Merry Christmas, Eve

(Esta historia se ubica a continuación del capítulo 9. Es el relato de las Navidades que Evelyn pasó en la casa de Mathew, justo después de que se conjurara el bargaine)

Capítulo 1

Estación King Cross

Hace 25 años

El tren se detuvo lentamente en la estación de King Cross con un rechinar de ruedas y el silbato sonando, mientras cientos de estudiantes se preparaban para descender.

En el último compartimiento del último vagón, Evelyn se mordió el labio recorriendo el andén con la mirada. Había mucha gente allí esperando a los alumnos que venían a pasar las vacaciones de Navidad en casa. Padres, hermanos, abuelos, tíos.

- Tal vez sería mejor si esperamos a que haya menos gente allí – intentó que su voz no denotara cuán nerviosa se sentía.

Al instante se dio cuenta de lo inútil de intentar fingir cuando la única persona que había allí escuchándola era capaz de percibir sus emociones, sin importa cuán bien ella las enmascarara.

- No hay apuro – replicó Mathew, sentándose frente a ella y buscando a sus padres con la mirada – El pasillo es un caos hasta que la mayoría ha bajado.

Una cantidad inusitadamente elevada de adolescentes decidió descender por la puerta trasera del último vagón. Algunos fueron disimulados a la hora de mirar hacia el interior del compartimiento en donde Evelyn y Mathew permanecían sentados, uno frente a otro. Otros no disimularon en absoluto.

De repente la puerta se abrió y James apareció en el vano, con su abrigo puesto y su maleta de viaje en la mano.

- ¿Qué hacen aquí todavía? ¡Apresúrense! Estoy hambriento y quiero llegar a tu casa para poder cenar – le dijo a su primo.

Mathew levantó una ceja y lo miró con suspicacia. James todavía no se decidía a adoptar una postura con respecto a Evelyn, y Mathew nunca estaba del todo seguro de cuál sería su humor con respecto a la chica.

- ¿A mi casa? ¿Tú piensas venir a quedarte en mi casa?

El adolescente se apoyó en el vano de la puerta y sonrió de lado. Parecía que en esta ocasión, iba a desplegar su mejor sarcasmo.

- ¿Bromeas? ¡Por supuesto! Al fin y al cabo, esto será algo así como… no sé cómo llamarlo… ¿una luna de miel?

Un brillo travieso bailó en sus ojos al mirar a Evelyn, que se puso muy colorada pero no dijo nada.

- Idiota – murmuró Mathew, relajándose.

Evelyn sonrió, divertida.

- Cuartos separados, tía Melie revoloteando por ahí todo el tiempo, tío Harry que querrá darte una de esas charlas espantosas que todo adolescente varón ha tenido que escuchar alguna vez… - dijo James, sonriendo también –. No querría perderme eso por nada.

- Mejor mi padre que el abuelo, ¿no? – Mathew le sonrió con malicia y se levantó a buscar el equipaje –. Aunque creo que debería decirle al abuelo que estás necesitando un refuerzo en esa área… ya sabes, ahora que Evans ya no parece querer golpearte cada vez que te ve, podrías llegar a necesitar tener frescos los conceptos principales.

- Yo no necesito ninguna charla de refuerzo, muchas gracias. Ya fue más que suficiente con la primera, lo cual por cierto que fue tu culpa. Si no hubieras abierto tu bocota, yo no tendría ese verano en la lista de los peores en la historia – respondió su primo, estremeciéndose al recordar a su abuelo hablándose sobre buenas costumbres y educación sexual.

- No es mi culpa que tú hables en sueños, James. No esperarías que dejara pasar algo así sin comentarlo educadamente durante el desayuno, ¿no?

Evelyn se puso de pie y recibió su maleta, divertida con la charla.

- Yo no hablo en sueños.

- Tienes razón… no eran exactamente palabras lo que salían de tu boca en esa oportunidad.

- Yo no hago nada en sueños – retrucó el chico. Totalmente abochornado por el rumbo que la conversación había tomado en presencia de Evelyn, decidió regresarla a su cauce original –. Pero nos estamos desviando del punto.

- No hay ningún punto en esta charla.

- El punto es que me muero por ver qué tal te las vas a arreglar sin todos esos innumerables cuartos y escondites que tiene Hogwarts – replicó James, como si Mathew no hubiese dicho nada -. Apuesto a que no tardarás más de tres días en explotar.

- En ese caso, me aseguraré de explotar cuando te tenga a mano – Mathew se colocó la capa y miró a Evelyn - ¿Vamos?

La chica, que aunque no había dicho nada hasta el momento estaba visiblemente más relajada, asintió.

- Vamos – dijo, arreglándose el abrigo y cuadrando los hombros como si fuera a pararse delante de un pelotón.

James se hizo a un lado y esperó en el pasillo a que ella saliera.

- Ustedes dos adelante. Yo seré el cortejo nupcial – anunció con solemnidad.

