En el verano, era común que varios clubes escolares tuvieran actividades, aunque algunos podían relajar su ritmo de trabajo. No era el caso de los clubes deportivos, claro.

—¡Listo, es todo por hoy! ¡Hasta mañana!

En la Kaedetensai, los entrenamientos eran cada vez más duros y se prolongaban por horas. Quienes no pertenecían a esas agrupaciones agradecían su buena suerte.

—Mira, ahí van.

Aún siendo una escuela varonil, algunos jóvenes destacaban más que otros. Tal era el caso de varios integrantes del equipo de kendo; llamaban la atención fácilmente.

—¡Eh, Kawasaki–kun! ¿Pueden tú y Tsuji–kun venir para acá?

Los aludidos, luego de la agotadora práctica de ese día a mediados de julio, no tenían mucho interés en que los solicitaran. Sin embargo, por mera cortesía, respondieron a aquel par de muchachos altos que, evidentemente, eran de grado superior al suyo.

—Hola —saludó Kogane, impasible —¿Qué se les ofrece?

—Kawasaki–kun, ¿es cierto que venciste a Banto–kun? —preguntó uno de los chicos.

—Sí, en una práctica. ¿Por qué?

—Somos del club de esgrima —explicó el otro —Quisiéramos saber si estarías dispuesto a vencer a nuestro capitán.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Porque con eso, se le bajarían los humos.

—En ese caso, ni hablar.

Kogane dio media vuelta, pero uno de los alumnos mayores lo detuvo.

—¿Y si te obligáramos? —soltó.

—No pueden hacer eso —intervino Soun por primera vez —Si quieren poner en su lugar a Motomiya–sempai, háganlo ustedes mismos.

Los dos sempais miraron a Soun con fiereza, pero en eso una voz severa habló a sus espaldas.

—¿Se puede saber quién les dijo que molestar a los menores es correcto?

Los cuatro se giraron en dirección a la voz, hacia un muchacho muy delgado y pálido plantado firmemente en sus pies, con un maletín deportivo negro y una expresión amenazadora.

—Shi… ¡Shimichi–kun!

¿Cómo, Sueño?

—Parece que vieron a un fantasma.

El reclamo de Mamoru Shimichi estaba totalmente fuera de lugar, tanto por el físico que mostraba como por su prolongada ausencia de la escuela.

—Es que… No esperábamos verte —dijo aquel que había detenido a Kogane —¿Por fin te aliviaste? ¿Volverás al equipo?

—Eso no tengo que contestarlo ahora —indicó Mamoru con rigidez —Yamano, tú y Osegawa lárguense de aquí antes que me enfurezca.

Los dos mencionados asintieron y corrieron como alma que lleva el diablo.

—¿Por qué reaccionarán así cuando digo algo como eso? —se preguntó Mamoru en voz alta.

—Le tendrán miedo, Shimichi–sempai —observó cautelosamente Soun.

Mamoru se fijó en Soun y antes de decir algo, un golpe en la parte trasera de su cabeza lo hizo inclinarse involuntariamente.

—Te dije que yo cargaría esto —espetó una voz femenina, suave y falsamente dulce, al tiempo que su dueña le arrebataba el maletín a Mamoru.

Soun y Kogane quedaron asombrados al ver a esa chica, de larga y lacia melena blanca, ojos magentas y vestimenta negra muy atrevida: botas altas de cordones, minifalda y blusa de cuello redondo con la espalda únicamente cruzada por un par de tiras de tela.

—¿Suigintou–san? —pudo pronunciar Kogane al cabo de unos instantes.

Sí, era Suigintou Rozenmaiden. Su aspecto y atuendo captaban las miradas de todos los chicos que pasaban por ahí, lo que no era de extrañarse.

—Ah, ya —Suigintou, acomodándose el maletín al hombro, hizo una desdeñosa mueca —El novio de la chiquilla. ¿Estudias aquí?

Kogane asintió.

—¿Qué te parece eso? —Mamoru hablaba con Suigintou —Le dieron mi puesto a Motomiya, ¡vaya tipos! Tendré que dejarles en claro quién manda.

—A mí no me interesa —declaró la chica sin inmutarse —Solamente vengo porque debo cuidar que no te excedas aún.

Sin previo aviso, Kogane y Soun se quedaron boquiabiertos: Mamoru había tomado de la cintura a Suigintou y la estrechaba contra sí, dándole un beso en la cabeza.

—Sí, ya lo sé. Eres mi Tenshi–san particular.

—Deja de decir bobadas —espetó Suigintou con cara sonrojada y de pocos amigos.

—Shimichi–sempai, ¿entonces vuelves a los entrenamientos?

Esta vez quien recuperó el habla primero fue Soun. Aunque su pregunta obtuvo una inesperada respuesta: Mamoru le alzó una mano a Suigintou.

—No del todo, pero esta señorita me ayudará a tranquilizar a Motomiya. ¿Quieren venir a ver? La práctica de esgrima apenas va a comenzar y la función será buena.

Soun y Kogane asintieron, siguiendo a paso rápido a Mamoru y Suigintou. Kogane, con lo observador que era a veces, no dejó pasar el detalle de que Mamoru rodeaba con un brazo la cintura de Suigintou, pasando la mano de vez en cuando por las partes expuestas de la espalda de ella. Arqueó una ceja.

—No sabía que Suigintou–san saliera con Shimichi–sempai —cuchicheó Soun.

—No solamente es eso. Él es el médium de Suigintou–san.

—¿En serio? ¿Pero no se supone que los dos están muy enfermos?

Kogane se encogió de hombros.

Pronto llegaron al sitio de las prácticas de esgrima, que quedaba junto al dojo de kendo. La amplia estancia se hallaba vacía, aunque a la izquierda se oían algunas lejanas risas masculinas.

