otra vez. Suzume que me escuchó con infinita paciencia me respondió con unas hermosas palabras que me hicieron levantar el ánimo y por primera vez quise luchar o morir en el intento.

"Meiling, tú eres como luna. Porque en un cielo oscuro brillas sola, queriendo ser la única a quien se deba contemplar. Eres tan increíble como ella, que cuando ya te has acostumbrado a su presencia, cambia. Siempre sorprendiéndote, caprichosa y orgullosa como ella sola."

¿Entendéis por qué me animó?

Cada vez que me asomo a la ventana por las noches y veo a la luna, intento recordar esas palabras y me las repito a mí misma. Tenía que ser orgullosa y valiente, ya basta de esconderme y sufrir por fantasmas sin sentido.

– Xiaolang ¿Te gusta la luna?

Aquella pregunta le sacó de sus pensamientos y me miró fijamente. Si decía que sí, haría una locura. Lo juro.

– Claro.

– E–entonces sígueme.

Dejé el vaso sobre la mesa más cercana y salí del comedor con pasos decididos. Mi determinación no iba a flaquear en estos momentos, y menos en aquella noche oscura y tenebrosa. Dudé una milésima de segundo y tuve que girar mi cabeza, me llevé una alegría cuando Xiaolang estaba allí. Con las manos en los bolsillos y observándolo todo distraído, pero allí estaba, era lo que importaba. Me paré en seco en mitad del jardín, junto a unos bancos, y tomando el valor de aquella luna en cuarto menguante. Me di la vuelta y me acerqué a él. Xiaolang no se movió ni un centímetro.

– Xiaolang.

Nos miramos a los ojos sin pensar en el tiempo. Mis manos temblorosas se engancharon, una en el cuello de su camiseta y otra en su nuca. Y antes de que pudiéramos reaccionar, mi boca se pegó a la suya y mi corazón gritó. Fue un leve toque de labios que se alargó durante segundos interminables. Sentía que volaba por culpa del temblor de mis rodillas. Al separarnos la vergüenza hizo eco entre nosotros y le volví a mirar a los ojos.

Me observaba como si fuera la primera vez que me miraba en su vida.

~ 0 ~

Durante la semana después de Halloween, después del beso que le di a Xiaolang, me pasé yendo y viniendo casi a hurtadillas en el internado, cualquier cosa para evitar a mi primo que ya había preguntado por mí dos veces, según la jirafa japonesa. Incluso Daisetsu, que se cruzó conmigo en otras dos ocasiones y me dijo lo mismo. En una situación diferente a la que me encontraba, aquel número de veces me habría puesto feliz, ya que como dice el proverbio chino: "Las cosas buenas vienen a pares". Pero no era el caso. Me moría de vergüenza encontrarme con Xiaolang, después de lo que pasó aquel día. Sí, le besé. Y sí, salí corriendo después, dejándole con la palabra en la boca.

Era tan vergonzoso… No me podía creer que después de envalentonarme, aceptar mis sentimientos y demostrarlos, entrara en pánico después como una inútil que no sabía aceptar una respuesta. Porque ojo, aquel era el verdadero problema. Debía aceptar los sentimientos de él y por nada del mundo aceptaría una negativa tan fácil... Para que nos vamos a engañar. Estaba aterrorizada por una vez en la vida. Pero un miedo de verdad, de esos de los que no te dejan dormir por las noches, no un miedo similar al que sentí cuando me topé con Pinchos en Candem Town Market, que al fin y al cabo, aquello pasó sin más.

No. Tenía tanto miedo, que las bromas de Suzume aumentaban como los días que pasaban sin que diera la cara.

– No me puedo creer que seas tan cobardica, vas como pollo sin cabeza, con la piel de gallina, y las piernas te tiemblan como un pollo.

– Has dicho pollo dos veces. Y no soy un pollo.

– Meiling, los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte. Los valientes prueban la muerte una sola vez.

– ¿De qué manga sacaste eso?

– Shakespeare–sama.

– Tengo que hablar con él ¿Verdad?

– Sería lo suyo.

– Vale, tú ganas.

Me acuné sobre la silla y pensé en cómo hacerlo. Iba y le decía: Hola primo, ¿Te acuerdas del beso del otro día? Fue el primero para mí. ¿Ah sí, para ti también? Perfecto. ¿Novios? Iba a ser un completo desastre. Pero Kirin–chan tenía razón. No podía evitarle durante toda la eternidad y una semana ya había sido muchísimo tiempo. Así que, Meiling, respira hondo. Vas a ir a confesarte. Mañana o pasado mañana, pero no dejaría pasar más tiempo antes de decirle la verdad: Que me gustaba, y mucho.

– Mañana.

– Ahora.– miré a Suzume con horror.– Vamos, sé valiente, ¿Dónde está la chica que no quiso cortarse el pelo, a pesar de que la obligaban?

Tenía razón. Debía hacerlo, y qué mejor que ahora. Llené mis pulmones de aire y me puse los zapatos decidida. Iba a ir ahora mismo, no era muy tarde, seguramente estaría en el comedor o en la biblioteca. Comprobé mi aspecto frente al espejo y estaba todo en su sitio, así que no perdí más tiempo y salí de allí con los ánimos de Suzume en mis oídos. Aquello iba a ser difícil, pero si la jirafa japonesa decía que yo tenía el coraje de ir a confesarme, era porque ella veía algo que yo no. Aquello me dio esperanzas y determinación para hacerlo.

Le encontré completamente ausente frente a un ventanal en el codo de la escalera, camino al comedor. Observaba a través de la ventana sin ver nada en realidad y me dio un vuelco el corazón. No estaba preparada. No. Sí que lo estaba. Tenía que estarlo porque si no, no merecería llevar mi apellido.

