Hola…

Ultima vez que tenéis que aguantar mis charlas. Advierto algo: nunca se trató de narrar la primera Guerra y no me voy a poner a ello para el final del fic, que siempre ha sido sobre los cinco Black.

En cualquier caso, os recuerdo las premisas canon:

x James y Lily se casaron con Sirius como único testigo/padrino de boda (si no me equivoco, una boda discreta o secreta).

x Snape reveló a Dumbledore la intención de Voldemort de matar a Lily (a Harry, realmente), le pidió que la protegiera y Dumbledore así ocultó a los Potter.

x Cambiaron a una semana de su muerte de Guardián Secreto (de Sirius a Peter, por idea bienintencionada pero desafortunada de Sirius ya que ni siquiera Dumbledore supo nada).

x Sirius sospechaba que el traidor era Remus.

x Peter fue espía de Voldemort desde al menos un año antes de la muerte de los Potter (esto es, desde octubre de 1980).

Es el único capítulo que NO he fechado ni he indicado lugar. Espero que no sea confuso, aunque he indicado datos que ayudan a averiguar en qué momento están (ej: nacimiento de Ron, marzo de 1980). Sólo quería sustituir eso con una frase importante de la saga y que tuviera que ver con el fragmento del capítulo. Empieza obviamente a principios de 1980, con una Lily embarazada, hasta el final de la historia (recordad: Walburga tiene su muerte fechada en 1985).

Es el capítulo más largo. Debo decir que me ha costado horrores… pero me ha motivado el hecho de basarme en mucha información del libro de Harry Potter y El Prisionero de Azkaban, que es mi preferido. Es lo que me ha hecho escribir… y espero que os guste. Nos vemos al final.


LA CAÍDA DEL SEÑOR TENEBROSO

La cámara recogía el instante en el que una mujer, cubierta con un abrigo largo y oscuro, sonreía a su acompañante y dirigía unos ojos verdes atrapantes al objetivo. Él, vestido también con un abrigo oscuro, no llevaba ningún gorro en la cabeza. La mujer tenía una boina colocada con estilo e inclinada y bajo ella surgía una mata radiante de cabellos rojizos que le llegaban más allá de los hombros.

James era alto y tenía el cabello negro y siempre revuelto. Siempre le habían acusado de que se lo revolvía a propósito para darle un aire mucho más interesante, como si acabara de bajarse de las escoba tras un partido de Quidditch, algo que adoraba. Pero Lily hacía tiempo que había comprobado que el pelo de James era así sin necesidad de escobas, viento o manos vanidosas que lo despeinaran. A ella le encantaba revolvérselo.

En plena guerra mágica, la fotografía recogió la escena de dos jóvenes de apenas veinte años de edad, él estirando el brazo para rodear la cintura de su joven esposa e invitarla así a un improvisado baile donde tenían unidas sus manos derechas. Un baile que desprendía, en ese parque a finales del invierno, que pese a todo lo que sucedía a su alrededor ellos tenían motivos para estar felices… que debajo del cómodo abrigo de Lily había una vida nueva que ambos habían creado juntos. A pesar de la guerra y del dolor de las pérdidas, ellos no renunciarían a su felicidad ni a la de los suyos.

El día era gris y frío… pero James y Lily Potter desprendían el calor de una familia, el esplendor de la amistad y lo sublime del amor. Ni siquiera una cámara mágica podía capturar del todo tantas emociones.

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Era una noche lluviosa y desapacible, el viento no mejoraba de ninguna manera la horrible sensación de humedad que penetraba todos los poros del cuerpo. Hacía ya rato que había anochecido, pero era algo que ocurría demasiado temprano en el norte del país. Aun así, el hombre portaba una capa pesada que sólo se retiró con delicadeza cuando entró en el pub más destartalado del pueblo de Hogsmeade.

Además de los ataques sucesivos, había magos y brujas que habían aparecido ahorcados en medio de los pueblos para que el mundo viera… aunque no en Hogsmeade. Algunas tiendas eran asaltadas y algunos artículos iban siendo más difíciles de conseguir. Gringotts había incrementado la seguridad de tal forma que la gente optaba por no ir allí tampoco. Había mensajes y amenazas escritas con sangre en paredes y suelos, en tiendas y calles frecuentadas por magos y brujas. El Morsmordre era demasiado conocido. El mundo muggle seguía achacando los infortunios a desastres naturales o simples delincuentes y terroristas. La verdad sólo se advertía parcialmente en el mundo mágico. El Callejón Diagón o Hogsmeade eran lugares fantasmas y hasta las visitas al único pueblo enteramente mágico del país habían sido prohibidas por el profesorado de Hogwarts, una medida que los padres habían acogido de buena gana.

Dumbledore sonrió levemente al hosco dueño y se fijó en los pocos parroquianos embozados, apenas visibles por el humo del tabaco. Cabeza de Puerco no era un lugar acogedor, era un lugar apropiado para las visitas discretas y para encontrar información. A regañadientes, de mala gana, Aberforth había sido siempre un valioso espía y un miembro inconstante de la Orden, pero cumplía su trabajo a pesar de las enormes diferencias que tenían ambos hermanos. Algunas irreconciliables, sobre todo por parte del taciturno mesonero.

"Te esperan arriba." dijo Aberforth desganado. "Tercera puerta."

"Gracias, Aberforth." Respondió suavemente Albus Dumbledore, tomando con cuidado las escaleras que llevaban a la improvisada reunión. Suspiró suavemente y tocó con los nudillos en la desgastada madera y a continuación la abrió con cuidado. Sonrió educadamente cuando vio delante de él a una mujer más próxima a los cincuenta que a los cuarenta años, cubierta por chales de gasa y seda e hilos brillantes de diferentes colores. Tenía el cabello castaño rizado y una cinta lo recogía torpemente. Podría haber sido relativamente guapa en su juventud, pero las gafas de gruesos cristales no favorecían de ningún modo sus rasgos actuales.

"No te levantes, querida Sybill…" comentó Albus dándole la mano a modo de saludo. "Me alegra poder verte al fin."

"Oh… ya sabía que no deseaba que me levantara…" dijo ella con voz aterciopelada y soñadora. "…lo soñé hace un par de noches…"

Dumbledore alzó levemente las cejas pero si demostró incredulidad, la mujer no se dio cuenta.

"Sí… por eso he venido directamente tan cerca de la Escuela… sé que la asignatura es una de las que no debe faltar en el currículum académico de los estudiantes… mire…"

La mujer inclinó la taza de porcelana parcialmente quebrada y mostró unos posos en el fondo. Dumbledore se guardó su opinión acerca de que el motivo más mundano por el que Sybill había elegido ese lugar eran probablemente los precios más ventajosos que ofrecían en ese pub, Cabeza de Puerco, y no en ningún otro lugar cercano, incluido Las Tres Escobas.

"La famosa marca del ancla… dibujada por las hojas de té. Se termina un viaje y nos disponemos a iniciar otro. No hay ninguna duda." confirmó ella con aire etéreo.

Dumbledore contempló impasible el revoltijo húmedo de las hojas sin lograr hacer una leve conexión con un ancla (le parecía más una extraña equis) y mucho menos, con la manera en la que ella leía la relación con su posible contratación como profesora de Adivinación. Asignatura que, por otro lado, estaba reacio a impartir y ahora comprendía hasta qué punto.

La puerta, sin embargo, fue la única cosa de ahí a la que Dumbledore no prestó atención. Sybill Trelawney era descendiente directo de la reconocida adivina Cassandra Trelawney y no había perdido nada por probar su talento. Dumbledore asintió cortésmente mientras su interlocutora hacía una magnífica interpretación de su vida, aparentemente clara y legible en la palma de la mano.

"Oh… sí." Comentó ella mientras pasaba el dedo por la línea de la fortuna, aunque ella confirmó que se trataba de la de la vida. "Veo que fue un hombre bondadoso y generoso desde su nacimiento… un hijo querido y un hijo devoto de sus padres… el hijo que todo padre desearía…" Trelawney alzó los ojos engrandecidos tras sus extrañas gafas y le dirigió una sonrisa confidencial. "…sé que su hermano está ahí abajo, pero no se preocupe, nunca le revelaría que usted siempre fue el talentoso de la familia…"

Dumbledore esbozó una sonrisa comprensiva, pero su mirada azul reflejó una enorme decepción. Esa mujer no había adivinado absolutamente nada. Ella sabía que su hermano era el dueño del pub, por eso se habían citado allí. No había sido capaz de sacar ningún dato de su pasado a través de su palma, y mucho menos, de su futuro. La pobre charlatana había concluido que él tuvo que haber sido alguien querido y generoso toda su vida porque Dumbledore ahora es lo único que podía y sabía hacer. Él lamentó que, desgraciadamente, nunca hubiera sido así.

La sonrisa de una niña llenó sus pensamientos y recuerdos de un pasado que a veces era mejor no desenterrar hizo que Albus perdiera un momento de vista lo que ocurría enfrente.

La mujer había agachado la cabeza y sus ojos se habían puesto en blanco. La mano que sostenía la palma de Dumbledore se aferró con una fuerza inusitada y de su garganta no surgió esa voz falsamente melódica y etérea, sino una cavernosa y profunda, lejana e inquietante.

Dumbledore se quedó quieto, reconociendo fácilmente los síntomas de un trance. De un trance legítimo, genuino, real.

Una profecía que sus oídos escucharon completamente. Y que al otro lado de la puerta, un joven ambicioso de cabellos negros y de intenciones oscuras escuchó, aunque de forma parcial antes de que un arisco Aberforth Dumbledore le diera un golpe en la cabeza con la palma de la mano y lo sacara de malas maneras de su pub. Dumbledore oyó muy lejanamente ciertos comentarios acerca del uso correcto del champú antigrasa y dónde podría meterse esa narizota la próxima vez que le viera por allí…

Y lo que Dumbledore sí escuchó y sí se encargó de registrar con hilos plateados fue que…

"…El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca... Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes... Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce... Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida... El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso nacerá al concluir el séptimo mes..."

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Aquel Que No Debe Ser Nombrado agradeció a uno de sus súbditos más talentosos y más leales el haber sido tan diligente y de forma tan proactiva. Siempre supo que Severus Snape tenía más agallas y más potencial que ninguno de aquellos inútiles, peones en su tablero de juego y que le servían para un propósito. Un fin personal que no guardaba una relación directa con la perpetuidad de la pureza mágica, sino la perpetuidad de la suya.

Severus manejaba con maestría sus cualidades de la misma manera que manejaba las Pociones… con estudiada paciencia, añadiendo la dosis adecuada, el ingrediente justo, el tiempo necesario. Severus no tenía ni idea de lo importante que era para su Amo su vida, su paso eterno por el mundo y su dominio absoluto.

Sólo había dos parejas que se habían atrevido a desafiar abiertamente al Señor Tenebroso. Sólo dos parejas habían cometido semejante imprudencia tres veces y ambas parejas esperaban el nacimiento de sus hijos para el séptimo mes.

Longbottom.

Y Potter.

Los primeros eran miembros de una familia de Traidores a la Sangre y su hijo sangre pura podría ser quien tuviera el talento para pretender acabar con él. Los segundos iban a tener a un niño mestizo… hijo de un mago de sangre pura y una sangre sucia.

