Lo prometido es deuda.

El último post en esta historia.

Gise.

(Ginnywp)



EPILOGO

La mañana del 1 de setiembre era clara y radiante y su luz se filtraba por el espacio abierto de las pesadas cortinas de la habitación que a duras penas contenían la luminosidad de aquel nuevo día. Fuera del cuarto, en los verdes y bien cuidados jardines exteriores, junto a las rosas y azucenas, un niño rubio arrugaba el ceño cada vez que su snitch le huía de las manos. Con agilidad daba vueltas alrededor de la gran acacia del centro del jardín, montado en su súper saeta de fuego nueva, atrapando la pequeña y huidiza pelota con alas.

– Buenos días, amor.

Draco entreabrió los párpados aún somnoliento pero interiormente complacido con el calor del cuerpo que sintió abrazarse a él y el conocido aroma de azucenas que llenó sus pulmones.

– Vamos dormilón, que ya es de mañana y tenemos una montaña de cosas por hacer. ¡Apúrate por favor! – ella se deshizo del abrazo e intentó levantarse – Si te demoras, entraré primero al baño y ya s–

Pero él no estaba dispuesto a dejarla ir. El día anterior se había quedado dormida casi apenas tocar el lecho por que estuvo como elfo organizando, ordenando y dejando listo. En cambio él, había llegado dos días atrás de uno de sus viajes de negocios, ansioso por estar con ella, por lo que quería recuperar aquella tres semanas lejos de ella a como diera lugar. Y sobre todo, quería entregarle el extraño objeto que había comprado para ella. Seguro le fascinaría.

– No te irás

Respondió con su clásico tono imperioso y con un movimiento rápido y calculado, la tomó del brazo y la atrajo nuevamente hacia el lecho, sin hacer caso de las protestas de Hermione. Sonrió triunfal cuando la contempló al lado suyo, con el cabello desordenado y la bata del pijama de seda entreabierta. Levantó la mano decidido. Iba a acariciarle las mejillas…

– Draco Malfoy –respondió inmediatamente con ese tonillo de impaciencia tan característico de ella – como no me sueltes en este instante…

Draco arrugó el ceño. Conocía demasiado bien a su esposa, para arriesgarse a ponerla de mal humor. Sabía como le estresaba todo lo relacionado a los estudios y responsabilidades y justo hoy era el día más importante y más estresante para ella. Debía tener paciencia… Con desgano la ayudó a incorporarse en silencio.

– Gracias – sonrió Hermione satisfecha – es mejor hacer las cosas con un margen de tiempo extra para que todo marche según el plan –saltó del lecho con energía – iré a darme una ducha y bajaré a preparar un exquisito y fenomenal desayuno; porqué tengo medio día de permiso del ministerio. Mientras tanto, ¿podrías bajar el baúl y la capa de viaje? – se acercó nuevamente, viendo la cara de somnolencia de Draco y le plantó un beso fugaz pero suficiente para morderle con suavidad el labio inferior.

Draco reaccionó tardíamente y Hermione, lejos de allí, sonrió, al contemplarlo con los brazos estirados y asiendo el aire.

– Te gané, soy más rápida– hizo una mueca traviesa antes de desaparecer por la puerta del gran baño de su habitación.

Entornó los ojos grises al verla escabullirse, con la bata de seda blanca ondeando; regalo de su último viaje y que aún no habían estrenado juntos...

– Ah! Y también bajas la jaula de Thunder, sabes que esa lechuza me da un poco de miedo… – el sonido de las últimas palabras se vieron amortiguadas por el sonido del agua.

Un brillo metálico cruzó raudo por los ojos plata y sobre su rostro apareció una media sonrisa presuntuosa, aquel gesto exquisito y varonil que caracterizaba a Draco Malfoy. Era cierto que conocía las manías de su esposa, pero era más cierto aún, el conocimiento que tenía de sus debilidades…

Se levantó con tranquilidad del lecho e hizo algunas flexiones con los brazos. Los músculos se tensaron en su espalda y abdomen. Se veía atlético y era muy ágil a sus 36 años, aunque algunas hebras plateadas empezaban a surgir en su cabellera rubia, que estaba desordenada con mechones cayendo sobre sus ojos. Su rostro se había llenado un poco, pero conservaba aún el perfil anguloso y altivo de siempre. Ladeó el torso descubierto hacia los lados para estirar los músculos, sacudió el cuello y la cabeza con rapidez y finalmente lanzó una fuerte exhalación. Con gesto natural, levantó nuevamente el brazo, pero para peinarse el rubio cabello hacia atrás y luego con desembarazo se despojó del costoso pantalón negro de pijama y lo dejó sobre la verde alfombra de la habitación.

– Vamos a ver quien gana…

Una hora después, ambos bajaban a desayunar extenuados y apresurados pero totalmente radiantes.

oooooooooOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo

– Aún no entiendo porqué tenemos que ir en coche y no simplemente aparecernos en la estación, mamá.

– Aparecerse puede resultar desacertado si por casualidad hay alguna persona no mágica por el lugar.

– Muggles, mamá. Se les dice muggles. Y no tenemos la culpa de que no sepan nada de magia ni de nada…

El silencio reinó por unos segundos entre los tres.

