Bienvenidos al último capítulo. Decir que es el niño mimado del fic, si eso me sirve como defensa de algo…. xD

Este epílogo (como capítulo, es cortito) tiene una particularidad importante para su comprensión: está dividido en dos partes. Dos de las escenas de la primera parte están escritas de forma simultánea, pero NO SON CONTEMPORÁNEAS EN EL TIEMPO. Están colocadas de forma paralela porque, de alguna manera, lo son.La cita en negrita pertenece a Harry Potter y La Piedra Filosofal. Todo lo demás lo dejo para el final.

Este capítulo está dedicado a Dubhesigrid, por absolutamente todo. Por las estrellas, los miedos y las maldiciones ;) Por el paso por el fandom y un millón de cosas más. Por Sirius y Neville.

Música: Zombie (live), The Cramberries. Another head hangs lowly. Child is slowly taken and the violence caused such silence. Who are we mistaken? May he see? It's not me, it's not my family. In your head, in your head… they are fighting…


CAPÍTULO VEINTIOCHO: Zombie

"Para las mentes organizadas, la muerte es la siguiente aventura" (Albus Dumbledore)

Llovía.

La noche en que Alice y Frank dejaron a Neville con Augusta y salieron a cenar, llovía. Le dejaron con la abuela, porque era la única abuela que le quedaba, y porque Augusta Longbottom quería a ese niño más que a nada. Porque ese niño le había devuelto la fe. Le había devuelto la vida.

Frank pasó un brazo por los hombros de su esposa, y ambos caminaron sin prisa bajo el paraguas negro de él, con las botas caladas de una llovizna fina y fresca, que distaba de ser la lluvia helada y amenazante de apenas una semana atrás.

Las lágrimas surcaban aún el rostro de Alice cuando caminaba pasando delante de escaparates llenos de vida y color. No concebía un mundo de paz. No concebía un mundo donde respirar y dormir toda la noche sin una pesadilla vívida en la memoria.

No concebía un mundo sin Lily, y sin James.

Nada era lo mismo, nada sería nunca lo mismo. Eternamente recordados, eternamente jóvenes. James y Lily se habían ido por la puerta de atrás, sin hacer ruido. No más que el que debieron de hacer sus propios cuerpos al caer al suelo.

Frank apretó el abrazo, para volverse sobre ella y hundir su boca entre sus labios húmedos y tibios, perdiéndose en la ambivalencia del momento, la dualidad de la lluvia, el magnetismo de su mirada.

Solo fueron segundos perdidos en la nada, mirándose fijamente antes de saber que quizá todo hubiera acabado. Había paz en los rostros de la gente, y eso era lo que importaba.

Pero ellos seguirían recordando a sus amigos, a los que nunca volverían.

Frank no era capaz de creérselo. Estaban vivos.

Vivos para contarlo, vivos para recordarlo.

Subió la bufanda de Alice para taparle la nariz, que comenzaba a enrojecer, y le depositó un beso en la frente, para acabar apoyando la suya contra ella, y respirar profundamente.

-Te quiero-murmuró. Permanecieron abrazados, a apenas tres manzanas de casa de la señora Longbottom, frente contra frente, bajo el paraguas negro, y el agua trepando por sus pantalones.

No hubo más palabras.

No las necesitaban.

Podían pasar siglos en silencio, que siempre sabrían dónde estaban los pensamientos del otro, y en qué mar navegaban sus problemas. Apenas se rozaban la piel, y aún así la energía era tal que ella sintió la nuca erizada y el aliento acariciando su frente.

Quizá la felicidad dure solo un minuto. Quizá la vida dure solo un instante.

Nunca pensamos que llegaría este momento.

Y aquí estamos.

No supieron si reír o llorar, así que ambos esbozaron una sonrisa cómplice, que implicaba mucho más que un juramento de compromiso, y siguieron caminando calle abajo.

o0o0o0o0o

Corría por las calles rabioso y jadeando.