Tom Riddle elevó las pupilas rojizas y supo quién era su igual. Su secreto personal, su naturaleza oculta… él mismo era el hijo de un sucio muggle a quien eliminó en cuanto lo supo. Él mismo, mestizo pero con el poder de todos los magos de sangre pura del mundo. El hijo de los Potter sería entonces quien podría tener tal potencial, sería su igual.

Lord Voldemort no conocía la trampa de la profecía. No sabía del poder que tenía ese a quien había marcado sin saberlo. Tenía una profecía parcial, eso era todo.

Lo mataría antes de que ese mocoso supiese hablar.

La nueva misión de sus Mortífagos fue dar caza y dar muerte a James y Lily Potter y sobre todo, a su hijo. Y aquel que había cometido la imprudencia de revelarle al Señor Tenebroso la profecía se convirtió en el silencioso protector de la mujer que había amado desde la inocente infancia.

Mate al hijo… mate al padre… pero Amo… deje vivir a su madre. Deje que ella viva… se lo suplico… haré lo que sea…

Sentado solo, en Spinner's End, el muchacho de cabellos negros y apelmazados estaba atormentando su alma. Porque fue cuando el Señor Tenebroso anunció su decisión de dar caza a Lily Evans y su familia, que Severus Snape comprendió que nunca había dejado de amar a la mujer ni un ápice. Era peor que recibir en el pecho la Maldición Asesina. Era más tortuoso que el admitir que ella ya era inalcanzable por cuanto ella se había unido al ser más despreciable de la Tierra, de todos los hombres, ella tenía que haber elegido a Potter.

Su hijo no había nacido aún. Faltaban aún meses para eso, era tiempo suficiente para poder ir y avisarla, protegerla. Lo peor era saberse que era responsable de la sentencia de muerte que pesaba sobre ella. No soportaba la idea de no volver a ver jamás la luz de esos ojos verdes. Pero el Señor Oscuro no había cedido a la persuasión… había intentado centrar la importancia de Longbottom, un hijo de sangre pura, de una honorable familia mágica, hijo de dos de los aurores más peligrosos y mortíferos. Pero el Amo era caprichoso y había elegido. Había elegido personalmente que el niño con sangre Muggle era la amenaza.

Debía evitar la muerte de Lily. Le importaba poco el destino de su hijo y desde luego, de James Potter a quien odiaba más que a sí mismo. Y si eso significaba ponerse al servicio del mago que el Señor Tenebroso temía, que así sea.

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La lluvia golpeaba suavemente los ventanales de Malfoy Manor. Sin embargo, nada de ese frío ni de su humedad traspasaba las protecciones mágicas, de modo que incluso la temperatura estaba claramente protegida. Dentro de la Mansión, el aire era cálido y reconfortante, ideal para la pequeña cena de homenaje que había dispuesto Lucius con algunos distinguidos miembros del Ministerio y viejos compañeros de vocación.

Narcissa no tenía un vientre demasiado abultado. Tan sólo habían pasado unos cuatro meses de embarazo, pero ya tenía colocada una túnica holgada pensada en especial a brujas premamás. El corte imperio estaba diseñado específicamente para que no resultara a nadie desapercibido que en unos meses daría a luz a su primer y deseado hijo.

"Severus…" dijo ella, mostrando los dedos a su invitado. "Bienvenido y gracias por acompañarnos."

Snape hizo un amago de sonrisa y anotó la felicidad que irradiaba la elegante esposa de Lucius Malfoy. Su pecho notó un pinchazo cuando su mente registró automáticamente la imagen de una mujer para él aún más bella y con los ojos verdes más increíbles que jamás hubiera visto y que, como Narcissa, también estaba esperando su primer hijo hacia el verano.

Su mente se cerró en banda, como ya estaba acostumbrado desde hacía tiempo. Había aceptado trabajar para Dumbledore, a cambio de que éste protegiera a Lily Evans Potter… pensó, con los dientes apretados. Inclinó educadamente la cabeza, consciente de que sus maneras y sus movimientos carecían de la gracia y naturalidad de muchos de los que estaban allí. Pero curiosamente, Narcissa no pareció advertirlo.

"Severus…" dijo una voz burlona detrás de la mujer rubia. Los ojos negros de Snape se entrecerraron casi de forma imperceptible. "…No podías faltar tú tampoco…" Bellatrix tenía los hombros descubiertos y su melena negra relucía bajo las velas, capturando su luz y su energía. Ella enganchó el brazo en el de su hermana y sus labios finos y burlones se ensancharon en una sonrisa sinuosa. "Estamos tan felices… un nuevo miembro en la familia, que ya nos hacía falta." Sonrió a su hermana y Narcissa forzó una sonrisa incómoda, aunque no por ello su felicidad se vio mermada.

"Es una noticia excelente, querida Narcissa. Os felicito a ti y a Lucius." Contestó él ateniéndose a las más básicas normas de cortesía.

"Gracias, Severus." Respondió Narcissa con su acostumbrada frialdad.

"No puedo esperar el momento en el que esté con nosotros… mi sobrino… será todo un digno heredero de su familia… El Señor Tenebroso está más que satisfecho con la noticia."

Narcissa continuaba sonriendo, pero al escuchar a Bellatrix, la mueca se hizo tensa. Clavó sus ojos azules en Snape y volvió a forzar una actitud correcta y adecuada, mientras estiraba el cuello, asumiendo la actitud de quien finge con mucha clase que no ocurre nada.

"Severus, estoy segura de que deseas probar el whisky de fuego. Dobby lo ha adquirido directamente de nuestros suministradores de Inverness y lo han destilado para la ocasión."

"Sí, cómo no, estaré encantado de probarlo."

Snape saludó bruscamente con la cabeza y su larga capa negra revoloteó hacia la barra donde estaban otros destacados miembros de la sociedad mágica probando los tentempiés y el whisky, que sin duda era magnífico. Sin soltar el brazo que Bellatrix tenía aferrado, la llevó hacia la sala de música, contigua al salón comedor donde estaban todos los invitados y frunció el ceño.

"¿Qué demonios estabas diciendo antes, Bella?. ¿Qué quieres decir con que el Señor Tenebroso está satisfecho?"

Bellatrix alzó las negras cejas y los párpados siguieron caídos falsamente ingenuos sobre sus ojos oscuros.

"Oh, vamos querida… no finjas sorpresa. Sabes perfectamente que hay ciertas lealtades que se esperan transmitir de padres a hijos, generaciones tras generaciones y el Señor Oscuro no espera menos de mis familiares más cercanos." Hablaba con un tono de confianza y de cercanía hacia su Amo que sólo provocó que los ojos azules de su hermana se entrecerraran. Bellatrix por el contrario, rodó los ojos, pensando que el embarazo había embotado el sentido común de Narcissa. "Cissy… piénsalo…" añadió acercándose a ella, como si compartiera una confidencia de su infancia, dejando que la lengua descansara entre sus dientes, traviesa. "Avery… Rosier… sus hijos también luchan a nuestro lado y otros también están esperando para este año a futuros seguidores de nuestra causa… Nott… Goyle… Crabbe…"

Narcissa se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja y su mano reposó en el pendiente de brillantes que colgaban de ella, sonriendo forzadamente.

"Claro… es como una herencia…" musitó Cissy.

"Un orgullo…" dijo la mayor de las hermanas, anhelante. "Me siento muy satisfecha de saber que mi sobrino también formará parte de este mundo que estamos construyendo."

Se desprendió con gracia del brazo de Narcissa y antes de salir la miró por encima del hombro.

"Creo que deberías pensarte que asista a Durmstrang. Allí sí que enseñan verdadera magia…" dicho eso, Bellatrix se marchó.

Narcissa dejó de sonreír en cuanto su hermana salió de la sala. Se sentó en el banco frente al piano, durante unos momentos con el pensamiento puesto completamente en el conflicto interno… su deseo de que su hijo ante todo estuviera a salvo, frente a las expectativas sobre su futura carrera que las conexiones de su marido tenían puestas en él, incluso antes de nacer.

"Querida…"

Narcissa se incorporó automáticamente y estiró las manos hacia su marido. Lucius entró con la túnica de cuello alto y el cabello rubio perfectamente dispuesto sobre los hombros. Sus ojos grises se mostraron preocupados y enlazaron las manos.

"¿Estás bien, indispuesta?. ¿Prefieres irte a descansar? Yo puedo atender la recepción."

"No… no… estoy bien." Narcissa observó a su marido. "Tú tampoco pareces muy entusiasmado."

"No, no es nada. Estamos un poco nerviosos…"

Narcissa movió la varita y cerró así la puerta para poder hablar confidencialmente. Sin soltar la mano de Lucius, se sentaron en el banco del piano y le preguntó qué le ocurría. Hacía tiempo que Narcissa sabía leer las líneas de expresión de su esposo.

"¿Es acaso por la muerte de Evan…? La familia de mi madre estaba tan apenada…"

"La detención de Karkaroff, la muerte de Evan Rosier… Nos están yendo bien las cosas pero algunos en el Ministerio son hábiles." Murmuró Lucius, preocupado. Besó el cabello de su mujer para calmara. "No te disgustes, querida. No es bueno en tu estado."

"Lo sé. Sólo necesito saber qué está pasando."

"No te afecta a ti, ni a nosotros." Lucius habló en voz baja. "Habrás notado que tu hermana está feliz por cumplir una nueva misión… es una extraña asignación que nos ha hecho el Señor Oscuro."

Narcissa recordó que el buen humor de Bellatrix no era tan sólo por la perspectiva de ser tía. Hace tiempo que había aprendido que cuanta más dedicación tenía hacia su Amo, más radiante se encontraba Bella. De modo que era eso: Una misión más que diera sentido a su vida. No podía imaginar cómo Rodolphus era tan estoico en cuanto a la actitud de su hermana.

"Nos ha pedido que matemos a los padres de un niño que aún no ha nacido. Y si llegara a nacer… él deberá morir también."

Los ojos de Narcissa se agrandaron, incrédulos y su mano libre se fue automáticamente hacia su vientre.

"¿Qué… qué hijo?" preguntó temblorosa.

"No querida, no se trata de nuestro hijo ni de nosotros." La tranquilizó Malfoy. "Es algo sobre que podría ser una amenaza para él. Sería el hijo de los Potter."

Narcissa frunció el ceño. Le sonaban vagamente esos nombres pero no tenía mucha idea de ellos.

"James Potter… me suena su apellido, es de una familia de sangre pura… y ella…"

"Lily Potter." Añadió Lucius. "Una sangre sucia."

Narcissa arrugó la nariz, pensando en lo bajo que se podía caer cuando alguien de magia tan pura podía unirse a algo tan vulgar.

"Cariño… no comprendo. El Señor Tenebroso desea matar… ¿a esos dos y a un bebé?"

"Ellos le desafiaron directamente y el Amo desea desembarazarse de ellos."

"Sigo sin entenderlo… ¿es una visión, una profecía…?" preguntó agudamente Narcissa.

"No lo sé." Contestó Lucius. "Lo que sea, el Señor Oscuro lo cree y cree que tiene que terminar con ellos. Cree que nos ponen a todos y a nuestro bando en peligro."

"O sea…" Narcissa se mordió el labio. "Él no sólo cree en una visión, o un sueño del futuro… lo que sea, ¿sino que además piensa que ese niño es una amenaza?"

"Eso parece."

"¿Cómo es eso posible?" susurró Narcissa, temiendo pensar ni siquiera que tal vez, quizá, el Amo a quien servían estaba un poco trastornado. Sólo pensar eso podría significar su muerte o su tortura. O peor aún… ahora que estaba experimentando la maternidad, sabía qué era sentir una vida dentro de ella, Narcissa Malfoy se espantó de imaginar que el Señor Tenebroso estaba acosando a una mujer, sangre sucia, sí, pero iba a ser madre de otro niño.

