Amuleto

No era la primera vez que le pasaba: siempre que el tren se acercaba con su traqueteo sugerente hacia su ciudad natal, las tripas parecían ponerse de acuerdo para revolucionarse dentro de su estómago. No era que volver a Osaka lo disgustase, es más, allí se conservaban la mayoría de sus buenos recuerdos, pero quizás el hecho de que muchísimos de ellos estuviesen encadenados a la misma persona... Seguramente era aquello lo que prácticamente lo incomodaba.
Kazuha.
Para él aquella palabra, aquel nombre de mujer desencadenaba miles de significados que se expandían como las viejas raíces de un árbol. Hurgaban y se hundían bajo su piel. Chupaban y se alimentaban de su alma solitaria. Poco a poco, en silencio, como quien quiere pasar desapercibido. Se enredaban en sus recuerdos, se apropiaban de todas sus sonrisas, de todos sus nervios, de todos sus remordimientos, de todas sus cuestiones, dudas existenciales, temores.
Tres simples sílabas que agarraban todo lo que lo rodeaba y lo relacionaban con aquellas caderas escurridizas, una cola de caballo olvidada, centenares de "¡ahou!" perdidos y finalizaban en la mirada de dos gemelas que, en aquellos momentos, degustaban en silencio el mochi que él mismo les había pedido en la cafetería del vagón de al lado.
- ¿Qué pasa Irene? ¿No te está gustando? –se atrevió a preguntarle a una de ellas cuando la vio distraída mirando por la ventana sin probar bocado.
La pequeña desvió su atención del paisaje rural que atravesaban para mirarlo a él. Luego contempló su pequeño dulce blanquecino y volvió a observar a su padre.
- Bueno, ya sé que el mochi que sirven en este tren no será mejor que el que sueles comer, pero tan rancio no creo que sea -alargó la mano para quitarle el postre y lo probó-. Pues no sabe tan mal, la ver… -de pronto dejó de masticar, se metió los dedos en la boca y sacó un largo pelo castaño.
Inmediatamente le arrebató de las manos el dulce a la otra chiquilla y lo tiró en la bolsa donde habían venido.
- Prohibido comer cualquier cosa de aquí, ¿entendido? Y a vuestra madre ni una palabra de esto –les advirtió malhumorado y cerrando la bolsa, mientras continuaba murmurando y rechistando- Fuerte mierda, llego a traer a Sanidad y…
- Papi.
- ¿Qué pasa, Irene?
- Nos dejarás con mamá y te volverás a marchar, ¿verdad?
Hattori se quedó paralizado y la miró sorprendido. Los ojos claros de la niña no inspiraban ni una pincelada de reproche, sólo un temor y un miedo que hacía tiempo que no se encontraba en aquellos ojos. Vio que Saori había escuchado la pregunta y que, molesta, había preferido prestar atención al paisaje.
- ¿A qué viene eso, Irene?
Ella bajó la cabeza y silenció. Le costaba hablar de aquello, más que nada porque hablar de algo que no entendía se le hacía muy difícil.
- ¿Irene?
- No quiero… que te vuelvas a marchar.
Él torció la boca, como a alguien a quien al que le han tocado una herida mal curada, pero se esforzó por sonreír y tranquilizarla:
- Bueno, tú sabes que volveremos a vernos muy pronto. ¿No recuerdas las entradas del partido que te enseñé ayer? ¡Queda menos de un mes! ¿No estás deseando ir? –esperó una respuesta, no sólo de Irene, sino también de su hermana. Sin embargo, ninguna abrió la boca y los ánimos de él mismo se fueron desinflando- ¿Qué pasa? Siempre les ha gustado el béisbol; es un gran… partido…
Nuevamente la incomodidad y la melancolía habló por los tres. Era duro admitirlo, pero a Heiji cada día se le hacía más complicado llevar aquello. Y sus hijas cada día crecían y se preguntaban más cosas. En verdad las entendía: desde la separación, él y Kazuha no habían mantenido ni mucho menos una relación de enemistad o recriminación, sino algo más parecido a una amistad antigua con menos confianza, obviamente. Viéndolo desde fuera no se llevaban tan mal como para no estar juntos… Y era cierto.
