Esta es la traducción de "Growing Pains", argumento original de Sensibly Tainted. AU. Severitus. Las parejas son H/D y SS/RL

La expresión implica las penas que trae crecer; pero, en vistas al desarrollo de la historia, traduje el título como "Creciendo con dolor", que parece lo mismo, pero no lo es.

Por supuesto, los personajes le pertenecen J.K. Rowling, y la historia es de Sensibly Tainted; lo único mío son mis ganas de leer el relato en español.

Respeto las negritas, y las aclaraciones de la autora; si son necesarias notas de traducción, estarán al final del capítulo.

Resumen:

El verano siguiente a la muerte de Sirius, Harry es sometido a un terrible abuso por parte de los Dursley, dejándolo quebrado. Snape tratará de ayudarlo y descubrirá que la clave para hacerlo es Draco Malfoy.

Creciendo con dolor Capítulo 1

Draco estaba en sus habitaciones en la Mansión Malfoy. El verano vino y se fue; y en algunas horas tomaría el tren a Hogwarts. Parado solo, en el balcón conectado a su sala de estar; se inclinó pesadamente sobre la baranda de piedra. Estaba exhausto. Su realidad completa había sido destruida, destrozada en millones de pedazos. Le había tomado todo el verano tratar de reunir algunos y, ahora estaba relativamente entera.

Tiró su cabeza hacia atrás, sus cansados ojos grises escrutaron el cielo nuboso. Su cabello rubio, casi blanco se agitó a su alrededor, un mechón sedoso le acarició la mejilla. Su cuerpo se tensó; aún su pelo le recordaba todo. No podía escapar.

Draco suspiró y dejó que la cabeza volviera a su posición normal, su mirada se paseó por su propiedad una vez más. No. No podía escapar. Él era el Señor Malfoy, heredero de la mayor fortuna del mundo mágico, director de todas las inversiones y activos de los Malfoy; y pronto sería un estudiante del sexto año de Hogwarts, poseedor de la más oscura de las reputaciones (exceptuando la del Señor de las Tinieblas).

Desde que su padre fue prendido en el Departamento de Misterios y enviado a Azkaban, el apellido Malfoy había caído sobre sus hombros como una tonelada de ladrillos. Se había puesto furioso, quería a su padre de vuelta. No quería tomar la responsabilidad de la familia, todavía no; no quería perder el respeto y el amor que le tenía a su padre, aceptando que estaba en la peor prisión del planeta. Quería culpar al maldito Harry Potter, quería matarlo por destruir su familia. Pero, entonces su madre, esa mujer tonta y dócil; se despertó rugiendo, y trituró sus reacciones pueriles.

Recordaba a su madre como a la bella, amorosa mujer de cuando era pequeño. En sus rodillas aprendió a leer y a escribir, modales aristocráticos, política y corrección; había celebrado su magia como niño.

Su padre había estado ausente. Cuando Draco lo veía, su padre se mostraba serio, casi malhumorado, -ahora que se veía forzado a ver la verdad, podía reconocerlo. Pero él había sido feliz con su madre.

Todo cambió cuando cumplió diez años. El hombre que había admirado desde lejos se metió en su vida. Lucius le daba sonrisas elogiosas cuando defendía los valores de los Malfoy, y le mostraba una mano pesada cuando lo decepcionaba. Su madre fue echada a un lado. Se retiró y se convirtió en una muñeca silenciosa; como demandaba Lucius, el aristócrata sangre pura.

Draco lo notó, pero no le importó; tenía la atención de su padre, que estaba haciendo de él, un hombre. No importaba que Lucius contradijera lo que su madre le había enseñado; Draco estaba orgulloso de seguir los pasos de su padre. Se sentía importante cuando se le permitía presenciar reuniones de negocios; veía el servilismo de todos con su padre e inflaba el pecho. Lucius lo hizo sentir talentoso y especial cuando le enseñó magia antes de ir al Colegio. Y después de un año bajo su cuidado, fue a Hogwarts como un arrogante matón, vomitando orgulloso las palabras de su padre, el Mortífago.