El corazón me iba a miles de pulsaciones por minuto, sentía las mejillas arder y las manos sudar. Estaba tan guapo mirando por la ventana que sentía como todas las células de mi cuerpo se derretían, pero apreté los brazos, cruzados en mi pecho, y me mantuve firme. Carraspeé buscando la voz en mi garganta para llamarlo y me inquieté un poco cuando él se giró hacia mí. Nos miramos a los ojos, tal y como aquella noche, una semana atrás. En mis ojos había emoción, en los suyos, en los suyos no había nada. Algo había pasado, lo intuía. ¿Pero qué?

– ¿Xiaolang?

– Padre ha muerto.

~ 0 ~

Los acontecimientos sucedieron tan rápido que apenas tuvimos tiempo de reaccionar. Mi tío, el padre de mis primos más cercanos, con los que había crecido, ha muerto. No podía creérmelo, simplemente no podía. El hermano de mi madre era el cabeza del Clan Li cuando falleció mi abuelo. Era una persona fuerte, una persona seria y recta. Pero siempre tenía unos minutos para preguntar por ti cuando nos cruzábamos en alguna reunión familiar. Era a su vez, una persona inalcanzable, sabia y conocedora de consejos correctos. Trabajó duro y la enfermedad le consumió durante años. Ahora está muerto, descansando por fin.

Es curioso que cuando estás en estado de shock, las horas pasan tan rápido que no te das cuenta de que de Londres a Hong Kong, haciendo una sola escala en Suiza, hay más de veinte horas de vuelo. Viajé junto a Fan Ren Li, que estaba en el último curso de Senior y Xiaolang. Ambos, huérfanos, llevaban el duelo internamente, aunque había visto varias lágrimas caer del rostro de mi prima. Mi padre falleció hace unos años, por lo que sé exactamente por lo que estaban pasando.

El funeral de una persona tan importante como lo era mi tío, estaba lleno de pompa y se llevaron a cabo todas las tradiciones funerarias. Los chinos, somos muy supersticiosos y la muerte está llena de ceremonias que deben llevarse a cabo para que el espíritu de mi tío se quede en este mundo y de mala suerte a la familia. Se colocaron banderolas de papel en la puerta exterior, que indicaban que un familiar de la Mansión Li había fallecido; al igual que se colocaron sellos de protección de papel en los muros, para presentar el alma de mi tío fallecido al dios de los infiernos.

La colocación del cuerpo se hizo en un día favorable, en el calendario hoang–li, dentro de la pagoda del templo T'ao–ti lao–yé. Se le colocó un cuchillo ceremonial para que los espíritus no se llevasen su cuerpo. Antes de cerrar el féretro, llenaron de arroz la boca del cuerpo de mi tío, para su viaje al más allá; en su mano derecha un lingote de oro para pagar al dios que le dará la infusión del olvido, y en la izquierda unas varillas de incienso, símbolo budista. Uno a uno, fuimos echando un saquito de tierra y cal en el interior del ataúd, uno por cada año vivido.

Se me escurrió una lágrima al ver su cuerpo, y me repetí una y otra vez que debía ser fuerte. Que su espíritu iba a ir a un lugar mucho mejor donde podría descansar hasta su próxima reencarnación. Xiaolang dio un paso al frente y colocó sobre el rostro de su padre unas hojas con sentencias supersticiosas, soy consciente de que sus manos temblaban, pero sus ojos estaban secos, vacíos, muertos. El ritual terminó cuando incrustaron un clavo de oro en la cubierta de madera como talismán, ya estaba preparado para su viaje.

Encendieron varillas de incienso que aliviaron un poco el dolor, y fue entonces cuando colocaron los objetos que rodeaban el ataúd sobre una mesa llamada "La tabla del alma", allí estaba el alma de mi tío dentro de un bolso de papel y allí estaría durante cuarenta y nueve días. Fan Ren colocó a la izquierda un cuenco con arroz y los palillos hincados en el huevo duro que había en el centro; a Fei Mei le tocó la cruda tarea de colocar un ave desplumada, salvo la cola, a la derecha; Varios familiares colocaron candelabros con dos velas; Shie Fa depositó una lámpara china de aceite; Fuu Tie, colocó las figurillas de los sirvientes del alma de mi tío en el mundo inferior.

Mi tía, Ieran Li, es una persona muy hermosa. Era alta, de tez pálida y cabello negro que siempre recogía con cuidado. Tenía una mirada profunda y un aura serena, a la vez que orgullosa; parecía fría, pero yo sabía que no lo era. Amaba a su familia, a sus hijos, a su marido, incluso tenía cariño para mí, y lo demostró una y otra vez durante mi vida. Verla tan seria y rígida como una estatua de mármol me conmovió muchísimo. La mano suave y cálida de mi madre abrazó la mía y con un apretón supe que me mandaba fuerzas para que aguantase el dolor.

Xiaolang se colocó junto a ella. Aquel día todos vestíamos de blanco, el color del luto al contrario que en occidente que es el negro. Ambos tenían la misma mirada rota. Mi primo se parecía tanto a su padre, que dolía mirarlo en aquel día. Sus hermanas se colocaron entre ellos, y juntos se postraron frente a la "tabla del alma". El resto de familiares presentes nos postramos frente al ataúd demostrando respeto por el alma y el cuerpo.

Xiaolang se acercó al cuenco con arroz y desincrustó los palillos. Una tradición muy importante era que el hijo, si todavía no era adulto, debía comerse el huevo cocido de la ofrenda del difunto. Era un acto conocido como: "engullir el valor". No era el hijo mayor, pero era el único varón, así que, pese a su edad debía encargarse de realizar los sacrificios y ofrendas a los parientes difuntos para apaciguar sus ánimas.

Los monjes budistas Bonzo, recitaron oraciones durante aquella noche.