No era hombre.

No era mago.

No era nada.

Sus cuatro patas de bestia le conducían entre la gente, salvaje y furioso.

Cegado de dolor.

Todo le había sido arrebatado, y por todo ello lucharía. Contra quien fuera que había osado en destruirle la vida. En romperle los sueños.

No había más camino que vengar, vengar y luchar, luchar y matar. Matar y cumplir. Y luego, si eso, morir.

Morir en paz. Morir de viejo. Morir salvado.

Tan solo morir.

Nadie en la tierra le quitaba lo suyo, nadie que no fuera quien mueve el destino y tira de los hilos de su propia voluntad. Nadie que no fuera la fuerza que hace girar el mundo.

La gente iba y venía, en sentido contrario, peleando contra la nada.

La gente no sabe lo que es vivir, hasta que no ha conocido a la muerte.

La muerte que te sonríe a través de una máscara, desde el reflejo del espejo.

Desde una foto en la pared.

La muerte que llama a tu sangre, que tiñe tu nombre, que arrasa tu vida. Entra y sale, rompiendo con todo, llevándose lo que más amas.

Dejándote lo que más temes: que no te lleve consigo.

Y él corría y corría, sin jadear, sin sudar.

Oscuro y tenebroso, convertido en animal, más que en hombre.

Nunca volvería a ser un hombre. Porque un hombre necesita un alma.

Y su alma había muerto.

Ahora solo era un perro. Un perro furioso, un perro lleno de odio y de rencor. Jamás volvería a confiar. Jamás sería capaz de perdonar. Jamás sería capaz de levantarse.

Pero tenía alguien de quien cuidar, alguien de quien solo él podrían encargarse, puesto que era suyo. Lo único que legítimamente se había ganado por ser ÉL. Por ser ASI.

Así de bueno. Así de malo.

Rebuscó en el aire, el olfato alerta, las orejas en punta.

Ladró a la luna, la maldita luna que tanto dolor le recordaba, y que con tanto misterio impregnó su vida. Se acusó de traidor, y se culpó por ello.

Por no estar alerta. Por no escuchar. Por no leer entre líneas.

Por ser humano, y no animal.

Hocicos corrió entre la gente, a saltos y mordiscos, contra las mareas humanas de muggles súbitamente emocionados.

No había niebla alrededor, no había tristeza, no había miedo. La mañana del 1 de Noviembre amaneció cubierta de luz y desde entonces una nueva vida se extendió a sus pies, pero no fueron capaces de verlo.

Nadie les explicaría nunca que todo había acabado y que todo comenzaba de nuevo.

La rueda del destino seguiría girando y girando sin permiso de nadie, arrasando de nuevo la vida y la ilusión.

Pasarían siglos en las estrellas hasta que hubiera justicia.

Sirius Black no conocía el perdón.

Ya no había cuentas que rendirle a nadie.

Salvo a los que ya no estaban.

o0o0o0o0o

Salieron del restaurante aún abrazados, caminando ahora sin lluvia, envueltos en su halo de ternura, recordando momentos estelares, momentos de alegría, momentos para recordar.

Hablaban de su hijo, de ese niño gordito de la cara redonda que dormía a todas horas, y que miraba el mundo con sus ojos grandes, como si lo esperara.

Nada había que temer. Nada de lo que preocuparse.

Entonces, una pisada frente a ellos hizo que Alice alzara la cabeza.

Una pisada en un charco, y una bota negra quedó empapada de agua sucia.

Agua que impregnó una bota de piel, con un tacón elegante, no demasiado alto.

Y la orla de la capa negra, caída y calada, elegante y pesada, ribeteada de plata, besó el suelo con arrogancia, desde los hombros huesudos y delgados de una figura sedienta.

No hubo máscaras esta vez.

No solos en un callejón.

No tras la caída del Miedo.