—Los vestuarios —Mamoru señaló en dirección a las risas —Bien, a prepararse.

Y haciéndoles a Kogane y a Soun un gesto para que esperaran, llevó a la chica a la derecha.

—¿Qué estará tramando Shimichi–sempai? —se preguntó Soun en voz alta —Todo esto me huele muy sospechoso.

Kogane se encogió de hombros nuevamente, pero con aire distraído.

—¿Estás bien? —inquirió Soun de pronto.

—Sí, claro —aseguró Kogane.

A los pocos minutos, las pláticas de los vestuarios se trasladaron a la estancia, donde los integrantes del club de esgrima se extrañaron de ver ahí a los dos amigos.

—¿Y ustedes qué hacen aquí? —inquirió Yamano de mala manera.

—Acompañamos a Shimichi–sempai.

La sencillez y apatía con que Kogane aclaró eso causó un escalofrío en el club de esgrima.

—¿Y se trajo a esa chica tan sexy que se le acercó de pronto? —quiso saber un chico de segundo año con una sonrisa pícara.

—Eso, Ishida, no es tu asunto.

Mamoru había vuelto de donde quiera que hubiera ido, acompañado por una persona ataviada con el uniforme de esgrima, incluyendo la careta. Por la larga y fina coleta de cabello blanco, Soun y Kogane supieron enseguida de quién se trataba.

—Shimichi–sempai —saludó nerviosamente el tal Ishida —Es bueno verlo de vuelta.

—Aún no puedo regresar a las prácticas —aclaró Mamoru en el acto, lo que provocó murmullos —¿Te alegra acaso, Motomiya?

Se dirigió a un joven delgado y con una poblada mata de cabello castaño, que a pesar de su aspecto sereno, irradiaba cierta frialdad.

—Es posible —dijo Motomiya, sonriendo de lado —¿Quién es tu amiguito, Shimichi?

Kogane y Soun se miraron de manera significativa. Eso iba a ser interesante.

—Alguien que me hará un gran favor —Mamoru recorrió a los miembros del club con la vista antes de explicar —Motomiya, si esta persona te vence aquí y ahora, te bajarás de tu nube y me devolverás la capitanía del equipo en cuanto vuelva a las prácticas.

—¿Y si yo gano?

—Aún así te bajarás de tu nube. Pero te dejaré la capitanía. Te conviene, ¿no?

Varios de los integrantes del club de esgrima esbozaron muecas de súplica no sólo para que Motomiya aceptara, sino también para que fuera vencido.

—Es un trato —espetó Motomiya, frunciendo el ceño con desdén.

En ese momento entró el profesor a cargo del club, que viendo la escena con desaprobación, estaba a punto de reclamar. Mamoru decidió acercarse a él para plantearle la situación, lo que no le tomó mucho tiempo.

—Pues resolvamos esto de una buena vez —aunque no lo admitiera en voz alta, el profesor estaba encantado con la idea de Mamoru, ya que Motomiya estaba causando que algunos chicos del club pensaran en renunciar —Motomiya–kun, ¿estás…?

—Estoy listo —cortó el aludido, colocándose la careta.

Su contrincante hizo un gesto afirmativo de cabeza y cada uno recibió un florete, luego de lo cual se colocaron en posición.

A una señal del profesor, el encuentro dio inicio. Desde el primer movimiento, los jóvenes espectadores se quedaron impresionados con la habilidad de ambos, pero al cabo de unos minutos, Motomiya se veía en clara desventaja. Finalmente, un par de choques y un largo movimiento hicieron que Motomiya tuviera la punta del florete de su oponente en el pecho. Era evidente que aunque se prolongara el combate, el resultado no variaría.

Touché —sentenció el profesor —Motomiya–kun, esto se acabó.

El nombrado, muy a su pesar, asintió y bajó el florete, pero había frustración en su semblante.

—¿Puedo saber al menos quién me venció? —inquirió en un siseo.

—Por supuesto.

La voz que respondió, maliciosa y engañosamente dulce, tomó a casi todos por sorpresa, más cuando su dueña se quitó la careta y mostró un rostro femenino de pálida tez.

—¡Una chica! ¿Quién te crees que eres para engañarme así, Shimichi?

Mamoru miró con severidad a Motomiya.

—Yo nunca dije que fuera hombre o mujer —hizo notar —Tú fuiste el que supuso que te enfrentarías a un hombre. Esto sólo demuestra que no eres muy observador que digamos y que te has ganado la derrota.

—¡Me niego! A fin de cuentas, ¿quién rayos es ésta?

Y le dio un empujón a Suigintou, haciéndola tirar la careta.

Hubo un pequeño revuelo y muchos se quedaron con la boca abierta al ver que en el cuello de Motomiya había dos manos cerrándose poco a poco, trabajando como si ambas fueran parte de una misma persona.

—No vuelvas a tratarla así en mi presencia —advirtió Mamoru con voz gélida.

—Y no me menosprecies aún estando sola, porque no sabes la que te espera —agregó Suigintou, con el tono de voz idéntico al de Mamoru.

Motomiya, respirando trabajosamente, asintió.

—¡Shimichi–kun! Usted y la señorita dejen a Motomiya–kun ahora mismo.

La orden del profesor fue obedecida en el acto.

—Respondiendo a tu pregunta, soy Rozenmaiden Suigintou, integrante del club de esgrima de la Hanatensai. Estoy en primer año.

—¿En primer año? —soltaron varios a coro.

—Jóvenes, necesitan practicar bastante—sentenció Mamoru con desdén, antes de mirar a Suigintou —Cámbiate. Te espero.

La chica asintió y se retiró, atrayendo algunas miradas. Mamoru, en tanto, fue al sitio donde Kogane y Soun se encontraban de pie, sin intervenir.

—Shimichi–sempai, eso fue genial —le soltó Soun con emoción.