Mathew lo golpeó en la parte de atrás de la cabeza y salió detrás de Evelyn, acarreando el equipaje.

- Te veremos en Nochebuena, James.



Residencia de Harold y Amelia Whitherspoon

Media hora más tarde

- Este será tu cuarto – la madre de Mathew abrió la puerta y entró en la habitación iluminada por la luz del atardecer –. Por lo general la ocupa James, pero si viene durante estas dos semanas puede dormir con Mathew.

Evelyn sonrió a la mujer que la miraba desde el centro de la estancia.

Era bastante amplia y muy acogedora, con una cama un poco más grande de lo normal, llena de almohadones que se amontonaba sobre el hermoso acolchado.

Tenía un armario, un escritorio bajo una de las ventanas, mientras que en la otra había un asiento con más almohadones. Un baúl al pie de la cama y un par de mesas de noche, junto con dos sillas completaban el mobiliario. Todo en madera sin pintar y colores ocre.

- Es hermosa – musitó, al notar que Amelia estaba esperando que dijese algo.

- Cambié las cortinas y los almohadones cuando supe que vendrías – dijo la mujer –. Pensé que algo nuevo sería apropiado.

Mathew apareció en la puerta y clavó sus ojos en la habitación.

"¡Maldición! ¡James tenía razón! Cuartos separados… ¡no puedo creerlo!"

Evelyn se mordió la mejilla por dentro para no echarse a reír. La frustración del muchacho era tan grande que le llegaba como si se tratara de ondas magnéticas.

"Bueno, ¿qué esperabas? ¿Una cama matrimonial?"

- Mathew, deja el equipaje de Evelyn aquí para que pueda desempacar, ¿sí? – Amelia se dirigió a la puerta –. Acomódate tranquila, Evelyn. Estaré en la cocina, supervisando la cena.

- Yo… ¿podría hablar con usted un segundo? – preguntó la joven bruja ansiosa.

Amelia pestañeó, como si la hubiera tomado desprevenida, pero se compuso con rapidez.

- Por supuesto.

Mathew dejó la maleta de Evelyn sobre el baúl y la miró con el ceño fruncido.

"¿De qué quieres hablar con mi madre?"

"De nada que te incumba"

- ¡Mathew! ¿Puedes venir abajo un momento, por favor? – la voz de Harold Whitherspoon resonó por las escaleras e hizo que el muchacho se enderezara.

"¡Mierda!", dijo al percatarse de lo que se avecinaba.

- ¡Ya voy! – replicó en voz alta.

Miró a Evelyn como si ella fuera a rescatarlo y ante la impasibilidad de la chica, salió del cuarto cuadrando los hombros.

"Suerte", la palabra resonó en su mente cuando ya comenzaba a bajar las escaleras.

Evelyn, por otro lado, estaba tremendamente nerviosa. Había puesto todo tipo de reparos en ir a la casa de los Whitherspoon para la Navidad.

"La gente pensará que somos una verdadera pareja y el comité escolar podría llegar a la conclusión de que el bargaine en verdad no se conjuró como tu padre ha declarado", le había dicho el día anterior a Mathew, mientras el profesor Flitwick trataba de que uno de sus compañeros dejara de reírse como poseído debido a un encantamiento mal realizado. "¡Podrían exigir que nos expulsen!"

Pero él se limitó a mirarla con su mejor expresión de tozudez pintada en el rostro.

"Si no estás lista para las ocho de la mañana en el vestíbulo, iré hasta tu cuarto, armaré yo mismo tu maleta y te cargaré hasta la estación de Hogsmeade. Y si hace falta que te petrifique, lo haré."

Sabiendo que era más que capaz de cumplir con su amenaza, lo fulminó con la mirada.

"Troglodita"

"Ocho de la mañana, Evelyn. Ni un minuto más tarde, o vas a tener que explicarles a tus compañeros cómo es que sé la contraseña para entrar en esas mazmorras que ustedes los de Slytherin llaman Casa."

Y con eso dieron por terminada la discusión.

Pero ahora tenía que hacer frente a la verdadera razón por al cual no había querido ir: se moría de la vergüenza por lo que los padres de Mathew pudieran pensar de ella. Al fin y al cabo, había tenido relaciones con su hijo de manera bastante inconsciente, si lo pensaba bien. Por no mencionar que estaba absolutamente angustiada por la opinión que les mereciera a los Whitherspoon. ¿Y si ellos pensaban que era una cualquiera? Debía hacerles saber que no era una cualquiera.

Apretó nerviosa las manos y trató de encontrar las palabras adecuadas. Había pensando como un millón de versiones distintas en el viaje pero ninguna pareció correcta. Mathew no había ayudado demasiado, ya que él mismo estaba rumiando la posibilidad de la charla que en ese momento seguro estaba escuchando.

Amelia la miró retorcerse las manos y le sonrió, tranquilizadora.

