Epílogo

Se quitó las enormes gafas de sol nada más entrar en la atestada capilla, aunque de haber sido por ella habría preferido dejarlas donde estaban, ocultando la ausencia de maquillaje y los ojos rojos. Le sorprendió ver a toda esa gente, que ya no sabían dónde colocarse por falta de asientos. Y eso que teóricamente era un servicio familiar. Nunca…nunca había imaginado que Robert tuviera tantas amistades. Aunque reconoció de una vez a la mayoría de asistentes que se iban acumulando junto al pórtico: caras jóvenes, ojerosas, con las que alguna vez se había cruzado por el campus. Muchos la miraban conmocionados, sin verla realmente. Otros lloraban. Algunos suspiraban con cara de no saber qué estaban haciendo allí si la Dra. Sinyard les iba a acabar dando a todos un aprobado general.

No quería acercarse demasiado e invadir la privacidad de…la familia, así que permaneció donde estaba. Algo desorientada, buscó con la mirada algún hueco libre entre las columnas, donde poder contemplar la ceremonia sin interferir con el duelo de nadie, y poder lidiar en paz con el suyo propio.

Junto a una pila de agua bendita, encontró a dos caballeros de modales distinguidos y forrados en tweed (probablemente compañeros profesores de la Universidad), dispuesta a preguntarles si podía compartir el espacio con ellos. Ni siquiera escucharon sus disculpas cuando huyeron disgustados nada más verla aparecer. Bien. Tendría el palco para ella solita…

Al fondo de la sala, justo enfrente del altar, se exhibía el féretro. Cerrado, gracias a Dios, y agobiado por docenas de ramos de flores y dos coronas monstruosas. Entre tanta flora, logró distinguir una fotografía a tamaño póster de un jovencísimo Robert Bridge presidiendo lo que parecía un reportaje fotográfico completísimo que recorría toda su vida.

Se estremeció, e instintivamente ciñó aún más el cinturón de su gabardina. Ni siquiera vio aparecer a una descompuesta Barbara Sinyard por el pasillo central hasta que la tuvo delante.

Ambas sabían qué era lo habitual decir en aquellas circunstancias. Pero lo cortés no quita lo valiente, y permanecieron en silencio. El corrillo de estudiantes más enterados incluso parecieron conectar la antena parabólica dispuestos a capturar aquel tenso momento.

La jefa del Departamento de Psicología de la Universidad de Bristol parecía haber envejecido años y años en cuestión de días. Tenía los párpados hinchados y más arrugas de las que ella creía recordar.

Vio su cara reflejada en la de ella, y la compadeció.

– Mi más sentido pésame, Dra. – pronunció al fin, con voz rajada, mientras le extendía la mano desnuda en señal de paz.

– Por favor…Bárbara. – la corrigió. Estrechó su mano con desidia. – Creo que podemos saltarnos el protocolo, ¿no le parece?

Ella accedió. Por qué no.

– Verá… Jude – la esposa de Rob…– se le atragantó el nombre, en un sollozo.

– Sé quién es. – su inciso le dio a la otra mujer el segundo que necesitó para recuperar la compostura.

– Bueno…la ha visto entrar hace un momento, y…– su mueca, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, le indicó que estaba haciendo un esfuerzo enorme por llevar la conversación civilizadamente. Imaginó que por el respeto y afecto que tenía a Robert. – me ha pedido que viniera a ofrecerle sentarse con nosotras en las primeras filas. O si lo prefiere siempre puede quedarse aquí de pie, por supuesto. – le propuso la alternativa con demasiada rapidez para su gusto. Pero era un comienzo.

– Muchas gracias. – le dedicó una sonrisa formal, sin demasiado entusiasmo. – Es muy amable de ustedes dos el invitarme a tomar parte…del servicio.

– Rob…lo quería así. – dijo, como única justificación, antes de pasearla a través del pasillo, bajo la escéptica mirada de medio Bristol, que se preguntaba qué diablos hacía allí la charlatana local que había procurado la desgracia profesional a aquel pobre chico.

Al llegar al hueco libre de la segunda fila, la sufrida viuda salió a su encuentro con el pequeño… ¿Morgan? dormitando entre sus brazos. O eso parecía, porque lo único que se veía de él, entre las mantitas que le abrigaban era la fina pelusilla rubia que le cubría la cabecita. Agradecida de que alguien le tomara el relevo, Barbara, quien tenía toda la pinta de necesitar un descanso, se hizo cargo del bebé, que apenas se removió con el cambio de brazos.

