LETTER FROM HOME

Capitulo 1

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Una vez me dijiste que siempre que lo necesitara tú estarías allí. Que a pesar todo, a pesar de lo mucho que yo te gritaba constantemente, de los insultos y los desplantes, las malas palabras y el desprecio que te mostraba a cada momento, a pesar de todo ello, no lograría que te fueras de mi lado porque me amabas como nadie en este mundo lo haría jamás y que por ello siempre que lo necesitara, ocurriera lo que ocurriera, tú siempre me ayudarías.

Quisiera que estuvieses aquí, que nunca te hubieses ido, pero no puedes. Te perdí y fue culpa mía. Pero necesito ayuda y sé que tú habrías sabido ayudarme.

He intentado hacerlo solo, pero no se como. Pienso en todo lo que ha ocurrido y… son tantas cosas que… Quiero contarte lo que me pasa. Sé que nunca leerás esto pero yo lo habré escrito, y quizá haciéndolo pueda por fin pasar página y seguir adelante con mi vida, encontrar de nuevo el camino.

Quisiera…,

Uno nunca acaba de estar seguro de todo lo que quiere decir. Supongo que por eso la mente huye rauda por la ventana entreabierta. A fuera el día es gris, talmente el tiempo supiera que yo no estoy bien. Una fría cortina de lluvia cae incesante tras los cristales, desdibujando los árboles del parque al otro lado de la calle. La imagen es triste y confusa, mi reflejo, al que miro sin ver, parece perderse en la soledad de la calle a penas sin transito.

Que te parece, pedazo de estilo que tengo, eh? Quien hubiera dicho que yo Hanamichi Sakuragi llegaría a escribir algo así de poético algún día.

Seguramente tú.

Cuanto te he echado de menos todos estos años, cuanto te añoro aún.

A mi alrededor toda la gente está haciendo algo, unos leen, los otros estudian, pero yo sigo pensando en la hoja en blanco frente a mi, debería como ellos ponerme a escribir, algo con sentido como mínimo, pero no puedo. No sé como empezar. La hoja en blanco no me transmite nada, al menos nada que valga la pena anotar.

Ya he apartado la mirada de la hoja otra vez para recorrer la sala de la biblioteca dónde me he refugiado, quien hubiera imaginado que yo acabaría nunca buscando lugares como éste. Todo es culpa de Trisha, ella me enganchó a este lugar. Es curioso, pero pensar en ella siempre me hace sonreír.

El dolor de llegar hasta aquí ha valido la pena solo por todos los que ahora al mirar atrás me hacen sonreír con nostalgia. Que lejos queda todo, en el tiempo y el espacio. A pesar que todo fue ayer, y que el mundo es un pañuelo. Y nosotros los mocos que dirías tú.

Observo la gente a mi alrededor: el que da golpecitos con el lápiz mientras lee, la chica que no encuentra ese libro que necesita, el que escucha música con los cascos a todo volumen como…

La mente es cruel con el corazón, bombardeándolo constantemente con recuerdos que lo aceleran de forma turbadora.

Acabo de recordar lo que dijo el primer día la profesora Van Theisen del curso de redacción: que aunque no lo creyéramos debemos apuntar lo que nos parecen solo estupideces y malas ideas, y que más tarde ya lo arreglaríamos; que las malas ideas no existen y que ésta es una manera de empezar. Hasta ahora siempre creí que tenía razón. Pero es difícil poner en orden mis ideas, mis emociones. Encontrar un principio al hilo que une todo lo que quiero contar, todo lo que necesito decir.

Pero como diría alguien que yo sé… ¿Por qué no empiezas por el principio? (Como si eso fuera sencillo, ¡tan solo supiera cual fue el principio!)

Hace ya años que todo comenzó, o acabó, o… ¡Dios! esto va a ser largo.

Cuando acabé el instituto me costó mucho decidirme, no encontraba nada con qué ocupar mi vida. A finales del último curso todos lo tenían muy claro, pero yo en cambio me sentía tan fuera de lugar en todas partes que cuando acabó la secundaria sentía que no tenía nada.

Todos mis amigos de la gundam, todos, tenían algún trabajo cerca de casa que habían podido buscar antes de acabar las clases, pero yo tenía el baloncesto que en esos tiempos ocupaba demasiadas horas libres para buscar nada. Y, para qué negarlo, tampoco tenía ganas de trabajar.