– Sabes como me gustan los coches, hijo. Esa es una de las pocas concesiones que he le hice al mundo de tu madre – interrumpió Draco con tono casual mirando a su hijo a través del espejo retrovisor del elegante Aston Martin VM12 – Tienen potencia, son elegantes, y te dan status. No todo lo que hacen los muggles suele ser inferior o improductivo… ¿verdad, cariño? –Draco miró a Hermione, le guiñó un ojo y le obsequió una mirada lujuriosa, cuidándose que su hijo no los viera – Además no veo que te quejes de los muggles cuando vas a casa de tus abuelos. Si mal no recuerdo, siempre te encierras a jugar allí con esa cosa llamada ordenador.

– eh… bueno es que Halo XXII es algo distinto… – el chico contestó ruborizándose, algo difícil en él porque tenía las mejillas pálidas como su padre. – y el abuelo Granger siempre me lleva a pescar con caña y anzuelo mientras la abuela me prepara sus brownies especiales…

– Ya lo ves, hijo. Los muggles no son tan malos como dicen…

– Ehh – lo pensó un poco antes de contestar. – Sí, creo que tienes razón, papá.

Draco esbozó un gesto cómplice a Hermione y ésta respondió dándole un suave golpe en el muslo aunque sin perder la sonrisa satisfecha.

– Sólo que el abuelo Lucius dice que los muggles…

– Ya hablamos sobre eso muchas veces, hijo. Las ideas de los abuelos Malfoy no suelen ser las más adecuadas. Sabes bien como pensamos tu madre y yo y eso debe ser suficiente para ti.

– Y la abuela Cissy me contó el otro día una historia sobre…

– Creo que ya estamos llegando.

Esta vez Hermione fue la que interrumpió al ver la vena que empezaba a latir en la sien de Draco. A ella también le molestaba las ideologías y principios que aún tenían Lucius y Narcisa Malfoy. Habían cambiado, era lógico, sobre lo concerniente a Lord Voldemort y su incursión en el mundo de los mortífagos, pero mantenían sus ideas sobre la pureza de la sangre. Ellos al enterarse del matrimonio, habían declarado abiertamente su desagrado por la unión de su único hijo. Draco había hecho lo imposible para cambiar la mentalidad de sus padres y su forma de ver la vida después de lo ocurrido en Hogwarts y había perdonado y comprendido muchas más, pero no iba a ceder ni un ápice en cuanto a su relación con Hermione.

Fueron años en los que Draco no supo de sus padres luego de su unión y a Hermione le constaba cómo él había sufrido en silencio aquel lapso sin decir nada ni reclamar nada. Más cuando nació su hijo, quien era la imagen de Draco, salvo por los ojos almendrados de Hermione, una lechuza había llegado a su casa con la invitación a la Mansión Malfoy para conocer al nuevo miembro de la aristocrática dinastía.

Draco había tirado el sobre inmediatamente al suelo después de leerlo y arrugarlo. Con el gesto adusto salió de la habitación con la excusa de ir a ver al pequeño que dormía. Ella levantó aquel arrugado pergamino y leyó las líneas escritas por Narcisa Malfoy.

Quizás debió dejar las cosas como Draco quería. Aparentemente. No volver a tener contacto con esa familia que aún renegaba de su matrimonio, pero que ansiaba conocer al nieto y volver a estar en contacto con el primogénito. Pero sabía que Draco disimulaba por ello, en silencio, para no hacerla sufrir con el desprecio de sus padres. ¿Quién era ella para dejar pasar por ese dolor a la persona que más amaba? Sería duro para ella pero después de todo ¿cómo podría negarle a Draco y a su hijo estar con sus parientes?

Lo pensó mucho, tres noches completas, sopesando, calculando, conjeturando como sería la vida con aquella familia política que la detestaba pero que estaba segura adoraría a su hijo. Se imaginó el rostro de Draco al ver y abrazar nuevamente a sus padres después de tanto tiempo y eso fue el determinante. Que tendría que bregar con las ideas de los Malfoy, sí. Que tendría que vigilar de cerca la información que le dieran los abuelos, sí. Que debía aguantar los desplantes, miradas, murmuraciones; sí. Pero compensaba todo la felicidad que podría darle a su esposo.

Pero aquello no fue fácil. Le costó dos semanas enteras, convencer a Draco para que vuelva a retomar la relación con sus padres después de años de silencio y les presente al pequeño Scorpius. Los Malfoy quedaron extasiados con aquel crío tan rubio y con la piel con aquella tonalidad pálida de su padre, pero tan diferente a él en la mirada de ojos almendrados. Con una sonrisa, los Malfoy capitularon ante él. Desde ese día y en adelante la relación fue mejorando, si aquel término era posible, entre las dos familias. Hermione incluso había llegado a visitar en algunas oportunidades la mansión Malfoy, aunque todavía sentía mucha tensión en el ambiente. Pero nadie podía negarse a los pedidos de Scorpius Hugo Malfoy.

– ¡Espera padre! Creo que es Hyperion el que está junto a esa cerca. Sí, es él –confirmó Scorpius – está con sus padres. ¡Estaciónate allá para enseñarle mi nueva varita!

Draco miró a Hermione con el rabillo del ojo, expectante ante su reacción. Hacía mucho que no veían a Astoria Greengrass, ahora la señora Nott a comparación de Scorpius, quien veía a Hyperion cada tanto que iba a la Mansión Malfoy. Sus padres se empeñaban en rodear al único nieto, de amistades apropiadas y no sólo de improductivos conocidos muggles.

Hermione sólo puso los ojos en blanco. Había corrido demasiada agua bajo el puente para qué, ver a Astoria Nott le incomodara. Aunque no podía evitar sentir esa punzada de fastidio mientras bajaban las cosas del elegante Aston Martin. Años antes de casarse, Astoria solía adoptar un gesto extasiado cuando miraba a Draco cada vez que habían coincidido en algún lugar.