El cuerpo de mi tío murió en el tiempo, pero su alma nació en la eternidad. Ya hablé de la muerte para un oriental: es un fenómeno natural y también es absolutamente necesario. Es algo que tiene que suceder, simplemente. Al igual que si las hojas no se vuelven amarillas en otoño y no se caen, las hojas nuevas, las jóvenes y frescas, no vendrán en primavera. Si uno sigue viviendo en el cuerpo viejo, tristemente no se cambiará a una casa mejor, más fresca, con más posibilidades de un nuevo comienzo. Quizás el alma no tomará la misma ruta que tomó en la vida pasada, perdiéndose en el desierto. Puede ser que incluso, se cambie a una nuevo mundo paralelo.

Cada muerte es un final y un principio, eso lo tenía claro.

~ 0 ~

¿Alguna vez te ha dado la sensación de que algo va a ocurrir? Siento cierta calma que por algún extraño motivo, sé que no va a durar mucho tiempo, que en cualquier momento ocurrirá algo que romperá con esa "paz" que me resulta artificial. Sí. De vez en cuando, incluso, puedo escuchar al viento susurrándome, en silencio, al oído qué es lo que sucederá, como intentando confesarse sin que nadie le pueda ver.

Ya solo quedábamos dos integrantes de la familia Li en Hong Kong, mi primo Xiaolang y yo. La vida tal y como la había conocido hace poco más de medio año estaba patas arriba. Y el culpable era Xiaolang. Desde que el tío falleció ha cambiado. Ya no era aquel chico introvertido que se ocultaba entre los muros de la Academia de música por amor a su guitarra. Tenía una mirada arrogante y, a veces era violento, incluso consigo mismo.

Se escapaba del internado durante días y no le importaba que le castigasen después. No tenía ni la más remota idea de dónde iba, pero me daba mucha pena y realmente estaba preocupada por él. Seguía enamorada de él como lo había estado antes, pero, nunca llegué a confesárselo. Cada vez que pienso en confesarme, recuerdo la muerte de mi tío, me vence la melancolía y sigo amando en secreto. Sufriendo.

Tengo dieciséis años desde hace tres días. Y no me siento diferente de la yo de hace una semana, pero yo también he cambiado. Abandoné mi cuerpo de niña y ya estoy hecha toda una mujer, con sus hormonas alteradas y las curvas en su sitio. Es sabido que las chicas asiáticas no tenemos tantas curvas como las chicas occidentales, pero yo estaba contenta con mi cuerpo.

Una cosa si había cambiado. Se me acababa de abrir un mundo nuevo que por ignorancia o pudor siempre evité. Y es que Suzume Chiba me confesó, con dificultad, que a ella le gustaban las mujeres. Al principio no supe cómo tomármelo, pero acabé aceptándolo al cabo del poco tiempo. Ella siempre había estado como una buena amiga para mí, y yo debía estar ahí para ella cuando más lo necesitaba. La acepté como acepto que la noche se convierte en día. Y nos sentimos más unidas que nunca.

Una noche decidimos romper las reglas y acabamos por escaparnos del internado. Era sábado y queríamos experimentar lo que eran romper las reglas de verdad, queríamos ir a un Pub, beber alcohol, bailar hasta que se hiciera de día y entonces volveríamos como dos buenas chicas al internado, donde cerraríamos la boca y obviaríamos lo acontecido, hasta la siguiente salida. Suzume estaba impresionante con sus pesadas botas, unos pantalones cortos de cuero, medias de rejillas negras, corpiño rojo salpicado de tachuelas, imperdibles y cadenas. Además se había puesto la cazadora de cuero negro que se había comprado en Candem Town Market y se había levantado el pelo. Yo, poco a poco, me estaba aficionando por aquel tipo de ropa y cada vez lo usaba con más frecuencia. Opté por un vestido con corsé negro, botas de tacón y medias rojas.

El taxi nos dejó en pleno Soho de Londres, en Chinatown. Al bajarme me entró nostalgia de mi Hong Kong natal, la decoración de las pagodas, los farolillos, los colores rojos y dorados, los letreros en mi idioma, el olor a comida. Me hacía estar extrañamente en casa. Kirin–chan me agarró del brazo y tiró de mí. Hablaba despreocupadamente sobre tonterías en general, cosas sin importancia. Y yo caminaba fijándome en todo, como si fuera la primera vez en mi vida que salía al mundo exterior. Eso no era así, obviamente, pero sí era mi primera noche de juerga.

Entramos en un callejón oscuro y nos topamos de lleno con la entrada de la puerta de una discoteca sin vigilancia, Suzume abrió la puerta y con un gesto pedante me cedió el paso. Yo solté una carcajada y entré sin pensármelo dos veces, si no estaba el guarda, mejor no tentar a la suerte. Aquel lugar era bastante grande y estaba abarrotado. Había una barra inmensa con mucha gente pidiendo sus copas, otros bebiendo y charlando entre ellos; también había sillones con mesitas donde podías sentarte, o bueno, besarte como la pareja de allí. El ambiente estaba cargado, olía a alcohol y sudor. Pero no me importó, la música rock vibraba dentro de mí. Miré a Suzume que ya estaba pegando botes como una loca y yo me uní a ella.

Las horas pasaron entre cocacolas y un cubata entre las dos. Bailamos y sudamos muchísimo, reímos otro tanto y descansamos poco. La jirafa saltarina casi se muere entre gritos cuando pusieron una canción japonesa de las que le gustan a ella.

ROCK is back...
Are you ready to ROCK?
Are you ready to ROCK?
junbi wa iikai?
youi wa iikai?
soko no

El Rock está de vuelta...
¿Estás listo para el ROCK?
¿Estás listo para el ROCK?
¿Están listos?
¿Están bien preparados?

Saltamos, gritamos, y como la canción no era complicada, hasta cantamos. Nos abrazamos juntas y bailamos hasta volvernos locas. El rock se apoderaba de nosotras como una corriente eléctrica dándonos energía infinita. No nos sentíamos cansadas, da igual el mareo, las luces, la música, el alcohol, todo me daba vueltas y me encontraba justo en el centro de aquella vorágine de descontrol.