"No tengo ni la más remota idea." Contestó Lucius, en el fondo, igual de confundido que su mujer.

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Narcissa se apoyó finalmente en el cristal de su dormitorio, después de la celebración. Había viejos rostros conocidos… desde Crabbe, hasta Nott, y algún que otro que no había tenido mucha oportunidad de ver como un joven Bartemius Crouch, que parecía tener cierta afinidad por el esposo y el cuñado de su hermana Bellatrix.

Antes de su embarazo, Narcissa tenía claras sus prioridades en la vida. Ahora que tenía una vida que dependía de ella, la guerra y la pureza de la sangre habían pasado a un segundo lugar, por encima de la seguridad de su familia y de su hijo.

Apoyaba completamente a su esposo. Pero también sabía que si llegara a darse el caso, Lucius sería más útil para ella y para su hijo si estaba vivo o fuera de Azkaban. El Señor Oscuro tenía una guerra y ella no dudaba de su legítima victoria. Pero aunque fuera una posibilidad remota, minúscula, Narcissa desde ese momento se aseguró que Lucius tuviera una posición cómoda y unos favores que tendrían que devolverle, en el caso de que perdieran esa guerra.

Eran unos supervivientes, no unos guerreros.

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El primero en nacer tenía el cabello tan claro que no era más que una pelusa en su cabeza. Nació entre algodones, entre encantamientos protectores y todas las comodidades que la riqueza y el poder pueden otorgarle. Tenía los ojos grises como los de su padre y la piel blanca y suave como la de su madre. Un verdadero ángel que había bendecido el hogar de los Malfoy y había hecho sentirse lleno de orgullo al viejo Abraxas. Y como él mismo reconocía, un bebé que tenía un genio que le recordaba a él mismo… ruidoso y caprichoso cada vez que sentía su hora de la toma.

Sólo había una mujer a quien el nacimiento del pequeño no le supuso la alegría esperada. Walburga Black grabó el nombre del pequeño Draco bajo los hilos dorados que surgían de la rama de su sobrina Narcissa. Un heredero varón… llegado demasiado tarde. Y ella sólo contaba…

…con su hijo traidor, con la vergüenza y con la humillación.

La varita le cayó al suelo. Estaba cansada, asustada y tenía la certeza de que acabarían invadiendo su hogar. Todos ellos, todos eran un peligro para su casa, lo poco real que a Walburga Black le quedaba en el mundo.

"Ama…" susurró el viejo y leal elfo doméstico. "El retratista ha llegado."

Walburga cerró los ojos y se colocó un chal sobre los hombros. Tal vez hablar consigo misma era lo único que podía hacer con sentido…

El segundo en nacer fue un niño redondito y sonrosado. Un niño de sangre mágica casi tan pura como el anterior, pero mucho más tranquilo y reposado. Neville nació en el seno de un hogar confortable y lleno de cariño, pero su presencia era mucho más desapercibida. Tenían que despertarle para darle de comer, e incluso despierto, no protestaba cada vez que tenía el estómago vacío. Su abuela Augusta no reconocía mucho de ella misma en su único nieto, segura como estaba que ella misma había sido todo un temperamento en su infancia… porque lo era en su madurez.

Pero su nacimiento no fue registrado en el árbol de Walburga. La distancia con los Longbottom era demasiado grande y demasiado lejana, aun para las familias de sangre pura.

El tercero en nacer fue un niño de cabellos negros como la noche y cuerpo menudo y de huesos finos y ligeros. Todos vieron automáticamente la versión infantil de su padre, excepto en el momento en el que el bebé abrió los ojos y eran tan claros como los de su madre, aún indefinidos pero todo apuntaba que ese pequeño había heredado la marca distintiva de Lily Potter, con permiso de su vivo color de cabello. Ese bebé que era el orgullo y la esperanza de sus padres, y a diferencia de los anteriores, no tenía unos abuelos que lo mimarían. Pero Harry sí contaba también con la comodidad que da el dinero de la familia de su padre y el saber que ellos y sus amigos eran una gran familia que le acogía con los brazos abiertos.

Su nacimiento tampoco quedó grabado en el árbol de la familia Black. Ni siquiera por el hecho de que desde que Harry Potter llegó al mundo, se había convertido en el ser humano por el que su padrino había jurado dedicarse al completo, un hijo adoptivo. Pero también es cierto que ese padrino, Sirius Black, era un renegado de su familia.

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Las sospechas, las bajas, el miedo y la incertidumbre pasaban factura. Mientras James y Lily permanecían ocultos, ninguno de ellos había dejado de luchar. Hasta ese momento Sirius no se había percatado de lo importante que era James para mantener el viejo grupo de los Merodeadores unidos. A pesar de que James era un caso, su descuido les había hecho perder su precioso Mapa en Hogwarts. Una minucia, teniendo en cuenta que ese Mapa de poco les iba a servir fuera del Colegio.

Remus desaparecía más de lo habitual. Podía pasar dos ciclos de luna llena sin entrar a las asambleas de la Orden. Y cuando le preguntaban, pocas veces respondía. Odiaba sentirse así, pero odiaba más el pensar que uno de sus mejores amigos podría estar también haciendo un juego sucio. Remus era un licántropo y éstos estaban definitivamente del bando de Tú-Ya-Sabes-Quién. Podría ser que Remus estuviera ganándose un lugar en el bando, sea cual fuere el ganador.

A veces por las noches iba a visitar a James y a Lily. Se sentaba junto a la cuna de Harry y le miraba dormir con el chupete moviéndose regularmente en su boquita y los ojos verdes que eran los de Lily cerrados en un sueño pacífico. Ponía el dedo en la manita y dejaba que la reacción automática de Harry fuera cerrar su pequeña palma alrededor de su dedo índice. Y Sirius sentía que la pérdida de su hermano pequeño, que parecía que había sido hacía eones, fuese mucho más liviana.

No había logrado saber más que a través de los Mortífagos capturados que Regulus Black desertó y obtuvo su merecido, seguro. Que ni siquiera había durado muchos días. Pero ninguno de aquellos prisioneros había sido capaz de decir, ni bajo el Veritaserum, quién había sido el ejecutor. Regulus había sido el idiota que había pensado que la vida dedicada a Tú-Ya-Sabes-Quién es un camino que uno puede dejar de recorrer en cualquier momento. Pero se arrepintió, o se acobardó.

Con Harry no haría eso… le escribiría cartas. Le haría regalos. Le mostraría que hay una vida más allá que el deber y la sangre. Harry no era de su sangre y no podría querer más al chiquillo. Y Harry sabría elegir bien, de eso estaba seguro.

En su fuero interno, Sirius lamentaba que Regulus no se hubiera plantado como hizo él. Sirius sabía que su destino habría sido acabar siendo un Mortífago, siendo un Black. Regulus tenía que haber dicho que no antes de eso. Amaba la libertad y dio libertad de elección a su hermano. Sólo que fue libre para equivocarse y pagó el precio.

Nunca dejó de lamentarlo.

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"Voldemort no se presenta en las casas de la gente y se pone a aporrear la puerta, Harry. Los engaña, les echa maldiciones y los chantajea. Está acostumbrado a operar en secreto." - Sirius Black. Harry Potter y la Orden del Fénix, Cap. 5.

Lord Voldemort tenía conocimiento exquisito de los que estaba buscando. Lily Potter, hija de muggles ya muertos y sólo con una hermana muggle en algún vecindario infecto. Y James Potter, hijo único de unos magos fallecidos hacía unos pocos años. Amigos íntimos de Traidores a la Sangre, sangre sucia y mestizos repulsivos.

Bellatrix rechazaba automáticamente cualquier relación con uno de esos amigos íntimos de los Potter, desde la seguridad y el convencimiento de que, por un lado, su querido primo había sido expulsado y desheredado de la familia y por otro, por el juramento personal que hizo a su Amo, garantizando que ella misma le mataría con su propia varita.

El otro era un licántropo mestizo… y el tercer amigo, un chico vulgar de sangre pura de hacía pocas generaciones, no especialmente fuerte ni talentoso. El tipo de muchacho del que nadie se acordaba. No fue difícil averiguar cosas sobre esos cuatro muchachos que habían terminado Hogwarts tan recientemente… Gryffindors, unidos como mininos a su mamá kneazle. Pero Lord Voldemort advirtió que pocas personas eran capaces de decir algo medianamente grandioso de aquel muchacho irrelevante.

Mucho mejor. Porque nadie repararía en él.

Bellatrix se relamió los labios mientras seguía agachada, sonriendo viva cuando sintió el dedo frío de su Amo posándose en su barbilla para que levantara el rostro.

"Rodolphus…"

Siempre era así. En lugar de dirigirle las palabras cuando había un mínimo contacto físico, el Señor Tenebroso disfrutaba trayendo a colación al tercero en discordia, por el mero placer de disfrutar de las reacciones de ellos. El marido de Bellatrix, inclinado junto a ella, no levantó su cabeza, oculta bajo una capucha. A veces era mejor no mirar con sus propios ojos y optó por la discreción.

"Sí, Amo."

"Tradme a ese muchacho. A Pettigrew."

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"Sirius, Sirius, ¿qué podría haber hecho? El Señor Tenebroso… tiene armas que no puedes ni imaginar… y tenía miedo, Sirius, nunca fui valiente como tú o como Remus o James. Nunca quise que ocurriera… Aquel Que No Debe Ser Nombrado me obligó… ¡Se estaba haciendo con todo!. ¿Qu—qué habría ganado si le hubiera rechazado?. ¡No lo entiendes!. ¡Me habría matado!"– Peter Pettigrew. Harry Potter y el Prisionero de Azkaban. Cap. 19

Fue fácil. Ese ser indefenso e inútil paseaba con el convencimiento de que su existencia era invisible para el resto de sus amigos. Su captura no requirió más que un par de Desmaius dignos de las clases de duelo de unos sangre sucia de segundo curso. Cayó como un fardo a los pies del Señor Tenebroso y Peter Pettigrew empezó a temblar y a sudar.

"Un Gryffindor… temblando y asustado. Qué bajo está cayendo esa casa desde que admite traidores a la sangre." Susurró la figura oscura, de perfil oculto bajo la capucha. Extrajo una varita extrañamente adornada, ligeramente curva por los movimientos y la magia oscura que había empleado durante décadas. La cabeza giró noventa grados y Peter sólo vio unas pupilas rojas que le atravesaban el cerebro mientras pronunciaba

"¡Legeremens…!"

Bellatrix abrió la boca satisfecha… ella personalmente disfrutaba con el dolor físico ajeno, de ahí que tuviera un magnífico control sobre la maldición de la tortura. Pero en manos del Señor Tenebroso, cualquier hechizo estaba abocado a ser un arma mortal. La Legeremancia podía ser, de este modo, una tortura a la mente tan satisfactoria como era el propio Cruciatus al cuerpo. Y no había nadie capaz de realizarlo, más que el Amo. Admiró la forma en la que el Señor Tenebroso era capaz de extraer los recuerdos de su víctima como deshojando una margarita. Su admiración de nuevo se confundía con los anhelos secretos de la joven.

