El Potterverso pertenece a Rowling. El Potterverso sorg-expandido es creación mía.

Prólogo

En 1944 el mundo no mágico estaba sumido en la Segunda Guerra Mundial. Este conflicto bélico, en el frente de Europa occidental, coincidió temporalmente con otra gran guerra en el mundo mágico: la Guerra de Grindelwald. Estos dos hechos históricos no fueron dos compartimentos estanco, sino que se interrelacionaron. De alguna manera, Gellert Grindelwald realizó algún tipo de pacto con los nazis. Se sabe que éstos buscaron algunos objetos legendarios a los que se atribuía un poder mágico extraordinario, como el Grial o el Arca de la Alianza. Por otra parte, los aliados se sirvieron de magos como fue el caso de Masqueline, un "prestidigitador" que llegó a hacer invisible una ciudad entera.

En los momentos más álgidos, los magos del Ministerio de Magia del Reino Unido eran incapaces de descifrar los mensajes secretos que interceptaban. Cygnus Black I (bisabuelo de Sirius Black por parte de madre), el mejor experto en runas antiguas de la época, fue contratado por el Ministerio para, al frente de un grupo de Inefables, intentar descifrar los códigos de encriptado. Paralelamente, el Gobierno muggle reclutó a su hijo Marius Black, que era un squib, en el equipo de descifradores del que fue conocido como El Oráculo de Bletchley, donde se desentrañaban los misterios de cifrado de las máquinas Enigma de los alemanes. Tras meses de ausencia de resultados, Albus Dumbledore propuso al Ministerio enviar un espía a robar las claves de cifrado, al corazón mismo del imperio de Gellert Grindelwald. El espía no era otra persona que Cassiopeia Black, hija de Cygnus y hermana de Marius, una bruja metamorfomaga y experta en transfiguración que fue capaz de infiltrarse en la guarida del dragón y robar su tesoro de oro. Para desviar la atención de la Seguridad Mágica de Grindelwald, la SMG, Cassiopeia reemplazó los discos de oro que contenían los códigos por copias que transfiguró sobre la marcha, y eligió otro objeto para que creyeran que el ladrón perseguía otra cosa: un brazalete encantado que resultó mucho más trascendente y peligroso que los discos que contenían los códigos.

En su huída, con la SMG siempre en los talones, Cassiopeia fue rescatada por un aquelarre de brujas navarras, en pleno Pirineo. Las brujas organizaron su retorno a Inglaterra junto con los preciados códigos, pero el brazalete se perdió en España (tal y como se narra en La Rosa y el Enigma). Durante unos pocos meses, nadie dio importancia a aquel hecho. Pero Albus Dumbledore sabía que, sin el brazalete, era imposible enfrentarse a Grindelwald. Y también sabía que él no se encontraba entre quienes tenían el poder mágico para recuperarlo.

Cassiopeia Black regresó a España, a buscar el brazalete con la ayuda de los magos y brujas de una sociedad mágica mucho más compleja que la suya. Con el objeto encantado en su poder, asistieron a la derrota de Gellert Grindelwald. Esta es su historia.

Primera Parte

En Busca del Brazalete Perdido

Embutidas en capas oscuras hasta los pies, cubiertas sus cabezas con picudos sombreros negros, tres figuras contemplaban la entrada de la prisión. En los años 70, un consorcio de magos europeos había modificado el encantamiento repelente de ingenuos, para que los montañeros pensaran que era una vertiente fácil. Eran los tiempos en los que una súbita oleada de escaladas al filo de lo imposible generaron temor en la comunidad mágica europea, así que se consideró adecuado que pareciera otra cosa, aunque, en realidad, Nurmengard se encontrara colgada de un desfiladero, sobre el circo de un glaciar alpino, en un emplazamiento casi imposible de acceder por medios normales.

La figura del centro era una mujer delgada, tirando a alta y de edad madura, aunque en realidad mayor de lo que aparentaba. La elegancia de su prestancia en la sobriedad de su capa negra contrastaba enormemente con su varita, que parecía una rama arrancada de un árbol. A su izquierda, una mujer joven, pariente sin duda por los rasgos, un poco nerviosa a juzgar porque no dejaba la varita quieta, no quitaba los ojos de la entrada. A su derecha, un hombre de pelo canoso y engominado hacia atrás mantenía una expresión impenetrable.