V Rock!
V Rock!

– ¡Necesito ir al baño!– le grité a Suzume.

Ella seguía sumida en su éxtasis musical, así que me fui a buscar el baño de las chicas. Esperé la cola pacientemente y al salir me topé de lleno con lo último que me esperaba. Allí estaba, entre un chico y una chica que se comían a besos. Él. Li Xiaolang. Al principio dudé de mí misma, pero no, no estaba equivocada. Su aspecto era un poco diferente, pero no sabría decir qué era distinto en él, por lo menos físicamente, porque su presencia no era la de antes. Vestía de negro, pero no como acostumbraba, aquella ropa era extravagante, incluso algo sensual. Tenía los ojos maquillados de negro y se dejaba tocar por la pareja, que tan pronto dejaron de besarse entre ellos, lo besaron a él, en boca y cuello.

Me quedé en shock. Xiaolang dejó de besar a la chica y tiró del pelo del chico para desenterrarlo de su cuello y morderle la boca. Sentí una punzada de celos, odio, rencor, incredulidad, dolor. Aquel vaivén de sentimientos me desestabilizó y quise ponerme a llorar como una niña pequeña. ¿Quién era ese que tenía delante? La chica rubia se tiró al cuello del tercer chico y éste le metió mano dentro de la camiseta. Por lo menos podían irse a otro lado a dar el espectáculo. Sentí vergüenza de lo que estaba viendo.

Xiaolang en una espiral de autodestrucción.

Corrí hacia ellos sin pensármelo y acabé por quitar a la chica de en medio y encarar a mi primo de una vez. Me iba a explicar de qué iba ese rollo lascivo que se traía con esos dos. Me sorprendió a la vez que me decepcionó que la pareja ni se inmutara por mi presencia y siguieran metiéndose boca entre ellos. ¿Tan poco intimido? Xiaolang al ver la escena rio por lo bajo, aquella carcajada era cínica, amarga. Apestaba a alcohol y tabaco.

– ¡Pero qué demonios Xiaolang! ¿Qué crees que estás haciendo?

– Siempre puedes unirte a nosotros, te invito a seguir lo que empezaste la noche de muertos.

Se me cortó la respiración cuando Xiaolang me besó con hambre. No pude reaccionar, ni podía quitármelo de encima. Por un lado, aquello me horrorizaba, por otro, eso era lo que quería desde hace tiempo. Besarle no como le había besado aquella noche, no, quería un beso de verdad. De los que quitan hasta el hipo.

Are you ready to ROCK?
Are you ready to ROCK?
junbi wa iikai?
youi wa iikai?

¿Estás listo para el ROCK?
¿Estás listo para el ROCK?
¿Están listos?
¿Están bien preparados?

Me envalentoné y le besé con hambre, y ese beso me recorrió por completo; fue un beso que tocó pulmones, estómago, vientre, piernas, cada dedo de mis pies, fueron besos que viajan a vela por la sangre, que confunde a mi pobre cerebro, zumba en mis oídos y convierte las lenguas en un diccionario de palabras mudas que vamos deletreando palabra a palabra, con cada aspiración sin saber qué dicen, pero sabiendo que están diciendo cosas, aunque apenas importen. Aquellos besos tenían su propio idioma, se hablan de algo que ni Xiaolang y ni yo podremos conversar.

Abrí los ojos al separarnos y entonces comprendí qué era lo que le hacía verse diferente. Eran sus ojos, que los tenía de color negro. Se había puesto lentillas negras, ojos de mentira que te succionaban hasta el alma. Él leyó mis pensamientos y sonrió socarronamente esperando un reproche por mi parte. A mí se me rompió el corazón.

¿Dónde estaban sus preciosos ojos de color ámbar?

~ 0 ~

La vuelta a casa aquella noche fue confusa, como lo fueron las siguientes semanas. Cada vez que veía a Xiaolang por el internado alucinaba en mil colores. Cada vez era más oscuro, más misterioso, más sarcástico y se metía en muchos problemas, oh sí. Cada vez que podía se enfrentaba contra gente conflictiva y peleaban cada dos por tres. La directora habló conmigo en varias ocasiones, ya que era el miembro más cercano de la familia Li. Ella no lograba entender el cambio en mi primo, había tenido bajo su ala a las cuatro hermanas mayores Li y jamás tuvieron un tachón en sus expedientes. La lista de Xiaolang ya superaban los dos folios.

En la Academia de música apenas coincidíamos, pero cuando iba a recoger a Kirin–chan, me quedaba fascinada por como tocaba la guitarra. Solía hacer dúos con Daisetsu Kurobara, pero la genialidad de uno destacaba demasiado y creo que Kurobara se sentía un poco frustrado. El día de la competición entre los dos, Xiaolang no apareció con su guitarra, pero aun así le declararon ganador. Aquello debió dolerle muchísimo a su amigo, que humillado llegó a las manos con Xiaolang. Esa misma noche, abandonó el dormitorio que compartían. Me da muchísima lástima.

Un día me cansé de la vida de mierda que estaba llevando aquel idiota del que estaba enamorada y decidí pararle los pies. Así que fui con pasos decididos al aula donde él ensayaba a solas y le encaré.

– ¿Se puede saber de qué va todo esto? Vas por ahí con lentillas de colores, metiéndote en follones, demonios, incluso te peleaste con Kurobara y le dejaste el ojo morado.

– No es asunto tuyo, Meiling.

– Claro que lo es. Somos familia. F–A–M–I–L–I–A, por si no te ha quedado claro, no puedo abandonarte.

– No sabes qué tengo en la cabeza.

– ¡Ya no quiero escucharte! Es que simplemente, no quiero. No sé a qué le tienes tanto miedo y ya, la verdad es que tampoco quiero saber las historias que tienes en la cabeza. Pero, no te voy a negar que me atraías porque eras un enigma para mí, eras el libro que no podía leer.