- ¿Por qué no nos sentamos aquí? – señaló el asiento de ventana –. Me alegra que podamos charlar un momento porque tengo algo para ti.

Evelyn se sentó donde le habían indicado mientras Amelia buscaba un paquete que había sobre el escritorio y se lo tendía.

- Espero que te guste – dijo sentándose a su lado.

La chica abrió el envoltorio y se encontró con una foto hermosamente enmarcada de su madre y Amelia, vestidas con el uniforme de Hogwarts. No había demasiadas fotos de su madre en la casa de sus abuelos y de seguro que en ninguna de las que había, se la veía tan feliz y despreocupada como en ésta.

Deslizó los dedos sobre la sonriente jovencita que tendría su edad cuando la fotografiaron y trató de no llorar.

- Te pareces muchísimo a ella. El mismo pelo espeso que siempre le envidié. Los mismos ojos dorados – dijo Amelia con ternura.

Evelyn sonrió y levantó los ojos.

- Muchas gracias, señora Whitherspoon.

- No me llames señora Whitherspoon a menos que quieras que yo haga lo mismo contigo. Amelia está bien – replicó la mujer devolviéndole la sonrisa –. Ahora, ¿qué era eso que querías hablar conmigo?

La chica tomó aire y apoyó el portarretratos con cuidado sobre su regazo, cruzando las manos sobre la foto.

- Verá, señ… Amelia, yo… bueno, lo que yo quería decirle es que… sé que tal vez no parezca y que usted tiene todo el derecho a pensar de mí lo que seguramente está pensando, porque al fin y al cabo usted y su esposo saben perfectamente bien cómo es que se conjuró este bargaine entre Mathew y yo, pero en verdad es muy importante para mí que ustedes sepan que Mathew es la persona más importante en mi vida. Y aunque ustedes no me conocen quiero que sepa que yo no soy… no soy… una cualquiera – musitó finalmente.

La madre de Mathew la miró por un momento sin decirle nada, quizás porque no esperaba ese discurso en particular en ese momento. Se quedó callada por lo que a Evelyn le parecieron dos siglos.

- Tienes razón, Evelyn, no te conozco. Pero conozco a mi hijo - dijo finalmente en voz tranquila –. Supongo que no tengo que enumerarte sus defectos o virtudes, porque por lo que él me ha contado en su última carta, ustedes dos llevan mucho tiempo siendo amigos. Así es que voy a señalar sólo dos características de Mathew. Una es que no es muy dado a hablar de sí mismo. Podría decirse que puedes charlar con él por horas y aún así no enterarte de nada referente a él. Lo que siente, lo que piensa, lo que hace. Si no quiere contártelo, no te enterarás. Y por lo regular, él no suele contar nada.

Evelyn asintió pero permaneció callada.

- La otra es que por lo general no se apresura a la hora de formarse una opinión de las personas – continuó Amelia –. Como habrás descubierto, no es muy dado a prejuzgar. Sólo se sienta allí y observa hasta que se ha formado una opinión basada más en lógica y hechos que en habladurías o pareceres externos. Y luego, la defiende y la mantiene. Porque así es mi hijo: analítico por encima de todo.

La imagen de Mathew, con once años, sentado frente a ella en el compartimiento del Expreso a Hogwarts, mirándola atentamente con esos brillantes ojos verdes llenó la mente de Evelyn y la hizo sonreír. Sí, así era Mathew. Analítico por encima de todo.

- Es por eso que yo no creo que tú seas una cualquiera – afirmó Amelia, mirándola con seriedad –. Porque mi hijo decidió que quería forjar contigo un lazo que te ha vuelto capaz de saber lo que siente, lo que piensa, dónde está. Decidió dejarte entrar en su interior de una manera tan absoluta que ahora ya no le quedan lugares privados a los cuales tú no puedas acceder. Y yo debo confiar en que usó todo su buen criterio al hacer esta elección.

Colocó su mano sobre las de la chica y se las apretó.

- No voy a mentirte, Evelyn. Esto no es lo que yo tenía en mente y la idea de que ustedes dos, que no son más que un par de chicos, estén casados, en cierta forma me supera. A Harold y a mí nos tomará algo de tiempo hacernos a la idea de que… bueno, no habrá noviazgo, ni ceremonia, ni fiesta y que, en lugar de que Mathew regrese a casa luego del colegio para discutir acerca de si entra o no en la Academia de Aurores, tú vendrás con él y discutiremos acerca de qué casa comprar o cómo decorarla. Pero las cosas se han dado así y me parece que lo único que podemos hacer es confiar en que podremos arreglar las cosas sobre la marcha.

Evelyn se mordió el labio y agachó la cabeza, mientras devolvía el apretón de manos. Tras unos segundos de silencio, levanta la vista y se miró en los ojos de la única mujer en este planeta, fuera de ella misma, que amaba a Mathew sin condiciones ni límites.