Bellatrix Lestrange tampoco tenía nada que perder si era cierto que Voldemort había caído. Y sonrió frente a Frank, la varita en la mano, la marca en el brazo.

Callada, muerta.

No latía, no palpitaba. No rugía de alegría al saber que ella estaba de pie luchando. No le demostraba que estaba orgulloso de ella.

Pero ella lo sabía.

Y lo sabría siempre.

A su espalda sintió más miradas, pero supo que solo dos pares de ojos estaban posados en ella. Quizá subestimó a los niños de Dumbledore. Quizá esa era su labor.

Acabar lo que él empezó.

Enseñó los dientes cuando Rodolphus, Rabastan y Barty llegaron a su altura.

Y ensanchó su sonrisa al descubrir que, aquella vez, no habría refuerzos.

o0o0o0o0o

Lo olía en el aire, lo sentía en la brisa que acariciaba su hocico. Sabía que estaba allí, y que le tenía miedo.

Se alegraba de ello.

Al menos, sabrás por qué lo hago, se dijo.

Hundió la pezuña en el barro, cruzando la calle, saltándose las normas de lo visto y lo prohibido, y quien llegó al otro lado de la calle no era un perro, sino un hombre.

Un hombre huraño, un hombre cansado.

Un hombre furioso.

La gente lo miró, sorprendida, pues no habían visto sino un perro negro levantarse del suelo y desaparecer.

-¡¡¡¡¡QUIETO!!!!!-lo gritó al viento, y todo el mundo se volvió. Las miradas interrogantes, las mentes perdidas, las almas inocentes. Todo daba igual.

Allí, enfrente suyo, estaba él.

La varita le apuntaba con determinación, alzada en la mano derecha, como si fuera una prolongación de su brazo.

El codo estaba por encima de su hombro, el cuerpo de lado. La mirada alzada, con el gesto crispado.

No había lágrimas.

Sirius Black ya no podía llorar más.

Y Peter se encogió sobre sí mismo, más rata que nunca. Y volvió a sentir lo que era el terror.

Pero ahora era más fuerte, más real. Porque su amigo era capaz de matarle.

Porque su amigo iba a matarle.

Y Merlín sabía que lo tenía merecido.

No movió ni un músculo cuando con la varita alzada, Sirius dio dos pasos hacia él, con los pies empapados de lluvia, entre la gente estática, que los miraba sin comprender.

Nada iba a romper aquel momento.

Suyo, suyo, suyo. En la palma de la mano.

No puedes matarlos, Sirius. Tu alma sufrirá un daño irreparable.

Ya no hay alma, hermano, respondió. Mi alma eras tú, y ahora estás muerto.

o0o0o0o0o

El dolor le rompió las costillas, y mil cuchillos helados se clavaron en su mente, mientras tirado en el suelo supo que, realmente, nada había terminado.

Rodó por el pavimento, herido de nuevo, y trató de alzar la vista buscando a Alice.

Apenas dos metros, y ella estaría en su mano. Solo necesitaría un instante de lucidez para cogerla de la mano y desaparecerse a su lado.

El rayo rojo impactó en su espalda, y gritó.

No gritó por él, sino por ella. Ella, que estaba en el suelo. Ella, que había perdido la varita.

El pelo revuelto, la capa rota. La mirada perdida.

Neville…

El nombre se le escapaba de los labios segundo a segundo, cuando a tientas cogió una piedra y la lanzó a su espalda.

Cuando se puso en pie y la recogió a ella, seguía repitiendo el nombre de su hijo, aún a sabiendas que él sería demasiado pequeño para recordarlo después.

Alice trastabilló, lanzando una maldición contra Barty, y la mirada de él no se movió. No había nada en su rostro que indicara preocupación.

La batalla estaba ganada.

Ellos perderían la vida.

o0o0o0o0o

Solo un instante, y el contacto visual había desaparecido.

Peter ya no estaba.