La mujer de más edad alzó los ojos y los posó en lo alto de la puerta. Le vino a la memoria la primera vez que se había encontrado allí. Había sido durante unas vacaciones de otoño, cuando Suiza, antes de dormirse bajo un blanco edredón nevado, se vuelve de todos los colores. Unos siete años después de que aquello hubiera terminado. Interlaken, la localidad más relevante próxima al pueblo de Grindelwald, le había parecido un pueblo precioso, pero, estando tan cerca, había sucumbido a la tentación de visitar semejante lugar. Al principio, su marido objetó, pero al final había cedido. Se le dibujó una media sonrisa en la cara al recordar que la aparición en la ladera del monte Jungfrau le provocó una reveladora oleada de náuseas.

- Por el bien mayor –. La voz de la otra mujer la sacó de su ensoñación. Esa era la frase que, en alemán, rezaba sobre la puerta. El lema de unos visionarios de otros tiempos que habían pretendido cambiar el mundo, anteponiendo un presunto confort social al bien que más aprecia el ser humano, su libertad.

- O también puede entenderse "por lo mejor" –. Dijo el hombre.

-"Lo mejor es enemigo de lo bueno". Sara recordó las palabras de su abuela Aisone, que en su momento no entendió. Ahora, con el bagaje de muchos años, sabía que era verdad.

Sara era capaz de abrir la puerta de la prisión y desactivar los encantamientos que protegían el edificio. Solamente tres personas, tres brujas, fuera de los que oficialmente estaban registrados y autorizados, habían adquirido, muchos años atrás, el poder mágico para hacerlo, y una de ellas, Cassiopeia Black, estaba muerta. Tres brujas que sabían más que la mayoría sobre los secretos de Grindelwald, y por tanto sobre los secretos del famoso Dumbledore, aunque, una vez mas, tuvo la sensación de que ignoraban muchísimo.

Cassiopeia se había ido por muerte natural, antes de que esta segunda oleada de terror asolara su país. No estaba muy segura de cuánto había transmitido a su sobrina, auror y miembro de la resistencia clandestina creada por Dumbledore, la llamada Órden del Fénix, porque la verdad es que siempre tuvo la impresión de que en la familia Black sus miembros se guardaban muchos secretos los unos a los otros. Tampoco estaba muy segura de que la sobrina hubiera entendido el verdadero alcance de lo que se les venía encima, aunque habían hecho cuanto habían podido para alertarla. La otra bruja que podía abrir la prisión era la otra abuela de Almudena, y para ella como su propia hermana, pero ahora se encontraba muy lejos de allí.

Tenía que ser ella la que penetrara en el recinto y confirmara lo que sospechaban. Con decisión, alzó la mano y comenzó a trazar los símbolos que permitían desactivar los encantamientos. Primero, un triángulo, después, una raya vertical, y, por último, un círculo de fuego. Cada una de las tres brujas debía seguir un orden personal e intransferible que había venido marcado por acontecimientos que ocurrieron hacía mucho tiempo. En el caso de Sara, la clave debía cerrarse con un círculo. Durante un instante, el símbolo refulgió en el atardecer alpino, para desvanecerse lentamente como traspasando los muros, y las puertas se abrieron silenciosamente.

Penetraron en el recinto, varitas en ristre, preparados para cualquier cosa, aunque Sara dudaba mucho que encontraran ninguna criatura, viva o del inframundo.

En efecto, llegaron hasta la celda, situada en lo alto de la torre norte sin contratiempos. El cadáver de Gellert Grindelwald yacía en el suelo como si tal cosa. Anciano, sí, pero sin señales de haber sucumbido por pura vejez, con una sonrisa irónica en los labios, el rostro enmarcado en el pelo enmarañado y largo, como si de un loco se tratara.