– Qué dices…– le interrumpí.

– Pero ¿sabes? Tú solito te has puesto en un Altar, que tú mismo construiste para que nadie pueda llegar a ti, pero al mismo tiempo todos te puedan ver de forma que eres inalcanzable. Pero no, Xiaolang, me he dado cuenta de que te has puesto ahí para escapar de tus miedos… si es tu forma de defenderte del mundo estás muy equivocado. Eres un puto niño asustado. Mierda. ¿No te interesa nadie?

Las lágrimas corrían calientes por mis mejillas, él tenía la mirada clavada en mí impertérrito, como si fuera una estatua sin sentimientos. No decía nada, y su silencio tampoco me trasmitía lo más mínimo. Chillé y le di una patada a un cable, y salí de allí furibunda. Tenía ganas de romper algo. En realidad tenía ganas de matarle, cogerle de ese precioso cuello y…

– Espera.

– No, no espero. Todo esto es porque el tío ha muerto. Asúmelo como yo tuve que hacerlo con mi propio padre.

Entonces me abrazo, me abrazó tan fuerte que lloré de impotencia con la misma intensidad.

– Te he llamado tantas veces, pero tú no me oyes…

– Vale, cálmate…

Pero era imposible cortar aquel llanto. Había guardado tanto dolor, que una vez abierto el grifo era absurdo volver a cerrarlo. Necesitaba soltar toda la tensión de los últimos meses, todas mis frustraciones, todos mis anhelos inútiles, mi amor, mi dolor, mi ira. Xiaolang me cogió de la mano y realmente no me interesó el lugar a donde me llevaba. Solo quería ser egoísta y llorar como una niña pequeña. Debía purificar mi alma.

Tropecé con el escalón de la entrada y supe que Xiaolang me estaba llevando a su habitación. Los dormitorios tenían una estricta política, y tenían prohibido que chicos entrasen en el dormitorio de las chicas y viceversa. Pero allí estaba yo, subiendo las escaleras, atravesando pasillos largos y desiertos. Hasta llegar a su habitación.

– Hay algo que no sabes, tengo el Guqin de mi padre… es lo único que conservo suyo que compartía conmigo.

– ¿En serio, lo sabes tocar?

Xiaolang sonrió y sacó las llaves, abrió la cerradura y entró en el dormitorio. El estuche de la guitarra se le cayó al suelo de la impresión. Mis pulmones se quedaron vacíos al ver aquel desastre. Alguien había entrado y había desordenado la habitación de mi primo. Había papeles por el suelo, libros rotos, la cama apuñalada. Pintadas en las paredes, los armarios desvalijados. Basura desperdigada, cristales rotos. Todo aquello era una nimiedad comparado con el objeto que había en el centro.

El Guqin de mi tío estaba destrozado. Lo habían partido en pedazos tan pequeños que incluso yo me sorprendí. No sabía qué decir, pero aquello era muy grave. ¿Quién pudo haber hecho algo así?

– Xiaolang.

– Vete.

– P–pero.

– ¡VETE!– me gritó.

Salí corriendo de allí, aún con la imagen incrustada en mis retinas, aquellos ojos húmedos no se me olvidarían en mi vida.

~ 0 ~

Se armó un revuelo bastante importante cuando Li Xiaolang tuvo que dar parte del acto vandálico que había sufrido, se abrieron investigaciones, pero no encontraron al culpable. No le había vuelto a ver desde entonces, y eso me mataba. En las clases de canto escuchaba que apenas salía de su dormitorio y que no iba a clase; que los profesores estaban muy disgustados. Yo entendía su dolor, pero creí que él era más fuerte. Era lo que se esperaba de él, que caminase hacia delante y tomase en un futuro el peso del Clan sobre sus hombros. Me daba miedo lo que me rondaba por la cabeza, pero la idea de que pudiera quitarse la vida para escapar, se me hacía más real a medida que iban pasando los acontecimientos. Se veía demasiado real en mis pesadillas.

Llovió muchísimo durante los últimos días, tanto que un árbol se había caído sobre la fachada principal de la Academia de música, por lo que se habían suspendido las clases extraescolares. Bajo mi paraguas paseo por el jardín. No me gustaba especialmente la lluvia, pero necesito pensar, y parece ser que el frio despierta mis neuronas. Los estudios me iban genial, aunque con la gramática inglesa tenía algún que otro problema de vez en cuando. Mis pensamientos y preocupaciones eran culpa del amor.

Mis pies me llevaron solos y se detuvieron frente a los dormitorios masculinos. Era una casa gemela a los dormitorios femeninos, con sus grandes ventanales en toda la planta baja, donde se distribuían las salas comunes y la pequeña cocina. Xiaolang tenía su habitación en el segundo piso, podía ver claramente su ventana, no había luz. La lluvia se convirtió en aguacero en cuestión de minutos, por culpa del viento me calé hasta los huesos, estaba helándome fuera. Quizás me ganaría un castigo más tarde, pero tenía que entrar o me daría una pulmonía.

Cerré la puerta tras de mí y solté mi pobre paraguas en el paragüero en la entrada. Se formó un charco bajo mis pies, y los dientes me castañeaban con fuerza. Podía ir a la sala del conserje donde estarían los encargados del lugar y contar mi historia. Allí, tal vez me prepararían una taza de té con limón humeante. Podía incluso secar mi ropa y refugiarme junto a la estufa rodeada de una confortable manta de lana. Podía hacer tantas cosas y hacerlas bien, que desearía que mi buena conciencia me gritase al oído que dejase de subir aquellos dos tramos de escaleras, con sus codos. Pero como no escuché si un mísero susurro, seguí ascendiendo sin pensar y cruzar los pasillos hasta encontrar mi destino: La habitación de Xiaolang.

