¿Tres años sin publicar y ahora os vengo con éstas? Pues sí. Terrible. Cuidado que hay lenguaje fuerte y soez del que le gusta a Sirius (nunca fue muy remilgado).

Todas las noches

Se abrió la puerta y hubo dos respiraciones densas, concentradas, que invadieron la habitación a oscuras. También el ruido húmedo de los besos se expandió en el silencio, un ruido creciente en intensidad, con algunos gemidos dulces, femeninos, intercalados.

-Espera.

Lily se separó con un gesto de sorpresa.

-¿Qué?

-Espera –a pesar de la oscuridad, James entornaba los ojos y miraba a su alrededor con gesto concentrado.

-¿Porqué?

-Seréis hijos de una banshee maloliente, pedazo de cabrones –masculló él a nadie en concreto mientras se agachaba junto a su cama y metía la mano debajo del colchón.

Sacó a Sirius de un tirón. El chico se puso en pie y le guiñó un ojo a Lily mientras se arreglaba la larga melena negra.

-Joder, Jimmy, yo creía que ya ibas por la falda por lo menos.

-Como no te largues ahora mismo me voy a dedicar a criar ladillas en tu polla, Sirius.

-Qué estilo, Potter –suspiró Lily.

-Creía que habíamos acordado llamarnos por el nombre.

-Cierto, perdona. Qué estilo, James.

-Gracias –James no le quitaba el ojo de encima a su mejor amigo –Fuera.

-¿Yo tengo que irme y Remus puede quedarse dentro del armario oyéndolo todo? No es justo.

Lily abrió la puerta del armario con tal rapidez que Remus no tuvo tiempo ni de esconderse detrás de las camisas. La miró desconcertado, y ella le frunció el ceño. Remus lo intentó con una sonrisa.

-Erm… oí ruidos y no sabía que pasaba, así que…

-¿Decidiste esconderte en el armario de tu propia habitación?

-… fue todo idea de Sirius.

-¡Serás cabronazo! –Sirius le echó una mirada fulminante desde la otra punta de la habitación pero la mirada de cabreo de James le disuadió de moverse del sitio. Y menos aún cuando el chico de las gafas escaneó el lugar y sin alzar la voz llamó a Pettigrew.

-Sal de ahí, Pete.

-¿Habéis vendido entradas o qué? –se quejó Lily con un bufido cuando Peter salió de detrás de una butaca. -¿Lo vais a retransmitir por la tele?

-¿La qué? –preguntaron todos con cara de desconcierto.

-Nada –ella se arregló un mechón detrás de la oreja con gesto de fastidio.

-Bueno, ya vale, fuera todos de aquí echando leches –James empujó a Sirius hacia la puerta –Mañana pienso arrancarte los pelos del brazo con cera, Canuto, y lo voy a disfrutar. Voy a pensar mucho en cómo joderos bien jodidos, y voy a encontrar algo, ya verás.

-Oye, oye –se defendió Sirius con aspavientos –no es culpa nuestra que estéis más salidos que el pomo de una puerta, coño, estábamos aquí porque pensábamos que os ibais a decir estupideces románticas para poder cachondearnos de vosotros el resto de vuestra vida ¡y va y resulta que casi estabais en pelotas y a punto de meter la quaffle por el aro!

Lily se cruzó de brazos y lo miró con expresión tranquila.

-Y ya que estabais, ibais a disfrutar de un poco de porno en vivo gratis.

-Bajo esa fachada tuya fría y estirada, Evans, hay una guarrilla de primera clase, a mí no me engañas –Sirius le dedicó una de esas sonrisas especiales que podrían dejar inconsciente a una pandilla de quince niñas adolescentes.

-Que te jodan, Black. ¡Ah no, que eso te gustaría!

-Uh, y dices tacos en la intimidad, estás llena de sorpresas.

-Me cago en la puta, tíos, ¡largaos de aquí de una vez o no respondo de mis actos! –bramó James abriendo la puerta de par en par. Remus hizo un gesto silencioso a Peter y arrastró a Sirius hacia fuera, quien aún seguía diciéndose cosas agradables con Lily.

-Seguro que llevas soñando con el rabo de James desde tercero. ¡Oh James, tómame en el baño de prefectos, soy tuya! ¡James! –gritó con voz aflautada antes de que James le cerrara la puerta en las narices.

-Gilipollas enfermo –masculló él antes de echar todos los hechizos que se le ocurrieron para insonorizar y cerrar todas las ventanas y la puerta.

