Los pecados de un alquimista. Capitulo 3: Sueños perturbadores (Primera parte)
By: x-Edward-Elric-x

La noche cae y el fuego de la chimenea es lo único que se puede contemplar en medio de toda la oscuridad. Eran las tantas de la madrugada y lo único que podía hacer el alquimista era mirar el fuego. Sentado, veía como las imágenes de tiempos pasados volvían a su memoria. Se hacía mil y una preguntas sobre todo lo que había pasado. ¿Dónde estaría el alemán?, ¿qué podría tramar Envy?, ¿por qué estaba en este mundo?. Tanto él como su hermano no lo sabían. Alphonse estaba arriba, en la cama, durmiendo, pero, aún Edward sabiéndolo, no quiso molestarle. El alquimista se sentía extraño, triste, asustado e incluso indefenso ante tal situación. Sabía perfectamente que en este mundo no podía utilizar la alquimia para absolutamente nada y que el propio homúnculo tampoco puede transformarse. Edward no conseguía entender los planes que, supuestamente, cree que tiene planeado el ser carecedor de alma. Recordaba los últimos momentos del día, cuando tanto homúnculo como alquimista estaban peleándose en aquel callejón de la ciudad.

"Sigues sabiendo a chocolate, canijo... Como la última vez."

Esa frase no paraba de repetirse una y otra vez sensualmente en la cabeza del joven Elric. Cada vez más se iba comiendo la cabeza por dentro, intentando sacar algo en claro, pero de nada le sirvió. Estaba inquieto y él lo sabía. No le gustaba y sabía que era impropio de él.

"¿A qué has venido a este mundo, homúnculo? ... ¿y por qué?" – Pensaba.

Entonces se levantó y se apoyo sobre la pared y fijo sus dorados ojos en la ventana, viendo la calle desierta, oscura y, probablemente, fría. Empezó a pensar en cómo había llegado a esta situación. Empezando por aquella frase que tanto le hacía ruborizarse y que cada vez que recordaba el momento en que se lo dijo, con esa voz, se estremecía.

"Sigues sabiendo a chocolate, canijo... Como la última vez."

¿Os interesaría saber el por qué de la reacción del alquimista ante esta frase?

Ocurrió ya hace algún tiempo; un tiempo que Edward no podrá olvidar jamás. Un tiempo en el que la alquimia sí podía ser utilizada, un tiempo en el que todavía no se había traspasado la puerta, un tiempo en el que lo único importante era conseguir la piedra filosofal, el cuerpo de Alphonse y acabar con aquellos seres que se hacían llamar homúnculos.

-¿Estás seguro de que era aquí donde nos dijo el coronel que se habían visto los homúnculos, Ed? –Preguntaba el menor de los Elric mirando hacía un lado y hacía otro sin expresión definida en el rostro ya que, en aquellos tiempo, Alphonse aún conservaba su aspecto en armadura.

El hermano mayor sacó un papel doblado del bolsillo y miró su contenido.

-Eso es lo que pone aquí... Más vale que ese coronel no se equivoque. Le veo capaz de mandarnos aquí sin motivo alguno o ya sabes... Siempre nos tiene que utilizar como marionetas para sus tejemanejes.

-Puede ser, pero, Ed, no tienes que hablar tan mal del coronel. Recuerda que es como nuestro tutor.

-¡Me da igual!

-No tienes remedio, hermano.

-Bueno, dejémoslo. – mira el papel en el que había un pequeño mapa dibujado y un texto que ocupaba mitad del folio, junto con una firma abajo del todo. – Según esto hay una bifurcación, ¿ves alguna, Al?

-¿Eh? – mira a su alrededor de nuevo. - ¡Ah! Sí, mira, por ahí.

-Genial. Yo iré por la derecha y tú por la izquierda. Si encuentras algo solo tienes que gritar mi nombre, ¿entendido?

-Lo mismo te digo, Ed.

Y ambos hermanos se separaron y siguieron por caminos diferentes.

Edward siguió por aquel camino de la derecha que cada vez se hacía más estrecho. Siguió caminando hasta llegar a un callejón sin salida y se paró en seco.

