"Los amorosos callan…"

Vuelve a removerse sobre la banca. Su cabello color azul se desparrama sobre sus hombros, grácil, suave, cubriendo completamente la piel porcelana que queda expuesta por los tirantes de su vestido; se le arremolina sobre el rostro y le estorba. Debe estorbarle, porque resopla con insistencia para apartarlo de sus ojos, para que no se le pegue, con el sudor, sobre las mejillas que se encuentran sonrojadas debido el calor. Lee tan afanosamente ese libro que su mirada amatista parece brillar de tal modo que es complicado decir si se encuentra tremendamente feliz o con unas ganas inmensas de soltarse a llorar.

Él la ve desde lejos, la enfoca, la encuadra. Trata de capturarla, arrebatársela al tiempo, a la vida. Quedársela para él y, si se le viene en gana, quizás compartirla con el resto del mundo. Aunque probablemente, la sola idea no se le antoje en lo más mínimo ni ahora, ni en un futuro. Ella se muerde el labio y frunce el ceño y él se queda tan ensimismado que pierde la oportunidad de retratar el gesto. Maldice, porque es la tercer vez que le pasa; se reprende a sí mismo, porque debería concentrarse más, fotografiar más y reparar menos en la forma en que su cabello se ondula cuando ella ladea la cabeza, quizás porque no comprende algo del texto o quizás porque le parece demasiado absurdo.

Ella levanta la mirada, parsimoniosa, cuidando que él no se de cuenta. Porque ya le ha visto y, contrario a lo que esperaba, no desea que el rubio fotógrafo se percate de eso. Le gusta el modo en que parece desvanecerse del resto, como nadie le nota o parece prestarle atención aunque él se encuentre de rodillas, sacándole fotos a todo lo que pudiese parecerle lo suficientemente interesante… ella le parecía especialmente interesante.

Entre tanto, él rogaba al cielo porque la joven no mostrara señales de querer lanzarle ese tomo justo entre las cejas. Sabía que parecía un acosador y lo último que necesitaba era armar un escandalo. Detestaba los escándalos… también el drama sin sentido. Si se ponía meditarlo, detestaba demasiadas cosas, realmente.

Una foto, dos… el obturador pone mucho de su parte para que él consiga captar lo que desea en el momento que desea. Pasa una página, otra… a ella se le está acabando el libro y por consiguiente el motivo para seguir fingiendo que ignora al fotógrafo.

-Lamento la tardanza, Menori.

Ambos dan un respingo y respiran agitados. Él, cuando un hombre se atraviesa ante su lente y ella, cuando escucha la voz grave a pocos pasos de distancia. Él baja su cámara, por primera vez desde hace cerca de hora y media, sin despegar sus ojos verdes de la escena que se desarrolla a pocos metrosl. Ella acepta la mano que, caballerosamente, le ofrece el hombre recién llegado para ayudarle a ponerse de pie.

El vestido ondea, su largo cabello se agita y él siente como si le hubiesen arrebatado algo que probablemente debería estar ubicado debajo del pecho pero encima del estómago.

Ella le mira y por primera vez él se da cuenta. Percibe en su mirada violeta algo que le recuerda a las despedidas. Esas dolorosas que se dan cuando sabes que no volverás a ver a alguien que, por algún motivo, ha cambiado algo en ti. Él le sonríe, pero a ella esa sonrisa le parece más dolorosa que los amorosos, narrado por el mismo Sabines.

Lo mira, se queda mirándole por varios segundos, esperando, sin estar muy segura del por qué, que él levante la mirada… que la vea. Que sus hermosos ojos esmeralda se posen en ella… Él no le dirige ni un último atisbo ya que, por algún motivo, le revuelve el estómago el ver que ella se aleje.

Se afianza al brazo que el hombre le ofrece y le regala la sonrisa más sincera que puede esbozar. Casi como disculpándose. No hace mayor esfuerzo por prolongar su silenciosa despedida con aquel desconocido, que parece haber encontrado la cosa más interesante del mundo en el disparador de su cámara

Pasan los segundos, los minutos… cuando vuelve a alzar la vista, no queda rastro de ella. Se pone de pie, camina hasta la banca que antes ocupara la chica y se da cuenta que ha dejado su libro.

La tapa reza con letras blancas el titulo: Emma. Y él no puede evitar sonreír ante la idea que a ella le guste leer a Jane Austen. Lo toma, lo hojea, alcanza a distinguir unas frases subrayadas y deduce que no es la primer vez que ella leía esa obra. Se debate entre si quedárselo o no. Decide dejarlo nuevamente sobre la banca y dar media vuelta.

-Howard…

Levanta la mirada y se encuentra con un muchacho de cabellos castaños y piel trigueña. Le dirige una mirada extraña y se cruza de brazos.

-Anda, Luna nos espera en el Jeep. Tenemos que pasar por mi hermana a Cathédrale Notre-Dame eir a Avenue des Champs-Élysées a sacar unas fotos antes de volver a Italia.

-Está bien, Kaoru…- responde Howard sin mucho animo, arrastrando los pies hasta llegar al Jeep amarillo dónde una pelinaranja le recibe con una sonrisa y, emocionada, le pide que le deje ver las fotos que ha estado sacando.

Kaoru los observa, levanta una ceja confundido y regresa su mirada hacia la banca donde se encontraba su amigo minutos antes. Distingue a una muchacha de cabellos azules y vestido blanco que se acerca con pasos refinados hasta el asiento y, con suavidad, recoge el libro que antes sostuviese el rubio.

La chica voltea a su alrededor, como buscando algo. Repite la acción varias veces y a Kaoru eso le parece extraño. Se pregunta si debe acercarse o no, y está por hacerlo cuando el sonido del claxon y la melodiosa voz de su novia llamándolo lo distraen.

Se encoge de hombros y camina hasta el Jeep, dónde le esperan, Luna en el volante y Howard desparramado en el asiento trasero con la cabeza gacha. Kaoru se gira nuevamente hacia la chica de cabellos azules y la ve bajar la mirada, triste, para después retirarse con un paso tan parco le hacía resaltar entre el resto de la agitada población parisina.

- Quizás no sea nada…- se dice el castaño a sí mismo, mientras sube al vehículo.

Y Howard, en el asiento trasero, no dejaba de observar las fotos que le había tomado a la chica. Y Menori, a un par de calles de ahí, iba de la mano de un hombre con el que, sin saber por qué, ya no se sentía feliz.

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

los amorosos son los que abandonan,

son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

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¡Eh! ¿Qué tal? Les traigo un lindo Howmen con un sutil (tan sutil, casi cosa de nada) Kaolun. Como se darán cuenta, se trata de un Universo Alterno, en París y… bueno, lo demás se sobre entiende. Es una historia que escribí para un taller de redacción que tomamos con un escritor en mi Universidad, recibió buena acogida con el profesor y mis compañeros así que decidí adaptarla para poder compartirla con ustedes. Vino a mi mientras leía uno de mis poemas consentidos de Jaime Sabines: Los amorosos callan. Del cual tome el nombre para el titulo de esta historia. Espero les guste y espero también su opinión. Si lo desean, puedo adaptar las demás historias que he estado llevando al taller para entretenerles un rato.

Sin más, me despido por ahora. ¡Nos leemos pronto!

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