Corrió tras él, varita en mano, empujando a la gente a su alrededor. Perdió el aliento en la boca, y sintió que nada le latía en el pecho.

Pero corrió tras la sombra de un fantasma traidor que le estaba quitando el futuro.

Lo cogió de la capa, y lo tiró al suelo, rodó sobre él sin sentir ni miedo ni dolor.

Solo desprecio, solo mentiras.

Los ojos inyectados en sangre le palpitaban con furia, mientras los dedos se entornaban alrededor del cuello helado de Peter, y apretaba con fuerza la vena azulada que se hinchaba entre ellos.

La varita aún sujeta en una mano decidiría la suerte del encuentro; solo le quedaba pedir por su alma. Por la eternidad. Por la memoria.

Y Peter sacó una fuerza que sus amigos nunca pensaron que tendría, y se lo quitó de encima. Se miraron un instante, a pesar de la diferencia de altura, y la respiración de ambos se alteró.

-¡Expelliarmus!-repeliendo, la varita de Peter siguió en su mano, y las cejas de Sirius se alzaron de asombro.

-Nunca disteis nada por mí. Ni una maldita moneda a favor del tonto de Peter- siseó, acortando la distancia.-Nada, Sirius. Nada a cambio de mi confianza. Nada por mi lealtad.

-Tú no tienes lealtad, Pettigrew-escupió, y el esputo le cayó en las botas, igual que el pelo mojado le caía por la frente, goteando en su barbilla manchada de barro.

o0o0o0o0o

-¡¡Alice!!-llamó-¡¡¡ALICE!!!!

Gritó y gritó, y supo que ya no salía la voz de su boca porque no era capaz de oírse.

Cayó de rodillas, el rayo rojo de la espalda arañando su piel desnuda.

El del pecho le partía el corazón.

Y cuando aún sintió dos más, no quiso saber dónde.

En su boca había sangre, en su oído nada sino dolor. No entraba el aire en sus pulmones, y las cuchillas heladas le rompieron la mente.

Tenías las piernas quebradas, no supo si de verdad o era solo una metáfora.

Lo que más real sentía era el torrente de lágrimas que caía desbocado sobre sus mejillas sucias, negras de barro y de agua. Los restos de la ropa pegados al cuerpo, hechos jirones, empapados de algo rojo que no era agua.

Sangre derramada en el suelo, charcos y charcos de sangre con nombre.

Con su nombre.

Alice yacía también allí. Ella tumbada, la cabeza a un lado, los brazos en cruz.

Ambas varitas a tres metros de sus dueños.

De sus labios antes cálidos caía un río de sangre espesa y oscura, mientras los cardenales de los brazos despuntaban en su piel pálida y firme.

La cara redonda, los ojos grandes.

Como si le pidiera perdón.

Le veía sin verlo. Le oía a pesar de que él no tenía voz.

La energía que le recorrió el pecho crepitó en su garganta, y ella también gritó, convulsionando de pronto. Cayó de lado, y supo que él sonreiría, pues sabía que estaba viva.

Estamos vivos, Frankie.

Se sonrieron en la distancia, a pesar de la oscuridad.

Con los ojos nublados, la mirada espesa, sin nada más que sombras, solo se distinguían entre ellos.

Alice alzó una mano, como si quisiera atrapar la imagen de Frank allí postrado, frente a ella. Con los brazos caídos, pero aún de rodillas.

Saeteado a maldiciones imperdonables que no quería matarle, sino destruirle.

Oyó una voz que preguntaba, con sorpresa, si seguía viva.

Uno de los rayos que atravesaba a Frank pasó a cruzar su propio cuerpo, y quedó quieta, todavía con la mano alzada, la palma abierta hacia Frank, como el día en que se casaron.

El gesto era dulce.

Las manos de Alice eran pequeñas, blancas. Tenías los dedos gorditos y graciosos, con las uñas cuadradas y limpias. Siempre frías, siempre activas.