Hermione empujaba el carrito con las maletas de su hijo, mientras que Draco llevaba a la escandalosa lechuza y tomaba del hombro a Scorpius, dirigiéndose hacia los Nott. Metros antes del encuentro, Scorpius corrió hacia Hyperion quien estaba junto a su madre.

– Buen día, Draco – saludó cortés Theodore Nott, extendiendo la diestra inmediatamente – es un gusto saludarte.

– Igualmente, Theodore – apretó la mano con disposición. – Recuerdas a mi esposa, Hermione

– Si – respondió parcamente, tendiéndole la mano a Hermione.

El ruido de los chicos hizo que todos voltearan a verlos. Se hizo un incómodo silencio después.

– Hola Draco, es un placer verte – Astoria le tendió la mano enjoyada y él se apresuró a tomarla – Oh! Hola – volteó hacia Hermione con fingida sorpresa – Her... eh… Her…

– Hermione – se aprestó a completar – ¿Problemas de memoria, Astoria? – continuó Hermione con la sonrisa más candorosa que pudo.

– ¿Darías una vuelta por mi oficina, Draco? – interrumpió Nott al percatarse de la escena – quisiera tu consejo en algunas inversiones. Tengo un socio que le dio la locura por invertir en unos negocios muggles y sabes lo incapaces que son algunos de ellos.

En la sien de Draco, una vena palpitó. Emitió un pequeño gruñido, casi imperceptible para la mayoría, más no para su esposa.

Theodore Nott carraspeó incómodo y murmuró algo acerca de ir a ver la lista de embarque. Extendió el brazo a su esposa y se despidió con un movimiento de cabeza. Hermione se apresuró a corresponder el saludo y tomar el brazo de Draco mientras le aplicaba una ligera presión. Sintió como se iba relajando poco a poco mientras los Nott se alejaban del camino.

– Cariño… debemos acercar las cosas de Scorpius cerca del andén.

Hermione exhaló tranquilizada conforme iban caminando. Draco se había vuelto muy sensible en cuanto a las actitudes de sus amigos hacia ella. Siempre estaba a la defensiva, dispuesto a proteger a Hermione de cualquier desplante o vejación… así sólo fuese algo tan imperceptible o sin malicia. Ella lo amaba por eso, pero tampoco deseaba que él discutiera con todo el mundo. Lo echó una mirada de reojo. Se había detenido junto a una columna, con las manos apretando más de lo normal el asa de la jaula y con la mirada fija en la figura de Nott a lo lejos. A pesar de eso, Hermione adivinaba el semblante adusto de su esposo.

Acortó la distancia entre ellos y lo abrazó desde atrás, apoyando su cabeza en la espalda, rodeando la cintura de él con sus brazos, entrelazando sus manos en el fuerte pecho, casi sintiendo la piel bajo la camisa elegante de seda y el latir de su corazón.

– Te quiero – le susurró.

Draco despertó de su pequeño trance, sorprendido por aquel dulce contacto. Estrechó los brazos de Hermione con los suyos, tomando luego las manos cálidas y llevándolas hacia los labios, depositó un beso en ellas.

– Lo sé.

– Estoy orgullosa de lo que soy. No necesito del asentimiento del resto del mundo.

Draco deshizo el abrazo y con un movimiento rápido se colocó frente a ella. Dirigió la mirada a los ojos almendrados que resplandecían llenos de amor.

– Te amo – murmuró ahora absorto, en la boca húmeda y entreabierta de ella.

– Lo sé – logró emitir Hermione, antes de que los labios de su esposo sellaran cualquier palabra posible.

Después de tantos años, el fuego seguía borboteando dentro de sus venas como el primer día. Hermione enredó los dedos en el cabello rubio y con la mano libre jugueteó suavemente con un botón de la camisa, mientras saboreaba la frescura de los labios de su esposo. Las manos de él se movieron con suavidad pero con propiedad sobre la pequeña cintura y caderas firmes.

No les interesó que la gente los mirara. Algunos siseaban, otros farfullaban y algunos asentían complacidos ante aquella muestra de afecto.

– Mamá… Papá…. Otra vez no… La gente los está mirando – interrumpió cansinamente Scorpius al llegar junto a ellos.

Hermione intentó separarse, pero él la retuvo abrazada unos segundos más. Giró el rostro y miró a su hijo sin inmutarse.

– Los Malfoy siempre destacan sobre los demás. No veo el porqué de tu asombro, hijo.

El chico rubio respondió rodando los ojos.

Debería estar acostumbrado… – murmuró bajito, mientras empujaba el mismo su carro hacia la barrera de la plataforma 9 ¾.

oooooooooOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo

La pequeña familia se apresuraba a cruzar la ajetreada calle hacia la grandiosa y sombría estación, el humo de los tubos de escape de los coches y el aliento de los caminantes centelleaban como telas de araña en el aire frío. Dos grandes jaulas descansaban en lo alto de los carritos de equipaje que los padres empujaban, las lechuzas dentro de ellas ululaban indignadamente, y la pequeña pelirroja se demoraba temerosamente tras sus hermanos, aferrada al brazo de su padre.

-No pasará mucho tiempo, y también tú iras, -le dijo Harry.

-Dos años, -resopló Lilly-. ¡Yo quiero ir ahora!

Los transeúntes miraban curiosamente a las lechuzas mientras la familia se abría paso hasta la barrera entre los andenes nueve y diez. La voz de Albus llegó hasta Harry por encima del clamor que les rodeaba; sus hijos habían reasumido la discusión que habían empezado en el coche.

