Capítulo 1

Tomó sus pocas pertenencias cautelosamente y después de ponerse los zapatos, quitó el último tornillo que lo privaba de su libertad, salió a toda prisa del lugar. Ya no soportaba ese pestilente olor a putrefacción, ni los malos tratos de esas personas que se creían los dueños del mundo.

Corrió sin rumbo alguno, entre penumbras, con ganas de parar a respirar, pero sus pies no se lo permitían ya que continuaban moviéndose hacia el puerto, hacia algún barco donde escabullirse para ir a lo impredecible para continuar sus grandes aventuras; o simplemente, ir a casa.

Las cosas no habían salido muy bien estos últimos años, todo por culpa de su pasado. Pasado que lo perseguía como un perro a su dueño.

Aminoró el paso al ir pasando por el puerto ya que una manada de soldados que seguramente ya lo buscaban, se encontraban vigilando que ningún civil saliera de su hogar, pues el toque de queda ya estaba en rigor.

Caminó sigilosamente por debajo del muelle, hasta llegar a la playa, donde encontró un bote pesquero que le había comprado a un pescador unos días antes, mientras planeaba su huída y después de acomodar sus pocas pertenencias, se lanzó a la mar aprovechando la marea baja y remando a todo lo que sus brazos le daban, pasando entre los barcos como una rata escondiéndose de un gato en un callejón.

Se detuvo en seco. Que mala suerte tenía! ¿En verdad le tenía que pasar todas esas desgracias a él?! ¿Por qué no podía la mala suerte dejar de perseguirlo?!!! ¿Cuál era su problema que nunca podía tener una vida normal? Unos marinos lo habían divisado mientras bajaban de su barco y ahora le informaban a los soldados del puerto haciendo señas , brincando y gritando mientras apuntaban en su dirección.

A su alrededor empezaron a caer balas y granadas que hacían estremecer las aguas haciendo que el pobre bote, que apenas se sostenía en el agua, se moviera descontroladamente de un lado a otro enviándole sus pocas pertenencias al fondo del mar.

Remó lo más rápido que sus brazos le permitieron, esquivando obstáculos que le daban el presentimiento que el bote se volcaría en cualquier momento entregándolo una vez más a las garras del gobernador.

Se alejó lo más que pudo de la orilla y de toda luz proveniente del puerto, perdiendo así a todos sus perseguidores.

Cuando por fin se perdió totalmente de la vista, dejo los remos y se tiró en el pequeño espacio de piso que tenía el bote y apartando todos sus temores, su cabeza le permitió pensar en su princesa.

Miró las estrellas, deseando verla entre ellas, ver a la dueña de su corazón y de su mundo. Esperando que un lucero le regresara su sonrisa que tantos sueños le robaba noche tras noche.

Se recargó en el borde del barco y reflejó su tristeza en la espesura del mar; tan blanca , tan oscura; tan amarga y llena de dulzura. Sólo pensaba en la manera de regresar a ella y a todo lo que un día había sido de el: Su vida.

Se dejó llevar por sus pensamientos hasta caer en un profundo sueño del cual no despertaría hasta la mañana siguiente, por culpa de una gran ola que le caía en la cara. Subió la mirada para ver lo que ocurría mientras tomaba un remo, preparándose para cualquier cosa, pero lo único que encontró fue arena. Al fin tocaba tierra y al parecr no había nadie.