- Avada Kedavra –. Murmuró el hombre, mientras se inclinaba para contemplar mejor el cadáver. La bruja más joven se estremeció.

Sara asintió sin decir palabra. Había visto este tipo de fallecimientos muchas veces. Demasiadas. Pasó la vista por la celda y se acercó al ventanuco. La reja estaba arrancada. Sin duda, el autor del crimen había entrado por ahí. Sara alzó una ceja, no pudiendo evitar cierta admiración. Puesto que el edificio repelía los objetos mágicos voladores y él no era animago, había tenido que volar sin la ayuda de una escoba o una alfombra o algo así, lo cual requería verdadero talento. "Lástima" – pensó Sara – "haber desperdiciado tales dones..." – Pero, como también le había dicho su abuela, "a menudo es la gente corriente la que mueve el mundo". La experiencia le había demostrado una vez más que aquello también tenía mucho de verdad.

- ¿Por qué lo habrá hecho? –. Las palabras de la bruja más joven la sacaron de sus pensamientos – ¿Qué podría querer de un anciano que llevaba medio siglo en chirona?

- Lo único que podía tener –. Contestó el mago – Información.

Sara asintió con la cabeza.

- ¿Sobre qué? – Siguió preguntando la bruja más joven.

- Sobre cómo alcanzar mayor poder –. Sara sonrió levemente ante la mirada interrogante de asombro de su nieta –. Tres magos contemporáneos son particularmente famosos por buscar el mayor poder. Uno fue Dumbledore, el otro es el autor de este crimen, y el tercero es su víctima.

Almudena se quedó mirando el cadáver y abrió la boca para decir algo, pero las palabras de su abuela hicieron que finalmente se quedara callada.

- No tenemos más que hacer aquí– . Dijo Sara –. Los suizos llegarán pronto.

Sin mediar más palabras, las tres figuras embutidas en sus capas abandonaron el lugar.

Mas tarde, Eduardo Callejón daba cuenta de la visita a Nurmengard a la señora Maria Joao Pinto, la primera persona de origen luso que ocupaba el cargo de Ministra de Magia en unos cinco siglos. Callejón observó que la señora Pinto tenía los puños cerrados, ambos sobre su escritorio, señal inequívoca, según su experiencia con la Ministra, de que estaba muy tensa.

- En su opinión, éste, llamémosle, incidente, ¿cambia nuestra situación actual con relación al conflicto?–. Preguntó la Ministra.

Callejón alzó las cejas. Le pedía la valoración rápida y resumida de una situación internacional compleja que hubiera requerido un análisis sesudo durante varias horas, pero, en el fondo, estaba acostumbrado a que los políticos funcionaran así.

- No lo creo. Es un incidente aislado y puntual, con un objetivo muy concreto –. Respondió el funcionario.

La Ministra suspiró.

- Ha entrado en la Europa continental, ha cometido un crimen y ha regresado a las islas británicas tranquilamente...

- Siempre hemos sabido que era un mago de inusual poder, y tenemos evidencia sobrada de que controla el Ministerio de Magia del Reino Unido.

- Me preocupa, Callejón, me preocupa –. La Ministra se revolvió un poco en su sillón – ¿Cree que podría hacer algo similar aquí?

- ¿Se refiere a entrar y salir impunemente?

- Me refiero a entrar, cometer cualquier acto delictivo y salir, sí.

- Para arriesgarse a tal cosa tendría que tener un buen motivo. Buscar algo muy concreto...

- O a alguien... –. Interrumpió la Ministra. Se levantó resueltamente y se dirigió a un armario. Apuntó con su varita y murmuró algo. A continuación, se oyeron ruidos como clic clic clac, y al cabo de unos instantes el armario se abrió. La Ministra extrajo entonces una caja y la puso sobre su mesa, justo delante de Callejón.

- Ábrala, por favor –. Dijo la Ministra.

Callejón tomó la caja. Antes de abrirla, ya se figuraba lo que contenía, pero, como diplomático curtido que era, su rostro permaneció impasible mientras extraía del interior un objeto ennegrecido. Callejón lo depositó sobre la mesa de la Ministra.