En el equipo quien no tenía una beca deportiva para la universidad la tenía por estudios como el Gori o Kogure. Los demás o podían pagar la universidad como Ishi o como los de la Gundam ya tenían un trabajo. Sé que alguno que otro, como Riota, acabó haciendo un curso de secretariado o administrativo. Mitsui entró en un equipo profesional. Rukawa se iba a Estados Unidos…

Y yo no tenía nada.

Solo frustración, una lesión en la espalda que me impedía ser deportista de elite, mozo del puerto o cualquiera de los pocos trabajos que por mi falta de motivación escolar podía llegar a conseguir y una profunda sensación de angustia.

Recuerdo el último mes en la preparatoria. La mayoría de mis compañeros estaban muy nerviosos por los exámenes finales. Yo solo tenía que aprobar, sacar notas justas no me preocupaba para nada. Otro tema que me distanciaba de todos ellos. Bueno extrañamente de todos menos de Rukawa, que acababa de saber que en un mes se iba a Estados Unidos independientemente de sus notas.

Cuando yo lo supe algo en mi interior se rompió. Estaba celoso. Pero también estaba contento porque un amigo… ¿amigo? bueno sí, en tres años ya podía llamarle amigo creo, auque no estoy seguro; la cuestión es que me alegraba que alguien conocido consiguiera mi sueño, su sueño en realidad. Aunque al mismo tiempo algo me decía que eso no era bueno, que algo iba mal.

A pesar de lo confundido que estaba, o quizá por ello, hice algo que durante mucho tiempo me recriminé haber hecho: dejé de pelear con él.

Y ocurrió el milagro: en un mes, todavía no sé como ni porqué, llegamos a ser amigos. Pero no compañeros de clase, de equipo, o conocidos del barrio, sino amigos de verdad. Fue algo sorprendente.

Como éramos los únicos con tiempo suficiente para seguir practicando, acabábamos solos cada día en el gimnasio, jugando tranquilamente. Competir ya no tenía sentido. Ambos parecíamos haberlo entendido, así que una tarde sin decir nada dejamos todo lo malo fuera de la cancha, y cuando salimos de ella fue como si parte de todo eso se hubiera esfumado.

En un par de semanas incluso después de los entrenamientos pasábamos horas enteras juntos. Hablábamos. Hablamos en tres semanas todo lo que no habíamos hablado en tres años y más. Y fue increíble descubrir lo mucho que nos parecíamos en algunas cosas, y lo distintas que veíamos cosas tan importantes como la familia, los amigos, el futuro, o la vida en si y lo que esperábamos de ella.

Muchas noches tras separarnos, al volver a casa, me encontré pensando en él, en lo que me había contado, en lo que yo me había atrevido a contarle. Cosas que ni siquiera Yohei sabía de mí, como mínimo no por mí: cuan culpable me sentía de la muerte de mi padre, o que contrariamente a lo que todos pensaban, no estaba abatido porque mi lesión me había impedido llegar tan alto como él o Mitsui iban a llegar, eso era algo que ya había digerido el año anterior.

Pero sobretodo tengo gravados a fuego los recuerdos de las pequeñas cosas; de haber compartido con él horas y horas escuchando su música, viendo las últimas estrenas en el cine del barrio, los interminables uno contra uno, las comidas. Su risa. Pequeños actos, pequeñas cosas que me demostraban día a día que mi amistad era algo importante para él. Recuerdo momentos muy puntuales con una claridad abrumadora, como si acabaran de ocurrir. Uno de los más intensos fue durante el castillo de fuegos artificiales del festival de fin de curso, cuando por un momento entre las luces y los estruendos nos miramos y tuve la sensación que el mundo se había detenido solo para nosotros en esa noche y en ese parque…; o el último día cuando se marchó. Sus ojos más transparentes que nunca llenos de ambiciones, de esperanzas, de ganas de comerse el mundo, pero también pude ver en ellos el temor de dejar atrás todo lo conocido, y una cierta melancolía y un dolor que no entendí hasta años mas tarde.

En esos días nunca me pregunté el porqué de ese acercamiento repentino. Solo sabía que con el resto me sentía desplazado. Con él no. No quise saber por qué. Quizá no era normal, él como los demás tenía delante suyo un camino ya marcado, delimitado, seguro, y por si fuera poco grandioso: el sueño que yo nunca llegaría a cumplir; Y yo seguía sin nada.

