N/A: Por fin llegamos al final de esta historia. El último capítulo está listo. La verdad es que me da mucha lástima despedirme de esta historia y también me da pena despedirme de todos vosotros, pero en algún momento tenía que llegar el final.

Sinceramente, espero que este último capítulo esté a la altura y os deje un buen sabor de boca. Después de tanto sufrimiento teníamos que acabar con palabras de esperanza.

Pienso seguir publicando algunas historias por aquí, así que me encantará veros de nuevo.

Pero ahora os dejo con el último capítulo, que estaréis deseando leerlo. Allá va:

AVISO: contiene lemmon. Si no te agrada, mejor no leas. Si no sabes lo que es, infórmate.


DETRÁS DEL VELO

16. La primera vez

Desde entonces se sumergieron en una extraña rutina. Durante el día se dedicaban a cosas amenas y escondían sus preocupaciones el uno del otro, pero por las noches, después de haberse acostado, después de haberse despedido, Sirius salía de su habitación y bajaba a la cocina. Se sentaba frente a la mesa y poco después el licántropo se reunía con él y en voz baja y lenta empezaban a narrar sus experiencias.

Sirius le habló del Guía, de los perros y del curioso vagabundo al que había visto morir. Remus, por su parte, le hablaba de las largas tardes en la biblioteca, de Daniel y de la ayuda de Ojoloco y Kingsley, del Loto Negro y de la invocación de Raistlin.

Se perdían toda la noche en narraciones largas y cargadas de emociones, y sólo cuando el sol empezaba a asomar en el horizonte, se dirigían de nuevo a sus habitaciones para tratar de descansar unas horas.

Desde que desapareció, Remus había pasado todo el tiempo imaginando un reencuentro. Quería decirle a Sirius lo mucho que lo quería, quería que lo tumbara sobre el suelo de la cocina, como aquella noche, y le hiciera el amor sin prisas, besando y lamiendo cada rincón de su piel. Deseaba sentirlo cerca, aplastándole, acariciándole con su aliento, demostrándole que estaba vivo. Lo necesitaba así, sabiéndose suyo. Pero ahora que había vuelto no se sentía capaz de dar ese primer paso hacia sus brazos. De hecho, desde que había despertado encontrándose solo no había vuelto a entrar en su habitación. Le daba miedo que él hubiera cambiado de opinión y ya no lo necesitara. Sirius había pasado por muy malos momentos. ¿Qué le hacía pensar que aún deseaba estar con él de aquella forma? Aquel encuentro en la cocina parecía ahora tan lejano que a veces creía que lo había inventado. Su sonrisa era la de siempre, pero sus ojos parecían más tristes y apagados. Perdidos. Cuando se encerraba en su habitación, Remus se abrazaba con fuerza a la almohada y trataba de ahogar sus lágrimas. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado¿Tan difícil era decir "te quiero"¿Por qué a él le daba tanto miedo?

No sabía que en su habitación, acurrucado en el suelo, Sirius se debatía con los mismos pensamientos. Aún no sabía cómo había tenido valor aquella vez para decirle a Remus lo que sentía. Aquel beso le abrió un mundo de posibilidades que hasta entonces creía imposibles. Pero sólo había disfrutado aquella sensación unos minutos. Entonces se había sentido el ser más feliz de la Tierra: mientras Remus jadeaba rodeándolo con sus piernas se había sentido joven de nuevo y había pensado que tal vez, por fin, las cosas volverían a salir bien. ¡Cuánto se había equivocado! El recuerdo de aquel momento lo había ayudado a sobrevivir en el agonizante mundo de Pesadillas en el que aterrizó, pero ahora se sentía incapaz de volver a inspirar aquella ternura.

Remus pasaba las noches a su lado y se encargaba durante el día de que nada le faltase. Pero no había vuelto a oír aquel dulce "te quiero" salir de sus labios y él tenía miedo de dar el primer paso. Quería besarlo. Cada vez que se fijaba en sus labios tenía que controlarse para no lanzarse a devorarlos. Necesitaba al licántropo, pero aquel tiempo que había permanecido alejado del mundo le había pagado una cara factura: Había tropezado y caído tantas veces que ya no sabía cómo levantarse.

-¿Te apetece salir hoy?