Quizás el propio dolor que les había causado la situación, o el shock que había significado cambiar de la noche a la mañana a una nueva realidad, había desembocado en que los pocos encuentros que tenían (sólo para recoger o traer nuevamente a las niñas a Osaka) se basaran en una relación limitada, sin cuestionarse el uno al otro más de lo mínimamente exigido o charlar de otras cosas que no tuviesen que ver con sus hijas. Se trataban de normas escondidas, invisibles, casi secretas y nunca antes pactadas que habían nacido de no se sabía donde pero que, gustase o no, allí estaban y se respetaban sin faltar. A él ni se le ocurría tocar el tema de volver a estar juntos; a ella ni se le pasaba por la cabeza preguntarle por su trabajo. Eran como palabras prohibidas. Él se quedaba en un "Todo bien, ¿no?" y ella no respondía más que a un educado "Sí, no te preocupes". "Para lo que necesites ya sabes…" solía continuar él. "Sí, claro…" dejaba ella abandonado en el aire.
Sí claro… Ya sabes… ¿De verdad estaba tan claro? ¿En serio él mismo sabía a lo que se refería? A aquellas alturas entendían tan poco como las gemelas.
Cuando una hora después desembarcaron en la estación, los tres se bajaron y recogieron sus pocas pertenencias, que básicamente eran las de las pequeñas. Poco después consiguieron parar un taxi entre la muchedumbre que aquella tarde volvía a sus hogares tras la dura jornada.
- Mamá tiene uno de esos –comentó por el camino Saori, señalando, en medio de la caravana, el escaparate de una tienda de artículos de cocina.
Heiji miró hacia donde ella indicaba y reconoció de inmediato el objeto, dejándolo claro con una pequeña sonrisa.
- Lo que pasa es que para escurrir los espaguetis usa otro con agujeros de verdad.
- ¿Escurrir los espaguetis? Pero si no es para eso.
- ¿No? Pues entonces no sé para qué es, nunca lo usa… -intervino Irene.
- Es para cocinar takoyakis. Es como una sandwichera, pero con agujeritos, ¿ves? Ahí echas la pasta y se cocinan las bolitas –desveló su padre.
De repente se habían quedado los tres muy pensativos, contemplando sin abrir la boca el curioso artefacto expuesto.
Heiji rompió el silencio sin siquiera proponérselo, como si la pregunta que le rondaba por su mente inquieta se hubiera equivocado de camino y directamente se hubiera perdido en su garganta autómata:
- ¿Y dices que no lo usa?
- No.
- Ya veo…
Fue extraño, pero de pronto un amargo vacío se hizo dentro de él, un vacío en el que se perdieron imágenes de un White Day borroso, en el que una muchacha con el cabello recogido en una bonita cola de caballo innovaba y le entregaba una fiambrera de takoyakis, en vez de chocolate. Quizás era esa una de las cosas que lo habían enamorado de ella, su manera de cambiar lo que todo el mundo veía común, su empeño por dar la vuelta a la tortilla y presentar las cosas con otros aspecto, con otro sabor
Kazuha era imprevisible, y él alguien demasiado curioso como para que no le llamase la atención.
- Oye papá.
- Dime.
- ¿Y por qué no nos has llevado nunca a probarlos?
Él miró extrañado a su hija, olvidándose así del escaparate y de los recuerdos con forma redonda.
- ¿Nani? Porque supuse que ya las habrían comido, tu madre las hacía muy bien.
- Quizás se haya olvidado de la receta Saori –sonrió su hermana con convencimiento-. ¡Seguro que si le decimos que las hagas de nuevo la recuerda!
- ¡Es verdad! Aunque… ¿tú no sabes hacerlas, papá?
Él se rascó la mejilla, un tanto incómodo.
- ¿Eh? ¿Yo? Bueno, lo llegué a intentar en varias ocasiones, pero siempre acababan nombrando el lugar donde había cocinado zona catastrófica. Los vecinos agradecieron que desistiera –bromeó despeinando a la chiquilla con la mano.
Ellas rieron y continuaron mofándose de lo terrible que era su padre con aquello de la cocina (ellas mismas lo habían comprobado en primera persona. Días antes de pasar los días con él siempre hacían un ejercicio de mentalización: lo que comerían durante la estancia sería cercano a lo incomestible).
Cuando al fin consiguieron salir de aquel tráfico y alejarse del corazón de la ciudad, el taxi se adentró en carreteras más relajadas y despejadas. A aquellas horas el sol ya pedía su sustitución, dejando paso a un cielo cada vez más elegante pero no por ello menos hermoso. Para cuando las estrellas se habían desparramado sobre sus cabezas, recordando así a una accidentada manualidad hecha con purpurina, los tres ya se encontraban detenidos ante el final de su destino.
- ¿Podría esperar unos minutos? Es dejar a las niñas y volver –le informó Heiji al taxista, mientras ellas se bajaban y salían corriendo con sus mochilas.
- No hay problema.