-¡No! ¡No estaré en Slytherin!

-¡James, dale un respiro! -dijo Ginny.

-Yo solo digo que podría ser, -dijo James, sonriendo a su hermano menor-. No hay nada de malo en ello. Podría estar en Slyth...

Pero James captó la mirada de su madre y se quedó en silencio. Los cinco Potter se aproximaron a la barrera. Con una mirada ligeramente autosuficiente sobre el hombro hacia su hermano menor, James tomó el carrito de manos de su madre y echó a correr. Un momento después, se había desvanecido.

Lado a lado, empujaron el segundo carrito hacia adelante, cobrando velocidad. Cuando se aproximaron a la barrera, Albus hizo una mueca, pero no se produjo ninguna colisión. En vez de eso, la familia emergió a la plataforma nueve y tres cuartos, que estaba oscurecida por el vapor blanco que surgía del expreso escarlata de Hogwarts. Figuras confusas se movían como un enjambre a través de la neblina, en la que James ya había desaparecido

-Creo que esos son ellos, Al, -dijo Ginny de repente.

Las tres personas emergieron de la niebla, de pie junto a un carrito muy grande. Sus caras solo se enfocaron cuando Harry, Ginny, Lily, y Albus llegaron justo ante ellos.

-Hola, -dijo Albus.

Scorpius quien ya tenía su túnica de Hogwarts puesta, saludó también. Y ambos chicos se alejaron un poco de la multitud para comparar sus nuevas mascotas y varitas.

Caminaron hacia la plataforma para subir el equipaje de los chicos. Ginny tenía a Hermione enlazada del brazo y conversaban animadamente. Draco y Harry mantenían también una conversación casual mientras dejaban el equipaje en el vagón. Con el correr de los años, ambos habían logrado limar sus asperezas y llevar una relación amical dentro de lo normal. Harry sabía que Draco había odiado ser Mortífago y Draco era conciente de que Harry le salvó la vida. No eran los mejores amigos, pero se respetan mutuamente.

– Hoy no iré a la oficina. Llamé temprano al Profeta para pedir unas horas, pero creo que no regresaré por hoy. Pasaremos el día con Lilly en la madriguera. Sabes como le gusta ir a ver a los abuelos. Y por cierto… – Ginny le dedicó una mirada de soslayo a su amiga – ¿Haz sabido algo de Ron y Lavender últimamente?

– La verdad, no. Casi no veo a Lavender en el Ministerio a pesar de estar a dos pisos debajo de mi oficina. Bueno, tampoco es que ella visite mucho el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. – ¿Por qué lo preguntas? – Hermione respondió, contemplando inquisitivamente a la pelirroja.

– Oh! Falta poco para las once – desvió el tema – no crees que los chicos deberían subir ya?

Y sin esperar corrió para llamar a los dos jóvenes Potter.

– ¡James, Albus! – buscó a sus hijos entre la multitud.

Hermione contempló a los chicos con una mezcla de orgullo y cariño. Su hijo, Scorpius estaba junto a ellos teniendo una animada conversación con Lilly sobre la casa a la que entraría. Minutos antes, le había dado muchas recomendaciones, besos, muchos saludos para repartir, besos, cartas para entregar, besos; hasta que su hijo abochornado se había separado de ella para hablar con su amiga. El estómago se le contrajo de pronto y la sensación de náusea la dominó. Le ocurría muy seguido en esos días. Y todo por la partida de Scorpius.

No puedes hacer nada Hermione… se reprendió mentalmente, mientras aspiraba hondo para evitar la incómoda impresión de tener plomo en el estómago.

Le encantaban los niños. Moría por ellos. Su hijo era su adoración, pero sentía que tenía dentro mucho más cariño para dar. Pero Scorpius era hijo único y eso no cambiaría. Draco le había explicado cuando se casaron que, en todo el linaje de sangre pura de su familia, nunca había nacido más de un hijo por familia. Siempre eran unigénitos. Siempre varones. Ningún Malfoy tenía hermanos. Quizás era genético, o un hechizo o una maldición. No había cambiado a través de los siglos y no cambiaría nunca.

Aquella vez, creyó entender y comprender aquel contexto familiar. Cuando Scorpius era pequeño, no le importó. Pero conforme iban pasando los años, viendo a su hijo crecer, viendo a los hijos de Harry e incluso a la hija de Ron Weasley, Rosie; el estómago se le revolvía y la sensación de anhelo llenaba su cuerpo. A veces pensaba que explotaría con todo el cariño que llevaba dentro.

No podía culpar a Draco. No podía culparse, ni culpar a nadie, y eso la ponía peor. Quería gritar ante tal injusticia ¿Pero a quien? Debía aceptarlo y esa aceptación era la que más laceraba su corazón. Ahora, su hijo se alejaría de ella para empezar en Hogwarts. No lo vería como antes ¿Qué haría con todo el cariño que llevaba a cuestas?

– ¿Te encuentras bien? – Draco la vio asirse con fuerza del carrito vacío y corrió hacia ella. Temía justamente lo que estaba pasando.

– Yo.. ehh.. Si claro – repuso tristemente.

– Debes descansar en el coche.

– ¡No! – Se apresuró en objetar – Ya estoy bien. Sólo es este vapor denso del expreso. me tiene algo mareada, pero ya se me pasará–. continuó Hermione con energía. No deseaba perder la partida de Scorpius.

– No es una sugerencia, Señora Malfoy – adoptó una mueca reservada.