- Mathew es mi mejor amigo. Por encima de todo, y más allá de todo, siempre será mi mejor amigo. No sé qué otro nombre darle al amor que siento por él que amistad, porque no me importaría si jamás me tocara un pelo de nuevo, seguiría queriéndolo como lo quiero – hizo una pausa y trató de que el nudo que tenía en la garganta desapareciera. Había planeado decir esto y quería hacerlo bien – Y es por eso que quiero que usted y su marido sepan que haré lo que sea – remarcó las palabras – para evitar que él salga lastimado. No dejaré que Voldemort se acerque a él. Y si para lograrlo tengo que desaparecer, entonces haré el contrahechizo, prepararé la poción y romperemos el bargaine. Y desapareceré. Aunque eso mate lo poco que queda de mí, lo haré. Tienen mi palabra.

Un nudo se formó en la garganta de Amelia Whitherspoon al recordar a otra joven, muchos años antes, que juró que haría lo que fuere por mantener a su hija con vida lejos de Voldemort. Aunque eso matara lo poco que quedaba de ella.

Y murió cumpliendo su palabra.



Mathew trepó las escaleras de a dos escalones, descargando su enojo y embarazo en cada pisotón que propinó a la madera lustrada.

Bebés.

¿Quién demonios estaba pensando en bebés? ¿Acaso su padre estaba loco?

"Es bastante obvio que no tiene sentido que en este momento te recuerde la charla que tuvimos sobre el respeto que cualquier novia tuya merecería, ni de la mejor forma de conducirte con ella. Particularmente porque ella ya no es tu novia, sino tu esposa. Por lo tanto, creo que debemos saltarnos esa parte y pasar directamente a lo que más nos preocupa a tu madre, a Dumbledore y a mí"

El inicio de la charla ya había sido bastante malo. Más que nada porque si su padre estaba tan nervioso como para pasearse como león enjaulado, eso que tanto les preocupaba a su madre, a Dumbledore y a él era algo que con seguridad Mathew no quería discutir.

Harold Whitherspoon se sentó de golpe en la silla junto a él y lo miró con tremenda seriedad.

"Mathew, dime que has tomado las precauciones necesarias para evitar que Evelyn se quede embarazada"

De ahí en adelante, la conversación pasó a ser un zumbido en su mente. Lo primero que registró con absoluta claridad fue la imagen de Evelyn embarazada y casi se cae de la silla. Lo siguiente fue que debería patearse a sí mismo por no haber recordado ese pequeño detalle. Y por último, la espantosa imagen de su padre entregándole un libro que contenía una compilación de todos los métodos anticonceptivos existentes, con sus ventajas y desventajas.

Nunca, jamás en toda su vida, se había sentido más abochornado que cuando su padre se ofreció a enseñarle a realizar un hechizo anticonceptivo. Por un instante estuvo a punto de gruñirle que eso no era necesario, considerando que solamente habían estado juntos una vez.

Lo que sí necesitaba urgentemente era una modificación de la memoria. Ya bastante malo era estar tremendamente frustrado como para agregarle el bochorno total al asunto.

"Como si fuera sencillo escabullirse cuando tienes a todo el maldito colegio mirándote las 24 horas del día. ¿En qué momento se supone que voy a dejarla embarazada si ni siquiera puedo acercarme a ella?"

Llegó hasta su cuarto y abrió la puerta de un empellón. Se detuvo al ver que Evelyn estaba parada delante de uno de los modelos de tren a escala que descansaban sobre las repisas de su habitación.

La joven se giró al sentirlo cerrar de un portazo.

- ¿De quién fue la brillante idea de venir a pasar la Navidad con mis padres? – preguntó Mathew con tono belicoso

- Tuya – respondió ella con presteza, levantando una ceja divertida -. ¿Tan malo estuvo?

- Malo no llega siquiera a comenzar a describirlo – replicó, sintiendo que volvía a ponerse escarlata al mirarla y recordar lo que su padre acababa de decirle.

- ¡Vamos! No pudo ser peor que haber recibido esa charla de Madame Pomfrey – Evelyn se apoyó en el escritorio y se cruzó de brazos.

Luego de la reunión en la oficina de Dumbledore, donde se enteraron toda la historia del bargaine pactado entre sus madres, se encontraron conque madame Pomfrey estaba esperando a Evelyn al pie de la escalera tapada por la gárgola.

Sin escuchar ningún tipo de petición o excusa, se la llevó de regreso a la enfermería para que cumpliera con el día faltante de reposo y procedió a darle una extensa, detallada y embarazosa charla de educación sexual y control de natalidad.

Mathew se pasó una mano por el corto cabello y suspiró, exasperado. Ahora que estaba fuera del escritorio de su padre, comenzaba a apreciar la enormidad de su descuido y el enfado ante su estupidez creció con rapidez. Miró a Evelyn a los ojos con intensidad, intentando captar las emociones de la chica.

- ¿Recuerdas la noche que tú y yo hicimos el amor?