¿Pero por qué con él eso no era un problema? Sencillamente no quise saberlo. No lo era y para mí bastaba.

Con el resto me sentía mal por no ser nadie. Quizá con él no, porque con él siempre había sido nadie, o porque en el fondo nunca dejé de ser alguien, como mínimo ésos días. No lo sé. Solo seguí una extraña necesidad que crecía cada día que pasaba con él.

El saber que se iba, quizá para no volver, cambió la forma en que nos veíamos el uno al otro. Lo sé. Él también empezó a verme distinto, porque de otro modo nunca me habría dejado acercarme tanto.

Pero pasó el mes. Y se marchó. Y de repente me encontré solo. Los que ahora no tenían tiempo para mi eran mis amigos que ya trabajaban a jornada completa. La mitad de ellos tenía una novia con quien pasar las pocas horas libres que les quedaban.

Supongo que tampoco yo hice lo necesario para evitarlo: La Gundam se descompuso.

En realidad se había descompuesto un mes antes cuando los dejé de lado para descubrir a Kaede, pero no me había dado cuenta y ahora ellos ya no estaban.

Mamá, que a pesar de lo distanciados que estábamos notó que algo me ocurría, intentó hacerme hablar.

Fue en una noche de lluvia. Recuerdo que llovía mucho. Ella me preguntó muchas cosa, la mitad de las cuales no supe o no quise responder. Me enfadé. Me enfadé como hacía tiempo que no hacía. Grité y ella también gritó. Y llorando sin saber muy bien por qué lloraba me marché corriendo de casa.

Corrí, corrí hasta que me derrumbé de cansancio, calado hasta los huesos por la intensa lluvia. Pero no sentía frío, solo una extraña desesperación. No sabía por qué me sentía así. Estaba cegado por una confusión demasiado grande para mí, y sucumbí a la rabia, el desaliento y la impotencia.

No recuerdo haber llorado tanto en mi vida como aquella noche. Lloré porque no estabas allí para ayudarme. Lloré porque era culpa mía que eso fuera así. Lloré porque Mamá y yo nos habíamos distanciado tanto que creía que ella ya no me conocía, ni yo a ella. Lloré porque mis amigos tenían una vida y habían elegido qué hacer con ella y yo había sido incapaz de hacerlo. Sentía que una parte de mi había muerto, desaparecido, y no entendía como había ocurrido. No lo entendí hasta que un rato después, cuando la lluvia amainó un poco me di cuenta de dónde había ido a parar realmente.

La playa.

Su playa.

Entonces lo entendí. Le echaba de menos. La verdad llegó a mí de golpe, sin avisar haciendo que de pronto lo viera todo claro. Entendí el extraño sentimiento que durante un mes me había oprimido el pecho, me había quitado el apetito voraz de costumbre, que me había empujado a acercarme a él, en un intento desesperado para retener algo más de él conmigo que crueles palabras lanzadas al vuelo y duros golpes dados con mala intención una vez se hubiera marchado.

Sobrecogido y sin ninguna lágrima más que derramar, me incorporé de la arena y me acerqué al mar hasta que las olas rozaron mis pies, y en un vano intento de quitarme de encima el angustioso sentimiento de ausencia que su inevitable partida había dejado en mi, grité su nombre al mar. Su mar. Sus olas.

Nada en respuesta. Nada obtuve esa vez, ni las otras quinientas que vinieron detrás.

Sin saber muy bien cómo, la verdad es que no lo recuerdo en absoluto, volví a casa. De lo siguiente que tengo constancia son los brazos de Mamá abrazándome como hacía años que no hacían. Su voz en mi oído, susurrándome, y aunque soy incapaz de recordar qué me dijo, sé que en ese momento solo ella evitó que me ahogara en mi angustia.

Pasé una semana durmiendo quince horas al día, casi sin comer, levantándome sólo para ir al baño y al sofá, dónde inútilmente miraba el canal deportivo esperando ver alguna noticia de él. Sin siquiera caer en que era demasiado pronto para que hablaran de él. Pues seguramente no había ni sido presentado como nuevo fichaje de la universidad.

Hasta que Mamá se hartó de verme hecho un pordiosero, me levantó el lunes a primera hora, me obligó a meterme bajo la ducha fría, me preparó un café a pesar de que no me gusta, y me plantó un periódico delante abierto por la página de ofertas de trabajo, con un bloc de notas y un rotulador rojo en una mano y el teléfono en la otra.