-A veces me pregunto si lo de "Colegio especial" tenía otro significado en el caso de Black –Lily se dejó caer sobre la cama de James con pesadez. Se hundió un poco y emitió un sonido gutural, cercano al gemido. A James se le erizaron hasta los pelos de la cabeza.

Ella se relajó y buscó la postura más cómoda, haciéndose un hueco cálido con su cuerpo sobre la colcha rojiza. Cinco minutos después, James seguía rígido, mirándola fijamente, a diez pasos, quieto como una estatua de sal.

-¿Vas a quedarte ahí toda la noche? –sonrió ella.

-Voy a decir algo que negaré haber dicho en público, Lils, pero… ¿no vas un poco rápido? Quiero decir –el chico se pasó la mano por el pelo –es nuestra primera cita, ni siquiera sé cuál es tu color favorito.

-El verde –respondió ella rápidamente. Se acodó sobre la almohada y, al moverse, se le subió la falda un par de centímetros que dejaron a la vista sus generosos muslos. James notó el latigazo en la espalda. –Si al final vas a ser un romántico, Potter.

-¿Ves lo que quiero decir? Ni siquiera eres capaz de llamarme por el nombre, y estás ahí… en mi cama… como si…

-¿Cómo si estuviera esperando a que me quites la ropa?

-Sí.

-Es que estoy esperando a que me quites la ropa, James.

-¡Joder! –James se mordió el labio inferior y trató de disimular la erección que le subía por los pantalones. -¡No me hagas esto, Lily!

-¿Por qué no? –ella lo miró largamente por entre sus pestañas oscuras, con una sonrisa en la boca –Tenemos diecisiete años, en una semana acaba el colegio, y en el mundo que nos espera se prepara para una guerra. Me apetece estar aquí, contigo, y que me quites la ropa como tantos años llevas diciendo que harías.

-Lo que yo quiero es que seas la madre de mis hijos, Lily, que me dejes comprarte helados y regalarte bombones, darte la mano mientras paseamos por el bosque ¡y esas cosas que supuestamente os gustan a las chicas, joder!

-Mentiroso –se levantó de la cama, vino a buscarlo, lo besó en el cuello, en el nacimiento de la barba de tres días que él creía que le hacía más varonil. –Llevamos años saliendo juntos, James, años. Años persiguiéndonos por los pasillos, flirteando, diciendo que no, pero ambos sabíamos que en el fondo era que sí; sé todos tus gestos de memoria, cómo muerdes el lápiz, cómo coges la cuchara, cómo andas, la manera en que se te oscurecen los ojos cuando estás preocupado; te conozco mejor de lo que piensas, y ahora que estoy contigo siento que llevo años echándote de menos.

-Sabía que tanto esfuerzo valía la pena –murmuró James, controlándose mucho para no arrancarle la ropa a bocados.

-Y sé que esta noche quieres lo mismo que yo –los ojos de ella eran de jade líquido, burbujeaban a través de sus pestañas oscuras. James la miró, hechizado, como si nunca en su vida hubiera visto algo tan hermoso como su cuello blanco, desnudo. Sonreía, dándoselas de una mujer fatal que no era. -¿Estás nervioso?

-Sí. Claro que estoy nervioso, joder. Y a mí no me hace ni puta gracia -a ella se le congeló la risa. -Te quiero –dijo él, con franqueza absoluta, con seriedad. –No puedes pedirme que pase una noche contigo, porque no quiero una noche. Las quiero todas.

Ella entreabrió los labios, de pronto invadida por un sentimiento extraño, por una liquidez que le bajaba por el estómago; sin saber cómo explicarse o qué decir. Alzó una mano y con el índice recorrió el mentón varonil, despacio, con ternura.

De pronto tenía lágrimas que le arrasaban los ojos, el cuerpo le quemaba. Lo besó lento, al ritmo de contrabajo que murmura su compás sin prisa pero con pasión, invadió su boca el calor de la lengua de él, apretó su cuerpo contra el otro, se alzó con los brazos rodeando el cuello fuerte de James, gozando de cada milímetro de piel de él. Entreabrió los ojos, los labios y las piernas cuando él subió la mano por el muslo insinuado y la tendió sobre la cama de cuatro postes, quitándole el suéter por la cabeza.

-Todas las noches empiezan hoy –murmuró Lilianne Evans aquella noche a James Potter en la habitación de los chicos de Hogwarts mientras desabotonaba con dedos temblorosas los pantalones.

Él pidió todas las noches, y ella se las dio.