Podría ser con un Imperius, con la coacción, o con el control de los miedos y temores más íntimos y personales. O con todas esas cosas conjuntamente, además de palabras lisonjeras y amenazas veladas bajo ellas. Lord Voldemort atrajo al muchacho que se sentía invisible entre sus amigos. El espía perfecto.

Perfecto porque, ¿quién iría a fijarse en un ser tan inútil y despreciable? Precisamente, uno de los individuos más inteligentes y retorcidos que habían pisado esa tierra. Desde el otoño de 1980, el alma y el destino de Peter Pettigrew pasó a pertenecerle a Lord Voldemort.

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"Él (Sirius) no estaba hecho para quedarse sentado en casa mientras los demás se encargaban del trabajo más peligroso. Si no hubiera ido a ayudar, jamás se lo habría perdonado..." – Hagrid. Harry Potter y la Orden del Fénix, Cap. 38.

Hacía apenas tres días, Sirius había sabido del asesinato de una familia de magos, tan sólo porque ella tenía un cabello rojizo brillante, él tenía el pelo oscuro y tenían un bebé que resultó ser una niña. Su corazón había dado un vuelco ante la sola idea de imaginar que ellos habían sido James, Lily y Harry, para a continuación sentirse igual de mal por pensar que, después de todo, habían muerto tres inocentes, y que ellos también eran personas queridas para sus familias y sus amigos. En algún lugar, habría un hermano que también estaría llorándoles, y preguntándose qué pecado habrían cometido para haber sido asesinados brutalmente.

Una niña. Un bebé…

"Sirius…"

Los ojos grises pestañearon cuando escucharon entrar a su amigo, Remus, con el rostro cansado y alguna herida nueva en la cara.

"Remus… no viniste anoche. Teníamos reunión y no viniste."

Remus suspiró y se apoyó en la pared.

"¿Qué estás queriendo decir?" preguntó débilmente el licántropo. "Porque no es muy propio de ti el estar dando rodeos."

Sirius resopló. Por enésima vez Remus evitaba responder, amparándose en una de esas misiones super-secretas que él también parecía tener encomendadas. Ya no recordaba el tiempo en el que Remus era como una extensión de su brazo, como alguien en quien podían confiar por su sensatez y su calmada perspectiva. Aquel por lo que tres quinceañeros habían decidido convertirse en animagos ilegales. Ahora, Sirius Black no estaba seguro de si haría semejante esfuerzo por Remus Lupin.

"Da lo mismo." Dijo Sirius, marchándose y casi dándose de bruces contra Gideon Prewett, que iba seguido por su hermano. "Perdona, Gideon."

"No pasa nada… eh, ¿y esa cara larga?" le preguntó Gideon, captando inmediatamente la tensión que había en la sala.

Remus suspiró.

"Podríamos preguntarles por qué ellos también han faltado, ¿no te parece, Sirius?"

Sirius le lanzó una mirada asesina pero antes de que respondiera, era Fabian el que había intervenido con un acento despreocupado, tan típico de ellos.

"Ya… bueno, una pena. Pero ya conocéis a Molly… cocina de maravilla y sigue teniendo capacidad de persuasión a pesar de haber dado a luz hace unos meses al pequeño Ronniekins..."

"Sin olvidarte de la persuasión de los otros enanos." Añadió Gideon sonriente.

"No nos han dejado en paz..."

"…lo cual tiene sentido…"

"…si os paráis a pensar, porque nosotros molamos mucho más que el pobre de Arthur…"

"…no tenemos ni idea de cómo son capaces de vivir con todo eso… tuvimos que acostar a los enanos…"

"…y ya han encargado a otro…"

"¡…si ya tuvieron a Ronniekins este marzo…!"

"…muy triste, el hechizo anticonceptivo se supone que funciona…"

Apenas una semana después de esas risas, Fabian y Gideon Prewett murieron llevándose por delante a cinco mortífagos y cubriendo la escapatoria de la familia de un mago de sangre Muggle. Sirius sin embargo, no se sintió más tranquilo con respecto a las sospechas hacia su amigo, porque después de todo… Remus seguía vivo y a la larga, todos iban cayendo, uno a uno, despacio. Dorcas… Edgar… Caradoc… los Prewett…

Sólo tenía clara una cosa: James, Lily y Harry eran inocentes. Y él sabía que él mismo era leal a la Orden y a sus amigos. Pero no podía responder por el resto. No se acordaba ni tan siquiera de Peter. Después de todo, Wormtail nunca contaba.

Nunca dejó de lamentarlo.

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"Se quedó observando el estadio de quidditch que se distinguía a lo lejos, por la ventana. Sirius había aparecido allí en una ocasión, bajo la forma del peludo perro negro, para ver jugar a Harry. Seguro que lo había hecho para comprobar si era tan bueno como lo había sido James, pero Harry nunca se lo había preguntado." – Harry Potter y la Orden del Fénix, Cap. 37.

Con doce meses de vida, Neville era un bebé tranquilo y cariñoso. Le gustaba que le hicieran cosquillas por las piernas… como si le subiera un escarabajito hasta el cuello, y entonces se reía a carcajadas. La mayor parte del tiempo no demostraba ninguna habilidad mágica. Pero no hacía falta: sólo sus padres sabían que cuando Neville tocaba la varita de su madre, esta sonaba como si tuviera una nana como núcleo, y no un cabello de unicornio.

Ni Alice ni Frank jamás habían dicho nada al respecto. Era algo que compartían ellos tres, era algo íntimo y era algo que sólo les pertenecía a ellos. Su único deseo era disfrutar de su niño y no tenían ninguna prisa porque alguien tan pequeño pudiera invocar un Expelliarmus. ¿Para qué? Neville sabía decir mamá y papá y reconocía a la familia señalándola con un dedito. No era muy hablador pero miraba todo con ojos grandes y castaños. Pero también era un poco torpe. Sabía andar, pero lo hacía inseguro y se apoyaba constantemente en muebles que notaba lo suficientemente estables. No protestaba si no había más comida, en especial la dulce. Sólo esperaba pacientemente a que su madre dejara de hablar con la cucharita en alto y él continuaba con la boquita abierta, esperando con una inocencia especialmente conmovedora en su rostro redondito. Porque Neville sabía que su mamá nunca iba a dejarle solo.

Su mamá siempre le daría algo básico, algo valioso, aunque cupiese en una pequeña cucharita.

Harry era rápido y ágil. Se caía, bastante además, pero se incorporaba y continuaba como si no hubiera pasado nada. Incansable, resistente. También, como Neville, reconocía a sus más allegados y miraba con recelo, fijamente, a quienes no conocía de antemano.

Lily sonreía en la puerta de casa cuando James hacía volar la escobita que Sirius le había enviado. Su primera escoba… y pasaba a diez centímetros del suelo como si Harry hubiera volado siempre… Lo llevaba en la sangre. Se ponía de pie en la cuna y estiraba la mano como si quisiera aferrar ya las pequeñas snitchs de peluche que estaban en el móvil de la cuna. Y James sonreía y Sirius se hinchaba de orgullo.

Ese niño será Buscador, Prongs. Ve asumiendo que no hay nada de cazador en él… pero te admitio, tiene el Quidditch en la sangre.

A veces Sirius veía el pelo negro y la mano blanca, estirándose como si alcanzar una de las snitchs fuese lo más importante de su corta vida. Y pensaba en otra persona de cabello negro y vocación de Buscador. Un chiquillo con quien había compartido muchas cosas… un espejo doble… un bocadillo… el deseo de poseer una navaja que lo abriera todo…

…una madre… un padre… un destino trágico…

Tenía su oportunidad de redimirse a sí mismo, cualquier error que pudiera haber cometido, con Harry. Si él pudiera evitarlo, Harry no sería castigado a la soledad, ni a una infancia dolorosa, ni a un destino predeterminado por otros…

Harry sería libre. Como Sirius siempre quiso ser libre.

Sirius se guardó la fotografía de las tres personas más importantes que tenía en el mundo, contento de ver que Harry adoraba la escoba que le había enviado como regalo de primer año. Claro que se había enterado de la muerte de Marlene y de los McKinnon… Era terrorífico. Y todo era sospechoso, incluso el hecho de que Dumbledore hubiera pedido la Capa de Invisibilidad de James… pero eso ya no iba a protegerles. La Capa podía ocultarlos, pero la Capa no protegía del Avada Kedavra de Lord Voldemort y sus Mortífagos. La Capa, como el Mapa, había sido útil en Hogwarts, pero de poco les habría servido fuera de allí.

Tenía que haber otra solución.

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"…Que la persona que más quería Sirius en el mundo eras tú, y que tú (Harry) lo considerabas a él una mezcla de padre y hermano." – Albus Dumbledore. Harry Potter y la Orden del Fénix, Cap. 37.

"No me importa, Dumbledore. Me da igual, mientras James, Lily y Harry estén a salvo, quiero que todos los Mortífagos del Reino Unido piensen que yo soy el único que conoce su paradero. Quiero que todos piensen que soy el Guardián Secreto."

Dumbledore frunció levemente las cejas blancas y miró con ojos agudos a través de esas gafas con forma de media luna… brillantes y perspicaces.

"¿Estás totalmente seguro?. Es un riesgo muy alto, y no siempre tendrás a alguien que te cubra las espaldas."

Sirius emitió un suspiro hondo y no dejó de fruncir el ceño, mordiéndose los carrillos internos, tomando una decisión que costaba tanto como una poción amarga.

"No me importa." Repitió. "No se trata de protegerme a mi, Dumbledore. Se trata de protegerles a ellos."

Escuchó pasos y unos golpes en la puerta. La voz dulce de Lily que mandaba callar a Harry a quien James traía en brazos. La mirada de Sirius se ablandó cuando vio entrar a la pareja y a su ahijado.

"Eh, bien… ahí está tu padrino. Pa-dri-no…" comentó de buen humor James. "Haz el favor de ejercer como tal y machacarte las cervicales un rato. Este niño parece que come piedras."

Harry sonrió en cuanto vio a Sirius y le echó los brazos y su padrino cargó con él como si fuese un padre experimentado. Dejó que Harry le tocara la cara y el pelo y a continuación intentara agarrar cualquier cosa que hubiera por encima de su hombro.

"'Irus" balbuceó el niño.

"Eso es, Harry." Dijo orgullosamente Sirius. "Papá, mamá y Sirius."

"Podría yo ser el Guardián Secreto." Sugirió Dumbledore, mirando a los tres interesados.

"No…" dijo Lily negándose. "Lo hemos hablado ya. No es que no confiemos en usted… pero Sirius es nuestro mejor amigo. Confiamos en él nuestra vida, es una cuestión personal."

Sirius elevó la barbilla, apartando suavemente la cara de las manitas de Harry.

"No tengo miedo, Dumbledore. Antes me mataría yo mismo, me da igual la fama de torturador que ese cabrón tenga, de Legilimens o los medios que tenga a su alcance. Yo seré el Guardián Secreto."

"El Encantamiento Fidelio es más fuerte cuanto más fuerte es el vínculo." Intervino James con voz pausada.

"Lo sé." Dijo tranquilamente Dumbledore. "Y lo comprendo. Como deseéis. No retraséis el Encantamiento. El Guardián Secreto será Sirius. No podemos esperar mucho más, Voldemort tiene oídos en todas partes y su cerco se estrecha sobre vosotros. Tiene un espía en la Orden desde hace meses. Dentro de una semana estaremos ya en noviembre, un poco más y habremos pasado ya casi un año y medio de vida para Harry. Tenemos que hacer que sean muchos más."