Ahora, a los ojos de Frank, las manos de Alice no habían sufrido ninguna modificación. Eran perfectas. Eran suyas.

Alzó la vista solo un segundo, inhalando un enorme suspiro, sabiendo que no le quedaba nada en el cuerpo para darle fuerzas.

Todo el tiempo del mundo llenaba aquella mirada. Todo el amor del mundo derramaba aquel contacto.

o0o0o0o0o

-¡¡¡¡CRUCIO!!!!!-gritó fuera de sí, girando sobre sí mismo, moviendo la varita con él, trazando un círculo rojo, y todos cuantos allí le miraban se desplomaron al suelo.

Solo corría Peter. Repitió la maldición, y el hombre cayó al suelo. Pisó a los muggles que había en el suelo, acercándose a zancadas, con una nueva ráfaga de lluvia en su rostro, quitándose la capa, liberándose de más molestias.

Vio el brillo metálico de una navaja reluciendo en la mano de Peter, y antes de poder atacarle de nuevo, vio sangre en el suelo.

Llegó a su altura, sin aliento, con la punta de la varita casi clavada en la espalda de Peter, cuando éste alzó el brazo por encima de su cabeza, cerrando los ojos, y murmurando bien alto, en un grito callado.

-Avada Kedavra.

o0o0o0o0o

La mano de Alice cayó sobre el suelo, y el brazo rebotó del impacto, mientras su rostro giraba hacia el mismo lado, con los ojos abiertos de par en par, clavados en la imagen de Frank, que había dejado desplomar su barbilla en su propio pecho.

El cuerpo del hombre cayó hacia delante, golpeándose la barbilla contra el suelo, y al girarle la cabeza, la punta del cabello acarició los dedos de Alice.

Evocó la imagen de un niño tumbado en una cuna. Un niño que dormiría, con toda seguridad, tumbado del lado izquierdo y con el pulgar de la mano derecha en la boca. Roncaría a murmullos torpes, revolviéndose en sueños.

De la boca de Alice surgió un suspiro desgarrado, un aliento profundo que hizo convulsionar su cuerpo, y a Frank le pareció un gemido de alegría, una carcajada.

El cielo estrellado sobre él le hizo recordar uno de los momentos más brillantes de su vida, mientras sentía una oscuridad cegadora sobre todos sus sentidos.

Si sobrevivimos será para siempre.

Si no, seremos eternos.

o0o0o0o0o

Las manos vacías.

Vacías, salvo por un simple dedo que yacía en el suelo, cubierto de sangre.

Doce cadáveres tirados en el suelo.

Doce que no eran el suyo.

La lluvia arreció, y se sintió aún más perdido.

Alguien lo levantó del suelo, con violencia, y unos brazos los esposaron a la espalda, con la cara cubierta de barro, y el pelo pegado a la piel.

Sin miedo.

Sin honor.

Sin alma.

Un flash le hizo parpadear, y despertó.

Le dolían las entrañas de haber fracasado.

Gritó al cielo que vengaría su honor, y que limpiaría su nombre.

Gritó, gritó, y gritó.

Las estrellas no le escucharon.

o0o0o0o0o

Dejó caer la mano sobre el sofá, y cerró los ojos.

Frente a él, la oscuridad.

A sus pies, miseria.

En sus manos, nada.

Estaba solo.

Intentó no volver a abrir los ojos, y quiso morir.

Deseó no haber conocido la tierra y la luz, y poder seguir creyendo que las cosas malas pasan solo una vez al mes.

Suspiró muy despacio, y se abandonó al silencio.

Remus Lupin estaba solo.

o0o0o0o0o

La nieve dio paso a la lluvia, y a la lluvia la barrió el viento. El sol abrasó la ventisca, y la nieve apagó al sol.