Una sonrisa amarga apareció en sus labios. Había sido tan inocente. Tan niño. Había seguido siendo un niño hasta cuatro meses después de su cumpleaños número dieciséis, cuando le informaron que su endiosado padre estaba preso. Podía recordar claramente la incredulidad, la ira. Había dejado la escuela airadamente, sin esperar al tren. Había llegado a su hogar gritando a su madre que trajera a sus abogados magos, para que su padre regresara. Recordaba que pateó al elfo que le preguntó si necesitaba algo; recordaba su justificado enojo y el orgullo de saber que estaba manejando bien las cosas. Entonces, su madre bajó.

Estaba vestida espléndidamente, en un simple vestido de seda blanco; y sus ojos centellaban. Se había despertado, otra vez. Él sonrió, sintiendo un gran alivio al verla; se había relajado, pensando que ella se encargaría de todo, lo arreglaría todo. Nunca sospechó que su mano bella y tan cuidada iba a darle semejante cachetada. Shockeado, la miró fijo a los ojos. Ella le devolvió la mirada, con sus ojos grises, los que él había heredado, pero calmos y determinados. Recordaba claramente lo que ella le había dicho.

- Es tiempo de que crezcas, pequeño dragón. Es tiempo de que dejes de mentirte a ti mismo, siguiendo ciegamente lo que otros te dicen. Tienes que tomar decisiones, ahora. Tu vida es frágil y está en tus manos, solamente en tus manos. Nadie puede hacer esto por ti. Pero primero debes entender la realidad de las cosas. Sígueme; hay cosas que debes ver.

Él no entendía, pero sintió que ella hablaba en serio. El miedo se le acurrucó en el estómago, diciéndole que nada sería lo mismo a partir de aquí. Pudo haberla ignorado, dar la vuelta y salir en busca de los abogados, pero no lo hizo. Caminó detrás de su madre, hacia el sótano, hacia las mazmorras. Él sabía que su padre bajaba allí, a veces, a hacer negocios, pero a él nunca lo había dejado. Siguió a su madre, y ella reprodujo para él los recuerdos de la habitación, grabados mágicamente.

Vio a su padre torturando a seres humanos de todas las edades y sexos, cientos de víctimas sufriendo bajo su regocijada mano. A veces, para conseguir cosas, a veces para castigar a quienes lo agraviaron, a veces por placer. Algunas veces la víctima moría, algunas veces no; pero siempre gritaba, siempre sangraba. Draco sabía que su padre usaba magia negra, sabía que infringía miedo en el corazón de muchos, pero nunca había entendido el por qué. No se había permitido conocer la verdad, no se había permitido pasar más allá del frente que él le presentaba. Su madre lo forzó a ver la verdad pura y desnuda sobre su padre.

Draco vomitó y lloró. Su madre no dijo nada; tampoco lo confortó ni lo hizo sentir débil o estúpido. Sólo lo miró con ojos comprensivos, mientras él se quemaba en la vergüenza y la confusión. Apenas podía soportar lo que estaba experimentando, había sido forzado a entrar en un lío mental.

Su madre lo tomó de la mano y lo sacó de la habitación. Con la esfera de cristal de los recuerdos de Lucius firmemente sostenida por ella; lo guió hasta el Ministerio y hasta el Departamento de Aurores. Allí, entregó la esfera como evidencia contra su marido. Demandó garantías de que él nunca saldría de prisión. Draco estuvo allí, sin reaccionar mientras su madre condenaba a su padre, y no dijo nada, ni para apoyarla ni para detenerla.

Después de eso, ella lo condujo a una lujosa posada cerca de los Callejones Diagon y Knockturn, tomó una habitación e hizo venir a todos los representantes y mediadores de negocios de los Malfoy, para que le explicaran en detalle lo que significaba cada inversión y cada negocio. Draco pasó días allí, aprendiendo muchísimo. Su padre tenía invertido el dinero en casi todo; aún en negocios muggle. Comerciaba con esclavos, drogas, préstamos, contrataba gente para conseguir elementos extraños que luego vendía con beneficios sustanciales. Algunos negocios eran legítimos, otros eran sucios, y algunos eran negros. Su madre le dio completo poder de decisión.