—Ajá —concedió Mamoru, indiferente —Para el tonto de Motomiya, era lo mejor.

—Y no decirle que su contrincante era Suigintou–san fue el verdadero truco —indicó Kogane —Así, Motomiya–sempai peleó sin tenerle consideraciones y demostró su falta de práctica.

Mamoru vio a Kogane de manera penetrante.

—No entiendo cómo alguien como tú está con alguien como Sakurada.

Soun hizo un gesto de dolor y Kogane arqueó una ceja, altivo.

—¿Porqué lo dices? —inquirió el ojiazul.

—Son muy distintos en cuanto a personalidad —respondió Mamoru con aire reflexivo —Y eso que tienen cosas en común. Supongo, entonces, que ella debe darte algo que deseas y viceversa —sonrió al fijar los ojos en Suigintou, que sin el atuendo de esgrima, llamaba aún más la atención —Al menos así me pasó a mí.

Y sin más, dejó a los dos amigos para colocarse junto a Suigintou, tomarla de los hombros y abandonar la estancia, lanzando una mirada amenazadora a su alrededor en el proceso. Kogane y Soun dejaron que se adelantaran unos metros antes de seguirlos.

—¿Qué habrá querido decir con todo ese sermón? —le preguntó Soun a Kogane.

—No sé. Tal vez sólo era su opinión.

—Pero una cosa que dijo sí es cierta: muchos no entienden cómo puedes andar con alguien como Sakurada–san. Y no me mires así, es la verdad.

—Sí, lo sé. Pero no me interesan las opiniones ajenas. Además, tú no deberías recordármelo. Te he contado cómo están las cosas.

Soun asintió en silencio. Sí, sabía lo que le pasaba a Kogane por la cabeza en algunas ocasiones y agradecía que Junko Sakurada se hubiera cruzado en su camino para impedir que cometiera una locura. Él mismo tenía sus problemas y desde que podía recordar, solamente podía escuchar a su amigo, esperando que fuera suficiente, hasta que un día llegó Kogane ante él con una sonrisa que jamás le había visto y declarando, de buenas a primeras, que le gustaba una chica.

Cuando se supo el relato completo, Soun creyó saber qué le había visto Kogane a Junko: lo hizo sentir como cualquier otra persona y al mismo tiempo, que era importante para alguien. Su amigo cargaba con un vacío impresionante que lo hacía sentirse abandonado de forma irracional, pero no parecía recordar eso estando con Junko. Con ella, Kogane era lo más normal que podía, considerando las circunstancias. Y Junko… Junko también era feliz.

Fue en ese momento que Soun se sorprendió al notar una cosa en las palabras de Mamoru: …ella debe darte algo que deseas y viceversa…

¿Qué le daría Kogane a Junko para hacerla feliz? Era una duda interesante.

Y como era algo que de verdad lo intrigaba, Soun decidió que tenía que hablarlo con alguien. Sólo que le costaría trabajo hacer la vergüenza a un lado.


Los clubes de la Hanatensai acabaron actividades casi a la vez, en ese día de mediados de julio. La mayoría de las jovencitas ansiaban irse a casa, sobre todo por el creciente calor.

—¡Mira nada más!

—Está guapísimo, ¿verdad?

—¿Quién será, eh?

—No sé, pero ese uniforme es de la Kaedetensai, ¿saben? Un primo mío está allí.

Ésos y otros cuchicheos similares eran provocados por un joven de cabello negro que, recargado cerca de la entrada principal de la Hanatensai, sujetaba un maletín deportivo azul con gesto pensativo. Finalmente, su nariz se arrugó levemente, alzó la cabeza y vio a unas cuantas chicas que salían de la preparatoria.

—Ahí viene —murmuró el muchacho.

Al cabo de unos segundos, dos chicas muy parecidas estuvieron en su campo de visión y una de ellas le espetó de mala gana.

—Tú, mini niño, ¿qué haces por aquí?

Suiseiseki nunca se mordía la lengua cuando trataba a personas que le molestaban. Ese día, su largo cabello estaba recogido en dos chongos altos, los que le conferían un aspecto sumamente gracioso. El moreno apretó los labios, conteniendo la risa.

—Tsuji–kun, ¿qué haces aquí?

El muchacho se encogió de hombros, sin mirar a la joven de cabello corto que le estaba haciendo esa pregunta.

—Digamos que tenemos que hablar, Souseiseki–san. Quiero saber algo.

Souseiseki, a diferencia de su gemela, únicamente asintió con la cabeza.

—Vete a casa —mandó a Suiseiseki —Yo llegaré más tarde.

—Uy, ¿y qué le digo al abuelo?

—Que estoy ayudando a un amigo. No sería mentir.

A regañadientes, Suiseiseki aceptó y se marchó, dejando tras de sí un incómodo silencio que Souseiseki rompió a duras penas.

—Eh… ¿vamos a caminar?

Soun Tsuji asintió.

A pesar de conocerse desde hacía casi un mes, ambos jóvenes no se veían las caras desde que él se había hecho médium de ella. Habían mantenido contacto a través del correo electrónico y unos cuantos mensajes de texto, por lo que la chica ya le había contado todo lo que necesitaba saber de las Rosas Místicas, el contrato y el Arisu Game. Souseiseki se preguntaba para qué la habría buscado su médium y porqué no podía quitarse de encima el nerviosismo de tenerlo cerca.

Soun, al dar la vuelta en una esquina, fue a dar a una de las calles más transitadas de la ciudad, por lo que soltó un suspiro de alivio.

—¿Qué pasa? —inquirió Souseiseki de pronto.

—No, nada —sonrió Soun —Anda, caminemos otro poco. Quiero saber una cosa.

—¿Qué?

Souseiseki adoptó una expresión suspicaz, pero obedeció y siguió andando.