Las cejas de la chica se levantaron hasta casi el nacimiento del cabello en un gesto sarcástico.

- Con bastante claridad. ¿Por qué?

Ansioso, el muchacho apretó los labios antes de lanzarse a tratar de averiguar lo que quería saber.

- Porque… bueno, porque… la cosa es que yo… olvidé algo esa noche.

- ¿Te refieres a que dejaste algo en el cuarto de El Caldero Chorreante? – preguntó, confundida.

- No – frustrado, dio un paso hacia ella pero volvió a detenerse y bajó la voz –. Olvidé hacer algo.

Evelyn lo miró por un momento con atención.

- Mathew, no entiendo de qué estás hablando. Es decir, no soy una experta pero creí que habías cubierto todo lo… básico, digamos.

- No, no cubrí todo lo básico. De hecho, no hice lo primero que debería haber hecho. ¿Cómo es que pude olvidarme? – comenzó a pasearse frente a ella, nervioso.

- ¿Qué cosa olvidaste?

– Fui un imbécil, Eve – continuó el muchacho, que no escuchó su pregunta -. Supongo que podría echarle la culpa a que no estaba pensando mucho en ese momento, pero yo debería haberlo recordado en lugar de lanzarme como un tarado…

- ¡Mathew! – exclamó Evelyn, haciendo que se detuviera en su diatriba -. ¿De qué rayos estás hablando?

- ¡De esto! – replicó el muchacho, levantando el libro que su padre le había puesto en la mano unos momentos antes -. ¡Hablo de esto!

- ¿Olvidaste ese libro?

- Olvidé lo que dice este libro – lo lanzó sobre la cama y la miró con lo que Evelyn percibió era auténtica preocupación –. Eve, se honesta conmigo. ¿Existe alguna posibilidad de que estés embarazada?

Los ojos desmesuradamente abiertos de Evelyn le dijeron que había sido un tanto brusco al preguntar, pero estaba tan nervioso con la sola idea que no le salió algo más sutil.

La chica se quedó casi sin respirar por unos momentos antes de pestañear de nuevo.

- No – respondió con voz algo ronca.

- ¿Estás segura?

- Sí.

- ¿Cómo puedes estar segura? ¡No recuerdo que hayamos tomado ningún tipo de precaución aquella noche!

Había tanta desesperación en la voz del muchacho que Evelyn sintió que algo cálido le subía por dentro. Se hubiera reído si no hubiera sido cruel de su parte.

- Mathew, no tomaste ningún tipo de precaución. Yo sí.

El alivio del muchacho cayó como una ola sobre los dos, haciendo que Evelyn sonriera.

- ¿Tú… sí? – se sentó en el alto pie de la cama y apretó las manos contra la madera tallada. Tras un momento, la miró con el ceño fruncido - ¿Cuándo? No recuerdo que conjuraras ningún hechizo en ese momento.

- Estuve tomando una poción desde bastante antes – respondió Evelyn, sonrojándose al ver cómo él levantaba una ceja – Bueno, ¿qué esperabas? Sabía que en cualquier momento sucedería y creí que era mejor estar preparada. Por las dudas.

- Y esa poción, ¿funcionó?

- Sí.

- ¿Cómo lo sabes? – preguntó, intentando obtener una seguridad absoluta.

Evelyn tomó aire y cruzó los brazos.

- ¿Has oído hablar de los ciclos menstruales? - Mathew se puso colorado una vez más –. El mío llegó puntual como un reloj. Hace una semana y media, para ser exactos.

Hubo un segundo de silencio embarazoso.

- Ah. Eso – dijo Mathew.

- Sí. Eso – repitió Evelyn.

El muchacho bajó los ojos a sus zapatos y dejó salir el aire que había mantenido atrapado en sus pulmones. Un imbécil. Un imbécil total y absoluto. Eso había sido.

No la había cuidado. Se había lanzado sobre ella sin siquiera pensar en las consecuencias. Él siempre evaluaba las consecuencias y el no haber pensado en ésta consecuencia en particular lo enfada más allá de lo que podía poner en palabras.

- Lo lamento, Eve. Fui un tarado egoísta.

Evelyn se acercó a él y, parándose entre sus piernas, le enmarcó el rostro con las manos y lo obligó a mirarla.

- ¿Mathew?

- ¿Qué?

- Gracias por preocuparte por mí.

Suspirando, cerró los brazos alrededor de la cintura de la chica y la acercó a él para esconder el rostro en su cuello.

- No me lo agradezcas – murmuró contra su piel –. Mi preocupación llega con casi tres semanas de retraso.

Las manos de Evelyn se deslizaron por su espalda, percibiendo a su paso cómo los músculos se relajaban ante su tacto.

- Pero llega. Siempre llega. Y por eso te amo.

Mathew levantó la cabeza y la miró por un largo momento. Le parecía mentira que ella estuviera allí, en su cuarto, con sus modelos de trenes a escala, sus figuras de dragones, sus libros de la infancia, sus trofeos deportivos y sus fotos. Sin esconderse, sin simular, parada frente a él, abrazándolo.