La llama verde osciló de izquierda a derecha, muy despacio. Se retorció furiosa, como si intentara liberarse, y la persona que había frente a ella retrocedió. Podía manejarla con la varita, como si fuera una escultura sólida y firme. Rellena de un humo verdoso, brillante esmeralda. La energía salía, a bocanadas, de la llama.

En su interior latía, a impulsos de fuego, una pluma antes roja, ahora dorada. Los suaves filamentos permanecían flotantes en el humo verde, levitando con delicadeza, como si todo el fuego descolorido que devoraba la pluma no interfiriera en su naturaleza. El hombre la miró con sorpresa. No era la primera vez que veía aquello. Y recordarlo hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal.

Debajo, en un caldero, una poción rojiza bullía con burbujas enormes, como pústulas de una terrible enfermedad. Flotando sobre el líquido viscoso había una serie de astillas de madera oscura, ennegrecidas por la humedad y los ácidos.

El lento proceso llevaba en marcha muchos meses, y por fin podría terminarlo.

El hombre portaba unos guantes tejidos de una sólida y recia tela, aislante de la magia que emanaba tanto de la llama como del caldero. Alzó la varita con fuerza una vez más, y la llama osciló, retorciéndose como un animal herido.

Cuando la pluma pareció estallar al fin, el mago trazó el símbolo del infinito con el brazo, a una velocidad de vértigo, y la llama se lanzó contra el caldero. Una enorme explosión verde y roja estalló dentro del recipiente, y el líquido saltó en todas direcciones. El mago se apartó, protegiéndose la cara con los brazos, a pesar de llevar unas redondas y gruesas gafas oscuras.

Cuando los estallidos hubieron cesado, se acercó a mirar por encima del borde del caldero. El enorme artefacto, de hierro fundido, pesado y antiguo, estaba colocado sobre un fuego pequeño alimentado de matojos silvestres. La estancia era pequeña, llena de suciedad, con las paredes cubiertas de estanterías llenas de frascos y probetas. Miles de anotaciones poblaban las pociones, y sobre la mesa descansaban varias ramas de árbol y unos cuantos envases de latón.

En el fondo del caldero, despidiendo un resplandor azulado, había una varita. El mago metió el brazo en el caldero, para recogerla con cuidado. La sacó para depositarla sobre una almohadilla colocada sobre la mesa. La miró atentamente, y se quitó las gafas.

Los ojos del hombre la recorrieron con cuidado, estudiándola en la distancia. Finalmente, pronunció un hechizo en voz baja, y una vuelapluma y un pedazo de pergamino volaron hasta él. La pluma esperó paciente, mientras el hombre continuaba mirando la varita. Suspiró, resignado, cuando se aclaró la garganta y habló con voz clara:

-31 de Octubre de 1982. Treinta centímetros, madera de acebo, núcleo de pluma de fénix, bonita y flexible…

o0o0o0o0o

Sirius Black fue condenado a cadena perpetua en Azkaban sin juicio previo. Se le acusó de haber entregado a los Potter a Lord Voldemort y de asesinar a Peter Pettigrew y una docena de muggles. Entró en prisión pocas horas después de ser detenido y escapó en 1993. Heredó el número 12 de Grimmauld Place, la casa de sus padres, y allí volvió a crearse el cuartel general de la Orden del Fénix en el auge de la segunda guerra. Sirius permaneció allí, escondido, hasta que cayó al otro lado del velo de la Cámara de la Muerte del Departamento de Misterios del Ministerio de Magia, asesinado por Bellatrix Lestrange en Junio de 1996. Toda su herencia fue para Harry Potter, su ahijado.

Frank y Alice Longbottom viven ingresados de por vida en San Mungo, cuarta planta, debido a las lesiones irreversibles de la tortura a la que fueron sometidos. No recuerdan a su hijo. Augusta Longbottom reclamó la custodia de su nieto y pidió expresamente que nadie relacionara nunca al niño con la Orden del Fénix, ni con lo que había sucedido. Neville fue criado por su abuela, que adoró a su hijo el resto de su vida, convirtiéndolo en el centro de su sentido y su fe.