Temblando de miedo llamé dos veces a la puerta, pero no escuché nada, así que entré en aquel cuarto oscuro. El silencio se rompió con la mirada invisible, pero nadie dijo nada… parecía una criatura atormentada, en sus ojos había resueltos grandes misterios de la vida, de la muerte, y una soledad que gritaba oscuridades. Allí estaba Xiaolang Li, sentado en el borde de la cama, con los auriculares puestos y la mirada perdida, fija en mí. No llevaba camiseta ni calcetines. A través de los auriculares se escuchaba levemente la música que estaba escuchando, pero a mí se me hacía ensordecedora en medio de aquel silencio.

– ¿Xiaolang?

– He tratado de callarlos sin conseguirlo, pero parecen turnarse en derribar mi tranquilidad. El silencio es un país extraño desde que estas sombras gritan tanto, desde que la oscuridad se apartó de la calma, desde que finalmente esas sombras parecen deslumbrarme con su constante ir y venir. Han raptado el aire, Meiling, han secuestrado la noche, el día, mi calma, mi descanso, y más allá mi sueño. Estas sombras y silencios son dueñas de mis noches, mis madrugadas. Y los días mueren una y otra vez.

Me callo y respiro lento, muy lento. Le estoy mirando, y estoy nerviosa.

–Ven, puedes acercarte, no tengas miedo.

Le hago caso y me planto frente a él. Xiaolang tomó una de mis manos, su piel estaba tan fría como la mía, y acarició mis nudillos lentamente. Observo su pelo despeinado, demasiado largo, se me antoja suave y en un acto reflejo decido hundir mis dedos entre sus mechones y me llevo la grata sorpresa de que tenía razón, su pelo era tan suave como el pelaje de una bestia. Y eso era lo que en realidad se había convertido mi primo, una bestia solitaria, herida de muerte.

– Tú siempre estás ahí, en un lugar donde te puedo ver.

Su voz temblaba enronquecida, como si la usara por primera vez desde hacía siglos, y es que entre cuatro paredes, los días parecían meses, y las semanas años, por no decir de los años… seguí acariciando su pelo y él mi mano. El corazón latía lenta y pesadamente en mi pecho, casi arrítmico. Aquella intimidad tan cercana nos unía de forma desgarradora.

– No estás solo.

Me arrodillé entre sus piernas y tomé su cara entre mis manos, se veía tan frágil como un niño desamparado. Quería consolarle, ser su apoyo y su fuerza. Quería sacarle del pozo en el que se había metido y claramente pedía auxilio a gritos, lo que pasaba era que se había quedado sin el sonido de su voz. Sus ojos evitaban los míos, a pesar de ser los suyos parecían otros porque habían perdido la belleza de su brillo. Ahora estaban hundidos, oscuros, melancólicos.

Shinjiru koto utagau koto coin no omote ura no yoni
Dochirani shitatte kimiwa aisarete itadakeda

No cabe duda de que tú crees en las dos caras de la misma moneda
De todos modos, incluso te dije que solo quiero tu amor

Junté su frente con la mía y lloré en silencio. No me importaba que estuviera calada hasta los huesos y que precisamente eso me hacía casi convulsionar. No me importaba nada, solo él. Me embriagaba del aroma de su aliento, tan cerca del mío, caliente, tan suyo. Le besé. Aquel fue una mera caricia de nuestros labios, tímida, inocente, pura. Estaba lleno del amor que sentía por él, lleno de lástima por su dolor, lleno de fuertes ánimos. Le besé de nuevo, una y otra vez, despertando a aquella gárgola de piedra. Le besé una vez más y me derretí, cuando él me devolvió el beso.

Lo había dicho en serio, no estaba solo. Llevaba toda una vida a su lado, conociendo su espalda y su perfil desde la lejanía; mirándole sin comprenderlo, pero siempre estuve allí, incluso, cuando sólo éramos un par de extraños conocidos. Crecimos juntos desde niños, y ahora somos dos proyectos de adultos en un tiempo robado. Nos quedamos otra vez en silencio largo tiempo y por fin nos miramos fijamente hacia nuestros labios. El beso nos esperaba, quería ser real y no solo imaginario.

Onegai no doubt bokuwa no doubt zutto
Konomama no doubt bukuwa sobani iruyo

Por favor, Sin Dudas, Yo, Sin Dudas, Siempre
Sigue siendo, Sin Dudas, Estoy cerca de ti.

Zutto zutto kimio konnanimo aishite irukara
Kimini shinjiru tsuyosao agetai
Darekao utagai tsuzukeru hibini nanio miru?
Hontowa aisarete itai dakedesho...

Porque te quiero para siempre
Quiero creer en tu fuerza
¿Qué es lo que ves cada día para sospechar?
En realidad es probable que solo quiera ser amado

Sus besos me sabían más a dolor que a cariño. Me sabían amargos y, otros sin embargo, eran nuevamente dulces. Acaricié sus hombros, templados, parecía que el calor volvía a él y mi corazón se alegró con sinceridad. Me senté junto a él y me quité la chaqueta, tirándola al suelo. Nos miramos de nuevo, en silencio, con la respiración entrecortada. Si dábamos aquel paso no habría marcha atrás. Le deseaba desde hacía tanto tiempo, que, hasta perdí la noción del cuánto. Me quité la camiseta quedándome en sujetador.

Why do you touch me?
Why do you feel me?

¿Por qué no me tocas?
¿Por qué no me sientes?

– Tócame.

Suspiré de puro placer cuando lo hizo. Besó mis hombros y mis clavículas, y de nuevo subió a mis labios. Yo apretaba su cuello y le tiraba del pelo, me abalancé sobre él y me puse a horcajadas entre sus piernas. ¿Alguna vez has sentido que un minuto ha sido infinito y otro ha pasado como la luz delante de tus ojos? Fuimos un revoltijo de pieles que tocaban y eran tocadas por primera vez. Mordí su oreja y sus labios con urgencia, Xiaolang suspiraba cuando notaba mis dientes hacer contacto con su piel. Me hacía sentir poderosa, mirándote desde arriba le encuentro sentido a la vida desde el ángulo de sus suspiros. Sentirle en mi piel hacía me querer retar a la eternidad.