Y así se reencontraron, en medio de una incómoda primera línea de atención multitudinaria. Pero para ambas las miradas impertinentes y curiosas carecían de valor en aquellos momentos. No intercambiaron las condolencias de rigor, ni insulsos "te acompaño en el sentimiento". No hubo reproches por el conflicto de intereses telefónico de la noche anterior. El dolor era un testigo inigualable de sentimientos, y el de una rimaba en consonancia y se fusionaba con el de la otra. Jude, con ojos hundidos en profundas ojeras y el semblante demacrado, le dio un sincero pero débil apretón de manos, haciendo su agotamiento manifiesto. Alison devolvió el saludo casi sin pensar en ello, mientras le pedía a Dios, a su madre y a Robert el tener la fuerza suficiente para aguantar hasta el final sin ponerse ni poner a nadie en evidencia.

El resto del servicio dio comienzo sin incidentes. Varios estudiantes, portavoces de los alumnos que habían pasado por el aula de Robert, incluyendo aquellos que ya se habían graduado, subieron al estrado para leer el panegírico que habían escrito entre todos. Emotivo, las palabras de elogio y los buenos recuerdos de debates metafísicos en el parque o el paraninfo, sus excursiones a la caza de farsantes, arrancaron más de una lágrima en la audiencia, pero sin lograr penetrar la barrera del trance robótico en que Alison se hallaba sumida. Sabía que aquello era una faceta más, indisoluble, de la persona de Robert. Una que había visto en acción, contra la que había luchado, a la que había llegado a admirar por la abnegación con la que asumía el compromiso de formar a sus alumnos en algo más importante que los objetivos de un proyecto docente. Y, sin embargo, se preguntaba si todos aquellos chavales que le idolatraban, que erigían un monumento a su joven mentor, idealizándolo sobre un pedestal, conocían al verdadero Robert. Al que camuflaba la inseguridad, vulnerabilidad y timidez tras el escudo de petulancia y falsa omnisciencia de su doctorado.

Luego le llegó al turno a Barbara, que, rompiendo su promesa a un Robert moribundo, descargó una lluvia de lágrimas sobre el discurso que había preparado al poco de colocarlo en el atril. La mujer, siempre (hasta ese momento) alta y de postura envarada, llevaba los hombros hundidos y la pretensión de altivez encadenada alrededor del tobillo y arrastrada por los suelos. Hasta Morgan se condolió con ella, y emitió un gemido lastímero. Su madre decidió que era el mejor momento de ir al rescate de su mejor amiga y devolverla sana y salva a su puesto en el banco, para preservar la escasa entereza que le restaba y antes de que se desplomara definitivamente.

De improviso, en un gesto de plena confianza, el niño agitado acabó entre sus brazos desocupados. Brazos que no habían vuelto a sostener una criatura desde que acabaran las prácticas pediátricas de sus estudios de enfermería. La tranquilizó el hecho de que al menos no se le hubiera caído al suelo en el primer segundo. Morgan se removió aún más al sentir el contacto extraño. Abrió los ojitos, con la intención de fulminar a su madre por el traqueteo, pero no encontró la apaciguante mirada castaña que esperaba sino unos ojos grandes, ribeteados de negro y tan azules como los pececitos que pendían del móvil que giraba sobre su cuna, frustrantemente fuera de su alcance. Mujer y niño quedaron extasiados en el minucioso examen del otro. Alison le sonrió y la criatura, curiosa, extendió la mano, dispuesta a tironear de la llamativa nariz, como queriendo comprobar si era real. No pudo reprimir la ternura que, como la caricia de un hijo propio, le inspiró el inocente gesto del infante.

Absorta en peinar y repeinar el fino y sedoso pelo rubio (pensó en Joshie y decidió que aquel nene sería un niño tan guapo como su medio-hermano cuando creciera), no reparó en que el estribillo al piano de una conocida balada sonaba por los altavoces de la capilla, reverberando en la bóveda como el réquiem más extraordinario. Chasqueó la lengua.

