Hola! Planea ser un ficc más bien corto, a lo sumo tres capítulos.

Atención contiene Spoilers.

La pareja está más que clara cuando se empieza a leer, pero quédense con una comadreja y una serpiente. Aunque ni la comadreja de siempre, ni la serpiente de siempre.

Espero que la disfruten.

Con esperanza,

HRHED

Entre silencios de biblioteca y desencuentros de sangre

Y no pudo resistirse.

Se conocieron en la biblioteca, un lugar sagrado tanto para uno como para la otra.

Allí no se hablaba y reinaba el silencio, algo muy ansiado en ese colegio lleno de niños revoltosos y adolescentes hormonados.

Sabían, a la perfección, que ninguno de los dos romperían las reglas, que ninguno de los dos sería capaz de alzar la cabeza y emitir algún sonido, porque en la biblioteca lo que debía imperar era el silencio y ellos lo adoraban.

Así que se pasaron los dos primeros cursos dirigiéndose miradas, sabiendo perfectamente quien era uno y quien el otro.

Cada uno conocía a la perfección las leyendas que se contaban acerca de sus progenitores, unas, muy bien vistas, las otras, ni a tu peor enemigo deseadas.

Sólo se miraban, alzaban la cabeza, se encontraban los ojos, intentaban descifrarse y vuelta al libro de tapas doradas que más les gustaba, Historia de Hogwarts. Uno era el regalo de su madre, el otro un regalo por Navidad.

Sólo compartían cuatro de diez clases: Defensa contra las artes Oscuras, Historia de la Magia, Pociones y Runas Antiguas. Ambos igual de buenos, ambos igual de eficientes, ambos excelentes.

Si bien conocían la voz del otro, nunca habían mantenido una conversación. Nada. Nunca. Ni siquiera un simple: " ¿me pasas el ajenjo?".

Habían hecho incluso un trabajo juntos y no habían hablado. Habían plantado la lista de tareas encima de la mesa de la biblioteca y con un gesto decidieron que la mitad de la hoja hacia abajo para ella, la de arriba para él. Tan sólo en el primer pergamino se miraron un instante¿Qué nombre poner primero?.

Él puso primero el de ella, quizás por su educación recibida desde antes de que empezara gatear o porque quería que ella fuera la primera. Quién sabe.

Habían escuchado las risas del otro, habían visto las caras de inmensa felicidad del otro, incluso uno de ellos había visto al otro llorar. Risas entre amigos y familiares, los triunfos en los exámenes y el Quidditch y la pérdida de un ser querido.

Pero no fue hasta tercer curso que dieron un paso más, quizás espontaneo, quizás premeditado. Se sentaron en la misma mesa de la gran biblioteca. Uno delante del otro y llevando tal cantidad de libros que hacían imposible que alguien más se les uniera.

Nada más. Salían siempre a diferentes tiempos y llegaban en diferentes momentos, ningún encuentro fuera de la biblioteca. Desearon hablarse, pero su conversación estaba vedada.

Vedada con razones de peso. El padre de uno había salvado la vida al padre del otro. El padre del otro había dejado que torturaran a la madre de la otra.

Si bien la mujer de Draco, estaría siempre agradecida a los muchachos que le salvaron la vida a su marido e hicieron posible el haberle conocido, su marido nunca superaría la vergüenza por haberse visto prácticamente obligado a pedirles auxilio, quizás a Harry si, pero la comadreja, la comadreja era otro cantar.

Si bien Hermione podía llegar a perdonar a Draco por haber permitido lo que permitió, Ron no lo iba a hacer, nunca. Y es que para Ron, Hermione siempre había sido su tesoro más preciado. Algo que creía que no se merecía.

¿Pero realmente Scorpius y Rose tenían algo que ver con eso? Directamente no, indirectamente si. Los dos eran lo suficientemente inteligentes para saber que así era.

Y eso mismo parecían recordarse cuando se les acababa la tinta o el pergamino y les asaltaban las ganas de pedírselo al otro. Pero nunca ocurría. Antes se marchaban y retrasaban sus deberes o sus lecturas a un día después que rebajarse a pedir algo.

En cuarto curso todo pareció sufrir un cambio. Dejaron de ser cómplices de biblioteca para no dirigirse ni siquiera una mirada. Insignificancia pura y dura. Al menos por parte de ella. Scorpius llegó a pensar que se había sentado en la misma mesa porque era dónde más daba el sol en invierno y dónde más corriente había en verano.