– No me gustan las órdenes, Señor Malfoy – bufó ligeramente indignada – no pretendo moverme de este andén.

– Sabes que algunas veces eres insufrible… – esbozó una sonrisa burlona.

– Y tú, un arrogante dominador…

A Hermione le brillaron los ojos cuando advirtió como Draco se acercaba a ella y la tomaba del talle. Siempre amaría a aquel rubio altanero y presumido que lograba que el piso desapareciera cuando la besaba y que la transportaba a otra dimensión cuando le hacía el amor.

Entreabrió los labios inconciente, esperando aquel beso que calmaría esa urgencia que empezaba a recorrer sus venas, casi percibiendo a su corazón latiendo más deprisa de lo normal. Cerró los ojos y esperó…

Nada.

Parpadeó secamente y lo miró directo a los ojos grises que brillaban como acero recién pulido.

– Esperaba darte esto – extrajo una cajita de madera envejecida y de ángulos toscamente tallados – al llegar a casa. Pero creo que podría animarte un poco y evitar que… bueno, que te desmayes por la partida de Scorpius – se apresuró a agregar en cuanto vio que Hermione tomaba la cajita y la observaba con curiosidad–. Lo que contiene es un real misterio, sólo hay algunos grabados de Runas antiguas en la caja que todavía no han sido estudiados. Según el mago que me la vendió, y que la compró a otro que venía de Creta, posee un extraño e inigualable poder, aunque ni él mismo sabía en qué consistía.

Hermione abrió la ennegrecida caja y vio que contenía una pequeña piedra. Medía apenas unos ocho centímetros, con forma irregular, pero lo que resaltaba era sus colores cambiantes conforme ella empezaba a girarla.

Oh no!... Es… es, "esa" piedra

– Creí que te gustaría. Ya sabes, investigar, estudiarla. Pero a juzgar por tu semblante, parece que no es de tu total agrado – habló Draco algo dolido.

– No amor, no es eso…. Es sólo que me tomas desprevenida. ¡Claro que me gusta la dichosa piedra!, digo la piedra – Hermione se puso de puntillas y le depositó un rápido beso a su esposo – Y esta vez, descubriré exactamente cual es su secreto y...

– ¿Esta vez?

– ¿Dije esta vez? – Sonrió torpemente – Creo que mejor nos acercamos donde Harry y Ginny. El vapor del expreso me está intoxicando…

Tenía la piedra de nuevo en sus manos. Aquella que la había transportado de su otra realidad a ésta. Trató de recordar los pensamientos y emociones ocurridas antes de su desvanecimiento. Miró el caleidoscópico pedrusco de color y arrugó el ceño. La sensación de náusea subiendo por su garganta volvió con más fuerza.

Miedo. Definitivamente era miedo. El no poder controlar su propia vida aterraba a Hermione. Que las cosas sucedieran distintas a como las razonaba y planeaba, la desquiciaba. Eso fue lo que sintió momentos antes de escuchar ese fuerte zumbido y perder el conocimiento. No saber que les había pasado a Harry y a Draco. No aceptar como se presentaban las cosas.

¿Por qué deben ser así las cosas?

¿Qué puedo hacer para cambiarlas?

¡Qué puedo hacer…!

Recordó sus últimas palabras antes de perderse en el vértigo de colores y destellos.

– ¡Hasta que llegó mi hermanito! Seguro que vinieron haciendo escala por Sortilegios Weasley. Desde que Ron es socio y administrador de la nueva tienda, suele llegar tarde a cualquier evento.

Ginny interrumpió el curso de los pensamientos de Hermione. Se acercaba hacia ella y Draco, con Lilly tomada del brazo. Harry estaba un poco alejado, arrodillado conversando con el pequeño Albus Severus. Ella levantó la mano para indicarle a Ron y su familia donde estaban.

Los tres miembros de la familia de Ronald Weasley emergieron entre el humo de la locomotora escarlata. Rose Weasley se separó de sus padres y apuró el paso hacia donde se encontraban todos, agradecida de que el tren no había partido todavía.

– Tía Ginny ¿Dónde está Al? – preguntó ansiosa, buscando a su primo.

– Está allá, junto a tu tío Harry – señaló Ginny después de haberle dado un beso en el cabello – Espera que terminen de hablar y pueden subir juntos.

– ¿Scorpius, ya subió al expreso? – preguntó tímidamente la niña. Miraba a Hermione, pero con el rabillo del ojo observaba a Draco.

– Si, Rosie. Él ya está en el vagón.

Hermione sonrió al ver la cara de la niña. Estaba acostumbrada a aquella escena. Así como Scorpius visitaba con su padre la Mansión Malfoy y veía a niños de ese entorno, también ella hacía lo mismo llevándolo a visitar a sus mejores amigos. Scorpius se divertía en la casa de los Potter jugando con ellos mientras Hermione aprovechaba estas visitas para departir con Ginny y Harry.

Ron era otro tema. Él no había visto con mucho agrado su noviazgo y matrimonio con Draco. Nunca lo dijo abiertamente, pero era Vox pópuli su desagrado. Y esto no mejoró ni siquiera cuando él pelirrojo anunció su matrimonio con Lavender Brown su antigua amiga de Hogwarts. Parece que la antipatía mutua entre Draco y Ron estaba demasiado arraigada. Se comportaban como dos perfectos caballeros, pero no había amistad entre ellos. Ron jamás había pisado la casa de Draco y Hermione, ni el rubio la casa de los Weasley Brown.