Pasé la siguiente semana buscando trabajo desesperadamente. Como si concentrarme al máximo en eso fuera a hacerme olvidar que me había enamorado lentamente, hasta el punto de sentir dolor en todo mi ser, de la persona menos indicada.

Mamá no decía nada. Sólo se preocupaba de levantarme cada mañana, y que comiera tres veces al día, y sé que por la noche cuando me creía dormido entraba a darme un beso en la frente. Eso me ayudaba a aguantar hasta el siguiente día. Ella nunca hizo preguntas. Yo tampoco hubiera sabido contestárselas. Me dejaba ir haciendo con la esperanza de que el tiempo me volvería a mi lugar, como ocurre habitualmente.

Pero yo seguía torturándome, como el más grande de los idiotas, andando hasta la playa a ver las olas batir contra mis pies con fuerza. Con la misma rudeza con que yo le gritaba a pleno pulmón que me devolviera la cordura, que me diera una explicación, que me hiciera olvidar el dolor, o que me lo devolviera de allá en dónde estuviera.

Pero con el tiempo dejé de ir a la playa.

Me resigné. Me calmé. E intenté seguir adelante.

Finalmente encontré un trabajo a mi alcance. En la tienda de deportes dónde había comprador mis primeras zapatillas de baloncesto con Haruko buscaban un dependiente. El dueño ya estaba mayor y quería alguien para una media jornada. Creí que sería el trabajo perfecto pero el dueño no pareció opinar lo mismo cuando me presenté una mañana currículo en mano. Definitivamente todavía se acordaba de mí.

Pero dos días después, me llamó. No esperaba que lo hiciera, pero lo hizo, confió en mí. Y no dispuesto a defraudarle puse todo mi empeño en hacerlo bien. Como mínimo eso, me había dicho a mí mismo.

Me levantaba temprano cada mañana, antes que saliera el sol. Salía a correr, no tanto como antes de dejar el baloncesto, pero lo suficiente para mantenerme en forma. De vuelta a casa me duchaba, cambiaba, desayunaba y salía corriendo de nuevo hacia la tienda dónde, la primera semana el señor Itsumoto, el dueño, me esperaba para enseñarme como iba todo y una semana más tarde yo ya abría solo mientras él se quedaba en casa durmiendo plácidamente en la tibia cama.

El tiempo pasaba despacio. Terriblemente despacio para mí. Y a pesar de ello llegó el verano. Época de aprendizaje, alguna que otra regañina del señor Itsumoto, pero también le di alguna alegría, sobretodo cuando lograba hacer bien las cosas a la primera. Cada vez eran menos los errores.

El verano transcurría y lentamente los días se hacían más cortos, pero las noches más largas. Noches que, inevitablemente, seguían llegando a mí llenas de sueños inquietantes.

Las mañanas en la tienda me permitían olvidar cualquier cosa que quedara fuera de ella. Pero por las tardes el señor Itsumoto se empeñaba en afirmar que no me necesitaba y entonces todo era más difícil.

Sin nada que hacer, a veces iba al parque con el balón. Pero jugar sólo ya no era divertido, y tan solo con el tacto del balón su imagen aparecía frente a mi, altiva y orgullosa, calmada.

No recuerdo cuando, pero dejé de jugar.

Aunque quedarme en casa encerrado no me ha gustado nunca así que seguí yendo al parque.

Como alma en pena, vagaba por él, paseando con un walkman en las orejas, mirando a los niños jugar en los columpios, a las madres hablar entre ellas siempre con un ojo pegado a las inquietas criaturas, observando con cierta tristeza y añoranza los grupos de jóvenes adolescentes sentados en los bancos hablando y riendo animadamente disfrutando de sus vacaciones de verano, comparándome a las personas mayores que paseaban tranquilamente y que, como yo, iban observando todo a su alrededor.

Cuando alguna canción me recordaba a él a veces la escuchaba pensando en él, soñando despierto, otras cerraba violentamente el walkman y volvía a casa.

No había sabido nada de él, no me había llamado como le pedí que hiciera, claro que nunca logré que prometiera hacerlo. Yo no sabía su número. Tampoco me atrevía a ir a preguntárselo a sus padres. Seguí comprando las revistas de baloncesto que hablaban de la NBA y otras ligas extranjeras. A medio otoño salió una pequeña noticia del campeonato universitario, el novato estaba revolucionando el equipo de la universidad de Milwaukee. Pero la liga universitaria no levantaba tanta expectación como la profesional así que no salieron más que dos pequeños artículos en toda esa temporada que todavía guardo entre mis álbumes de recortes.