Sirius alzó la mirada, que tenía perdida en algún hilo de la polvorienta alfombra, para fijarse en los ojos dorados y tiernos de su amigo. Llevaban varias horas sentados el uno al lado del otro. Remus leía un libro recostado en el sofá y él se limitaba a poner en orden sus pensamientos, tratando de encontrar alguno en el que poder refugiarse.

-¿Salir? –preguntó extrañado-. No sé… No me parece buena idea.

Sólo se sinceraban de noche, en la oscuridad de la cocina. De día nunca hablaban de cosas importantes.

-¿Por qué¿Te sientes mal?

Durante el día apenas hablaban.

-No –dudó.

-¿Entonces? –Sirius no sabía qué contestar, así que no dijo nada-. No pasará nada porque salgas a dar una vuelta. ¿Temes que alguien te reconozca? Tu nombre quedó limpio cuando… cuando desapareciste –la voz del licántropo se quebró un poco para volver a recomponerse casi del todo-. Ya no eres un criminal.

Remus tenía razón. No había nada que temer fuera, hacía tiempo que el Ministerio de Magia había limpiado su nombre y la gente tenía cosas más importantes en la cabeza que la puesta en libertad del ya olvidado Sirius Black. ¿Quién se acordaba ahora del prófugo de Azkaban? Pero él no se sentía preparado. Tenía miedo del rechazo, de las respuestas que podría encontrar más allá de aquellas paredes. Tenía miedo de enfrentarse de nuevo al mundo para volver a salir perdiendo.

-Te invitaré a comer fuera. ¿Te apetece?

Pero el licántropo parecía feliz con la idea y Sirius asintió en silencio.

-De acuerdo.

-Perfecto. Empezaba a cansarme de estar encerrado en esta casa –antes de que Sirius pudiera sentirse culpable por aquellas palabras, Remus ya se había puesto en pie, cerrando el libro sin siquiera fijarse en la página que tenía abierta-. ¿Por qué no te vas vistiendo mientras me ducho?

Sirius volvió a asentir y se puso en pie. En silencio, observó la silueta del licántropo desaparecer por las escaleras. ¿Y si lo siguiera ahora¿Y si lo alcanzara antes de que entrara en el baño? O después. ¿Y si le dijera de una vez todo aquello que lo oprimía?

Suspiró y se dirigió a su habitación.


-¡Delicioso!

-¿Te gusta?

-Hacía tiempo que no comía un pastel de carne tan bueno. ¿Quieres probarlo?

-Por supuesto.

Remus abrió la boca y Sirius dudó un momento antes de inclinarse un poco sobre la mesa para acercarle su propio tenedor.

-¿Qué te parece?

El licántropo se lamió los labios con una sonrisa, y Sirius tuvo que repetirse una y otra vez que aquella sensación de vacío en el estómago se debía al hambre.

-Delicioso.

-Justamente lo que yo dije.

Los dos rieron y Sirius se sintió un poquito mejor. Parecía que fuera de la casa todo tenía otro color. En Grimmauld Place sólo había negros y grises, pero fuera podía ver el dorado de los ojos de Remus y el blanco de su sonrisa. Incluso el licántropo parecía más contento. Había empezado a hablar de Harry y aquel tema de conversación los mantuvo ocupados durante toda la comida.

Sirius no había recordado sus temores ni sus pesadillas ni una sola vez. La comida fue bien y alargaron la sobremesa lo máximo posible, pidiendo un café y esperando que el local se vaciara por completo.

A pesar de que no era un día caluroso, Remus insistió en ir a comprar un helado y disfrutaron del postre sentados en la hierba, en los inmensos jardines de Kensington, al lado de una escultura en bronce del niño que no creció, el cual, según Remus, parecía soportar con paciencia las idas y venidas de los niños que aspiraban con crecer y que escalaban sobre la piedra para alcanzar sus pies, como si quisieran obligarlo a bajar de tan alto pedestal.

Sirius sentía su corazón extrañamente ligero. Parecía imposible estar en un lugar donde no tenía que preocuparse por los posibles intrusos ladrones de almas. Allí todo era hierba, y árboles, y niños que trepaban por una estatua de bronce.

Y volvía a tener cerca a su ángel de la guarda.

Se quedaron allí un buen rato, hablando de trivialidades, mientras Sirius memorizaba todos los matices de la lenta puesta de sol al otro lado del lago. Cuando el cielo perdió todas las manchas rojas y doradas y dejaron de escucharse las risas de los niños, decidieron volver a casa.