Le dijo: - Me he asegurado en sacar a Lucius del medio. Lo que sigue es tu decisión, mi dragón, manéjalo tú.

Él pasó casi una semana pensando, haciendo frente a todo, creciendo. Luego decidió continuar con los negocios legales, y unos pocos de los sospechosos; pero dejó las actividades ilegales.

Hizo copias de todos los registros de esos tratos oscuros y los entregó como evidencia a las Fuerzas Mágicas Legales Especiales, como pruebas de refuerzo para mantener a Lucius en Azkaban.

Su madre bajó la cabeza ante él, reconociendo la batalla que había conquistado; y estuvo a su lado para ayudarlo a pelear manteniendo al Ministerio alejado de su herencia. Supo que mientras él libraba su batalla interna con su padre y con él mismo, su madre ganaba tiempo demorando los intentos del Ministerio por contabilizar los activos de los Malfoy.

Fue una pelea dura que le tomó casi todo el verano. Fue interrogado por Aurores varias veces para dejar en claro que él no tenía culpa en los crímenes de su padre; él era inocente; aún no había hecho nada imperdonable. Potter había mandado a su padre a prisión antes de que Draco cruzara la línea para pasar de matón a Mortífago.

Si no pasaba las noches en las celdas del Ministerio, las pasaba solo en la habitación principal, la que había sido de sus padres.

Su madre estuvo allí, pero nunca se ofreció a hacer algo en su lugar, no lo ayudaba con los negocios, aunque sabía que estaba siendo tironeado de todas partes por el maldito Ministerio.

Cuando él le pedía algo, se limitaba a lo pedido, nada más. Su padrino también estaba con él, Severus respondió muchas preguntas sobre ser un Mortífago y sobre el Señor de las Tinieblas.

Severus no suavizó la verdad, le dijo todo, desde todos los ángulos, se lo hizo claro, completo, agudo, doloroso. Se sentaron muchas noches hasta la mañana discutiendo la guerra y la política, pasadas y presentes.

No todo fue madurez y crecimiento. Hubo noches en las que Draco se emborrachó, gritó y desvarió; noches en las que se sentó sin reaccionar, en silencio. Pasó por ataques donde durmió durante días o era incapaz de dormir en toda la semana. Fue forzado a ver el mundo como realmente es, con los juegos, manipulaciones, sufrimientos y gozos. Tuvo que crecer, tuvo que tomar decisiones. Y lo hizo. Eligió no abrazar la oscuridad, no totalmente; pero tampoco eligió rechazarla. Decidió pelear contra el Señor Oscuro, pero rechazó la oferta de Dumbledore de entrar a la Orden al precio de ser espía.

No podía aceptar ese rol; en lugar de ello, pelearía contra el Señor de las Tinieblas en sus propios términos, bajo el comando de nadie. Eligió hacer saber sus creencias, mostrar en el Colegio y en la sociedad mágica que hay una mejor manera de lograr las metas, sin asesinatos, sin torturas ni esclavitud. Decidió tomar la larga y dificultosa tarea de limpiar el nombre de la familia Malfoy.

El verano no lo había suavizado, lo había endurecido; era más frío, más serio. Sus sonrisas eran amargas, cínicas.

Tres meses se habían convertido en una vida. Pero no todos los cambios fueron puramente internos; también había crecido físicamente. Medía unos seis pies; su cabello dorado alcanzaba sus hombros. La tradición indicaba que el señor de una familia de sangre pura debía llevar su cabello a mitad de la espalda, el suyo lentamente iba alcanzando ese estilo.

