Disclaimer: Yo no soy JKR, por lo tanto, nada me pertenece.

NdA: Sigo en mi línea de experimentar con mortífagos y eso, aunque este fic es más bien de reflexión y romance, quizás.

Aviso: Posible yuri en capítulos posteriores.

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1. Salvación

La habitación es oscura y cálida, invoca a la calma y el descanso. Alivio. No es como esa otra oscuridad que conoce tan bien, la que ahoga, donde siempre se siente fría y oprimida. Aquí la cama es suave, las sábanas son tibias y huelen a limpio. No se oye nada pero sabe que su hermana se encuentra en el piso de abajo haciendo café y el desayuno, y seguramente también algo de poción curativa.

Cuando la puerta se abre, lo primero que ve es la larga melena negra un par de ojos profundos que la observan desde la penumbra de un deje analítico. Ceño fruncido, labios rojos apretados. Pero no dirá nada. Narcissa lo sabe. Conoce bien a su hermana.

Se acerca con determinación. Inspira siempre un aire de fuerza invisible. Bellatrix irradia poder, no sólo magia; es su carácter, fiero e inquebrantable. Un pilar al que agarrarse cuando el mundo se derrumba. Deja la bandeja sobre la mesilla y se acerca a la ventana para levantar las persianas y permitir que tenues rayos del sereno amanecer penetren en la estancia. Es un lugar amplio y elegante, con alfombras en distintos tonos de verde y tapices cubriendo las paredes. Hay un espejo frente a la gran cama de matrimonio en la que se halla tumbada y, al incorporarse, Narcissa puede ver su aspecto. El reflejo la desagrada y por un momento tiene que apartar la vista.

Está horrible. El cabello rubio enmarañado, profundas ojeras que empañan la belleza de sus ojos claros, y el lado izquierdo de su rostro está amoratado. Tiene ganas de llorar de rabia. Es una mujer hermosa. Siempre lo fue. No en la manera salvaje y pasional de Bellatrix; la suya es una belleza mucho más dulce, de rasgos suaves y piel nívea. Aparta los ojos de su reflejo y se toca la cara en un acto mecánico. Duele. No sólo el golpe, duele la dignidad mancillada. No es la primera vez que Lucius se excede en sus arranques de ira y descarga su propia frustración en ella. Lo hace a menudo, cuando el Señor Oscuro le castiga a él, él la castiga a ella. Siempre pagan los más débiles, suele decir su hermana. Tiene razón. Narcissa se siente débil. Indefensa. Se siente fría y resentida. Por no devolver los golpes, por dejarse humillar. Por ser incapaz de enfrentarle.

Bellatrix la mira y parece que puede leer sus emociones. Se acerca despacio y se sienta junto a ella. Al lado de su hermana, Narcissa se siente inferior, débil y avergonzada. Sabe que ella jamás permitiría tal trato a ningún hombre. La envidia, pero no es una envidia maliciosa, es un opacado deseo de ser así también. Es respeto. Adoración, quizás.

La morena alza una mano hacia el rostro herido y el movimiento instintivo es apartarse, pero no lo hace. Porque sabe que ella nunca le haría daño. Es su hermana mayor, su guardiana, su alivio. Así que Bellatrix la acaricia despacio y su toque es cálido y cura las heridas de un corazón quebrado. Y cuando la abraza, Narcissa se siente a salvo, como si nada ni nadie pudiera volver a hacerle daño. Ni Lucius y su furia, ni las crueles palabras de su madre sobre "saber mantener la compostura", ni los rumores de los amigos de la familia. Allí, entre los firmes brazos de su hermana, por fin puede encontrar la paz.

—Ay, Cissy —susurra Bella rendida. Suspira y procede a curar las heridas sin una palabra más.

No se oirá un reproche salir de esos labios, ni un solo consejo no pedido. Nada. Bella sólo está. Apoya sin palabras, con gestos, caricias, abrazos. Bella, que la acoge en su casa cuando ella no puede más que huir, que la cura con mano dulce y la mima y la quiere tal como debería hacer un esposo, nunca habla si está de más. Y ahora lo está. Porque ambas se entienden con simples miradas, sin necesidad de palabras, que estropearían momentos como aquel. Íntimos y agradables, dos espíritus unidos en un dormitorio apenas iluminado.

Cuando termina de extender la poción sobre el rostro maltratado, Bella se levanta.

—Ahora tienes que comer algo. Y no lo negociaremos —agrega acercándole la bandeja del desayuno.

Sintiéndose como una niña pequeña, obedece sin quejarse aunque en verdad no tiene hambre. Pero no puede negarle nada a su hermana después de todo lo que ha hecho por ella. Así que acerca el cuenco de los cereales con desgana y echa una mirada de falso reproche a Bella, quien corresponde con una carcajada divertida. Desde pequeñas, Cissy siempre ha usado esos trucos de pucheritos y cosas semejantes para conseguir cosas de su madre. Bellatrix jamás fue capaz. Era demasiado orgullosa incluso siendo una cría.

Un elegante vuelo de la oscura melena suelta y la figura se aleja hacia la puerta.

—¿No te quedarás vigilándome? Aunque esté… así —dice con algo de vergüenza—, sigo conociendo algunas trampas.

—No harás trampas porque eres demasiado noble para eso —deduce la morena desde la puerta con simplicidad.

—¿Te vas? —inquiere Narcissa, ahora mucho más seria.

—Sí, tengo algunas cosas que hacer y debo hablar con Rodolphus.

—Oh. Claro, ve.

La voz de Narcissa se ha enfriado como el resto de su cuerpo ante la mención de ese nombre. Rodolphus. Es curioso cómo pueden olvidarse cosas —o hasta personas— cuando no conviene recordarlas. Por supuesto, Rodolphus debe ser recordado, pues de hecho es su cama la que ocupa. Se pregunta dónde estará mientras come sin ganas, y si Bella habrá sido capaz de mandarle a dormir fuera sólo por acogerla a ella.

La rabia acude de nuevo pero esta vez no es sólo contra él, como fue siempre. Narcissa no ha soportado la presencia de su cuñado desde el momento en que éste fue declarado oficialmente el prometido de su hermana. De modo que hay doble de rabia al saber que está su casa y no sólo es una carga para su hermana sino también para su marido.

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NdA. ¿Algún comentario? Las sugerencias tampoco me vienen mal, no tengo muy claro qué estoy escribiendo (aunque el segundo está casi listo). Críticas, reviews y demás se agradecen.

Hasta la próxima.