Hicieron el largo camino de vuelta en silencio, cada uno esperando que el otro pronunciara la primera palabra. Pero ésta no llegó hasta que estuvieron dentro de la casa, cada uno delante de la puerta de su habitación. -Buenas noches.

Remus aguardó un momento con la mano en el picaporte, deseando encontrar algún gesto que lo retuviera. Pero Sirius se limitó a responder con las mismas palabras.

-Buenas noches.

La oscuridad de Grimmauld Place había vuelto a devorarlos. Remus suspiró y entró en su habitación. Había sido un día perfecto. Habían estado los dos juntos y Sirius había vuelto a sonreír para él. ¿Por qué entonces tenía tantas ganas de llorar?

Porque no es suficiente. Lo necesitas entero.

Con la respiración entrecortada se desabrochó el botón de los pantalones mientras recostaba la espalda contra la puerta cerrada.

¿Por qué? En la soledad de su dormitorio todo eran preguntas. ¿Por qué no le había pedido que se quedara con él¿Por qué no le había dado un beso y lo había obligado a seguirlo a su habitación¿Es que ya no le importaba¿Por qué no le hacía el amor como le había prometido aquella vez?

Deslizó su mano dentro de la ropa interior y se mordió los labios para contener las lágrimas y algo más. Su mano empezó a moverse con furia, acompañada de su respiración entrecortada. ¿Por qué lo había dejado otra vez solo? Después de todo lo que había hecho para recuperarlo… ¿Es que todo había acabado definitivamente entre ellos?

Sirius.

Mordió su nombre despacio, tratando de imaginar que era suya la mano que se colaba entre su ropa.

Sirius

-¿Remus?

La voz al otro lado de la puerta lo sobresaltó. Después de un instante de confusión, se apresuró a abrocharse los pantalones y se limpió las lágrimas de un manotazo.

-¿Sí? –preguntó con voz ronca.

-¿Puedo pasar?

Remus trató de tranquilizarse, respiró hondo un par de veces y comprobó que sus ropas estaban bien colocadas. Luego abrió la puerta.

-¿Qué ocurre?

Su voz volvía a ser calmada, su rostro estaba sereno.

Sirius empujó un poco más la puerta y entró. Remus tragó saliva mientras su amigo avanzaba hasta quedar de espaldas a él, con la mirada fija en el paisaje que se perfilaba tras la ventana.

-¿Sirius?

Éste se dio la vuelta y Remus se sobresaltó al ver el brillo de la luna en sus ojos grises. Sirius avanzó hacia él, hasta quedar a apenas un palmo de distancia. Remus parpadeó sorprendido.

-¿Qué pasa?

Pero Sirius no contestó. Con un gemido de desesperación, lo agarró por los hombros y lo besó en la boca. Un beso hambriento y algo torpe, aunque al licántropo no le importó. Separó los labios y dejó que Sirius intentara atrapar su lengua, aunque era tal vez demasiado brusco. Se besaron con rudeza. Sirius lo empujó de tal modo que acabó haciéndole chocar contra el escritorio y un par de libros cayeron al suelo. Nadie les hizo caso. Sin dejar de besarse, sin mediar palabra, empezaron a quitarse la ropa. Sus movimientos eran urgentes y rápidos. Sirius se quitó la camisa y ayudó al licántropo a arrancar los botones de la suya. Luego se bajó de un tirón los pantalones y los pisó mientras trataba de desprenderse completamente de ellos. Remus no tardó mucho más en estar completamente desnudo. No le importaba cómo habían llegado a aquella situación. No necesitaba saberlo. Sólo sabía que su cuerpo entero temblaba de anticipación.

Volvieron a besarse, con tanta furia que parecían dos animales en celo. Sus movimientos no tenían nada de tiernos. De hecho, sus caricias eran tan bruscas, que cualquiera que los viera pensaría que se estaban peleando: Sirius mordía sin control el cuello del licántropo y éste se agarraba a sus largos cabellos con fuerza, jadeando de forma entrecortada mientras sus erecciones se rozaban. El animago levantó a Remus del suelo, de forma que éste se agarró a él abrazándolo con las piernas, y así lo arrastró hasta la cama y lo tumbó en ella de un empujón para enseguida echarse encima.