"¿Un muro? ¿No es un poco extraño que me haya señalado un sitio dónde no haya salida? ¿Será por el otro camino o puede que tal vez...?" – Mientras pensaba esto hizo un leve gesto para transmutar el muro y pasó al otro lado sin problemas.

-Lo sabía. – Sonrió con orgullo.

Siguió su camino hasta que empezó a oír unos ruidos extraños que provenían de atrás. Se giró y no vio nada. Preocupado preguntó a la nada si había alguien ahí, pero no hubo respuesta. Volvió a girarse y ahí estaba. La envidia personificada.

-Vaya, vaya, vaya, pues sí que obedeces ordenes de ese Mustang. –Dijo con picardía.

Edward se sobresaltó:

-¡Envy! – Se apartó de él de inmediato poniéndose a la defensiva.- ¿Qué dices?

-Tanto tú como Mustang sois unos idiotas... Habéis caído los dos en el mismo pozo. – Reía.

-Otra de tus trampas... Mierda... – Dijo indignado mientras se transmutaba el brazo derecho listo para pelear contra su enemigo.

- Oh, venga, canijo. No he venido para luchar contra ti...

-¡Repito eso si tienes agallas! – Contestó malhumorado.

-Sabía perfectamente que si me hacía pasar por un subordinado de Mustang y le mandaba aquel informe donde se dice que por esta zona se han visto homúnculos, te mandarían a ti y a tu hermano de hojalata a "inspeccionar" este sitio...

-¡Era otra trampa! – Edward se sobresaltó.

-¡Y siempre caes en ella, pequeño! – Se rió del alquimista.

Edward no podía consentir tal humillación. Siempre, tanto él como su hermano, caían en las mismas trampas de aquel ser. El rubio ya no podía confiarse ni del modo en el que Envy respiraba. Edward sabía que no debía confiar en él, sabía que algún malévolo plan se proponía y que tal vez podría salir mal parado de aquella situación. La rabia y el odio recorrían en ese momento el pequeño cuerpo del joven alquimista y corrió hacía Envy tratando de poder atacarlo y provocarle algún tipo de daño. Pero no fue así. El homúnculo pudo esquivar sin problemas al joven y de un giro le dio una patada en el estómago haciendo así que Edward cayera de rodillas al suelo indignado.

-¿Pero que forma es esa de saludarle a las personas? – Se mofaba Envy.

-¡Calla maldito bastardo! Tú no eres persona...

-¿Ah, no? ¿Eso crees? – Lo miró unos segundos con deseo y solo el silenció se pudo oler en el ambiente mientras que Edward intentaba reincorporarse. – Que niñato más cruel. Tus palabras me han herido. – Se acercó a Edward, intentando ayudarle a incorporarse y lo inmovilizó aprovechando la situación para acercarse a su oído y susurrarle atrevidamente mientras le pasaba una mano por el rostro, bajando al cuello y acariciándole el pecho lenta y suavemente con sensualidad. – Apuesto a que no hay persona alguna que te haga sentir "así" como yo lo hago...

De repente, el corazón de Edward empezó a acelerarse y se estremeció al sentir su aliento tan cerca de su oído.

-¿No te parece excitante, alquimista? – Continuó Envy.

Edward se levantó de golpe y empujó a su enemigo con violencia. Se sentía extraño en ese momento, sin palabras y enrojado. Envy se rió ante él con una risa leve y le dijo:

-Pero mira que mono te ves, Ed.

Entonces, el alquimista pudo reaccionar y se volvió a poner a la defensiva:

-¡¿Se puede saber qué demonios te pasa, Envy? ¿Qué tienes metido en la cabeza? ¿Por qué eres así? ¿De dónde han aparecido esas confianzas con tu rival? ¿Qué buscas?!

-Oh, lo siento. Tampoco es para tanto, no te sulfures. Siento haberte molestado, canijo.

-Tú no eres el mismo Envy de siempre... – Murmuró por lo bajo sin atender mucho al término que el homúnculo le había dado.

Envy se le acercó poco a poco. Edward estaba nervioso y preocupado. Como un animal salvaje que arrincona a su presa, Envy hizo con sus pasos que la espalda de Edward se pegara a la pared.