And any time you feel the pain, hey, Jude, refrain
Don't carry the world upon your shoulders
Well don't you know that its a fool who plays it cool
By making his world a little colder

En el estrado, Jude tamborileaba los dedos junto al micrófono y tarareaba, intentando seguir la letra, sin afinar demasiado. Llevaba dibujada en el rostro el rictus de la agridulce sorpresa, nostálgica, conmovida como quien recibe en Navidad el regalo que, secretamente, ha estado esperando todo el año, pero no quiere dejar marchar la sensación de incertidumbre, de anhelo, que te mantiene despierto en Nochebuena.

So let it out and let it in, hey, Jude, begin
You're waiting for someone to perform with
And don't you know that it's just you, hey, Jude,
You'll do, the movement you need is on your shoulder

Hey, Jude, don't make it bad
Take a sad song and make it better
Remember to let her into your heart
Then you can start to make it better

Robert era un genio. Lo había planeado todo descaradamente. Al coro interminable e inolvidable de Na-na-nas de John, Paul y Jude, y a la fanfarria de platillos, panderetas y trompetas se les fueron uniendo en acompañamiento las voces rasgadas pero entusiastas de los estudiantes, que, desde todos los rincones del templo, se contagiaron como la pólvora. Incluso el más serio de aquellos hombres y mujeres, de rostros largos y gabanes oscuros, tuvieron que rendirse al pulso de energía que fluía entre todos los presentes y comulgar con ellos, entonando algún que otro "Hey, Jude!". Palmadas batieron al ritmo de la música, haciendo vibrar las columnas y los pulidos suelos de mármol. Le pareció escuchar a sus espaldas, entre carcajadas hechas de tristeza, imitando por lo bajini los berridos rollingnianos del Lennon más macarra. Sin volverse, no le costó trabajo imaginar a la eminente Dra. y su alumno más avispado, en plena fiebre ochentera, desmelenados sobre un micro de karaoke, cantando a dúo aquella canción en alguna loca fiesta universitaria, mientras Jude les contemplaba asombrada, intentando no desternillarse del tremendo sacrilegio perpetrado contra la pobre canción.

No, susurró al oído del pequeño que sostenía sobre una rodilla, que gorjeaba distraído con su lengua de trapo intentando unirse a la algarabía. Jude conoce la canción y la letra, y aprenderá a desentrañar su significado. Y nunca estará sola si pierde el ritmo…

Cuando la canción terminó, esto pasó desapercibido la mayor parte de los allí reunidos, que espontáneamente seguían entonando la cantinela de nanananasHeyJudenananana. Poco a poco, las risas fueron apagándose, las sonrisas sin borrarse de los rostros acalorados y sofocados. Jude tenía la mano en un puño, enterrada en el centro del pecho, como si intentara contener a su desbocado corazón antes de que explotara por la intensidad de emociones contradictorias que latían por sus venas. Con la otra mano se sostenía del borde del estrado, esperando calmarse lo suficiente para probar suerte con sus capacidades verbales, las cuales empezarían a ponerse en entredicho en cualquier momento.

– Gra.gracias a todos… – atinó a decir, aunque con voz ronca, rozando la afonía. – Por venir, por estar hoy aquí para…para celebrar su Vida y no el final, como Robert hubiera deseado. Porque creo que él nos lo diría a todos hoy si tuviera la oportunidad… – Alison ladeó la cabeza al captar el guiño sutil que enviaba aquella mujer que tanto había llegado a detestarla. – Todos…todos nosotros fuimos su familia, testigos de que, aunque hubo tragedias a lo largo del camino, Rob conoció la felicidad, la disfrutó al límite de lo imaginable. Quizás no hizo grandes cosas, como había soñado… no llevo a cabo hazañas de un héroe. Ni siquiera recorrió el mundo en velero, gracias a Dios. – alguna que otra carcajada sabedora salpicó el aire. – Pero su vida fue plena, y rica. – lo dijo con una certeza apabullante y una sonrisa tan radiante que le formó hoyuelos en las mejillas. – Aprendía cada día nuevas y emocionantes cosas del mundo: de sus padres, que no se encuentran hoy aquí, de sus amigos, de sus alumnos, de sus colegas, de todas las personas que Dios tenía a bien interponer en su camino… y…con su retorcida y lista mentalidad de científico, no sé cómo lo hacía, pero siempre las integraba en su corazón, y luego…nos las transmitía a todos con ilusión y la vitalidad que le caracterizaba. Con su sonrisa. Con su apoyo. Incluso…incluso cuando nuestro Joshie murió…él…tuvo una fortaleza admirable y…consiguió levantarse, y seguir adelante, para continuar aprendiendo y enseñándonos el mundo, a las personas, a través de su prisma. Espero de corazón que sepamos tomar su última lección y recordarla siempre para...sacarle provecho; que, apoyándonos los unos en los otros, en este momento de tanto dolor y…en los venideros, consigamos ver, como él nos contaba, la luz al final del túnel... – los aplausos amortiguaron el final del discurso; se aclaró la voz para proseguir. – A él le hubiera gustado deciros todo esto en persona… pero no encontraba las palabras para hacerlo…– alzó una mano para aplacar los murmullos de protesta y escepticismo que bullían en el fondo sur. – … Así que nos pidió por escrito – hondeó un papel en el aire. – que por favor todos escucháramos atentamente a la letra de la siguiente canción. No es tan popular como la anterior, así que probablemente no la conozcamos tan bien. 'A ti' – leyó la escueta y vaga dedicatoria sin despegar los ojos del papel. A continuación hizo una señal al encargado del sonido, y las notas melancólicas de un piano la acompañaron en su descenso de la tarima.