Kito kiss mo kizu mo darekao yurusu itamimo
Zenbu aiyo no spice dayo
Sekaijyu sagashitatte aino teigi nante nai
Subete wo aino mama uketomete yo

Seguramente besar también hiere a alguien,
el dolor también es una especia de amor para perdonar todo.
Yo busqué en todo el mundo,
y para aceptar toda la verdad, no tengo ninguna definición de amor.

La ropa quedó desperdigada en el amasijo de las sábanas. Nuestra piel blanca brillaba en penumbras. Xiaolang se perdió entre mis pechos y me derretí. Aquella iba a ser nuestra primera experiencia sexual, le iba a entregar mi virginidad a él, a la persona que más quería. Y entonces sentí una urgencia feroz, necesitaba hacerlo ya, estaba demasiado caliente. Me lo quité de encima y me tumbé sobre él. Su cuerpo era más grande que el mío y me sentía como una afrodita entre sus piernas. La vergüenza había quedado muy atrás, y le acaricié. Él me miró fijamente y su rictus cambió por completo, sus ojos se ensombrecieron, de placer creía yo. Pero algo andaba mal.

Aumenté el ritmo de mis caricias, y no ocurría nada. El corazón me dio un vuelco, si tan solo lo hiciera de otra forma… me ensalivé los labios justo cuando me agachaba, pero Xiaolang me paró en seco y sus ojos lo decían todo.

No conseguiría la erección.

Lo intenté de nuevo con las manos, pero fue inútil. Si antes me sentía como una diosa, ahora me sentía ridícula. ¿Acaso no era lo suficientemente guapa para él? Podría ser por mi cuerpo, prefería a cualquier niñita rubia con grandes pechos que yo. Todos los chicos tienen erecciones, lo sé, lo escuché en la clase de canto de mis compañeras. A una tan solo le había bastado un beso para lograrlo. Estaba tan decepcionada e irritada, triste, acomplejada, yo…

– Meiling, no es culpa tuya.

Sus palabras no me tranquilizaron, es más, obtuvieron justo la reacción contraria: Comencé a llorar.

– ¿Por qué? Solo dime por qué.

– Ya nada arde, ni escucho si me llaman, no puedo recordar sonrisas. Ya no tengo recuerdos reales, son fantasmas de mi memoria y sin embargo reminiscencias falsas son tan convincentes, que suplantan la realidad, y creo que soy feliz de nuevo. Pero ya no sé qué es eso; Olvidé que estoy muerto, lo estoy, la música no viene a mí.

Las tibias lágrimas que me bañaban entonces, se convirtieron en escarcha en mi corazón.

~ 0 ~

Xiaolang se fue a Japón un mes después. Por lo que Suzume me cuenta, Eriol Hiragizawa le convenció para que abandonase Londres y le siguiera a aquel país. Al principio me deprimí muchísimo, porque al fin y al cabo, me había quedado sola, muy lejos de mi familia. Por no mencionar que tenía el corazón destrozado y humillado. No conté a nadie lo que pasó aquella tarde entre Xiaolang y yo. Mentí a Suzume, les mentí a todos diciendo que me habían rechazado en mi confesión de amor. Y al parecer me creyeron.

Los meses fueron monótonos en Londres. Me despertaba, desayunaba, iba a clases, comía, estudiaba y volvía al dormitorio. Dejé las clases de canto, ya no me llenaban, y no quería cruzarme con Xiaolang bajo ningún concepto, aunque claro, ahora que no estaba podría volver, pero no quise. De vez en cuando comencé a posar para una revista juvenil, nada serio.

Las estaciones pasaban, la primavera, el verano, el otoño y sin querer, el invierno volvía a llamar al frío y me congelaba aún más. Suzume intentaba animarme, y lo lograba, de verdad que sí. Pero la realidad es que aunque me sentía triste, no había olvidado a Xiaolang y me sentía sola en el mundo.

El día de mi cumpleaños Suzume Chiba me hizo un regalo: Un par de billetes para Japón. Uno se lo quedó ella, y el otro me devolvió la esperanza. Me dije a mi misma: Voy a seguir caminando, pase lo que pase. Me enfrentaré a lo que sea y ganaré, claro que ganaré. Como si se tratase de un videojuego, iré pasando pantallita tras pantallita, yo sola. Esto solo lo puedo hacer así, poco a poco, centrándome en mis objetivos del día a día. No es necesario pensar en el futuro, lo más importante es el presente, se acabó el preocuparse de lo que pueda suceder después, por qué sino puedo caminar ahora no llegaré a ese "después". No debo olvidar que hoy es hoy y no mañana.

Viajaríamos a Japón.

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Los cerezos florecieron ese domingo de principio de Abril, el día era soleado y estoy en Tokyo con Suzume. Tengo que reconocer que me acababa de enamorar del país de la jirafa japonesa. Me había llevado a tiendas de manga, y casi lloro con todo lo que veía. ¡Me lo hubiera comprado todo! Era una cultura tan parecida a la mía, pero a la vez tan dispar, que lograba emocionarme todo. Hasta las señales de tráfico. Fuimos a Shinjuku y Shibuya ayer, y por fin me compré un vestido lolita. Era negro, precioso, con mucho vuelo gracias al petticoat y me sentía como una princesa. Estaba deseando ir a Harajuku, nuestro destino en el día.