-¿En-Envy? – Tartamudeaba sintiéndose impotente y nervioso.

-Nunca... nunca te he podido tener de esta forma para mí. – Empezó a decir el homúnculo poniendo una mano sobre la pared, para que Edward no pudiera salir corriendo de ahí.

En un intento desesperado de poder escapar, Edward quiso pegarle, pero Envy le retuvo la mano fácilmente.

-Solo porque somos enemigos no me quieres a tu lado. Porque si no es a base de "trampas" nunca estarías conmigo. Siempre tengo que aguantarme y ver como todo el mundo te puede tener menos yo... como tú puedes estar tan cómodamente y confiado con los demás menos conmigo... Cuando sé que te hago sentirte de "esa" manera... y aún así... Es solo porque no soy humano, ¿verdad?

Edward estaba perplejo.

-¿A dón-dónde quieres llegar?

-Tu hermano ya no es humano y aún así lo quieres... ¿Por qué conmigo tiene que ser diferente, Ed?

Edward estaba sin habla. No entendía qué quería decir con eso. Envy posó su cabeza en el hombro de Edward.

-¿Envidias a mi hermano por eso? ¿Por eso siempre tienes que separarnos?

-Yo te quiero, Edward. Te ansío, te deseo y me excita mucho que seas mi enemigo y todo eso... Pero a la vez, por muy no humano que sea, duele. Saber que no hay cosas que yo no podría tener, duele.

Edward se sintió apenado por Envy y lo abrazó mirando hacia los lados para ver si alguien los veía.

"Exactamente... así, a escondidas... Porque soy algo prohibido y nadie nos puede saberlo porque tu reputación se vería seriamente dañada..." – Pensó Envy.

Hubo un momento de silencio en el aire durante unos minutos hasta que el nombre del alquimista se oía a lo lejos de la calle.

-Es Al... – Dijo separándose de Envy.

El homúnculo miró a Edward un tanto molesto y miró a Alphonse a lo lejos con odio en los ojos, convirtiéndose rápidamente es un precioso y pequeño gato que Edward sostenía en sus brazos.

-¿Has encontrado algo, Ed?

-No, por aquí no hay señales de esos homúnculos. ¿Qué me dices de ti?

-Tampoco. Incluso he estado preguntando y la gente no sabe nada.

-Seguro que fue una mentira de Mustang. – Dijo disimuladamente mirando al gato que tenía para darle a su hermano una excusa.

-No seas así, Ed... – Miró al gato. – ¡Ooh! ¡Pero que gato más bonito! ¿Dónde lo has encontrado?

-Estaba aquí... sentado. – Mentía.

-¿De verdad? ¿Te gusta? – La armadura empezó a acariciar al gato. – Nunca te he visto así con un animal, ¿eso significa que nos lo podemos quedar? – Se sentía emocionado.

-No.

-Pero, pero, pero...

-No podemos, Al... Sabes que no podemos tratar con animales... Lo siento.

-Entonces se va a quedar solo y abandonado aquí... sin comida ni familia... ¿Y qué me dices e esas noches de frías lluvias, hermano? ¿No te da pena? -Intentaba convencer a su hermano mayor de quedarse con el animal.

-Ains, Al, no sigas, por favor. Claro que me da pena, pero no podemos, hermano. Será mejor que regresemos, ¿vale? Tú ve a seguir buscando información sobre los homúnculos y yo iré a darle un hogar al gato, ¿sí?

-Voy contigo.

-No, Al...

El hermano pequeño notaba extraño a Edward, pero aún así le hizo caso.

-No tardes, nii-san.

Alphonse se alejó del rubio hasta desaparecer entre la multitud de la gente y el gato volvió a transformarse en Envy.

-Vaya, vaya, vaya... ¿Desde cuando mientes así a tu querido hermanito? – Se burlaba Envy, pero Edward solo se limitaba a quedarse callado avergonzado de sus actos hacia su hermano. – Oh, venga, tranquilo, alquimista. – Lo rodeo con sus brazos trayéndolo hacía si mismo.