Y sin más, le separó las piernas y se preparó para penetrarlo. Remus elevó las caderas con desesperación y gritó cuando la dura erección empezó a entrar en su cuerpo. Sudaba y jadeaba, pero no hizo amago de querer parar. De todas formas Sirius no hubiera podido detenerse: la visión del lobo rendido ante él le estaba volviendo loco.

Ni siquiera pensó que podía hacerle daño. En cuanto su erección entró en contacto con la piel cálida y contraída del licántropo dejó de pensar. Empujó con fuerza, forzando la entrada, y Remus tuvo que agarrarse al cabecero de la cama para no chocar con él, debido a los violentos golpes. Gemía y sollozaba de forma descontrolada con cada embestida. La cama parecía a punto de desarmarse debido a los bruscos movimientos.

Pero los gritos de dolor se convirtieron en otros de éxtasis y Sirius aceleró el ritmo. Se mordía los labios para no gritar, pero permanecía con los ojos abiertos, como si quisiera asegurarse de que todo aquello era real y no otra de sus fantasías. Vio la dura erección del licántropo al alcance de su mano y trató de sujetarla, pero su mano temblorosa acabó resbalando sobre su vientre mientras una oleada de éxtasis le hacía gritar de puro delirio, dejándolo vacío y lleno a la vez.

Se derrumbó. No se dio cuenta de que Remus seguía moviéndose, tratando de alcanzar su propio paraíso. No se dio cuenta de que él no había llegado al orgasmo hasta que abrió los ojos y vio que aún seguía empalmado. Sólo entonces se fijó en su hermoso y sudoroso rostro, contraído por la desesperación mientras intentaba volver a rozar aquel punto de locura. Sirius salió de él con cuidado y luego se inclinó para agarrar el miembro con su boca, como hiciera aquella vez. Lo lamió con ansia mientras con sus manos seguía masturbándolo. No tuvo que esperar mucho, el semen se liberó en la boca del moreno y la habitación volvió a quedar en silencio.

Con un suspiro, Sirius se arrastró hasta quedar a su lado. Se tumbó bocarriba mientras, junto a él, la respiración del lobo se iba normalizando. Cuando todo volvía a estar en calma, unas palabras, medio susurradas, escaparon de sus labios, heridos por los furiosos besos.

-Lo siento.

Remus no sabía exactamente a qué se refería, su embotada mente no le permitía pensar con claridad. Exhausto, lo abrazó con dulzura y depositó un suave beso en su boca. Entonces, sin saber por qué, Sirius rompió a llorar.

Remus nunca había visto a Sirius llorar. Nunca. Era una imagen demasiado desoladora y Remus se dio cuenta de que no le gustaba. Pero sabía que tenía que desahogarse.

-Shhh, calma –murmuró el licántropo. Y con ternura rodeó aquel cuerpo tembloroso, como si quisiera así formar un escudo contra el mundo que amenazaba con ahogarlos.

Durante un rato permanecieron así, fuertemente abrazados, con sus cuerpos enredados. Y al fin Sirius logró deshacerse de todas aquellas lágrimas que durante tanto tiempo habían formado una costra de dolor en su corazón. Y se sintió tranquilo y algo más relajado después del llanto.

Remus seguía acariciándolo aún después de que se hubiera calmado, pero entonces, la voz grave y preocupada del animago lo detuvo.

-¿Te he hecho daño?

-No.

-Mientes.

Remus guardó silencio durante unos segundos.

-Sirius, estoy bien…

-No es verdad. Te he hecho daño, lo sé –y luego añadió:-. Y ni siquiera te he esperado. Estaba tan ciego que no me di cuenta de que aún no habías terminado.

-No pudiste aguantar. Eso no es malo.

-Lo es si no consigo darte lo que necesitas. Quería que fuera perfecto y lo he arruinado todo. Como siempre.

Remus sonrió comprensivo.

-Era nuestra primera vez –susurró con cariño-. Esto sólo quiere decir que tendremos que practicar más hasta que sea perfecto.

Sirius sonrió ante la indirecta.

-Gracias –murmuró.

Remus parpadeó sorprendido.

-¿Por qué?

Sirius sonrió, ladeando ligeramente la cabeza, en un gesto que sobresaltó el corazón del licántropo.

-Me salvaste de aquel infierno y ahora estás aquí, a mi lado, tratando de que salga adelante -Se acercó un poco más-. Y yo no he sabido corresponderte.

Remus suspiró sin dejar de acariciar su largo cabello.