El hombre cerró la puerta y alzó la mirada en la misma dirección que los pasos de sus hijas: ante él se levantaba la vivienda de su exmujer, silenciosa y reservada, como recordaba a su propia dueña últimamente.
Era una casa blanca, más bien pequeña y discreta. Estaba situada a las afueras de Osaka, en un barrio tranquilo y poco conocido, cercano a unos campos se girasoles utilizados para la producción de aceite. Cuando él y Kazuha se hubieron separado ella había optado por mudarse con las niñas a aquel sitio. No era que hubiesen tenido problemas con la vivienda que ambos tenían en la ciudad, pero ella había preferido cambiar de lugar de residencia. Comenzar de nuevo en todos los sentidos, alejarse de los recuerdos que se respiraban en su anterior casa. La mujer nunca lo había confesado, pero aún así era demasiado evidente, y más para un detective como Hattori.
Ser consciente de algo así le dolía demasiado.
- ¡Vamos Irene!
- ¡Sí!
La pequeña se agachó para que la otra se montase sobre sus hombros con un impulso. Cuando ya lo hubo conseguido alargó el brazo y tocó el timbre.
- Les tengo dicho que no hagan eso, que se van a hacer daño –suspiró Heiji, agarrando del cuello de la camiseta a Saori como si se tratase de una bolsa de la compra y bajándola de su hermana.
Se apoyó en la pared con los brazos cruzados, vigilando los insectos que revoloteaban ensimismados alrededor de la luz que había sobre la puerta. En verdad aquel lugar no estaba nada mal, eso lo había pensado siempre: no estaba muy lejos de la ciudad, donde Kazuha trabajaba como psicóloga, no se encontraba en una zona ruidosa, no olía a humo y ni tenía enfrente a un molestoso vecino amante de la música heavy más alta de la cuenta. Le mataba admitirlo, pero prefería aquel sitio a su apartamento arrinconado en "la selva" de Tokio.
- ¡Mamá!
Heiji dio un respingo. Miró a un lado y vio a Kazuha agachándose para recibir a las chiquillas, que se habían lanzado a abrazarla. La observó sin decir nada ni interrumpir la alegría de las tres.
- ¿Se han portado bien?
Saori e Irene sonrieron nerviosas, mirando de soslayo a su padre como suplicando compasión. Si para algo estaba preparado era para soportar miraditas como aquellas: sacó de su bolsillo sus propias esposas y se las enseñó a Kazuha:
- Deja volar tu imaginación y piensa en qué trastada han podido hacer con esto.
Ella resopló y se llevó una mano a la cabeza:
- Despídanse de papá, luego hablaremos de la aventura con esas esposas.
- P-pero…
- ¡Tenemos derecho a un abogado!
Ella las fulminó con la mirada, dejándolas paralizadas de ipso facto. Sabían más que bien lo que significaba aquel ceño fruncido y amenazante. Sin atreverse a decir nada más respecto a aquello se acercaron a Heiji, quién se agachó para besarlas y darles y un fuerte abrazo. Cuando se hubieron separado su mirada y la de Irene se cruzaron unos instantes. De repente una frase retumbó en su cabeza:
"Nos dejarás con mamá y te volverás a marchar, ¿verdad?"
- Cuiden mucho de mamá, ¿si? –le dijo al oído, intentando acallar aquellas palabras de su interior.
Ella asintió y volvió para la casa lentamente y con la tristeza dibujada en el rostro. Cuando las dos niñas ya hubieron entrado, Heiji se incorporó para dirigirse a ella. Kazuha llevaba puesto aquella noche un chándal de invierno turquesa y blanco que la ayudaba a afrontar el frío que hacía por aquellos días, y más a esas horas y en una zona como aquella. Como siempre que se veían, llevaba en su cara una expresión educada, que sonreía lo justo y suficiente para ser cortés en momentos puntuales. Una sonrisa que siempre destacaba por no ir a juego con sus apagados y distantes ojos verdes.
- En fin… Todo bien, ¿no?
- Sí, no te preocupes –respondió la mujer, un tanto incómoda.
- Ya… -él se mojó los labios y se esforzó en sonreír, pero su intento se quedó más en una mueca torpe- Para lo que necesites ya sabes, ¿eh?
- Sí, claro –hizo ademán de girarse-. En fin, voy a servirles la cena a las niñas. Hasta la próxima.
Kazuha tocó el pomo de la puerta, pero justamente en el instante en el que fue a girarlo unas palabras la pararon de golpe, como si sobre su cuerpo hubiesen apretado repentinamente el botón de "pause":
- Te queda fatal el pelo así.