Ese año ya no era ella la que marchaba primero, sino él, para no tener que soportar como cada día venía un chico a buscarla. A veces el mismo, a veces alguien nuevo.

La belleza de Rose no pasó desapercibido para nadie. La figura exquisita de su madre, las curvas de su tía, el pelo rojo de su padre... Para él tampoco.

Sabía que era preciosa, sabía que era una de las mujeres más deseadas por los chicos de su edad, incluso por los más mayores.

Ese curso pasaba más tiempo de lo normal observándola, viendo como su pelo parecían llamas con el sol del mediodía, los labios gruesos y rojos, la piel blanca y aparentemente suave.

Aparentemente suave no, realmente suave. Y es que no pudo resistirse. Se alzó y se dispuso a encaminarse hacia la zona este de la biblioteca, justo detrás de ella. Dio un paso, un paso más y como si ni siquiera se diera cuenta le rozó con la mano el hombro desnudo por el calor.

Disimuló, disimuló el tremendo escalofrío que tuvo y respiró con amplitud cuando llegó a la quinta estantería empezando por abajo.

Al año siguiente ella pareció olvidarse de todos los chicos del año anterior y volvió a ser la que era antes, pero cada vez más bella. Había dejado de ser una niña para convertirse en una mujer y eso se le notaba. Pero las horas en la biblioteca eran iguales. Un emperador llamado silencio, y ellos dos, como vasallos.

El año siguiente les asaltó casi sin darse cuenta. Los TIMOS habían sido tan duros que prácticamente no habían tenido tiempo para nada más.

El primer día no fueron a la biblioteca, ni el segundo, ni el tercero. Ni uno, ni el otro.

No fueron hasta que les fue imposible estudiar en las respectivas salas comunes, sentándose en la mesa de siempre, con el acompañante de siempre.

Ese año se celebró un baile. En honor a un antiguo director que amaba las fiestas, un tal Albus Dumbledore al que el tío de Rose, y sus propios padres, tenían un cariño inmenso. Al fin y al cabo su primo se llamaba como él.

El baile se celebró por todo lo alto, como en un verdadero cuento de hadas. Nadie había dicho que fuera obligatorio conseguir pareja para el baile, pero aún así los nervios por quedarse sin ella eran palpables en todos los rincones de Hogwarts. Incluso en la biblioteca.

Los alumnos cuchicheaban sobre con quién iba a ir una u otro, quien lo pediría, si le había echo ilusión aquello que te dijo, si el vestido no era demasiado corto, miles de cosas. Ellos preparaban el examen de pociones de la quinta lección.

Y otra vez él no pudo resistirse.

¿Piensas ir al baile?- Lo soltó como si fuera leche agria, inesperadamente, siseando las letras como si fuera una serpiente, igual que su padre.

¿ Piensas hacerlo tú? – Osada como su madre, roja como un tomate como su padre.

Y allí terminó la conversación porque a Rose la asaltó un muchacho de ojos verdes que le susurró al oído algo que al parecer hizo gracia a Rose.

Sí, iré contigo. – El muchacho le guiñó un ojo y le dio un beso en la mejilla.

Scorpius sintió ira de pronto. Un enfado atípico en él. Un revoltijo en el estómago nada normal. Un apretón de mandíbulas fuera de lo común.

La vio más tarde en el baile, con un vestido de gasa negra que la hacía ver tremendamente adulta y tremendamente atractiva. Él, a juego, con su chaqué negro y su corbata rojo oscuro.

La vio reír y bailar con muchos, siempre cerca del chico con el que había hablado en la biblioteca. Siempre cerca de algún primo. Siempre protegida.

Pero eso ya le daba igual porque no pudo resistirse.

¿Te apetece bailar?- O quizás si que pudo y sacó a bailar a la mejor amiga de Rose.

Ella no fue menos y salió a bailar, dos segundos después, con el capitán del equipo de Quidditch de Ravenclaw.

Bailaron cerca, muy cerca. Manteniendo la vista clavado el uno en el otro.

Ella se dejo abrazar por el Ravenclaw. Él apretó con fuerza a su amiga entre sus brazos.

Ella apoyó su cabeza en el hombro del Ravenclaw. Él besó el cuello de su amiga.

Y Rose cerró los ojos, se despidió del Ravenclaw y se marchó del baile. Como un huracán de llamas del infierno.