-Eres mi amigo… No tiene tanta importancia, Sirius, estoy seguro de que tú harías lo mismo por mí.

-¡Pues claro que haría lo mismo! Pero yo no me he portado nada bien contigo. Tú me lo has ofrecido todo ¿y qué he hecho yo? Me he limitado a permanecer encerrado en una habitación delante de un sucio espejo, esperando que mis terrores vinieran a devorarme, lamentándome de mí mismo. Tú me necesitabas y yo no he sabido compensarte, no te he dado nada a cambio de tanto cariño.

-Sirius, no hace falta que…

-Ni siquiera te he dicho una sola vez que te quiero –lo interrumpió-. Y te quiero.

Remus sonrió con dulzura ante aquella apasionada declaración.

-Sirius, no hace falta que te preocupes tanto por mí, en serio, yo sólo…

Pero no pudo seguir hablando con los labios de Sirius presionando los suyos.

-Te quiero –repitió el animago. Remus se abrazó a él con fuerza-. Rem…

-¿Hmmm?

-¿Tú… me quieres?

Remus se separó un poco de él para mirarlo a los ojos.

-¿Tú qué crees?

El animago se revolvió incómodo.

-Creo que el chico del que te podías haber enamorado ya no existe. Me siento débil. Viejo y cansado. Ojalá tuviera ahora veinte años. Entonces podría afrontarlo todo. No tendría miedo a estar contigo. Pero mira en lo que me he convertido: no queda nada del Sirius que fui una vez. ¡Mírame! Sólo soy piel y huesos.

-Para mí eres mucho más que eso.

-Entonces¿me quieres? –parecía verdaderamente preocupado por la respuesta y Remus sonrió para intentar tranquilizarle.

-¿Alguna vez lo has dudado? –Sirius pareció pensarlo-. Te he querido siempre, Sirius. Siempre –aseguró el licántropo con seriedad-. Al principio de forma distinta, creo, pero lo cierto es que siempre he deseado estar a tu lado. ¿Es que no te has dado cuenta de que soy incapaz de vivir sin ti¿Por qué crees que fui a buscarte, si no? Porque te necesitaba. ¿Sabes lo que he sufrido viéndote cada día sin atreverme a acercarme a ti? Todas estas noches…

-Yo también quería estar contigo –confesó en un susurro-. Pero no estaba seguro… No sabía si querrías volver a hacerlo –murmuró con timidez.

Remus sonrió intentando tranquilizarse. Lo que en realidad quería era que volviera a besarlo hasta dejarlo sin aliento.

-Ya. Por eso lo mejor que se te ocurre es forzarme y hacerme el amor sin preguntar. ¡Qué romántico!

-No sé qué me pasó –se disculpó el moreno con la voz temblorosa-. Yo no quería…

-¿No querías?

-…No quería hacerlo así –aclaró acalorado-. Me descontrolé. Entré en la habitación para hablar contigo, para decirte…, pero entonces pensé que podías rechazarme y me lancé sin pensar, porque temía que me dijeras que no. ¡Y ya no lo soportaba más!

-Aquella noche me dejaste a medias y me prometiste acabar lo que habías empezado. Llevaba más de un año esperando ese momento, y estos últimos días, sobre todo, ha sido insoportable. ¿De verdad pensabas que te iba a decir que no?

Sirius se sonrojó. Se sentía demasiado mayor para aquello. Le habría gustado conquistar a Remus cuando era joven. Saborear sus labios de adolescente, hacerle el amor en la Casa de los Gritos bajo la luna menguante -¡cuántas veces había imaginado aquella escena!-, esconderse con él en el baño de prefectos… Devorarlo entero, desde la cabeza hasta los dedos de los pies, comérselo a besos y repetirle una y mil veces que lo amaba y que siempre, pasara lo que pasara, iba a estar a su lado. ¿En qué se había ido el tiempo¿Quién le había robado su juventud, sus sueños¿Por qué?

-¿Sirius?

-Eres tan dulce…

-Oh, vamos –rió el licántropo. Y por primera vez en mucho tiempo su risa sonó sincera-. Vale que me dijeras eso cuando era un niño¡pero ya tengo casi cuarenta años…!

-No importa. Tú siempre has sido así. Creo que por eso despertaste en mí todo ese cariño y ese afán de protección.

-Sí, ya, era un pobre niño indefenso.