- ¿Aun cuando amarme sea la cosa más difícil que has hecho en tu vida? – preguntó, recordando lo que ella le había dicho la mañana en la que el misterio del bargaine se reveló.

- Mathew, no me gustan las cosas sencillas. Son poco excitantes – susurró Evelyn antes de que él le sellara la boca con uno de esos besos que le hacían zumbar los oídos.

Besos largos, lentos y húmedos que podían durar toda una vida.



Amelia Whitherspoon cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldar de su sillón favorito. Sentía el calor del fuego en los pies que había estirado hacia la chimenea y la reconfortante presencia de su esposo a su lado.

Ambos bebían a sorbos el añejo jerez en las copas que uno de los tíos de Harold les regaló cuando se casaron, disfrutando de su pequeño ritual nocturno.

La casa estaba silenciosa, como cualquier noche del año. Sólo que esa no era una noche más del año. Era la primera noche en que, oficialmente, tenían a su nuera bajo su techo.

La cena había sido tranquila y agradable. Evelyn no habló mucho, pero al menos no estaban tan tensa como durante el viaje desde la estación de trenes hasta la casa, unas horas antes. La forma en que miraba a Mathew tranquilizaba a Amelia. La forma en la que Mathew la miraba a ella tranquilizaba a Harold.

De repente, un alarido espantoso resonó por las paredes de la casa. Los dos magos se miraron, espantados, antes de ponerse de pie y salir corriendo escaleras arriba, desde donde los gritos seguían llegando.

Cuando llegaron al primer piso la puerta de la habitación de Mathew se abrió de un tirón y el muchacho salió del cuarto vestido con su pantalón de pijama y una remera, descalzo y con el rostro desencajado.

Sin ver a sus padres abrió la puerta del cuarto de Evelyn, desde donde el llanto descarnado emergía entre súplicas de piedad.

Amelia y Harold llegaron hasta la puerta un momento después y se quedaron congelados, viendo a su hijo rodear la cama para acercarse a Evelyn, que tenía los ojos desorbitados y estaba atrincherada en una esquina del cuarto, entre la pared y la mesita de noche. Sus pies descalzos resbalaban en el suelo lustrado como si estuviera intentado atravesar el muro, sus manos se apoyaban en la pared, su rostro era de color ceniciento, bañado en lágrimas.

- ¡NO! ¡NO! – gritaba, mirando sin ver a Mathew, que se arrodillaba junto ella en ese momento -. ¡NO LA MATES! ¡MAMÁ, NO!

- ¡Eve! – exclamó Mathew -. ¡Eve, despierta!

- ¡NO! ¡POR FAVOR! ¡MAMÁ!

Mathew la tomó con fuerza por los brazos y le dio un sacudón violento.

- ¡EVE! ¡DESPIERTA! – casi gritó –. ¡Sólo es un sueño! ¡Despierta!

La chica parpadeó y clavó sus ojos anegados en lágrimas en las tensas facciones del muchacho, como si estuviera intentando decidir si él estaba allí o no.

- Sólo es un sueño, Eve – repitió éste, en voz firme pero sin gritar esta vez.

Como si fuera una muñeca rota, Evelyn se abrazó a él con desesperación, llorando en su pecho mientras Mathew la envolvía con los brazos y la mecía con suavidad.

- Él la estaba torturando – lloraba con tanta fuerza que casi resultaba imposible entender lo que decía –. Se reía y la torturaba. Y ella gritaba… gritaba… tanto…

- Shhhh, ya pasó – le acarició la espalda, intentando calmarla y calmarse al mismo tiempo –. Ya pasó.

Era la primera vez que veía en sus propios sueños lo que ella soñaba y si Evelyn no hubiera gritado de esa forma, tenía la impresión de que no habría podido despertar jamás de esa pesadilla.

Tras un par de minutos, y totalmente ignorante de la presencia de sus padres, Mathew tomó a la joven en brazos y la llevó hasta la cama. Se trepó sobre las colchas revueltas sin soltarla y se acomodó a su lado contra el respaldar de madera, abrazándola con fuerza.

En silencio, los padres de Mathew contemplaron cómo su hijo cerraba los ojos y apoyaba su mejilla en la cabeza de la joven que seguía sollozando en sus brazos, mientras murmuraba palabras para calmarla.

Dumbledore les había hablando acerca de las pesadillas de Evelyn, de lo que Voldemort solía mostrarle en sueños. Y les había advertido sobre la posibilidad de que ahora Mathew también pudiera tener esos sueños o visiones.

Pero una cosa era que el director del colegio les contara sobre las imágenes de horror que la joven se veía obligada a ver, y otra distinta era el espanto que los gritos y la desesperación que acababan de presenciar les había provocado.