Así el Otoño pasó de puntillas y el invierno llegó casi sin aviso. Las mañanas fueron de repente muy oscuras, en mis sesiones de footting y ya no me encontraba con ningún otro madrugador, las tardes en el parque se hicieron cortas a pesar de que yo apuraba al máximo antes de volver a casa dónde las paredes me caían encima y el frío se te metía en cada rincón del cuerpo. Me sentía tan terriblemente solo.

Cuando llegó el periodo de lluvias a menudo me encontraba andando por las calles mojadas, bajo un paraguas, escuchando música, seguramente demasiado triste para que fuera buena para mí, sin rumbo, de farola a farola. Temblando por el frío huía de las zonas dónde habitualmente había ciclistas para intentar sacarme de la cabeza la estúpida fantasía de que a la siguiente esquina él aparecería con su jodida bici azul y me atropellaría sin miramientos de nuevo.

Ese año las navidades fueron tristes y grises. A Mamá le tocaba trabajar la noche de año nuevo, a mi no me importó, y no tenía a nadie más con quien celebrar la llegada del nuevo año así que la pasé solo. Fui a dormir temprano, y la mañana siguiente me acerqué a correos para enviar un paquete hacia Estados Unidos. No tenía su dirección así que lo envié a su equipo. No sabía si mi regalo le gustó. Nunca recibí una carta diciendo ni un simple: gracias. Quise pensar que el paquete se extravió, antes que asimilar que se había olvidado de mí. Prefería engañarme a afrontar la cruda realidad. Era más fácil y más llevadero.

A medio invierno el señor Itsumoto enfermó.

Empecé a trabajar mañana y tarde junto a la nieta del señor Itsumoto que era a su vez su contable. Yo quizá había resultado ser un buen vendedor de artículos deportivos, pero desde luego las finanzas no eran, ni van a ser nunca, mi fuerte.

Ella se llamaba, bueno se llama, Hatsumomo. Es una chica bonita y alegre. Te hubiera encantado estoy seguro.

Me recordaba a Haruko cuando la conocí.

Nos entendimos bien desde el primer momento.

Era agradable tener de nuevo alguien con quien poder hacer broma. Yo tonteaba con ella, le decía que era a chica más hermosa que había conocido, ella reía, se sonrojaba, me decía que era un idiota y entonces… entonces yo callaba en seco, dejaba de hacer broma y volvía al trabajo. Soy un torpe idiota.

Un día Yohei pasó por delante de la tienda, y me vio a través del aparador. No se si habría entrado a saludar si yo no hubiera estado de cara a la calle en ese momento para verle, pero el caso es que entró. Le sorprendió verme allí tanto como a mi verlo de nuevo. Hacía meses que no hablábamos, él decía que no sabía qué había ocurrido entre nosotros que habíamos acabado así de distanciados. Yo sí lo sabía, pero callé. No estaba preparado para admitir ante nadie lo que me ocurría, lo que me atormentaba noche tras noche, y que yo intentaba inútilmente olvidar cuando salía el sol.

Poco después vinieron a verme a la tienda el resto de la Gundam. Parecía que entre ellos sí había habido contacto durante esos meses. Por un momento me sentí herido, otra vez había sido excluido pensé, pero luego me di cuenta que ellos no me habían apartado de sus vidas, sino que yo les había apartado de mí.

Intenté reanudar nuestra amistad. Me contaron que seguían quedando cada viernes para ir a cenar juntos a Danny's y decidí salir una noche con ellos. El primer viernes que le dije a Mamá que iba a salir un rato con los chicos, casi se pone a llorar de felicidad.

-Empezaba a preocuparme de verdad cariño. Pero me alegro que ya estés mejor,- me susurró al oído cuando le di un beso de despedida antes de salir de casa.

Pero yo no estaba mejor. Solo lo aparentaba con la esperanza de que quizá en algún momento lo que tanto esfuerzo me costaba aparentar acabaría siendo real.

Los chicos habían cambiado, o quizá fui yo quien había cambiado. Pero nuestra relación no volvió a ser lo que era. Iba algunos viernes con ellos a Danny's, me metía con ellos, hacíamos bromas, reíamos, yo tonteaba con sus novias, ellos se enfadaban conmigo por ello, y entonces no nos veíamos en un par de semanas. La relación era cordial, divertida a ratos pero insustancial. Había complicidad entre ellos, pero no conmigo.