Sirius negó con la cabeza, pero no pudo negar que el mohín de aquellos labios pálidos le pareció deliciosamente infantil. Con la luz apagada podían volver a ser niños.

-No. Eras un pobre niño inocente.

-¿Sí¿Pues sabes qué? Creo que ya he dejado de serlo –con un ronroneo se acurrucó contra su cuello-. Tengo frío –susurró.

Sirius se estremeció cuando el cálido aliento acarició su piel.

-Espera, traeré una manta.

-No quiero una manta.

-Pero acabas de decir…

-¿Es que no se te ocurre una forma mejor de entrar en calor? Además, esta primera vez ha sido lamentable, ni siquiera ha habido caricias previas. ¿No piensas remediarlo?

Sirius lo miró sorprendido. ¡Y él pensaba que el lobo podía negarse¡Merlín, si parecía tener más ganas que él!

-¿Quieres repetir? –su mirada de asombro se había transformado en una mueca algo indecisa.

-Siempre.

De pronto la mano grande y áspera del animago estaba en la entrepierna del licántropo. Remus soltó un gritito de asombro que se transformó en un gemido entrecortado en cuanto la mano empezó a moverse, acariciando aquella zona palpitante.

Remus aferró con fuerza la colcha, pero poco después sus manos arañaban la espalda de Sirius, que se dedicaba a besar su cuello con devoción. Su mano se entretenía en el bulto que había aparecido entre sus piernas: una mano áspera y grande que en aquel momento parecía el centro de todo su mundo. Pero la caricia cesó y Remus gimoteó, disgustado por la pérdida de aquel dulce contacto.

Sirius ya había sucumbido a su impaciencia minutos antes. Ahora quería hacerlo bien. Iba a resarcirse de aquella desastrosa primera vez.

Se inclinó sobre él y lo besó de nuevo. Más despacio. Sus cuerpos bailaban bajo el impulso de sus caricias, siguiendo la melodía de una música que sólo ellos podían oír.

Se besaron por largos minutos, saboreando el interior de sus bocas, disfrutando del roce de sus cuerpos desnudos. Remus estaba a punto de saciarse solo con aquella caricia, pero Sirius se detuvo, arrancándole de nuevo un gemido de protesta. Impaciente, el licántropo entrelazó las piernas alrededor de la cadera de Sirius, apretándose contra él, en una súplica muda que el animago ignoró. Se inclinó sobre él y se entretuvo lamiendo cada una de las cicatrices que cruzaban su pecho.

-Sirius…

La respiración entrecortada hacía que su estómago se contrajera, marcando perfectamente sus costillas bajo la pálida piel. Sirius se deleitó saboreando uno de sus pezones hasta endurecerlo por completo y luego dibujó un camino de besos y saliva hasta su ombligo. Remus no podía disimular lo que aquellas caricias provocaban en él, su respiración era cada vez más acelerada. Se sentía mareado. Quiso hablar, pedirle a Sirius que dejara de martirizarlo y lo penetrara de una vez, pero era incapaz. La boca cálida de Sirius había llegado a sus genitales y el ardiente aliento era suficiente para enloquecerlo por completo. Pero se sorprendió aún más cuando el animago abandonó la caricia momentáneamente para sentarse sobre sus piernas.

El licántropo lo miró contrariado. ¿Cuánto más iba a esperar? Si no lo hacía ya acabaría corriéndose sólo con aquellas caricias. Iba a protestar, pero la voz ronca y ansiosa de su amante lo detuvo.

-¿Estás preparado?

-¿Qué?

Sirius se inclinó sobre él y lo besó suavemente en los labios. Al hacerlo, sus erecciones se rozaron dolorosamente.

-Fóllame.

Remus contuvo la respiración un momento, lo justo hasta comprender el verdadero sentido de aquella palabra. Sirius cogió su mano y empezó a lamer sus dedos sin apartar de los suyos sus ojos grises. Con una sonrisa, Remus se unió al ritual, de forma que su lengua tropezaba con la de Sirius en una caricia que enviaba descargas por todo su cuerpo. Luego, Sirius tiró suavemente de él para incorporarlo mientras él se recostaba en la cama, con las piernas abiertas. No había soltado su mano y ahora la guió hasta su entrada.