Tras un momento, Harold tomó a su esposa del brazo y, con suavidad, la sacó del cuarto sin decir una sola palabra. Amelia fue con él, con los gritos de Evelyn aún sonando en sus oídos, pero cuando se habían alejado unos cuantos pasos se detuvo y clavó sus ojos en los de su marido, tan angustiados como los de ella.

- Ellos no deberían… - el nudo en su garganta la obligó a hacer una pausa - Son sólo unos niños – susurró, debatiéndose entre lo que consideraba correcto y lo que su compasión le decía que era mejor.

- Lo sé – respondió el hombre en igual volumen de voz –. Pero no se me ocurre una sola buena razón por la cual debamos entrar en ese cuarto y decirle a Mathew que vuelva a su habitación y deje sola a su esposa.

Amelia miró hacia la puerta del cuarto de Evelyn, desde donde llegaban aún los susurros de su hijo y el llanto de la chica. Las lágrimas que había estado reteniendo al darse cuenta que la pesadilla de la joven, había sido sobre los últimos momentos de su mejor amiga, cayeron por su rostro.

- A mí tampoco – murmuró.



Los sollozos y estremecimientos remitieron, pero Mathew permaneció allí, recostado contra el cabezal de la cama, acunando el ovillo que era Evelyn entre sus brazos.

De a poco se fue relajando, hasta que quedó recostada contra el pecho del muchacho, con el rostro escondido en el hueco de su cuello y las piernas enredadas con las de él. Mathew podía sentir el hombro de su remera húmedo y el corazón de Evelyn latiendo deprisa, pero sabía que estaba más tranquila. Podía sentirlo.

- Lamento que tuvieras que ver una de mis pesadillas – la voz de la chica le llegó amortiguada desde su pecho.

Mathew apretó sus brazos alrededor de ella y besó su pelo.

- ¿Esa era… tu madre?

Evelyn asintió, estremeciéndose.

- Hacía mucho que no tenía esa pesadilla. Supongo volvió porque estoy un poco… nerviosa.

El muchacho no supo qué decir por lo que le acarició la espalda por un largo rato en silencio. Finalmente, ella levantó sus ojos húmedos hacia él.

- Gracias – musitó y, elevándose un poco, besó su quijada con suavidad.

Aún cuando había sido un simple beso de agradecimiento, el cuerpo de Mathew se tensó al mirar esos brillantes ojos color dorado, enmarcadas por pestañas que aún tenían lágrimas engarzadas.

Bajando la cabeza, la besó primero con suavidad, más como una forma de transmitirle cariño y consuelo que por otra cosa. El problema era que estaba acostado a su lado, con ese cuerpo suave enroscado alrededor del suyo y semanas de deseo no satisfecho tratando de salir a flote.

Evelyn abrió los labios de manera automática y gimió cuando la lengua de Mathew la acarició. La mano que tenía apoyada sobre el pecho masculino subió hasta su cuello y se enterró en su cabello, deslizándose hacia el colchón y arrastrándolo con ella. Mathew bajó su mano hasta la cintura de Evelyn para volver a subirla serpenteando por debajo de la parte superior del pijama, dibujando el trazado de la columna.

Podía sentirla estremecerse mientras lenta, e inconscientemente, la giraba hasta dejarla de espaldas sobre la cama y se inclinaba sobre ella. Evelyn ni siquiera registró que él la cubría por entero, no registró nada que no fuera esa boca que la besaba lenta y profundamente.

Las emociones de la pesadilla, más todas esas imágenes que habían estado acechándola desde lo que pasó en el Caldero Chorreante, la sumergieron en una especie de hechizo y se apretó contra él.

Una puerta se abrió y se cerró en algún lugar del segundo piso, y el sonido seco traspasó el embrujo que mantenía a Evelyn subyugada. Hizo la cabeza para atrás, tratando de liberar su boca, pero en lugar de separarse de ella, Mathew comenzó a descender por la línea de su mandíbula, trazando un sendero de húmedos besos que parecían derretirle la piel. Evelyn podía sentir su erección presionándole los muslos, haciendo que una ola de calor denso y líquido la quemara por dentro.

- Mathew – jadeo casi imperceptiblemente.

El chico pasó a concentrarse en el punto que estaba justo debajo de su oreja.

- Detente… tus padres… - Evelyn intentó decir algo coherente, pero le resultaba tremendamente difícil porque él eligió ese momento para que sus manos alcanzaran sus pechos.

Tomando aire, apretó esas manos con las suyas, aplastándolas contra sus senos.

- Mathew, por favor… no podemos hacer esto aquí – suplicó – Mucho menos con la puerta abierta.

Finalmente, eso pareció dar resultado. Aunque no se apartó, Mathew se quedó muy quieto, respirando pesadamente. Estaba absolutamente tenso, como una cuerda de violín, tratando a todas luces de recuperar el control, aunque parecía que eso iba a tomarle una eternidad.

Evelyn podía sentir la frustración y el enfado que lo embargaban, iguales a los de ella. Pero aún así, no podía seguir adelante.