Así y todo, no había evitado que sus hijos se hiciesen amigos. Rosie, la hija única de Ron, le encantaba la compañía de Scorpius y de su primo Albus. Los tres eran inseparables. Ginny siempre bromeaba acerca de la reencarnación del trío Harry-Hermione-Ron en ellos, cosa que hacía que Ron resoplase y que Draco pusiera cara de liberar a un elfo.

Lavender saludó a todos y corrió hacia donde estaba su cuñada separándola del grupo. Hermione intuyó que la conversación debía ser algún acontecimiento feliz porque notó los pequeños saltitos y las sonrisas de felicidad de las dos amigas.

oooooooooOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo

- Pero y si...

-... entonces la Casa Slytherin habrá ganado un excelente estudiante, ¿verdad? A nosotros no nos importa, Al. Pero si a ti te importa tanto, podrás elegir Gryffindor en vez de Slytherin. El Sombrero Seleccionador toma en cuenta tu elección.

-¡De veras!

-Lo hizo en mi caso, -dijo Harry viendo la cara de felicidad de Albus.

Pero ya las puertas se estaba cerrando a lo largo de todo el tren escarlata, y los sonidos señalaban el momento de partir para los últimos rezagados.

Albus y Rosie saltaron al vagón y Ginny cerró la puerta tras ellos. Los estudiantes colgaban de las ventanas que tenían más cerca. Un gran enjambre de caras, sobre y fuera del tren, parecía estar vueltas hacia Harry.

-¿Por qué están todos mirando? -exigió Albus mientras Scorpius y Rose se giraban alrededor para mirar al resto de los estudiantes.

-No dejes que eso te preocupe, -dijo Ron-. Soy yo. Soy extremadamente interesante.

Los chicos rieron. El tren empezó a moverse, y Harry caminó junto a él, observando la delgada cara de su hijo, ya sonrojada por la excitación. Harry siguió sonriendo y saludando, incluso aunque era un poco embarazoso, observando como su hijo se alejaba de él...

– Se imaginan la rueda de saludos que me enviará Hagrid cuando se entere que Lavender está esperando nuevo bebé – comentó Ron despreocupado, también saludando con la mano hacia el tren – No habrá quien aguante las tartas que el viejo me despachará.

Hermione se puso rígida. Un nuevo bebé en su entorno y ella apenas podía contener las lágrimas. Se había prometido, y a Draco, que no lloraría. Levantaba la mano derecha haciendo adiós, aún con la pequeña piedra en ella. La otra se aferraba a su bolso casi crispada sobre él. No pensó que sería tan doloroso. Sentía el vacío que provocaba ya, la partida de su hijo. El único hijo que tendría en su vida. No le pareció justo.

¿Por qué deben ser así las cosas?

¿Qué puedo hacer para cambiarlas?

¡Qué puedo hacer…!

La cabeza empezaba a zumbarle. Y la mano empezó a quemarle extrañamente. ¿El sol emitía ahora rayos de colores?

No. Definitivamente no es el sol…

Y ¿por qué ahora todo empieza a ponerse oscuro…?

El último rastro de humo se evaporó en el aire otoñal. El tren había doblado una esquina. La mano de Harry estaba inmóvil, alzada en un adiós.

-Estará bien, -murmuró Ginny.

Cuando Harry miró hacia ella, bajó la mano ausentemente y se tocó la cicatriz en forma de relámpago de la frente.

-Lo sé.

La cicatriz no le había dolido a Harry en diecinueve años. Todo iba bien.

– ¡HERMIONE!

El grito de Draco resonó en todo el andén e hizo que los demás voltearan asustados. Con agilidad había logrado atrapar a Hermione antes de que cayera desvanecida hacia las vías del tren.

Hermione sólo lograba escuchar algunas palabras sobre el incesante zumbido que martillaba su cabeza. Abrió los párpados ligeramente y pudo ver un torrente de colores que salían como cohetes multicolores de su mano derecha. Iban subiendo por su brazo y por el resto de su cuerpo provocándole una sensación fría y vacía en la piel. Las palabras y gritos iban perdiéndose sobra la nube negra dentro de ella.

– ¡TENGO QUE QUITARLE ESA MALDITA PIEDRA!

¿Por qué deben ser así las cosas?

– ¡Tranquilo Draco, Harry está intentando usar su varita! Debemos aleja…..

¿Qué puedo hacer para cambiarlas?

– ….llevarla a San Mungo para que…

¿Por qué deben ser así las cosas?

– ….está muy pálida y…

¿Qué puedo hacer para cambiarlas?

– …¡Potter…… por favor… Scorpius… no puedo perderla… ¡No puedo!

El tono aterrado en la voz de Draco llegó nítidamente sobre todo lo demás. Sobre el zumbido infernal, sobre las luces de colores, sobre la quemazón, sobre su sentimiento de pérdida, sobre su mundo no controlado, sobre lo que no podía manejar.

Era ella. Ella lo estaba provocando… Esa piedra sólo era un catalizador mágico…

No podía pretender siempre tener todo controlado. Ni podía esperar vivir siempre bajo lo esperado. ¿Por qué no aprendía a vivir con lo que la vida le había otorgado en lugar de esperar lo que no tenía?

¿Por qué deben ser así las cosas?

Porque así es justamente la vida, inesperada, voluble, inestable. VIDA

¿Qué puedo hacer para cambiarlas?

Me estoy quejando de lo que tengo… ¡Soy una tonta! He estado pensando en lo que me falta en lugar de disfrutar lo que la vida me ha otorgado. ¡Que estúpida! No quiero cambiar nada. ¡No quiero otra realidad!