-¿Qué quieres? – Preguntó Edward.

-Tú sabes lo que quiero, pequeño. – Le decía pícaramente.

Con un ligero roce en los labios del rubio Envy caminó hacia delante con el alquimista por delante de él, sujetando por detrás sus manos para que quedase inmóvil, lo llevó caminando unas calles más abajo donde ambos se introdujeron en una casa que tenía la ventana abierta.

Sin saber muy bien por qué Edward no oponía resistencia y no dejaba de mirar al homúnculo. Envy le sonreía sin parar perversamente sin dejar de soltarle las manos y le llevo a una de las habitaciones de la estancia.

-¿Sabías que está mal entrar en las casa ajenas?

-Claro que lo sé, querido Ed, pero no me malinterpretes, me han invitado. – Edward dudó.

"Oh, sí... malinterprétame todo lo que quieras porque es justo lo que parece... Ahí arriba, en el desván, está la familia atados a unas sillas durmiendo como angelitos... Sí, todo lo tengo planeado y esta vez no te me vas a escapar, amor" – Reveló lo sucedido con anterioridad en esa casa el perverso homúnculo.

Llegaron a una de las habitaciones donde apenas había luz y donde se podía respirar un agradable olor que no se sabía muy bien qué era. Envy por fin soltó las manos de Edward con delicadeza y acto seguido le empujó violentamente contra la cama, haciendo que este cayera boca arriba.

-Todo este tiempo... y aún no has puesto resistencia... Me sorprendes, alquimista.

Edward lo miraba con odio en sus ojos, pero aún así no se le revelaba. Envy se sentó encima de él y empezó a acariciarle la cara con suavidad sonriéndole y riéndose por lo bajo con satisfacción. El rubio escondió su avergonzado rostro y le dijo:

-¿Vas a tardar mucho?

-¿Eh?

-Haz lo que quieras y termina de una vez con tu propósito, Envy.

-¿Acaso no quieres? –Le preguntó extrañado, pero Edward no contestó.

-Tú no sabes lo que quiero... – Le miró de reojo.

-¿Ah, no? Muy bien, pues dímelo tú.

- Somos enemigos... – Empezó a decir con la voz temblorosa.

-... pero la atracción es muy grande y fuerte, ¿no crees? - Hizo una breve pausa - ¿No crees que es excitante? – El homúnculo se le acercó al rostro y su húmeda lengua rozó sus labios. – Y sigues sin poner resistencia... Eres demasiado fácil diría yo o acaso es que...

-Sí. – Afirmó Edward sin dejarle terminar.

-¿Te gusta esto? – Se sorprendió Envy.

-Y podría llevar a más, ¿no?

Las palabras del rubio estremecieron al homúnculo. Realmente no se esperaba eso de él y le levantó un poco para poder quitarle su roja gabardina seguida de su chaquetilla negra. Le empezó a besar el cuello ligeramente haciendo que Edward empezara a excitarse y metió su mano por debajo de la camiseta del alquimista acariciándolo por el torso.

-¿Vas a poner resistencia al final, pequeño? – Le preguntó pícaramente al alquimista.

-Depende de cómo me trates. – Envy le sonrió perversamente al oír eso.

El homúnculo no pudo resistirse y le desgarró la camiseta.

-¿Temes qué te haga daño? – Le dijo, pero Edward no le contestó. – Por muchas veces que te pegue, por muchas veces que te humille, no pensaría hacerte tanto daño. – El rubio no conseguía encontrar lógica a sus palabras.

El homúnculo lo miraba con deseo mientras con su dedo hacia círculos en su torso desnudo. Edward se estremecía, pero parecía como si quisiera ocultarlo.

-No tienes que esconderte, Ed. – Le susurraba Envy con cariño.

Se inclinó hacia delante y acarició el rostro de Edward y le lamía el cuello suavemente yéndose en dirección a su pecho. Mientras, el alquimista seguía sin oponerse a sus actos.

-¿Por qué haces esto, Envy?

-¿Tengo que hacerlo por alguna razón? – Edward volvió a no decir nada. – Eso, tú estate calladito. – Le sonrió de nuevo pícaramente y se atrevió a besarlo profundamente, y el alquimista le correspondió el beso.