Sus rasgos habían perdido totalmente las redondeces de la infancia, eran más afilados y definidos. La gente todavía lo confundía con Lucius, pero si miraban más allá de lo obvio, él había heredado los rasgos de su madre. Su estructura de buscador se había engrosado, continuaba siendo esbelto, pero sus hombros eran más anchos. Usaba en su mano derecha el antiguo anillo con el escudo Malfoy.

Mirándolo, ahora, Draco veía el anillo de platino con un diamante incrustado en el centro, con pequeñísimas runas rodeando la gema, y dos grabados del escudo Malfoy a cada lado. Los Aurores lo habían quitado del dedo de Lucius antes de enviarlo a Azkaban y se lo habían dado a él, hacía una semana, cuando lo habían reconocido como el heredero legal del Señorío Malfoy; libre de cargos, con el derecho natural de dirigir su familia.

Draco estaba orgulloso de su ascendencia, creía que era parte de una elite, por los logros de sus ancestros y ahora, por los propios. Todavía defendía los valores morales de Slytherin, los que no habían sido manchados por la corrupción.

Llamaron a la puerta. Draco dejó el balcón y cruzó la sala de estar, atándose el cabello en la nuca, mientras caminaba. Usaba pantalones negros, una camisa de seda negra por fuera, cayéndole más abajo de la cintura; las mangas enrolladas casualmente hasta los antebrazos. En su cuello se veía una cuerda negra, con un dije plateado del tamaño de un pulgar sobre el hueco de su garganta. Parecía una runa celta, pero mirando desde cerca se distinguían las formas de un dragón.

Abrió la puerta, y se encontró con un elfo doméstico.

- Señor Amo, su madre está esperando para verlo partir al Colegio.

- Gracias. Ya bajo.

El elfo desapreció y Draco cerró la puerta. En su habitación, se acomodó las mangas y las abotonó; se vistió con su túnica negra del Colegio, dejándola abierta; se aseguró de que tenía todo lo que necesitaba en su baúl. Las tres lechuzas en sus jaulas; satisfecho y con todo dispuesto, bajó.

Narcisa lo estaba esperando en el gran salón, donde se ubicaba la chimenea conectada a la red flú. Su vestido verde oscuro, caía hasta sus tobillos y subía hasta su barbilla; sin mangas y con un gran escote en la espalda. Su cabello estaba peinado en alto, con bucles . Le sonrió cuando él entró a la sala.

Madre- se inclinó ante ella, y se adelantó a ofrecerle un abrazo- ¿Estás saliendo?

Sí- ella asintió- tengo compromisos sociales con varias de las madres de tus compañeros de clase.

Draco aprobó con un movimiento; su madre había estado hablando con muchos padres de los Slytherins, tratando de reclutar a las mujeres de alta sociedad del mundo mágico, llevándolas a un territorio neutral. La mayor parte del verano la había dedicado a asegurarse de que Draco se recuperara; y esta semana, había vuelto a su pasión original, trabajando para el periódico "Corazón de bruja".

Buena suerte, escribiré- Draco sonrió, conduciéndola de la mano hasta la chimenea.

Yo también te escribiré; adiós mi dragón. Si necesitaras algo…-

Lo se- Le besó la mejilla

Ten cuidado, querido.

Él asintió y ella desapareció. Ya sin motivos para darle largas al asunto, Draco tomó polvo flú y viajó hasta una taberna cerca de la estación King Cross.

Hermione y Ron se apuraron a subir al tren; iban de la mano, pero su atención estaba en otro lado: ansiosos por ver a su amigo. Dumbledore les había prohibido que escribieran a Harry, y ellos estaban preocupados. Sabían cuánto había significado Sirius para él, y que su pérdida había sido un golpe muy duro; empeorando la situación el hecho de que lo vió caer a través del velo. Ellos habían hecho lo posible por ayudarlo, pero Harry había estado tan enojado y afligido como para aceptar lo que le ofrecían.