El licántropo introdujo un dedo con delicadeza y Sirius soltó un gruñido que se transformó en lamento cuando el dedo avanzó dentro de sus entrañas. Estaba arqueado hacia atrás, de forma que su erección se mostró majestuosa ante la mirada extasiada del licántropo, que sin avisar, introdujo un segundo dedo.

-¡Joder!

La expresión de Sirius lo sobresaltó y estuvo a punto de disculparse, pero su amante lo agarró de la nuca y lo atrajo hacia él para robarle un beso cálido y salvaje.

-Estoy… listo –jadeó.

Remus sacó sus dedos y agarró con suavidad la cadera de Sirius, separando un poco más sus piernas mientras el animago le lanzaba la más sucia de sus sonrisas.

-Hazlo.

Y Remus obedeció.

Dolía. Dolía horrores. Sirius no sabía cómo Remus había podido soportarlo sin apenas quejarse. Notaba un calor y un dolor agudo en el interior. Fuerte. Profundo. Con los dientes apretados recibió la embestida y sus nalgas golpearon las caderas del licántropo, que soltó un aullido de delirio. El lobo se detuvo un momento a recuperar la respiración y entonces volvió a empujar, esta vez más fuerte. Más adentro.

El ritmo se hizo constante y sus cuerpos empezaron a chocar, al compás de los impulsos del licántropo, que a pesar de todo, se negaba a apartar de él su mirada. El dolor fue cediendo y Remus aprovechó el primer gemido de Sirius para empezar a masturbarle. Primero despacio, luego más rápido.

Salían frases incoherentes de sus bocas. Más. Así. No pares. Sirius no podía dejar de mirar el rostro contraído del licántropo: los ojos blancos por la pasión, la boca entreabierta, completamente fuera de control. Sudando, jadeando.

Y aquellas palabras que lo significaban todo: TE… QUIERO, seguidas de una última embestida y un último grito.

Segundos después, sus sudorosos cuerpos se contraían debido a los espasmos de un violento orgasmo, que arrancó salvajes gritos de satisfacción por parte de los dos hombres.

Te quiero…

Temblando, Remus salió de él y se recostó a su lado. Luego, apartó con cariño algunos mechones húmedos de su frente. Sirius sonrió y le besó la punta de la nariz.

-¿Mejor¿Se te pasó el frío? –preguntó con una sonrisa.

Remus tuvo que tomar aire antes de contestar.

-Sí…, de momento.

Sirius lo atrajo hacia él y recostó su cabeza en su pecho. Remus se acomodó con movimientos sinuosos, como si en realidad fuera el lobo, buscando el calor del cuerpo de su compañero de las noches de luna llena.

-Parece que vas mejorando –susurró con voz somnolienta.

-¡Eh! –se quejó Sirius aparentando estar enfadado-. ¿Qué quieres decir con eso de "parece"¡Ha sido perfecto!

Remus soltó una risita, pero enseguida ésta fue sustituida por un lánguido bostezo.

-Aún te falta algo de práctica –aseguró ya medio dormido.

El animago no contestó. Dejó que el licántropo se acomodara y poco después podía oír su acompasada respiración.

Se había dormido.

Sirius pensó que aquel era el momento más maravilloso de su vida: saciado, feliz y con la persona que más amaba abrazada a su cuerpo desnudo. Por eso no quiso dormirse. Porque sería una pérdida de tiempo: volvía a estar vivo después de tanto sufrimiento y pasó la noche haciendo planes sobre su futuro y el de Remus, sin dejar de acariciar distraídamente el suave cabello de aquel que desde entonces sería su amante, y depositando en sus entreabiertos labios algún que otro beso fugaz y enamorado.

Sí, sin lugar a dudas aquel era el día más feliz de toda su vida.

El licántropo, por su parte, podía dormir tranquilo después de meses, años de insomnio. Al fin podía descansar, porque ahora tenía todo lo que siempre había deseado y no dejaría que se volviera a escapar de su lado. Y estaba tranquilo: había traído de vuelta a Sirius, lo había hecho regresar del mismo Abismo. Ahora sabía que nada ni nadie volvería a arrebatárselo y que, de ser así, siempre contaría con la fuerza necesaria para hacerlo regresar del mundo de los muertos. Porque Sirius era sólo suyo.