Just lay it all down.
Put your face into my neck and l
et it fall out.
I know, I know, I know. I knew before you got home.
This world you're in now,
it doesn't have to be alone,
I'll get there somehow, 'cos
I know I know I know
when, even springtime feels cold.


But I will learn to breathe this ugliness you see,
so we can both be there and we can both share the dark.
And in our honesty, together we will rise,
out of our nightminds, and into the light
at the end of the fight...

Un leve apretón en el antebrazo la devolvió a la realidad. Jude y ella trabaron miradas. Entendiendo al fin la extraña sensación de empatía que las imbuía en aquel momento y que tenía la misma frecuencia que la melodía que tocaban los violines de aquella grabación. El niño fue trasladado a los brazos a los que legítimamente pertenecía. Su madre le acunó, y ella quedó de nuevo con un vacío en las manos, que se fue rellenando de recuerdos rescatados entre los versos de aquella melancólica canción. . Una oda a la amistad, recitada con aquel acento australiano, suave y aterciopelado, que hablaba de los monstruos escurridizos que habitan en nosotros mismos y amenazan con destruirnos, de los miedos y la soledad, de la exclusión, de la comprensión y de los sacrificios que hacemos por los seres que amamos. De cómo son los pequeños gestos los que realmente nos hacen salvarlos y rescatarlos una y otra vez en los momentos de flaqueza.

You were blessed by
a different kind of inner view: it's all magnified.
The highs would make you fly,
but the lows make you want to die.
And I was once there,
hanging from that very ledge where you are standing.
So I know, I know, I know,
it's easier to let go.

But I will learn to breathe this ugliness you see,
so we can both be there and we can both share the dark.
And in our honesty, together we will rise out of our nightminds
and into the light at the end of the fight.

...and in our honesty, together we will rise out of our nightminds
and into the light... at the end of the fight...

Captó el mensaje. Su mensaje. Verdaderamente lo captó. Estaba con ella. Aunque no pudiera verlo. En el aire, en las memorias, en el niño y la mujer que tenía a su lado. En aquellas canciones. En su corazón. En el aura de protección y seguridad, de confianza e inusual serenidad, que la arropaba al despertar esa mañana a solas, hecha un ovillo en el rincón de su cocina que lucía tan estrambótico como un bonito lienzo picassiano, entre esquirlas de cristal y brochazos de vino reseco en suelo y paredes.

Se sintió liviana, flotando en la ingravidez del estar sin las ataduras del desasosiego y el dolor. Liberada por un optimismo que parecía taladrar la losa que había estado comprimiéndola desde dentro, como lo habían hecho sus premoniciones en sueños durante días. Renovada, llena de impulso y energía para hacer cosas, para ordenar y reconstruir una vida con dignidad a partir de las ruinas de la no-vida que había llevado hasta ese momento.

Y no lo habría logrado sino gracias a él.

Terminado el servicio, Jude y Barbara se soportaron mutuamente en el trayecto hasta el pórtico para despedir y agradecer su asistencia a todos los que se les acercaban a darles el pésame. Algunos curiosos daban un rodeo, pasando junto a Alison, con el fin de curiosear entre las fotos del difunto y, los más decentes pero ingenuos, para presentarle sus respetos antes de marcharse.