Vivir con los Dursley era duro la mayor parte del tiempo, y estaban seguros de que Harry se encontraría en un estado lamentable. Le habían dicho esto a Dumbledore, y no importó cuánto suplicaran, él no cedió. Hermione sólo esperaba que cuando le contara a Harry que estaba saliendo con Ron, Harry no se sintiera lastimado. Ya había hecho que Ron le prometiera que no iban a aislar a su amigo o ignorarlo; estaban de acuerdo.

Vamos, Ron.- ella apuró a su novio.

Estoy yendo, Hermione-dijo él, haciendo camino entre los estudiantes que llenaban el tren.

Tironeó de Hermione hasta llegar al último compartimento , el que habían tomado como propio desde el primer año en Hogwarts. La puerta estaba cerrada. Ron miró a Hermione, vió preocupación y emoción en sus ojos marrones.

Déjame entrar primero- le pidió ella, él asintió.

Hermione deslizó la puerta y entró, Ron pisándole los talones. Harry estaba sentado en un rincón, mirando por la ventana. Ella lanzó un grito ahogado y se cubrió la boca con las dos manos. Ron se quedó helado, a su lado.

Las ropas de Harry estaban desgarradas, sucias y eran diez talles más grandes. Las mangas de su remera alcanzaban sus codos, lo que se exponía de los brazos tenía moretones dispersos y sus muñecas estaban enrojecidas como si hubiesen estado atadas con cuerdas. Su cuello estaba cubierto de hematomas y marcas.

Harry- llamó Hermione, con voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas.

Su amigo giró la cabeza y ella ahogó un sollozo en su garganta. Había cortes en sus mejillas y frente, supuso que se debían a los lentes, que no aparecían a la vista. Una mejilla estaba hinchada y magullada, su labio inferior con una herida seca. Su cabello grasoso y mustio; pero fueron sus ojos, vacíos y apagados los que la golpearon con fuerza. No había nada en ellos; en lugar del verde esmeralda, vivaz, eran de un color lima; y no mostraban reconocimiento.

¡Merlín!- Ron ahogó la exclamación- Voy a buscar ayuda.

Hermione no dijo nada, pero cuando el apoyo de Ron se retiró, tuvo que tambalearse para conservar el equilibrio. Se arrodilló y trató de tomarle la mano, llamándolo por su nombre, con dulzura. Harry parpadeó, los ojos la siguieron con cierta demora; pero no le respondió. Cuando la mano de ella lo tocó, él reaccionó violentamente; dio un tirón, se acurrucó en el asiento, abriendo mucho los ojos.

-¡No me toques!- gritó roncamente.

Hermione se retiró inmediatamente, llorando, murmuró palabras dulces, asegurándole que estaría bien, que ahora estaba a salvo. Lentamente, él se relajó, pero sus ojos permanecieron vacíos. No respondió a ninguna de sus preguntas, no dijo nada. Ella ni siquiera estaba segura de que la entendía.

-Harry, ¿qué te han hecho?- ella se mordió su labio con dureza.

Ron volvió, luciendo furioso; pero tuvo el cuidado de no elevar la voz para no asustar a su amigo. Ayudó a Hermione a ponerse de pie y se sentó frente a Harry, con ella a su lado, casi en su regazo.

-¿Qué te dijeron?- preguntó ella, débilmente.

- No hay nadie a bordo que pueda aparecerse en Hogwarts, así que tendremos que esperar a llegar. Dumbledore subirá a bordo con un traslador para llevarlo a la enfermería.- dijo lo más calmo que pudo- Así que, básicamente tendrá que esperar horas antes de que sus heridas sean atendidas.

-Nunca debimos dejarlo estar con los Dursley- gimió Hermione- Sabíamos que son unos bastardos; debimos decirle a alguien, explicarles que estaban maltratando a Harry.

-Dumbledore sabía- espetó Ron, pero se suavizó cuando Harry se sobresaltó- Cuando Harry vino a nuestra casa en el verano, después de que lo rescatamos, Mamá vió lo mal alimentado que estaba, lo golpeado, y tió su bronca contra el Director. Pero él insistía en que ese era el único lugar donde Harry estaba a salvo.