Lord Voldemort no cayó. Catorce años después del 31 de Octubre de 1981, recuperó un cuerpo material que le permitió vivir a partir de entonces. Su alma había sido dividida, tal y como Dumbledore supuso, en los llamados Horrocruxes. Regresó a Inglaterra con la ayuda de Peter Pettigrew, Colagusano, que pasó a ser uno de los mortífagos oficialmente, y a quien todo el mundo consideró muerto. Peter escapó con vida la noche en que Sirius lo encontró, y desapareció de la faz de la tierra. Pasó trece años convertido en una rata, Scabbers, mascota de los hermanos Weasley, hasta que en 1994 se reunió con Voldemort de nuevo.

Remus Lupin vivió de los escasos ahorros que tenía y del legado de James Potter hasta que consiguió el puesto de Profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en 1993, y ese curso volvió a encontrarse con Harry. El hijo de Lily era la viva imagen de James. Ese año, Sirius escapó de Azkaban, en busca de Peter y de Harry. A finales del curso, en la primavera de 1994, Peter abandonó su apariencia animal, y los tres merodeadores se reencontraron.

Barty Crouch -hijo- y Bellatrix, Rodolphus y Rabastan Lestrange fueron condenados a cadena perpetua en Azkaban por torturar a los Longbottom hasta la locura, tras ser delatados por Igor Karkarov en el Winzegamont. Barty fue liberado por sus padres a cambio de la vida de su madre. Él mismo mató a su padre en 1995, poco antes de que le dieran el beso del dementor.

Igor Karkarov fue absuelto y dirigió la academia Durmstrang hasta su asesinato en 1996.

Severus Snape continuó impartiendo Pociones en el colegio hasta 1997, manteniendo una posición como agente doble entre la Orden y los mortífagos. Odió a Harry con todas sus fuerzas, por ser hijo de quien era, y parecerse tanto a su padre. El sentimiento era mutuo. A pesar de todos los recelos, la Orden respetó a Snape como miembro de la misma. En junio de 1996, ayudó a Harry y a la Orden a evitar que Voldemort robara la Profecía de Sybill Trelawney. La Profecía se rompió, y Dumbledore se la mostró a Harry. Un año después, en 1997, Severus Snape asesinó a Albus Dumbledore cumpliendo el juramento inquebrantable

que realizó con Narcissa Malfoy. El asesino debería haber sido el único hijo de ella, Draco, como castigo a Lucius por la derrota en el Ministerio en 1996. Lucius acabó en Azkaban por ese motivo, aunque logró escapar tiempo después.

Snape huyó con los mortífagos, escapando de Harry, que presenció el asesinato.

Amelia Bones fue asesinada en 1997. Emmeline Vance, un año antes.

El 1 de Septiembre de 1991 sucedió el acontecimiento mágico más esperado de los últimos diez años. En el andén nueve y tres cuartos entró un chico delgaducho y pálido. Tenía el pelo negro y largo hasta los ojos verde esmeralda, enmarcados en unas gafas redondas y rotas. Bajo el flequillo rebelde, asomaba una cicatriz.

El sombrero seleccionador lo colocó en Gryffindor, y solo entonces, Harry conoció la verdad. Pero la verdad no se conoce nunca por completo, y hay cosas que nunca sabrá.

Perdió a seres queridos en el camino. Perdió la esperanza a veces, y la recuperó en el momento siguiente.

Hoy, en cambio, parece que todo ha pasado muy despacio.

Son las once y media de la noche. La habitación está a oscuras, y una figura permanece apostada frente a la ventana. En silencio desde hace horas, respira con cuidado. Siente que algo va a suceder en cualquier momento, y no tiene miedo. Suceda lo que suceda, está preparado.

Ahora no es tiempo de tener miedo, sino fe. No es tiempo de pensar en el pasado, sino en el futuro. Sabe que lo que se le avecina, y no le importa llegar a ello. Demasiado bien conoce a lo que se enfrenta.