- Podríamos sellar el cuarto – murmuró él en el hueco de su cuello, sin moverse.

- Y tus padres sabrían por qué lo hemos hecho – replicó ella.

- ¿Y a quién le importa?

- A mí – dijo la chica con sencillez.

No podía pedirle a Amelia que no la considerara una cualquiera para luego lanzarse a tener sexo en la primera noche que pasaba bajo su techo.

Mathew sacó sus manos del interior de su pijama y, plantándolas a los costados de la chica, se elevó y la miró. Sus ojos brillaban con desafío y frustración por igual.

- Eve… ¿te das cuenta de que sólo hemos hecho el amor una vez? – había enfado en su voz. E inseguridad.

- Sí – respondió ella – Me doy prefecta cuenta.

- ¿Y te das cuenta de que es malditamente imposible poder hacer nada en Hogwarts? – preguntó entonces, mirándola con atención –. Dumbledore ya no nos deja salir a patrullar, y todos los alumnos y profesores del colegio no hacen otra cosa más que mirarnos para ver si pueden encontrarnos en algún armario o aula vacía.

- Lo sé. Pero no por eso podemos hacer esto aquí. Y ahora.

Mathew entrecerró los ojos y la miró con preocupación.

- ¿Es porque no lo hice bien la primera vez?

Evelyn se ruborizó, pero le sostuvo la mirada lo mejor que pudo.

- No.

- Porque sé que tú no… bueno, ya sabes… - parecía tremendamente incómodo tratando de poner en palabras lo que tenía en mente –. Pero te juro que trataré de hacerlo bien esta vez.

Evelyn le sonrió, viendo la angustia en esos ojos que parecían incapaces de esconderle nada.

- Sé que lo harás bien la próxima vez. Y que si no nos sale bien, saldrá bien en la siguiente – le acarició los antebrazos con suavidad –. Estoy segura de que mejoraremos con la práctica.

- ¿Entonces?

Suspirando, Evelyn bajó sus manos hasta que descansaron en las muñecas de Mathew.

- Es que… no puedo evitar ser conciente de que tus padres están aquí. Que esta es su casa. Yo… no puedo.

Tomando una gran bocanada de aire, Mathew se acostó a su lado y miró el techo.

- Supongo que esto de tener a mis padres a un par de puertas arruina el clima.

- No tanto el tenerlos cerca como el saber que ellos sabrán lo que podemos estar haciendo en el momento en el que cerremos esa puerta – replicó Evelyn, bajándose la parte superior del pijama y entrelazando las manos sobre su vientre.

- Sí, eso no es exactamente excitante – murmuró el muchacho, frustrado.

Por un largo rato ninguno de los dos dijo nada. Permanecieron acostados uno junto al otro, mirando el techo y escuchando sus corazones disminuir sus latidos hasta que ya no corrieron alocadamente en sus pechos.

El muchacho se sentó en la cama y tiró de las mantas hasta que ambos quedaron cubiertos.

Evelyn lo miró con una ceja levantada.

- Mathew… ¿qué haces? – preguntó.

- Me preparo para dormir – respondió él, acostándose a su lado y cruzando un brazo por encima de la cintura de la chica.

- ¿Aquí? – se giró para mirarlo con los ojos muy abiertos -. Pero… ¡no puedes dormir aquí!

Ella no iba a poder dormir si lo tenía allí. No cuando el cuerpo le latía aún por el deseo no satisfecho y cuando podía percibir perfectamente bien que a él le latía de igual forma.

- Tienes razón – Mathew se enderezó y extendió su mano sobre la cama, murmurando un encantamiento.

En un instante, la cama se agrandó. Satisfecho, volvió a acostarse.

- Ahora está mejor – dijo, abrazándola.

Evelyn se lo quedó mirando sin decir nada por un largo rato.

- Mathew, a tus padres no va a hacerles gracia que te quedes aquí. Por algo nos dieron habitaciones separadas.

- Yo me ocuparé de mis padres, Eve – afirmó con los ojos cerrados.

- Pero… ¡esto equivale a desafiarlos! Yo no quiero que ellos se sientan molestos conmigo – trató de razonar Evelyn –. Es más que obvio que no están preparados para que tú y yo convivamos como… como… una pareja.

Suspirando, Mathew abrió los ojos y levantó las cejas, desafiante.

- No pienso irme a ningún lado. La puerta está abierta, así es que si mis padres quieren saber lo que estamos haciendo, basta conque se asomen. Pero en lo que a mí respecta, dormiré aquí contigo. Todas las noches – remarcó las palabras con un pequeño apretón en su cintura. Hizo una pausa y agregó: – Y en cuanto pueda, haré que se larguen de la casa por al menos un par de horas. Tienes mi palabra. Ahora, duérmete.

Plantó un breve beso en sus labios, que terminó casi en el instante en que comenzó, y acomodándose nuevamente, cerró los ojos una vez más.