Capítulo treinta y siete.

Desear.

Le Bret esperaba en San Honorato, el edificio en esa calle que antes fungía como pastelería estaba abandonado desde hace meses, pero seguía siendo un punto de reunión recurrente para poetas y bohemios que charlaban y bebían un poco en el simple suelo.

Descansando la espalda en el vidrio del mostrador, mirando sobre su hombro lo que se alcanzaba a divisar a través de la opacidad del abandono, los recuerdos eran gratos a pesar de la situación actual.

-¿Se me hizo tarde?- lo espabiló una voz femenina.

-Al contrario, yo llegué unos minutos antes.- sonrió Le Bret como bienvenida a su invitada del día.

Fleur Blanche y su protegido Gabriel, de pronto se habían vuelto una compañía recurrente para el Cadete esos días sin Cyrano.

-¿Y Gabriel?- preguntó él al notar que por primera vez Fleur llegaba a su encuentro sola.

-Se quedó en casa.- respondió la joven con toda tranquilidad –Tuvimos una visita sorpresa y decidió quedarse con ella.

-¿Visita?- preguntó él, confundido, tenía entendido que no eran muy sociables.

-Una señorita blanca, peluda, caprichosa y que hace "miau".- respondió Fleur haciéndose la interesante.

Le Bret soltó una risa corta, comprendiendo.

El Cadete le ofreció el brazo a su acompañante, comenzando a guiarla

-Seguro un gato es más entretenido para un niño que dos adultos.- comentó él habiendo avanzado unos pasos en silencio.

-Gabriel es un chico muy listo, le gusta escuchar a los adultos. Pero Ayesha es su debilidad.- contestó Fleur.

Se hizo un momento de silencio incómodo, en le que obviamente Le Bret suprimía un comentario que se le había venido a la cabeza.

-¿En qué piensa, señor Le Bret?- pero la curiosidad de la reportera fue más fuerte que la discreción.

Le Bret se sonrojó un poco, incómodo.

-Verá…- suspiró -…sólo pensaba en la calidez y ternura de su mirada cuando se refiere a Gabriel.

Y fue el turno de la joven para sonrojarse y bajar la mirada.

-¿Alguna vez ha pensado en una familia para el niño?- preguntó Le Bret, tal vez no habría otra oportunidad para tratar asuntos totalmente de adultos sin el niño presente.

-¿Una familia?- exclamó Fleur aún más sonrojada.

-Seguramente será difícil para Gabriel la adolescencia sin una figura paterna. Tal vez hasta un hermano o herm- continúo él con toda seriedad.

-¡Espera! ¿No estarás insinuando que tú…- interrumpió Fleur soltándose del brazo y alejándose de un saltito.

-¿Qué? ¡No, no! ¡No es eso!- exclamó el moreno alejándose también de una zancada.

Se miraron unos segundos esforzándose en calmar el bochorno.

-Un padre y tal vez un hermano o hermana para Gabriel, pero no me refería a mi mismo.- continuó Le Bret más tranquilo, comenzando a andar de nuevo seguido por Fleur. –La vida de un Cadete no me parece la mejor para formar una familia. Imagine que tuviera esposa e hijos y hubiera muerto en Arras.

-Nos la hemos arreglado bien solos.- afirmó Fleur.

Ambos se miraron una vez más. Fleur suspiró.

-¿Sabes? Gabriel me preguntó si no me gustaría que fuéramos una familia con Erik como el padre.- explicó como si no importara –Creo que piensa que me estoy enamorando de él.

-¿Y no es así?- preguntó el Cadete tomándola de la mano y pidiéndole sinceridad con la mirada –Una mujer debe tener claros su sentimientos.

La joven sonrió con seguridad.

-Tengo claro lo que siento.- afirmó –Y a decir verdad, la idea de una familia con Erik no me parece tan mala.

Le Bret observó confundido a la chica que le había desviado la mirada una vez más, con un dejo de tristeza.

-Una familia con Erik como abuelo, yo la madre y Gabriel el hijo.- completó ella bajito. –¡Qué tonta! ¡A mi edad aún deseando una figura paterna!

El Cadete se acercó a la chica y tomó su mano.

-Nunca llame tonto a un deseo, señorita Blanche.- dijo sonriendo –Tal vez sean imposibles, tal vez sean inadecuados, pero nunca tontos. Los deseos son los que nos permiten seguir viviendo.

-Tienes razón.- asintió Fleur iluminando su rostro. Comenzó a caminar jalando a su acompañante de la mano –Bueeeeeno. ¿Qué comeremos hoy?

Mientras tanto, en la casa del lago subterráneo bajo la Ópera, Cyrano bostezó.

-¿Ha comprendido, Canelle?- preguntó Erik mirando a la chica con los ojos clavados en un plano.

-Estoy tratando de memorizarlo.- aseguró ella.

"Pues yo no." pensó Cyrano esperando que hubieran terminado por ese día. No comprendía nada de lo que ellos planeaban, simplemente los miraba a ratos.