A pesar de todo, pasar horas con ellos me ayudó a llenar huecos. Me costaba menos levantarme por la mañana y vestirme si había algo más por lo que hacerlo.

Poco a poco parecía que lo que llevaba tanto tiempo intentando aparentar, que nada había ocurrido, que estaba bien (que nunca estuve mal en primer lugar), empezaba a ser un poco más una verdad a medias que una mentira mal disimulada.

Mi situación era estable en la medida de lo posible cuando llegó la primavera. Itsumoto no había vuelto por la tienda pues no se recuperó muy bien, pero Hatsumomo y yo lo llevábamos bien.

Hatsumomo era una chica muy soñadora y siempre hacía planes para irse aquí o allá. Luego nunca se iba, pero yo me reía con ella cuando planeaba sus viajes e inventaba aventuras que vivir en ellos cuando se daba cuenta que no iba a realizarlos nunca. Recreaba para ella, entre cliente y cliente, un mundo más allá del mar de Japón lleno de extrañas costumbres que aprender, extraordinarias persona que conocer, con mil cosas por ver y aventuras para vivir, y las vivíamos juntos en cierta medida. Ella reía cada vez que le inventaba un amante nuevo en cada puerto. Y volvíamos a lo de siempre, ella se sonrojaba, yo insistía diciendo que era la chica más dulce que conocía, lo cual era cierto, hasta que ella toda sonrojada y apurada me llamaba idiota, entonces yo callaba, y muy serio me disculpaba por mi comportamiento y volvía al trabajo. Siempre había algo que hacer, algo que limpiar, personas que atender, estantes que ordenar, inventarios que acabar, cualquier cosa para alejarme y volver a encerrarme en un silencio que yo pensaba que me protegía, a pesar de que solo me dañaba.

En casa Mamá y yo manteníamos lo que podría llamarse una relación de silenciosa comprensión.

Con el paso de los meses, el dolor en el pecho ciertamente se había diluido. La tienda mantenía mi mente ocupada lo suficiente como para sólo poder pensar en Kaede por las noches. E incluso en las horas de oscuridad, si lograba llegar a la cama lo suficientemente cansado había notado que dejaba de soñar, o por lo menos por la mañana no lo recordaba, cosa que a mí ya me iba bien.

Incluso llegué a pensar que lo peor ya había pasado.

Pero una noche durante la cena vimos que en el noticiario hicieron un especial de deportes, hablaron de los grandes del deporte de todo el mundo, y acabaron con un repaso a los que ellos clasificaron como las futuras promesas del deporte nacional. Muchos eran deportistas de artes marciales, pero la noticia que cerraba el especial era sobre él. Su equipo había llegado a la final de la liga universitaria gracias a su juego. Cerraron el especial con unas imágenes de su último partido que fueron suficientes para acabar con mi calma de nuevo. El comentarista decía algo de una jugada espectacular cuando apareció él en la pequeña pantalla haciendo un espectacular mate en frente de un negro grandullón que hacía dos como el Gori.

El arroz que iba a ponerme a la boca cayó de mis palitos. Mi pulso temblaba, mi pecho dolía y me faltaba el aire.

-¿Hana, cariño, te encuentras bien?- Me dijo preocupada Mamá al verme.

Como toda respuesta me levanté de la mesa y salí de casa. Hacía meses que no iba hasta la playa, esa noche volví a ir, y volví a sentirme idota por echar de menos una persona con la que había compartido sólo un mes de mi vida.

Pero había sido más que eso, mucho más.

Era doloroso aceptar que habían sido tres años; Precisamente esos tres años del final de la adolescencia cuando uno empieza a encontrar su lugar en el mundo, cuando empieza a asentarse como persona adulta en la sociedad. Habían sido precisamente esos tres años enteros, con sus tres campeonatos nacionales, mi lesión y la recuperación; con Haruko mi, hasta entonces, último gran fracaso amoroso; la presión de aprobar por narices o tener que salir del equipo constantemente en cada evaluación; miles de momentos, miradas y gestos en entrenamientos y partidos varios; los vestuarios; las celebraciones; los unos contra unos a puerta cerrada, mi motivación para ser mejor, para ganarle, para...