—Me contaste en uno de tus correos que puedes ver los sueños de los demás, ¿pero exactamente a qué te referías, Souseiseki–san?

La joven no se esperaba esa pregunta y su desconcierto no pasó desapercibido.

—¿Qué pasa? ¿Dije algo malo?

—No, Tsuji–kun, es sólo que… ¿Tienes interés en visitar los sueños de alguien?

—Primero cuéntame que es eso exactamente y luego te explico lo que pienso.

Souseiseki asintió.

—Lo que Suiseiseki y yo podemos hacer es entrar, literalmente, a los sueños de las personas. Con eso, podemos ver el interior de su mente y su corazón.

—¿Su mente… y su corazón? —se sorprendió Soun.

—Sí. Cuando Suiseiseki o yo entramos a los sueños de alguien, en algún sitio de su mente que se conecta a su corazón encontramos su árbol y…

—¿Su árbol?

—Ajá, es como una representación de sus deseos y sentimientos. Si ese árbol es saludable y fuerte, su dueño es normal y feliz. Pero si no, Suiseiseki puede regarlo para alimentarlo un poco y yo, podarlo para beneficiar su desarrollo. No por nada nuestras Rosas Místicas son las Jardineras.

—¿Las… Jardineras?

Souseiseki asintió.

—Cada Rosa Mística tiene cualidades específicas, que dependen mucho de quién era su dueña original. Pero volviendo al tema… —la joven entornó los ojos —¿Por qué te interesó de pronto este asunto, Tsuji–kun?

El muchacho suspiró.

—Quisiera… ver algo de Sakurada–san.

Souseiseki se detuvo de golpe. ¿Por qué esa frase le había causado un doloroso vuelco en el corazón? Observó cómo Soun, luego de un par de pasos, notaba su ausencia y la veía por encima del hombro, extrañado.

—Te sorprende, ¿no? —inquirió él, desandando el camino hasta llegar a su lado —No vayas a pensar mal, no me gusta Sakurada–san ni nada de eso…

Al oírlo, Souseiseki sintió un inexplicable alivio.

—… Pero quiero saber algo de ella y no me atrevo a preguntárselo en persona. Sé que son cosas privadas, pero sus sueños podrían darme algunas respuestas.

—¿Exactamente qué quieres saber?

Soun sonrió con melancolía.

—Quiero saber cómo ayuda a Kogane–kun. Soy su mejor amigo, pero no logré que se sintiera tan bien como ahora, que tiene a Sakurada–san. Sólo quiero… comprenderlos mejor. A los dos.

—Y eso que ella no te gusta —masculló Souseiseki.

—No, ella no me gusta —aseguró Soun y aunque intentaba sonar despreocupado, su expresión era sombría —Y no creo que algún día pueda gustarme una chica.

—Entonces, ¿nunca te ha gustado una?

—Cualquiera que se me acercaba tenía algo que… Bueno, no me agradaban. Pero Sakurada–san… Y ustedes, las Rozenmaiden… tienen algo especial. Aunque intimiden, puedo convivir con ustedes sin muchos problemas.

—¿Intimidamos? —se extrañó Souseiseki.

Soun rió brevemente, asintiendo.

—No te preocupes, voy a acostumbrarme. Después de todo, conviviremos más seguido.

—No tienes que sentirte obligado, siempre puedo revocar…

Souseiseki se calló al sentir un dedo de Soun sobre los labios, en actitud de censura.

—Deja esa tontería a un lado y mejor cuéntame, ¿es mucha energía la que necesitas para entrar en los sueños? No sería agradable verte como la última vez.

Souseiseki echó la cabeza hacia atrás, librando sus labios del dedo de Soun.

—No hay problema —afirmó —Eso puedo hacerlo aún sin médium. ¿Cuándo…?

—Entre más pronto, mejor.

—En ese caso, entraría a tu sueño primero. Ir directo al de Junko–kun sería más complicado y los sueños de los amigos pueden conectarse. ¿Tienes algún inconveniente?

Él, tragando saliva, negó.

—Puedes venir esta noche a mi casa —propuso —Es que… me caería bien algo de compañía. Leiko por fin regresó a Tokio y mis padres no están.

La Rozenmaiden asintió, sintiendo un nudo en la garganta por el semblante de Soun, que se asemejaba al de un niño perdido.

Presintió que esa noche, en cierta forma, sería muy larga.


Una pista de atletismo… ¿Qué hacía una pista de atletismo a la salida de un dojo?

Eso se preguntaba Souseiseki desde hacía unos segundos, pero estando en un sueño de Soun, prefirió encogerse de hombros.

La cosa había sido sencilla: llegó a casa de su médium, comprobó en persona que él estaba solo y una vez que cenaron, subieron al dormitorio del chico, que era de lo más modesto aunque las paredes estaban pintadas de gris.

—Ese color nunca me ha gustado —masculló en voz baja, haciendo una mueca.

Soun, luego de tomar una pijama azul, le indicó que lo esperara ahí mientras se cambiaba. Volvió a los cinco minutos, con la ropa de calle en un brazo y una expresión rara en la cara.

—Espero no sufrir secuelas de esto —bromeó.

Se acostó, respiró profundamente y pronto vio a Souseiseki invocar a su espíritu artificial, que cambió su atuendo y materializó sus enormes tijeras.

—No tienes que clavarme eso, ¿cierto? —quiso saber un nervioso Soun.

—No, pero posiblemente las necesite. Renpika, a trabajar.

La lucecita azul titiló y voló encima de Soun, donde apareció un azulado remolino de nubes.

—Im… pre… sio… nan… te —musitó el joven antes de quedarse profundamente dormido.

Souseiseki, en ese momento, dio un salto hacia el remolino de nubes, perdiéndose de vista y apareciendo en un amplio y solitario dojo.

Así fue cómo, queriendo salir, se halló en una pista de atletismo.