Pronto no quedó nadie salvo el chico que se había encargado del sonido, y el capellán que controlaba que nadie se llevara ningún souvenir de valor histórico. Aprovechando los minutos de relativa intimidad, optó por acercarse al féretro. Se preguntó si sería enterrado en el cementerio o trasladado a algún mausoleo familiar más próximo a la casa de sus padres. Si sería incinerado. Si sus cenizas serían esparcidas en el estuario del Severn… o si le hubiera gustado eso…

Tantas cosas, pensó, que realmente desconocía de él. Que le hubiera encantado que hubieran podido compartir. Preguntas que quizás ahora nunca tendrían respuesta...

Paseó la mirada entre las diferentes instantáneas que retrataban la infancia, adolescencia y madurez de Robert, hipnotizada por los cambios que había experimentado a lo largo de su vida. Y no sólo físicos, no sólo en la pérdida de aquellos mofletillos adorables y el oscurecimiento progresivo del cabello lacio y dorado, que le hacían parecer la estampa exacta de su hijo Josh. No sólo en el crecimiento en altura, el ensanchamiento de hombros, la sombra de la barba, la desaparición del insidioso acné juvenil o la melena cenicienta que se observaba en las fotografías de su anuario de instituto. Eran detalles. La sonrisa conquistadora, que se tornaba falsamente solemne en imágenes más recientes. La dicha y el brillo de orgullo paternal al tener a su recién nacidos en los brazos, mientras sujeta la mano de una Jude agotada que rueda los ojos, pidiendo que por favor desconecte la cámara de una vez. Los cambios, traducidos en líneas que, como carreteras secundarias, cruzan su rostro treintañero, declarando al mundo más pérdidas de las que alguien tan joven está preparado para soportar.

– Era guapo, nuestro Robert, ¿hm? – preguntó una voz confiada a su izquierda.

Se volvió y no dudó. – Más de lo que debiera estar permitido en un profesor de Universidad.

Rieron. Morgan, en su silleta, convino con un gritito. Dios. Qué situación más extraña…

– Puede quedársela…– la oferta inesperada cayó como una bomba. – si quiere…

Se hizo el silencio.

– Yo…– comenzó Alison, en un intento de re-encender la conversación.

– Ya. Yo también.

Cómo supo a qué se refería, jamás lo averiguó, pero el último resquicio de tensión y rivalidad entre ellas se desvaneció. Ya era nada.

– Gracias… por la canción… – comentó, honestamente agradecida.

Jude, nacida Wilson-Jones futura ex Gilman, siempre Bridge …se encogió de hombros. En realidad ella no había tenido nada que ver en la elección de la canción, y, aunque porque se tomaba en serio lo que era un compromiso nunca habría contravenido los deseos expresos de su Robert… le amaba. Y hubiera sido injusto privar a quienes le amaban también de tener su paz.

– Alison…– pronunció su nombre titubeante, pero sin ponzoña. Asintió, sorprendiéndole el respeto y cautela en su tuteo. – Robert dejó algo preparado para usted en su casa. – se inclinó para rebuscar algo en el bolso de viaje que colgaba del manillar del carrito. Extrajo una bolsa de plástico, tendiéndosela. A Alison le costó cogerla con ambos brazos, pues estaba tan cargada de cosas que las endebles asillas no parecían muy dispuestas a resistir demasiado tiempo la fuerza de la gravedad con el tirón.

La médium le dirigió una mirada confusa.

– Se trata de ese libro que estaba escribiendo. De la copia impresa sobre la que realizaba las primeras correcciones. Tenía capítulos desperdigados por todo el barco, en la oficina, en casa… – se mordió el labio. – He intentado recomponerlo lo mejor posible, pero no he podido encontrar el final. Salvo una hoja en blanco titulada 'Epílogo'. – frunció el ceño, pensativa. – Creo…creo que esperaba que usted lo releyera y lo concluyera.

La espiración se le atoró en el pecho, quemándole los pulmones, al abrir el dossier.

Afterlife – Robert Bridge, Psy.D; Alison Mundy.

Una foto suya aparecía trabada con un clip en una esquina, marcada por huellas digitales de los dedos que la noche anterior habían jugado con su pelo.