Sobre la cama hay tres objetos.

Tres objetos que relacionan su presente con su pasado, tres objetos valiosos que le conducen a un ideal y a un sueño que perdió cuando todavía no era consciente de poseer.

Un pergamino doblado, aparentemente en blanco.

Un espejo redondo, ahora roto.

Una capa invisible, doblada en tres, porque en cuatro ocupa mucho.

Todos los sueños que le transmiten flotan a su lado en la habitación. Pero no son solo sueños. Hay dolor y odio. Hay ira y rencor.

Porque ahora es él quien lucha en la guerra.

Porque es él quien vengará al caído.

Son las doce menos cuarto, y mira atentamente el reloj. Piensa en quien ya no está con él, y siente una punzada en el corazón. Los ha perdido uno a uno y sabe que perderá a más. Pero luchará porque se vayan con dignidad, y porque vuelvan a su lado, en algún momento.

La luz de la calle sigue encendida a las doce menos diez, y apoya la frente en el cristal.

Oye voces abajo y sabe lo que está pasando. Él crea problemas, pero nunca se le agradecen sus virtudes. Y eso que es consciente de lo que despierta en su tía cuando le mira a los ojos, y ella se da cuenta de que son verdes.

A las doce menos cinco del 30 de Julio de 1997, Harry Potter está preparado. Dumbledore le encargó destruir las siete partes en las que Voldemort dividió su alma antes de desaparecer. Ese es todo su destino, y sabe que no estará solo. El camino ha de ser recorrido en su totalidad.

Su intención es cumplir este encargo.

Luego, si es preciso, morirá.

El último enemigo que debe ser destruido es la Muerte.

o0o0o0o0o0o

Disclaimer final: Nada de esto me ha pertenecido nunca. Los personajes no son míos, ninguno de ellos, y los hechos que se narran en esta historia han sido recopilados de los libros o sacados de algún reducto imaginario, incluso son aportaciones vuestras. Si esto fuera mío, esta dedicatoria final hubiera estado al principio.

Estaría dividida en siete partes, y la última sería para ti, que estuviste con Harry desde el principio.

Como muchos de vosotros (supongo que a estas alturas de la vida, todos ya) sabéis, la última frase tampoco es mía. Aparece en uno de los libros. Pues la frase tampoco es de Rowling. Es una cita bíblica: Primera Epístola de los Corintios 15:26.

Quiero dar las gracias a todas las personas que han pasado por aquí, tanto de forma intermitente, como continua, como desde el principio, como enganchados más tarde, dejando constancia de alguna manera (sin importar el orden): Thaly Potter Black, Dubhesigrid, Greylady, Annirve, alsev1987, delirando, Saiyury11, Lunática Tonks, fenixplateado, Cami, Ninniel, Lulii, Adrii, ARYAM, Gwen Diasmore, Y0misma, Carla Grey (y PLAP), Almu-chan, Clau, Diluz, Elianita11, LiiLiiEvanz, MfluvLJ, Nephtis, Rous Black, akindofmagic, eris-evans, gabyharrypotter, miko13, sofigryffindor90, NenaOrion, amby-broken, HRHED, Diluz, lizzie, Rosita.Princess, Jazmin-Black, Helen Nicked Lupin, Boggart-girls, loka-lokka potter, ross snape, sil, kiky y Bell.Lestrange.

Voy a estar fuera toda la semana que viene, así que las respuestas llegarán después :D. Para las que dejáis review anónimo, os pediría que dierais un mail (ff net permite hacerlo, debajo del hueco para el nombre, y solo me llega a mi) para responderos personalmente.

Y creo que nada más.

Gracias por llegar hasta aquí.

Besos,

Nicole

"¡Ah, la música, esa magia que va más allá de lo que hacemos aquí!" (Albus Dumbledore)