La chica recorrió la pista con lentitud, sintiendo que algo no estaba bien. No pudo recordar qué era hasta que delante de ella, una figura de rodillas vestida de azul llamó su atención. Corrió hacia ella y pronto descubrió el cabello negro de Soun en esa persona, que por la postura, parecía que se había caído.

—Tsuji–kun —llamó la chica —¿Estás bien?

Él se giró hacia ella con lentitud.

—Eso creo —respondió, confuso —¿Dónde estamos? No reconozco nada.

—Este sueño te refleja —explicó Souseiseki con seriedad —Así que tú deberías saberlo.

—Lo siento, pero yo no…

Unos pasos tras ellos los sobresaltaron. Soun se puso de pie lo más rápido que pudo, aunque Souseiseki lo notó nervioso.

—Andando —propuso ella velozmente.

Soun, mirando por encima de su hombro con gesto aprensivo, no se hizo del rogar. Pronto los pasos tras ellos dejaron de escucharse y contemplaron que la pista de atletismo llegaba a su fin frente a una puerta negra.

—¿Qué crees que haya ahí? —le preguntó Souseiseki al muchacho —Porque no hay otro camino para seguir adelante.

El pelinegro, suspirando, se encogió de hombros, alzó una mano y giró la perilla de la puerta.

Al otro lado no se veía absolutamente nada, lo que hizo que Souseiseki arqueara las cejas. Pero antes de que pudiera decir algo, una fuerte corriente de aire los arrojó a ella y a Soun a ese espacio oscuro, cerrando la puerta tras ellos.

—Renpika.

El espíritu artificial destelló por encima de sus cabezas con más intensidad de la usual. Viendo a su alrededor, la chica logró ubicar un rectángulo luminoso a lo lejos que con algo de suerte, sería la salida de aquel lugar.

—Tsuji–kun, por allí —indicó.

Éste asintió en silencio, girando la cabeza temerosamente en todas direcciones.

—¿No te agrada estar aquí? —le preguntó al cabo de un instante.

—No, la verdad no. Es que… creo saber qué es este lugar.

El chico no dio más explicaciones porque sintió un golpe directo a su estómago. Se llevó una mano ahí, soltando un gemido y confirmando sus sospechas. Lo más extraño del asunto, al menos para una asombrada Souseiseki, es que no había nadie más que ellos dos.

—¿Qué sucede? —inquirió ella.

Intentó ponerle una mano en el hombro, pero él se apartó con brusquedad.

—Hay que seguir —fue todo lo que Soun dijo antes de apurar el paso.

A medida que se acercaban al rectángulo de luz (que resultó ser una puerta de madera abierta), Souseiseki no de3jaba de vigilar a Soun, que hacía incontables muecas de dolor a cada paso. Fue hasta que abandonaron ese sitio que se fijó en el temblor que lo recorría de pies a cabeza.

—¿Tsuji–kun? ¿Estás bien?

—Sí, eso creo —musitó él.

Souseiseki quiso acercársele, pero como él se retrajo un poco al notarla, desistió.

—¿Ahora dónde estamos? —se extrañó el chico de repente —Se parece a…

No terminó la frase, absorto en contemplar el paisaje. Souseiseki no reconoció el lugar, que se asemejaba a una escuela con amplios jardines. Algunas figuras, con uniformes azul marino, estaban dispersas aquí y allá.

—Creo que es… la Umitensai.

Souseiseki dio un respingo. Si no mal recordaba, la Academia Umitensai era de élite, donde solamente aceptaban alumnos de gran talento y familias adineradas. ¿Qué hacía la imagen de ese lugar en los sueños de Soun.

—Oye, ¿no serán mis recuerdos? —aventuró el muchacho, para luego señalar hacia un rincón de los jardines —Sí son… ¡mira, Souseiseki–san! Ahí voy con Kogane–kun.

En efecto, dos jovencitos con uniforme azul marino caminaban cerca de lo que parecía un lago, en el otro extremo del plantel. Por mera curiosidad, la joven Rozenmaiden fue hacia ellos, seguida de cerca por un confundido Soun.

—Estás loco —decía el Soun de uniforme azul marino, con actitud divertida. Por su físico, se veía de unos trece o catorce años —Kogane–kun, ¿esperas que te lo crea?

—Sí —aseveró un Kogane Kawasaki como Souseiseki nunca lo había visto: con una amplia sonrisa, como si acabara de descubrir la fórmula de la felicidad.

—Insisto, estás loco. ¿Cómo puede gustarte una perfecta extraña en menos de dos minutos? ¡Si apenas les hablas a las chicas!

—En eso tú y yo estamos iguales —apuntó Kogane con naturalidad —Pero no importa. Necesito que por favor, me consigas su nombre.

—¿El nombre de la chica? ¿Y por qué yo?

—Lo único que pude saber de ella es que está en tu salón.

El Soun de uniforme suspiró.

—Bien, bien, te conseguiré el nombre. ¿Qué voy a ganar yo?

—No seas manipulador, no obtendrás nada hasta que me consigas el nombre. Además, hoy comes en mi casa, ¿recuerdas?

Ambos jóvenes se echaron a reír al tiempo que se desvanecían. Souseiseki, a una velocidad asombrosa, estiró una mano y atravesó al incorpóreo Kogane, para luego tirar de Soun con la otra.

—¿Pero qué…? —espetó el pelinegro sin comprender.

Pronto se le olvidó lo que iba a preguntar, porque igual que el Kogane de sus recuerdos, él y Souseiseki estaban desapareciendo. Sus pies dejaron de sentir tierra firme y en pocos segundos, cayó bruscamente en terreno pedregoso. Levantándose con dificultad, notó a Souseiseki a su izquierda, explorando el sitio con la mirada. El paisaje, desolado y silencioso, producía escalofríos.

—¿Dónde estamos ahora, Souseiseki–san?