– ¡QUIERO ESTA REALIDAD!

Fue lo último que gritó Hermione antes de caer en la inconsciencia.

oooooooooOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo

Los sonidos ininteligibles fueron aclarándose hasta convertirse en murmullos casi claros. Definitivamente se encontraba en una superficie blanda.

Una cama. Estoy en una habitación.

No quería abrir los ojos y despertar otra vez en Hogwarts. No! No podía regresar de nuevo a Hogwarts.

– Shist! Creo que empieza a recobrar el sentido…

La voz de Ron llegó hacia ella y aquella náusea volvió a atormentarla.

¡¡No puedo haber regresado!! No por favor!!

– ¡Silencio todos! – Harry bramó con autoridad. Allí viene Draco y la sanadora con los resultados.

Draco. ¡DRACO!

Abrió los ojos de golpe e intentó ponerse de pie. Pero se sintió mareada. Un par de manos la sujetaron y la devolvieron al lecho con delicadeza.

– No intentes ponerte de pie o juro que te aplicaré un petríficus totalus en este instante – la voz que arrastraba las palabras llegó muy cerca de su oreja.

La cabeza de Hermione empezaba a disiparse y su visión a aclararse. Giró y vio a Harry, Ginny, Lavender, Ron y junto a ella, a su amado Draco.

– ¿Dónde estoy… en qué año me encuentro..?

– El dichoso regalito sí que estuvo de pelos ¿eh Malfoy? – Ron habló sarcástico.

Hermione fijo la vista en Draco que contenía a duras penas las ganas de responder. Se encontraba sentado junto a ella en la cama de esa habitación. No podía determinar exactamente que lugar era ese.

– Estamos en San Mungo – Harry captó la mirada de desconcierto y se apresuró en contestar.

– ¿Qué me sucedió? – Preguntó anhelante – ¿Cómo es que terminé aquí? ¿Qué sucedió con la piedra?

– Tranquila, las cosas a su turno – replicó Harry acercándose por el otro extremo a Hermione y tomándola de la mano.

Draco observó el gesto, pero su semblante no reflejó emoción alguna.

– Te desmayaste en el andén. Te trajimos para que la sanadora Eldge te revisara – agregó Ginny ya más tranquilizada al ver el color en la cara de su amiga.

– Ella es muy buena sanadora. Se está encargando del embarazo de Lavender. Tiene mucha paciencia con las madres. Tú entiendes… los cambios de humor, las estrías, los…. ¡Auch!

– Lo siento, Ronny. No te vi – Ginny caminaba por sobre el pie de Ron hacia Hermione.

– ¿Te sientes bien, amor?

Draco le habló mirándola con ternura, pronunciando apenas la última palabra. La presencia de tantos Weasley lo ponía nervioso. Deseaba estar a solas con ella, pero no podía desalojar a todos los presentes y mucho menos con todo lo que habían ayudado. Hasta el imbécil de Ron.

– ¿Qué pasó con la piedra?

– Harry la destruyó apenas salió de tu mano. Lo que no fue extraño, ya que al inicio estaba casi fusionada con tu palma, y por más que Harry trató de hechizarla no parecía querer desprenderse. Luego sin más, se soltó sin magia alguna. Sólo así

– Y yo la destruí con un hechizo explosivo. Menudos regalos hacen hoy en día. – continuó Ron después de Ginny.

La sábana bajo la palma de Draco se frunció por unos segundos pero luego volvió a alisarse sin que nadie se percatara de ello. Sólo Hermione.

– Nos pegaste un buen susto, Hermione – acotó Ginny – sobre todo a Draco – palmeó la espalda del rubio y éste se sobresaltó – ¿Ves?, aún sigue asustado…

Draco abrió la boca para refutar pero la puerta de la enfermería se abrió y entro la sanadora. Tenía un montón de papeles en las manos de diferentes colores y tenía la expresión taciturna.

Todos hicieron silencio, fijos en sus lugares y expectantes al resultado de los análisis mágicos aplicados a Hermione. Todos menos Draco que saltó de la cama para situarse frente a la Sanadora.

– Noticia buena y noticia mala. ¿Qué le gustaría escuchar primero?

– La mala… dijeron a coro. Salvo Draco que seguía enmudecido mirando a la sanadora.

Claro, como no es para ellos bufó Hermione

– La mala es que estás un poco anémica y a luces vista estresada y eso no es nada bueno.

– La buena es que son dos cosas que podemos remediar. No podemos arriesgarnos en tu estado.

– ¿Qué estado? – logró balbucear Hermione, sospechando….sintiendo que su corazón empezaba a agitarse frenético.

– Estás embarazada.

Hermione no supo cuanto tiempo estuvo sin habla. Observaba como en una película muda los gritos de felicidad de sus amigos y los abrazos entre ellos.

Embarazada…

No, debía ser un error… ella no podía… Draco no podía….

Draco.

Ladeó el rostro para verlo. Se había sentado en una silla cercana, ajeno a toda aquella algarabía. Sentado apenas en una pequeña parte del asiento con las largas piernas en ángulo y los brazos apoyados en ella. El rostro oculto por sus rubios cabellos lacios.

¿Qué estaría pensando… que pasaba exactamente por su cabeza en ese instante…?

Tembló de pronto. La náusea volvió a ganarle amenazando con devolver lo que había comido en la mañana. Definitivamente era miedo.

¿Y si piensa que lo engañé…?

Una punzada de indignación se hincó en su cabeza inmediatamente.