Leí muchísimo sobre Harajuku y quería pasar el día con gente tan original. Me encantaba la moda tan alocada, y tan nueva para mí. Suzume sonreía a mi lado y jugaba con la cesta que tenía nuestra comida, pues celebraríamos el Ha–Hanami, eso, en un parque precioso que estaba justo al lado del puente de Harajuku. La familia Chiba había sido muy amable por acogerme durante estos días de vacaciones de Pascua en Londres, hasta me habían regalado un Kimono.

Me sentía muy nerviosa y emocionada porque veríamos de nuevo a Eriol Hiragizawa después de varios años. Me pregunto cómo estará, y si habrá cambiado mucho… por supuesto, me reencontraré con Xiaolang, a quien estaba deseando ver, de todo corazón.

La mañana dio paso a la tarde, y fue increíble. Casi creí morir cuando vimos a la preciosa modelo Minori, vestida como una Shironuri, con ese maquillaje tan extravagante similar al de las Geishas, esas ropas que se funden con la naturaleza. Parecía una dríade del bosque. Era todo demasiado hermoso, me sentía muy emocionada, animada y sobretodo con las pilas recargadas. Casi olvido la tristeza del último año.

El parque Yoyogi era espectacular. Había cerezos entre lagos, y la lluvia de pétalos me resultaba preciosa. Ya os dije hace eones, mis flores favoritas son las flores de loto, pero las flores de cerezo iban directas al segundo lugar del pódium, sin pensármelo dos veces.

– Hiragizawa–kun acaba de llamar, ya sé dónde están ¿Estás nerviosa?

– Claro que lo estoy, voy a ver a mi querido Xiaolang.

– Pues anima esa cara o va a pensar que mientes– rio ella.

– ¿Estoy guapa? Necesito que me lo digas.

– Vamos Sailor Moon, a la gente le gustas tú, tal y como eres, te empeñas en poner siempre tu lado bonito para la foto, y no dejas ver tu verdadero yo. El que es capaz de gruñir como un oso. Vales más de lo que crees que vales, y digo "dices" por qué tú lo sabes, Meiling, pese a callarlo… te conozco y sé que no quieres pecar de vanidosa.

– Tal vez hoy solo un poquito.

Había muchísima gente en el parque celebrando que los cerezos estaban floreciendo. Nosotras seguíamos caminando por el sendero que bordeaba el lago, cuando llegamos a una zona un tanto ruidosa. Lo era porque parece ser que en esa zona se habían juntado muchos guitarristas y ahí estaban, bebiendo cerveza y disfrutando de los instrumentos. Me recordó muchísimo a los tiempos gloriosos en la Academia de música, cuando todos se divertían tocando sus instrumentos, cuando no había problemas, ni dolor.

– Vaya… esa chica es un ángel, me he enamorado.

La oí decir. Di un paso hacia delante para ver mejor al ángel que había "robado el corazón" de la V–jirafa japonesa, y se me heló la sangre al ver la escena. Él, Xiaolang, acariciando el pelo de una chica que parecía dormir bajo aquel cerezo. La miraba como sabía que jamás me miraría a mí, había determinación en sus ojos, incluso fuego diría yo. Me llené de rabia y de celos, quise ir y gritarles. Destrozar a aquella chica por simplemente existir, quería su sangre y sobretodo quería sus lágrimas, todas las que había derramado yo por el amor de Xiaolang.

Tuve que serenarme a mí misma porque estaba a punto de echar humo por los oídos. Suzume me miró un poco asustada, pero me dio igual. Xiaolang acababa de besarle el pelo. A esa inconsciente que es capaz de quedarse dormida en cualquier lugar, esperando que alguien le ataque. Era una vil argucia, estaba completamente segura. Xiaolang se levantó y la observó. Parecía que no existía nada más que ella bajo aquel cerezo.

– ¿Te encuentras bien?

– Suzume Chiba, sácame de aquí.

– Claro, vamos.

Me cogió de la mano, y al toque de su piel, mis lágrimas asomaron por mis ojos. Lágrimas de todo tipo: de rabia, de celos, de ira, de dolor. Una chica pasó corriendo a nuestro lado, era muy guapa, con la piel muy blanca y el pelo negro, largo y brillante. Había algo en ella que me hizo reaccionar, me sonaba de algo. De hecho la otra…

– ¡Sakura, por fin te encuentro!

Esa mentirosa abrió los ojos, eran tan verdes como un puñado de esmeraldas, me dio asco. Muchísimo, tal vez eran tal para cual Xiaolang y ella, mostrándose ante el mundo con ojos de mentira. Cada segundo que pasaba frente a ellos, era un segundo que me contenía en calmarme y no ir a cortar cabezas. Xiaolang era mío. MÍO. Y eso no iba a cambiar, ahora que estaba de vuelta.

Pagará las consecuencias por interponerse en mi camino.

~ 0 ~

¿Me lo dirías si me dejaras de querer?

Si tu corazón se desangrara por otros ojos.

Si tus labios se agrietaran ansiando un roce distinto.

Si tus lágrimas gritaran el nombre de ella.

¿Me lo dirías?

¿Me dirías que no me quieres tanto como yo a ti?

Ahora mi alma se estruja y tiembla al pensar en ti.

Si ya no me quisieras más,

Si ya te olvidaste de mi voz...

¿Me lo dirías?

¿O te irías con ella, la chica que se parece alsol?


Konnichiwa! Aquí te dejo el capitulo decimonoveno de mi historia, espero que te haya gustado.

Notas de Autora: Después de un largo periodo de tiempo, aquí estoy con un capítulo nuevo. Espero que no vuelva a perder a Musa y suba el siguiente capítulo dentro de poco.

Quería agradeceros por todos los reviews que me han llegado a lo largo de estos dos años, me han hecho muchísima ilusión.

Espero que visitéis mi blog, el cual he modificado muchísimo hasta dejaro así de bonito (Habla una que no tiene ni idea de html y CSS xD)

También me podéis encontrar en Deviantart, Tumblr, y en mi nueva página oficial de Facebook, donde iré subiendo de vez en cuando cosillas mías.

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