La frase fue tan inesperada que incluso la mujer se vio obligada a recapacitarla unos segundos. Cuando se volvió lentamente en su cara ya había muerto cualquier rastro de amabilidad. Ahí estaba la verdadera Kazuha.
- ¿Nani?
- Que ese corte te queda fatal, no te favorece. Aparte, te hace mucho más vieja –contestó Heiji con una tranquilidad aplastante, encogiéndose de hombros.
- ¿Ah si? –lo fulminó con la mirada y le dedicó una tensa sonrisa- ¿Y desde cuando te interesas por mi corte de pelo?
- Desde que te peinas mal. Era imposible que no me llamaras la atención.
- ¡¿Cómo dijiste?!
De repente el hombre comenzó a reír de una manera que a ella, curiosamente, le resultó particular: era una risa sosegada, llena de alivio, cargada de paz y comodidad. No escuchaba una como aquella desde hacía mucho tiempo…
- ¿Tengo cara de chiste o algo?
- Qué va, qué va –dijo sacudiendo la mano-, pero me alegra que sigas teniendo esa mala leche.
El detective continuó riendo, pero por lo visto la razón a ella no la alegró tanto como a él.
- No sé qué sería lo que intentabas diciendo esto, pero que sepas que no lo has conseguido.
- ¿Seguro? ¿Cómo puedes saber que no, si no sabes lo que intentaba? –preguntó sonriendo con aquel aire repelente que lo acompañaba todo el día, aquel mismo aire repelente que a ella la había enamorado.
Su ex no respondió, por parte porque no tenía respuesta con la que contradecirle, por parte porque por nada del mundo tampoco le daría la razón y justificaría su ego. Se limitó a observarlo con detenimiento y con una expresión distante.
- ¿Qué quieres que te diga Kazuha? –preguntó con cansancio, cerrando los ojos- Hemos llegado a tal punto que me veo obligado a faltarte para poder hablar con sinceridad.
- Como si se tratara de algo nuevo… Aparte, ¿quién ha dicho que yo quiera eso?
Heiji enarcó una ceja y sonrió con suficiencia:
- De no ser así ya te habrías desecho de nuestro amuleto, ¿no?
Ella abrió los ojos de par en par, impresionada por lo que acababa de escuchar: había sido como si la hubiesen desnudado en público repentinamente.
- ¿Cómo…? ¿Qué…?
- ¿Tanto tiempo conociéndome y no recaíste en que soy detective? Sólo tuve que fijarme en tu cuello: tienes la marca del cordel del amuleto, cuando te lo quitas resalta demasiado –desveló al igual que habría hecho con cualquier complicadísimo caso de asesinato.
Obviamente las sospechas de Heiji habían comenzado por la pista que se les había escapado a sus hijas el día anterior, pero no quería mezclarlas en aquello (aparte, admitir que se había dado cuenta gracias a ellas significaba dejar bastante mal su papel como detective). Por otra parte aquella información se le había presentado como la excusa perfecta para poder acercarse a Kazuha, y para qué negarlo, de alguna manera también significaba un rayo de esperanza. Al fin y al cabo, si ella guardaba aquel amuleto sería por alguna razón.
La mujer por su parte se llevó la mano al cuello por puro impulso, como si así se pudiesen borrar las huellas del crimen. De pronto había sido como si la muralla que se había esforzado por construir y luego mantener entre ella y Heiji durante todos aquellos años se hubiera derrumbado con un inesperado soplo de viento, dejándola al descubierto y a su merced. Su fachada había caído. Se sentía desprotegida, sin argumentos, acorralada y desorientada.
Consciente de su desventajosa situación, la mujer bajó la mirada, mientras se acariciaba el cuello con disimulo, como si jugara con el cordel invisible del amuleto.
- ¿Qué quieres, Heiji? –dejó escapar con menos fuerzas, al cabo de un amplio silencio.
- Saber dónde estamos, en qué punto hemos acabado –ella lo miró extrañada. Él a su vez contemplaba el cielo, como si en su aterciopelado semblante se encontrase todas las verdades que buscaba-. Me paso los días dándole vueltas a la cabeza, y te juro que no encuentro una maldita respuesta.
- ¿Te refieres a nosotros?
- ¿A quiénes si no?
Kazuha adoptó una expresión dura y cruda.
- ¿Y qué esperabas? ¿Pretendías que todo fuera igual? Sabes perfectamente en qué punto nos encontramos, así que ni lo preguntes.
- La que parece que no lo tiene claro eres tú. ¿Por qué entonces guardas ese amuleto? –inquirió él, comenzando a perder la paciencia. Cuando la frialdad se derretía, Kazuha se convertía en el elemento que lo hacía reaccionar como la dinamita- Llevas mucho tiempo contradiciéndote, así que déjalo de una maldita vez, ¿quieres?