Sirius aferró a Harry contra sí.

"Tranquilo, pequeño. Moriré antes de permitir que te hagan ningún daño. Tranquilo, Harry…"

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"Sirius era un hombre valiente, inteligente y enérgico, y los hombres como él no suelen contentarse con quedarse sentados en su casa, escondidos, cuando creen que otros corren peligro." – Albus Dumbledore. Harry Potter y la Orden del Fénix, Cap. 37.

"¿Quieres comer algo más Sirius? Tengo tarta de melaza, aunque no me sale tan bien como la hacía la madre de James." Lily sonrió y ambos escucharon a James en el sofá del rincón de la chimenea, cantándole el himno del equipo de Quidditch de Gryffindor a Harry, prácticamente dormido completamente. "Pero estoy aprendiendo… me gusta a veces ponerle sabores que recuerden a casa." Dijo ella con melancolía. "A cosas bonitas. Últimamente todo se hace cuesta arriba."

"Sí que quiero más. Para mi esa tarta me trae los mejores sabores, Lily." Dijo él, dejándose acunar también por la voz de James. "Sólo he sentido que tenía un verdadero hogar el año en el que estuve con Prongs y sus padres. Echo de menos la comida de los domingos con ellos. O estar aquí, con vosotros, si no fuera porque estáis obligados a estar ocultos. Cómo quiero que termine ya esta guerra."

"Lo sé." Dijo ella. Cortó un trozo de tarta y la puso en un platito que ofreció a Sirius. A continuación, ella alzó los ojos tristemente hacia el reloj de la pared. "Ya es la hora…"

Diez segundos después, Lily levantó la protección anti-Apariciones y un crack anunció la llegada de un segundo invitado en Godric's Hollow.

"Ho… hola." Dijo el pequeño personaje. "Lily…"

"Sssh…" dijo James desde un rincón. "Wormtail, habla bajo, despertarás a Harry y es imposible dormirlo cuando está su padrino cerca."

Sirius sonrió de oreja a oreja.

"Harry sí que sabe a quién quiere…" susurró metiéndose un trozo de tarta en la boca. "Wormtail, ¿quieres un poco? Esta tarta está cojonuda."

"No… no…" Peter parecía un poco indispuesto y se sentó en una de las sillas del comedor, aunque apartado de Lily y Sirius. "No, gracias." Repitió.

Lily sonrió dulcemente a su amigo.

"Vamos, Peter… No pasa nada. De verdad, si no quieres hacerlo lo entiendo. Sirius a veces tiene unas ideas de cuidador de dragones…"

Sirius hizo además de responder, pero tenía la boca llena. Fue Peter el que habló.

"No… de verdad que quiero hacerlo. Creo que sí… creo que Sirius ha tenido una idea excelente. Es él quien estará el peligro de todas formas…" añadió, pero tembloroso.

Sirius finalmente tragó su trozo de tarta.

"No hay más que hablar. Ni siquiera Dumbledore sospecharía, todos pensarán que yo soy el Guardián Secreto, vendrán a por mi, y qué mejor protección."

"No me gusta, Sirius." Dijo en voz baja James, acercándose. "No me gusta que te tengas que exponer tan abiertamente. Dejemos que la Orden disperse a los Mortífagos, repartamos la atención."

"Me siento mucho mejor sabiendo que yo soy el cebo." Dijo Sirius seriamente. "No les tengo ningún miedo, y no temo morir por vosotros. Te incluyo a ti, Wormtail, aunque no lo creas."

Peter hizo una mueca, pero no contestó.

James le acercó Harry a Lily para que le diera el beso de buenas noches y se dispuso a llevárselo a su dormitorio en el piso de arriba. Antes de eso, se dio la vuelta hacia Sirius.

"Gracias, de verdad. Yo… no sabéis lo mucho que aprecio lo que estáis haciendo por Lily, por Harry, por mi. Sólo desearía ser parte de ello pero…" miró a su hijo, con el conflicto de intereses dibujado en sus atractivos rasgos. "…por Harry, no puedo." Alzó los ojos color avellana a sus amigos. "Gracias, ni un hermano habría hecho esto por mi."

Sirius negó con la cabeza.

"Tú me has mantenido honesto, James." Incluso Lily levantó los ojos sorprendida, tan acostumbrada a que Sirius raramente empleara el nombre de su marido para dirigirse a él. "Tú me has mantenido a raya, desde que éramos niños. No te rías…" no pudo evitarlo, ya que James había sonreído irónicamente ante la idea de que él fuera quien mantuviera a Sirius bajo cuerda, y no Remus como solía ocurrir. "Tú me enseñaste a ser mucho mejor de lo que soy. A no sentirme humillado por mis orígenes, a que puedo ser algo más que un Black. Moody no confiaba en mi cuando me alisté en la Orden. Cuando hice lo que hice con Snape y el maldito Sauce Boxeador… tú fuiste quien me marcó el límite de lo que es una broma y lo que es algo éticamente censurable. Eres tú quien siempre has demostrado tener confianza en mi y sólo sé una forma de devolverte esa lealtad. Has confiado en mí la vida de tu hijo si a ti y a Lily os ocurriera algo y ahora os está ocurriendo algo. Tengo que hacerlo, por favor. No es por mí. Es por él." Dijo Sirius señalando a Harry. "Y por vosotros."

Lily sonrió a Sirius y de pie detrás de él, le rodeó el cuello con los brazos, incapaz de mostrar agradecimiento con palabras. Sólo pensaba que había una persona en el mundo a quien le importaba su familia tanto como a ella misma y eso no podía apreciarlo lo suficiente ni agradecerlo de manera que no sonara sensiblero ni ñoño. Pero Lily era una madre joven y era una joven inteligente. Se enamoró de James por su enorme capacidad de amar y confiar en los demás, por su lealtad a la gente y su dedicación altruista sin esperar nada a cambio de ellos. Lily sólo podía agradecer que James tuviera un amigo tan devoto como Sirius, porque era lo que James se merecía.

Nunca lamentó esa hermandad.

-o0O0o-oOo-o0O0o-

En el salón de Godric Hollow's, tres adultos presenciaron el Encantamiento Fidelius. Fue Lily quien sacó la varita y no necesitó de un libro de encantamientos. Cerró los hermosos ojos verdes y se concentró, tocando con la punta de su varita la frente del que iba a Guardar El Secreto.

"Fidelius Arcanus"

La varita resplandeció y era tan similar a un Encantamiento Patronus, que si no fuera por el brillo dorado que empezaba a surgir de la varita, todos habrían creído que Peter era un Dementor al que expulsar de allí. Peter empezó a cubrirse de la delicada luz dorada y no se movió.

"Fidelius Magnus"

El brillo incrementó su intensidad y Lily retiró la punta de la varita de la frente de Peter. Como si extrajese de ella, de su cerebro, algo, la luz que rodeaba a Peter pareció arrastrada por la delicada madera que ella sostenía y formó delante la forma de un brillante pergamino.

"Fidelius Manifestus"

Peter sacó entonces su propia varita y James tomó de la mano la de Lily, para acabar el Encantamiento juntos.

"Peter Pettigrew," dijo ella con voz cristalina. "¿Prometes por tu honor ser el Guardián Secreto de James y Lily Potter?"

"Lo prometo."

La varita de Peter recibió un destello de luz dorada y la intensidad de ésta disminuyó.

"¿Prometes por tu honor que serás quien esté vinculado con nosotros bajo juramento mágico de nuestro destino, los de James, Lily y Harry Potter?"

"Lo prometo."

La luz volvió a repetir el mismo movimiento hacia la varita del pequeño mago.

"¿Prometes por tu honor que guardarás el secreto de nuestro paradero, siendo éste inaccesible para aquellos a quienes no se lo reveles?"

"Lo prometo."

"¿Y prometes por tu honor que cumplirás esta misión hasta que te liberemos de ella?"

"Lo prometo."

"Finite Fidelius."

La luz fue absorbida por la varita de Peter y éste cerró los ojos como si hubiera él mismo absorbido toda su energía. Contuvo la respiración y con un chasquido, la varita y su cuerpo parecieron volver a una posición más natural. Peter bajó los hombros, y sonrió. Apartó la vista cuando vio las frentes de James y Lily unidas, ambos completamente seguros de que ahora ya estaban un poco más a salvo, un poco más seguros.

La sonrisa de Peter no desapareció de sus labios. Peter conocía perfectamente la naturaleza de Sirius Black y la fama que le precedía. Sería todo tan fácil… Si Sirius lo hubiera previsto, jamás habría permitido este arreglo de última hora.

Nunca dejó de lamentarlo.

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Y en la noche de Halloween de 1981, Lord Voldemort por fin averiguó el Secreto… su plan de atraer, manipular y someter al débil y rastrero antiguo amigo de los Potter había dado resultado. Ninguna profecía se iba a cumplir porque esa misma noche ese niño moriría.

No fue difícil matar a Potter. Sin varita, el muchacho sólo se puso delante para ganar tiempo… sí que era un auténtico Gryffindor, no como su patético amigo Pettigrew. Valiente hasta el punto de ser idiota pues se había sentenciado y Voldemort sabía que Potter lo sabía. Agitó la varita y la casa tembló, agitó la varita y la luz verde apagó la luz de James Potter, para siempre. Tenía que reconocer que el joven había tenido agallas, un sacrificio que había ganado sólo segundos. Un minuto a lo sumo, aferrándose a la mínima esperanza de que ese tiempo sería suficiente para su familia.

Su esposa era harina de otro costal. No tenía ninguna intención de matarla a ella… y Lord Voldemort se consideraba generoso con sus súbditos. Severus le había informado de la profecía, no veía inconveniente en darle ese gusto.

Podría perdonarle la vida a la sangre sucia.

Y ella estaba aferrada a su bebé, al que colocó en la cuna.

"Eres la mujer de mi vida, Lily. Moriría por ti y no dudes eso nunca."

"¿Desde hace cuánto que tienes este anillo?"

"Tres años, ocho meses y nueve días. No. Diez días. Sabía que lo acabarías aceptando."

"¿Tienes que ser tan encantador, incluso cuando estás herido?"

"Hum… sí. Ya me conoces."

No se conmovió cuando vio las lágrimas de esos ojos verdes que estaban inundados de recuerdos de su marido recién asesinado. El Señor Tenebroso no se conmovió ni pensó que eran los ojos verdes más hermosos que hubiera visto nunca. Ni tampoco se conmovió cuando escuchó la súplica por la vida de su hijo a cambio de la suya propia.

Le ofreció vivir, y ella, valiente hasta el punto de ser idiota como buena Gryffindor, escogió morir.

Lo demás, nunca lo había previsto. Pues en ningún libro de Historia, en ningún arcano ni en ningún mito, en ninguna profecía ni en ninguna leyenda jamás nadie había hablado que esa opción había creado la protección mágica más grande. No había precedente.

La Magia Antigua.

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"Y es que cuando un mago se pasa al lado tenebroso, no hay nada ni nadie que le importe..." – Hagrid. Harry Potter y el Prisionero de Azkaban. Cap. 10

Aterrizó con la moto ruidosamente, sin importarle el hecho de que pudieran reconocerle, que pudieran salir a por él. Algo andaba mal, algo iba terriblemente mal y tenía que verlo con sus propios ojos… rumores de que algo extraño había pasado… Tú Ya Sabes Quién… un ataque a quienes se decía que llevaba un año y medio buscando desesperadamente…

La casa estaba destrozada. Y Sirius jadeó… esperando que fuese el final de Voldemort… no el de sus amigos. Pero sólo acertó a distinguir algo… dos cuerpos inconfundibles tumbados en el suelo… cubiertos por sendas capas y una figura enorme, de cabello y barba espesos, que desde ahí Sirius podía escuchar llorando.

