Prólogo.

Margaret hacía su labor sentada al calor de la chimenea. Junto a ella, la pequeña Sarah jugaba con una muñeca que su padre le había regalado al volver del frente. Había sido duro pero, al fin, la guerra había terminado. Pronto podrían salir de aquel Convento y regresar a su hogar.

-Mami, ¿me lees un cuento?

Margaret sonrío.

-Claro, cariño, vamos a tu cuarto y…

Fue entonces cuando llegó. Margarte se mostró alegre y se acercó pero, en ese preciso instante, vio brillar la punta del puñal.

-¿Qué pretendes hacer con eso?

-Lo sé todo.

-¡Mami, mami!, ¿qué ocurre?

-¡Cielos!, ¡NO!

Un aterrador grito se oyó por todo el Convento. Luego, de pronto, volvió a reinar el silencio.