¿Sería capaz de pensarlo?

Tenía que aclararlo en ese instante.

– Necesito que todos salgan de la habitación.

– ¿Pero?

– Por favor, háganlo.

Sorprendidos salieron todos a esperar en el pasadizo. Menos Draco que aún continuaba en aquella posición.

Con precaución bajó de la camilla y se quedó quieta decidiendo su siguiente paso. ¡Cómo poder explicarle lo que era inexplicable incluso para ella! Seguramente su familia se llenaría la boca despotricando contra ella, arguyendo que ella había sido infiel, ya que los Malfoy sólo tienen hijos unigénitos. Quizás haya tenido que ver su sangre muggle. Su sangre sucia, como él solía insultarla muchos años atrás. Puede que, aquella renovación de sangre genéticamente más vigorosa por su constante mezcla de genes haya logrado vencer aquella falla en los Malfoy.

Y la otra posibilidad… Tenía que saberlo también. Si él pensaba que ella era capaz de algo semejante… Rayos! ¿Podría pensar en esa posibilidad?

Tendría que hacerlo…

No pudo seguir el hilo de sus pensamientos porque Draco había acortado los pocos metros que los separaban en un instante y ahora estaba tan cerca de ella… tan cerca que sentía el aroma agradable de su fino perfume mezclado con ese aroma tan seductor que lograba poner su mente en blanco. Las fuertes manos la tomaron con delicadeza extrema de los brazos y acortaron la poca distancia que había entre ellos.

Levantó la vista para perderse en él. Casi conteniendo el aliento y olvidando cualquier pensamiento o resolución formada segundos antes. Sólo concentrada en la necesidad que tenía de él. Sus ojos se deslizaron por los pálidos rasgos: la dureza de su mandíbula angulosa, la suave curva de sus labios sonrosados, la línea perfecta de su nariz, el ángulo agudo de sus pómulos, el cabello desordenado.

– Draco... te juro que yo no…

Espiró con tal fuerza que casi pareció un gruñido, pero sin soltarla.

– ¿Tratas de justificar algo? – la contempló con ojos serios.

– No sé que… – Hermione desvió la vista al hablar. Deseaba contener las incipientes lágrimas – no sé piensas ni que harás…

Su rostro se estremeció de consternación al oír aquellas palabras y la angustia no abandonó sus insondables ojos grises.

– Algunas veces, realmente me odio a mí mismo

La expresión de Hermione no necesitaba palabras.

– Parece que a pesar de tantos años juntos, todavía no logro convencerte ¿cierto?

Su voz era apacible, pero su mirada abatida estaba fija en los ojos marrones.

Hermione sintió como si una espada le hubiera cruzado el corazón de lado a lado. En ese momento, tuvo una vaga conciencia de lo que había hecho.

– Soy una boba…

– Lo eres.

Con movimiento calculado, acarició el rostro húmedo de Hermione con la yema de los dedos, deteniéndose en los labios temblorosos. Se inclinó para posar suavemente los labios sobre la boca entreabierta. Casi bebiendo su aliento tibio.

– Te amo — susurró contra los húmedos labios de su esposa — Es una pobre justificación para todo lo que te he obligado a soportar al estar a mi lado…

Cualquier duda de Hermione se escurrió como agua entre los dedos.

– Soy una boba…

– Ya aclaramos ese punto.

Besó las comisuras de los labios que sonreían en ese instante, con ligeros toques. Secó nuevamente las lágrimas que volvían a brotar.

– ¿Me perdonas?

– Ese punto también debería estar claro. ¿Qué hiciste con mi sabelotodo?

Hermione hipó conteniendo un mohín. El le acarició el cabello con suavidad mientras se inclinaba para depositar, una vez más, un pequeño beso en los labios sonrientes.

– El color de tus cabellos combinaría perfecto con unos ojos grises.

– ¿Eh?

– Vamos a ser padres, boba.

Hermione arrugó el ceño una milésima de segundo.

– No comprendo cómo.

– Tendremos tiempo de sobra para averiguarlo. Aunque asumo que tiene que ver con tu sangre. Jamás imaginé que nos pudiera ser útil…

– Ahora tú eres el bobo.

Draco adoptó ese gesto tan suyo que mediaba entre la seducción y la altanería. Finalmente río dejando ver sus dientes perfectos. Puso las yemas de los dedos sobre los labios de su esposa, que esbozaron una sonrisa

– Te amaré por siempre.

Ella miró hacia los ojos grises. Dejó de sonreír, conteniendo el aliento, sobrecogida ante esa sencilla y sincera frase que resumía toda la razón de su existencia. La consabida conmoción de su corazón latiendo más atropellado de lo normal amenazaba con regresar.

Una vez más se inclinó hacia ella para besarla. Sólo que esta vez, dejó el corazón en ello.

Mientras él la besaba con intensidad, con necesidad, con ternura y pasión. Hermione supo que no le interesaba ya lo que pasara en un futuro, ni el mañana ni dentro de algunas horas, porque sentía que aquel cariño, ternura y pasión estaban total e irremediablemente encadenados a su alma.

Por y para siempre.


Gracias infinitas a todos los que tuvieron a bien leerme y como no! a los fieles lectores que dejaron un review. Quería escribir un agradecimiento especial a cada una(o) de ustedes, pero que la web se me quedaría corta para expresar mis sentimientos por el tiempo de su vida que dedicaron a mis locuras.

Un enorme beso para ustedes.

Nos leemos. (no se olviden de activar ¡alerta de autor! Vale)

Gracias mil.