"¿Cómo pude dejar que me hiciera esas cosas? ¿Por qué no pude detenerle en su momento? ¿Por qué siempre tenía que ser así? ¿Por qué no fui capaz de dejarlo?"

Preguntas, preguntas y más preguntas. Edward se estremecía cada vez más al recordar cuantas cosas le dejó hacer a Envy. Tenía la oportunidad de escapar, pero no lo hizo. Pensamientos, sensaciones, la experiencia que le dejó. Seguramente eso no era nada con todo lo que había pasado últimamente, pero aún así...

Se sentía sucio. Sentía que le habían dejado una huella en su cuerpo que era incapaz de borrar. Se lamentaba por todas aquellas cosas que le hacia. Pero, la verdadera pregunta que el alquimista de acero se hacía era la siguiente:

¿Le gustaba?

Puede que nunca le obligó a detenerse, nunca se detuvo para hacerle parar. ¿Le gustaba que le tocara? ¿Todos esos gemidos que de su boca emanaban eran reales?

No quiso contestar.

Se aproximó al sillón más cercano de la sala y se sentó esperando recibir el acogedor calor que daba el fuego que tenía delante.

Estaba completamente desnudo cuando el homúnculo se levantó de la cama. Puso sus manos sobre sus propias caderas y echó un vistazo desde lo alto al rubio.

-Así estás mucho mejor. – Rió.

Le había desnudado entero y Edward no se había molestado en intentar escapar. Envy estaba satisfecho con sus actos. El joven alquimista se ruborizó. Habían pasado unas cuantas horas desde que Envy le trajo a aquel lugar. Le había hecho infinidad de cosas y ninguno de los dos estaba cansado de aquello. Edward cerró los ojos durante un momento, tendido en la cama ajena, intentando sacar algo en claro de su sucia mente. Mientras pensaba cómo estaría su hermano, el homúnculo salió de la habitación durante unos minutos.

"¿Estará bien Al? " – Suspiró. – "Si llegara a enterarse de esto, yo ... ¿Podría perdonarme? ... Hermano..."

Elric abrió los ojos y vio entrar a Envy con un cuenco en sus manos.

-¿Qué es eso?

-¿Quién te ha dado permiso para hablar, retaco?

Edward no se molestó en discutirle. Envy se le acerco peligrosamente. Dejó el cuenco sobre aquella mesita de noche que había en la habitación y abrazó al alquimista.

-¿Por qué sigues haciéndome esto, Envy? – Quiso saber Edward.

-Porque quiero.

Aquella respuesta no le gustó nada al alquimista. De repente, Edward empujó a Envy con brutalidad, se levantó de la cama y se alejó de él molesto.

-¡¿Cómo puedes hacer estas cosas? ¿Cómo puedo yo dejarte hacerme estas cosas?! ¡No lo entiendo!

-¿No has pensado en que tal vez te guste...?

-¡No! Yo nunca... – No quería pensar aquello. – Nunca...

Envy se le acercó despacio hasta llegar a arrinconarle contra la pared.

-No quiero que te acerques, Envy...

-¿Tienes miedo de que pueda hacerte daño?

-¿Acaso no me haces daño siempre?

Envy no contestó. Acercó sus labios al oído de Edward y le intentó susurrar algo cuando el rubio se adelantó a él.

-No trates de decirme que me quieres porque no puedo creerlo.

Envy se sobbresaltó. Era como si le hubiera leído la mente y aquello le había molestado. Apretó los puños con fuerza y le dijo seriamente:

-Vete de aquí.

Edward se esperaba esa reacción, pero...

"No lo hice. No tuve el valor necesario para irme y dejarte solo..."

Edward se sentó en la cama y se disculpó. Entonces, Envy se le volvió acercar y se sentó junto a él.

-Eres un idiota, Ed.

El alquimista apartó la vista y no dijo nada. El homúnculo aprovecho esa reacción para cogerle fuertemente de las muñecas, haciendo presión sobre ellas, consiguiendo atarle de alguna forma a la cama.