—Ya no es tu territorio, si a eso te refieres —contestó ella con aprensión —El recuerdo que tocamos lo compartes con Kawasaki–kun, así que lo usé como vía rápida para llegar a él. Está más conectado que tú a Junko–kun, así que…

—A través de su sueño, llegaremos a ella más rápido —completó el muchacho.

Souseiseki asintió, levantando una mano de pronto.

—Silencio —pidió.

Soun prestó atención y descubrió que se escuchaba algo. Para su conmoción, sonaban como pasos a su espalda y no se atrevía a darse la vuelta.

En cambio, Souseiseki se giró con brusquedad, descubriendo a lo lejos una silueta oscura que no le daba buena espina.

—Movámonos —ordenó la chica en el acto.

Era difícil andar por semejante terreno, lleno de piedras y salientes. Soun, al poco rato, sintió los pies adoloridos en extremo.

—Oye, esto… ¿se me quedará cuando despierte? —le preguntó a su acompañante.

—No. En cuanto despiertes, apenas sentirás algo. Lo que me interesa ahora es encontrar a Kawasaki–kun, porque él podría…

Se interrumpió al mirar una sombra a su izquierda. Parecía alguien sentado en el suelo, abrazándose las piernas y esperando algo. Con lentitud, ambos visitantes se acercaron a esa figura y se quedaron asombrados al descubrir que era un Kogane Kawasaki de aproximadamente siete años.

—¿Kogane–kun? —lo llamó Soun en voz baja, procurando sonar calmado.

El pequeño Kogane alzó la vista y sus ojos, normalmente amistosos, mostraron miedo.

—¿Quiénes son? —preguntó.

Soun miró a Souseiseki, pasmado.

—Somos… —comenzó el de ojos grises, pero como al voz no le salía, se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo —Yo me llamo Soun —se señaló a sí mismo —¿Mi nombre te es familiar?

El niño lo observó largo rato, para luego ponerse de pie con cuidado. Souseiseki notó que en ese movimiento, ese Kogane físicamente maduraba un par de años.

—Soun… kun —pronunció Kogane despacio, precavido —Sí, me acuerdo de ti —sonrió un poco —Pero… te ves más grande —le hizo notar.

—¿En serio?

Kogane asintió y se quedó mirando a Souseiseki con evidente recelo.

—¿Tú quién eres? —quiso saber.

—Rozenmaiden Souseiseki. Nos conocimos hace poco.

Aquel Kogane la examinó con sus profundos ojos azules, sopesando aquella información en el lapso en que su cuerpo maduró un poco más, aumentando de estatura y afinando sus rasgos.

—Rozenmaiden… Así se apellida Hina–chan —pronunció un Kogane de unos catorce años —Es mi prima, ¿sabes? Y tú… te pareces un poco a ella.

Souseiseki no supo qué decir a eso. ¿Ella, parecida a Hinaichigo?

—Kogane–kun —decidió probar Soun con algo que se le acababa de ocurrir —¿Sabes quién es Sakurada–san?

El aludido lo miró y al segundo siguiente, su aspecto era idéntico al de la realidad, mostrando una serena sonrisa en el rostro.

—Sí, Soun–kun, lo sé. Junko–san es… mi compañía.

Eso el joven Tsuji no se lo esperaba, así que siguió con la conversación.

—¿Y cómo está eso, Kogane–kun?

—Es sencillo. Estando con Junko–san, no me siento solo. El mundo se llena para mí.

Kogane abrió los brazos, abarcando con ese gesto su entorno y éste se transformó al instante en un gran parque que Soun y Souseiseki reconocieron al instante.

—Es… el Marimori.

Por el verdor intenso de los árboles y el esplendor de las flores, apenas estaba terminando la primavera. A poca distancia de los tres jóvenes, un segundo Kogane apareció, vestido con una camisa azul claro y un pantalón negro, consultando su reloj poco después.

—¡Kogane!

Alguien se acercaba al Kogane recién aparecido y por un momento, Soun no supo quién era la chica, porque no recordaba a alguien semejante.

Su vestido, de color azul oscuro, le quedaba por encima de las rodillas, mostrando parte de unas piernas muy bonitas. Las mangas eran prácticamente inexistentes y la espalda, ni se diga: unas cuantas tiras de tela eran lo único que evitaban que quedara totalmente expuesta. El corto cabello castaño estaba brillante y ondulado, adornado con un par de broches plateados con piedras azules.

Solamente cuando se vio la mano izquierda de la joven, que lucía algo que no combinaba con el resto del atuendo, Soun soltó una exclamación.

—¿¡Sakurada–san!

Por un breve instante, la chica quedó de cara a él y su asombro fue mayor: en efecto, era Junko. El detalle que la había delatado era el anillo del contrato con Shinku y la mano izquierda, por cierto, sujetaba un bolso plateado que hacía juego con sus zapatos.

—Siento haberte hecho esperar —se disculpó la chica del recuerdo apresuradamente —Papá se puso como loco cuando me vio —se ruborizó un poco —Tuve que explicarle que te lo había prometido para que me dejara en paz.

Mientras el Kogane de aquella escena sonreía de manera tranquilizadora, el otro suspiraba.

—Le aseguré que se veía muy bonita y ella no me lo creía —comentó.

Junko sonrió tímidamente cuando el Kogane que la acompañaba le tomó una mano, entrelazando los dedos, para luego conducirla fuera del parque.

—Ah, ya me acuerdo —dijo Soun de pronto —Eso fue poco antes del Natsuhana, ¿no, Kogane–kun? El día de tu cumpleaños.

Kogane asintió justo cuando Souseiseki arrastró a Soun con ella: el recuerdo de Kogane, en el cual estaba Junko, desaparecía.

—¡Un gusto saludarte! —le gritó Soun a su amigo antes de atravesar a la borrosa Junko.