Una mueca de desdén adornó el rostro de la mujer, que, como él, también parecía haberse olvidado de su rol interpretado durante muchos meses.
- Si eso no te importara lo ignorarías, pero no es así, ahou.
Ambos quedaron paralizados por la aplastante verdad. Paralizados porque, después de mucho tiempo, él había vuelto a escuchar su insulto favorito de su boca favorita. Paralizados porque una frase tan simple implicaba destapar sentimientos la mar de interesantes, dejarlos desnudos a merced de ambos.
Todo como en los viejos tiempos.
Cuando se vio capaz de reaccionar, Heiji sonrió con alivio, con evidencia, como si le hubiesen entregado el secreto de la vida o de la felicidad de las mismísimas manos de un dios supremo. Introdujo la suya dentro de su camiseta y tiró de un cordel. Kazuha no daba crédito a lo que sus ojos estaban descubriendo…
- Tú… tú también…
Él respondió acentuando su sonrisa y dedicándosela por completo, admitiendo así que ella no era la única que se aferraba a recuerdos de metal con forma de amuleto. Los abrazó entonces un silencio complicado de describir, violento y decisivo, ya que claramente dejaba caer que aquello no podía quedar así. Que aquel gesto no podía ser el último. Que aquella sonrisa no podía ser la última. Que las cosas no podían dejarse así ante tal evidencia. Que si ambos llevaban encima aquel objeto era porque habían decidido continuar conservando muchos recuerdos y sentimientos.
Que si ninguno de ellos se había deshecho de aquel amuleto era porque en algo continuaban conectados.
Por su parte Heiji sintió que ya había dicho suficiente mostrando su amuleto. De aquella manera no sólo había dejado al descubierto aquel objeto, sino que también lo había hecho consigo mismo: no tenía nada más que añadir, aquella evidencia era clara y sincera, y sabía que Kazuha ante todo era una persona sumamente inteligente.
Guardó nuevamente su cordel, ante la confundida expresión de su ex, y dio media vuelta mientras levantaba la mano a modo de despedida y comenzaba a andar:
- He hecho esperar mucho tiempo al taxista. Buenas noches.
La mujer contempló congelada cómo su silueta se alejaba. Quizás con sus pasos tranquilos también lo hacía alguna oportunidad… De repente todas las reflexiones se habían quedado paradas dentro de su cerebro, atascadas, mezcladas de tal manera que no conseguían proporcionarle una información adecuada.
¿Por qué? ¿Por qué en momentos como aquellos, en los que una reacción o una palabra eran claves para decidir el rumbo de su vida, el resto de su cuerpo se quedaba estático y desorientado? ¿Por qué no tenía más tiempo de plantearse la situación y las consecuencias? ¿Por qué aquel taxista no era más generoso? ¿Por qué la cabeza no era capaz de darle una respuesta?
La solución era más simple de lo que ella pensaba: porque a veces las respuestas hay que alejarlas de la cabeza, ya que si no corren el riesgo de contaminarse con la razón.
- ¡He-Heiji!
El hombre paró en seco, sin volverse. Dejó que el aire transportara las palabras dubitativas de Kazuha hasta sus oídos, tras unos segundos de expectación:
- S-seguramente no llegues hasta las tantas a tu casa, entonces… -ella se acarició el brazo, buscando la manera adecuada de decir aquello- O sea, no tendrás ganas de cocinar, imagino… Yo… Bueno, hice bastante comida, no me importa… que te quedes a cenar.
Esperó con el corazón encogido una reacción por parte de él, un gesto, un movimiento. Aquel argumento había sonado tan flojo, tan estúpido…
Por eso no se extrañó al ver que él retomaba el paso hacia el taxi sin siquiera mirarla a la cara. Tampoco lo hizo al notar que dentro de ella se rompía algo frágil como el cristal, endeble, algo que le recordaba que no era ni mucho menos tan dura y fría como había intentado aparentar durante todo aquel tiempo. Que aún sentía con tanta intensidad como aquella chiquilla de diecisiete años que creía haber olvidado.
Con el rostro desencajado y conmocionado, la mujer bajó la cabeza. Todo se había quedado parado, congelado. Rigidez. Silencio. Vacío. Niñas que ríen en el salón. Mosquitos atraídos por la luz. Un campo de girasoles dormidos. La brisa invisible. Estrellas esparramadas. Grillos que lloran.