NO… NO… ¡¡¡¡NOOOOO!!!!!

Hagrid levantó la cabeza, sorprendentemente ni siquiera se había dado cuenta del ruido del motor de la moto mágica de Sirius Black. Sólo el aullido del dolor y la desesperación le hizo fijarse en el joven de cabellos negros y brillantes y su rostro apuesto completamente desfigurado por el dolor más puro.

Prongs… James… ¡¡¡JAMES!!!!

Estalló en un llanto que era un grito y pronunciaba su nombre como una letanía, como si eso fuese a invocar un antiguo hechizo. Una magia que ni los Inefables del Departamento de Misterios habían conseguido descubrir. Pero era inútil, pues nada puede devolver nada a la vida.

Y James estaba muerto. Su mejor amigo, su único hermano. Sus gafas estaban a su lado, pisadas, rotas. Sirius agarró su cabeza y la aferró contra su pecho, sin importarle nada más que el dolor más intenso que había sentido jamás, ni siquiera esos Cruciatus que le habían dirigido durante la guerra eran tan agudos como la desesperación de haber perdido…

…A Prongs… lo mejor de sí mismo…

"No tienes ni idea de la envidia me das. A mi me encantaría recibir un Vociferador."

"¡Yo seré Gryffindor como mi padre, donde residen los valientes de corazón!"

"Eres mi mejor amigo, Sirius, eres mi hermano."

Sirius Black se arrodilló junto a su amigo, muerto sin ninguna herida, sin ningún golpe. Ni siquiera tenía la varita en la mano. ¿Por qué iba a tenerla? James era tan idiota como era él… jamás habría usado la varita sabiendo que uno de sus mejores amigos estaba Guardándole el Secreto… James había muerto con el dolor de pensar que había sido traicionado… y Sirius lloró porque comprendió que James había muerto…

Con el corazón roto y traicionado.

Las lágrimas caían a su lado, y Sirius aferró la cabeza en su pecho, y su sollozo era desgarrador. Había dolido la muerte de Regulus, del chico que le colaba la comida, con quien aprendió trucos, con quien jugaba al Quidditch, con quien memorizaba nombres y apellidos insoportables… pero James... Era James y había muerto lo mejor de Sirius Black.

Y Lily… la hermosa Lily… la que había hechizado en todos los aspectos a James desde que la vio en uno de los botes que llevaban a Hogwarts. Lily, la chica que podía echarle maleficios tan eficaces como él, y aún así James seguía loco por ella. Porque sabía, siempre lo supo, que ella era la mujer de su vida y que debajo de ese odio, Lily le amaba. No era un iluso.

Y Harry…

¡¡¡HARRY!!!

Depositó con cuidado el cuerpo de James en el suelo, y le besó la frente. Pero el dolor se tuvo que hacer a un lado por la necesidad más apremiante. Eran a Harry a quienes estaban protegiendo…

Hagrid le dio unas palmadas en el hombro porque a pesar suyo, vio que aquel chico gamberro y descarado que había conocido desde que el chico tenía once años, estaba desencajado, pálido y tembloroso.

"Tranquilo… Sirius… Harry está bien… me lo iba a llevar en cuanto llegaran los de la Orden a recoger…" Hagrid sorbió por la nariz y pestañeó para apartar los lagrimones de sus ojos. "…bueno… ya sabes." Le mostró el bultito que llevaba en el otro brazo y Sirius abrió los ojos grises… y miró a Hagrid con una expresión extraña en el rostro.

"Dame a Harry, Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él…"

Hagrid bajó las cejas, apenado… porque reconocía la verdad en esas palabras. Todo el mundo sabía que James y Lily habían dispuesto que su hijo quedara a cargo del mejor amigo de James. Pero no podía entregárselo.

"No puedo. Lo siento."

"¿Cómo?" los ojos de Sirius no brillaron con dolor, sino con furia, contrariados.

"Dumbledore me envió y fue muy específico. Dice que Harry debe ir a casa de sus tíos."

"¿De qué demonios hablas?"

Hagrid apartó ligeramente a Harry, sorprendido de la reacción visceral, no por Sirius, sino porque estaba furioso en cuestión de segundos, cuando hacía unos momentos parecía tener el alma rota.

"Dumbledore dice que no puede quedarse contigo. Que es muy peligroso."

"¡¿Estás diciéndome que yo no podría cuidar de él?!. ¡¿Que no daría mi vida por Harry?!"

"Dijo que el único lugar donde Harry va a estar a salvo, es con sus tíos."

"¿¡Los muggles?!" Sirius lanzó los brazos y se llevó las manos a la cara, conteniendo con enormes esfuerzos una reacción mucho más violenta. Era imposible, era su peor pesadilla y ni siquiera diez mil boggarts habrían sido capaces de representar todos sus miedos en una única escena. Era estar soñando con lo peor que le podría estar pasando.

"Lo siento Sirius. Dumbledore… no se equivoca nunca."

Sirius apartó las manos de la cara y miró extrañamente a Hagrid. Entonces su mente se llenó de recuerdos… de las corbatas dorada y escarlata tiradas por el suelo del dormitorio de la Torre de Gryffindor. Las risas y las peleas. El Mapa que habían creado y extraviado. El duro aprendizaje para ser animagos. Los ojos avellana de James y la certeza que siempre supo que él iba a ser el mejor amigo que una persona jamás pudiera haber tenido.

Lo siento Remus. Desconfié de ti. Dumbledore tenía razón: él tuvo que haber sido el Guardián Secreto. Ni siquiera yo. Ni mucho menos…

Peter.

Hijo de puta. Peter… PETER PETER PETER PETER…

Hagrid se sorprendió de la docilidad de Sirius. Había pasado por tantos estadios emocionales que no dejaba de estar desconcertado con el muchacho y su mortífera calma.

"Llévate la moto, Hagrid." Dijo con una voz heladora. "Lleva a Harry donde pueda estar seguro. Yo ya no la necesitaré."

Hagrid frunció el ceño, totalmente perdido y ni siquiera reaccionó instintivamente cuando Sirius se aproximó a Harry y besó su frente.

"Está herido…" susurró y sacó la varita. La herida en zigzag de su frente no sangraba ya, pero no se curaba. "No se cura…" miró entonces extrañado a Hagrid. "No sé cómo ha sobrevivido, pero aseguráos de que está bien. Tengo que irme."

Y fue la última vez que Hagrid vio a Sirius… en mucho tiempo. Con un crack, Sirius Black Desapareció esa noche maldita de Halloween. Encontró a Peter y no opuso resistencia cuando, en pleno shock, presenció a su antiguo amigo matar a doce muggles y cortarse su propio dedo. Cornelius Fudge se presentó con los Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales y ordenó la detención del traidor Black. Nadie se cuestionó su culpabilidad…

El Guardián Secreto, el que había revelado el paradero de sus amigos.

El asesino de amigos y enemigos. El traidor a la Orden del Fénix y a los más básicos principios de lealtad y amistad. El pobre Peter fue condecorado a título póstumo como consuelo para sus admiradores y su madre anciana.

Y los únicos que sabían la verdad de lo que pasó el 31 de octubre de 1981 estaban muertos.

-o0O0o-oOo-o0O0o-

"¿Qué más da que sea mi prima? Por lo que a mí respecta, ya no son familia mía. Ella (Bellatrix), desde luego, no lo es. No la veo desde que tenía tu edad, exceptuando el día de su llegada a Azkaban. ¿Crees que estoy orgulloso de tener un pariente como ella?" – Sirius Black. Harry Potter y la Orden del Fénix, Cap. 6

Sirius Black fue condenado y sentenciado sin juicio previo a cadena perpetua a Azkaban, acusado de ser un seguidor de Aquel Que No Debe Ser Nombrado, de James y Lily Potter, de Peter Pettigrew, de haber conspirado y traicionado al Ministerio de Magia, filtrando información privilegiada de los movimientos de sus funcionarios, especialmente de sus Aurores. Se le imputó también la muerte de doce Muggles y estaba pendiente de verificar otros posibles crímenes cometidos durante la llamada Primera Guerra.

No había pasado ni dos meses, cuando los rumores en Azkaban decían que habían encarcelado finalmente a cuatro de los seguidores más devotos del Aquel Que No Debe Ser Nombrado. Azkaban no es el patio de un colegio, es una prisión donde sus carceleros no te soplan secretos a cambio de pequeños trueques. Los Dementores no conocen el chantaje, ni el soborno ni el lloriqueo o la súplica.

Y la vio. Bellatrix, su marido, su cuñado y un muchacho que había visto alguna vez Sirius en alguna batalla. Barty Crouch, delgado y de mirada desafiante, irónicamente el hijo que le había condenado a él sin un juicio. Rodolphus y una engañosa impasibilidad. Rabastan y su desconcierto. Pero Bellatrix iba con la cabeza alta, demostrando que podía ser reina en cualquier parte. Y cruzaron las miradas. Ella sonrió salvajemente y le apuntó con el dedo, carcajeándose. A pesar de la presencia de los Dementores, la risa de Bellatrix rasgaba el aire porque no tenía alegría ni humor pero sí encontraba enormemente gratificante que él estuviera ahí acusado de ser quien sirvió en bandeja de plata a los Potter. Porque Bellatrix sabía que Sirius Black jamás había servido al Señor Oscuro.

"Estás aquí y piensan que eres tú quien hizo caer al Señor Oscuro!!.... ¡¡¡Tú!!!!"

En otras circunstancias, Sirius lo habría encontrado provocador y gracioso. Tenían ambos un sentido del humor bastante peculiar. Se habría enzarzado en una batalla. La odiaba. Y estaba allí… por haber torturado a los Longbottom. La mataría. Si salía de allí con vida, la mataría.

"Eso me salvará a mi, Bellatrix." Dijo él con una voz sorprendentemente calmada. "¿Quién te salvará a ti?. ¿¿Él??"

Se retiró de la ventana cuando notó la angustia en el pecho por la presencia de uno de sus carceleros… cuatro tenía asignados personalmente y Sirius se hundió en la pared del fondo. Se dejó caer al suelo apoyando la espalda en la pared.

Sirius pasó doce años en esa prisión, con su cordura pendiente de un hilo muy fino. Doce años eran prácticamente los que había pasado junto a James, los mejores años de su vida. Ese recuerdo era el que hacía relamerse de placer a los Dementores, porque cuanto más recordaba que fue feliz y pleno, más saciaba a los Dementores y más le exprimían su alegría.

Pero había algo que ellos no le podían arrebatar: su dignidad. Sirius comprendió que la cárcel está incluso en uno mismo y esa cárcel albergaba lo más indigno de la sociedad mágica. Culpables de los más horrendos crímenes.

El crimen de Sirius había sido deberse a sus amigos, confiar en su gente y haber dado la vida por ellos. De nada había servido pero Sirius sabía que ni siquiera era responsable de la muerte del traidor Pettigrew. Sirius era inocente. Y su cordura permaneció, difícilmente eso sí, intacta.

Siempre fue inocente y, a pesar de su propia penitencia personal, eso le salvó.