Se perdieron de vista, teniendo esta vez un aterrizaje un poco más suave, debido a que el terreno en el que cayeron estaba cubierto de tela. A decir verdad, el suelo en sí era un revoltijo de telas de múltiples diseños y estampados. Sobre sus cabezas, un cielo parcialmente nublado dejaba pasar débiles rayos de luz.

—Aquí no me lastimaré tanto —Soun miró sus pies con cierto alivio.

—No estés tan seguro.

Souseiseki señaló un punto a su izquierda, por donde se veía una llovizna cayendo. Lo extraño era que las gotas perforaban todo a su paso. Soun, al notar eso, arqueó las cejas.

—¿Lluvia ácida? —inquirió, dubitativo, mientras se alejaban de la llovizna.

—Lágrimas contenidas —aclaró Souseiseki, que seguía al joven de cerca —Suelen tener ese efecto. Como el nudo en la garganta cuando estás a punto de llorar, ¿comprendes?

Soun asintió.

Siguieron caminando un rato, procurando alejarse de la lluvia en cuanto la veían acercarse. Al cabo de lo que parecieron varios minutos, comenzaron a sospechar que algo andaba mal, pues no hallaban a Junko por ningún lado. Souseiseki, preocupada, envió a Renpika a buscarla, pero el espíritu artificial regresó pronto, sin tener éxito.

—¿Dónde podrá estar Junko–kun? —se impacientó la muchacha.

—Si esto es su sueño, aparecerá pronto, ¿no? Como Kogane–kun…

—Ko… ga… ne…

El aire se llenó con ese susurro entrecortado, que transmitía calma y ansia. Dos cosas tan contradictorias en una misma voz provocaban varias sensaciones, pero Soun de pronto sintió tristeza. No se dio cuenta de cuánto le estaba afectando hasta que se oyó de nuevo aquella voz.

—Tsuji–kun… No llores…

El muchacho se llevó la diestra a la mejilla. Estaba húmeda. Se enjugó torpemente hasta que Souseiseki, luego de dudarlo por un segundo, le tendió un pañuelo.

—Gracias —Soun tomó el trozo de tela y se lo pasó por los ojos lentamente —Eso fue raro —comentó, intentando restarle importancia al asunto.

—Sí, lo fue —reconoció su acompañante, suspicaz —Junko–kun, ¿dónde estás?

La respuesta no se hizo esperar

—Sou–san… Estoy… aquí…

Y sin más aviso, Junko apareció frente a ellos. Era la de siempre, vestida con una bata blanca, pero su semblante era el de una persona enferma y desolada, luciendo un cabello revuelto, unas marcadas ojeras, y una piel muy pálida.

—¡Sakurada–san! —se sobresaltó Soun —¿Estás bien? ¿No te duele nada?

Junko ladeó la cabeza.

—¿Por qué habría de dolerme algo? —preguntó inocentemente.

Se escuchaba tan normal que Soun decidió reír, encogiéndose de hombros.

—Lo siento, Sakurada–san, es que se me ocurrió la pregunta al verte.

—Comprendo —Junko se miró la bata con aire distraído, que se tiñó de gris al instante —No soy muy bonita. Menos ahora.

—Sakurada–san, sí eres bonita, solo que… pareces enferma.

—Bueno, es que estoy enferma. No dejo que eso me controle, pero me siento mal la mayor parte del tiempo.

—No se nota —replicó entonces Souseiseki, entre molesta y asombrada —¡Debiste decírnoslo antes! Más con Barasuishou queriendo matarte…

—Es que no lo va a conseguir —aseguró Junko con calma —No si está con mi madre.

—¿Tu madre? —murmuó Soun.

Junko volvió a asentir.

—¿No hablarás en serio? —espetó el muchacho —¿Tu madre está con la Rozenmaiden loca que quiere matarte?

—No. Mi madre le pidió a esa Rozenmaiden loca que me mate.

El chico se quedó de piedra ante la aclaración.

—¿Eso no te suena familiar?

La pregunta de Souseiseki hizo que Soun diera un respingo.

—Sí —admitió él —Yo… sé lo que es eso —miró a Junko de manera pensativa —Sakurada–san… Yo te comprendo.

La castaña, luego de un largo rato, le dedicó una sonrisa. Su bata se tornó amarilla al instante.

—Muchas gracias, Tsuji–kun. Yo sabía que eras el mejor amigo de Kogane por algo.

—Junko–kun —intervino entonces Souseiseki —Tsuji–kun tiene una pregunta que hacerte.

—¿Ah, sí?

Junko fijó sus ojos en Soun, quien tragó saliva antes de poder hablar.

—Sakurada–san, yo… Kogane–kun… ¿Qué es Kogane–kun para ti?

—Fácil. Para mí, Kogane es… estar en paz con el mundo. Lo quiero como a nadie.

Soun y Souseiseki se miraron con desconcierto; en tanto, la bata de Junko se tornaba rosa y luego, poco a poco, se oscurecía.

—¿Eso qué significa? —inquirió Soun.

—Significa que cuando estoy con Kogane, no tengo nada qué temer. Su presencia… calma mis miedos. Y no tengo que controlar mi sentimiento por él, como lo hago con mi enfermedad. Entre más quiero a Kogane, mejor me siento.

Mientras la bata de la chica de anteojos quedaba de color rojo brillante, Soun notó la sonrisa que esbozaba y que su aspecto mejoraba un poco. Tal parecía que el recuerdo de Kogane la sanaba.

—Y… ¿Kogane–kun lo sabe?

—Claro que sí. Nos contamos todo.

—Entonces sabes lo que eres para él.

—Sí, lo sé. Soy su más preciada compañía.

Soun asintió, en tanto Souseiseki se maravillaba por lo unidos que estaban Junko y Kogane.