-¿Cómo pudo hacer eso?- preguntó Hermione con impotencia.

-No lo se, 'Mione'- Ron suspiró y la abrazó- No lo se.

-¿Crees que Harry estará bien? No me dejó que lo toque; se encogió hacia atrás y me gritó.

Ron dudó, su abrazo se endureció alrededor de su novia antes de responder.

-Por supuesto. Es Harry; además nosotros estaremos a su lado para ayudarlo.

El resto del viaje pasó en silencio. Ocasionalmente, Hermione comenzaba a llorar otra vez, y Ron la atraía hacia él. Harry miraba fijamente a través de la ventana con sus ojos mustios, sin decir nada. Cuando le hablaban, giraba la cabeza para mirarlos, pero nunca respondió. Finalmente llegaron a Hogsmeade y el tren comenzó a vaciarse. Hermione se irguió, escondió sus lágrimas; mientras el rostro de Ron se endureció con ira. Los minutos pasaron, el tren quedó en silencio. Escucharon que alguien subía a bordo y caminaba hacia su compartimento, los dos se pusieron de pie. Dumbledore entró. Su cara avejentada; sus ojos llenos de pena.

-Querido Harry, estás en tu hogar. Ven conmigo a la enfermería.

Hermione y Ron no dijeron nada, Harry se paró, pero no se acercó. El director quiso tomarlo, pero él dio un tirón y se alejó.

-No deja que nadie lo toque- explicó Hermione.

-No creo que aprecie que los otros lo vean en este estado- dijo Dumbledore con tristeza- Trataré de ser rápido.

Se adelantó, e ignoró a Harry cuando éste trató de librarse, gritando aterrorizado. Hermione y Ron no pensaron, reaccionaron. Tomaron al Director de la parte de atrás de la túnica, para que soltara a su amigo; y en lugar de eso, se activó el traslador y los cuatro arribaron al ala de la enfermería. Harry continuaba luchando, aunque no tan violentamente. El traslador había tomado mucho de él; sollozaba, suplicando que lo soltaran.

-No me toquen...¡déjenme! Por favor...¡no!-gritaba y peleaba.

-Pomfrey, ayúdame a controlarlo- Dumbledore ordenó forcejeando hacia una cama.

-¡No!-gritó Hermione horrorizada- ¡Se tranquilizará si lo sueltan!

-¡Déjenlo!-gritó Ron furioso, tironeando del viejo mago.

Dumbledore miró a los dos consternados Gryffindors e hizo lo que le pedían. Soltó a Harry y se alejó; el chico se quedó en silencio; su delgada figura temblando y sacudiéndose mientras intentaba recuperar la respiración. Eventualmente se calmó y su temblor mermó. Pomfrey estaba anonadada, mirando a Harry mientras se recobraba.

-Harry ¿Puedes ir hacia la cama que está detrás de ti?-preguntó Hermione gentilmente.

Él giró y obedeció sin hesitar, Pomfrey salió de su estupor y comenzó a hacer exámenes, Harry no reaccionó. Con un suspiro, le pidió que se acostara; y él lo hizo.

-¿Hace lo qué le pidan?-preguntó Dumbledore con el ceño fruncido.

-Creo que escucharía a cualquiera- dijo Hermione- creo que está en shock, encerrado en su propia mente. No habla con nadie, pero hace lo que se le pide. Cuánto más tiempo esté así será peor. ¡Debemos sacarlo de este estado!

-Lo haremos, Señorita Granger- le aseguró el Director.

-¿Cómo pudo dejarlo con los Dursley?- Ron le gritó- ¡Usted sabía que son abusivos, se lo dijimos y Usted insistió en enviarlo allí otra vez! ¡Usted sabía lo vulnerable que él estaba después de la muerte de Sirius y se rehusó a que hablaramos con él; lo envió allí y dejó que lo lastimaran!