Un minuto tardó en reaccionar y seguirla a donde quiera que fuera corriendo como corría.

La alcanzó en la puerta de la biblioteca, entrando después de ella.

¿Qué coño haces siguiéndome?- No la veía, ahí no se veía nada de nada.

¿Por qué coño has salido corriendo?- Sólo sentía su respiración cerca.

Yo hago lo que me da la gana.

Pues entonces, yo también. – Y algún ruido llegó desde la parte sur de la biblioteca. Ella se acercó a él, por instinto, hasta que notó el roce de su chaqué. – Así que Cenicienta está aquí.- Y Scorpius le cogió del brazo.

¿Quién anda ahí?- Una tercera voz retumbó de dónde el ruido venía.

¡Mierda!- Rose intentó moverse pero él se lo impidió. – Suéltame!

¿Quieres haces el favor de callarte?- Scorpius se movió a tientas, como pudo, por la biblioteca evitando a Filch, que ya no era el que era.

Oigo tus tacones niña. – Rose se paró en seco e intentó agacharse para desabrocharse las complicadas sandalias.

No hay tiempo para eso. – Scorpius la alzó en brazos y siguió moviéndose, adentrándose más en la oscuridad, si de verdad se podía, hasta que el señor Filch se fue de la biblioteca alertado por unos ruidos en los pasillos.

Scorpius se apoyó contra una estantería, aún con Rose en brazos.

Ya puedes soltarme. – Scorpius la dejó con suavidad sobre el suelo, muy cerca él, tanto que cuando ella respiraba notaba su aliento en su barbilla.

Cenicienta era más educada, y más agradecida. – Rose intentó alejarse un poco al notar la respiración de Scorpius en su nariz, pero la mano derecha de él se lo impedía.

Lo siento, gracias. – No sabía si moverse o no.

Así me gustas más princesita. – Scorpius sonrió como un conquistador, pero ella no pudo verlo.

¿ Te gusto, entonces?- Una mirada pícara que él no vio.

Tu pareja te estará esperando. – Y la soltó un poco.

¿Qué pareja?

El chico que vino a buscarte a la biblioteca.

¿Mi hermano?

¿Tu hermano?

Sí, mi hermano.

Pero si es castaño.

Maldita sea, no todos los Weasley somos pelirrojos. – Scorpius se alejó un poco de ella al recordar su apellido.

Pero tú...

Sí, yo si. Mi hermano no.

¿Entonces has ido sola?

Igual que tú.

¿Siempre estás tanto a la defensiva, o sólo conmigo?

Sólo contigo.

Pues no voy a comerte, quédate tranquila.

Pues es una pena. – Eso no había salido del cerebro de Rose, había salido de los genes. Ni genes maternos, mucho menos paternos. Ese arranque era propio de su tía Ginny.

¿Qué has dicho?- Scorpius la buscó a oscuras extrañado.

Nada.

¿Qué has dicho?- Repitió la pregunta cogiéndole la cara y casi rozándole los labios. Afuera empezaban los fuegos de artificio, luces de colores que permitieron que se vieran por momentos.

Que es una pena. – Ahora ya podía ver su mirada desafiante, sus labios rojos tan cerca, sus ojos color miel.

Oh no, Merlín, por favor.- Scorpius la había soltado y ahora se ponía las manos en la cabeza- Por favor no coquetees conmigo. – Y la miró con ojos suplicantes y con un mechón rubio cruzándole la cara.

¿Por qué?- Y se muerde el labio y lo mira con ojos de gata.

Porque no. – Scorpius se desespera y sabe que no va aguantar mucho. Mucho menos cuando a ella parece ya no importarle la distancia y se acerca, totalmente pegado a él, pecho con pecho, cadera con cadera.

¿Y porque no?- Le coge de la corbata, lo acerca más a ella, a punto de rozarle los labios y le besa el cuello, en un movimiento tan suave que la boca cálida de Rose es para Scorpius como un detonante.

Porque no voy a poder resistirme.- La coge a horcajadas y esta vez es ella la que esta contra la pared. Se besan con una pasión incontrolada, mostrando todo lo que han aprendido en esos años de silencio de biblioteca. Suspiran, gimen, gruñen, gritan.

Scorpius...- Y el chaqué y la camisa caen al suelo.

Rose...- Y la cremallera del vestido le ha rasgado las medias al bajar.