Mirar a Canelle se había vuelto placentero. Cuidar su sueño por las noches, mirarla sonreír cada día un poco más, mirarla concentrarse en su trabajo con Erik.

Durante tantos años pensó que aquello le estaba negado, toda su vida creyó que el único trato delicado y amoroso de una mujer sería el de su prima; su única amiga, la única a la que podía amar.

Qué tonto había sido al desear una mujer imposible, dejar que el brillo de la belleza de Roxana cegara su vista; como el Sol después de mirarlo directamente te hace ver manchas obscuras, Una mancha obscura había oculto los atributos de Canelle, era increíble que después de tantos años de tener fija la mirada en el Sol, lo estaba esperando la Luna.

-Seguiremos mañana.- indicó Erik comenzando a enrollar los planos.

Canelle asintió y miró a su alrededor, encontrándose con la mirada de Cyrano. Sonrieron como tontos y ella se acercó a la silla donde él estaba sentado.

-¿Te aburriste?- preguntó ella tomando su mano.

No le dio tiempo de contestar al notar un rasguño en su mano.

-¿Qué te pasó?- preguntó preocupada.

-No trates de acariciar a la gata.- respondió Cyrano molesto.

-Así que usted la ahuyentó.- se entrometió Erik sin inmutarse –No le agradan los extraños.

-Me di cuenta.- siseó el Cadete mirándose el rasguño.

Canelle reprimió una risa, la manera en que la gata se paseaba por el lugar y se restregaba contra su dueño le había dejado claro quien era la reina de la casa. Una reina bastante caprichosa, supuso, al ver que era alimentada exclusivamente con salmón y caviar.

Una vez había intentado llamarla agitando un pañuelo, esperando que como a cualquier otro gato le llamaría la atención para jugar, pero sólo recibió una mirada de desprecio antes de que la gata saltara del banquillo del órgano y fuera a sentarse sobre las piernas de su Erik que escribía sobre la mesa, mirándola triunfante desde el regazo de su deño mientras él la acariciaba.

Ella no había tocado a Erik ni por equivocación, ni siquiera al tomar lo que él le ofrecía; siempre se alejaba de ella, incluso estando quietos nunca se acercaba a menos de un paso y su postura parecía mantenerlo listo para desaparecer huyendo en cualquier momento.

Pero lo había observado cerca de Cyrano y con él no se mostraba tan esquivo. tal vez se trataba de su trato hacia las mujeres.

Se preguntó entonces cuántas mujeres habrían estado en contacto con él, cuántas mujeres podrían estar en su presencia sin morir de miedo, si alguna había visto su rostro.

Lo miró ordenando la mesa para la cena, con esos movimientos elegantes y como si todo lo que hiciera fuera una danza única y especial.

-¿Puedo ayudar?- preguntó soltando finalmente la mano de Cyrano que había estado acariciando sin darse cuenta mientras pensaba y acercándose a Erik. Una vez más el lenguaje corporal esquivo.

-Oh no, ustedes son mis huéspedes.- respondió el enmascarado sin mirarla.

Cyrano y Canelle se miraron y esperaron la cena, que se llevó a cabo en silencio.

Finalmente se encontraron a solas en la habitación que les había sido asignada, dónde se habían quedado despiertos gran parte de la noche charlando, poniéndose al corriente. No les había ido bien a ninguno de los dos en su tiempo separados.

Él se dejó caer en la cama y miró el techo.

-¿Qué pasa?- preguntó ella recostándose junto a él.

-Extraño la Luna.- respondió el Cadete sin pensarlo.

Canelle lo abrazó.

-¿A ti te gusta la Luna, Canelle?- preguntó abrazándola también.

La chica asintió con la cabeza.

-¿Sabes? Es como tú.- susurró Cyrano.

-¿Cómo?- preguntó la castaña enderezándose un poco.

Él se sonrojó.

-Puedo mirar lo hermosa que eres todo lo que desee.- comenzó a explicar –Igual que a la Luna buena, siempre brillando entre la obscuridad, sin herir los ojos de quien la contemple, guiando a quienes se mueven en las sombras, dándoles ánimos.

-¿Así soy yo?- preguntó la chica avergonzada.

-Tal cual.- afirmó Cyrano acariciando la mejilla de su querida.

Ella se abrazó a él.

-¿Qué haremos cuando todo esto acabe, Cyrano?- preguntó con aire triste. Era tan feliz ahora, ocultos de todo, nada ni nadie los podía molestar. Pero al salir de ahí, al regresar a su vida cotidiana, ¿podrían seguir adelante con esa relación?

-No estoy seguro.- respondió Cyrano besando su cabello –Pero estaremos juntos.

-Desearía quedarme aquí.- sollozó Canelle.

-Cuidado con lo que desea, señorita Canelle, porque podría volverse realidad.- filosofó él, acariciándola.

-Entonces deseo que estemos juntos siempre.- continúo ella.

-Desearé lo mismo, seguro se cumplirá.- concluyó él.

Y deseando juntos, el sueño los venció muy pronto.

Aw. Los amo a todos.