—Me alegra —comentó el muchacho al cabo de un momento —Dudaba que fueras tanto para él, Sakurada–san, y me disculpo —se inclinó —Cuida mucho a Kogane–kun, por favor.

—No tienes que pedírmelo, Tsuji–kun.

Él se enderezó y le sonrió, gesto que Junko correspondió casi de inmediato.

—Junko–kun, ¿dónde está tu árbol?

—¿Mi árbol? —se extrañó la aludida —Creo que… Te refieres al que no se daña con eso —señaló la llovizna "ácida" —¿Verdad, Sou–san?

—Sí, a ese. ¿Dónde está?

Junko les hizo una seña para que la siguieran. Vadeando telas, pronto estuvieron al pie de un árbol muy joven cargado de rosas de distintos colores y cubierto de espinas.

—No pensé que tu árbol fuera una especie de rosal gigante —le comentó Souseiseki a la castaña —¿Te importa si trepamos por él?

—Claro que no. Mira, hay un lado sin espinas por aquí.

Junko indicó con un gesto un lado del rosal gigante totalmente libre de espinas y con rosas rojas y blancas. Souseiseki lo observó un momento con ojo crítico antes de prepararse para trepar.

—Por aquí saldremos —le dijo a Soun —Gracias por todo, Junko–kun. Hasta pronto.

—Hasta pronto, Sou–san.

Los dos visitantes escalaron el enorme rosal con ganas. En un momento dado llegaron a la cumbre y Souseiseki llamó a su espíritu artificial para aparecer una nube muy similar a la que había usado para entrar al sueño de Soun en primer lugar.

—Los dos pasaremos por aquí —informó —Tú regresarás a tu sueño y yo a la realidad. Si veo que pasa algo malo contigo, te despertaré, ¿de acuerdo?

Soun asintió, viendo al segundo siguiente como Souseiseki saltaba con ligereza hacia la nube.

No tardó mucho en seguirla, aunque con un poco de torpeza.


De todos los sitios habidos y por haber, ¿por qué había tenido qué caer precisamente donde no veía absolutamente nada?

Dejó de preguntárselo cuando escuchó pasos y después, sintió un golpe en el estómago que lo dobló de dolor.

—¡Nunca debiste venir al mundo! Todo estaría mejor para mí si no existieras…

—Basta… —murmuró, tapándose los oídos.

—Yo era la única, la mejor, la que los hacía felices, la que acaparaba toda su atención. Y de pronto, naciste tú…

—Basta…

—¿Qué se siente ahora, eh? ¿Qué se siente que no te dediquen tiempo? ¿Qué se siente que no entiendan lo que te sucede? ¿Qué se siente saber que no se dan cuenta de lo que puedo hacerte?

—¡Tsuji–kun!

Soun abrió los ojos de repente, aterrado. Vislumbró su habitación, sus cosas y a Souseiseki observándolo con detenimiento.

—Lo siento —se disculpó la chica —Pero vi que… Bueno, no parecías estar soñando con algo agradable y ya te había avisado que…

—Sí, lo recuerdo —Soun se sentó —Gracias.

—De nada. Si no se te ofrece nada más…

—¿Podrías… quedarte conmigo un rato?

La joven se sorprendió.

—Solo… solo hasta que… —Soun tragó saliva, consciente de lo infantil que iba a sonar el resto de su petición —Solo hasta que logre dormirme.

Souseiseki asintió sin hacer preguntas y se sentó en la cama, dándole la espalda.

—Cuidaré que nadie te espante —prometió ella solemnemente.

Y al mirar al muchacho, se sonrojó al notar que él le sonreía.


10 de junio de 2012. 11:05 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Ah… ¿Alguien sigue este fic todavía? ¿Lo recuerdan? ¿Querrán lincharme por la larga, larguísima espera? No sé, vamos a averiguarlo.

En primer lugar, debería disculparme por dejarlos plantados con este fic. Pero vamos, no considero escribir una obligación, sino algo que me gusta, y como con RMG no me sentía con ánimos, por eso me tardé un montón en decidir qué iba a transcribir del borrador. Sí, hay borrador de esta historia hasta varios capítulos adelante, pero entre mi actual empleo (uno que me queda al otro lado de la ciudad, que últimamente no me deja salir temprano y que está empezando a caerme gordo) y mis quehaceres, no me queda de otra. Además, quien me sigue en otras historias ha visto que me concentré ellas y acabé un par, inicié otras dos y en fin… Necesitaba algo que me inspirara a retomar RMG y eso, damas y caballeros, fue mi cumpleaños, pues haré una mega actualización de fic ese día (aquí Bell se mostró muy egocéntrica, pueden ignorarla si quieren).

Pasando al capi, creo que es el más largo que he terminado de este fic. Ahora nada más quité una escena que no me pareció fundamental (no como el capi pasado, aunque dudo que algunos recuerden de qué hablo). Al principio Suigintou le dio su merecido a uno de tercer año (Bell lanza vítores a la primera Rozenmaiden), aunque el punto principal del capi eran Soun y Souseiseki recorriendo el terreno de los sueños y claro, eso nos hizo comprobar (por si nos quedaban dudas) que algunos de los médiums tienen serios problemas emocionales y a la vez, que poco a poco han ido encontrando remedio. Soun es caso aparte, qué se le va a hacer…

No tengo mucho qué agregar sobre el capítulo, solamente que seguro complacerá a más de una persona que esperaba leer, desde hacía mucho tiempo (Bell se sonroja debido a la vergüenza), más de Soun y la gemela de cabello corto. Complacidos están y no tanto porque lo pidieran, sino porque así lo tengo en el borrador y no me convenía cambiarlo.

Cuídense mucho, beban agua en abundancia (los del hemisferio norte), abríguense bien (los del hemisferio sur) y nos leemos… lo más pronto que pueda, ya saben.