Cada imagen en mis recuerdos de esos tres años de instituto está, de un modo u otro, relacionada con él. El último mes sólo había sido el final, un final intenso para mí, pero sólo la culminación de muchas pequeñas cosas.

Desalentado, grité con todas mis fuerzas al mar embravecido por el viento de la noche de mediados de Abril, preguntándome por qué había vuelto a pensar en él de ese modo tan intenso. Hasta ahora creía haber superado un poco mi malestar, mi soledad, la sensación de pérdida que me embargaba, pero no había sido así.

Poco a poco los pequeños quehaceres del día a día habían logrado que mi mente lo desterrara al fondo de mi memoria. Pero obviamente no lo había olvidado, tampoco quería hacerlo.

No quería seguir hecho mierda de ese modo, pero tampoco quería olvidarle. Le quería. Le quería a mi lado para siempre, quería que la próxima persona que me dijera idiota fuera él, quería volver a disfrutar del baloncesto con él, quería compartir tardes tranquilas escuchando música, viendo películas y hablando como habíamos hecho durante un mes, le quería para mi, ver sus ojos llenos de mil emociones que, solo pudiendo escapar por ahí, se arremolinaba en sus pupilas, en su iris azul oscuro, ahogarme en él, en ese océano embravecido como el mar que tenía en frente y que seguía embistiendo contra mis piernas incesantemente. Le quería a mi lado, con su olor, su calor, su cuerpo. Le deseaba como no había deseado a nadie, deseaba que mis más escondidas fantasías se hicieran realidad, con él.

Que lo amaba, era un hecho que una vez descubierto no tenía sentido negar. No lo había hecho la primera noche de llanto meses antes en esa misma playa, no lo hice tampoco entonces.

Pero él estaba al otro lado del océano, al otro lado del mundo. Y no iba a verle más que por la televisión. Era consciente de ello. Y en medio de todo eso estaba contento por que sabía que era feliz, estaba en Estados Unidos y pronto estaría en la NBA, y deseaba poder decirle lo orgulloso que me sentía de él por ello.

Yo siempre me había considerado una persona más o menos simple. Las cosas o me gustaban o no, mis decisiones siempre eran simples: si o no. Nunca había tenido grandes dilemas. La gente me agradaba o no, las cosas las hacía a gusto o no era así. Nunca hubo medias tintas en mi vida hasta conocerle a él. Con él todo son matices. Hay demasiadas cosas contradictorias y tenía que ponerles orden o iba a volverme loco. Más de lo que ya estoy, como hubiera dicho él sarcásticamente con su fría voz en un susurro sólo para mí.

Voz que es fría pero envolvente, ojos duros pero vivos, de mirada seria pero pícara, piel demasiado fina y delicada pero resistente, de apariencia fría pero tacto cálido, manos huesudas pero elegantes, complexión enclenque comparada conmigo pero tan fuerte como yo, pelo ordenado pero rebelde, actitud distante pero terriblemente presente, olor penetrante pero agradable y en cierto modo hasta sutil, movimientos precisos y delicados pero masculinamente poderosos, con mil cosas a criticar pero perfecto en casi todo.

¿Cómo luchar con esas contradicciones? ¿Cómo evitar que algo así te capture? No lo sabía entonces, y tampoco lo sé ahora. No pude evitarlo, por qué sencillamente no me di cuenta cuando ocurría.

No es que lamentara haberle conocido, no lo lamento ahora, ni creo que lo haga nunca, y tampoco lamento quererle como le quiero, porque sé que de haberle conocido en cualquier otra situación, habría acabado igualmente enamorado de él. Lo que sí lamentaba profundamente era no ser lo bastante fuerte como para sobrellevar su ausencia sin mayor aplomo, sin más dignidad, y sin tanto llanto. Como si fuera una niñata estúpida como las de las telenovelas.

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Grissina: se que no he terminado el Cuento segundo pero esto se ha estado cociendo durante mucho tiempo en mi cabeza y ahora que está acabado me moría por compartirlo. Espero que os guste.

Me gusta tratar de escribir imponiéndome alguna condición. Esta vez la idea era hacer algo en primera persona.

Os agradeceré cualquier comentario, pero sobretodo, sobretodo, las críticas. Ayudadme a mejorar mi estilo dándome vuestra opinión, diciéndome qué debo corregir o mejorar e incluso contándome si sabéis como debo hacerlo. Por favor. Mil GRACIAS.