-Ya no tiene ningún poder mágico –. Dijo con los ojos fijos en el brazalete.

- El brazalete no, pero ya sabe usted que hay dos personas que..." –. la Ministra se interrumpió e hizo un gesto con la mano, como diciendo "ya sabe usted a quienes me refiero", que al diplomático le bastó para comprender.

- Cygnus Black destruyó toda la información comprometedora del expediente de su espía delante de mi. No hay rastros en el Ministerio británico...

- Que sepamos –. Le interrumpió la Ministra. Callejón reflexionó un momento, como sopesando cómo continuar.

-...que sepamos –. Dijo finalmente – Pero la señora Amatriaín me ha comentado que es posible que el incidente de Nurmengard no tenga nada que ver con el brazalete. Tal vez debería hablar directamente con ellas.

- Debo considerarlo seriamente –. Y la señora Pinto dio por terminada su reunión con Eduardo Callejón.

En la cafetería de un Organismo Autónomo del Ministerio de Agricultura de España encargado de gestionar fondos europeos, sito justo en la trasera del Ministerio de Magia, Almudena había quedado para comer con su hermana mayor. Todavía le divertía cómo el guarda jurado de la puerta de entrada le franqueaba el paso alegremente cuando le mostraba su ficha del Ministerio de Magia. Su hermana lo achacaba a que llevaba trabajando poco tiempo.

Cecilia devoraba un enorme plato de cocido mientras Almudena jugueteaba con la lechuga de su ensalada, contemplando medio atónica los efectos del embarazo en su hermana, que hasta entonces había sido de poco comer. Sobre la mesa, disimulado por lo que parecían carpetas muggles, Cecilia tenía un periódico en cuya primera página aparecía la noticia de la muerte de Grindelwald.

- Se rumorea que lo han asesinado – .Comentó en voz baja. Cecilia levantó la vista del plato.

- ¿A quién?

- A Grindelwald. ¿No sabes que ha aparecido muerto?

Cecilia se tomó un momento para masticar y tragar la última cucharada que se había introducido en la boca.

- Claro que lo se. Que trabajo en la sección de relaciones internacionales. - Almudena le recordó lo marisabidilla que podía llegar a ser su hermana mayor. – Hay una investigación abierta por el Ministerio de Suiza.

- Corren rumores de que se lo han cargado.

- De momento sólo son eso, rumores. Hay que esperar a que concluya la investigación oficial. – Cecilia se concentró en quitar la piel de un trozo de morcilla y se la metió en la boca – hmmm está buenísima...

Almudena alzó las cejas. Verdaderamente, se trataba de un proceso sorprendente. A Cecilia siempre le había dado asco la morcilla. Por un momento, Almudena se preguntó hasta qué punto volvería su hermana a la normalidad una vez que hubiera nacido el bebé.

- ¿Quién iba a querer cargárselo? .– Dijo Cecilia – ¿Los guardias? No les daba mucho trabajo. Sólo accedían a Nurmengard para dejarle la comida y ropa limpia una vez al día. Ni siquiera permanecían en el recinto todo el tiempo. Es de máxima seguridad.

"Ya, de la máxima seguridad" - pensó - "Si yo te contara..."- Y¿alguien que no fueran los guardias?-. Preguntó.

- Ya te he dicho que es de máxima seguridad. Encantamientos especiales anti aparición, repelentes mágicos de objetos voladores, dragones sueltos en el subsuelo...

- Ya... Por cierto...¿sabes qué significa el emblema de Grindelwald?

- No. Supongo que se lo inventó él. Alguna alusión al poder, imagino..Pregúntale a los abuelos. Ellos son historiadores, y además vivieron su auge. Seguramente lo saben.

Era una idea demasiado obvia. De hecho, Almudena estaba intentando recopilar toda la información posible sin recurrir a su abuela, la famosa antropóloga mágica, que delante de sus mismísimas narices lo había dibujado con fuego mágico. Disimuló.

- Es una idea –. Contestó simplemente a su hermana. Cecilia asintió con aprobación y volvió a concentrarse en su cocido.