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"A mí, personalmente, no me habría importado que me atacaran unos Dementores. Una pelea a muerte para salvar mi alma me habría venido de perlas para romper la monotonía." – Sirius Black. Harry Potter y la Orden del Fénix, Cap. 5.

No recibió visitas. Una escueta nota que le comunicaba la muerte de su querida madre y que era el propietario de todos los bienes de los Black. Excelente. No hablaba solo. No tenía amigos imaginarios. No veía visiones. No perdió la noción del tiempo. En definitiva… su mente se quebró, pero no su cordura.

Y años después recibió una visita. Fudge, un individuo pusilánime y envanecido, mediocre, un chupatintas que se esperaba encontrar con un chalado que gritara todavía la gloria perdida del Amo al que supuestamente había servido. Qué equivocado estaba.

"Me puedes llamar señor." Le había indicado Fudge con falsa modestia.

"Y usted me puede llamar de todo menos señor Black." Le había respondido perezosamente Sirius. Y estuvo sereno, fue sensato, fue lógico. Como si estuviera pasando la tarde en el mismísimo salón de su casa. Salvo por el hecho de que quería ese diario… hacía tanto tiempo que no leía la prensa o no hacía un crucigrama... Eso parecía haberle impactado más que la presencia de los Dementores a su alrededor. Las pequeñas cosas, los pequeños detalles de saber que había tenido una vida antes de Azkaban.

Una vida maravillosa.

Fudge le entregó El Profeta Diario. ¿Qué daño habría?. No iba a poder cortar barrotes ni atravesar muros con él.

O tal vez sí. No subestimes jamás la voluntad de Sirius Black.

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Celebraciones… libertad…

James y Lily Potter se habían convertido en los mártires de la guerra, en los salvadores del mundo mágico. Y su hijo, una leyenda antes ni siquiera de comprenderlo. El hijo de James y Lily…

Harry Potter…

Su nombre era tan conocido como el apelativo con el que magos y brujas de todos los rincones del país murmuraban de boca a oído.

El Niño que Sobrevivió.

El único que había logrado no sólo sobrevivir a una Maldición Asesina, contra la que no había ninguna defensa posible, ningún Encantamiento Escudo, ningún Protego. Ese niño apenas un bebé había derrotado al mago oscuro más poderoso que había pisado el Reino Unido. Harry Potter había vencido a Lord Voldemort y éste había muerto.

Remus Lupin sin embargo había perdido mucho más que eso. Había perdido de golpe a sus tres mejores amigos y a Lily y había sentido la puñalada de la traición en la espalda. No lamentaba que la persona que había evitado que se convirtiera en un mendigo hubiera muerto. Le daba igual la pobreza y el estar condenado a no poder nunca ser un mago completo por culpa de su licantropía. No hay trabajo para licántropos.

Lamentaba haber perdido a sus amigos. A todos ellos.

"Quién lo habría dicho…" Snape torció la boca amargamente. "Elegir a Black como Guardián Secreto… Black siempre demostró que no era más que un despojo humano, sin un mínimo de ética. Capaz de matar sólo por entretenerse."

Remus sin embargo no demostró tanta ira ni despecho. En lugar de eso, miró de soslayo a Dumbledore.

"Sirius fue el Guardián Secreto..." Murmuró, una afirmación, no una pregunta. Los retratos del despacho de Dumbledore susurraron pero ninguno se atrevió a indagar. "¿Cómo sabes tú que los Potter habían usado un Encantamiento Fidelio?"

Dumbledore no hizo ningún comentario. Fue Snape quien, de pie junto a él, hizo una mueca de asco y ocultó el secreto. Que era agente de Dumbledore. Que sabía mucho más de lo que Lupin imaginaba y no le iba a dar ese gusto.

"Las noticias vuelan." Murmuró Snape, recogiendo su túnica y marchándose de allí. Antes de salir del despacho, Dumbledore se fijo en la ligera caída de hombros de Severus y éste giró la cabeza de modo que sólo se adivinaba esa nariz ganchuda entre la mata de pelo negro y mate.

"Siento tu pérdida, Lupin."

Sólo Dumbledore comprendía que detrás de esas palabras de Snape había una comprensión mucho más profunda. Remus había perdido a sus amigos. Severus Snape había perdido a la mujer que había amado y tenía esa culpa sobre los hombros y una carga aún más pesada, por saber que tendría que proteger a su hijo. Sangre de James Potter.

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Quien sentía la pérdida de manera abrumadora era Bellatrix Lestrange. Sin la guía, sin su presencia…

El Señor Tenebroso ha muerto…

No lo creía, no negaba y lo rechazaba. Tenía que estar en alguna parte. Los Potter habían hecho algo, y la sucia Orden del Fénix… o los Aurores del Ministerio. Tendrían oculto al Señor Tenebroso porque estaba vivo. Lo sentía vivo. Pero si así fuera, ¿por qué no había vuelto con sus leales servidores?

¿Por qué no había vuelto con ella?

Y el joven Crouch sugirió la idea. Atrapar a un Auror… pero no un Auror común, tenían que ser esos que también habían estado diciendo que, como los Potter, habían desafiado directamente al Amo. Ellos conocerían los hechizos que los Potter habían empleado, ellos sabrían qué le ocurría al Señor Tenebroso y su paradero.

Bellatrix, Rodolphus, Rabastan y Barty tendieron la emboscada. En una ruinosa casa a las afueras de Brighton, dos varitas expertas no pudieron con cuatro retorcidas de magia oscura e intenciones mortales. Destrozó la mente de Frank y Alice Longbottom. Cuando perdían el conocimiento, los despertaban para continuar el interrogatorio. Al principio era una manera de extraer información. Al final era simplemente una venganza.

Ninguno de ellos sabía qué le había pasado al Señor Oscuro. Ninguno de ellos sabía dónde estaba, porque ni siquiera habían encontrado su cuerpo.

La tortura fue física, lenta y dolorosa. Huesos rotos, hemorragias, quemaduras, conmoción cerebral y moratones. El no dar descanso al cuerpo y probar su resistencia. Y la mente… doblegada con las imágenes de un niño descuartizado, o abrasado vivo, o sometido a un Cruciatus… imágenes tan reales como las que ellos mismos estaban sufriendo.

La mano de Frank rozó la inerte de su mujer, hinchada y amoratada.

"No tenéis honor…"

Fueron las últimas palabras que dijo a unos oídos supuestamente humanos, antes de que su mente bloqueara definitivamente todo conocimiento de un entorno más aterrador. Una medida de autoprotección que hizo que Frank, al igual que la joven Alice, ya no volviera a ser el mismo. Torturado, exprimido y humillado, donde sólo su mundo interior era la salvación.

Neville tampoco fue el mismo.

Todo el mundo sospechó que ese niño era un Squib. A nadie se le había ocurrido que ese niño tan sólo echaba de menos a sus padres.

La magia de Neville se bloqueó, como la de sus padres, hasta que otra guerra la despertara.

Y lo hizo.

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En la mesa de la cocina, una joven de cabello castaño dejaba que su cuerpo se caldeara con los fríos rayos de diciembre. Tenía los ojos marrones y una boca sensual cuyas comisuras estaban ligeramente inclinadas hacia abajo. Sólo una lágrima le recorría las mejillas.

Su cocina era pequeña e impecable. Era una mañana fría y soleada de domingo y su marido y su hija estaban todavía en la cama. La lechuza había traído la edición dominical de El Profeta Diario y su mano tembló cuando soltó el ejemplar sobre la mesa. En su portada, cuatro rostros y un enorme titular. Andromeda Tonks reconoció el rostro de tres de ellos, en particular, el de la única mujer.

LOS TORTURADORES DE LOS AURORES LONGBOTTOM, EN AZKABAN

Y debajo del artículo, la imagen aún reconocible, de su primo Sirius. La tristeza calmada le recorrió el cuerpo y contrariamente a lo que le pedía su sangre, Andromeda no gritó ni se desesperó. Contempló con tristeza el rostro de aquella tan parecida a ella físicamente, que era como si se estuviese viendo a sí misma en la portada. Y ante todo, contemplo los ojos grises y el rostro guapo de su primo, incrédula.

No podía creer que Sirius hubiera acabado así. Sirius… tan íntegro. Tan honesto.

Andromeda apoyó la cabeza en sus brazos y éstos sobre la mesa y lloró.

Tan decepcionante.

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No es fácil vivir con uno mismo cuando no te queda nada más que los recuerdos y el miedo; el desengaño y la soledad. Walburga Black ni siquiera era consciente de que su vida se había reducido a las paredes del que había sido su hogar durante décadas, cuando su suegro decidió que Orion tenía que ser quien heredara la Mansión emblema de la familia Black.

Probablemente, Grimmauld Place era todo lo que le quedaba a Walburga y dentro, todo lo que amaba. Las paredes le hablaban, los retratos, los recuerdos… y para ella, era como si le devolvieran las palabras y las conversaciones. A veces eran tan tangibles que sus lamentos se oían por todo el edificio. Sus desconocidos vecinos se llegaban a preguntar si tal vez no había fantasmas en sus casas…

La vergüenza miserable, el dolor agudo, la deshonra humillante, el orgullo moribundo, la gloria perdida… Y allá fuera sólo había inmundicia, suciedad. Muggles que deseaban apoderarse de su magia, de los tesoros de su familia, de su magia otra vez… Codiciosos, retorcidos… Había magos y brujas que no merecían ser llamados así, sólo eran Sangre Sucia y Mestizos, lamentables imitaciones de la gloriosa dinastía familiar que ellos ambicionaban pero que ella no podía entregar. A veces sentía que los muggles estaban cerca, muy cerca… ¡¡¡Traidores, hijos de la inmundicia… sucios mestizos…!!!

Cualquier método valdría con tal de que ningún intruso pisara lo poco que tenía que era valioso, lo único importante.

Cerró la casa… cerró las ventanas… protegió los enseres… y Grimmauld Place pasó de ser una antigua casona llena de viejos recuerdos familiares, a una casa mágica vetusta y decadente. Y a su frente, una mujer que había sido fuerte, férrea, indomable. Walburga era una dama solitaria, cuyo viejo y leal elfo doméstico cuidaba con devoción. Su querido esposo había muerto en la soledad y tristeza de saber que su familia se estaba rompiendo a pedazos. Una enfermedad agravada por el dolor de saber que las cosas no habían resultado ser como las había planeado.

Lloraba y lamentaba sin ningún tipo de contención la muerte de su querido hijo… su pequeño Regulus y no habían sido ni siquiera capaces de traerle un cuerpo al que dar sepultura. Su hijo, que había desertado en las filas del Señor Tenebroso, siendo tachado por todo su entorno como un maldito cobarde y un pusilánime. La ley mágica no engañaba: aun sin un cadáver, había formas de saber que su hijo ya nunca más volvería a Casa.

El ama, con el corazón roto por su primogénito Traidor a la Sangre y que había sido un traidor no sólo a su familia, sino a aquella familia por la que se había jactado que daría la vida. Por la familia por la que los había abandonado. Ésa era la moral y dignidad que su primogénito había retorcido y demostrado.

Walburga pasaba horas y horas contemplando la pared, con los ojos oscuros perdidos en algún punto. Luego estallaba en llanto, penando la desgracia de haber traído al mundo a un hombre que no merecía más que estar en Azkaban, la gloria de la muerte honorable sólo quedaba reservada a su querido Regulus. Y es que su más rotundo fracaso era alguien que había sido capaz de entregar a su nueva familia y que no habría dudado en haber hecho lo mismo con ellos, los de su propia sangre.