-Soy sólo un hombre, señor Weasley- dijo un quebrado Dumbledore- no tenía idea de que el abuso era de esta naturaleza; pensé que era negligencia y aspereza verbal. Ese ambiente era preferible, comparado con la muerte.

-A veces las palabras pueden ser más perjudiciales para la salud que los golpes físicos- dijo una voz sedosa que vino de detrás del grupo. Todos giraron para ver al Profesor Snape parado junto a la puerta de la enfermería. Había estado allí desde que llegaron, y estaba procesando aún lo que había oído y presenciado.

Su cara no reflejaba nada y los dos Gryffindors lo miraban asombrados. Ellos estaban acostumbrados a ver en él expresiones de enojo, mofa, disgusto. Viéndolo ahora, sin su máscara, era perturbador. Dumbledore no parecía sorprendido, suspiró con algo parecido al alivio.

-Severus, mi muchacho...

-Usted nos daba reportes de Potter diciendo que lo malcriaban. lo servían.

-El Ministerio lo hubiese removido- explicó Dumbledore.

-Tal vez había razones para eso-dijo Severus, caminando hacia ellos. Miró al chico que yacía silencioso en la cama. Las heridas cerrándose mientras Pomfrey trabajaba en ellas- Debería haberle dicho la verdad a la Orden. Podríamos haberlo apoyado, se le habría ayudado y se habría sanado el daño al que era sometido, en lugar de dejarnos en la ignorancia, causando más daño sin saberlo.

-¡Sin saberlo!-Ron se rió, la mirada llena de ira- Usted sabía muy bien que estaba hiriendo a Harry, ¡nunca se detuvo, siempre lo lastimó!

-Ron- Hermione puso una mano en su brazo, y él se tranquilizó, aún furioso.

-Mis acciones no hubiesen hecho otra cosa que enojar a un chico arrogante. Como lo hacen con usted. Nunca tuve intenciones de ocasionarle daños emocionales. Soy un espía. Debo ser áspero con el salvador del mundo mágico. En mi Casa hay hijos de Mortífagos que informan a sus padres. Debía mantener mi posición si mi interés era salvar vidas. Pero se lo habría dicho al señor Potter. Me hubiese acercado y las cosas hubiesen sido diferentes si hubiese conocido el trasfondo de los abusos. Y Usted lo sabía, Albus.

-Yo pensé que estaba bien, que era fuerte, nunca dijo una palabra de queja, nunca mostró ningún signo de dificultades serias.

Hermione suspiró- No, ni siquiera nosotros sabíamos que estaba tan mal. No sabíamos qué tan cercano al punto de quiebre, qué tan frágil estaba. Suponíamos, pero Harry es muy buen actor, y es muy bueno escondiendo sus debilidades.

Severus la miraba fijo, con incredulidad, Ron resopló amargamente.

-Así es Snape- dijo con una sonrisa oscura- él no es realmente un Gryffindor. Es un Slytherin.

-Expliquen- ordenó Severus.

-Ni siquiera sé si fue a propósito o no, pero cuando Hagrid fue a buscarlo en primer año, le contó a Harry sobre sus padres y le dijo que era un mago-comenzó Hermione- Harry no sabía nada de esto, pensaba que sus padres habían muerto en un accidente. Pensaba que era un fenómeno que hacía que sucedieran cosas extrañas. Estaba feliz porque, por fín podía dejar a los Dursley e ir a un lugar donde sería normal. Cuando se enteró de que un hechicero oscuro había asesinado a sus padres, y que él había destruído al Señor de las Tinieblas, se quedó mudo; entonces supo que los magos oscuros habían salido de Slytherin.

- Y conoció a Malfoy- agregó Ron- Bueno, le suplicó al sombero que lo pusiera en Gryffindor, cuando quiso ponerlo en Slytherin. No quería deshonrar a sus padres perteneciendo a la Casa de su asesino. No quería que pensaran que él era malo; quería ser bueno… quería ser aceptado.

- Y se enfrentó a la fama, a las manipulaciones- murmuró Severus- peleaba porque estaba desesperado.