Pasó las páginas del borrador con suma reverencia. Alguna que otra mancha de café negro o té destiñendo el borde de las hojas y comiéndose algunas letras de final de frase. Tachones. Farsa. Timo. Anotaciones en rojo al margen en su rúbrica. Palabras subrayadas en rotulador fosforescente. La Verdad. Trastornos Neuróticos de la Personalidad. Estrés post-traumático. Coma. Fe.

Robert, Robert, Robert…

¡Si ella no sabía escribir!

– Escuche. – atrajo su atención haciendo vivos aspavientos con las manos, al percibir su ansiedad. – Me parece que su intención era que ofreciera a los lectores su punto de vista de lo que cuenta Robert acerca…acerca de lo que hace. A lo que se dedica. Una oportunidad para comunicarlo usted misma, en primera persona, con el apoyo científico y de su credibilidad. Y aunque no fuera así… al final…probablemente no hubiera publicado este trabajo sin su aprobación, ni siquiera para la comunidad universitaria.

Sonaba totalmente a algo que Robert haría.

– O eso…– continuó, conocedora de las pruebas de superación que tanto defendía su marido. –… o de cualquier modo, querría que usted lo tuviera antes que nadie más. Simplemente porque… quizás le sirva de ayuda.

Devolvió los documentos a la bolsa sin mediar palabra. Y se la colgó como pudo del antebrazo. Entrecerró los ojos, y con fingida irritación, lanzó una fea mirada a la foto del Robert adulto prendida del mural. Él la recibió con su sonrisa astuta.

Se volvió a sus otros espectadores. Jude se entretenía quitando ya los frenos al carricoche y mecía a su hijo, que entrecerraba los ojos, poseído por la morriña del mediodía.

Alison le acarició la cabecita enfundada en gorro de lana y alzó la cabeza para dirigirse a Jude, que parecía esperar un mensaje caído del cielo. Tomó una honda inspiración.

– Ha cruzado. Eso significa que no le han quedado cosas pendientes aquí…entre nosotros. – por inercia, la cabeza de la otra mujer cayó. Lo interpretó como decepción. Temió que no la hubiera comprendido y a punto estaba de explicárselo mejor cuando la vio levantar de nuevo la cabeza. Estaba aliviada.

– Me alegro de que sea así. Es lo mejor…

– Sí. Lo es. – admitió. El bálsamo de la aceptación calmando la angustia de las dos. – ¿Jude?

La animó a continuar con un gesto afirmativo de cabeza.

– Le importaría… cuando esté más preparada, y pueda prescindir de un poco de su tiempo… – señaló al niño, que, ignorante de todo, le daba vueltas al chupete en la boca. – que la visitara para hacerle unas preguntas.

Arrugó la nariz, pero no se negó.

– Para completar el libro… – justificó. – …sólo se me ocurre…contar la historia de Robert. A fin de cuentas, forma parte de la mía. Mejor la visión de Usted, la Dra. Sinyard y sus allegados, que únicamente la mía, parcial y…quizás más subjetiva. Menos fiel a la realidad…

Jude se apartó ligeramente, sopesando la propuesta.

– No creo que lo fuera. Infiel a la realidad, me refiero… – opinó, haciéndole una seña para abandonar la capilla, y dejar maniobrar a los encargados de la cremación. Afuera, el frío, no tan crudo como cuando entraron, les lamió la cara, recordándoles que, a pesar de todo, la primavera no quedaba lejos. Barbara esperaba a Jude junto a su coche. Parecía tener mejor aspecto. Más despejado. Saludó a Alison con la cabeza, guardando las formas, y ella devolvió el saludo agitando la mano. – Ni Barbara ni yo pondremos ningún impedimento para ese libro, Alison. Se lo debemos a Robert, y confío…confío en que sabrá rendirle el homenaje que merece. – exhaló el suspiro que llevaba conteniendo toda una vida. – Cuente con nuestra ayuda, cuando lo necesite.

– Lo haré, descuide… – aseguró, con el corazón en un puño. – Cuídense mucho, Jude. – la gratitud se columpió en las comisuras de sus labios. – Los tres.

Se abrazaron.

La vio empujar el carrito hasta reunirse con la Dra., que la acogió en un medio abrazo, frotándole un hombro amistosamente.

Entre las nubes grises que cubrían Bristol, un rayo de luz y esperanza proyectó reflejos en sus cabellos rubios.

Aquel era el final del túnel.