Con fuerzas renovadas,

Con esperanza,

HRHED

EPÍLOGO

Esa mañana se sentía terriblemente extraña, le dolía la tripa y le temblaban las piernas. Se sentía desequilibrada, de forma literal, y le parecía que la habitación olía a mandrágora pasada.

Casi sin rumbo fijo, la tez blanca y la visión borrosa localizó el baño de la habitación, a tientas buscó las manijas del grifo de la ducha y se metió dentro, aún con la ropa puesta. Sabía que iba a marearse y desmayarse, era algo que le pasaba con facilidad, la tensión baja y la poca capacidad para gestionar las emociones no la ayudaban.

El agua fría le cayó como un resorte sobre la cabeza, sobre la nuca, mojando su cuerpo. Abrió los ojos por instinto y con la vista más capacitada se miró, casi sin levantar la cabeza. Lleva los calcetines y los pantalones puestos, la camiseta verde se humedece y se vuelve negra. Extrañada frunce el ceño y se masajea la sien, se mira por primera vez las manos y ve una pequeña herida en el brazo izquierdo.

Intenta hacer trabajar su mente a marchas forzadas pero la maquinaria parece estar bloqueada, a la espera de algo de azúcar para funcionar. Se aparta el pelo de la cara y observa a su alrededor. Mira con atención la cortina de la ducha, de color rojo fuego, los colgadores con leones cobrizos, la espuma de afeitar sobre la estantería… ¿Espuma de afeitar?

La imagen de James le asalta la cabeza y un centenar de imágenes se agolpan en su mente para pasar a toda velocidad, recordando paso a paso la noche anterior. El frío, el sauce, la trampilla, las pisadas, el hombre lobo, la luz roja, la luna, la puerta, James y sus gritos, James y sus zarandeos, James y su cuerpo acolchado, James y su voz de caramelo…

Poco a poco tantea las paredes y localiza, en uno de los colgadores una toalla con ribetes dorados. Cierra el grifo y se seca la cara, se la coloca sobre los hombros. Se quita los calcetines y los cuelga en la barra de la cortina. Se mira en el espejo y se ve por primera vez. Tiene la cara blanca, ojeras oscuras y el pelo hecho una maraña mojada. Un aspecto increíble, en definitiva.

Sale del baño y cierra la puerta con recelo. La habitación de los chicos está realmente ordenada, mucho más que la suya, de hecho. Solo una tiene las cortinas descorridas, la más cercana (por suerte) al baño y donde parece haber dormido ella. Es la de James, hay una Barredora reluciente apoyada sobre el cabezal, dos pares de gafas de pasta negra sobre la mesita y encima del baúl hay una capa hecha un revoltijo que brilla de forma incandescente. Sobre la cama descansa su abrigo y su bufanda, también su jersey azul.

Oye cómo una cortina se descorre, la de la cama de Remus, fácilmente identificables por los innumerables libros que la rodean, de forma ordenada, pero masiva. Pero es James el que sale medio guiñando los ojos, en pijama.

- Por fin te has despertado.- La voz de James es gutural y adormilada. – Me has tenido asustado, yo quería llevarte a la enfermería, pero Sirius dijo que solo necesitabas descansar. Llevas tres horas inconsciente.

- ¿Dónde está Remus? – Cuando lo pregunta la respuesta le aparece en la mente de forma instantánea. Las extrañezas de Remus, su aire melancólico, sus faltas de asistencia mensuales…

- Está en la enfermería… suele tardar un par de días en recuperarse.- James se le acerca, pero se desvía finalmente. Abre los cajones de una de las cómodas y saca un pantalón gris y una camiseta del mismo color. – Son los más pequeños que tengo, cámbiate o enfermarás.- James sonríe de medio lado y le acerca la ropa.

- Gracias. – Lily vuelve al baño y se cambia colgando su ropa de la barra de la cortina y sin pensar que un hechizo podría haberle solventado esos problemas, aunque ni siquiera sabe dónde está su varita, si es que sigue entera.

Cuando Lily vuelve a la habitación James la espera sentado en su cama, con las gafas puestas y el pelo más revuelto. Lily se sienta a su lado y sube las piernas a la cama, abrazándose a sí misma.

- Te agradecería que lo que has visto hoy, no… - James se remueve algo intranquilo.

- No te preocupes, Remus también me importa. Os he delatado suficientes veces, podré resistirme esta vez. – Lily se siente extrañamente ligera y ver a James en pijama, en su cama, le parece extrañamente natural.

- ¿Y puede saberse que hacías a esas horas? – James se lo pregunta entre curioso y preocupado. Lily no sabe cómo se siente en confianza, paz y seguridad. Recuerda las conversaciones en la sala común y se deja caer sobre la cama.

- No podía dormir. Un día raro. – Lily se concentra en el techo de la cama y observa que está lleno de fotografías que se mueven. James la imita y se estira a su lado, mirándola.

- Sobre eso, lo siento. – James sigue mirándola, aplastando la patilla de su gafa contra el colchón.

- No te preocupes. Es lo que tiene un colegio de magia y hechicería, que como poco, es raro. – Lily se detiene a observar a un pequeño James, que juega con una pelota y a una hermosa mujer, de pelo rojo que juega con él.

- Para ti es raro, para mi es perfectamente natural. Es algo hereditario, innato – James se gira hacia arriba y observa las fotografías junto a Lily.

- ¿Quién es la mujer pelirroja que juega contigo? – Lily nota algo extraño y familiar en los ojos de la mujer pero no logra reconocerla.

- Mi madre. – Lily le mira, por primera vez desde hace rato, y él se gira para devolverle la mirada. Se la sostienen mutuamente y Lily se da cuenta de lo cómoda que se siente, de lo bien que la hace sentir James cuando es el James de verdad y no el socarrón presumido. – Para ti será raro, pero para mí es perfectamente natural. Es algo hereditario, innato. – Se sorprende ante sus propias palabras.

- ¿El qué exactamente? – Lily le mira con atención y James sonríe de medio lado, con brillo en los ojos, con hambre en la mirada.

- Estar enamorado de una pelirroja. – Hay algo de galán en sus palabras, en su pose sujetándose la cabeza con la mano, en la forma natural de decirlo. Pero también hay un poco del James inseguro y nervioso, de cómo la mano tensa ha descansado, indecisa, a pocos centímetros de la cintura de Lily, de cómo su cuello está preparado para recibir el escalofrío de la negativa.

Lily se acerca, mucho, piel con piel, nariz con nariz. Y ambos se besan. Porque Lily ya había besado a James y James había besado a Lily, pero aún no se habían besado. Al menos no como debe ser, con ganas y permiso, con anhelo y nervios, invitándose el uno al otro y deleitándose.

- Vas a matarme. – James se revuelve y coloca su cabeza sobre el cuello de Lily. – Si vuelves a echarte para atrás me voy a volver loco de verdad.- James la mira divertido pero con seriedad en sus palabras.

- Quédate conmigo. – Lily acaricia su pelo y mira sus ojos almendrados, podría estar así durante horas.

- ¿Ahora?- James la mira embelesado y con una mano juguetona sobre la cintura de Lily.

- Siempre.

La sonrisa de James se vuelve grande y luminosa, le ocupa casi toda la cara y traspasa todos los poros de su piel. No sabe lo real que van a ser sus palabras pero a James le parecen la melodía más hermosa que ha escuchado nunca.

Cuando vuelven a besarse, Lily hace la promesa mental de no volver a separarse de él, por muchos señores oscuros que acechen su futuro.