- Sí, y por la culpa- Hermione comenzó a llorar otra vez- nunca habló de estas cosas, nosotros lo adivinamos, pusimos juntas muchas piezas de entre las pocas cosas que él nos contó, pero sabemos que piensa que todo lo que sucedió es su culpa: que cada persona que muere a manos de Voldemort es por culpa suya, su padrino, sus padres, especialmente Cedric. Creo que hubiese pensado en el suicidio, si no fuese por el sentimiento abrumador de que DEBE detener a Voldemort.

- Yo solía pensar que le agradaban la atención y la fama,- dijo Ron lúgubremente- pero después del Torneo me dí cuenta de lo que Hermione siempre vió, él odia eso. Lo incomoda la atención, no tiene autoestima, y se siente más culpable haciendo creer a los demás que vale algo que él cree que no vale.

- Siempre estuvo al borde de quebrarse- concordó ella, pasando la mano por sus mejillas- pero seimpre ha sido fuerte al mismo tiempo. Realmente fue feliz aquí, mayormente. Para él Hogwarts es su hogar. Nos quiere, a nosotros y a Remus, pero perder a Sirius…

- Se lo dijimos, le dijimos que él iba a necesitarnos- Ron acusó al Director.

- Debí haberlos escuchado- Dumbledore lo miró a los ojos, atomentado- el mundo mágico ahora es consciente del regreso de Voldemort, querrán poner sus manos sobre Harry. Los Mortífagos lo buscaban para matarlo. No veía otra manera, me doy cuenta ahora de que debí haber buscado otra opción. Severus, ¿qué podemos hacer?

- ¿Por qué le pregunta a él?- Ron demandó- Harry no quiere ayuda que provenga de él.

- Severus estudió psicología extensivamente, en su entrenamiento para ser espía. Ayuda a las víctimas de los Mortífagos. Sabe cómo tratar a víctimas de abuso, y es el único que conozco que puede curar heridas de la mente—dijo el Director.

Hermione y Ron lo miraron boquiabiertos.

- Necesito ver qué sucedió- Severus habló finalmente- no puedo hacer nada sin saber exactamente qué pasó, temo agravar la situación si no sé cómo está mentalmente.

- Puedo sustituirte…-comenzó Dumbledore.

- No, no puedo perder clases o dejar de darle la bienvenida a los muevos Slytherin de la casa- interrumpió- Me aseguraré de viajar a Surrey cuando todos duerman y hurgaré en la memoria de la casa.

- Muy bien- asintió Dumbledore.

- Lo pondré a dormir hasta que estemos listos para ayudarlo- dijo Pomfrey y movió su varita. Los ojos de Harry parpadearon y se cerraron.- Sus heridas son extensas; será mejor que sanen mientras él duerme.

- ¿Se recuperará?- preguntó temeroso, el Director.

- Físicamente- le aseguró ella.

- Haga todo lo que pueda- ordenó, y giró hacia los Gryffindors- No podemos pemitir que el Colegio sepa lo vulnerable de su estado. Digan en su Casa que él está entrenando en secreto.

- Sus amigos necesitan saber la verdad- arguyó Ron- él nos necesita, y ellos tienen que saberlo.

Dumbledore suspiró. – Díganle sólo a los que se les pueda confiar la vida de Harry. ¿Comprenden? A los demás, díganles que está entrenando.

- Sí, señor- contestó Hermione, tomando a Ron del brazo.

- No puedo evitar mis errores pasados, pero puedo protegerlo ahora.

- Debo ime- dijo Severus- Señorita Granger, Señor Weasley.

Lo vieron irse. Dumbledore lo siguió sin decir nada más. Hermione y Ron fueron hasta la cama de su amigo, estuvieron a su lado por unos minutos, le dieron un beso en la mejilla, prometiéndole que volverían pronto, y salieron camino a su sala común. Harry ni se inmutó, profundamente dormido, ni los sueños podían llegar hasta él.

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Los dos capítulo que vienen son duros, ¡pobre Harry!