El Tapiz fue perdiendo esplendor… las paredes tapizadas en delicada seda… las cortinas de terciopelo… la rica madera lacada de puertas, escalones y suelos… No se daba cuenta de las incipientes telarañas, del polvo y de la mugre… y de la sombra mágica oscura que ya se estaba apoderando paso a paso, día tras día, de lo que en otro momento fue un museo dedicado a la pureza mágica.

El funcionario del Ministerio asintió y guardó los pergaminos cuando la delgada y pálida mano apartó la varita y se despidió con distancia profesional pero cierta lástima. Sólo quedó ella, tumbada en su cama, menuda, pelo canoso, ojos hundidos y labios incoloros.

"Kreacher…"

"Aquí estoy, mi Señora…"

La anciana estiró una mano y aferró con una debilidad inédita la de fiel elfo. Éste inclinó la cabeza, sumisamente, arrodillado junto a la cama, aguardando cualquier instrucción que tuviera el gusto de cumplir.

"…no dejes que mancillen el hogar de mis antepasados… tú sólo te debes… a los Black…"

"Por supuesto, mi Señora… Kreacher se debe a la gloriosa familia de los Black…"

La mujer cerró los ojos y los abrió de nuevo, exhausta, hundida.

"Vergüenza de mis padres… sucio traidor desagradecido… Juro que no es hijo mío…"

Ya la debilidad había evitado que esas palabras habituales fueran alaridos y ecos… eran sólo un murmullo frágil de una mujer postrada a quien la vida se le iba escapando cuanto más grande era la pérdida y más se agrandaba la sombra de su Casa… las últimas palabras que iban a aquel que le había partido el corazón, el último de los Black… el destinado a hacer grandes hazañas por la magia, por su familia, por la grandiosidad de su estirpe…

Humillado, reducido a un delincuente y un asesino… una vergüenza aún mayor que el hecho de ser un Traidor.

"Kreacher…"

El elfo esperaba que ella profiriera otro insulto más, otra dedicatoria herida a ese hijo desnaturalizado. Pero el elfo tembló cuando la mano se hizo ligera como un pergamino…

"…no sueltes mi mano…"

El elfo lloró la muerte de su querida Ama toda la noche. Por él y su soledad. Por saber por la magia que la última voluntad, la última orden de su Ama tenía que obedecerla, como exigían los vínculos de la extraña y desconocida magia élfica.

Tampoco podía desobedecer el último deseo de Walburga Black.

Sólo viviría en compañía del retrato que se había convertido en una versión bidimensional de su Ama. El Elfo se consoló pensando que ese retrato sería suficiente, sería casi como tenerla en casa.

Junto a ese retrato, Kreacher esperaría. Y se trastornaría porque Kreacher todavía guardaba una tarea aún más penosa, por la imposibilidad de cumplirla:

La última orden de su Amo Regulus.

No se destruye un Horcrux fácilmente.

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El funcionario ministerial salió a la calle y sólo sus ojos repararon en la desaparición de la fachada, su integración asombrosa entre los números 11 y 13. Se estiró el traje marrón de cuadros y la pajarita con la que pretendía hacerse pasar por un simple funcionario Muggle (aunque fracasando en el intento) y movió la cabeza.

No sabía si apenarse por una anciana moribunda que iba a marcharse del mundo en soledad, o sentir desprecio por ella.

Consentir en dejar sus bienes a quien había traicionado a los Potter… los salvadores del mundo mágico, quienes habían hecho desaparecer a Tú-Ya-Sabes-Quién. Pero qué podía esperar de la familia de un traidor y un mago oscuro como Sirius Black. Tampoco importaba mucho, condenado perpetuamente a vivir en Azkaban, el ser el dueño de esa casa y todas sus riquezas no tenían ningún valor.

Consultó el reloj y partió a recoger las últimas voluntades de su siguiente cita.

A su espalda, moviéndose como una neblina grisácea, gris, triste, oscura, la fachada de Grimmauld Place se iba cerrando sobre sí misma… protegiéndose como habían dispuesto sus antiguos moradores… acorazada, blindada… pero por sus rendijas, sus esquinas, sus resquicios se colaba también lo que la tristeza, el orgullo, la magia arraigada, la tradición, las iras, el odio, la amargura… lo que se crece, se ceba, se hace más grande y se hace peor.

Y su espalda, la puerta de Grimmauld Place 12 se ocultó finalmente, haciéndose más pequeña, más desdibujada, más difusa… a la espera del día en el que volvería a abrirse para recibir a su legítimo propietario. Diez años tendría que esperar.

El que siempre había sido destinado a ser su heredero, su dueño final. Tal vez si hubieran sido las cosas como debieron ser en un principio, ninguna mancha, ninguna sombra, ninguna maldición habría caído sobre esa Casa.

O tal vez era algo que había sido siempre inevitable.

La Casa de los Black esperó diez años. El último Black regresó, tal vez a acabar de degradar a la Casa y a la Dinastía Black.

O tal vez, para salvarlas.

Tal vez ésa fue la Maldición.

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Todavía no sé si creer que he terminado el fic. En primer lugar, nunca me había visto capaz de acometer el final sola pero así son las zancadillas del destino. Supongo que habrá gente decepcionada y gente indiferente, pero es mi historia y la he terminado como yo la he querido. Sé que me diréis "tenías que haber contado la tortura a los Longbottom, o cómo ha reaccionado Bellatrix con lo de LV"… pero me parece superfluo, la verdad. Personalmente, tengo mi espinita clavada por dos cosas: 1) Sirius murió sin llegar a saber que le iban a rehabilitar :'( y 2) Sirius murió sin llegar a conocer lo que hizo Regulus para acabar con LV.

Hay cosas que son siempre debatibles: 1) si Walburga murió de enfermedad, de vieja, por accidente… Prefiero creer que murió "con el corazón roto". No era una mujer delicada y lánguida (no lo imagino, con lo que contaba Sirius) y creo que el impacto de verse allí sola agravó su ya delicado estado mental.

2) Sirius como heredero. Ni idea de si perdió sus derechos cuando fue borrado del Tapiz y los recuperó, o nunca los perdió (es decir, Regulus nunca fue heredero). El hecho es que heredó GP12 aun estando en Azkaban. Me gusta pensar que tras la muerte de Regulus, Walburga se restituyó todos sus derechos, a pesar de todo.

3) Otra cosa debatible es si Peter traicionó pero se sintió mal cuando realizó el Fidelius. Yo pienso que se sintió mal al principio, pero ver que Sirius le puso la salvación de su pellejo en bandeja (ofreciéndole a él como Guardián Secreto) fue todo un alivio.

Por lo demás, gracias a quienes habéis leído, comentado, criticado o alabado. La historia está escrita sobre todo para aquellas personas que os habéis mantenido fieles a pesar de mi inconsistencia. Debo añadir que ignoraré automáticamente cualquier crítica que a estas alturas diga por primera vez "pse, está bien, pero Narcissa está poco perfilada" o "Rodolphus no tiene apenas relevancia". A buenas horas, porque ya no hay remedio ni puedo solucionarlo ya.

A los anónimos que no dejen email o los reviewers anónimos futuros, gracias de antemano. En todo caso, gracias a quienes comentasteis en el anterior: Zory, Nell Charentes, Yedra Phoenix, Adrienne Bovary, Dryadeh, Sayuri, Gota, Alecrin, Shey1416 y silvers draco. No espero nada más de nadie, si alguien quiere decirme por primera y/o última vez qué tal ha encajado la historia, bien. Que no, pues cada uno con su conciencia (aunque un gracias, he disfrutado la historia tampoco requiere 500 horas de meditación) Quien no tenga cuenta aquí y quiere que conteste a su review, que me deje el email (separado por espacios)

En cuanto termine el otro longfic, no publicaré nada más, así que tengo que despedirme definitivamente de casi todos vosotros/as. Ha sido un placer compartir fandom.

Hasta siempre y gracias por no dejarme sola en este viaje.

Sig.-


Respuestas a reviews anónimos Cap. 16. Sé que no se debe pero a ver de qué forma puedo contestarlos, queridos administradores de ffnet ¬¬* El resto saltadlo.

Zory – yo debo la caracterización de Regulus a Heredrha. Ella hizo una maravilla de personaje en su longfic y me postro a sus pies. Lástima que esta chica haya abandonado el fandom. Pero es de esos personajes que tienen capas y capas… sí, un devoto de Voldemort que resultó que protegió a un simple elfo doméstico, averiguó el horcrux (por encima de Dumbledore) y que se sacrificó para destruirlo. Dice mucho de Regulus.

Sobre el embarazo de Lily, quería enlazarlo con la nota de RAB que habla del "adversario"… un poco para enlazar esto con la historia que conocemos y al propio Harry. También has visto fenomenal a Narcissa, es la que fue capaz de mentir a Voldemort en su cara por buscar a Draco. Narcissa, a diferencia de Bellatrix, tenía claro que por encima era su marido y su hijo, no la guerra ni mucho menos Voldemort.

Andromeda no creo que estuviera emocionada de saber que Narcissa esperaba un hijo. Le daría igual, y tendría muy claro que ella y su hija no serían nunca familiares de los Malfoy. Una pena, pero sabemos que ninguna tuvo más relación en la historia y Tonks hablaba de Draco como "that Malfoy boy" con una distancia enorme, no como su primo hermano.

Bellatrix, yo también la odio jajaa! Ella misma dijo que daría gustosa a su hijo si lo tuviera a la causa de Voldemort y estaría orgullosa. Esto horrorizó a Narcissa. Sí, recuerdas bien, fue al principio del HP6.

El tema de los reviews es al final una cuestión de ética personal. Yo publico y que lea quien quiera. Pero quien quiera que lea decide entonces si sus deditos son demasiado delicados como para enviar un saludo, pero sí son capaces de favoritear. La historia tiene un número mareante de favoritos pero lo sé porque la página avisa. No porque nadie me lo haya dicho :( Eso es lo que me ha defraudado de los lectores. Un besote y gracias, porque has sido de las constantes de la historia.

Sayuri – gracias por tus palabras… Sobre si encontraron a Regulus, no. Nunca hallaron su cuerpo. Remus dijo a Harry que calculaban que Regulus duró "dos o tres días" desde que desertó, pero su cuerpo quedó atrapado en el lago de los Inferi. Desconozco en qué se basó Remus para asegurar que Regulus duró un par de días. Gracias por comentar :) y porque te guste la historia.

Gota – gracias por el detalle. Un año y medio después de la desaparición de Heredrha, digamos que la amistad hace tiempo que se evaporó pero yo ahí no puedo hacer nada. Es decepcionante, eso sí, pero me parecía más traicionero el dejar colgada la historia sin más. He echado mucho en falta su visión y su enfoque, porque he admirado mucho a esta autora, pero yo puedo pensar por dos. He hecho lo que he podido. Y sobre los reviews, ya lo he dicho anteriormente. Me vale los que hay, no tengo ningún interés en saber qué opina alguien que dos años después ha estado leyendo el fic a escondidas. Decepciona saber que el tipo de lector es el que pincha en favoritos (el número de éstos es mareante) pero no te dice ni una sola palabra, para dar una opinión o enriquecer el enfoque. Así que para mi pierde valor, es todo. Escribo para sí quienes me han demostrado interés.

silvers draco – no, no estaba abandonada la historia. Ahora ya terminó :) Gracias por el comentario.