-¡¡¿Qué haces, imbécil?!! – Gritaba Edward sorprendido.

-Ahora te vas a portar bien y vas a volverme a dejar que haga contigo lo que yo quiera, canijo. Venga, grita. Grita si así lo deseas. Nadie va a venir a ayudarte, mocoso. – Reía con malicia el homúnculo.

-¡¡Envy, para!! - Seguía gritando Edward.

De repente notó como una tela tapaba su visión y se ponía más nervioso, haciendo que gritara cada vez más fuerte y maldiciendo. Entonces, notó como un líquido tibio le recorría el torso.

"¿Qué es eso?" - Pensó.

Envy introdujo uno de sus dedos en la boca de Edward con aquel especie de líquido.

-Venga, saborea. – Le ordenó. – Dime qué es.

El alquimista lamió el dedo del homúnculo y tragó.

-¿Cho... chocolate?

-¡Bingo! – Dijo entre risas satisfecho. – ¡Muy bien, has acertado! Veamos... ¿qué puedo darte cómo premio?.

-¡Suéltame, Envy!

-No, no, no, no, no. Has herido mis sentimientos, pequeño. Ahora tienes que dejar que la herida que me has hecho se cure dejando que haga lo que quiera contigo. Tanto como si te gusta como si no. Me da igual, ¿sabes? Aunque conociéndote, y créeme, que te conozco, sé que te va a gustar mucho esta experiencia.

Al decirle aquello mojó sus labios del delicioso chocolate y besó apasionadamente a Edward.

-Saborea. – Le susurró separando su boca unos pequeños centímetros. – Saboréalo todo con cuidado y sin prisa, pequeño.

El rubio no conseguía ver absolutamente nada de nada. Parecía ser que le había vendado los ojos a propósito. Se excitó con sus palabras y se limitó a obedecer al homúnculo.

Pasaron los segundos, los minutos, puede que incluso las horas. Envy vertía chocolate sobre el indefenso cuerpo del alquimista y le lamía todo el cuerpo. Edward gemía. Las suplicas del rubio para que Envy le soltase cesaron. Solo quería disfrutar del momento, como Envy le había dicho.

-Sabes a chocolate, alquimista...

Edward se estremeció y le pidió más. Más bien le suplicaba entre pequeños gemidos. El homúnculo, satisfecho, le dio al pequeño lo que quiso. A la vez pensaba si era lo que realmente quería Edward. Quería saber qué cosas se le pasaba por la cabeza. Cómo, supuestamente, podía odiarlo tanto y dejar que él hiciera lo que quisiera con su débil cuerpo.

¿Sería todo real ... o fingido?

No podía dejar de pensar. Pero, Envy no quería pensar semejantes cosas. Quería, al igual que el mayor de los Elric, saborear cada momento. Llegó hasta la entrepierna del alquimista y le empezó a lamer el miembro de abajo arriba varias veces seguidas, esperando a ver las reacciones de su victima más, de vez en cuando, untando su miembro con chocolate y saboreándole intensamente.

En cambio, Edward no se quejó de aquello. Ni si quiera le pidió que parase. Solo se limitó a gemir y gemir, estremeciéndose en cada segundo que pasaba.

"Todas esas cosas que me hiciste... Y más que no he podido pensar... Será mejor que deje de recordar estas cosas... Si no... Si no... Podría ponerme..."

Elric se levantó de su asiento. No quiso seguir recordando más lo que sucedió tiempo atrás. Tampoco era que le desagradase. Todo lo contrario: le gustaba aquello, pero sabia que si continuaba así no podría dormir y, seguramente, quería volver a repetir esa experiencia.

Estaba aturdido. Mil imágenes de entonces se le pasaban por la cabeza. Debía descansar. Mañana seria otro día. ¿Podría con eso?

Edward apagó el fuego y subió las escaleras atontado. Pasó por la habitación de su hermano y se detuvo. Se quedo mirando cómo su hermano dormía placidamente y sonrió tristemente.

-Perdóname, Al. – Murmuró.

Cerró la puerta con cuidado, se desabrochó la camisa y me metió dentro de su habitación a dormir... o no precisamente a eso...

Continuará...