FIN


Epílogo

Sirius bostezó mientras estiraba los brazos por encima de su cabeza. Al hacerlo fue plenamente consciente del cuerpo desnudo abrazado al suyo y sonrió. ¡Remus se veía tan dulce cuando dormía! Nada que ver con la bestia en la que podía convertirse cuando estaba despierto. Sobre todo cuando compartían la cama. O el sofá, o el suelo, o la mesa… Dios, la mesa.

Podía sentir su sexo rozándole el muslo y la cálida respiración acariciando su cuello. Y ese olor a bosque y a tierra mojada que tanto lo extasiaba. Lo abrazó con ternura. La chimenea estaba encendida y había una temperatura muy agradable en la habitación, pero aún así, una pesada manta cubría los dos cuerpos que descansaban sobre el sofá.

Había sido increíble. Como siempre. Desde que Remus y él aclararon las cosas en la habitación, habían hecho el amor cada día y el licántropo no dejaba de sorprenderle. No sólo era muy imaginativo, sino que con cada caricia, con cada gesto, conseguía llevar a Sirius al límite. A veces un simple roce bastaba para desencadenar horas de pasión desmedida. Y no dejaba de sorprenderle lo mucho que podía llegar a anhelar aquel cuerpo delgado y cubierto de cicatrices, incluso estando saciado de él. Lo adoraba. No había otra explicación. No había más palabras: Lo adoraba.

Soltó un suspiro enamorado y se acurrucó un poco más junto a él, pero al hacerlo, sus ojos vagaron por la habitación hasta detenerse en un rincón. Allí, medio abandonado, estaba el espejo de Moody. Sirius lo contempló con seriedad durante unos momentos y se estremeció un poco al percibir una sombra en su superficie. Aún no se lo habían devuelto al ex auror. Remus se lo había propuesto, pero él le había pedido que esperara un poco más, porque aún no se sentía preparado para desprenderse de aquellos temores.

Llevaba varios días sin entrar en la biblioteca, pero aquella tarde había descubierto allí al licántropo, entretenido con uno de los polvorientos volúmenes de las estanterías. Una cosa llevó a la otra y, claro, habían acabado haciéndolo sobre el sofá. Ahora, después de varios días, Sirius volvía a ver aquel espejo. Era enorme y el marco dorado que lo sostenía estaba viejo y despintado, además de ser horriblemente antiestético. Sirius frunció los labios en un gesto de disgusto y paseó la vista por la habitación.

Allí, junto a ellos, había una mesa. Alargó la mano y cogió el cofre de madera que había sobre ella. Era de su madre. Lo agitó para ver si estaba vacío. Algo resonó en su interior, pero no se molestó en ver qué era. Guiñó un ojo y después de apuntar un momento, lo lanzó contra la luna del espejo.

El cristal saltó en mil pedazos al recibir el impacto y Sirius soltó un suspiro de alivio. La cabeza que descansaba en su regazo se levantó un poco.

-¿Qué ha sido eso? –preguntó una voz somnolienta.

-Shhh, nada. Vuelve a dormir, amor. Todavía es de día.

-No puedo, ya me has despertado –protestó el licántropo.

Pero un segundo después volvía a respirar con tranquilidad. Tan hermoso… Sirius lo estrechó un poco contra sí y depositó un beso en su cabeza. El licántropo apretó los ojos, a modo de protesta, pero no dijo nada

Ahora sí, ahora todo era como tenía que ser. Remus y él abrazados y el espejo de las pesadillas hecho añicos. Sirius cerró los ojos y poco después dormía plácidamente. El sofá era estrecho, pero así estarían más juntos y al despertar tendrían que discutir por el poco espacio y acabarían uno tumbado encima del otro y… en fin, sería un dulce despertar.

Sabía que Moody le echaría una buena bronca por haber roto su detector, pero no le importaba, podía dormir tranquilo porque ahora, por fin, después de tanto, era feliz.

Y esperaba serlo durante mucho, mucho tiempo.

FIN, ahora sí.


N/A: Lo siento, esta vez no habrá continuación. La historia se queda aquí. Pero me gustaría recibir vuestros últimos reviews, ya sabéis que me hacen mucha ilusión...

Muchas gracias, gracias a todos los que habéis hecho este viaje conmigo. GRACIAS por vuestras palabras de ánimo y vuestros comentarios. Ha sido un placer conoceros.

Y recordad: SIRIUS VIVE. (y, básicamente, es de Remus )

Besos de chocolate y hasta pronto. (¡Espero!)

DAIABLACK
M.O.S.