Manos que tiemblan.

Pasos que se acercan.

Una mirada cercana y sinvergüenza.

Una sonrisa de suficiencia, movilizada para gesticular un estúpido:

- Ahou, no iba a dejar al taxista sin pagar.
Kazuha lo miró como si ante ella la estuviese insultando el mismísimo Hattori Heiji de diecisiete años que también creía desaparecido, uno sin gorra y cazadora vaquera, mucho más alto y formado, de aire maduro.
Pero con un "ahou" en la boca que incluso aún sonaba dulce.


Nota de la autora:

Hace casi dos años que comencé este proyecto, los 30 Vicios, y parece que aquí llega a su fin. Me siento muy satisfecha, jamás pensé que fuera a conseguirlo, ni que fuera a recibir una acogida como esta. No sólo me lo he pasado bien, sino que además he aprendido mucho y vivido momentos geniales (normalmente nocturnos) dando vida a estos dos de Osaka. He de admitir que ya en los últimos capítulos las fuerzas iban decayendo, pero gracias a dios no lo suficiente como para abandonar xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

Amuleto... Bueno, creo que es una buena palabra para finalizar, no? Inicio también lo era para empezar... xD Creo que no podía acabar los 30 Vicios sin zanjar el asunto de la separación, aunque haya dejado un final un tanto abierto (prefiero que ustedes mismos se lo imaginen ;) ).

En fin, poco más me queda por decir, sólo que ha sido un largo camino en el que he conocido a gente estupenda, jajaja. Tengo dos shots más pensados, como "extras", pero no puedo decir cuándo los escribiré, seguramente el día que menos lo esperen se los encuentras por aquí xD

Gracias por sus consejos, reviews, palabras y ánimos a todos, de corazón. Gracias también a ustedes, muchachos de Osaka :)

A cuidarse!